Las bases esenciales de la filosofía cosmista fueron teorizadas por Nikolai Fiodorovich Fedorov (1829-1903) y, posteriormente a él, desarrolladas en tres direcciones: una poético-literaria, con Platonov, Jlebnikov, Zobolotskii, etc.; otra filosófico-religiosa, con Soloviov, Berdiaev, Bulgakov, etc.; y una tercera científico-natural que tuvo a Tsiolkovskii, Umov, Vernadskii, Chizhevskii, etc, como sus jefes de fila. Seguramente, ninguno de todos estos grandes de la cultura rusa hubiera derivado sus trabajos hacia donde lo hicieron de no haber sido por la Filosofía de la Causa Común escrita por su mentor.

Nikolai Fedorovich Fedorov, pertenece casi más a la categoría de los místicos y ascetas que a la de los filósofos, al menos tal como eran concebidos en Occidente en esa misma época. En ruso su nombre se pronuncia Fiodorov pero se escribe Fedorov. Completamente ignorado en las historias de la filosofía escritas en Occidente, sus teorías fueron elogiados por los grandes personajes de la cultura y de la ciencia rusa de su tiempo y tiene, por derecho propio, un sitial en la historia de las ideas en aquel país. Dostoyevsky y Tolstoy glosaron sus ideas, el poeta Afanasiev las compartió, el filósofo Soloviev se inspiró en ellas y el cientifico Tsiolkowski las utilizó después de reconocerle un tributo de gratitud.

Es posible que su origen determinara su ascetismo y e incluso su irracionalismo idealista. Fedorov era hijo bastardo del príncipe Pavel Ivanovich Gagarin y de Elisaveta Ivanova, una mujer de la nobleza que hasta los cuatro años vivió en el palacio de los Gagarin. El fallecimiento del padre, determinó que la madre y sus demás hijos, abandonara el lugar. Pronto, Fedorov apenas cumplidos los 14 años se independizó y empezó a recorrer Rusia alimentándose con las clases que daba a alumnos de primaria. Salvo en esa época, cuando mantuvo una actitud errante y viajera, el resto de la vida de Fedorov a partir de los 25 años fue estable e incluso gris. En 1868 empezó a trabajar como bibliotecario en el musero Rumyantsev (actual Biblioteca Lenin) y luego entró en el ministerio de asuntos exteriores trabajando en sus archivos has la edad de jubilación.

A partir de estabilizar su vida, a los 25 años, fue adquiriendo el comportamiento de un verdadera asceta que, por otra parte, no era desconocido en la historia de la civilización rusa. Vivió durante casi toda su vida en una minúscula habitación provista solamente de una cama dura y de un escritorio. Rechazó publicar sus obras que tan solamente se conocieron en vida suya gracias a conversaciones con grandes de la cultura de su tiempo, a los que incluso ayudo a desarrollar sus ideas. Condenó la propiedad privada y él mismo rechazó tener nada que pudiera considerar suyo, ni siquiera abrigos o mantas. Por supuesto, rechazó la fama y los honores públicos. Se cuenta de él que durante meses apenas ingirió comidas calientes. Pasó casi toda su vida escribiendo y dando forma a sus ideas, sin embargo no prtendió publicar nunca ni una sola de ellas y solamente tras su muerte fueron publicadas. Tres años después de su muerte (1903) sus discípulos reunieron sus trabajos en dos gruesos volúmenes publicados bajo el título de Filosofía de la Causa Común.

Sabemos quién era Fedorov, veamos ahora el contenido de sus doctrinas. Fedorov no llamó a su filosofía “cosmismo” sino “supramoralismo”. Podemos establecer seis lineamientos fundamentales, cuya suma constituye lo esencial de la “causa común”:

1) Una interpretación de la evolución de la humanidad
2) Un transhumanismo holístico
3) La “salvación” como una experiencia común
4) Un análisis de la violencia en la historia
5) La necesaria superación de la muerte y
6) El papel central de Rusia en estas experiencias

No albergamos la menor duda de que si un sistema así hubiera irrumpido en Occidente, inmediatamente hubiera sido ridiculizado sin pasar siquiera por un análisis crítico de sus textos. Esta, seguramente, es la causa por la que el cosmismo ruso jamás interesó en Occidente. Cuando se tiene en cuenta, como veremos, que Fedorov predicaba una “superación de la muerte” y la posibilidad de un renacimiento posterior a la muerte, se entiende mejor el por qué en Occidente no fue tomado como una filosofía “aceptable”, sino más bien como un amasijo de corrientes místicas y seudoespiritualistas que, al igual que el ocultismo nacido en nuestras latitudes tampoco ha merecido un lugar en la historia de las ideas “académicas”. Sin embargo, ya hemos visto que las cosas se tomaban de manera muy diferente en Rusia y que el cosmismo fue aceptado y compartido por buena parte de la intelectualidad de su tiempo e incluso que Lenin, percibiendo un peligro en su bagaje neo-espiritualista, le dedicara 400 largas y densas páginas presentándolo como una forma de “idealismo pequeño burgués”.

Fedorov consideraba que el mayor problema que causaba los conflictos en el mundo era la falta de amor entre las personas. Eso generaba vilencia y aniquilaciones. Consideraba que el egoísmo era el motor de los conflictos. El egoísmo aislaba a unas personas de otras y los hacía difentes entre sí, rompiendo la unidad de la especie. En buena medida, esa violencia estaba generada por el miedo del ser humano a su finitud, es decir, por la dependencia del hombre a la naturaleza. Ésta dicta que debe de haber un “final” y, consiguientemente, cada individuo, cada familia, cada pueblo, consideran la supervivencia desde un particular punto de vista aislado del de los demás, en el que queda, por supuesto, excluido cualquier consideración holística de totalidad cósmica. Debemos preocuparnos, ante todo, de nuestra propia conservación, por supuesto defendiéndola de los ataques de los demás que piensan exactamente lo mismo. Lo que se manifiesta en esta actitud son tres condicionantes: egoísmo, individualismo y aislamiento.

La solución no era el altruismo, sino que cada hombre se identificara con todos los demás. Al mismo tiempo, existía también un conflicto entre “vivos” y “muertos” que hacía el el presente se aislara del pasado y del futuro. Por eso, cuando Fedorov aludía a identificarse con “todos los demás”, estaba aludiendo también a todos los que han sido (ya muertos) y a todos los que serán (los que estarán por nacer). Atribuyó parte de la responsabilidad de este conflicto al cristianismo y a una mala interpretación del cristianismo y llegó a considerar que la resurrección de los muertos y la victoria sobre la muerte no era algo que debía llegar en el momento de la Parusía, sino como objetio tangible a alcanzar en el curso de la evolución del mundo.

La teohumanidad es un concepto clave de la corriente cosmista que aparece en autores tan conocidos como Soloviof y Berdaiev. Alude concretamente a la naturaleza divina y humana de Cristo. No es raro que los estuvieron interesados en el análisis gnoseológico de la personalidad de la figura de Jesucristo. Éste ocupaba un lugar intermedio entre “dios” y el “hombre”, siendo a la vez lo uno y lo otro, una síntesis entre lo divino y lo humano. Cristo es pues el símbolo de la “unidad total”  que los cosmistas defendían y a la que querían llegar. La “unidad total” es la unión de lo divino con lo terrenal, de la creación y del creador, de Dios y la naturaleza, del pasado del presente y del futuro. Ante esta “unidad total” el individuo no es nada en la medida en que para él lo que rije es la “finitud”. Para ocultar esta finitud e imponerse a los que considera amenazas, es por lo que recurre a la violencia. Por tanto, habrá violencia, esto es contradicción y conflicto, siempre que no se haya llegado a esa “unidad total”, remanso en el que estarán integrados y reunidos todos los aspectos del Cosmos.

Lo primero para alcanzar esa “unidad total” es tomar conciencia de que el ser humano está en estado de interdependencia con el cosmos. Todo lo que ocurre en él, nos afecta. Comprender el Cosmos, por otra parte, equivale a que el ser humano se comprenda a sí mismo. Si el Cosmos es una totalidad holística, el ser humano (entendido como especie y como unión de muertos, vivos y futuros nacidos) no es pues más que una parte de esa totalidad. Conocer las leyes que rigen a las fuerzas de la naturaleza equivale a dominar a la muerte. Por eso, el cosmismo insiste en algunos elementos paradójicos o aparentemente estrafalarios: Fedorov insiste en que es posible regular el clima y los fenómenos atmosféricos, cree que en la colonización del espacio exterior y en la victoria sobre la muerte como fin y objetivo de su sistema.

La  historia era la crónica de las devastaciones y aniquilaciones que los seres humanos han realizado unos contra otros. Pero ello no debería de ser necesariamente así en el futuro. Solamente una humanidad que tomara conciencia de tal, esto es, conciencia colectiva de su unidad fundamental y de su identidad, estaría en condiciones de construir un mundo mejor. Si en el mundo, hasta ese momento, la muerte era la compañía eterna de lo humano, a partir del momento en el que la humanidad tomara conciencia de sí misma, sería posible vencer a la muerte y colonizar el cosmos. Para Fedorov la evolución es el patrón que rije lo humano. La evolución no termina en el momento en el que un homínido desciende de un árbol y se pone a caminar sobre las extremidades posteriores, sino en el momento en que la humanidad adquiere una naturaleza “cósmica”, tomando, primero, conciencia de sí misma y luego, colonizando el espacio exterior. Si puede pasar a esa nueva fase es precisamente por que ha adquirido las mismas características de ese espacio exterior: pureza, sensación de totalidad y porque ha sabido armonizar sus ritmos con los del cosmos. La conquista y colonización del espacio exterior, desde este punto de vista, no es solamente una hazaña técnico-científica, sino un signo inequívoco de evolución de la humanidad y de armonización con el cosmos. Había escrito: "La actividad humana no debe limitarse a los límites del planeta tierra", a lo que añadió más adelante: "En todos los periodos de la historia es evidente una aspiración que muestra que la humanidad no puede conformarse con los estrechos límites de la tierra". Para él lo importante de la salida del ser humano del espacio terrstre suponía el que entrara en contacto con las fuerzas cósmicas que prevía traumático si el hombre no había evolucionado y asumido esas mismas fuerzas, pero que era creativo y positivo para confirmarlas: "ante el rostro de las fuerzas cósmicas cesan todos los demás intereses: personales, de clase, nacionales; sólo un interés no se olvida: el interés general de todas las gentes, es decir, de todos los mortales”.

En su sistema Fedorov no considera la lucha de clases como el motor de la historia. Un análisis sociológico de la humanidad confirmaba a Fedorov en estas intuiciones. La humanidad se había convertido después del episodio de la Torre de Babel en una mixtura inextricable de razas y lenguas y luego, posteriormente, de naciones y clases sociales. Todo esto alejaba al ser humano de su propio ser originario: la unidad cósmica.

No divide a la humanidad entre quienes poseen los medios de producción y quienes no los poseen, sino que considera que existe una diferenciación fundamental entre el ser humano que posee cultura y el que no la posee. Mientras esta diferencación fundamental siga existiendo será imposible la evolución de la humanidad. Pero el problema es mucho más complejo que conseguir extender la cultura a todos los seres humanos. Un científico o un filósofo, por eruditos que sean, no detentan una posición esencialmente diferente de la del ignorante, si han abandonado las referencias morales. Para Fedorov, “cultura” se identifica con ética y con moralidad, no con conocimiento técnico y saber científico. La falta de una perspectiva ética y moral es lo que hace que el científico no sea capaz de entender la interrelación entre todos los fenómenos que se producen en el cosmos.

Pero allí en donde se demuestra en la naturaleza humana, el triunfo de la inmoralidad y la ceguera es en la persistencia del hecho de la muerte. Al examinar al ser humano, Fedorov entiende que los padres dan la vida para criar a sus hijos, pero estos no dedican su vida para levantar a los muertos, sino que se dedican de nuevo a crear nueva vida y a entregarse a sus hijos. En uno de los extremos más turbadores de su doctrina, Fedorov –el hijo natural de un noble que nunca se casó ni tuvo hijos, que jamás conoció a su padre más que cuando era muy pequeño y que no tuvo apenas recuerdos suyos- sostiene que es preciso resucitar a los muertos, mucho más que crear nuevas vidas. A poco uno consigue evitar la perplejidad ante esta idea, termina entendiendo que Fedorov de lo que está hablando es del “eterno retorno” (un tema que en aquellos mismos momentos, Nietzsche estaba enunciando), sólo que el lo define desde una perspectiva científica. Fedorov sabía que la cantidad de átomos existentes en el mundo es desmesurada pero finita. Sabía también que una vida dada no es más que la ordenación de esos átamos de una manera concreta y que, por tanto, tras la muerte, los átomos que habían dado lugar a una vida seguían existiendo solo que ordenados de otra manera. De ahí que considerara posible reconstruir una vida –esto es, resucitar a un muerto- simplemente uniendo lo que la muerte había desintegrado.

Fedorov considera que el amor a los antepasados encubre realmente una tendencia al egoísmo propio de lo humano. Amar  los antepasados supone reconocer que estamos separados de ellos y aceptar lo inaceptable: la tristeza de la muerte. No se puede aceptar la muerto porque esto implicaría que cualquier persona es reemplazable por otra. Y no es así: cada ser humano, cada ser querido es único e irremplazable. No basta con sustituir el amor hacia la persona muerta por un nuevo amor: es preciso vencer a la muerte. Si nos parece irracional la muerte es porque no entendemos su proceso, pero para eso está la física y la ciencia para ayudarnos a desentrañar su misterio Y lo lograrán cuando unan a su erudición y profundización una visión ética y moral del mundo como totalidad.

La idea de “unidad” se repite en toda la literatura cosmista. Es omnipresente y obsesiva: todo el cosmos forma una “unidad”, el ser humano forma parte de esa unidad y solamente adquiriendo la conciencia de su pertenencia a esa totalidad logrará evolucionar hacia el siguiente estadio de la creación. Cada fenómeno que se produce en el cosmos, incluso en los lugares más remotos del mismo, repercute en la totalidad del cosmos. De ahí que, en su filosofía, una vez superada la antítesis entre el egoísmo y el altruismo, aparezca un “cristianismo cósmico” que no tiene en mente a tal o a cuales individuos, sino a la totalidad de los hombres.

Fedorov no se plantea el problema de la salvación personal que está implícita en todas las variantes de cristianismo, sino la “salvación completa y universal”. Seguramente al formular esta teoría se inspiró en el budismo mahayánico que establece ese mismo objetivo para el “iluminado”. Ahora bien, la “salvación universal” no es completamente dependiente de la actitud de los seres humanos. Escribe que “la salvación también podría existir sin la participación de los hombres y aun cuando estos no se unan en la tarea común”. No es que Fedorov crea en que la bondad de Dios, generará un marco adecuado para la salvación, sino que el mundo evoluciona independientemente de la actitud y de la voluntad de los humanos. Basta con que éstos se integren completamente en el Cosmos, para que se produzcan las condiciones favorables para una victoria sobre la muerte y para la salvación universal. En este sentido Fedorov recrimina al cristianimo que “no ha salvado completamente al mundo porque no ha estado completamente integrado en él” y que sea “una doctrina de redención, pero explique cual es la verdadera tarea de la redención”.

Es evidente que el cosmismo no hubiera podido prosperar en ningún otro marco geográfico, salvo en Rusia. Algunos de sus temas hunden sus raíces en el inconsciente colectivo de la nación rusa y de su cultura. En 1928, algunos exiliados rusos radicados en París iniciaron la publicación de la revista Evrazii (Eurasia) que apenas duró un año, pero en la que se encuentran algunos elementos interesantes para nuestro estudio, especialmente porque los pensadores euroasiáticos estaban influidos en buena medida por las concepciones cosmistas. En efecto, para ellos, Rusia no era un país “occidental” sino que, en sí mismo, era una síntesis de Oriente y de Occidente, con elementos eslavos, indoeuropeos, torfónofos y tártaro-mongoles. Los euroasiáticos exiliados llegaron a ver en la revolución de octubre, no un movimiento de carácter marxista y por tanto materialista, sino la expresión de las potencialidades más positivas de Rusia. Rusia, con el movimiento de octubre de 1917 dejó de ser un Estado que tendía a occidentalizarse bajo presión del zarismo, para ser esa síntesis de Oriente y Occidente que reclamaba un lugar en la historia. Rusia era, a partir de entonces, en definitiva, la estructura política que podía facilitar la realización de la “causa común” de la humanidad.

En su análisis sobre Rusia, Fedorov había concluido que no estaba contaminada por el individualismo occidental y que, por tanto, estaba más próxima de la “unidad” necesaria para poder realizar la “causa común”. Y este extremo es importante por que indica hasta qué punto Fedorov transformaba el mesianismo ruso de siempre, formulado en términos religiosos o místico-religiosos, en una concepción laica. Rusia, sostenía, Fedorov y uno de sus discípulos, Chaadaev, estaba llamada a tomar la vanguardia de la humanidad en la recuperación de su unidad originaria, pues no en vano, en la estructura misma de Rusia y en las corrientes que habían contribuido a su fundación, esa unidad estaba presente.

Hay en la filosofía cosmista algo que remite al viejo titanismo tal como fue descrito en la imagen de Prometeo. Había escrito, sintetizando su pensamiento: "Dios educa al hombre con su propia experiencia; Él es el Zar que hace todo, no sólo para el hombre, sino y a través del hombre; por algo no hay racionalidad en la naturaleza, porque debe ser el hombre quien la introduzca, y precisamente en esto reside la racionalidad superior. El Creador vuelve a crear el mundo a través de nosotros ... Nosotros no podremos saber con seguridad con qué fuerza se mueve nuestra Tierra mientras no dirijamos su marcha".

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahho.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen

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