1º) Saber designar al enemigo principal

Una invasión cultural o económica, una sujeción estratégica son recuperables. Es mucho más difícil cuando la colonización es demográfica o religiosa. Esto es porque se trata de combatir a la vez la americanización y la colonización étnica del islam. Y sobre todo nunca debemos rebajarnos a la estupidez intelectual de utilizar el tercermundismo y la islamofilia como armas contra la americanización. Este último es bastante menos peligroso y bastante más débil de lo que se cree. Los Estados Unidos, como ya he explicado, en otra obra, son un adversario y no un enemigo.

2º) Desarrollar una conciencia étnica europea global.


El horizonte del nacionalismo francés es insuficiente, ya que esta noción es puramente política y porque los millones de extranjeros son jurídicamente franceses. No están mas emparentados ni "hermanados" sobre este Continente que los pueblos étnicamente europeos, aquellos que cuidan de su nacionalidad y de sus orígenes regionales. Los miembros de otros pueblos son perfectamente respetables, como huéspedes provisionales, no como ocupantes permanentes. Todas las civilizaciones razonan de este modo. ¿Por qué nosotros no?

3º) Rechazar el "derecho a la diferencia"

Esta noción perversa ha sido inventada por ciertos entornos de derecha, con el objetivo de afirmar el derecho a la diferencia étnica.... ¡De los europeos en su propia tierra! Esto es un poco un concepto homólogo del etnopluralismo pero más avanzada. El "derecho a la diferencia" sirve para afirmar el derecho a la existencia de las ideas identitarias de derecha así como la de las etnias europeas preservadas de toda mezcla. Pierre-André Taguieff ha creído ver en ello la afirmación de un racismo diferencialista. Esto es un error grave. Y es que este derecho a la diferencia, teorizado por mi amigo Alain de Benoist, es en realidad una noción profundamente igualitaria, recuperada por el arsenal ideológico del antirracismo y del antiinmigracionismo.

El autor previamente mencionado escribió (en Éléments n°88) : " En virtud de su historia específica, Francia siempre ha tenido problemas para admitir la diferencia, tanto si son de sus ideas, de sus hombres, mujeres o de los inmigrantes". El argumento es muy equívoco. Se confunde el problema de las lenguas regionales y el de la inmigración. Se olvida que para los "Pacs", Francia es el primer país en admitir las uniones homosexuales, y sobre todo, que concede concretamente a los extranjeros, sobre todo musulmanes, como demuestro por otro lado exhaustivamente, derechos exorbitantes. En realidad este reclamo del derecho a la diferencia no será nunca reconocido en Francia y está sociológicamente contradicho por los hechos. El autor de estas propuestas sucumbe al intelectualismo, se hace defensor del igualitarista "misma dignidad para todos".

Hace falta afirmar, al contrario, que en el seno de una misma unidad política, que en el seno de un mismo pueblo, la diferencia sólo puede ser limitada, que ella no constituye  en ningún caso, un "derecho" que ella deberá estar absolutamente subordinada al principio de la homogeneidad (con el fin de preservar la coherencia del todo), y que la diferencia sólo es pensable como subordinable a la regla de la jerarquía y que debe en todos los casos ampararse ante la noción central de pertenencia. Regla imperativa: contra el derecho a la diferencia, hace falta imponer el deber de pertenencia. Si existe un derecho, será aquel de la "divergencia", y limitado también al dominio de las ideas. En toda sociedad, la heterogeneidad debe primar la heterogeneidad para que el organismo pueda vivir y crecer.

Incluso respecto del plano de las costumbres y a fortiori sobre el correspondiente de los orígenes, la diferencia no puede ser tolerada salvo si se rinde en su ataque contra el organismo social. Por otro lado, la inmigración, el feminismo exacerbado o la homofilia son factores de desagregación orgánica de la sociedad, ya que tocan a sus fundaciones mismas, es decir a su zócalo biológico.       

Esto que surge, según los deseos de Benoist o de Maffesoli (teórico del neo-tribalismo), de grupos que reivindican una demasiada gran diferencia, no solamente deviene en una sociedad caleidoscópica de yuxtaposiciones, no solamente toda noción de destino de los pueblos desaparece, pero es que además esta sociedad deviene conflictiva y vuelve a la jungla, como lo vio en sus tiempos Herbert Spencer.

Los teóricos del derecho a la diferencia reproducen, de hecho, a pesar de su anti-americanismo, ¡El modelo tribal americano! Pretenden ser "anti-modernos", mientras que la característica de la modernidad es la disolución del lazo social de las clases, castas, grupos raciales o individuos aislados, todos sobresalidos por el Estado administrativo sin peso histórico y por el reino de la mercancía.  El neo-totalitarismo actual tiene visos de privilegiar la heterogeneidad (étnica, sexual, social) en beneficio de un orden despótico ideológico, fiscal, penal y mediático. Ser del lado del "derecho a la diferencia" reconforta al sistema, es el ejemplo mismo de una falsa contestación, de un simulacro de rebelión.

Los adeptos de este derecho a la diferencia pretenden combatir una "sociedad de clones" mientras incluso todos los "clones" se organizan: blancos, negros, homosexuales, lesbianas, musulmanes, cristianos, budistas, paganos, fetichstas, etc, etc. ¡Qué mas da! Que vivan juntos si quieren, mientras tengan todos teléfono móvil y se comporten atómicamente activos en el Mercado. El derecho a la diferencia: ésta es la hábil estrategia del Gran Hermano: dividir para reinar, romper el sistema nervioso unificador del organismo social, relegar la cuestión de la pertenencia al rango de folclore, negar la importancia del hecho étnico.

Pero los defensores de esta concepción peudo-emancipatoria y angélica de la sociedad se quedan a medio camino: y esto porque las diferencias étnicas que toleran y apoyan no alcanzarán nunca una armonía, pero a una serie incesante de guerras intestinas en la que asistimos a los preliminares.

Una gran civilización no puede ser fundada más que sobre la noción de destino colectivo y de comunidad global de un Pueblo; comunidad jerárquica y orgánica, como lo ve Ferdinand Tônnies, comunidad que abarque y federe de arriba abajo las familias, los clanes, y las etnias según la autoridad de una Soberanía central que aporte al conjunto un mismo sentido, un mismo proyecto, y que no legitime los desvíos perjudiciales, principalmente aquellos de consecuencias biológicas.   

Hace falta invertir los términos de la ecuación e inventar una sociedad de heterogeneidad social jerarquizada y orgánica, de homogeneidad étnica fundada sobre la noción de proximidad grupal. En pocas palabras, el derecho a la diferencia es una doctrina de apariencia anárquica y libertaria, que puede dar lugar al conflicto generalizado y al despotismo light.

4º) Rechazar el etnopluralismo a favor del etnocentrismo,

El etnopluralismo es una noción desprovista de todo sentido común. El planeta Tierra es etnoplural, todo el mundo lo sabe. Es inútil hacer doctrina de esto: ésta es la realidad. El etnopluralismo, complementario del "derecho a la diferencia", apunta de hecho a hacer admisible en Europa la idea de una cohabitación de Europeos y de comunidades extranjeras beneficiándose de un tipo de derecho de instalación y de extra-terrritorialidad. Todavía es una idea falsa, irrealista y inmovilizadora. desgraciadamente inventada por cierta derecha de la cual hablé más arriba. Y que hace falta combatir sin piedad.

No repetiré más los argumentos desarrollados en un capítulo precedente. Toda gran civilización para sobrevivir debe anclar en el alma de su juventud la idea fundamental de su superioridad. Los posibles argumentos de los intelectuales, más talentosos que de conciencia histórica, no valen nada frente a esta simple evidencia: una civilización que no se cree el centro del mundo será invadida o marginada.

Nuestro destino no es el de todo el mundo.  ¿Cómo se puede atrever a comparar con buen sentido histórico y de creación la inmensa civilización europea con aquellas de las culturas primitivas, de las tribus en agonía, de las culturas inferiores cuyo destino nos debería ser indiferente? Volvamos a lo real. Sepamos como cultivar la indiferencia del mismo modo que la dominación. ¿Qué nos importa el destino y la supervivencia de todas estas culturas extra-europeas? ¿Han tenido ellos preocupación de nuestra supervivencia? Los Europeos no cesan, por complejo de culpabilidad, de elogiar y de querer proteger las culturas exteriores. ¿Pero quién en el mundo se ha preocupado de las culturas europeas? Nosotros estamos tan enfermos que estamos más interesados por las culturas extranjeras -que no han tenido en el fondo un interés secundario- que de la nuestra propia. Seamos resueltamente egoístas, etnocéntricos.   

La juventud europea debe tomar conciencia (como sanamente hacen todas las juventudes árabes, chinas o indias) que es la heredera de una de las más grandes civilizaciones de la humanidad. Y cada uno lucha por su propio terruño, con la certeza de ser el mejor equipo.

5º) Redefinir la tradición europea de Libertad.

En relación a las civilizaciones orientales y meridionales, la esfera europea siempre ha puesto en valor la idea de libertad y de creación individual, mientras el comunismo totalitario como el islam se inspiran de las mismas fuentes que el despotismo oriental. La grandeza de Europa se explica por esta tradición de libertad, que permite a las energías de la sociedad civil aportar toda su capacidad.

Pero la idea de libertad es fecunda si está disciplinada y normalizada, deviene funesta si es exagerada. La decadencia de Europa proviene de una degeneración de la idea de libertad individual (sobre todo en las costumbres vis-à-vis con la inmigración). La libertad se transforma en libertinaje y, paradójicamente, la policía del pensamiento se refuerza contra toda opinión disidente que osa afirmar la identidad europea. Libertad absoluta de las costumbres, pero censura de los espíritus: ésto es lo que vivimos actualmente. La libertad debe conseguirse con sudor, disciplina, y esto es una habilidad de volatineros. La libertad de comportamiento de las autoridades públicas como de la sociedad civil debe detenerse desde el momento en que retrocede en razón el destino del pueblo. Aristoteles dixit. 

6º) Combatir, en uno mismo primero, el individualismo burgués.

No se trata de alabar el ascetismo ni la mortificación, pero de reconocer que el modo de vida y de pensar burgueses predispone a una indiferencia hacia todo lo que es colectivo, al destino común de su propio pueblo. El islam defiende este valor de la solidaridad comunitaria, de modo comprensible, y se jacta de invadirnos porque nosotros lo hemos olvidado, porque los Europeos están sólo preocupados por el materialismo individual de corto plazo. Estemos de acuerdo con estos musulmanes: no olvidar su propio pueblo, su propia comunidad al largo plazo. El hombre no encuentra el bienestar interior, como lo había visto perfectamente Charles Champetier en su Homo Consumans, en la predación y en el cálculo individual, o en la acumulación de riquezas superfluas, sino en el dar, en la gratuidad del "sí a la vida", en la obra ofrecida. Iré más lejos: es en el combate por su propio pueblo donde el ser humano encuentra, etológicamente y espiritualmente, su razón de vida y su logro. Por lo menos para aquellos que no han sido totalmente esclavizados y fascinados por el sistema.

7º) No ser altruista salvo para el propio pueblo

Al comienzo, el humanitarismo (versión moderna de la caridad) parte de un buen sentimiento, muy opuesto al egoísmo burgués: nos realizamos ayudando a los otros. Pero, según este defecto constante del alma europea, y del cristianismo europeo, hemos ido demasiado lejos. Queremos ayudar a los demás antes de ayudarnos a nosotros mismos. Las estrellas mediáticas se movilizan por los "sin-papeles" africanos, las ONG humanitaristas preconizan el derecho a la ingerencia y se derrocha en las poblaciones extranjeras. Este etnomasoquismo ha derramado su veneno; las canciones de Claude Nougaro o de Ferrat. Tengo mucho respeto por estos jóvenes médicos, religiosos, y tantos otros, que con abnegación arriesgan su vida y desprecian su comodidad para partir a ayudar a las poblaciones extranjeras con dificultades. Su altruismo los honra, pero ¿Qué hacen ellos por los millones de Europeos con dificultades, SDF, familias precarias por el paro, las innumerables víctimas de la inseguridad y del racismo en las banlieus? Y los medios siguen la dinámica.

Si se trata de ir a luchar por una causa, ya que es ésta la que proporciona un sentido a la vida, mejor querer dedicarse por aquel del propio pueblo. Los otros pueden arreglárselas solos. Son adultos, no dejan de repetírnoslo. Pues que lo demuestren.

En pocas palabras la energía altruista de la juventud europea (de una parte de ella) se debe centrar sobre la diferencia de su propio pueblo. Estas nociones me parecen más claros y más concretos que el humo del "derecho a la diferencia", "etnopluralismo" o de la "ingerencia humanitaria"

8º) Inteligencia y no intelectualismo

Es necesario desconfiar de los diletantes. Éstos son maestros en las ideas falsas. Se cubren de citas, se disfrazan con referencias, cultivan la jerga, tapan sus estupideces con sofismas cinceladas. El pensamiento justo, el pensamiento radical va directo al objetivo, directo a lo real. Dice que llueve. Como ratificó Boileau: " Lo que se concibe bien se enuncia claramente y las palabras para decirlo nos vienen fácilmente".

El culto hacia las ideas abstractas es funesto; desmoviliza. El intelectualismo es la inversión misma de la inteligencia y de la lucidez. Las ideas complicadas son en general falsas, las ideas simples no son siempre brillantes como el cromo, pero tienen más posibilidades de ser justas.

El intelectualismo no apunta a la verdad, pero sí al llamar la atención. Cuando viene de la derecha, es aún peor, ya que se decora con los hábitos de la duda y de la ironía. Todos los razonamientos humanitarios, etnopluralistas, universalistas (la "aldea global" de la pan-comunicación concebido como "nuevo cerebro de la humanidad"), todas profecías de gurús burgueses ignorantes de la realidad social, todas ideas chic que fascinan a la élite de la juventud y le impiden ver la evidencia, la ceguera evidente ante la puesta en peligro del substrato antropológico de Europa, que es la base de todo lo demás, de la política, de la estrategia, de la economía, etc. El síntoma del intelectualismo es la de nunca abordar las cuestiones centrales, la colonización de Europa; esta última es considerada como primitiva, vulgar, trivial. Se prefiere hablar de sujetos secundarios, más chics, es decir, disertar sobre el sexo de los ángeles. 

Tolerancia, flexibilidad, comunicación, apertura, los dueños del sistema no tienen más que estas palabras en la boca. Y los intelectuales repiten como loros las ideas de moda, que son por tanto totalmente anticuados por ser totalmente inactuales. El intelectual occidental no sabe ya pensar, discernir y analizar. Vive en las bibliotecas y, delante de sus pantallas. Piensa primero en su notoriedad, en su carrera mediática, como las stars de la tele. Un uno por ciento solamente será mediatizado, pero todos cortejan las ideas del sistema en la esperanza de un reconocimiento o de gloria. Y, en general, aquellos que encarnan lo "políticamente incorrecto", aquellos que fustigan al pensamiento único son los primeros en practicarlo, por un simulacro perverso que incluso Baudrillard no se ha atrevido a analizar. El intelectual que se dice en ruptura, que se pretende rebelde, va indudablemente a criticar el ultraliberalismo o la americanización, pero se guarda bien de abordar la colonización de Europa. Éste es un retardador, un colaborador camuflado con la etiqueta de la resistencia.

El intelectualismo es culpable de haber desmovilizado, sobre todo en Francia, en Italia, en Bélgica, y en Alemania, todo una franja de la juventud militante desviándola de la designación del enemigo principal, desviándola de la evidencia, debido a los espejismos del espíritu falso.  

El intelectual occidental, de derecha como de izquierda, es la asunción de la mentalidad burguesa, es decir, de la superficialidad disimulada bajo la máscara pretenciosa del científico circunstancial. Es sarcástico pero no se ríe. Chismorrea pero no habla. Chupa tinta pero no escribe. Deslumbra pero no convence. Critica pero no condena. Ornamenta pero no construye. El intelectual domina el discurso, pero ignora el hablar. Quiere ser el amo del pensamiento, mientras que no es más que un marchante de ilusiones. Quiere ser un iluminador, pero engañando a su audiencia. Existe una suerte de imbecilidad en el intelectual de hoy en día. Y para reconocer a los más absurdos, tomen nota de aquellos que se dicen "filósofos" al estilo de Bernard-Henri Lévy.  

9º) El coraje

Algunas voces se elevan, entre los más lúcidos y los más valientes, para denunciar el peligro mortal de la colonización de Europa, pero ellos son realmente poco numerosos.

En todas partes, se riza el rizo. La cobardía que se encara a lo prohibido y a los tabúes del sistema alcanza elevadas cotas. Incluso a la izquierda, muchos son conscientes del peligro, pero no es cuestión hablar de ello. A la derecha, se escuchan argumentos confusos : " sin provocaciones, no hablar ¡El sistema espera sólo esto!". Consecuentemente se sigue la lógica del sistema. Se habla de otra cosa. Se diserta acerca de puntos inesenciales, del sexo de los ángeles. Se prefiere el confort al coraje, ya que siempre la cobardía se cubre y legitima con palabrería.

En la derecha, se escucha numerosas críticas acerca de la inmigración, pero ellos son muy frecuentemente ristras de prevenciones y de excusas: "nosotros no estamos contra los inmigrantes, comprendéis, pero contra la inmigración ¡Que quede claro!" O: "si ellos se integraran y se convirtieran en buenos franceses, todo iría bien " (discurso soberanista). " Pero ¿usted ve? Es América la que nos amenaza, no el islam", "Sobre todo, mantengámonos en calma, ¡Quedaremos marcados! Hablemos de otra cosa, por favor, es demasiado peligroso, alertaremos a la policía!". Banda de imbéciles. Ya estáis marcados, fichados, involucrados.  

Los partidos políticos que han ido demasiado lejos en la denuncia del peligro han sido demonizados por los medios, y, lo más extraordinario, es que esta demonización ha dado buenos resultados. Por una mezcla de cobardía y de conformismo, el electorado, incluso confrontando la evidencia, no se dejo llevar masivamente hacia aquellos que incluso hicieron sonar las alarmas.

En realidad es la carencia de coraje lo que explica todos estos hechos entrelazados, incluso si ellos se decoran de argumentos sofisticados a los cuales los propios predicadores no creen ellos mismos más. Vilfredo Pareto lo había mostrado bien: los sentimientos y los intereses, los miedos también, son a menudo la explicación de las ideas y de los comportamientos que se pretenden racionales.

Comprendo que un trotskista sea favorable a la colonización de Europa, o un prelado inmigracionista de izquierda. Esta es la lógica de su pensamiento. Los respeto también, como enemigos dignos de interés, al musulmán conquistador, al joven norafricano con pasión de odio y venganza. Como en el póker, juegan su juego.

Pero lo que es intolerable, son precisamente estos Europeos que saben y no dicen nada. Un amigo irakí me confió recientemente: " os dejáis invadir y no decís nada. Toda vuestra energía se dirige a negar la invasión y no a combatirla".

(c) Por el texto: Guillaume Faye

(c) Por la Edición Francesa: Editions de l'Aencre

(c) Por la traducción castellana: Miguel Ángel Fernández

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