a. España como frontera sur de Europa y marca anti-islámica

La geografía, la historia y los intereses nacionales condicionan el papel de España en la escena internacional.

- La geografía nos sitúa como la frontera sur de Europa, como el país más próximo de Europa Occidental a territorios africanos: es decir como frontera con otro espacio geopolítico provisto de otros ritmos de vita, otras tradiciones étnicas y otro ritmo de desarrollo.

- La historia nos indica que todo lo que ha llegado del Sur del Estrecho de Gibraltar han sido elementos conflictivos: invasión islámica en el siglo VIII y presencia durante ocho siglos de una ocupación militar que alteró la vida de los territorios mientras estuvieron ocupados, imponiendo un régimen político-religioso islámico.

Hoy, España sigue siendo la frontera sur de Europa y el interés nacional indica que se trata de asumir la experiencia histórica asumida durante 800 años y cerrar el paso al Islam salvo que se pretenda alterar profundamente el tejido social y cultural de nuestro país, transformándolo en una quimera multicultural que, finalmente, terminaría inclinándose a la voluntad del sector más intolerante: el islamismo.

Y este problema no es únicamente español, sino europeo. Por tanto, la responsabilidad de España como centinela frente al sur no supone solamente una defensa de nuestra integridad territorial, sino de la defensa y libertad de Europa. Hoy, este papel es más necesario que nunca a la vista de que puede discutirse si los contingentes llegados del sur están protagonizando una "inmigración" o más bien una invasión: esto es un proceso de sustitución cultural, étnico y antropológico y una ocupación física del territorio.

b. España como puente con Iberoamérica

Así mismo, la historia, la lengua y la geopolítica obligan a considerar a España como un puente entre Europa e Iberoamérica. Contrariamente a lo que los teóricos de la Hispanidad pensaban, el continente Iberoamericano dista mucho de ser homogéneo y se encuentran partes completamente diferenciadas. En general -y aparte el caso brasileño- Iberoamérica está fracturada en dos sectores: el que étnica, cultural y antropológicamente es una extensión de Europa y el que es, por el contrario, y aspira a seguir siendo, algo completamente diferenciado de Europa, que podemos llamar el mundo andino o el mundo indígena. Los primeros asumen como propia la herencia europea y los segundos atribuyen a esa herencia la fuente de todas sus desgracias refugiándose en un indigenismo hostil, similar a cualquier otra ideología tercermundista nacida en África o en Asia.

Ante esto es preciso ser claro: el indigenismo andino es una forma encomiable de "retorno a las fuentes" y de práctica y afirmación de una identidad concreta. Sólo que esa identidad no es la europea y, en tanto que culpabilizadora por la colonización, se afirma como adversaria. Europa y, más en concreto, España o Portugal, no tienen absolutamente nada de lo que arrepentirse ni de lo que pedir perdón por colonizar unas tierras que en el momento de la llegada de los conquistadores registraba sistemas degenerados con una irreprimible tendencia a la práctica de los sacrificios humanos masivos y con estructuras político-sociales agotados que demostraron su debilidad ante la llegada de pequeños puñados de colonizadores.

Si se acepta este punto de vista, se acepta su corolario: estrechar al máximo las relaciones con los países que aceptan sin reservas el ser hijas de la conquista hispano-portuguesa, y mantener un cordón sanitario contra aquellos regímenes indigenistas que alimentan el odio identitario contra nuestro país.

Este esquema puede trasladarse también a lo que representa la inmigración procedente de Iberoamérica en el siglo XXI: si se trata de dar cabida a inmigrantes en nuestro país, a la vista del hundimiento demográfico, está claro que quienes afluyan a Europa deben ser lo más similares a las poblaciones europeas actuales. Solamente el mito relativiza la importancia de este factor aceptando la llegada de contingentes separados por una brecha  cultural y antropológica de las poblaciones europeas y que, además, en muchos casos, llegan con presuntas reivindicaciones históricas o con resentimientos y odios latentes. El principio universal aceptado en todos los tiempos es: "lo semejante se une a lo semejante y lo semejante rechaza a lo opuesto". Y este principio debe mantenerse igualmente en política internacional en relación a Iberoamérica: apoyo, solidaridad y estrechamiento de vínculos con aquellos países que acepten el asumir los valores europeos, valores del mundo clásico y de la catolicidad de la época, rechazo a las ensoñaciones pre-colombinas y a quienes condenan la nueva etapa en la historia del subcontinente iniciada en 1492.

c. Papel geopolítico de España

Por su situación geográfica, España es:

1) Ruta avanzada y bidireccional de dos líneas de expansión: Norte-Sur y Este-Oeste.

2) Ocupa un tercio de la fachada atlántica de Europa

Mientras duró la "guerra fría" y la bipolaridad (1945-1989), aun cuando en teoría, España no hubiera estado adherida a la OTAN, en la práctica los acuerdos tejidos por Franco con los EEUU suponían una inclusión efectiva en la Alianza Atlántica a la que proporcionábamos cuatro elementos clave:

1) El control del tráfico naval sobre el Estrecho de Gibraltar, operado a través del Mar de Alborán cuya costa Sur, al independizarse el Principado de Marruecos quedó recudido a Ceuta, Melilla y las Islas Adyacentes, suficientes elementos como para asegurar el cierre del Estrecho y embotellar a la flota soviética en el estanque Mediterráneo.

2) "Profundidad" a la Alianza cuyas líneas que daban extendidas más de 1000 km con la inclusión de España. Sin esta inclusión era imposible defender Europa Occidental de un ataque soviético (real o supuesto) pues, entre la frontera Germano Occidental y el Atlántico francés de Bretaña y Aquitania, apenas existían entre 900 y 1000 km.

3) El portaviones atlántico del Archipiélago Canario situado en la ruta del Atlántico Sur, pero también en la ruta del petróleo que, desde el Golfo Pérsico bordea las costas de Africa para llegar a Europa, uno de los ejes en disputa en el mundo bipolar a partir de 1973 (primera crisis del petróleo con el cierre del canal de Suez e inicio de la era de los superpetroleros).

4) Base avanzada para la llegada de aprovisionamientos de EEUU, potencia aislada geográficamente y, por tanto, segura en el caso de confrontación bipolar, donde, históricamente se ha concentrado la producción de armamento destinado a los campos de batalla europeos durantes los dos últimos conflictos mundiales.

Ahora bien, liquidada la era de la bipolaridad, el mundo pasó a una situación de inestabilidad unipolar a cuyo fin estamos asistiendo. En esa nueva etapa, el papel geopolítica de España, lejos de atenuarse, queda realzado en la perspectiva de un mundo multipolar en el que España es la frontera Sud-Oeste de Europa y, por tanto, el puesto avanzado en las comunicaciones con tres bloques exteriores a Eurasia:

1) El Magreb, cuya evolución futura se basará en tres factores:

- Inestabilidad interior (conflicto sociales a causa de la pobreza, políticos a causa del déficit democrático y religiosos a causa de los choques entre distintas facciones del islamismo local) que pueden derivar en conflictos armados civiles.

- Presión demográfica propia y recepción de la presión demográfica procedente del Africa Subsahariana que exceden con mucho las posibilidades de integración de los Estados locales.

- Progresiva penetración de los EEUU que al verse rechazados en el territorio de la Unión Europea, intentan seguir presentes en el Mediterráneo a partir del Magreb (penetración efectiva en Marruecos y Argelia, presencia consolidada en Egipto desde su derrota en la guerra del Yonkipur y neutralización de las veleidades libias).

2) Iberoamérica, cuya evolución futura girará en torno a tres ejes:

- El intento de consolidación de Brasil como primera potencia regional si se dan distintos factores políticos (posibilidad de establecimiento de una política de Estado estable), sociales (disminución de la pobreza y el analfabetismo), de comunicaciones (si aumentan las vías de comunicación entre el Brasil atlántico y los países del Pacífico: especialmente Chile, Bolivia y Perú), lingüísticos (bilingüismo práctico en Brasil para facilitar el intercambio con el resto de Iberoamérica de lengua española).

- La concentración de esfuerzos de EEUU para lograr una mayor penetración económica y un mejor control político, especialmente en los países de la cuenca del Pacífico (Chile, Perú, Ecuador y Venezuela). Lo que supondrá, en la práctica, una guerra comercial con España, principal inversor en la zona en estos momentos.

- La estabilización de una zona de librecomercio similar al antiguo Mercado Común que favorezca la integración de las economías regionales y genere un gran mercado de consumo en condiciones de propulsar una industria estratégica propia.

3) Los EEUU, cuya evolución en los próximos veinte años tendrá como ejes:

- El aumento de influencia de la minoría hispana en la vida cultural, en la sociedad y en la vida cultural de los EEUU que, por primera vez en su historia dejarán de ser un país WASP con minorías recluidas en ghetos y sin cultura ni tradiciones propias.

- Un aumento de la inestabilidad social a causa de las desigualdades crecientes e insoportables de renta y de la estratificación étnica de la misma. La integración racial de los años 60 ha fracasado completamente y EEUU tiene ante la vista un conflicto civil que será a la vez racial y social en un momento de regresión de las libertades públicas y de los beneficios sociales en nombre de un liberalismo salvaje cada vez más extremo.

- La sensación de fracaso civilizacional y neoimperial que generará la breve tentación unilateralista que se aseverará inviable cuando concluya el segundo mandato de Bush, debiéndose aceptar el hecho consumado de una multipolaridad. Esto hará que cristalicen de nuevo las tendencias aislacionistas tradicionales en EEUU y el país se recluya en su territorio nacional, y con aspiraciones hegemónicas reales solamente sobre Iberoamérica.

- Una quiebra inevitable de la economía norteamericana que arrastra desde principios de los 80 un incremento de la deuda pública, actualmente extremo y que solamente está avalado por la aparente estabilidad política y el peso militar de EEUU, como soportes para el valor de cambio del dólar, más que el valor de éste en sí mismo. Esta quiebra puede ser el desencadenante de la fractura racial y social a la que hemos aludido.

- El desplazamiento del teatro principal de operaciones de EEUU, del Atlántico Norte al área del Pacífico con todo lo que ello implica: proliferación de bases militares y de intervencionismo en la zona, acuerdos comerciales preferenciales con esos países y, posibilidad de enfrentamientos con una zona, posiblemente no tan desarrollada como la Unión Europea, pero en situación ascendente y en donde EEUU va a encontrar fuertes competidores económicos (Japón) y a la vez militares (China y Rusia).

Cada uno de estos tres actores geopolíticos interacciona en el devenir histórico de España que, inevitablemente, va a estar vinculado a la Unión Europea, antes que a cualquier otro bloque, pero, al mismo tiempo, va a tener que afrontar problemas nuevos:

- El inevitable deterioro de las relaciones con Marruecos que no ha renunciado a sus aspiraciones sobre Ceuta, Melilla, Islas Adyacentes y Canarias, ni realiza esfuerzos reales para cortar la producción e haschís con la que inunda a España, ni tampoco para contener la riada de inmigrantes que aspiran a acceder a los escaparates de consumo europeos.

- El inevitable distanciamiento con los EEUU a causa de la "alianza más segura" que practica este país en la zona (actualmente orientada hacia Marruecos y entre 1956 y 1999 orientada preferencialmente hacia España) con la contrapartida del ascenso hispano en EEUU que tenderá a atenuar este distanciamiento.

- El inevitable endurecimiento de la relación económica con Iberoamérica que gravitará en torno a una potencia regional emergente (Brasil) que pretenderá hacer valer su influencia ante presencias exteriores, incluida la española y en torno a una potencia histórica presente en la zona desde la Doctrina Monroe (EEUU) que seguirá consideran a Centroamérica y el Caribe como su "patio trasero" y a la masa sudamericana como su "coto privado de caza".

En este sentido, la política exterior española del futuro estará determinada por estos tres ejes:

- Desde el punto de vista cultural: contribuir al aumento de influencia del mundo hispano en los EEUU, haciéndolo extensible, no solamente a los troncos étnicos indios venidos del Sur de Río Grande, sino también a la propia población hasta ahora WASP, esto es, restando impacto a los productos culturales surgidos de ese núcleo, para lo que es preciso "hispanizarlo". Esto, parecía ilusorio en décadas anteriores, pero un estudio de las curvas demográficas de la población hispana en los últimos diez años, deja prever un vuelco completo a la situación. En otras palabras: culturalmente, se trata de recuperar la idea de que parte de la tradición norteamericana es hispana y que la mitad del territorio de los EEUU (según atestigua el Tratado de Paz de París de 1763 que marca el límite entre las posesiones inglesas y españolas en América del Norte) fue hispano y colonizado por españoles (Florida y el Virreinato de Nueva España cuya parte superior correspondía a los actuales Estados de California, Nevada, Texas, Nuevo México y parte de Oregón). Esto aporta raíces históricas para avalar y justificar la penetración cultural.

- Política de contención hacia un mundo árabe imprevisible, atrasado y sin posibilidades de alcanzar un nivel óptimo de desarrollo económico a causa del atraso histórico que supone la religión islámica así como el fracaso de los intentos occidentalizadores (Naser, el baasismo iraqui, sirio y libanés, los vaivenes persa-iraníes), un mundo árabe al que le quedan únicamente treinta años de reservas petrolíferas para seguir manteniendo una providencial fuente de ingresos y dentro del cual no existe ni un solo país en el que pueda hablarse de una situación de estabilidad real.

- Política de cooperación con entre la Unión Europea e Iberoamérica en aras de asegurar la estabilidad de las inversiones españolas, evitar que los intercambios comerciales en el subcontinente se realicen solamente en dirección Norte-Sur con el grado de dependencia que implica. El mantenimiento de una situación imperial de los EEUU sobre Iberoamérica, implicaría en corto espacio la reaparición de una tentación intervencionista en el resto del mundo. De ahí que la Unión Europea y España en concreto deban apoyar el desarrollo de los grandes países iberoamericanos: Brasil (llamado a ser por sus geografía, reservas, población y tecnología, el germen de una potencia regional), Argentina, Chille (países con gran potencial económico y cultural, cuyas contraposiciones geopolíticas se trata de atenuar) y Venezuela (ruta más corta hacia Iberoamérica).

Esto permite formular tres consecuencias.

La primera consecuencia a desarrollar es el siguiente: contra más atenuada esté la influencia cultural protestante y calvinista en los EEUU, mayores espacios de libertad tendrán los pueblos Iberoamericanos y mayor estabilidad tendrá un sistema multipolar. En ese contexto el papel de España queda reubicado como puente -no retórico sino muy real- entre Eurasia y el continente americano.

La segunda consecuencia a desarrollar es: dada la inestabilidad del mundo islámico, la única política posible es la contención. De nada sirve ayudar a políticas de desarrollo regional en países que, de la noche a la mañana, pueden deslizarse bruscamente hacia el fundamentalismo más radical, o países que albergan en su interior un potencial explosivo que hace inviable la inversión en desarrollo; dadas las peculiares características del islam y la intensidad con que esta religión condiciona la vida de los pueblos árabes y magrebíes, les imprime agresividad, les dota de un mesianismo enfermizo e históricamente superado y genera objetivos teocráticos que enlazan con un pasado remoto, y dada, finalmente, la ubicación geográfica de "frontera sudoeste de la Unión" que tiene España, por todo ello, la contención es la única política posible, no solo para España sino para toda la Unión Europea. Este axioma puede ser desarrollado a partir de las tesis que expusimos en nuestra serie de artículos contrarios a la integración de Turquía en Europa y la posibilidad de que el "espacio turcófono" sea un factor de desestabilización permanente entre las tres potencias euroasiáticas.

La tercera consecuencia no es otra que reconocer que el destino de España y el de Europa, a lo largo de todo el siglo XXI, van a estar unidos. Si bien es cierto que en el pasado, las contradicciones y los intereses contrapuestos, frecuentemente, se tradujeron en guerras y conflictos, éste período ha concluido. La última guerra civil entre europeos (1939-45) y la fabricación de nuevas armas de destrucción masiva, indica que de producirse un nuevo conflicto de esas características en suelo europeo, implicaría casi necesariamente la desaparición de Europa, incluso físicamente.

d. España en Europa: renegociar el acuerdo con la UE

Europa es nuestro principal campo de integración. Esto no implica aceptar acríticamente la actual relación con la UE. Si la UE aspira a ser aceptable e irreversible debe acometer una profunda reforma interior (cuyo primer paso es definir sus objetivos, su modelo y sus límites) y, al mismo tiempo, el Estado Español debe renegociar sus condiciones de integración, especialmente en materia agrícola y alimentaria.

Europa sigue siendo todavía hoy, excesivamente desigual en materia económica y la política de adaptación que siguió a nuestra integración (la conocida como "reconversión industrial") no generó nuevos horizontes económicos sino que liquidó sectores enteros de nuestra industria (siderurgia, minería, astilleros) que solamente fueron compensados mediante jubilaciones anticipadas y subsidios, pero no con la creación de empresas sólidas que pudieran sustituir a los sectores industriales desarticulados. Durante veinte años, la llegada masiva de Fondos Estructurales, hizo olvidar que España abordó un proceso de desertificación industrial a mediados de los años 80 que, agravó luego la deslocalización y que se ha hecho dramática en el momento en que coincidió el cese de flujo de Fondos europeos, la crisis económica, la crisis de la construcción, la crisis turística y la crisis financiera internacional.

Así mismo, las políticas agrícolas de la UE atribuyen un papel cada vez más privilegiado a los productos horto-frutícolas procedentes del Magreb y de Israel que lesionan especialmente nuestra agricultura. El establecimiento de cuotas en la producción de leche, el régimen de subvenciones (a menudo regulado con principios absurdos: subvención a la plantación de vides y subvención al arranque de vides…), genera situaciones poco asumibles y muy alejadas del principio de "autonomía alimentaria" que debe regir para todo el territorio de la Unión.

Por otra parte, el hecho de que, después de la entrada de España, se hayan producido otros ingresos y se haya trenzado una trama de acuerdos con países no europeos, modifica extraordinariamente las condiciones iniciales que firmó nuestro país en el momento de su ingreso en la Unión Europea. Todo ello, unido, lleva a dos necesidades: la de "cerrar" Europa, con toda la prudencia que requiere, lo antes posible, esto es poner límites a Europa y priorizar el desarrollo de las economías interiores del continente y reducir al mínimo imprescindible los acuerdos preferenciales con países extra-europeos.; y la de renegociar las condiciones de afiliación de España a la UE a la vista de los cambios operados en los últimos años.

e. España y Portugal

La cooperación hispano-portuguesa en el momento actual es fundamental, no sólo por razones históricas y culturales, sino fundamentalmente por motivos políticos y estratégicos. En primer lugar, ninguna razón geopolítica justifica la existencia de dos naciones peninsulares que, solamente se apoya en episodios históricos (Aljubarrota, 1385, con la derrota castellana y la nefasta gestión del Conde-Duque de Olivares en 1640 que determinó la bifurcación definitiva de los caminos de España y Portugal).

En segundo lugar por que la huella dejada en Suramérica no fue solamente obra de españoles, sino también de portugueses y hoy, no puede abordarse una política europea común en relación a Iberoamérica sin tener en cuenta el papel de uno de los aspirantes a ser potencia regional, Brasil con obvios vínculos lingüístico y culturales con Portugal.

En tercer lugar porque el mantenimiento de la actual situación favorece la alianza de Portugal con Inglaterra y, por tanto, el reforzamiento del eje anglo-sajón, cuando en realidad, el objetivo estratégico de los países europeos en este momento debe ser la emancipación política y especialmente económica del sistema anglo-sajón afectado de un cáncer profundo e irremediable: la deuda.

En cuarto lugar porque los problemas políticos, estratégicos y económicos y los intereses derivados de ellas, son prácticamente los mismos entre ambos países. España y Portugal pueden duplicar su interés estratégico en la zona del Estrecho y en el triángulo Gibraltar - Canarias - Azores, controlando buena parte de los accesos y rutas del Atlántico.

Finalmente, porque dos culturas del mismo origen, que han recibido las mismas influencias y que han compartido experiencias históricas similares, pueden reforzar extraordinariamente su presencia en el mundo a costa de caminar juntas.

Por todo ello, y al margen de los acuerdos con la Unión Europea, España y Portugal deberían de avanzar hacia estadios superiores de colaboración nacional y de establecimiento de objetivos estratégicos conjuntos que, además, reforzarían su papel en la Unión Europea y en la escena internacional.

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