a. Globalización económica y globalización ideológica

Es frecuente cometer un error en el análisis y ver a la globalización como un todo homogéneo que tiende hacia el mismo objetivo. Ante la globalización existen cuatro posturas posibles:

- Los que sostienen la necesidad de una globalización por motivos económicos, tratándose siempre de instancias financieras y de consorcios multinacionales que precisan abaratar costes y optimizar rendimientos del capital.

- Los que sostienen que la “humanidad” es un todo y que, por tanto, hay que caminar hacia una unificación: un solo gobierno, una sola religión, un solo estilo de vida, y tender finalmente al mestizaje étnico y cultural con el objetivo de acceder a un estado multicultural que genere una sola cultura mundial.

- Los que se oponen desde distintas actitudes a la globalización, proponiendo “otra globalización” que recogería elementos de las otras dos corrientes: para “controlar” los efectos deletéreos del flujo internacional de capitales, bastaría, según ellos, instaurar una “penalización” (la Tasa Tobin) a la circulación de flujos económicos de un país a otro. Así mismo, aun sin llegar a los extremos del sector “humanitarista” de la globalización (segunda posición), asumen un internacionalismo que no es sino el último reducto de la antigua militancia marxista que todos ellos compartieron.

La primera corriente defiende la necesidad de la globalización por razones económicas (más bien por mitos económicos) y sirve a los intereses de los grandes consorcios multinacionales y de los centros de poder financiero. La segunda corriente, iluminista es de carácter ideológico y utópica y puede ser definida como un mero “humanitarismo”, tan ingenuo como deletéreo. La tercera corriente, por su parte, es una síntesis posibilista de las otras dos con fuerte influencia ideológica del marxismo de otros tiempos, reconvertido y tamizado a la luz del ecologismo y de otros mitos contemporáneos.

b. De la UNESCO a Bildelberg y vicecersa

Hay que ser más precisos. No basta con señalar las tres corrientes ideológicas por las que discurre la globalización. Hay que señalar con el dedo y describir más exactamente a los actores responsables de haber diseñado estos esquemas.

La primera corriente fue promovida por los descendientes de los financieros y magnates que vienen dominando la economía mundial en los últimos 200 años. Estas élites económicas se organizaron desde principios del siglo XX en “círculos influencia” que no “tenían poder político” pero que eran el verdadero poder. Cristalizaron en el Consejo de Relaciones Exteriores de los EEUU, sin duda, el organismo privado más influente, saltando al otro lado del Atlántico y constituyendo el Instituto de Estudios Internacionales, matriz británica de la misma área de influencia económica. Estos círculos estaban inicialmente informados por las ideas “fabianas” (corriente del laborismo británico que proponía una mejora progresiva de las condiciones de vida de la población con vistas a convertirla en consumidores y aumentar, por tanto, los beneficios de la gran industria) difundidas por la London Economic School. Anteriormente, en los EEUU, las dinastías económicas habían constituido una serie de “corporaciones estudiantiles” y logias destinadas a forjar el carácter de sus hijos y, así, perpetuar su influencia. La existencia de la más influyente de estas corporaciones se supo a finales del siglo XX, a pesar de haber sido fundada a mediados del XIX. Se trataba de Skull and Bones constituida en el Campus de Yale que ha aportado generaciones funcionarios a los servicios secretos norteamericanos y a las redes financieras, convirtiéndose en una de las mallas más exclusivas del poder mundial. Así mismo, después de la Segunda Guerra Mundial se constituyeron otros dos “círculos concéntricos”: el Club de Bildelberg y la Comisión Trilateral ideada por Zbigniew Brzezinsky, presentados como foros de análisis de los acontecimientos mundiales, cuando en realidad son justamente los foros en los que se preparan esos mismos acontecimientos.

La marcha de la concentración de capital en los años 60-90, facilitó el camino a la globalización, pero éste jamás habría sido recorrido, de no ser por ideólogos, políticos y economistas que establecieron la naturaleza y los tiempos de los jalones a recorrer. A partir de los años 50 se hizo evidente que no basta ostentar solamente el poder económico y, por tanto considerar al poder político como un instrumento en manos de los gestores del capital, sino que era preciso también controlar el poder mediático e incluso el tiempo de ocio en lo que cínicamente, Brzezinsky llamó “entetanimiento”: la ciencia de mantener dormidas y en un lavado de cerebro permanente a las poblaciones, ajenas a la acción de quienes tejen los hijos de su destino.

La otra línea de la globalización, la “humanitarista” también es fácilmente identificable con nombre y apellidos. Emergió a finales del siglo XIX en los laboratorios ideológicos anglosajones en los que interfirieron fenómenos muy diversos: los restos del socialismo utópico, el ocultismo de matriz teosófica, los “progresistas” que consideraban que el avance de las ciencias resolvería cualquier problema de futuro, las corrientes filosóficas positivistas y masonerías disidentes del tronco central y tradicional de la Orden. Estas primeras corrientes se plasmaron en los eventos “mundialistas” que empezaron a ser frecuentes en el último cuarto del siglo XIX: Exposiciones Internacionales, eventos mundiales, posteriormente, la rehabilitación de los Juegos Olímpicos, los Foros Mundiales de la Religión, etc. Hacia principios de los años 20 estaba muy extendida la idea de una “nueva religión mundial” o de un “idioma universal” (el esperanto) que sustituiría a la multiplicidad existente hasta ese momento. Tales ideas, después de sucesivos retoques y revisiones, plasmó a causa de los acontecimientos históricos generados en gran medida por el capital mundial (la necesidad de una guerra para salir del bache económico generado por la crisis de 1929), en la formación de las Organización de las Naciones Unidas y, posteriormente en varias agencias especializadas, en particular, la UNESCO. Estas entidades internacionales disponen de funcionarios de plantilla que tienen la capacidad de actuar al margen de las directrices emanadas de los gobiernos de los países a los que pertenecen. Por ese resquicio se filtraron los ideales “humanitaristas” que sostenían todos los secretarios generales de las NNUU, desde Trigve Lye a Ban-ki-Moon y todos los directores generales de UNESCO desde Julien Huxly hasta Koichiro Matsura. La acción de este sector se plasmó en la redacción de una serie de “cartas internacionales”, la más conocida de las cuales es la de Derechos Humanos. A pesar de no disponer del peso específico de los gobiernos que forman parte de estos organismos internacionales, lo que sí han hecho ha sido promover un tejido internacional de asociaciones y ONGs, financiadas con cargo al presupuesto de estos organismos y que difunden la doctrina “humanitarista” por todo el mundo.

Cuando se produjo la caída del Muro de Berlín y se hizo evidente que se caminaba hacia un Nuevo Orden Mundial, ambas líneas de la globalización parecieron converger. Pero a partir de la cumbre de Río se evidencias conflictos e incompatibilidades: el impulso que anima a la primera línea globalizadora no es el deseo de un “mundo unificado y más justo”, sino el de un “mercado mundial que permita obtener mayores beneficios”, propulsado especialmente desde los centros de poder financiero y económico del mundo anglosajón. A partir de 1999, se evidenció radicalmente la ruptura entre ambas líneas. La llamada “batalla de Seatle” evidenció el frente común formado entre los partidarios de la “otra globalización” y la legión de ONGs impulsada desde los ambientes de UNESCO y NNUU. Las propias declaraciones del entonces director de UNESCO, Mayor Zaragoza, evidenciaron netamente que la luna de miel entre ambos sectores de la globalización se había interrumpido y se asistía a un tira y afloja que todavía dura hoy.

c. La “otra globalización”

En 2001 tuvo lugar el primer Foro Social Mundial, reunión anual de organizaciones que llaman a “otra globalización”. En esa primera ocasión, la convocatoria fue realizada por el Grupo ATTAC (partidario de la Tasa Tobin) y en buena medida promovido por la izquierda progresista disidente europea, así como por el Partido de los Trabajadores de Brasil. Aquel primer foro tuvo lugar en Portoalegre y desde entonces se ha ido  convocando anualmente bajo la consigna de “Otro mundo es posible”. Este sector es un pastiche de sindicalistas, ONGs, comunistas, ecologistas, proteccionistas, anarquistas, cristianos de base, pacifistas, feministas, con presencia de muchos partidos de izquierda, así como con el apoyo de la línea “humanitarista”, que ya desde mucho antes trabajaba en distintas ONGs y asociaciones internaciones especializadas. Susan George explicó que no se trataba un movimiento “antiglobalización”, sino que “en realidad, entre los que queremos una globalización inclusiva, basada en la cooperación y la seguridad, y aquellos que quieren que todas las decisiones las tome el mercado”. En realidad, exceptuando las tendencias hacia formas utópicas de organización y unificación mundial que todavía están presentes en NNUU y, especialmente, en la UNESCO, puede decirse que ambos sectores son complementarios y actúan al unísono.

Es importante destacar dos elementos: que este sector coloca el énfasis de manera obsesiva en la “libre circulación de personas” por todo el mundo, manifestándose como el primer “lobby inmigracionista” y, en segundo lugar, que de este sector con ósmosis entre los ideales propagados por UNESCO y el “altermundialismo” se sitúa el extraño enfoque ideológico de José Luís Rodríguez Zapatero y de nueva parte de sus ministras y funcionarias de cuota (de ahí, entre otras lindezas, la exótica insistencia de gente como Leyre Pajín en aludir a “acontecimientos cósmicos”).
d. Contra cualquier forma de globalización: identidad

La globalización es una tendencia absolutamente rechazable en cualquiera de sus acepciones la medida en que:

1) Prioriza los intereses de las élites económicas anteponiéndolos a los intereses de los pueblos.

2) Los desequilibrios regionales hacen imposible una “unificación del mundo”, siendo éste ideal utópico la fuente de buena parte de los conflictos que afectan hoy a la humanidad, especialmente la deslocalización industrial y los movimientos masivos de población.

3) Todas las formas de globalización sostienen que la “humanidad” es un todo… pero, la “humanidad” no es nada, sino un concepto teórico y, por tanto, utilizado solamente para analizar determinadas categorías intelectuales. Lo que existen son los “pueblos”, esto es las comunidades organizadas en función de vínculos históricos, genéticos, políticos y culturales.

4) En tanto que “pueblos” cada uno de ellos tiene sus “señas de identidad”, es decir, lo que les define que es, al mismo tiempo, aquellas formas con las que se sienten más a gusto y que hunden sus raíces en el pasado. Por tanto, todo lo que es “identitario” tiene que ver con las raíces y con el entronque de una persona concreta con lo que ha sido a lo largo de las generaciones “su pueblo” y “su comunidad”. Nunca ha existido “la humanidad” más allá de cómo especie biológica.

e. De la globalización a los “espacios integrados”

La actual crisis económica es, como hemos dicho, la crisis de la globalización. Si la justeza de un sistema político o económico se mide por sus resultados y se revalida por su puesta en práctica, hay que reconocer que la globalización es, sin duda, el sistema que peor ha funcionado y  cuyo fracaso se ha evidenciado antes. Son los riesgos de aplicar construcciones teóricas que encubren objetivos de lucro económico y saqueo de los pueblos. Si la globalización económica supone solamente una optimización máxima de los beneficios del capital, la globalización humanitarista supone el empobrecimiento cultural de los pueblos al borrar sus rasgos de identidad y subordinarlos a un mestizaje universal situado siempre muy por debajo del nivel de la cultura a la que pertenecemos.

La alternativa a la globalización económica, no es una ingenua y simple tasa como pretenden los altermundialistas, sino la división de la economía en zonas “integradas”. Entendemos por este concepto: zonas autosuficientes que siguen sus propios ritmos económicos y que actúan en función de sus posibilidades, cerrados el máximo posible, a otras zonas. Resulta absurdo traer corderos de Nueva Zelanda cuando aquí se pueden criar, es incomprensible que gobiernos como el español o el inglés, que podrían ser autosuficientes en materia lácteo, importen leche del extranjero. El principio de autonomía alimentaria y de proximidad industrial debe ser la norma para la definición de los espacio de economía integrada.

Nuestro espacio económico es el bloque euro-ruso que podría perfectamente emanciparse de ese cáncer de la economía mundial que es el sistema financiero anglosajón y ser autosuficiente en materia industrial, en investigación, en energía y el cultura, a la vista de que ese amplio espacio tiene como origen a los pueblos indo-europeos que civilizaron desde Moscú a Finisterre y desde Atenas a Islandia, pueblos absolutamente diferenciados en su trayectoria histórica, en sus realizaciones culturales, de cualquier otro pueblo y, sin embargo, tan similares entre sí.

El concepto de “espacios integrados”, con sus traslaciones culturales, económicas y políticas es el concepto que sustituirá ventajosamente al mito imposible de la globalización.

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