Es difícil explicar por qué nació el Frente Nacional de la Juventud. Seguramente porque en aquel tiempo existía un exceso de militancia y había siglas para todos. Las elecciones de junio de 1977, en las que alguien tuvo a bien incluirme en la lista de Alianza Nacional del 18 de Julio por Barcelona en el puesto 14 (lo que me daba pocas opciones para iniciar una prometedora carrera política…), dieron poco lustre a Fuerza Nueva y mucho menos a Falange, unidos coyunturalmente por los días que duró la campaña. Los resultados iniciaban una larga serie de desastres electorales que –salvo en 1979- coronó la andadura democrática de la ultraderecha. Sin embargo, en lo que media entre el cierre de las urnas de aquellas primeras elecciones democráticas y el inicio del curso escolar en octubre, algo ocurrió que, bruscamente, sin hacer prácticamente tareas de agitación y propaganda sistemáticas, los locales de todos los partidos de extrema-derecha empezaron a rebosar de afiliados. No fui consciente de lo que estaba ocurriendo sino en los primeros días de septiembre cuando en la barra del Drugstore David en la calle Tuset, pude oír la conversación de un par de gilipollas: “El otro día en Madrid me vinieron unos virguillos de Fuerza Nueva, unas tías que te cagas con sus revistas y su propaganda, mira no me fui con ellas porque me esperaban que si no…”. Era inevitable que chicas jovencitas, con falda tubo negra, medias de malla con costura trasera, zapatos con tacón de aguja, camisa azul y boina roja, destilaran un sex-appel irreprimible. Esa tarde volví al local y vi a las chicas afiliadas al partido con otros ojos: para qué nos vamos a engañar, tenían un indudable atractivo, aunque muchas de ellas parecieran sacadas de un cómic sado-masoquista. Para acentuar el efecto, alguna solía llevar incluso guantes de cuero negro. Era imposible adoptar una estética más fetichista, ante las cuales resulta inexplicable que la dirección del partido no moderara toda aquella olla a presión de pasiones desencadenadas. Hubo en aquel partido una carga sexual increíblemente intensa que, por algún motivo, la cúpula madrileña se negaba a reconocer.

En junio me había casado por lo civil. En aquella época era duro: había que acudir a la parroquia a pedir el “certificado de apostasía”. Es decir, oficialmente, te dabas de baja de la Iglesia Católica. Claro está que mi mujer y yo podríamos haber hecho lo que otros muchos: subir al altar y no volver a él sino para el bautizo del primer hijo, luego unos años después para su comunión y, quién sabe, incluso mucho más adelante, para su boda. Pero esto no iba ni con mi mujer ni conmigo. Ella era nietzscheana y yo, simplemente, agnóstico, así que no existían motivos con suficiente peso como para engañarnos ni engañar a nadie, por mucho que Fuerza Nueva fuera una estrella aparentemente ascendente en la política español.

Pronto aparecieron críticas contra mí. Vinieron, como no podía ser de otra manera, del sector más católico del partido, que, puedo asegurar, que era uno minoría muy minoritaria. Tienen nombres y apellidos pero están muertos, así que no vale la pena recordarlos. Poco a poco se fue gestando un molesto run-run en torno a mí que llegaba a Blas actualizado día a día. En realidad, tenían razón en identificarme como algo diferente a la mayoría de cuadros políticos del partido. Por mi parte, seguía enviando artículos a la revista, redactaba algún comunicado de prensa de tanto en tanto y poco más. No tenía una vida partidaria muy intensa. Pasaba por el local, pero a decir verdad, no había mucha actividad. Entonces ocurrió algo: una bomba estalló en la redacción de la revista El Papus. Murió el conserje del inmueble. Nadie dudó desde el primer momento que el crimen había partido de la ultraderecha. Hubo juicio y condenas, pero, sinceramente, treinta años después, albergo las más serias dudas sobre quien cometió el atentado.

Alguien entregó un paquete al conserje del inmueble que se dirigió a la redacción de la revista, pero antes de llegar le estalló entre las manos. Se llamaba Juan Peñalver Sandóval, murió sin saber por qué. En aquel tiempo, la ultraderecha en Barcelona movilizaría a unos 300 activistas, los suficientes como para que todos nos conociésemos más o menos. Solamente existían dos posibilidades: o bien el crimen lo había cometido el grupo que en otro tiempo actuaba con el nombre de JEP (Juventud Español en Pie) o bien el grupo del que unos años antes teníamos la certidumbre de que usurpaba las siglas PENS para cometer sus atentados. Así pues, se trataba de preguntar y esperar hacia donde se orientaba la investigación policial.

Por mi cuenta hice algunas averiguaciones. En esas fechas ya había ocurrido el atentado a la sala Scala de Barcelona y era posible que “alguien” intentara hacer con la ultraderecha lo que había logrado hacer a la CNT: un atentado de pura provocación que sellaría el aislamiento de los extremismos. Así pues, había que ir descartando grupos. Me entrevisté con Juan Bosch. El JEP ya no existía o estaba dando sus últimas bocanadas: “Oye, ¿habéis sido vosotros los del Papus?”, le pregunté directamente. Conocía a Bosh lo suficiente como para saber que si había sido él contestaría con ironías, insinuaciones y sonrisas burlonas, especialmente aquella frase recurrente que solía utilizar con su acento leridano: “Amb la barra de ferro es poden fer maravellas…”, acompañada de un gesto con las manos como si estuviera manejando esa misma barra. Y se hubiera quedado tan ancho. Lo que me sorprendió fue, precisamente, que me encontré la actitud contraria: alguien que negaba evidenciando perplejidad. Me comentó que unos meses antes Miguel Gómez Benet, el lugarteniente leridano de la Guardia de Franco le había entregado unos cartuchos de dinamita, pero no le había dado los detonantes… con lo cual eran completamente inservibles, además estaban exudados, y servían más como velas que para explosionar. Además los seguía teniendo… luego no los había utilizado. Me comentó que había pedido los detonantes a un conocido ultra barcelonés de la generación anterior… que, por lo demás, siempre había traficado notoriamente informaciones con la policía. Luego en la Jefatura de Policía debían saber que Bosh no tenía detonantes y que, por tanto, no podía haber cometido el crimen.

Gómez Benet era un viejo zorro de la Guardia de Franco. Durante la resistencia armada en Argelia, la OAS francesa contactó con él a través de José Antonio Llorens-Borrás, propietario de Ediciones Acervo, un ex combatiente de la División Azul, abogado y editor, casado con la hermana de Narciso Perales, que oficiaba como introductor de embajadores de la OAS en España. He comentado todas las andanzas españolas de la OAS en nuestro país en un artículo que viene al pelo y que reproduzco a continuación.

Paréntesis sobre la OAS en 1977

Hace falta tener algo más de cincuenta años, ser un apasionado de la historia contemporánea o bien ser un “pied-noir” (un francés nacido en Argelia antes de la independencia) para saber qué fue exactamente la OAS, siglas francesas de la “Organisation de l’Armée Sécrete”. En España, en los últimos treinta años no se ha publicado ninguna obra sobre la OAS, por lo tanto, la obra de Segura Valero, A la Sombra de Franco, es todavía más de agradecer en la medida en que cubre un vacío documental. Ahora bien, alguien preguntará, ¿la OAS no es una organización francesa, nacida de una crisis francesa y cuyos integrantes fueron franceses? ¿Qué tiene que ver la OAS con España? Mucho: de hecho, la OAS nació en Madrid y se disolvió en tierras de España, sus dirigentes encontraron en nuestro país un precario refugio y, luego, muchos “pied noires” terminaron en nuestro país (muchos amigos nuestros todavía permanecen, ya como españoles, en las costas alicantinas, en Baleares o Canarias o han rehecho su vida en Madrid, Barcelona o Navarra. Además, muchos españoles ayudaron activamente y de manera militante a los miembros de la OAS y apoyaron la causa de la Argelia Francesa. Por tanto, la obra de Segura Valero es interesante y atañe a nuestro país.

Entre los méritos de este libro de trescientas páginas, se encuentra el hacer una génesis de cómo se llegó a la crisis de Argelia y desde qué momento España empezó a interesarse por la cuestión. No hay que olvidar que España y Francia tuvieron intereses comunes en Marruecos hasta la independencia de ese país y, posteriormente, se vieron envueltos en las distintas ofensivas que lanzó el reino alhauita contra Ifni español y la zona de Tinduf y Bechar en Argelia, todavía bajo control francés. Pues bien, los dos primeros capítulos de esta obra se dedican a detallar las dimensiones de la aquella crisis.

Hay que decir que Segura Valero restringe al máximo valoraciones personales sobre el régimen franquista y sobre las vicisitudes, utilizando una encomiable objetividad. Recuerda, que fueron más de doscientos los soldados españoles asesinados por las bandas marroquíes del ALN (Armé de Liberation Nacional) en Ifni y describe con detalle las odiosa gestión que le cupo realizar a Mohamed V.

Así mismo, la descripción de cómo se gestó el problema de Argelia es, igualmente, clara y escueta, sin que falte ni sobre una línea. La figura de De Gaulle no sale bien parada. La crisis argelina, desde luego, no fue lo mejor de su gestión, sino, precisamente, allí en donde demostró sus carencias. De Gaulle traicionó a toda una comunidad: los “pied noires” –y no solamente ellos- lo sacaron de su retiro en Colombey les-Deux-Eglises como hombre que prometió mantener a “Argelia Francesa”. Al poco de ser encumbrado en el poder y finiquitar la IV República francesa, De Gaulle TRAICIONO a su país, TRAICIONÓ a sus compañeros de armas y TRAICIONÓ a los “pied-noires”. No solamente, no mantuvo su promesa, sino que aceleró la entrega de Argelia y abandonó a su suerte a los argelinos de origen francés y a los argelinos musulmanes que habían colaborado con Francia (los “harkis”). El hecho de que en otros terrenos, De Gaulle actuara con una encomiable lucidez –especialmente en no limitarse a ser un comparsa de los EEUU en la OTAN- no implica que durante la crisis de Argelia, se comportó como el mayor de los traidores que haya dado Francia en el siglo XX. La obra de Segura Valero, no carga las tintas en relación a De Gaulle, pero da datos suficientes como para que el lector se haga una idea del fuste del personaje.

Finalmente, esta obra reconstruye –que nosotros sepamos, por primera vez- la andanza española de los dirigentes de la OAS. Las informaciones son de primera mano y el autor no se ha limitado a una habitual recopilación de datos ya publicados en otras obras editadas en Francia. Y, en esto reside su principal atractivo y, también, su principal limitación. Por que se trata de una historia incompleta de la OAS. Los episodios narrados lo son a grandes rasgos. Pero faltan algunos elementos centrales que hubieran contribuido a completar más el relato. Veamos, lo que, por nuestra parte, podemos añadir al texto de Segura Valero.

En las obras sobre la OAS editadas en Francia se ignoraba la figura de Narciso Perales. Cuando el General Raoul Salan llega a España, después del episodio de las barricadas en Argelia (el primer gesto de la insurrección de la comunidad “pied noire”), lleva varias direcciones de posibles contactos. Se las han dado amigos suyos y de los grupos civiles que apoyaron la insurrección. Quizás algún día en los archivos de las Falanges Exteriores o de la Delegación Exterior del Frente de Juventudes (si es que existen en algún oscuro almacén) den cuenta de las relaciones que ambas organizaciones tuvieron con la organización de los hermanos Sidos, “Jeune Nation”, que habitualmente suele ser calificado como el primer grupo neofascista –era más bien “nacionalista”- francés de cierta importancia en la postguerra. Esos contactos existieron.
De hecho, desde los años 50, se celebraban en España “universidades de verano” y encuentros organizados por la Delegación Exterior del Frente de Juventudes, a las que asistían como invitados delegaciones de organizaciones afines de otros países: desde las Falanges Libanesas hasta la Falange Boliviana, pasando por los jóvenes del Movimiento Social Italiano o por… los estudiantes nacionalistas franceses de Jeune Nation. Es seguro que algunos amigos de Salan, sin duda, miembros de Jeune Nation, le habían pasado las direcciones con las que entró en nuestro país. De todas ellas solo una le interesó: la de Narciso Perales.

Las conversaciones entre Salan y Perales fueron francas y profundas. Ambos sintonizaron y Salan vio en Perales a un indómito predicador del ideal falangista, es decir, de las ideas que a él, le faltaban. Más tarde, cuando se incorporó Lagaillarde –el dirigente más atractivo de la insurrección “pied noire” y de las barricadas de Argel, un verdadero hombre de acción, diputado de la Asamblea Nacional, paracaidista heroico, Perales se entendió bien con él y mucho más cuando empezaron a afluir –perdida ya la esperanza de mantener el vínculo entre Francia y Argelia- los dirigentes de la OAS católicos y políticamente antidemócratas, como Dufour, el doctor Lefevbre y Château-Jobert.

Una de las carencias del libro de Segura Valero es, precisamente, que no repara en uno de los temas que, desde el punto de vista periodístico sería más prometedor –el tráfico de armas para la OAS realizado a través de España-; por que ese tráfico efectivamente existió.

Al parecer, la OAS había logrado sacar de Argelia ciertas cantidades de armas y explosivos y su problema era cómo dirigirlos a la metrópoli. Allí, existían comandos suficientemente dispuestos para la acción –la OAS-Metropolitaine- pero carecían de armamento suficiente y, especialmente, de explosivo plástico.

Algunos “pied noires” disponían de pequeñas embarcaciones de recreo con calado suficiente como para cruzar el estrecho y situar las armas en los puertos de Málaga o Alicante. Pero más allá de Alicante, estos barcos no estaban en condiciones de llegar a los puertos franceses del Mediterráneo que, por lo demás, estaban bien vigilados. Así pues, se estableció una “ruta segura” que llegaba de los puertos del Sur de España a la frontera pirenaica. El problema era cómo pasar las armas. Hacía falta gente que conociera bien la zona fronteriza y, además, que fuera de “confianza”, sin fisuras, y con cierta identificación con la causa de la Argelia Francesa.

En Lérida existía un cuadro falangista de mediana edad, en aquel momento jefe de la Falange de Sió, y que luego llegaría a ser Lugarteniente de la Guardia de Franco de la provincia de Lérida en los últimos años del franquismo y primeros de la democracia, Miguel Gómez Benet.

Gómez-Benet conocía perfectamente los caminos de montaña y los pasos fronterizos no vigilados por la Guardia Civil. Por lo demás, él mismo era suficientemente conocido por los mandos de la Guardia Civil del norte de la provincia de Lérida, así que habían pocas posibilidades de que esos cargamentos de armas fueran interceptados, al menos, en la parte española.

En dos ocasiones, Gómez-Benet, logró establecer contacto con el militante del partido de Pierre Poujade, encargado de recibir las armas en Francia. Como se sabe la Unión de los Comerciantes y de los Artesanos (UDCA), el partido poujadista, tenia una sección autónoma en Argelia, diriga por Pierre Ortiz, junto con Lagaillarde, alma de la insurrección de las “barricadas”. Desde el principio, la mayor parte de la UDCA tomó partido por los combatientes de la Argelia Francesa y, a pesar de su fundador, el partido pasó a ser una estructura aprovechada por los activistas de la OAS. Pues bien, Gómez Benet, en dos ocasiones consiguió establecer el contacto con el militante pujadista –cuyo nombre preferimos no citar- y las armas y los explosivos consiguieron ir a parar a manos de los activistas de la OAS.

En la tercera ocasión, las cosas se complicaron, Gómez-Benet recibió las armas en cuestión, pero cuando acudió a la cita, el militante poujadista no se presentó; acababa de ser detenido y pasaría cuatro años en prisión. Este episodio coincidió con el derrumbe general de la OAS. Así que Gómez-Benet, sin comerlo ni beberlo, se encontró poseedor de un pequeño depósito de armas (pistolas y revólveres de ordenanza en el Ejército francés de la época, subfusiles MAT-42 y cierta cantidad de explosivos.
De 1962 a 1976, estas armas permanecieron escondidas y no se utilizaron. También es cierto, que nadie las reclamó. En el verano de 1976, cuando Gómez-Benet ya era Lugarteniente de la Guardia de Franco, organizó, en colaboración con algunos italianos exiliados en España, un campamento paramilitar en Castell del Remei, del que la prensa dio cuenta en su momento. Sin embargo, la investigación periodística no fue capaz ni de establecer el tipo de armas que se habían utilizado, ni, mucho menos, su procedencia.

Si no recordamos mal, Gómez-Benet falleció a finales de los años 80 y los restos de ese arsenal  (seguramente ya deteriorados e inservibles) seguirán escondidos en donde estuvieron por espacio de 14 años. Por cierto, hay que recordar que Gómez-Benet fue el único lugarteniente provincial de la Guardia de Franco que se negó a la colaboración requerida por su superior jerárquico, Adolfo Suárez González, para ayudar a la creación de UCD. “Vamos a hacer lo mismo, pero con otra sigla”, fue lo que Suárez dijo en la reunión con los lugarteniente provinciales pocas semanas antes de la convocatoria de las primeras elecciones democráticas en junio de 1977.

No creemos que Perales conociera a Gómez-Benet. A principios de los años 60, Narciso Perales era un exgobernador civil, falangista de toda la vida, católico, que no rehuía el contacto con los militantes falangistas disidentes del Movimiento franquista. Por su parte, Gómez-Benet era un oscuro militantes falangista de la provincia de Lérida sin muchos contactos en Madrid o Barcelona. Así pues, subsiste la duda, sobre cómo pudo Gómez-Benet contactar con Perales y como actuó de “transportista” de material perteneciente a la OAS.

Pero las cosas se comprenden mucho mejor si tenemos en cuenta que en 1962, la Editorial Acerco, radicada en la calle Papua de Barcelona, había publicado la obra “El Occidente en Peligro”, firmada por el doctor Lefevbre. La obra es un típico alegato anticomunista escrito desde las posiciones católicas tradicionalistas que el doctor homeópata había sostenido siempre. Quizás lo más interesante es la reproducción de un “Manifiesto Corporativo” de René de la Tour Du Pin como anexo y algunas notas sobre la “Guerra Revolucionaria”.

Un año después, esta misma editorial Acervo inició la publicación de una revista quincenal, titulada “Juanpérez” de la que aparecieron unos 150 números durante cuatro años. Pues bien, en el número 1, un redactor, entrevistaba al coronel Château-Jobert, como hemos dicho, último jefe de la OAS-Metro. Así mismo, esta editorial publicó la obra “El proceso al general Salán”.

Hay que añadir que la editorial Acervo era propiedad de un excombatiente de la División Azul, José Antonio Llorens-Borrás, autor, por otra parte, de un libro sobre el proceso de Nuremberg, examinado desde el punto de vista jurídico (era abogado). Pues bien, Llorens-Borrás, estaba casado con la hermana de Narciso Perales.

Así puede entenderse que, en esa época, su editorial se convirtiera en difusora de textos sobre el drama argelino y que en “Juanpérez” se publicaran distintos artículos (especialmente durante su primer año de vida) sobre la diáspora de los “pied noires”.

El libro de Segura Valero termina con cierta brusquedad cuando un funcionario francés gaullista viene a España a proponer la “reconciliación” con los miembros de la OAS y a pactar el desarme de la organización. Hubo más. Ciertamente, la historia oficial de la OAS termina con esta “operación reconciliación”, pero entonces quedaba lo más apasionante: la historia de los militantes perdidos de la OAS surgidos de la diáspora de los “pied noires”.

Personalmente hemos conocido a decenas de exOAS en las circunstancias mas diversas. No es el caso relatar estas experiencias personales, pero si recordar que, entre los “plastiqueurs” de la OAS que terminaron residiendo en España, no todos se acomodaron –como Lagaillarde- a los negocios y a recordar en las barras de bar y en las cenas entre camaradas, los que sin duda constituyeron los años en los que “vivieron peligrosamente”.

Casualmente, conocimos en Madrid a Jean Pierre Cherid. Se me ocurrió preguntarle si había vuelto a Francia después de lo de Argelia; la respuesta me llamó la atención: “No, para mi Francia es como una mujer a la que se ha querido mucho, pero te ha traicionado, entonces se le da la patada y nunca más se la vuelve a ver”. Sin embargo, Cherid volvió a Francia, o al menos, al País Vasco Francés, años después. Eran los tiempos del GAL. Cherid, en ese momento, era la punta de lanza del GAL. Al parecer, Cherid creía haber localizado el piso en el que se reunía la ejecutiva de ETA y estudió las posibilidades de eliminarla de un solo golpe. Algo salió mal y Cherid, al colocar la batería de la bomba para activarla, saltó por los aires.

No fue el único miembro de la OAS que colaboró con el GAL. Hay otros nombres para esta historia sin gloria y sin sentido.

A Portugal fue también a parar otro grupo de franceses ex miembros de la OAS, irreductibles y dispuestos a afrontar nuevas aventuras en el campo anticomunista. Ralf Guerin-Serac y otros dieron vida a “Aginter Press”, una agencia de prensa anticomunista, radicada en Lisboa, que, en el fondo, era la cobertura para operaciones anticomunistas en todo el mundo. “Aginter Press” contaba con el apoyo de las autoridades portuguesas, hasta el 23 de abril de 1973 cuando se produjo el “Golpe de los Coroneles”. Una de las operaciones más brillantes de la agencia había consistido en fundar en Suiza el Partido Comunista de los Trabajadores y su órgno de prensa “L’Etincelle”. Al mismo tiempo, Guerin-Serac había realizado su “autocrítica” en la embajada de la República Popular China en Bruselas (desde allí, los chinos contactaban con los partidos maoístas que se habían formado en Europa Occidental… la mayoría patrocinados por la CIA) renunciando a su “pasado pequeño burgués”. “L’Etincelle” tomó contacto con los representantes de los movimientos de liberación del África portuguesa y consiguió visitarlos… poco antes de que las FFAA portuguesas los arrasaran con una precisión asombrosa.

Así mismo, en Portugal publicaba la revista “Decouvertes”, Jacques Ploncard d’Assac, teórico del nacionalismo, próximo a la OAS y del que Ediciones Acervo publicó su obra “Doctrinas del Nacionalismo”.

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Hasta aquí el artículo sobre la OAS que describe el papel de Gómez Benet y explica cómo llegaron hasta él las armas utilizadas en el campo paramilitar de Castell del Remei. Juan Bosch era una especie de hijo político de Gómez Benet.
Tras hablar con Bosch lo descarté como posible autor del atentado contra la revista El Papus. Quedaba el núcleo que unos años antes había cometido atentados en Barcelona contra varias librerías, arrasado la revista Agermanament y asaltado la sede de la Gran Enciclopedia Catalana. Este grupo, no hacía mucho, había lanzado una bomba contra la imprenta del obispado de Barcelona. Descartando a Bosch no había otros en Barcelona capaces de realizar una acción así. El problema era cómo llegar hasta ellos y plantear la pregunta: “¿habéis sido vosotros?”. Conocía, sin embargo, al hijo de uno de ellos, así que lo sondeé. Nada. Sondeo negativo e incluso también, cierta perplejidad. Era posible, claro está, que alguien hubiera mentido o que fuera un actor excepcional.

Un par de provocadores, además de impresentables

Bruscamente, unas semanas después del atentado, dos individuos extraños, que figuraban en el entorno del JEP, resultaron detenidos en la sala de espera de la redacción de El Diario de Barcelona. Se trataba de un tal Ángel Blanco y de un tal Carmona que habían aparecido intentando vender informaciones sobre la preparación de un supuesto atentado de la “Triple A” contra el president de la Generalitat de Catalunya. Vale la pena hacer un aparte en este punto y tocar el papel de cierta prensa durante la transición.

Era del dominio público que Interviu y, no solamente esta publicación, sino también Diario 16 y varias mas, compraban información sobre la extrema-derecha. Pagaban al parecer entre 14 y 20.000 pesetas. Y no faltaban informadores que, a falta de buen material con el que traficar, vendían cuatro tonterías más o menos inventadas. Xavier Vinader era uno de los que recibían y canalizaban este material en Interviu y Gregorio Morán hizo otro tanto en Diario 16. Finalmente, esta bromas terminaron pasando factura a Vinader que se vio implicado en un lamentable asunto bien entrada la transición. Un policía nacional apareció por la redacción de Interviu vendiendo material sobre la extrema-derecha en Euzkadi. Era diferente vender chorradas en Villarriba, Vallecas o el Eixample, a aportar datos ficticios sobre la extrema-derecha vasca. Allí estaba ETA en su mejor momento. Las informaciones en cuestión eran increíbles para los que teníamos algún conocimiento de la ultra vasca. El policía nacional –que unos años antes había sido tiroteado por puro azar por ETA cuando al robarla el coche vieron que era policía- improvisó toda la información de principio a fin, sin ni un solo dato real. Vinader hizo la entrevista e Interviu lo publicó. Poco después ETA asesinaba a dos de los citados en el artículo que ¡nunca habían tenido relación con la ultra! A partir de este episodio y a la vista de que la fiscalía actuó enviando a la mazmorra fría al policía nacional (que en ese momento ya era ex) y al autoexilio a Vinader, este tipo de artículos se limitaron progresivamente a uno cada 20-N con singular precisión, pero en el período 1976-79 eran el pan de cada día. Ángel Blanco y el tal Isidro Carmona eran habituales de este tipo de tráfico de chorradas; tenían a los periodistas como perfectos imbéciles que se creían cualquier dato que les facilitaran por increíble que fuera, y además lo publicaban sin rubor, pagándoles sumas modestas, pero importantes para las economías de estos lumpen de la vida. A fuerza de muñir la vaca de Interviu y de que otros hicieran otro tanto, finalmente debieron “ampliar negocio” frecuentando otras publicaciones. Aquella tarde en El Diario de Barcelona se encontraron con la horma de su zapato.

Era la coyuntura que esperaba la policía. En la misma tarde me llegó la noticia y casualmente vi a Bosch en el local de CEDADE: “Te están buscando, casi mejor que te abras en forma de paraguas”. Y se “abrió”. Abandonó Barcelona y se dirigió al hogar familiar en Lleida. Allí lo detuvo la policía al día siguiente escondido en un doble techo. Con él detuvieron a Gómez Benet, a un jardinero exaltado, Rico Cros, acusados de haber bajado la dinamita que se ocupó a Bosh hasta Barcelona. Esa dinamita fue ocupada por la policía –dato importante- y jamás fue utilizada. Luego resultó detenida gente del entorno de Royuela que tenía más o menos relación con lo que había sido el JEP. Al día siguiente la prensa publicó las fotos en portada de todos los detenidos al margen de que algunos de ellos serían inmediatamente puestos en libertad. Todos fueron presentados como culpables y es cierto que alguno firmó declaraciones en las que afirmaba que había visto a uno o a otro preparando el explosivo… pero la juventud de quienes realizaron estas confesiones, la presión a la que fueron sometidos en la jefatura de policía, para la que no estaban mentalmente acondicionados, hicieron que firmaran eso y mucho más, incluso declaraciones completamente imposibles.

Desde el principio del asunto no tuve la menor duda de que la policía se había equivocado de culpables. O quizás era que se habían limitado a detener a los “culpables perfectos”. Bosch y su grupo en los últimos cuatro meses habían realizado todo tipo de acciones que los definían como “terroristas”: librerías incendiadas (la PPC), artefactos en la Sala Villarroel, reivindicaciones de atentados inverosímiles (la desaparición de Pertur), el tiroteo en el interior del local de juventudes del PSC y así hasta una docena de acciones. Quien ha estado relacionado con todo este tipo de atentados, fácilmente puede ser presentado como autor de la bomba del Papus. De hecho, era por pura casualidad que antes no habían causado ya uno o varios muertos. Pues bien, aún así, sostenía que eran inocentes de este atentado. ¿En qué dato me basaba para tener esa convicción? Simplemente en que los cartuchos de dinamita, inútiles y exudados, sin detonantes, dados por Gómez Benet eran exactamente los mismos que los ocupados por la policía en Barcelona. Por otra parte, creo recordar que el explosivo utilizado en el atentado no fue Goma-2, sino C-4, algo que no estaba al alcance de Bosch ni de ninguno de su entorno.
 
Pero en 1977 no se trataba de que los detenidos fueran los culpables, sino que su culpabilidad fuera creíble para los medios de comunicación. Y lo era. Los detenidos componían un grupo de “culpables perfectos”, aun sin formar ningún grupo organizado. Bosch tenía sus “chavales” en Barcelona, Gómez-Benet no tenía nada que ver con ellos, ni estaba dispuesto a jugársela con ellos (prueba de ellos es que dio cartuchos, pero no detonantes que sí tenía, como forma de “quedar bien” sin comprometerse). Unos cuantos gritos en jefatura y unas cuantas presiones, el consabido juego de policía bueno – policía malo, algún sopapo y amenazas a tutiplé, construyeron línea  a línea unas confesiones que cerraban el asunto: eran los culpables perfectos. Pero no eran ellos, así que juzgué oportuno crear un Comité de Solidaridad Militante en los últimos días que milité en Fuerza Nueva. Ramón Graells se presentó en el juzgado junto con algún otro camarada para asumir la defensa de los detenidos. Diseñé un cartel que por toda leyenda tenía: “Libertad Caso Papus – son inocentes” y que se imprimió en formato A2. Aquel cartel fue el primero concebido con criterios estéticos y publicitarios al uso. Se tiraron 10.000 y se imprimieron igualmente 15.000 adhesivos que reproducían el cartel, en una imprenta de calle Villarroel, no lejos del cubil de Royuela que nos presentó el padre de uno de los detenidos. Se imprimieron algunos panfletos y se enviaron comunicados de prensa que, por supuesto, jamás nadie osó publicar. No nos dábamos cuenta pero era la primera campaña coherente que estaban realizando las “fuerzas nacionales” en toda su historia reciente.
 
El nacimiento del Frente Nacional de la Juventud

Cabalgando con esos días se produjo la crisis en Fuerza Nueva. Después de recibir la carta de Blas en la que si no recuerdo mal me decía que me faltaba la fe necesaria para acometer esta lucha política. Rompí el carné del partido recortándolo en forma de runa de Odín e incluso creo que se lo envié por correo. A decir verdad, experimenté una sensación de liberación. Había estado en el partido lo justo para saber que ese no era mi lugar y que el nacional-catolicismo jamás arraigaría en la sociedad española. Dada por concluida esa aventura. Otros camaradas que habían entrado en el partido conmigo en 1976 o se habían ido o habían sido expulsados, o simplemente, se habían desengañado. Ya he dicho que, como no había mal que por bien no viniera, inhibirme de la lucha política en España me permitiría integrarme en lo que nosotros llamábamos el “frente internacional”.

A pesar de la expulsión seguí unos días visitando la sede del partido. La militancia juvenil deseaba hacer algo a favor de los detenidos por el Caso Papus. Algunos de los que se encontraban en ese momento en Fuerza Joven conocían a Bosch y si bien se habían separado de él hacía meses, no albergaban –no albergábamos- la menor duda sobre su extraneidad al atentado. Cuando a mí expulsan definitivamente de Fuerza Nueva en Barcelona, la situación dentro del partido se hace insostenible y no solamente entre la gente joven. La dirección del partido, mayoritariamente formada por ex combatientes de la División Azul vio como el sector ultracatólico del partido se hacía con el control del mismo. José Ruiz, el presidente regional, y su adjunto José Fernández dimitieron. El grupo de Fuerza Joven estaba dirigido por Ramón Graells quien, en principio no tenía mucho interés en abandonar el partido. Sin embargo, la militancia juvenil, incluso los recién llegados, no estaban dispuestos a subordinarse a una dirección que consideraban políticamente poco atractiva. Graells se creyó obligado a explicarme su postura: “Me quedo para mantener la llama…” que era como decir “igual hago carrera aquí”, sin embargo, dos días después, a la vista de que la totalidad de la base militante juvenil se fue del partido, él se fue con ellos no fuera a ser que perdiera el liderazgo. Fue así como nación el Frente Nacional de la Juventud. Al día siguiente Graells ya tenía pensado el nombre, la explicación al nombre y el distintivo de la nueva organización…

¿Por qué Frente Nacional de la Juventud? Habría que desglosar las tres palabras para ver el inmenso error en el que nos estábamos metiendo. ¿”Frente” por qué? Sencillo por que había gente de procedencia falangista y de lo que se llamaba procedencia “nacional-revolucionaria”, eufemismo para nombrar a los que se creía tenían origen “nazi”. No era así, ni remotamente. De hecho, lo “nacional-revolucionario” era algo completamente diferente (una forma de nacionalismo social, mucho más que de nacional-socialismo, en el cual ni estaba presente  la temática racista). Además, eso suponía olvidar que en las últimas semanas había entrado mucha gente en Fuerza Joven que ni tenía procedencia falangista, ni mucho menos “nazi”. Así que empezaba a haber un problema ideológico de partida. El problema de fondo era que Graells nunca se había preocupado mucho de ideologías: fue sindicalista-revolucionario en el Frente Sindicalista Revolucionario, tuvo algún contacto con Aula Azul, falangistas exaltados de izquierdas moderadita, fue pasó de ahí al nacional-sindicalismo de estricta observancia en los Círculos José Antonio, aterrizó por Fuerza Nueva, luego pasaría al Frente Nacional de la Juventud, luego intentaría volver en 1979 a Fuerza Nueva, pero la militancia se le volvió a oponer, liquidado el FNJ, retornaría a una obediencia falangista en un grupúsculo local, Unidad Falangista, para desaparecer un lustro y emerger de nuevo en Juntas Españolas de las que tras ocupar el liderazgo sería excluido… por el mismo motivo por el que los últimos mohicanos del FNJ le dieron la espalda, exactamente por lo mismo, algo que cierto pudor impide describir. Tras su eyección de Juntas, que a fin de cuentas, era una partido de derecha nacional, el antiguo sindicalista-revolucionario emergió luego como “general” de los Reales Tercios y allí lo tienen ustedes repartiendo despachos y nombramientos a una oficialidad de pastel, con uniformes, entorchados y parafernalia militar que haría las delicias de una revista satírica. Hay que añadir que los llamados Reales Tercios no tienen nada que ver con los Tercios de Requetés carlistas, sino que agrupa a juancarlistas. Si estos son los que van a defender a la monarquía, negro va a ser el futuro de la institución. Entre el antiguo sindicalista-revolucionario y el “general” de guardarropía median 40 años. Todos tenemos derechos a rectificar, el problema es que entre la espiral del FSR y los entorchados, galones, bandas y fajines de los Reales Tercios, me da la sensación de que hay evoluciones que van a peor.

En cuanto a la referencia a la “juventud”, desde el primer momento lo consideré un error. Un partido no puede estar dirigido a un grupo social definido por la edad. ¿Qué haríamos si se intentaran afiliar mayores de 30 años? La respuesta fue retórica: “Es que nuestro mensaje es juvenil y en la vieja falange ya se prohibía a mayores de 40 años que ocuparan puestos de mando…”. Era falso, pero, en fin, es cierto que en las JONS de Ramiro, al menos en sus estatutos había un artículo sobre la necesidad de ser jóvenes para ostentar puestos de mando. Quizás por eso las JONS nunca pasó de ser un grupúsculo juvenil. Al FNJ le pasaría otro tanto 45 años después.
Sobre la palabra central, “nacional”, no me pregunten por qué. En aquella época era frecuente que todos los partidos ultras ostentaran esa coletilla, como si no hacerlo sugiriera cierto “internacionalismo”. Tampoco me gustaba mucho el adjetivo. Siempre me he sentido europeo y, por lo demás, objetivamente, no era algo definitorio: todo lo que está contenido en una nación es, a la postre, “nacional”. Así que era una forma de no decir nada.

En cuanto al símbolo se adoptó la llama del Fronte della Giuventú italiano, los jóvenes del MSI. Y es raro porque esta organización eludía lo de “nacional”. Graells tenía una lejana idea de la existencia de este grupo y había visto en algún folleto editado por ellos, el símbolo de la llama al viento con los colores de la bandera italiana. Su gran hallazgo fue sustituir esos colores por el rojo y gualda carpetovetónicos. “¿Qué te parece?” A mí bien, a decir, verdad, a mí me daba absolutamente lo mismo. En aquel momento, no estaba mucho por la labor política, me dejaba llevar preocupado por que hacía tres meses que me había casado y sin mucha convicción sobre el futuro de aquella organización neonata.

Instalamos la primera sede del FNJ en el local de la Hermandad de Ex combatientes de la División Azul, en la Gran Vía, justo encima de la pastelería Escrivá que cada año destaca por alguna “mona” espectacular. Era un local pequeño y discreto, con alguna que otra griega en las paredes que se ensanchaba peligrosamente. La cocina la habilitamos como bar gestionado por un camarada diestro en patatas bravas y poco más. Era suficiente. Desde allí se empezó la campaña de solidaridad con los detenidos en el Caso Papus y aquella campaña arrastró gente, poco después ya nos habíamos juntado unos 75 y algunas semanas después duplicamos militancia. La organizamos de una manera extremadamente simple. Teniendo en cuenta que la calle Balmes y su prolongación Pelayo-Ramblas cortan Barcelona verticalmente y la Gran Vía hace otro tanto en la horizontal, los cuatro cuadrantes en los que quedaba dividida la ciudad nos daban la posibilidad de crear cuatro secciones. A pesar de ser de una simplicidad apabullante, lo extraño es que, hasta ese momento, ningún grupo ultra había desarrollado un sistema tan “sofisticado” de organización de las bases. Cada “sección” tenía un responsable encargado de la agitación en su zona.
 
Existía la obligación de que dos días a la semana, cada “sección” realizara actividades callejeras. Habitualmente consistían en colocar mesas de propaganda en lugares céntricos. Además se recaudaban fondos que oscilaban entre 3.000 y 7.000 pesetas. Con eso se imprimían más carteles, adhesivos y revistas. Pronto el FNJ lanzó su revista Patria y Libertad, de la que debieron salir unos 17 números en meses sucesivos. Poco después una revista teórica La Antorcha, de la que salió un solo número pero suplido por media docena de Cuadernos de La Antorcha con propósito de formación. Finalmente, apareció el primer número de El Cadenazo, revista satírica, la primera que publicaría la ultraderecha en España. Yo me encargaba de las publicaciones y de la redacción y diseño de los carteles, panfletos y adhesivos, pero no recuerdo a quien exactamente se le ocurrió la idea de la revista de humor. Posiblemente fuera a J.C. Castillón o a Mario Blanco. Éste último tenía cierta habilidad para el dibujo, así que entre los tres lanzamos realizamos los primeros números de la revista que luego, una vez disuelto el FNJ, tuvo un cierto revival. Castillón, eso sí, ideó el lema de la publicación: “No es cierto que seamos inmovilistas, nos encanta la marcha atrás”, lema de evidente polisemia que nos lleva a la vida sexual del FNJ.

Para que nos vamos a engañar. Conciencia política no hubo mucha en el FNJ. Podemos decir que hubo la misma que en cualquier otra organización ultra (salvo quizás en CEDADE donde la vida se tomaba demasiado en serio), esto es, poca o muy poca. Tanto en Fuerza Nueva como en el FNJ el crecimiento máximo se produjo cuando se integró, sin leyes de paridad ni madre que las parió, un número anormalmente crecido de chicas. En el FNJ doy fe de que el 40% de la militancia era femenino. Frecuentemente buen o de muy ver. Esto creaba tensiones lógicas y el que existiera una tensión erótica dentro del FNJ que contribuía a excitar el activismo y a llevarlo en ocasiones a sobreactuaciones. Cada militante varón se creía obligado a asumir más riesgos, realizar más activismo y más frenético que cualquier otro y en competencia con todos los demás, simplemente para cortejar a las hembras. La edad media estaba en torno a los 21 años, así que muchos militantes tenían exceso de testosterona y si buena parte de ellos tenían entre 19 y 20, para muchos, varones y hembras, aquella etapa fue la de su iniciación sexual. Era lógico que así fuera y raro si no hubiera sido así. Ya he dicho que en la ultra, follar se follaba como en cualquier partido libertario. También había gays e incluso individuos con sexualidad mal definida y morbos demasiado complejos para ser descritos sin que el pudor se resintiera. Y también existían trazas de pacatismo heredado de la organización matriz, Fuerza Nueva. Casados éramos dos parejas (los Graells y nosotros), luego se casó una tercera que duró poco y en los años siguientes Graells se separaría. Había algo en su matrimonio que no terminaba de funcionar. Evito los comentarios que su esposa realizaba en público, frecuentemente con él delante, pero a tenor de ellos era evidente que nadie daba un duro por su matrimonio. El problema fue que en el penúltimo período del FNJ esa situación de tensión personal repercutió muy negativamente en la marcha del grupo. Era difícil saber el humor con el que aparecería Graells por la sede. Así que la tensión fue subiendo en aquel microcosmos que debió tener su momento álgido en el año siguiente a abril de 1978. Pero eso sería adelantarnos demasiado en el tiempo.

Un mal giro en el Caso Papus

Un buen día, Graells nos comentó como iba el asunto de los detenidos en el Caso Papus. Era, desde luego, un feo asunto: “Soy partidario –me dijo- de que los detenidos se acojan a la amnistía de 1977. Si intentamos demostrar su inocencia podemos tardar mucho y nunca se sabe cómo puede acabar la cosa”. El caso es que los detenidos ya habían sido condenados por la prensa… pero yo seguía albergando la convicción moral de que ellos no habían sido. Fue buscando y preguntando, nadie sabía nada del atentado, y toda la ultraderecha en bloque lo condenaba o se negaba a hablar de él. Así que no había nada más que realizar una “comparativa”.  Era imposible que se hubiera utilizado C-4 y explosivos sofisticados en un solo atentado. Si esto era así, el Caso Papus hubiera sido una excepción y nadie que tiene un explosivo de esa potencia se contenta con realizar un solo atentado. Y si solamente se había cometido uno, el atentado era todavía más sospechoso. Los atentados que había cometido el entorno del JEP eran simples y primitivos, apenas lanzamientos de cócteles molotov y latas de gasolina vaciadas ante los anaqueles de librerías y teatros. Nunca –y esto era importante-, nunca se había utilizado en Barcelona ningún explosivo activado por detonante. Ni antes ni después de la explosión del Papus, en Barcelona, ningún grupo ultra utilizó jamás detonantes ni C-4. Ni entonces ni ahora entendí por qué la policía había deducido que si el atentado se había cometido en Barcelona debía de haberlo hecho algún ultra catalán. ¿Por qué no buscaban en otras regiones del Estado en las que se habían cometido atentados muchos más coincidentes con el del Papus. En Levante, por ejemplo. Y dejo ahí en el aire la pregunta porque no es ni entonces ni ahora era mi obligación investigar algo que solamente correspondía a la policía pero de lo que no tengo la menor duda de que la policía optó por la vía fácil: Bosch y su grupo eran los “culpables perfectos” y acaso por eso durante los seis meses anteriores les habían dejado campar con toda impunidad, sin interferir en tiroteos, atentados o agresiones, algunas de ellas que estuvieron a punto de causar muertos. Que cada cual piense lo que quiera.
 
Ya se sabe aquello de que “Por la boca muere el pez”. Bosh era de estos. Concedió una entrevista a Interviu ilustrada con fotos en las que se le podía ver fumando un gigantesco puro habano (él que hasta hace poco había sido vegetariano y que nos deleitaba a todos con disertaciones sobre el color de sus heces, de las que supimos que eran, por cierto, blancas). Explicaba malamente su inocencia anudándose un poco más la soga, si ello era posible. Decía textualmente: “Me han culpado a mí del atentado por ser experto en explosivos”. Era como decir, “soy carnicero, pero el tipo ese que se ha encontrado trinchado no he sido yo a pesar de que podría haberlo hecho y a las mil maravillas”. Para rematar la faena, en el juicio “aclaró” un poco más su posición explicando con una seriedad pasmosa: “El atentado lo cometió Luis Prats del CESID”, añadiendo: “Me lo ha dicho Royuela”. El pobre Prats, por cierto, era el alias de un coronel destinado a los archivos militares de Barcelona, antiguo director del SEDEC en Catalunya, de ascendencia carlista al que frecuentemente me cruzaba por Barcelona, él siempre sobre una Ducati 250 procedente de subastas militares y yo con mi petardeante  Sanglas 400. Se podía pensar cualquier cosa sobre el trabajo de Prats, pero no desde luego que fuera un hombre capaz de ordenar un atentado de este tipo. Si había una forma inútil y contraproducente de abordar su defensa, Bosch la eligió sin pestañear. No es raro que cumpliera años de cárcel (los suficientes para acabar la carrera de exactas y luego liarse la manta a la cabeza con la de económicas) por un delito que no cometió. Resumo: el caso Papus, resuelto judicialmente, sigue impune y Juan Peñalver Sandoval no ha sido resarcido por una justicia eficaz.

Y esto nos lleva al asunto central: si no existían pruebas suficientes, sino tan solo circunstanciales y completamente periféricas, para condenar a Juan Bosch, cómo diantres es posible que unos abogados optaran por evitar resaltar esta ausencia de pruebas directas, tirando por el sendero más increíble: intentar que se les aplicara la amnistía de 1977… lo que en la práctica equivalía a reconocer su culpabilidad e intentar un subterfugio que, por supuesto, jamás se aplicaría. Decididamente, hay acusados cuyo principal enemigo es su abogado defensor, hasta el punto de que tanto en el Caso Papus, como entre los acusados del 11-M, vale la pena recordar que las condenas finales tienen su origen en malas asistencias iniciales a los detenidos por parte de sus abogados. No será la última vez que este tema sale en estos apresurados recuerdos.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

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