A finales del siglo XIX los catalanistas eran pocos y divididos y seguramente hubieran seguido así de no ser por la crisis finisecular y por el fracaso del regeneracionismo de Polavieja y por el mantenimiento de algunas medidas de la Hacienda Pública que tenían que ver con la pasada guerra de Cuba. Las juventudes catalanistas exteriorizaron ese descontento en la que puede ser considerada como la primera acción antiespañola de importancia cuando visitó el puerto de Barcelona una escuadra francesa a la que se tributó un recibimiento entusiasta, se cantó por primera vez Els Segadors y se pitó al himno español. Un año después cuando dato, a la sazón ministro de Gobernación, llegó a Barcelona, Cambó movilizó a sus partidarios que lo persiguieron con pitos por toda Catalunya, incluido en el interior del Liceo. Ya en aquella época existía el deseo de que el castellano fuera completamente erradicado de Catalunya tal como se preconizaba en las Bases de Manresa en las que se concretó el programa del catalanismo político. Y eso debió hacer pensar, porque el catalanismo, ni entonces ni luego aceptó la co-oficialidad sino solamente la oficialidad del catalán. Es más, cuando un nacionalista alude a la co-oficialidad… se está refiriendo al bilingüismo, ¡en el resto del Estado, nunca en Catalunya!

En cuando a la definición de Catalunya como nación, ni siquiera aparece en los primeros textos regionalistas que aluden siempre a “nacionalidad catalana” (tal es incluso el título de un conocido libro de Prat de la Riba). Coroleu y Pella Fargas emplean en 1878 el término “nacionalidad”, nunca “nación”. En una segunda fase el regionalismo tenderá a confundir voluntariamente ambos términos que sin embargo no son lo mismo (la nacionalidad define a un pueblo situado sobre un marco geográfico diferenciado por una lengua, habitualmente suele ser parte de un conjunto mayor, un Estado  o un Imperio, mientras que nación es una unidad política dotada de misión y destino propios. Los cantones griegos serían nacionalidades, pero sin embargo, la única nación es la Confederación Helvética).

En el momento en que Prat empieza a utilizar indistintamente “nación” y “nacionalidad”, tiende también a extender la “nación catalana” a otras “nacionalidades” que, históricamente habían constituido reinos diferenciados y que incluso hablaban variedades del catalán, en algún caso, muy diferenciadas. Y lo hace con un lenguaje (y una ingenuidad) propia de la época. Prat se refiere en un capítulo de su libro al “Imperialismo catalán” y así lo titula (capítulo que ha desaparecido en algunas reediciones recientes de la obra…), extendiendo ese “imperialismo” a todo aquel territorio que en algún momento estuvo vinculado a la Corona de Aragón. A partir de ahí ya era posible hablar de “Països Catalans” y, dar el último golpe de tuerca llamando a todo el conjunto definido como yendo “desde Fraga a Mahón y desde Salses a Guardamar” como “Catalunya”, pirueta que realizó el vecino del 5º piso de España 2000, Josep Guía (en efecto, Guía vive en el mismo inmueble que el partido nacionalista español E2000) cuando escribió su opúsculo “No mes digueu-li Catalunya” (El Llamp, Barcelona 1987).

A medida que el regionalismo se fue afirmando, ganó en agresividad y en Barcelona tuvo que competir muy duramente con el Partido Radical de Lerroux que lo aventajó en las municipales de 1909 y en otras convocatorias de la época. Lerroux practicaba una demagogia social, esencialmente anticatalanista, apoyada, no solamente entre los emigrantes de otras zonas del Estado, sino también por las clases populares catalanas.

Sin embargo, antes se habían producido dos hechos trascendentales: de un lado, una caricatura aparecida en el semanario satírico “Cu-Cut” provocó la reacción de un grupo de oficiales de la guarnición de Barcelona que asaltaron y arrasaron la redacción de la revista (en calle Avinyó) y luego la de La Veu de Catalunya (semanario de la Lliga). Los incidentes tuvieron mucha repercusión y fueron debatidos en el parlamento tras suspenderse las garantías constitucionales en la ciudad. Poco después, cuando Segismundo Moret se hizo cargo del gobierno promulgando la llamada “Ley de Jurisdicciones” que ponía bajo jurisdicción militar los delitos de lesa patria. De nada sirvió que pocos días después el mismo gabinete aprobara la “Ley Constitucional Económica” favorable a las pretensiones proteccionistas de la burguesía catalana.

El episodio del “Cu-Cut” hizo que el estamento militar asumiera a partir de entonces un encono extremo contra el catalanismo político en el que no distinguían entre moderados y radicales, regionalistas e independentistas, sino al que veían como un enemigo a combatir.

El otro elemento indisociable de la época fue la agitación obrera y la irrupción del terrorismo vinculado al anarquismo y a las provocaciones policiales. En efecto, el 24 de septiembre de 1893, el anarquista Pauli Pallás arrojó una bomba contra el capitán general Martínez Campos en la Gran Vía esquina calle Montaner. Menos de dos meses después, explotó la famosa bomba del Liceo causando 21 muertos y un centenar de heridos arrojada por Santiago Salvador, otro anarquista que quiso así solidarizarse con el fusilamiento de Pallás, siendo a su vez, agarrotado en la antigua prisión de la calle Reina Amalia. En 1896, finalmente, estalló la extraña bomba de la calle Canvis Vells, durante la procesión del Corpus. Los anarquistas –a diferencia de los atentados anteriores que siempre asumieron- negaron la autoría de este nuevo atentado. Posteriormente, la investigación demostró graves dudas sobre su autoría que, como mínimo estaba  vinculada a un conocido confidente policial que terminó instigando a anarquistas para que cometieran atentados y antes los denunciaba a la policía a cambio de una fuerte remuneración...
 
En los años siguientes el clima barcelonés era de fuerte agitación estallando una primera huelga general en 1902 que seguía a la agitación creciente iniciada desde 1900 al grito de “una peseta de más y una hora de menos”. En 1904, el presidente Antonio Maura fue agredido mientras visitaba Barcelona, ese mismo año, el 17 de noviembre estalló una potente bomba en la Plaza Sant Jaume, al año siguiente otra en la Rambla de las Flores que causó varias víctimas entre las más conocidas floristas (bomba que tampoco nadie reivindicó y sobre las que existen las más serias dudas). Para colmo, el cardenal Casañas sufrió una agresión en el claustro de la Catedral. En 1909 todo esto estalló definitivamente después del descalabro del Ejército Español en Marruecos al que siguió la movilización de las quintas y su embarque en los muelles de Barcelona. La guerra era completamente impopular al resultar demasiado evidente que era por la defensa de los intereses económicos, entre otros, de Romanones y del Marqués de Comillas. Además, bastaba pagar una cantidad para salvarse de cumplir el servicio militar… algo que solamente estaba al alcance de la  alta burguesía.

En este marco estalló la famosa Semana Trágica, huelga general que alcanzó todos los barrios populares, con la consiguiente quema de conventos e Iglesias. La revuelta alcanzó toda la ciudad, que se cubrió de barricadas, y estuvo en manos de los insurgentes descontrolados durante una semana con un saldo final de 150 muertos, 550 heridos, 12 iglesias parroquiales incendiadas y 52 conventos destruidos.

El impacto que sobre la ciudad tuvo la Semana Trágica era la coronación lógica de la huelga general de 1902, del terrorismo aparecido desde 1893 y de la tensión creada por la “Ley de jurisdicciones” y la actitud del ejército. En ese clima, la burguesía catalana entendió algo que no olvidó en los sesenta años siguientes: su destino y sus intereses estaban ligados a la actitud que tomase el Ejército Español. Era el Ejército Español la única institución que podía salvarle de las iras desencadenadas de la clase obrera. Y, para que el Ejército Español asumiera esa tarea era preciso, en primer lugar, que la burguesía atenuara su carga regionalista y su incipiente nacionalismo y se hiciera solidario con la idea de España.

A partir de ese momento, la burguesía catalana no dudó en apoyar a la monarquía, hasta el punto de que en 1926, los herederos del Vizconde de Güell, el gran impulsor del catalanismo, regaló su Palacio de Pedralbes a la monarquía de Alfonso XIII e hizo algo más. En los jardines del palacio se encontraba un fuente romántica diseñada por Gaudí en un paraje adornado por la reproducción de una estatua con la cabeza de un emperador romano, una fuente con un caño forjado con forma de dragón (el dragón Ladón que en el poema de Verdaguer “L’Atlántida”, custodia el Jardín de las Hespérides) que manaba sobre una fuente de mármol que mostraba un relieve con las cuatro barras catalanas. Al regalar el palacio, los Güell, intentaron borrar cualquier rastro de catalanismo del lugar y destruyeron a martillazos la pila de mármol y las barras catalanas que luego resultarían cubiertas por la maleza hasta ser halladas en tal estado en los años 60 y restauradas definitivamente en los 90). De esta manera la burguesía catalana estaba dispuesta a renunciar a sus ideales de “construcción nacional de Catalunya” si ello debía de servir para una mejor defensa de sus intereses y para que el Ejército Español constituyera la punta de lanza contra la clase obrera insurgente.

Tal es el punto al que queríamos llegar

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Los paralelismos con nuestro tiempo son los justos para quien quiera verlos. En los últimos 30 años, la configuración de Catalunya ha variado extraordinariamente. No solamente llegaron 2.000.000 de emigrantes del resto del Estado en la postguerra y hasta finales de los años 70, sino que luego llegó 1.300.000 inmigrantes especialmente marroquíes, pakistaníes y subsaharianos. La demografía catalana a partir de los años 60 fue descendiendo y hoy es la más baja del mundo, mejorada algo por la aportación de la emigración interior y disparada por la inmigración exterior. El primer nacido en 2009 en cada una de las cuatro provincias catalanas fue hijo de extranjeros (colombianos, uruguayos y marroquíes). Desde 2000 este hecho no era nada nuevo.

La burguesía catalana ya no detenta una posición preeminente en una industria textil deslocalizada  primero a Marruecos y luego a China. Galicia produce hoy más textil que Catalunya. Una tras otra, las grandes firmas de la industria catalana van desapareciendo o simplemente cambian su accionariado y terminan en manos no-catalanas. A partir de la postguerra y en los años 50 se creó una nueva burguesía sobre el eje de la construcción (ya entonces, muy frecuente "obra pública") y la hostelería. Las huelgas de los años 70 hicieron que buena parte de los dineros de la burguesía se orientaran hacia la especulación bursátil. La figura del “viajante de comercio catalán” desapareció en España, a pesar de que hoy el Estado Español sigue siendo la principal fuente de clientes de los bienes y servicios catalanes.

Ya no hay agitación obrera. A partir del “extraño caso” del incendio de la Sala de Fiestas Scala tras una manifestación de la CNT, el anarcosindicalismo resultó completamente barrido de la escena laboral catalana sin conservar absolutamente ningún feudo. Su hegemonía fue sucedida por sindicatos domesticados a base de subsidios. Tanto el PSUC como la Federación Catalana del PSOE (anterior a la fundación del PSC), asumieron el catalanismo como reivindicación durante el franquismo, no tanto por identidad con sus fines históricos, como por el hecho de que buena parte de sus cuadros eran hijos díscolos de la burguesía catalana, y, especialmente, por el anticatalanismo del que siempre hizo gala, incluso hasta lo patológico, el franquismo. Esto llevó al fenómeno actual en el que el 75% de la política catalana gira en torno al “hecho nacional”, pero esta omnipresencia del catalanismo está ensombrecida por la declinante demografía de los catalanes de origen y de los catalanes de adopción. Ahora ya no cabe decir como en los años 80 proclamó victoriosa aquella campaña de la Generalitat de Catalunya: “Som sis millons” (somos seis millones), sino que la población catalana está sobre 7.250.000 habitantes, no por crecimiento de la etnia autóctona, sino por llegada de inmigrantes.

Estos inmigrantes tienen una característica más acusada que en el resto del Estado: en efecto, mientras que en Madrid la inmigración andina y europea del Este, siempre ha sido mayoritaria, en Catalunya, la propia Generalitat se encargó desde finales de los años 80 en estimular una inmigración que procediera especialmente del Magreb. Esta tendencia se sostenía  con el peregrino razonamiento de que si eran andinos, hablarías castellano, se entenderían con la población autóctona y, por tanto, no harían ningún esfuerzo por aprender el catalán. Si, por el contrario, hablaban árabe, estarían obligados a aprender el idioma autonómico para insertarse en el mercado laboral. De ahí que la Generalitat abriera en Rabat su primera delegación exterior y se la entregara a Ángel Colom, expresidente de ERC, ex dirigente de la Crida a la Solidaritat per la Llengua i la Cultura Catalanes y gay impenitente. Los buenos oficios de Colom generaron una riada de inmigración marroquí hacia España. Mientras que los pakistaníes llegaron por su cuenta desde mediados de los años 90, desviándose del que había sido su destino final hasta esa época (el Reino Unido). En cuanto a los subsaharianos ya estaban presentes en pequeños núcleos en el Maresme desde finales de los 80, cuando empezó a verse su presencia especialmente en los campos de cultivo. Todos ellos eran de religión islámica.

No fue sino hasta los primeros años del milenio cuando varios episodios empezaron a poner de relieve la naturaleza del nuevo problema. En los incidentes de Premiá de Mar desencadenados por la construcción de una nueva mezquita aborrecida por la población, emergió la figura de Josep Anglada y de la Plataforma per Catalunya en 2002. En ese momento se evidenció que la llegada de inmigrantes islámicos a Catalunya iba a traer problemas muy diversos a los que había acarreado la emigración interior del Estado en las décadas anteriores. La ocupación de la Iglesia del Pi en 2001 y de la Catedral en 2005, la expulsión de subsaharianos de la Plaza de Catalunya en el verano de 2003, los incidentes de Hospitalet en 2004, en Ca’n Oriach en 2000 y en otras ciudades catalanas, las declaraciones primero de Marta Ferrusola, esposa de Pujol y luego de Heribert Barrera, hasta ese momento presidente de ERC, así como la percepción cada vez más acusada de que se estaban formando guetos ante la mirada pasiva de las autoridades autonómicas y municipales, hicieron que en apenas 7 años el panorama y la diferencial demográfica catalana se alterara considerablemente.

La Plaza de Sant Jaume se encuentra entre el barrio del Raval y el barrio de la Rivera, las dos zonas más islamizadas de la ciudad. El parlament de Catalunya se encuentra al otro extremo de la Rivera. Por tanto, resulta absolutamente increíble que los diputados catalanes y las autoridades autonómicas no hayan advertido un cambio del paisaje que se concentraba precisamente en las inmediaciones de donde deberían ejercer su trabajo. Para colmo, a partir del barrio del Raval empezó a extenderse a inmigración como una mancha de aceite que hoy ocupa buena parte de la ciudad situada bajo la Gran Vía hasta el mar con prolongaciones en Hospitalet, Badalona, Santa Coloma, San Adrián, Sabadell, Tarrasa y todo el Alt y el Baix Llobregat. La importancia de la hostelería en Girona ha hecho que también esa provincia y algunas zonas agrícolas de Lleida y Tarragona hayan visto la llegada de una inmigración masiva… ¡que hoy en Catalunya tiene la tasa más alta de paro de toda Europa! Sí, porque, dramáticamente, Catalunya tiene hoy la mayor densidad de inmigrantes de todo el Estado, la mayor densidad de inmigrantes de toda Europa y la etnia autóctona la menor tasa demográfica autóctona de todo el mundo…

Pero eso no es todo: el carácter mayoritariamente islámico de la inmigración residente en Catalunya la hace, tal como se ha demostrado en todo el mundo, absolutamente inasimilable. Nadie, nunca, en ningún país, por democrático y liberal que sea, por progresista y generoso que demuestre ser, nunca la minoría islámica ha consentido ser integrada en otro cuerpo social. Las minorías islámicas, entran como un elemento halógeno que tiende a eternizar su presencia. A medida que pasa el tiempo, amparados en su demografía explosiva que contrasta con la catalana, van aumentando su presencia en barrios de población envejecida que, por algún motivo, poco tiempo después de la llegada de los primeros islamistas, va abandonando el barrio que, cada vez es ocupado por mas y más islamistas hasta, finalmente, convertirse en un gueto.

Mientras la población inmigrante no supera el 5%, precisan “integrarse”, aprender el idioma catalán, pero cuando se supera esa cifra y se crean los guetos (Catalunya está ya por el 20% de población inmigrante), la inmigración ya no tiene necesidad de integrarse en nada: viven en un enclave identitario situado en el territorio de otra nacionalidad. Es cuestión de tiempo que no exijan una completa autonomía y una total soberanía sobre lo que ocurre en su gueto. Este proceso ya se ha producido en casi 2.000 municipios franceses con mayoría inmigrante y desencadenó la “intifada” de noviembre de 2005.

Hoy, en Sallent y en algunas zonas de Catalunya, la inmigración llega incluso al 45%... La Generalitat no advierte que no se trata de una inmigración que venga con intención de integrarse como vino la emigración interior en los años 50-70, con la que, incluso en materia lingüística, existían una continuidad. Lo que existe con la inmigración magrebí, pakistaní y subsahariana es una brecha lingüística, religiosa, cultural y antropológica que explican el por qué todos los intentos de integración que, con muchos más medios a su disposición que los que es capaz de habilitar el Estado Español, no han logrado su objetivo. Catalunya no va a ser diferente, al menos en esto.

Por que sí hay otra diferencia sustancial que, por su paralelismo, remite a hace 100 años. Si en aquella época, el catalanismo debió renunciar a sus ínfulas independentistas y atenuar sus ímpetus nacionalistas se debió, como hemos vista exhaustivamente, a la actitud de una clase obrera bajo control de los elementos más radicales y turbulentos. Solamente el Ejército Español era capaz –como muy bien entendió la burguesía catalana- de asegurarle la integridad de sus negocios y la de sus exponentes. Ahora, la clase obrera catalana está minimizada en buena medida por los períodos de crecimiento económico que facilitaron el que la clase obrera cumpliera con su objetivo de clase: integrarse en la clase media. La crisis económica y la llegada masiva de inmigrantes junto con la deslocalización empresarial, han laminado extraordinariamente a la clase obrera, disminuyéndola en número. Por otra parte, la precariedad laboral y la amenaza de despido, junto con la traición de los sindicatos (verdaderas élites burocráticas obreras, sin gran contacto con el clima de las empresas, y que defienden solamente sus intereses individuales), ha cortado las uñas a la clase obrera que hoy, ni demuestran un ímpetu reivindicativo, ni mucho menos tienen una decidida voluntad de cambio social.

El problema en Catalunya ya no es socio-laboral, sino étnico-social: la actitud levantisca y agresiva de la clase obrera de principios del siglo XX, ha sido sustituida por un grupo étnico completamente diferenciado, frecuentemente hostil, verdadera bomba de absorción de recursos y ayudas sociales, permanentemente exigiendo discriminaciones positivas en detrimento de los grupos autóctonos, presupuestos para una “integración” que jamás se consuma y que, como corresponde a la característica propia hasta ahora de los nacionalistas, siempre exija más… pero ese más, nunca sirva para nada, ni nunca termine de saciar sus apetencias de exigir más todavía.

Catalunya va a pagar el error de sus autoridades de permitir deslocalización, abandono de las industrias tradicionales, admisión de más de un millón de inmigrantes en gran medida procedentes de países islámicos y de negarse a reconocer el error, especialmente, cuando en toda Europa ese error es suficientemente visible y en términos incluso mucho más moderados que en Catalunya. A decir verdad, la burguesía catalana es culpable: para la buena gobernanza de sus asuntos inmobiliarios y hosteleros, ha precisado mano de obra barata llegada en forma de inmigración. Ahora le tocará pagar la factura. Y la pagará caro.

Hoy, el proyecto catalanista está más embarrancado que nunca por dos motivos. No solamente porque la clase media catalana y la alta burguesía han perdido la exuberancia y la lucidez que tuvo hace cien años (y que estaba presente en las figuras de Cambó, Robert, Güell, Maragall, Verdaguer y tantos otros), habiéndose convertido más bien en una casta funcionarial amiga de hacer buenos negocios a la sombra del poder y para los que Catalunya es solamente la excusa emotiva y sentimental más fácil para excitar y atraer el voto de las masas autóctonas (una vez más, el patriotismo es el último refugio de los bribones), sino porque a pesar de la política del avestruz practicada por la Generalitat, lo cierto es que absolutamente nadie con dos dedos de frente puede considerar que la “integración” de los inmigrantes se cerrera exitosamente. La inmigración se va a convertir en Catalunya –se ha convertido ya- en un factor desestabilizante de impacto similar al que tuvo la clase obrera catalana hace 100 años.

Si sustituimos el terrorismo obrero por el terrorismo islámico, si sustituimos los suburbios en los que se gestó la huelga general de 1902 y la semana trágica de 1909 por los guetos donde la inmigración es ya hoy mayoría, si sustituimos el hacinamiento y las malas condiciones de los trabajadores de otro tiempo con las tasas de paro insoportables que registra la inmigración en Catalunya, si en lugar de centros de librepensadores, ateneos libertarios, círculos masónicos extremistas que abordaron hace 100 años la quema masiva de iglesias, por el anticristianismo y el desprecio que practica el islamismo hacia cualquier otra religión, veremos que la burguesía catalana sigue afrontando un riesgo sobre su cabeza: no es ya la clase obrera… sino la inmigración masiva.

Si ayer fue la ofensiva de la clase obrera lo que detuvo la profundización en la senda abierta por el Conde de Güell y la “renaixença”, ahora la inmigración es el elemento desestabilizante de la sociedad catalana y lo que frustrará definitivamente el proyecto nacionalista-socialista de una Catalunya que haya reducido al mínimo su vinculación con el Estado. Porque, a la vista de la demografía catalana, a la vista del crecimiento de la diferencial demográfica de la inmigración en Catalunya, a la vuelta de 15-20 años, dos quintas partes de los habitantes de Catalunya serán de origen magrebí, pakistaní o subsahariano.

Contrariamente a las esperanzas de algunos, la crisis económica, la recesión y la depresión, no harán que la inmigración retorne a sus países de origen (en donde la situación es todavía peor a causa de la ausencia completa de seguridad y coberturas sociales) sino que exijan más y más recursos para “integrarse”, hasta generar una situación explosivo en materia de orden público y seguridad ciudadana. Esto sin olvidar, que parte de la emigración interior que llegó en los años 50-70 retornará a su lugar de origen e incluso muchos de sus hijos a la vista de la presión de la inmigración.

Catalunya tiene hoy un gran problema que no es ni la financiación autonómica, ni su tasa de paro, ni siquiera la deslocalización empresarial, ni el que haya apostado en los últimos 15 años por unos sectores que hoy han dejado de funcionar o se están agotando (construcción y hostelería). El problema que Catalunya tiene por delante es la inmigración.
 
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Queda el ejército que hace 100 años “salvó” a la burguesía catalana de los envites del proletariado radicalizado. Siempre existe la posibilidad de que, una vez más, en el momento del desencadenamiento de una crisis similar a la que se produjo durante la intifada en Francia, intervenga y restablezca el orden en los guetos de la inmigración catalanes, antes de que recorran los cinco kilómetros que separan el Raval de Pedralbes…

Pero en esto radica la única diferencia con la situación de hace 100 años: ya no hay ejército en Catalunya, a pesar de ser región de frontera, a pesar de tener casi 300 km de costa, ya no hay absolutamente ninguna unidad operativa –repito, absolutamente ninguna- en el territorio catalán. En Barcelona, las únicas “unidades” militares son burocráticas, sin ninguna capacidad defensiva, ni mucho menos ofensiva. En cuanto a la Guardia Civil, el despliegue de los Mossos d’Esquadra la ha reducido a la mínima expresión… ¿Entonces?

Entonces es cuestión de tiempo que, o bien la burguesía catalana dé marcha atrás y acepte que debe “pagar” por su seguridad y de que en el territorio catalán hoy no existen ni fuerzas ni voluntades suficientes como para asegurar la respuesta ante un proceso insurreccional de una inmigración que puede estallar en función de su precaria situación económica, del primitivismo propio de sus países de origen y del elemento religioso islamista siempre dado a deslizarse por la senda del radicalismo.

A fuerza repetir los tópicos de “convivencia”, “integración”, “multiculturalismo” y de aspirar solamente a que los recién llegados hablaran en catalán (como si el contenido del Corán variara en su espíritu de expresarse en árabe a hacerlo en la lengua de Pompeu…), la sociedad catalana, salvo minorías hasta ahora muy exiguas, no está en condiciones, por sí misma, de afrontar una respuesta: allí donde la tensión es mayor, la voluntad de resistencia es menor. El pueblo catalán no es amante de los conflictos –eso lo sabe perfectamente la prensa catalana que ha evitado en todo momento aludir a Catalunya como problema e incluso de reconocer la existencia de algún problema en Catalunya- y, por tanto, no está mentalmente acondicionado para articular su propia defensa. Ocurrió en 1902-1909 y volverá a ocurrir ahora. Pero ya no hay ejército español en territorio catalán (algún ayuntamiento en la inopia se ha declarado pomposamente “zona desmilitarizada”… pero ha evitado declararse “zona desislamizada” y es aquí donde existe el riesgo), ni siquiera la burguesía catalana está dando los pasos para pactar con el Estado Español las condiciones para su seguridad.

Una “bullanga” protagonizada por inmigrantes puede destruir en apenas una hora los edificios administrativos de la Plaça de Sant Jume, el Ayuntamiento y la Generalitat y puede marchar sobre el Eixample, Sant Gervasi y Pedralbes en otra hora más…  Otra más y una eventual revuelta alcanzaría Sant Cugat y las zonas de refugio de la burguesía. Hora y media más y Monserrat podría ser convertido en Mezquita y la República Islámica con capital en Sallent y una jaima instalada en el Pati del Tarongers como centro del nuevo califato donde se firmaría la implantación de la sharia… Exageramos, naturalmente, pero no tanto. El riesgo existe y no hay defensa posible. Incluso la intervención de unidades de élite aerotransportadas tardarían un par de días en llegar y un motín en los guetos islamistas tendría capacidad suficiente para parar a los Mossos, si es que la Consellería de Interior apostara por movilizarlos.

Una perspectiva de este tipo podría no desencadenarse inicialmente en Catalunya sino en cualquier zona del arco mediterráneo que va desde Génova hasta el Delta del Ebro. Es posible, incluso, que una repetición de la intifada del 2005 en Francia terminará generando un efecto contagio en la zona mediterránea en la que están anidados contingentes de inmigración magrebí extraordinariamente elevados.

Hay que dudar de la combatividad y eficacia de los Mossos d’Esquadra a la hora de contener motines. Hasta ahora esas cualidades han resultado inéditas. Por lo demás, no puede olvidarse que los Mossos son un cuerpo surgido –a diferencia de la Guardia Civil-, no en función de un ideal de defensa de la sociedad, sino con el incentivo de unos cientos de euros más de salario fijo y estabilidad en el empleo en tiempos de precariedad laboral y salarios bajos. A lo que se añade que en el momento de escribir estas líneas, la Consellería de Interior está en manos seguramente del personaje más inadecuado para el ejercicio de ese cargo: en manos de un Joan Saura, máximo pope del multiculturalismo, la tolerancia, apóstol de la integración y progre entre los progres y gran timonel del mestizaje etno-cultural… es decir, el tipo de personaje mas ciego que pueda existir.

Ya se sabe que la historia se repite, en ocasiones como sainete y en otras como tragedia.

Sea como fuere el resultado de este conflicto cuyo riesgo hemos intentado exponer con brevedad va hacer que la situación en Catalunya cambie extraordinariamente en los próximos diez años. A la vista de la indefensión de Catalunya ante un conflicto de este tipo, la burguesía catalana debería realizar un gesto de realismo:  reconocer que está ante el mayor de los riesgos. Hablar catalán no basta para integrar a 1.250.000 inmigrantes llegados especialmente de países islámicos. Si alguien lo creyó, no es quizás este el mejor momento para las recriminaciones, pero si la hora de las rectificaciones.

La burguesía catalana ha perdido la memoria de su historia reciente y es incapaz de extraer conclusiones y anticiparse a los conflictos como hicieron sus abuelos, quienes construyeron verdaderamente Catalunya. Ensimismados en sus ensoñaciones nacionalistas no advierten el riesgo que su exigencia de máximos beneficios, salarios bajos y “monocultivos industriales” (construcción, hostelería y turismo, los mismos que en Andalucía...) han generado. Y eso, Catalunya lo pagará.

El pueblo de Otger Khatalon y de los nueva barones de la fama, la saga del buen Rey Jaime, de los almogávares y de los defensores de los baluartes de la Ciudad Condal en 1714, los que respondieron a la Convención francesa invadiendo el Rosellón y la Cerdaña, los que respondieron masiva y popularmente en la “guerra del francés”, en el Bruc y en Girona, los que marcharon a Maracaibo y La Habana, los que modelaron el Eixample y sembraron  la cuenca del Llobregat de Colonias Textiles, son hoy un recuerdo, apalancado en inversiones bursátiles, en finanzas volátiles, o controlando desde sus mansiones a sus inmobiliarias y a sus cadenas hoteleras…

Hasta ahora en Catalunya se decía que los abuelos forjaban las fortunas, los padres las acrecentaban y los hijos las dilapidaban. En cierto sentido así ha sido: hoy son pocos los nombres en otro tiempo ilustres del empresariado catalán los que tienen vástagos en activo. La mayoría o vive de rentas o se dedica simplemente a la tarea especulativa. Pero es la primera vez en el que la ceguera de la burguesía catalana y de su clase política está a punto de liquidar definitivamente a la tierra catalana.

© Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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