No éramos más de 25, rebañando las agendas. Dentro del FNJ se habrían quedado otros 25. ¿Y el resto? Evaporados como en una fórmula química en la que el ácido acético cae sobre una masa de bicarbonato sódico, genera una efervescencia puntual que emite gas dióxido de carbono… y tras unos instante de turbulencia, todo queda convertido en una balsa de aceite, en la que los elementos iniciales han perdido su capacidad de operar otros cambios químicos y buena parte de ellos o se ha evaporado en forma de CO2 o bien se ha transformado en agua sucia. Eso fue lo que quedó del FNJ tras la crisis: nada. La mayoría vaporizado y el resto convertido en corriente de agua en dirección a sus domicilios particulares de donde casi ninguno volvería. Sólo unos 25 nos fuimos (o nos echaron, que siempre sobre estos extremos existen las más serias dudas) y otros 25 se quedaron. A partir de aquí las rutas se diversificarían. Quizás una docena (pero no mucho más de una docena) de los que se quedaron terminaron yéndose unas pocas semanas después y, finalmente, logramos estabilizar algo que, por definicón, no era estabilizable. Se trató de la formación de transición, efímera e informal, tras la que nos atrincheramos antes de ingresar en el Frente de la Juventud y que atendía al nombre de “Patriotas Autónomos”. Así que precedimos en unos cinco años a cualquier otro en el uso de la “autonomía” para definir que íbamos a hacer lo que nos salía de los cojones. Sí, por que, a partir de ese momento y en los próximos años, el cojonímetro pasaba a ser la medida de toda la “eficacia”.

Seguramente fuimos a parar a esta actitud bronca y desmadrada por rechazo a lo que habíamos visto en los dos años anteriores: un partidito formalito y redondito, pequeñito él, que hacía cosas que jamás dieron que hablar o muy poco. Cuando se producen situaciones larvarias de tensión interior en un partido ultra, finalmente, los que lo abandonan, sienten una sensación de liberación y como si tuvieran ganas de recuperar el tiempo perdido, se dedican a un desenfreno activista que ningún dique es capaz de contener. Las nociones de estrategia, de objetivos políticos, la formación de una clase política dirigente, los criterios organizativos, todo eso, parece saltar por los aires y uno lo único que se dedica es a agotarse en un activismo frenético y sin más sentido que el desahogo y el éxtasis adrenalínico. Afortunadamente aquel período fue breve, porque de haberse prolongado todos hubiéramos terminado descalabrados.

Los “Patriotas Autónomos”, íbamos de radicales entre los radicales, de duros entre los marmóreos y más activos que un turbodiesel intercooler con doble inyección, o así. Ninguno de nosotros estaba con una economía como para echar cohetes, así que tendíamos al activismo de baratillo. Llenar ocho o diez cócteles molotov en aquellos tiempos de petróleo barato era una posibilidad a considerar. Así que los llenamos y preparamos para arrojarlos en la sede de un partido que se nos antojaba como de los más payasos de la ultrafizquierda: el PCE(m-l). Tenían su sede en la calle de Aragón, frente al Colegio Reyes Católicos. Yo vivía en la época a 100 metros de allí y todos mis hijos fueron al colegio público situado justo en frente (hasta que dejé de creer en la enseñanza estatal a la vista de los destrozos ocasionados optando por meter a las criaturas en las Esclavas  (acaso puteadas) del Sagrado Corazón.) El PCE(m-l) [véase una historia de esta formación en estas mismas páginas de Infokrisis, porque no tiene desperdicio] tenía su sede en un primer piso con balcón que iba a dar a la calle de Aragón. Aquello noche tenían la luz encendida a altas horas de la noche. Tanto peor para "el comité central". Les arrojamos una decena de cócteles molotov tamaño utilitario, alguno de los cuales no alcanzó su objetivo rebotó contra la fechada estallando en la calzada. Yo mismo sentí el calor de la llama, como si una estufa te relamiera la cara. El mío entró y dejó la huella del hollín en la fachada. Creo que algún medio se hizo eco del atentado (que el PCE(m-l) aireó como una forma de salir del anonimato en el que se encontraba desde que el FRAP se hubiera extinguido entre detenciones, fusilamientos y aromas de actividad frenética de servicios en su interior).

Así nos estrenamos los “Patriotas Autónomos”. La adrenalina liberada en aquellos segundos valía por toda la modorra de los años del FNJ. En aquel momento no nos estábamos dando cuenta pero habíamos cambiado de “estrategia”. Si en el FNJ de lo que se trataba era de “crear cuadros” y hacernos la ilusión de que con unos documentos aparentemente serios y con cursos de formación, nuestros cuadros estarían mejor capacitados que los de otros grupos ultras, ahora se había emprendido un camino diferente. Verán. El formalismo del FNJ sirvió para poco: cuando los cuadros estaban formados… se iban a su casa, pillaban novia, acababan los estudios, se iban a la mili o desaparecían sin dejar señas. Así que ¿para qué formar cuadros? Si, en el fondo, la inmensa mayoría de activistas ultras solamente iban a permanecer en activo año o año y medio, dos como máximo, lo esencial –y en esto radicaba la “nueva estrategia”- consistía en aplicar la teoría del limón: exprimir al militante para que entregara todo su potencial activista durante los meses que permanecería en activo y luego, cuando se fuera a casa, ya habría sido sustituido por otros que le sustituirían en ardor guerrero, amor patrio y corazón henchido.

No es que en aquel momento fuéramos completamente conscientes ni hubiéramos enunciado expresamente esta teoría organizativo… pero así era. Como rechazo a la etapa anterior del FNJ, a partir de ahora, iba a haber, durante un año y medio poca reflexión y mucha aplicación del cojonímetro. Lo que en mi version finolisis calificaría como hybris activista, la desmesura y el despiporre de la acción.

La acción siguiente fue simbólica para éste que suscribe y al que algún mendrugo trata de “prosionista”. Estaba una mañana en la universidad repasando un libro sobre la historia de Barcelona cuando leí que en un edifició del Call, existía una inscripción judía del siglo XII y que venían judíos norteamericanos de viaje para rendirle una especie de culto fetichista. Inmediatamente lo vi como “objetivo militar”. Y allí estábamos esa misma noche unos cuantos “Patriotas Autónomos” con un saco de portland, una gaveta de peón albañil y demás instrumentos del oficio plantados ante la lápida judía con la sana intención de dejarla plana a ver si los “yanqui-sionistas”, como les decíamos en la época, se llevaban un buen chasco.

Como siempre, hubo problemas. La falta de fuentes públicas en la Barcelona del Call era endémica. Creo recordar que tuvimos que comprar un litro de agua mineral  con gas (la única que tenían a la venta) para hacer la mezcla. Para colmo, luego, no se adhería a la piedra. Estudiantes, recién licenciados y funcionarios, ninguno de nosotros de nosotros tenía la experiencia de probo proletario así que tuvimos que aprender sobre la marcha. Al final, efectivamente, caímos en la cuenta de que echando algo de agua sobre la piedra, el portland se adheriría mejor. Nos fuimos dejando casi la piedra pulida e irreconocible, con la sensación de haber hecho otra gran machada. El cojonímetro seguía su curso.

Realmente, aquella acción de entre todas las de los “Patriotas Autónomos” fue quizás la más miserable, la más intemperante y que definía mejor nuestro estado de confusión activista. Años después, en mi libro Guía de la Barcelona Mágica, me tocó escribir sobre las leyendas del Call, el kahal, el barrio judío de mi ciudad y lamenté profundamente ser autor “intelectual” de aquel destrozo. No sé como diablos se me ocurrió pensar en atentar contra una de las piedras más antiguas  y evocadoras de mi ciudad.  Yo no tengo la coartada que suelen tener los asesinos en Brasil cuando dicen aquello de que "que no fui yo señor juez, que fue cachaza...", (un licor bastante infame que embruteca tanto como una samba mil veces repetida). En compensación rebañé las leyendas tradicionales del Call barcelonés en una de los capítulos de mi libro que creo más completos. Cuando lo pienso ni creo que fuera una acción “antisionista”, ni mucho menos que tuviera algún contenido político. Fue una gamberrada pura y simple, como la de aquellos chicos que arrancan una señal de tráfico y se la llevan a casa, o como aquellos otros que con un spray dejan su firma en el lugar más visible e inoportuno: nuestra firma, la de los “Patriotas Autónomos” era gris como el portland y plana como nuestro proyecto político. Y aún hubo más acciones.

Fuerza Nueva, en aquella época, en Barcelona estaba relativamente bien dirigida por un antiguo miembro de la LCR que vió la verdad y la luz del patriotismo nacional-católico y consiguió dar algo de cuerpo al piñarismo lugareño. No recuerdo con qué excusa, Fuerza  Nueva convocó una manifestación. Era importante porque sería la primera (y creo que la única vez) que este partido saldría a la calle en aquella ciudad. No dudábamos que habría mucha gente y era un buen momento para dar “el campanazo”. Por aquellas fechas habían ocurrido ya los asesinatos de ETA sobre dos personas que no tenían nada que ver con la ultraderecha pero que habían sido “delatados” por un ex policía nacional que realizó sus confidencias al periodista de Interviu Xavier Vinader. No albergábamos la menor duda de que Vinader había publicado esas informaciones sin comprobarlas e, incluso, a sabiendas de que eran falsas, con tal de alimentar el antifascismo de la época. Era, más o menos así. Años después, cuando por casualidades de la vida conocí a Vinader, hablamos en varias ocasiones sobre este tema que para él también tuvo algún perjuicio. Me pareció entender que Vinader realizó un hábil dribling explicándome que a él simplemente, su director, le ordenó que entrevistara al tipo aquel y él se limitó a grabar la entrevista, recoger lo esencial y presentársela al director, explicándole que todo aquello no tenía mucha verosimilitud. Pero, en aquel tiempo todo estaba permitido, aun cuando costara la vida a la gente: “Si han sido asesinados por ETA, algo habrán hecho”. Y este era el asunto: que no habían hecho nada, porque  por no ser ni siquiera eran simpatizantes ultras, sino simplemente personas que se habían cruzado en la vida de un policía armado alucinado  y desaprensivo que, a falta de dinero, había vendido información averiada a Interviu. Así que realizamos un monigote como remedo del pobre Vinader, lo paseamos en medio de la manifestación en lo alto de una horca y al llegar al recientemente desmantelado monumento a José Antonio, encima del mismo, lo quemamos entre los aplausos y el alborozo de los 14.000 manifestantes (por fueron 14.000 en un tiempo en el que el 11 de septiembre ya había dejado de movilizar masas y nadie era capaz en la Ciudad Condal de poner en la calle a este número de personas).

El patriotismo en la época estaba a flor de piel en Barcelona. Al pasar frente a unos puticlubs, las chicas salieron a vitorearnos y los “Patriotas Autónomos” les invitamos a que se sumaran, no sin cierta hostilidad de algunos santos varanes y el entusiasmo morboso de otros. Dos años después, un camarada, habitual de puticlubs y discotecas de alto voltaje erótico, consiguió que dos docenas de travestís firmaran el llamamiento para la constitución de Juntas Españolas. Decididamente, la vida golfa y el patriotismo siempre han tenido nexos comunes mal que les pese a los exponentes del más puro nacional-catolicismo.

En aquella ocasión, pude ver como la policía se movilizaba para identificarnos. En la confusión no pudieron detener –ni, por lo demás, se atrevieron a hacerlo- a los camaradas que habían quemado a Vinader en efigie. Pero era una mala señal: en pocos días empezábamos a tener fama de desmadrados, de ser capaces de cualquier barbaridad para hacer competir en el cojonímetro. No pasaron dos días sin que un nuevo episodio volviera a precipitar baldes de adrenalina sobre nuestro riego sanguíneo.

Esta vez fue en las Ramblas. Había una manifestación antifascista. Desde los incidentes de dos años antes en el “Jueves Negro”, despreciábamos al antifascismo que solamente se atrevía a agredir a elementos aislados, tirar unas piedras furtivas sobre una fachada y salir cortando al grito desvahído de “fascistas asesinos” que, por algún  motivo solamente enarbolaban cuando tenían la seguridad de que el "fascista" de enfrente es cualquier cosa menos un asesino. No creo que a Al Capone  se lo hubieran gritado estos "héroes del antifascismo".  Afirmábamos gustosos que a los “antifascistas” solamente les habíamos visto el culo, por que siempre corrían delante nuestro. De entre toda la izquierda, los que entre nosotros tenían más fama de cobardones y gallináceos eran los independentistas catalanes. Pero a diferencia de los antifascistas a los que les podíamos oler el culo (iban camino de mutar de "antifascistas" a simplemente "guarros"),  los independentistas corrían bastante más incluso en proporciones de 10 a 1. De hecho, de toda la izquierda solamente respetábamos al Movimiento Comunista de España, que nos hacía frente. En la plaza de Catalunya tuvimos tiempo atrás un enfrentamiento fortuito con ellos y al acabar la ensalada de hostias por aquí y por allí, dispersos en el suelo quedaron gafas de todo tipo, fragmentos de gafas y, fue curioso, porque las mías despacieron por completo. Y eso cuando se tienen seis dioptrías es un problema.
 
A todo esto, habíamos aprendido a hacer bombas de humo rudimentarias. Como siempre en estos casos, la movilización fue precedida por la compra de una caja de latas de cerveza que conveniente engullidas, fueron convertidas en fumígenas. Los incidentes empezaron pronto. Uno de los nuestros lanzó una bomba de humo sobre el grueso de los antifascistas, pero, por algún motivo, estalló en el aire y no precisamente dando humo, sino con una explosión como de traca verbenera, a lo que se unió un lanzamiento de esquirlas incendiadas en todas direcciones. Los antifas –y los transeúntes, que casi había mas- se arrojaron al suelo, se pisotearon unos a otros y seguramente alguno que vivió el “Jueves Negro” debió pensar que las Ramblas empezaban a ser un mal escenario para el ejercicio de su profesión de fe. Lo sorprendente fue que ni hubo heridos ni detenidos no tanto por nuestra actitud como por la avalancha humana que se formó.
 
Estas cosas nos satisfacían, pero, como todo, a fuerza de descargar más y más adrenalina, llegó un momento en el que era necesario decir: “¿Qué tal si paramos un poco?”. Total, ya habíamos demostrado que, a pesar de los años del FNJ que discurrieron como una balsa de aceite, éramos capaces de dar y de dar duro.. Estábamos en forma, como nunca. Eso era vida. Eso era propinarnos chute tras chute de adrenalina. Estoy seguro de que en aquella época algunos se sintieron vivos como nunca volverían a sentirse. El riesgo era que nos ocurriera como dos años y medio antes ya le había ocurrido a Bosh y a sus alegres muchachos del JEP: que la policía les había dado cancha y en el momento en que precisaron unos culpables perfectos les encolomaron ominosamente el Caso Papus en el que -no está de más repetirlo- fueron completamente ajenos.

Entre tanto activismo casi se nos había olvidado que uno de los puntos de fricción con Graells, sólo un mes antes, había sido la relación con los del Frente de la Juventud en Madrid y allí estaban todavía esperándonos. En algún momento teníamos que ir a establecer el primer contacto que, a la postre, debería convertirse en un amor a primera vista. Ellos, dita sea, también funcionaban cojonímetro en mano. Esas cosas unen mucho. El comandante Borghese nos decía aquello de que "sólo la acción une". Especialmente cuando la adrenalina tiraba de nosotros como una yunta de bueyes en aquel inicio de la primavera de 1979, cuarto de la transición.

En una Ducatti 500 bicilíndrica, lo más sofisticado en concepto de motocicletas de turismo en la época, que alcanzaba con un simple golpe de gas los 160 por hora, otro camarada y yo fuimos primero a Valencia y luego a Madrid, creo que sin casco o con el casco bajo el brazo. Para matarnos. El paquete diez minutos antes de llegar a Madrid se derrumbó: la estrechez del sillín de la Ducatti –y no otra cosa- le había reventado el culo prácticamente. El periplo valenciano tuvo algo de inolvidable. Acabamos cenando –no me pregunten cómo, pero les aseguro que por mi experiencia en la ultraderecha es relativamente normal comer en palacio y cenar entre el lumpen o vicerversa, hablar con un tipo sofisticado de visión cultural sibarítica y acto seguido saludar a un cafre energémeno con bate de beisbol al hombro- con el que decía ser el “rey de los gitanos” de Valencia (para que luego me achaquen racismo) terminando la velada en un colmao de flamenco con batas de cola estampados a lunares, alcohol y mujeres hermosas. Algunas. En un momento dado, alguien clarificó lo que querían de nosotros: “Vamo a ve: ¿vozotro podei hazé perica ful?”. Cuando nos lo tradujeron a román paladino quedó claro que nos estaban pidiendo si podíamos fabricarles un remedo de cocaína. No era por supuesto la primera vez que oía la palabra cocaína, pero sin duda era la primera vez que alguien me la relacionaba directamente. “¿Y eso de la cocaína de qué va?" Nos lo explicó: que si al probarla en las encías se duermen, que si tiene un sabor amargo, que si acelera el corazón. Estábamos en las sexto o séptimo cubata y  nos atrevíamos a todo, incluso a no medir palabras desenfadas y frívolas: “Chupao: con centramina el corazón te va que te cagas, le metes jengibre y ya tienes el sabor amargo y algo de anestésico dental destilado y la encía te roncará”. El tipo tomó nota de todo, incluso de los comentarios. Poco después él mismo elaboraba un kilo de esta cocaína sintética, de improbable efecto, dejándola como se ve que es ley entre el manguteo, en la nevera. Llegó otra de la banda  no advertido al piso, abrió la nevera y vio un kilo de algo que parecía cocaína y que si lo parecía debía serlo. Así que se pegó un picotazo de aquella mezcla infame. El tipo acabó en la clínica de la Fe a punto de palmar, renovándole varias veces la sangre por que se iba.

Desde entonces supe que la droga mata. O, como mínimo, vuelve gilipollas que es como morir para la normalidad.

Con estos precedentes –y con el culo roto del camarada-paquete- llegamos a Madrid. Media hora después de los abrazos de rigor,  ya nos sentíamos miembros del Frente de la Juventud (que no Frente Nacional de la Juventud) tanto como los más veteranos del lugar. La nueva andadura terminaría mal para todos nosotros. Yo lo pude contar. Mi interlocutor, Juan Ignacio González, en cambio, no.

Con los “Patriotas Autónomos” (cuyo único “documento” fue un panfleto de a octavo en el que explicábamos por qué quemábamos a Vinader en efigie…) se había iniciado un período de agitación histérica en el que nuestro activismo había alcanzado su desmesura, su hybris. No me sorprendió que todo acabara desplomándose sobre nosotros.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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