Infokrisis.- El dragón es uno de los elementos recurrentes en todas las tradiciones populares y está, por supuesto, presente en la Catedral de Barcelona. Esto nos ha permitido reconocer en él uno de los elementos que imprimen carácter a la catedral y que suponen un nuevo factor de interrelación entre el edificio y la tradición hermática al que lo vinculamos en esta obra. El material legendario que utilizamos tiene fuentes múltiples, habitualmente setecentistas y alguna recopilación realizada por Joan Amadés.

 

El Misterio de la Catedral de Barcelona
Primera Parte
Capítulo XIX
El alquimista y el dragón

 

I. NUESTRA PIEDRA ANGULAR

Un alquimista monta guardia en el claustro de nuestra Catedral. Próximo a los capiteles que acabamos de analizar se halla la Puerta de la Piedad que abre el claustro a la calle del mismo nombre. En la parte interior del muro, labrado en piedra a modo de ménsula, nos sorprende una imagen, por su actitud, mezcla de energía, agudeza y penetración; diríase que el artista que la labró estaba inspirado por Dios. Entre sus manos sostiene una larga filacteria sin palabras inscritas; su cuerpo está cubierto de ropajes, espesos y densos; mira fijamente a un lugar situado a 45º del muro que parece querer abandonar. Nos sentimos vivamente impresionados la primera vez que reparamos en la presencia de aquella imagen tan evocadora como afortunada. El objetivo de su mirada está situado junto a las columnillas del pórtico románico, es una pequeña hornacina apuntada, de apenas 25 cm. de anchura y profundidad, y poco más de altura, cerrada por un forjado que, en otro tiempo, podría y abrirse. Dentro existe una vieja lámpara en forma de dragón estilizado, igualmente realizada en forja, convertida ayer en soporte para dos pequeñas bombillas maltratadas e inutilizadas por algún bárbaro. La ornacina es desde hace muy poco el lugar donde los turistas, sin saber por qué, arrojan calderilla. Hay que suponer que el humo del aceite o de las candelas que allí se debían encender, ennegreció la imagen y su minúsculo habitáculo y que el restaurador estimó que era más importante llevar la luz artificial que respetar la intención originaria con que fue construido.

En otro tiempo, existió en Notre Dame de París, una curiosa figura, hoy desgraciadamente desaparecida, situada también en el interior de un muro y con una función relativamente similar. Le llamaban Maister Pierre du Coignet, literalmente "la piedra mestra del rinconcito" ("coignet" es un diminutivo de rincón) y representaba a un diablo dotado de gigantesca boca abierta, en la que los fieles apagaban cirios y candelas. La sucesión de devotas generaciones, había ennegrecido, hasta lo indecible, la imagen y acumulado una gruesa capa de cera y hollín; pero tal era la intención originaria que debió ser respetada. La "piedra maestra del rinconcito", evocaba el drama de la naturaleza humana: a ella va a parar todo lo que la ennegrece y recubre de un velo pastoso y opaco, hecho de residuos inservibles y groseros. Hay quien la identifica con el más bello de los arcángeles, Lucifer, príncipe de la luz y portador de la piedra verde en la frente con la que se talló el Grial; devenido avatar del Maligno y "mico de Dios", es el imitador. Pero también es nuestra piedra angular sobre la que se sostiene todo el edificio de lo humano. Sin ella, lo humano es inconcebible. Maister Pierre du Coignet recordaba a los fieles el verdadero aspecto de sí mismos y la necesidad de disolver la escoria del Ego que recubre el Alma y se enseñorea del cuerpo; por qué sobre el cuerpo físico se apoya todo nuestro Templo. [Foto 34.- EL DRAGON EN SU ORNACINA]

II. EL CONCURSO DE LO DIVINO


Algo parecido nos dice nuestro alquimista y su dragón inciso en la piedra. Una figura angélica se muestra junto a él en la otra ménsula del pórtico. Esta última nos habla del concurso de lo divino, sin lo cual nada puede obrar el milagro transmutatorio. ¿Cómo pensar que con las meras fuerzas humanas puede operarse un resultado que excede con mucho las posibilidades de lo humano? ¿Cómo puede un espíritu ciego desconsiderar la parte trascendente que concurre en la Obra y que el ángel reivindica con su presencia?; la manipulación de los cuerpos más próximos a la naturaleza del oro -los sulfuros metálicos- que realiza el alquimista en su laboratorio, precisa de algo más que la habilidad del químico: tal es el mensaje del principio angélico.

Tenemos así, a uno y otro lado del interior de la Puerta de la Piedad, a un alquimista inspirado por un ángel que mira al dragón ¿qué nos quiso decir el maestro de obras con tan singulares sugerencias simbólicas? El símbolo del dragón en todo el proceso de renovación interior y metálico que acomete el hermetista es lo suficientemente delicada y completa como para que antes de responder a la cuestión planteada, examinemos los relieves de la puerta de San Ivo que tienen mucho que ver con este tema. [Foto 35.- EL ALQUIMISTA CUBIERTO CON LOS VELOS DE LA CIENCIA Y EL PRINCIPIO ANGELICO, SU COMPLEMENTO]

La puerta de San Ivo abre la Catedral al ala Norte del crucero. La opuesta, limita con el claustro. Ambos extremos son el Alfa y el Omega de la Catedral. Antiguamente, las cruces católicas iban acompañas de las dos letras extremas del alfabeto griego, indicando que Cristo es "el Principio y el Fin de todas las cosas". Pero estas dos letras conforman otra idea que penetra de lleno en el terreno del hermetismo. Paracelso, el gran médico rosacruz alemán, se acompañaba de una espada en la que tenía escrita la palabra "AZOTH", compuesta por la primera y la ultima letra de los alfabetos griego, latino y hebreo. Y es que el Azoth es el principio y el fin de la Gran Obra el símbolo de la propia piedra de transmutación.

Da la sensación de que faltan estatuas bajo las arquivoltas, pero esta primera impresión se ve compensada por los relieves en forma de frisos situados a uno y otro lado de la puerta. Su trazado, como el pórtico opuesto -el del claustro- responde a la divina proporción. Se ha sugerido que los frisos procedían de la Catedral románica o bien que llegaron de Pisa en 1327 junto con otras piezas (las columnillas que sostienen el sarcófago de Santa Eulalia, los elementos decorativos situados en la puerta que abre la Catedral al claustro y que precederían al sarcófago de Santa Eulalia, situado en la cripta y que llegaría cinco años después). Nadie duda que estos frisos no son propios del gótico, ni tampoco del románico; en ellos se perciben trazas de una transición entre ambos estilos.

Estos frisos nos muestran seis escenas, aparentemente sin ninguna ligazón y, desde luego, sin el más mínimo contenido devoto. Si están en la Catedral es, sin duda, por la enseñanza hermética que contienen. En la parte izquierda, próximo al antiguo puente ya desaparecido que unía la Catedral con el Palau del Lloctinent, se muestra un glifo que mata a un león y en la esquina, un guerrero peludo provisto de escudo y lanza; más a la derecha, en la parte frontal, otro guerrero combate contra un glifo rampante, cubierto con casco y dotado de escudo. En la parte derecha, un guerrero introduce una espada en la boca de un león a cuyos lomos permanece montado. Finalmente, un ciervo y una leona, protegiendo ésta a sus cachorros, mientras desde un árbol, un asno y una lechuza observan las escenas. [Foto 36.- RELIEVES DE LA PUERTA DE SAN IVO.]

Se ha sugerido que la secuencia de los relieves está desordenada y ningún autor se ha atrevido a dar una interpretación de las escenas que, repetimos, no tienen ni un solo punto de contacto con el dogma católico. Nosotros, por el contrario, sostenemos que los relieves fueron colocados en el orden que correspondía y con una intención precisa que remite a la tradición hermética. En el "Pequeño tratado de la Piedra Filosofal" de Lambsprinck y en sus 17 grabados se comprueba que todos los temas y símbolos de la Puerta de San Ivo están presentes, sin excepción, en los textos herméticos. Vanamente buscaríamos en las páginas de la Biblia símbolos siguiera aproximados. [Foto 37.- GRABADOS 5, 10, 2, 6, 3, 7 Y 4 DEL LIBRO DE LAMBSPRINCK]

La primera imagen de la izquierda nos muestra un glifo que mata a un león. La izquierda es la mano siniestra (en italiano ha conservado incluso este sentido maligno, "sinistra"). La escena es el paradigma de la condición existencial del hombre que no ha experimentado la renovación de su naturaleza que nos propone la Ciencia Hermética. La enseñanza de este primer relieve es paladina: el Mercurio (Glifo), asfixia al Azufre (León). El espíritu ahoga y envuelve al alma y le priva de la posibilidad de manifestarse.

El Glifo es el guardián del oro hermético. Animal mitológico, presente en todos los bestiarios medievales, se decía que olfateaba el oro y cuando lo poseía, nada humano ni divino conseguía separarlo de él. Aparece, en ocasiones, con aspecto de león dotado de garras, alas y cabeza de águila. Volatilidad, fiereza y movilidad son las ideas que nos sugiere el Glifo, es decir, las cualidades propias de un espíritu aún indómito. Nos ha sido dado ver distintas encomiendas templarias -como la de Cahors, restaurada recientemente por los "compagnons"- que ostentaban glifos a ambos lados de la puerta. ¿Custodiaba el mítico animal los haberes de la Pobre Milicia de Cristo? ¿Acaso no tenían los templarios armas y defensas suficientes para asumir una tarea cuya delegación hubiera constituido vergüenza y deshonor para una heroica orden guerrera?

El oro que custodiaba el Glifo era muy otro, diferente del oro físico salido de la mina; aquel alude al oro que se obtendrá por destilación y sucesivas sublimaciones que llevarán a la materia prima, desde la rugosidad y aspereza originaria, a la sutilización y refinamiento progresivo e irreversible y, finalmente, a mostrar su naturaleza de Oro y Fuego. Es la naturaleza Real representada por los símbolos solares del León y el Aguila; unidos ambos animales en el mítico Glifo, representan lo fijo y lo volatil, indiferenciados, amalgama que será preciso separar y destilar sucesivamente hasta que  se transforme en  . Esta "rectificación" del Mercurio implica situarlo cerca de las calidades del Oro. Por eso se dice que el glifo huele el oro -"lo semejante se une a lo semejante" recuerda el axioma hermético- y que una vez obtenido, ya nunca más se separa de él.

III. EL GUERRERO PELUDO

Vale la pena detenerse en la imagen del guerrero peludo que puede verse a continuación. Entre el siglo V y el VIII, en toda Europa aparecieron monarquías de las que se sabe muy poco, situadas a medio camino entre la historia y la leyenda, unidas, todas ellas, por su común referencia al oso, como animal totémico; las leyendas tejidas en torno a estos monarcas hacen de ellos seres míticos que incorporan a su personalidad las cualidades de los osos. ¿Cuál es la razón de ser de un tema tan peregrino?

Todo el período que se abre desde la retirada romana de Bretaña y la aparición de la dinastía artúrica, hasta los primeros focos de la reconquista española, hacia el último tercio del siglo VIII, constituye un período de poco más de trescientos años, de los que la historia apenas nos sabe decir gran cosa. El recurso a la leyenda es entonces obligado para conocer como era la Europa de aquellas centurias oscuras.

Este ciclo legendario se inicia con la retirada romana de las actuales islas británicas, inaugurando un período de luchas tribales. La leyenda refiere que un tal Ambrosio, ciudadano romano, logró restablecer la paz. Algunas crónicas sitúan en Ambrosio el origen de la dinastía artúrica. Uther y Uther Pendragon (cabeza de dragón) serían sus descendientes y, de ellos, la corona pasaría al Rey Arturo protagonista de los ciclos heroicos medievales. No hay discusión posible sobre la etimología del nombre "Arturo"; se acepta unánimemente que procede de la palabra "arkthos", oso, y se atribuye este nombre a la fuerza sobrehumana que poseería el nuevo rey. Esto, como veremos, no es del todo cierto. En realidad, el mundo medieval (y el clásico) veían en la fuerza de un rey, no un atributo totémico, sino la muestra evidente de que era justo, amado por los dioses y que, por tanto, obtenía de estos -no de ningún totem- su vigor y su fuerza.

Posterior en solo unas décadas al origen de la dinastía astur, en el territorio de la actual Francia y tras un lago proceso de federación de tribus, fue coronado rey -y reconocido como sucesor de los Césares  Romanos por el Emperador de Constantinopla- Meroveo, inaugurador de la dinastía que lleva su nombre. Clovis fue el gran monarca de esta familia. De los reyes y de la sociedad merovingia se sabe muy poco y, desde luego, mucho menos si pretendemos movernos solo en el terreno de los datos objetivos facilitados por la historia. Se decía de ellos que tenían una fuerza hercúlea que procedía de su extrema pilosidad relacionada con los osos.

Entre los antiguos íberos el culto al oso queda atestiguado por distintas inscripciones en las que figura la palabra "arconi" o "arko" (idéntica en su raíz a "arkthos" y a la mítica y paradisíaca Arcadia) referidas a una diosa de la tierra y de la naturaleza. Los germanos adoraron al oso y los godos trajeron hasta España este culto que quedó ligado a la nobleza visigoda superviviente después de la invasión árabe. El primer conde de Barcelona se llamó Bera (= el oso, de Ber-), y varios de sus sucesores Berenguer (= el que es como un oso).

Al producirse la invasión musulmana, España sufrió una sacudida social mucho más grave que la que representó las invasiones germánicas. Las estructuras de la sociedad hispano-visigoda se derrumbaron y con ellas el Estado. El ciclo legendario de la historia de España encuentra su momento áureo entre el desembarco musulmán y la culminación de la dinastía astur. Nada se sabe sobre el destino de Don Rodrigo, el último rey visigodo. Permanece incierto si sobrevivió tras la batalla del Guadalete o de la Janda. Solo los cronistas musulmanes afirmaron que murió en el curso del combate, probablemente para desalentar cualquier resistencia. Sin embargo se tiene presunción de que se retiró a Mérida y allí libró otra batalla contra los invasores. En realidad, en los siguientes cien años, los núcleos resistentes astures combatieron a los musulmanes en nombre de la reconstrucción del reino visigodo y de la dinastía legítima encarnada por el rey desaparecido. De hecho, Don Pelayo fue elegido rey, no tanto por haber encabezado al pequeño grupo de resistentes, como por ser último vástago y portaespada de la dinastía visigoda.

Del hijo de Pelayo, Favila, solamente se sabe que murió "abrazado por un oso". Pero a la luz de la óptica legendaria y de las estructuras míticas tradicionales -para las cuales un acto solo tiene interés y valor si reproduce un arquetipo- este dato no hay que tomarlo -como hace frecuentemente la historiografía oficial- como un desgraciado accidente, sino como la asunción por parte de Favila y de sus descendientes, de las características propias del oso: vigor, vitalidad, fortaleza, valor, energía, etc. que, mediante el acto del abrazo, quedarían incorporadas al rey. Este moriría como hombre para renacer en sus descendientes con fuerzas renovadas. Tal esquema, muerte/renacimiento es frecuente en las mitologías y en las dramatizaciones con fines iniciáticos. Otro tanto puede decirse de Wilfredo el Velloso, figura capital en la historia legendaria de Cataluña, cuya proverbial pilosidad lo relaciona con el vigor y la naturaleza del Oso.

¿Por qué esta insistencia de la humanidad medieval en la figura de los osos y en su vinculación con las monarquías legítimas? La respuesta está en el cielo; las constelaciones llamadas Osas tienen una estrella de singular importancia, la Polar, es decir, aquella en torno a la cual gira todo el firmamento e indica el Norte. La ideología medieval consideraba que el rey estaba dotado de una función polar: marcaba el camino a seguir, era inmóvil e inaccesible, frecuentemente su castillo se encontraba en una montaña elevada, o su trono se alzaba sobre el nivel del suelo en las salas palaciegas. Todos estos eran símbolos o alegorías "polares". La teoría del origen divino de las monarquías se presenta así bajo una óptica más rigurosa y originaria: el rey era rey en tanto evidenciaba, a través de sus obras (de su valor, de sus victorias, de la prosperidad de su reino), cualidades supranormales que indicaban que estaba en contacto con potencias trascendentes.

Estas tradiciones eran propias de los pueblos indo-arios desde los orígenes: las mitologías de todos estos linajes proclamaban que su origen común estaba en el Norte, en el Polo y que distintas catástrofes naturales los habían arrojado de allí. Esta pérdida del contacto con la tierra de los antepasados les habría hecho caer en la indigencia y las cualidades que en principio eran comunes a toda la población, se habrían restringido con la migración a unos pocos, a los reyes legítimos, que seguirían teniendo un contacto con los orígenes: con el Polo, con el Norte, con la Estrella situada en la Constelación del Oso. Con el Oro Filosofal.

Una vieja tradición montserratina alude a "Fra Garí" el ermitaño de Montserrat. Cerca de la calle Condal en Barcelona, hay un edificio singular que fue, en otro tiempo, el palacio del conde Guifré (precisamente, Wilfredo el Belloso al que aludíamos), donde fue encerrado Fra Garí, el ermitaño que tentado por el diablo. Garí sedujo a Riquilda, la hija del conde Guifré, pero, horrorizado por su pecado y para borrar rastros, la mata en un momento de locura. Luego decide ir a Roma a implorar perdón al Papa. El Pontífice le indicó que si la tierra se abría bajo sus pies, él no podría darle la absolución; afirtunadamente no se abrió y el Santo Padre le impuso como penitencia el andar a cuatro patas, sin comer otra cosa que hierbas y raíces, ni lavarse, ni cortarse el pelo, hasta que el Niño Jesús lo perdonara. Durante años, Fra Garí, vivió como un animal en las montañas de Montserrat. En el curso de una cacería, el Conde Guifré lo capturó, cuando ya estaba cubierto de pelo hasta los pies; todos ignoraban qué o quién era, convencidos que se trataba de un animal desconocido. Cuando el Conde celebraba un bautizo en palacio, ordenó que trajeran a presencia de los invitados al desconocido animal por si alguién podía decir de qué especie se trataba. Al llegar a la sala Fra Garí bailó y se contorsionó hasta que el recién nacido exclamó: "Fra Garí, levántate, que Dios te ha perdonado". Riquilda, la hija del conde, apareció entonces viva y rodeada de rosas frescas.

La leyenda que no es específicamente catalana, recoje elementos graélicos bien identificados. Fra Garí es Amfortas, el rey del Grial que gobierna la montaña sagrada de Montsalvat en el relato de Wolfram von Eschembach. Un pecado coloca a Amfortas en situación de postración (como Fra Garí por la penitencia impuesta por el Papa). En alguna versión de la leyenda se dice que sufrió una herida en los genitales (el pecado de Fra Garí es, precisamente, un pecado de la carne). Será, en ambos casos, un niño quien los redima de su culpa y los sitúe nuevamente en pié, en posición vertical.

La leyenda nos habla de un pecado (la caída de Fra Garí, que lo postra en actitud horizontal, - ), una muerte (Riquilda o el espíritu puro asfixiado y perdido), una expiación (pérdida de la naturaleza trascendente y caido en la animalidad), una resurrección (recuperación de la posición vertical, ¦ ) y un elemento redentor (el Niño que representa el Alma). La leyenda repite el viejo arquetipo iniciático muerte-renacimiento, caída-resurrección. El tema del ermitaño peludo se repite en la leyenda francesa del "Hombre de los Bosques" de Thiers que comentó ampliamente Fulcanelli y se reproduce también en los frisos de la puerta de San Ivo.

Allí, la figura extremadamente belluda, armada y en lucha contra el dragón, situada en el friso izquierdo, representa al hermetista decidido a abordar el combate y conquistar la naturaleza del Oro. Su pilosidad y actitud agresiva indican la voluntad de combatir y vencer al dragón ígneo que quema y consume. Bajo sus pies, el maestro de obras colocó la pequeña figura de un dragón con alas de murciélago, indicando la voluntad del combatiente de vencer al poder del Mercurio. De la misma forma que algunos hermetistas utilizaron el símbolo de la peregrinación para simbolizar su búsqueda de la Piedra Filosofal, otros -y en particular la escuela italiana; ¿será cierto, a la postre, que los relieves de Sant Ivo procedían de talleres pisanos?- empleaban el símbolo del combate: Cesare della Riviera llama a su tratado hermético "El Mundo Mágico de los Héroes" y Lambsprinck, como Michel Maier, se presenta a sí mismo como caballero revestido de yelmo y armadura similares a los que encontramos en el relieve siguiente de la puerta de Sant Ivo.

El caballero que muestra en su escudo la cruz de los cuatro elementos, combate contra el glifo. Ya no es la pilosidad lo que indica una voluntad de combate salvaje y primitiva, sino una reluciente armadura y unos eficaces pertrechos (escudo y espada) que utiliza el guerrero hermético para domar al Mercurio-Glifo. Existe en la escena una idea de orden, implícita en la presencia de la cruz trebolada de los cuatro elementos en el escudo. Esos cuatro elementos (Fuego, Tierra, Agua y Aire), identificados, aislados y vividos, están en el cuerpo del alquimista (sangre, huesos, humores nerviosos y pulmones, respectivamente) y será a través de cada uno de ellos que, una vez obtenida la Piedra Filosofal, se provoque su regeneración física. [Foto 39.- UN CABALLERO COMBATE CONTRA UN GLIFO][Foto 40.- EL CABALLERO CABALGA SOBRE UN LEON]

En el friso siguiente, a la derecha del pórtico, puede verse como el León recibe una espada en su boca. El guerrero utiliza al León como montura. Simbólicamente, montar algo es dominarlo. La espada es el símbolo del Logos creador, del Verbo y de su Palabra. El caballero aparece cubierto por el manto purpúreo que indica nobleza y dignidad. Matar al león y cabalgarlo, supone integrar su poder. Caballero (cuerpo), León (espíritu), Espada (alma), forman un circuito cerrado, ordenado e interpenetrado, similar al Ouróboros enroscado sobre sí mismo. La  naturaleza del Caballero ha pasado a ser leonina e ígnea; ha conectado con el Logos y entendido su Verbo. No está matando al León, está obteniendo de él su fuerza y vigor, su cualidad renovada de hombre más allá y por encima de lo humano. Y lo está obteniendo a través de la espada: a través del combate heróico.

Cerca, observan la escena, entre perplejos y sorprendidos, un asno y un buho en un bosque. Símbolo de lo que mora en la noche, entre tinieblas; quieto por impotente, el búho no soporta la luz del día, de la misma forma que el asno rechaza la inteligencia. Ambos están inmersos en la floración desordenada del bosque (naturaleza caótica), el símbolo opuesto al jardín (naturaleza ordenada).

IV. LA DOMA DEL DRAGON IGNEO

Y ahora volvamos a nuestro dragón. Hay casi tantos en nuestra Catedral como en la historia de la ciencia hermética y a ellos volveremos una y otra vez. Una vieja leyenda de la que existen varias versiones nos habla de un caballero tan noble del que diríase que por sus venas corría oro líquido; su nombre era Soler de Vilardell y vivía cerca de la Catedral. Un mendigo le pidió limosna cuando el caballero se disponía a partir, pero no llevaba bien alguno; así que descendió de la montura y entró en su casa en busca del óbolo; más al salir, el mendigo había desaparecido y en su lugar se encontraba, clavada en tierra una filosa espada. Soler de Vilardell atribuyó el milagro a San Martín  y supuso que el mendigo era el mismísimo Santo; tomó la espada y se creyó poseído por la santa misión de liberar a las tierras de Cataluña del terror causado por un dragón liberado por los moros en su retirada. Soler de Vilardell localizó la bestia en su cubil, próximo a Sant Llorenç de Munt, la combatió y venció tras hacer el signo de la cruz con su espada y una rama. Derrotado el monstruo, lanzó su espada al cielo gritando de júbilo, pero una gota de la sangre del dragón le salpicó en un brazo y la gangrena le mató.

El Arte enseña que hay que domar al dragón; en absoluto matarlo.     En una capilla lateral se encuentra la clave de bóveda que representa a Santa Marta, hermana de Lázaro. Marta y su familia, huyendo de sus perseguidores, se establecieron en la Francia mediterránea a donde llegaron fatalmente, en un navío sin timón. La región era devastada por un dragón que devoraba personas. Cuando Marta se encontró ante la bestia le bastó hacer la señal de la cruz para vencerla y transformarla en su dócil servidor. La cruz -el orden de los cuatro elementos- no puede sino imponerse al dragón -el caos indiferenciado-. La historia tiene el mismo protagonista que la de Soler de Vilardell, pero en esta versión del mito, Marta no mata al dragón, lo doma.

En el templete del claustro se encuentra una fuente que nos muestra a San Jorge dominando al dragón y su clave de bóveda reproduce el mismo tema. La figura de San Jorge se reitera en otros muchos lugares de la geografía barcelonesa y el santo ha quedado ligado a la ciudad hasta el punto de que, la "Fiesta de la Rosa", celebrada en su onomástica, es una de las más relevantes del calendario local.

El dragón no es más que una serpiente alada y con patas; en ocasiones escupe fuego por la boca y su aliento es ardiente. Se trata de una imagen simbólica ambivalente. A veces el dragón es fiero y acarrea todo tipo de desgracias, en otras, beneficioso; también se le puede ver en estado de completa libertad o encerrado en cualquier antro; en solitario y devorándose a sí mismo o bien mutuamente. Hay dragones de todos los colores, pero fundamentalmente, verdes, bancos y rojos; nunca negros. Su sangre siempre está dotada de cualidades especiales y poderes particulares: sana o mata. Hay unos días en los que el dragón se muestra más peligroso que en otros...

Esta multiplicidad simbólica viene acompañada de gran número de fiestas y tradiciones que conmemoran a héroes sauróctonos, matadores de dragones. San Miguel y San Jorge, patrones de la caballería medieval, figuran, sin duda, entre los más famosos de la iconografía cristiana. Las cualidades heroicas y polares son, sin embargo, más visibles en San Miguel, cuya leyenda se urdiera, probablemente, en las inmediaciones del siglo X, sobre la base de antiguos mitos celtas; su parecido con el dios galo Bel o Belenos es innegable y la fiesta de ambos se aproxima mucho a la del San Jorge cristianizado: el 1º de mayo. Antiguamente San Jorge se celebraba el 4 de mayo y solo se transfirió al 23 de abril con la reforma gregoriana del calendario. Bel es el hermano de Bran, el detentador del caldero mágico, fuente de prosperidad, inmortalidad y felicidad, virtudes que detentará el Grial.

La versión más antigua de la leyenda de San Jorge habla de un dragón que saqueaba periódicamente la ciudad de Selene en Libia, exigiendo tributo a sus habitantes. En un momento dado, debían sacrificar a la hija del rey para satisfacer al monstruo; fue entonces cuando intervino San Jorge, matándolo. La primera referencia a San Jorge se tiene en las Islas Británicas hacia el siglo VI, coincidiendo, a pocas décadas de distancia, con el período en que vivió el Rey Arturo.

Algunos autores ven en el tema de San Jorge y su peripecia con el dragón, un rito de floración. El esfuerzo del caballero, acabando con el dragón, hace que la sangre de éste riegue la tierra y dé sus frutos. En toda Europa Occidental las fiestas relativas a héroes sauróctonos, tienen lugar con una diferencia de doce días, entre finales de abril y los primeros días de mayo; un momento en el que, muchos pueblos primitivos, celebraban sus cultos a la naturaleza victoriosa y emergente sobre las tinieblas y la esterilidad de los meses de invierno. Aun sin excluir completamente esta interpretación, fundamentalmente de corte naturalista y, por tanto, alejada de la práctica alquímica, se pueden añadir otras relacionadas más directamente con la Tradición Hermética.

La multiplicidad simbólica del dragón llega, en ocasiones, a resultar contradictoria. El dragón, como el mercurio, parece ser emblema de algo, para después serlo de su contrario. Ciertamente se trata de atender a las características con las que es descrita la bestia para poder juzgar que papel simbólico se le concede. Y también es cierto que en la versión más antigua de la leyenda existen unos cuantos detalles suficientemente elocuentes. Por lo pronto, el pueblo con el que se relaciona al dragón en la leyenda originaria es "Selene", pobre ocultación del nombre de la diosa lunar; esto nos indica que los hermetistas, constantes tejedores de mitos y leyendas, otorgaron al dragón, múltiples características, sin importarles siquiera si eran contradictorias, por que percibieron en él la naturaleza de la Luna, el astro de la noche, frío, metálico, cambiante, carente de luz propia, que identificaron con el espíritu mercurial. Por que el dragón es, en buena parte, el símbolo de este Mercurio, próximo al caos primordial, especialmente cuando se le representa sin alas, ligado, pues, a la tierra. Nicolás Flamel comentando su libro de las Figuras Jeroglíficas hablaba, no de uno, sino de dos dragones, uno de ellos cercano a la naturaleza del Azufre, al que llama "Azufre Seco" y del que dice es próximo al Sol. El otro, "alado, con hocico de liebre, volátil y hembra" alude al Mercurio. Lambsprink representa los dos dragones devorándose uno al otro; otros autores clásicos sintetizan la imagen en un solo dragón enroscado sobre sí mismo y mordiéndose la cola y dicen de él que es el "Ouróboros", aquello que lo contiene todo.

La unión de ambos dragones supone el encuentro entre el Azufre y el Mercurio, el principio solar y el lunar, por excelencia. En ocasiones y a efectos de dramatización del relato, la lucha del caballero con el dragón se zanja con la muerte de éste, en otras ocasiones se llega incluso al descuartizamiento. En ciertas versiones de la leyenda, el dragón resulta simplemente dominado y puesto al servicio del caballero que lo ha vencido. Tras la purificación de los tres santuarios -corazón, cabeza y vientre- la energía contenida en la base de la columna vertebral, asciende con el empuje de un dragón desbocado; la experiencia del despertar de esta fuerza basal es tal que el sujeto parece sentirse arrastrado e invadido por una fuerte luminosidad interior de tonalidad roja; acaece entonces la sensación de calor, muy sentida, que llega a desprender gruesos goterones de sudor; hasta que corona la cúspide de la cabeza y solo entonces parece remitir y estabilizarse. La materia prima se está purgando. El dragón, dormido en su caverna -la base de la columna- se ha desatado, pero la purificación previa de los tres santuarios, ha dotado al arrojado caballero de las armas adecuadas para contener la potencia de la bestia, encauzarla y dominarla.

La "hija del rey" a la que alude la leyenda de San Jorge es una referencia al mundo de la dualidad, emanada del Padre Todopoderoso, rey de los tres mundos. Se trata de contener la potencia del dragón que amenaza con irrumpir en lo contingente. Es entonces cuando aparece el caballero heroico. Gracias a él, la potencia del dragón es reconducida y sirve, no a una causa contingente, sino trascendente, convirtiéndose en el inmenso poder transmutatorio que impregna a la piedra filosofal. Si no hubiera sido así, si el Santo Caballero no le hubiera cerrado al paso a la altura del santuario del corazón, la potencia se habría desviado hacia objetivos menos nobles y ambiciosos, aquellos que vienen implícitos en todas las llamadas "vías siniestras", en las que no se trata sino de obtener resultados en vistas a lograr, no la superación del Ego y de la condición humana, sino el más alto desarrollo de la personalidad física mediante la manipulación de ciertas fuerzas de la Naturaleza inferior. Tal es la realidad, dramática y siniestra, de los magos negros, mucho más frecuentes de lo que generalmente se cree y que nos acechan desde los tejados de las Catedrales. Son sus gárgolas.

(c) Ernesto Milá - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción total o parcial de este texto

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