Estaba en la cárcel y apenas me quedaban unos meses para purgar mi condena. Aclimatado al hacinamiento de la prisión, trabajaba en las oficinas y la falta de vicios, así como el aprecio general del resto de convecinos y galeotes que hacía que necesitara poco, posibilitó el que incluso pudiera sacar algunos dineros para regalar una bicicleta a mi hijo mayor y sufragar algún gasto del hogar. Además, la Prisión Modelo de Barcelona estaba a menos de 300 metros del hogar en el que me había críado y ante la que había pasado tantas veces. Leía, respondía al correo y estudiaba. Y si para colmo me traían la comida, el desayuno y la cena, aquello era un mundo feliz excluyendo alguna compañía inoportuna y algún funcionario inepto. El único problema era que el “equipo de clasificación y tratamiento” estaba dispuesto a mantenerme el máximo de tiempo posible entre rejas. Para mí había la reducción mínima por estudios y trabajo, ningún otro beneficio penitenciario se me concedió, ni siquiera –oh maravilla de maravillas- el tiempo que había permanecido en prisión preventiva. Todas las instancias que escribí se estrellaron en el silencio administrativo o en las respuestas surrealistas que prodiga una administración que destila desgana por los poros. Por negarme, me negaron sistemáticamente el disponer de una máquina de escribir.
 
Doña Pilar Pato Ramillete, jefa de clasificación y tratamiento de la Cárcel Modelo, me indicó que no merecía el tercer grado porque "no ofrecía garantías de reinserción". Si tenemos en cuenta que yo estaba cumpliendo dos años de cárcel por participación en manifestación ilegal, que tenía "estabilidad familiar", trabajo fijo fuera de la cárcel y que mi comportamiento dentro en el curso del encierro había sido correcto, ningún jurista entenderá el porqué de esa actitud. Se entenderá mucho mejor si se tiene en cuenta que a mitad de mi estancia debió llegarme la propuesta de salir al día siguiente si estaba dispuesto a participar en la actividad de los GAL. Quien originó la propuesta sabía que yo había conocido superficialmente a Jean Pierre Cherid y, por tanto, dedujo que estaría dispuesto a participar en atentados anti-ETA. Y, además, en eso iba mi libertad a la voz de ya. La propuesta chocó ante el más absoluto desinterés. Estas historias terminan mal y, por lo demás, yo estaba más que reinsertado y jurando por el niño Jesús y mucho más por Pallas Athenea que jamás de los jamases me implicaría en trabajos con las alcantarillas que, por otra parte, ya se sabía como iban a terminar.

Cherid había terminado peor que mal. Después de que su red informara de un piso en el que se reunía la cúpula de ETA, próxima a la vía del ferrocarril, él mismo planificó el atentado que debía de acabar de una sola tacada con la trupe de criminales con txapela. Cuando abandonaban el local, pasaban bajo la vía del tren por un pequeño túnel. Bastaba colocar allí un artefacto explosivo para darles de su propia medicina. Seguramente ni uno hubiera sobrevivido y solamente –como con cualquier otro asesinado por los GAL, dejémonos de fingimientos políticamente correctos- sus familiares más directos, sus compañeros de chiquiteo y algún votante de HB, les hubiera llorado. La sociedad española procuraba mirar a otro lado ante estos muertos de los que seguramente nadie se hubiera preocupado mucho de no ser como forma de acribillar al felipismo. Le dieron la bomba a Cherid, el cual acompañado por un argentino y por otra persona de nacionalidad centroeuropea, fueron a colocarla. Cherid, antiguo miembro de la OAS, ex mercenario en mil batallas, habitual del plástico y de la Goma, inexplicablemente, falleció cuando colocaba la pila del artefacto. El centroeuropeo vigilaba de lejos y el argentino, algo mas cerca, había sido testigo de la explosión. Los supervivientes siempre tuvieron la duda de si le dieron la bomba arreglada para que saltara en mil pedazos. A fin de cuentas, para algunos, el GAL se había convertido  para algunos en la gallina de los huevos de oro y no era cuestión de que terminara allí la historia con toda la cúpula de ETA en el pudridero.

No me interesaba el GAL y sus promotores perdieron la oportunidad de que un “conocido ultraderechista implicado en el terrorismo internacional” (por mucho que mi única condena en Francia fuera por “port et usage de faux papiers” y en España por la manifestación ante la sede de UCD, fueran mis únicos delitos) se viera implicado en los crímenes de las alcantarillas. En ese momento, Barrionuevo –aquel cuya “cara de represor” fue el único aval para instalarlo al frente de Interior y cuya innovación en los anales de la lucha contra ETA fue enfatizar y apretar los dientes cuando aludía a la “banda terrorista” casi gruñiendo- ya había decidido cargar el muerto del GAL a la ultraderecha. Fue por eso, que poco después de que yo no fichara por los GAL lo hiciera un pequeño grupo de chavales jóvenes que habían pasado por el Frente de la Juventud y Fuerza Joven de Barcelona. Los mismos policías que los reclutaron los detuvieron luego, tras el asesinato de un tal Caplanne que por no ser, ni siquiera era de ETA ni, por lo que se puede deducir del apellido, euskeriko. Aquellos pobres chavales ingresados en la cárcel con apenas 20 años salieron de la misma con 30 ó 32. Barrionuevo, al producirse su detención, pudo decir aquello de: “Hemos desarticulado el GAL: son de extrema-derecha”. El ministro no era más torpe porque no se entrenaba y todo en esta operación le salió mal, hasta el punto de que andando el tiempo pude enviarle una postal a prisión en la que, sin ánimo de hacer sangre, le escribía simplemente “Por chorizo”.

Lo de estos chicos tiene un punto dramático y es la muestra de cómo algunas instancias pagadas con dinero de todos edifican su fortuna con el oprobio, la cárcel y los malos tragos de otros. Los buscaron a pulso entre gente sin experiencia política, sin apenas experiencia en choques con la izquierda, no digamos en acciones armadas y, sin capacidad siquiera para entender el carajal en el que se estaban metiendo. Les reclutaron diciéndoles que iban a constituir un comando del GAL. Les pagarían por cabellera de etarra puesta sobre la mesa. El “enlace” resultó ser un tipo de vida golfa y disipada, habitual de La Belle Epoque donde trabajaba su novia, un tal Ismael Miquel. Éste, colaborador habitual de la policía en cuestiones de delincuencia común, reclutó al “jefe del comando”, el cual, a su vez, reclutó a un pequeño grupo de jóvenes ultras, haciéndose la ilusión de que, a la hora de la verdad serían los otros los que dispararían, correspondiéndole a él solamente la “coordinación” (y pillar la parte del león de la pasta, claro). En los meses previos al único asesinato de esta comando (al que le correspondería perfectamente el lema de “nassíos pa la detenssión”) muchos camaradas vieron a los reclutados saliendo de copas con funcionarios policiales que los habían reclutado asumiendo gustosos las facturas. Subieron en alguna ocasión al País Vasco francés en “misiones de información” de escasa entidad, seguramente para que fueran confiando. Finalmente, a la hora de la verdad, dos de ellos terminaron asesinando a Robert Caplanne en las inmediaciones de Biarritz que ni siquiera era de ETA (sin embargo, los asesinos insistieron en que era la persona que la policía les había dado todos los datos y fotos para que asesinaran).

El “armador”, el tal Miquel había tenido un problema anterior por tráfico de drogas a partir del cual decidió colaborar con la policía si es que no lo hacía desde antes. En octubre de 1983 la Guardia Civil le interceptó en la carretera de Masnou a Badalona con 25 gramos de heroína de gran pureza. La fiscala que había pedido seis años de prisión, retiró la acusación y reclamó la absolución tras oir las declaraciones de los funcionarios policiales sobre las “tareas de colaboración desempeñadas por el inculpado”… aunque no está claro, si fue a partir de ese momento y bajo la espada de Damocles de los seis años cuando decidió convertirse en “confite”. Sea como fuere la sentencia afirmaba que la acción de Miquel "carecía de contenido delictivo, ya que (...) no procuraba introducir una sustancia psicotrópica en el sórdido mercado donde se comercializa, de forma incontrolada, sino bajo la vigilancia de funcionarios policiales, que vigilan su destino en aras a descubrir qué personas van a tratar de distribuirla, evidenciándose en el procesado una carencia de conciencia de antijuricidad", que es, como decir lo que decía Confucio, que "la justicia es como el timón: hacia donde se le da, gira".

Tras el atentado contra Robert Caplanne, volvieron las juergas, las visitas a pubs y discos con cargo a los simpáticos policías siempre dispuestos a pagar. Esos mismos policías los detuvieron pocos días después, convenciéndoles de que no era nada, sino el resultado del follón generado por la prensa “canallesca”. Con firmar una declaración explicando que se habían cargado a un etarra, todo se resolvería en horas. Y los muchachos explicaron esa parte de la historia, pero en absoluto se les ocurrió incluir en la declaración ni quien los había reclutado, ni en qué circunstancias. Ismael Miquel, a todo esto, acompañado en persona por el jefe de la brigada antiatracos de Barcelona, tomó el primer avión para Thailandia. Meses después cuando se puso pesado con que quería volver le convencieron para que comprara algo de heroína  y se infiltrara en las redes de narcotráfico locales. Seguramente no fue por casualidad que cuando tenía la heroína en su habitación del hotel, la policía local lo detuviera, siendo condenado a cadena perpetua. En la cárcel tailandesa, debió pensar alguien, entre que se metería más caña que una azucarera cubana y que las condiciones son ya de por sí deplorables, jamás volvería a declarar en España. Allí, se contagió de SIDA, pero sobrevivió y extraditado a España, declaró que había reconocido su colaboración con el GAL para salir de Tailandia. Antes –en febrero de 1996- había enviado una carta al líder de Izquierda Unida, Julio Anguita, en la que implicaba al ex ministro José Barrionuevo en los GAL y aseguraba que el ex jefe del Mando Unico para la Lucha Contraterrorista, Francisco Alvarez, le había inducido a entrar en ese grupo y preparar el citado asesinato. Mas tarde, en entrevista a El Mundo, reiteró que la policía le había dado dinero, armas, fotografías y fichas de presuntos etarras, y describió con detalle el despacho del comisario Alvarez en donde se entrevistó con él en 1985. Pero, una vez en España aseguró que se lo había inventado todo gracias a que su mujer le había llevado parte del sumario. Miquel se quejó también de que la embajada española en Tailandia no tramitó sus solicitudes de extradición ni las cinco peticiones de asilo que planteó. «A mí me mantenían secuestrado legalmente, había interés en que yo me quedara allí», afirmó, y seguramente tenía razón. A preguntas del fiscal dijo que solamente colaboraría si lo dejaban en libertad inmediatamente, pero no si pasaba un día más en la cárcel. A esas alturas –era 1996- el “Caso GAL” estaba más que claro y el único punto oscuro eran las identidades de los dos miembros del SAS británico que asesinaron a dos etarras con rifle de mira telescópica y la identidad del “Señor X”, pero Miquel, a fin de cuentes, era otro “pringado” y no podía saber nada sobre todo esto fuera de las razones y situaciones que contribuyeron a llevarlo al matadero. Justificó su conocimiento del comisario Álvarez explicando que lo conoció en el marco de la “lucha contra la droga” (droga que él mismo consumía a espuertas). En el juicio de Miquel, los otros tres miembros de su “comando”, confirmaron sus declaraciones y se curraron la página del despiste demostrando que los 10 años que habían pasado en la trena no les sirvieron para meditar mucho sobre quién los había llevado al matadero. En 2006. Miquel, que seguía preso en la Cárcel de Tarragona condenado a 45 años de cárcel vio como la Audiencia Nacional le aplicó la “doctrina Parot”.

Lo de estos tres muchachos que se dejaron su juventud en la celda (eso que se tiene una vez y que no vuelve salvo para los que estamos instalados en la perpetua adolescencia) es como pararse a pensar. Durante su detención, a pocos días del asesinato de Caplanne, les dijeron en jefatura de policía que era “solamente por unas horas”. Durmieron en oficinas y no en los calabozos, lo que les pareció una buena señal. Luego les explicaron que el follón organizado por la prensa les obligaba a enviarlos a la Audiencia Nacional, pero que el juez de guardia los pondría en libertad. Allí, en los calabozos de la Audiencia, uno de ellos, el que iba de listo, empezó a darse cuenta de que no iba a salir tan fácilmente y se vino abajo con el consiguiente ataque de ansiedad. El abogado defensor paró el golpe diciéndoles que estarían solamente unos días en la cárcel (acuérdense de que no será la primera vez que les diga que el peor enemigo de un detenido puede ser su abogado defensor, por eso, con cierta frecuencia, la misma policía envía a un abogado para hacerse cargo “generosamente” de la defensa. Y de paso terminar de hundir en la mierda más ecológica posible al defendido). Luego, un año después, cuando se vio el juicio, les convencieron para que siguieran callando, a la vista de que los condenarían a la pena que ya habían cumplido en prisión preventiva. Pillaron los 24 años y suerte tuvieron de salir al cabo de algo más de diez, siguiendo una temporada en tercer grado, y pagando hasta hoy la  cuantía de la indemnización civil a los herederos de Robert Caplanne. Seguramente, si en el juzgado de la Audiencia Nacional se hubieran, sincerado los períodos de cárcel se les hubieran acortado extraordinariamente y posiblemente, al menos, les hubiera cabido el inmenso honor de colaborar con la justicia para llevar a los tribunales a quien les había literalmente arruinado y robado su juventud. Pero, para ello, había que entender lo que había ocurrido y, por lo que ví, años después cuando me entrevisté con algunos de ellos, todavía no tenían claro ni siquiera como diablos se vieron envueltos en el asunto e incluso atribuían a algún camarada su delación. Hice intentos para que el tema saliera a la superficie pero no había nada que hacer. Alguno sigue hoy convencido de que los mismos policías que los metieron en el fregado, eran amigos del alma que actuaron sin malicia. El penúltimo favor que hicieron a sus verdugos fue avalar la coartada de Ismael Miquel.

Caplanne fue asesinado el 24 de diciembre de 1985. A principios se febrero del año siguiente se operaron las detenciones seguidas a tres días de distancia por el ametrallamiento del bar Batxoki con varios heridos entre ellos un presunto miembro de ETA, como si esta atentado indiscriminado fuera una  acción de protesta por las detenciones de Barcelona. Barrionuevo, el perro de presa del “Señor X” convocó una rueda de prensa y explicó con una seriedad pasmosa: “Hemos desarticulado al GAL: son de extrema-derecha”… y para ello arguía la pasaba militancia ultra de los tres jóvenes presentados como “asesinos despiadados” y al toxicómano preso en Tailandia como el “cerebro”. Poco imaginaba el caballerete con “cara de represor” que unos años después de tanta iniquidad, él mismo se sentaría como acusado y oiría cerrar a sus espaldas la cancela de la prisión.

Se me olvidaba decir que el abogado defensor de uno de los tres implicados en el “Caso GAL Barcelona” había sido el abogado defensor de Tejero, López-Montero. Aquí volvió a argüir también –como en el caso del 23-F- el único argumento que jamás un tribunal regular admitiría, que su defendido había actuado “por motivos patrióticos”, que era como decir que las copas pagadas por la policía, previas al asesinato de Caplanne y las que siguieron luego, eran ingeridas por la patria y que Caplanne –que a fin de cuentas él y su familia eran las víctimas inesperadas de lo que debería haber sido el “fin de fiesta de los GAL”- por algún motivo era una amenaza para la “seguridad nacional”. En este tipo de operaciones es importante, cuando se elije a un chivo expiatorio que sea incapaz de defenderse y que, siendo capaz de hacerlo, su abogado le induzca a subir solito al patíbulo,  tras haber trenzado la cuerda con sus propias manos y habérsela colocado él mismo en torno al cuello con la mano izquierda,  mientras con la derecha tira de la palanca que abrirá la trampilla bajo sus pies y le dejará empalmado y pendiendo del vacío.

Toda esta historia es bastante lamentable y, desde luego, mucho más larga. Los tres interesados entenderán –no espero que lo agradezcan- que no haya reproducido sus nombres y apellidos.  Se lo dije a ellos en persona y se lo repito hoy: creo que se equivocaron cubriendo a quienes les destrozaron la primera parte de  sus vidas. Matar jamás es admisible y mucho menos a cambio de unas pesetejas que ni siquiera cobraron (en esa época, el GAL se caracterizaba ya por reclutar a delincuentes de arrabal y hacerlos detener en Francia con la intención de que jamás volvieran a España para cobrar lo prometido). Los eligieron a ellos y no a otros porque habían tenido una militancia ultra, por nada más, y podían ser presentados ante la opinión pública como “ultras”, no como “mercenarios de Interior”.  Y además, porque eran inofensivos e incapaces de defenderse a sí mismos. El “comando Barcelona” de los GAL se creó para desarticularlo a continuación y esgrimir la militancia pasada de sus integrantes como argumento para desviar la atención de la escala de mando del Ministerio del Interior. Por eso decía que el lema que mejor le cuadraba era “nassío pa morir”.

Extinguí mi condena hasta las heces ante la negativa a implicarme en la “guerra sucia”. Salí de la cárcel trece meses y medio después de haber ingresado, con una prisión preventiva de tres meses más que nadie contabilizó… para una condena de dos años por manifestación ilegal. Eran los flecos que implicaba no colaborar con quien aspira solo a hundirte un poco más.

A poco de salir empecé a recibir visitas extrañas de los personajes más variopintos, todos ellos presuntamente avalados por camaradas muy queridos por mí, que me sondeaban sobre mis intenciones futuras. Cada uno respondía a los perfiles de los distintos organismos de la seguridad del Estado y todos debieron quedarse tranquilizados cuando les explicaba que quería dedicarme a trabajar y sacar adelante a mi familia. La torpeza de alguno resultaba incluso ofensiva. Tan pronto venía a verme para sondear mi actitud como aparecía en un vídeo de las Jornadas Libertarias de Barcelona como “periodista” de El Diaro de Barcelona, intentando taparse el rostro con el cuerpo del de enfrente.

Y es que los confidentes son fáciles de identificar. Responden a perfiles habituales que se repiten inevitablemente: habitualmente no tienen oficio ni beneficio, ni profesión conocida, o se trata de profesiones que implican cierto entendimiento con medios de la seguridad del Estado (por ejemplo, funcionarios penitenciarios), con la mayoría es difícil saber de qué trabajan, de qué viven y cuáles son sus horarios, parecen alimentarse de la nada o argumentan trabajos freelancer que les dejan mucho tiempo libre. Nunca sus motivaciones ideológicas están claras. Se han afiliado a tal o cual grupo pero sin argumentos suficientes como para conseguir explicar que les ha llevado hasta allí y nunca se trata de que hayan seguido a un amigo para compartir su militancia. Suelen ser solterones, homosexuales, toxicómanos, o lumpen-proletarios en paro, lo que no implica ninguna actitud hostil hacia estos grupos sociales, sino simplemente constatar que, por algún motivo, proceden mayoritariamente de esos nichos sociales. Cambian con facilidad de un grupo a otro y, lo que es más importante, sin justificación. Pueden estar hoy –recuerdo particularmente a uno- en Juntas Españolas, pero pasar mañana a CEDADE y al otro intentar ingresar en cualquier círculo ultra y, sólo unas semanas desaparecer y reaparecer en un acto de la CNT o del POSI. Van de una parroquia a otra según "necesidades del servicio", con una velocidad igualada sólo por el movimiento browniano de partículas.

Los hay de dos tipos: los que aparecen como fantasmas sólo en día de reunión, olisquean de manera casi obscena y descarada hasta el último recoveco del local como en busca de un hueso, cogen de cada hoja de propaganda, de cada revista, una copia y se van antes de que acabe la reunión. A un tal Armando, tipo de nerviosismo contagioso, que iba de este palo, estuve por partirle la cara más que nada para que espabilara un poco y se esforzara algo más en ganarse las 30 monedas de hojalata. Luego está el que, mucho más en su papel, realiza militancia como el que más e intenta ser uno más en el grupo. Nunca ninguno –y esto es la característica universal- entra en discusiones ideológicas o programáticas, pero se saben al dedillo los esquemas de evolución de cada grupúsculo y quién está a su frente. Los hay con mala memoria y que tienen tendencia anotarlo todos los detalles en plena reunión. Se les ve escribir como condenados, mientras el resto se rasca los testículos o participa en los debates. A mi me ocurrió que durante una conferencia alguien me interrumpiera para que repitiera un nombre que no había logrado entender, se lo tuve que deletrear, pues no en vano  le precedía una merecida fama de confidente habitual de la policía (o de quien le pagara) y no era cuestión de hacerle quedar mal, o se inventaría la información.

En cierta ocasión, en uno de estos grupúsculos, al levantarse al lavabo el presunto infiltrado, sus camaradas aprovecharon para mirar en su libreta encontrando anotaciones sobre los asistentes a la sesión anterior y el resumen de la misma. Prefirieron no decirle nada para evitar perder al 25% de la militancia. En ocasiones se convocan reuniones en las que aparte de los organizadores y el par o tres de machacas habituales, solamente asisten tres o cuatro personas más: el confidente de los Mossos d’esquadra, el de la policía nacional, el del CNI y el de la Guardia Civil; incluso en las  grandes ciudades la Policía Urbana ocasionalmente envía a su hombre. Cuánto esfuerzo para tan poca chicha.
 
Aludía antes a uno de estos chivatillos que tenía tendencia a inventarse informaciones. Es el riesgo que tiene la seguridad del Estado y que ya se puso de manifiesto en el último tercio del siglo XIX español cuando proliferon confidentes que “delataban” conjuras imaginarias o, en el mejor de los casos, se preocupaban ellos mismos por organizar la conspiración, embarcar a incautos y denunciarlos luego a la policía. Como puede verse, no hay nada nuevo bajo el sol. En cuando a los confidentes imaginativos son peligrosos: ante la falta de entidad y peligrosidad de las organizaciones a las que les han encomendado infiltrarse, tienden a exagerar su importancia y peligrosidad, sugerir la existencia de riesgos imaginarios y, finalmente, inventar datos. Garzón, en la cumbre de su estrellato, llegó a desguazar un carguero pieza a pieza porque un confidente imaginativo le había explicado que portaba 20 toneladas de cocaína. Esto obliga a los servicios de información a multiplicar el número de confidentes para que unos confirmen los datos aportados por los otros, so pena de  tener por ciertos datos que parecerían aportados por el guionista de Mortadelo  o de Cuéntame como no pasó.

El confidente, por lo demás, cobra poco y, salvo que lo haga por odio, resentimiento o algún complejo –que también hay de esos- malamente sobrevive con cuatro confidencias habitualmente inofensivas. No es raro, por tanto, que los confidentes se recluten entre algunos funcionarios (que ya de por sí cobran poco) y que éstos acepten unos pocos euros para llegar a fin de mes a cambios de ir a husmear superficialmente unas pocas horas al mes a algún local. O bien que se trate de gente cuyo nivel de gastos sea muy superior al de ingresos, habitualmente por algún consumo de drogas inconfesable. En estos casos el “reclutador” se enfrenta a una contradicción palmaria: sí, el confidente que se coloca con cuarto y mitad de cualquier droga trabaja barato y habitualmente se le paga con decomisos de esas drogas, osea, coste cero, sin embargo tiene la contrapartida de que alguien en estado de colocón apenas se entera de nada sobre lo que tiene que informar. He sabido de colaboradores de las FSE que se han introducido en centros islámicos en estado visible de colocón alcohólico y he visto a otros que te contaban quien los había enviado si les dabas 2.000 pesetas para una paperina. De todas formas, el caso más espectacular de infiltración es el de una chica con traje chaqueta que con una seriedad digna de un funeral se fue al que presidía la conferencia, le extendió una tarjeta y le dijo que era “analista de la defensa”, ¿para qué vamos a andarnos con mariconadas?

El problema para las Fuerzas de Seguridad del Estado es que la infiltración o la realizan en persona profesionales cualificados y adiestrados para hacerla o se convierte en una chapuza que aporta pocos datos interesantes, mucho trabajo y sitúa al profesional de la información ante un puzle formado por datos procedentes de confidentes de los que le resulta casi imposible calibrar su solvendia y fiabilidad, conversaciones telefónicas grabadas que constituyen verdaderas piezas del puzle que no se sabe exactamente donde colocarlas, seguimientos que suponen movilizar a muchos efectivos cada día, total para ver cómo un fulano –a menudo inofensivo- compra un Whoper con pepinillo y sin mahonesa.

Hoy estas prácticas siguen como en sus mejores tiempos a pesar de que es posible realizar un informe y un estudio sobre la “peligrosidad” de tal o cual grupo simplemente consultando su página de Internet, pero en la Seguridad del Estado rigen las viejas tradiciones ancestrales y el confidente de lo inútil sigue siendo el perejil de todas las salsas. Hace un rato estaba sonriendo pensando en que quien no tiene un infiltrado en su vida no es importante. Si un grupo ultra pro-islamista difusor empedernido del último discurso de Amadineyá, de la última problama del más olvidado imán chiíta y de la última soflama de Hezbolláh (que los hay) no logra nunca logra pasar de dos a tres afiliados, a la vista de que nadie los considera suficientemente importantes para enviarles a un confidente del tres al cuarto, debe terminar sintiéndose como una mierda bien aplanada con conciencia de su nulidad. También los hay.

Localizado el confidente cuesta poco seguir el hilo. Basta con poner en sus manos una información golosa. A partir de ahí, se le observa y del cabo sale el ovillo. En cierta ocasión, los camaradas comentaban que una persona era confidente. La única forma de descubrir si era o no, consistió en explicarle en el curso de una conversación que un amigo policía me iba a pasar unas cajas de balas por la tarde. Luego todo era sencillo: si alguien me seguía, el individuo en cuestión era confidente, de lo contrario, seguro que no lo era. El chequeo consistió en que dos camaradas me siguieron por un circuito previamente establecido a prudencial distancia, intentando divisar a alguien que, a su vez, me siguiera. Nunca me arrepentí lo suficiente de esta "prueba del nueva" porque el camarada en cuestión, una excelente persona, siempre que podía , hasta que falleció, aprovechaba para recordarme lo mucho que me agradecía el que me hubiera sincerado con él.

El otro procedimiendo sanitario consiste en localizar a un confidente y atiborrarlo con informaciones erróneas.  A finales de los años 60, supimos de un teléfono que estaba intervenido (en aquellos años bastaba con un amperímetro para saber si había caída de tensión, esto es, derivación de la línea) y  a través de esa línea aportamos deliberadamente todo tipo de datos imaginarios que al final llevaron a la Brigada Político Social a irrumpir en un ayuntamiento en el que sospechaban que había reuniones clandestinas. Por otra parte, localizando a un confidente se le puede interrogar. Todos aportan todo tipo de detalles sobre quién los reclutó, lo que les pagan y lo que piden de ellos. En el Frente de la Juventud, en Madrid, localizado uno de estos confidentes, se le introdujo en un coche en el centro de otros cuatro camaradas y con cualquier excusa. Al llegar a un lugar apartado de la sierra madrileña, sin mediar palabra, se le dio una pala para que cavara. A los pocos minutos, claro, tenía la palma de las manos llagadas, pero logró cavar un foso de 1,80 por 0,50 y un metro de profundidad. Luego se le disparó en la sién... con bala de fogueo, lo que no impidió que cayera al foso hasta que al cabo de un rato entendió que no estaba muerto. Debió volver a Madrid en auto-stop. Nunca jamás volvió al local de Claudio Coello.

En estos casos de chivatos descubiertos, lo que se indica es el interés de la policía en tener informaciones sobre tal o cual grupo. Si uno tiene la conciencia limpia, lo mejor es llamar directamente al servicio y plantear que si tienen algo que preguntar que lo hagan directamente: ellos pagan las tapas y el interesado la bebida.

En 2005 utilicé este método cuando la noche antes delante del restaurant La Font del Bosc, una furgoneta sospechosa -precisamente Renault Kangoo- con vidrios esmerilados estaba aparcada justo ante la entrada. Me acerqué y la refracción de la luz en cierto ángulo me permitió ver dentro a un chaval filmando con cámara de vídeo. Al verme incluso se echó atrás indicando sorpresa. Le comenté a otro camarada en voz alta qué le parecía mejor que hiciéramos, si llamar al juzgado de guardia o quemar directamente la furgoneta. Al oir esto, la furgoneta empezó a moverse como si dentro se estuviera celebrando un menage a trois y se hubiera alcanzado el climax. Poco después salió a la cabina alguien que intentaba taparse la cara con la cazadora. Empezó a buscar las lleves. Se las había dejado en la parte trasera con lo que hubo que volver atrás, logrando finalmente salir a escape dejando la mitad de los neumáticos sobre el asfalto. Al día siguiente llamé directamente al IVº Grupo de Información: "Somos un partido democrático, no tenemos nada que ocultar, ni intención de infringir ninguna legislación, ni siquiera partirle la cara al hostelero que nos ha cobrado de mas y nos ha dado menos pisto del esperado. Si os interesaba algo podíais haber venido a la cena y hubiérais visto directamente todo lo que os interesaba". El otro se sorprendió y utilizó la consabida táctica del descarte: "Que no soy yo" como dice la canción. Y no lo era: la matrícula correspondía a un vehículo de alquiler propiedad de la empresa que alquilaba  habitualmente vehículos para los mossos d’esquadra. Me molesta sentirme observado: la próxima vez el juzgado de guardia y la policía urbana esclarecerán el asunto. Uno se sorprende que en 2005, cuando el país empezaba a soportar una oleada de delincuencia sin precedentes y ETA seguía dando algún sobresalto, era inadmisible una investigación sobre un grupo que jamás había manifestado intención de vulnerar la legislación vigente.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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