La Sociedad Comunera: una masonería conspirativa española

Publicado: Viernes, 13 de Febrero de 2009 21:26 por Ernesto Milá en CONSPIRACION

Infokrisis.- En 1821 se crea en Madrid la Sociedad de los Caballeros Comuneros. La comunería tenía formalmente el aspecto de sociedad sacreta paramasónica, creada para conspirar y hacer triunfar los ideales libertarios que en otro tiempo inspiraron la fracasada sublevación de las comunidades castellanas contra Carlos V. Su ritual de ingreso, sus juramentos y ritos, hacen de la comunería reconstruida en 1821 un movimiento similar al carbonarismo italiano que, por lo demás, también logró implantarse en España.

LOS CARBONARIOS : MASONERIA FORESTAL

En 1823 llegó un contingente de exiliados napolitanos expulsados de su país por el fracaso de la revolución liberal. Mayoritariamente se instalaron en Barcelona, pero un tal Pecchio lo hizo en Madrid. Hacia finales de ese año, era medio millar de carbonarios los que estaban subvencionados por el gobierno liberal español de la época. Pecchio no se limitó a permanecer inactivo, quiso levantar en la Mantua Carpetana la misma sociedad secreta a la que pertenecía y fue así como el espíritu conspirativo de la masonería forestal italiana, se extendió de Madrid por toda la piel de toro.

La masonería forestal o carbonarismo se había originado en los bosques del Jura, de ahí que los carbonarios llamaran a sus logias "bosques jurásicos"... Al igual que la masonería nació de la transformación de los gremios de constructores medievales que, poco a poco fueron incorporando a "masones aceptados", así mismo el carbonarismo surgió por evolución de los gremios que agrupaban a las gentes de esta profesión. En 1743 existió un antecedente del carbonarismo, la Orden de los Cortadores que salió a la superficie por obra y gracia del caballero Beauchaine, el cual trasladó a la nobleza parisina los ritos esotéricos e iniciáticos de los leñadores del Borbonesado. En 1780 esta Orden incorporó a sus rituales elementos procedentes de la masonería.

Es difícil decir si esta orden tuvo algo que ver con el resurgimiento de la masonería forestal en Italia a principios del siglo XIX. Lo cierto fue que el carbonarismo partió de Nápoles impulsado por Murat y algunos personajes bien situados en esta corte meridional. Pronto se extendió por todo el Reino de nápoles y posteriormente por el Piamonte. Alejandro Dumas nos dejó en "Los Mohicanos de París" un cuadro más o menos riguroso (y, por lo demás, siniestro del carbonarismo conspirativo). Los carbonarios se llamaban unos a otros "buenos primos" (un autor español del siglo XIX comenta irónicamente: "y les cuadra por que empriman a los que cogen por su cuenta"...). Sus ceremonias tenían lugar frecuentemente en los bosques. Los asistentes se sentaban sobre troncos y los instrumentos del trabajo de leñador ocupaban el lugar equivalente a los instrumentos de construcción en la franc-masonería: el hacha, la sierra, la tea. Las preguntas y respuestas rituales  de sus ceremonias iniciaticas aludían a aspectos de la fabricación de carbón vegetal y de tala de árboles. Véase sino:

        P.- ¿Qué significa el azul?
        R.- El humo del horno
        P.- ¿Qué significa el negro?
        R.- El carbón del hogar
        P.- ¿Qué significa el rojo?
        R.- El fuego del horno?
        P.- Sois aprendiz de carbonero?
        R.- Así lo creo y puedo hacer carbones con el consentimiento de mis maestros.

A medida que la sociedad creció resultó difícil realizar estas ceremonias siempre en los bosques y se establecieron logias estables que recibían el nombre de "ventas". Las ventas corbonarias eran rigurosamente secretas. Políticamente la orientación de la carbonería era liberal y, a medida que fue avanzando en su trayectoria, surgieron brotes de carácter socialista utópico, fundamentalmente en Francia (donde también llegó a arraigar) e Italia (país en donde fue, sin duda, hegemónica).
Los carbonarios madrileños se reunieron en el “Café de Malta”, en el de “San Sebastián”, en la célebre “Fontana de Oro”, en sus salas reservadas, donde bullía todo el Madrid cospirativo. Compartían las mismas tabernas y locales con la comunería que no era sino la versión española del carbonarismo. Idénticos eran sus ideales, sus ritos, aun a pesar de no estar inspirados en antiguas asociaciones gremiales, hundían sus raíces en la historia y, por lo demás, las orientaciones políticas de ambas sectas, eran globalmente similares.

EL NACIMIENTO DE LAS “TORRES COMUNERAS”

La primera asamblea comunera tuvo lugar en septiembre de 1821 y hay que presuponer que sus orígenes databan de como mínimo un par de años antes. Entre sus fundadores se encontraban masones con cargos de importancia en el gobierno (Romero Alpuente, Flores Estrada, Gutierrez Acuña, Megía), liberales exaltados (Riego, Mura, Torrijos, Jauregui, Piquero) y postergados que, por un motivo u otro habían roto con la masonería y coincidían con los anteriores en el interés de constituir una masonería autóctona, desprovista de la superestructura ritual y simbólica excesivamente aparatosa para su gusto, que fuera políticamente más radical en dirección al liberalismo y que segara la ifluencia que las potencias extranjeras ejercían sobre los Grandes Orientes.

Las logias comuneras recibían el nombre de "torres", es imposible saber cuantas existieron en Madrid, pero no cabe duda que entre 1820 y 1823 fueron varias decenas. Realmente nunca se ha podido saber el número total de afiliados de la Sociedad de los Caballeros Comuneros. Según sus propias fuentes alcendía a 40000; algunos de sus enemigos prefirieron inflar estas cifras para convertir a la sociedad secreta en un terrible chivo expiatoria y se tuvo como cierto en estos sectores que 60000 comuneros afilaban sus armas en 1920. Todo esto parece muy exajerado y, por nuestra parte, nos inclinamos a compartir las cifras más mesuradas que ya en su tiempo se dieron: apenas 10.000. De los que entre 1800 y 2000 estarían radicados en Madrid. Las "torres" omuneras agrupaban entre 40 y 80 conspiradores. Piénsese lo desmesurado de estas cifras teniendo en cuenta que en 1845, la población de la Villa era de apenas 200.000 almas: 1 de cada 100 madrileños pertenecían a las "torres" comuneras". Estas se numeraban en función de su antigüedad. En 1822 eran 50, siendo la más antigua la madrileña.

EL SECRETO COMUNERO


Una sociedad así era imposible que fuera muy secreta, por su volumen, pero también por lo apresurado del reclutamiento de sus miembros. Un autor del siglo pasado escribe: "Los coumeros guardaban muy mal sus secretos, a pesar de sus juramentos: así es que se sabe mucho acerca de ellos, al paso que de la franc-masonerñia se sabe poco, y eso poco en su mayor parte revelado por los comuneros (...)  Juraban dar muerte a cualquiera a quien la secta declarase traidor y si no cumplían la promesa, entregaban su cuello al cuchillo, sus restos al fuego y las cenizas al viento [según la fórmula de juramento comunera] (...) y como en la admisión no había tacto ni escogimiento, inundaron los castillos y torres con mozuelos sin hiel, que, infieles al secreto, revelábanlo a sus queridas. En algunos puntos de la Península también fundaron las mujeres sus  torres y adornaron su pecho con la banda morada, distintivo de los llamados émulos de Padilla". Este autor termina: "... jóvenes los más y sin conocimiento del mundo, todo lo veían con el prisma de una mente acalorada".
 
La figura de Padilla, mucho más que las de Bravo y Maldonado, focalizaban el espíritu comunero. Se tiene como cierto que por Madrid circularon en aquel tiempo, unos huesos y una rodela que estaban reputados de haber pertenecido a Padilla. En la capital de España, los juramentos comuneros se realizaban revistiendo al recipiendario con el escudo del caudillo vencido en Villalar de los Caballeros. En un momento dado los asistentes desenvainaban sus espadas apoyándolo contra el escudo y haciedo pronunciar al candidato la fórmula de juramento.
 
COMUNEROS, CARBONARIOS Y MASONES, UNA DIFICIL ENTENTE

Algunos de estos comuneros compartían militancia en la franc-masonería, sobre todo algunos de sus elementos más jóvenes y de los grados más bajos de ésta. La comunería no tuvo, ni remotamente, el carácter elitista de la franc-masonería. Mientras que para acceder a esta se precisaba incluso un cierto potencial económico, (las iniciaciones, la cuota mensual, los derechos de tránsito de un rito a otro o de una logia a otra, los mandiles y joyas, ya costaban entoces buenos dineros) la comunería se mostraba más asequible para la pequeña y baja burguesía, el estudiantado y las clases populares. El Madrid conspirativo se estratificó, pues, en "clases conspirativas" y la alta burguesía y las clases acomodadas militaron como franc-masones. El carbonarismo, por su parte, procuró extenderse en medios militares, y lo hizo con cierto éxito.

Entre 1823 y 1824 las fricciones y disputas entre comuneros, carbonarios y franc-masones habían adquirido caracteres siniestros. Abundaban las delaciones y las denuncias mutuas. Cada asociación había elegido por colores los propios y contradictorios con los otros: los masones el azul, los comuneros el morado alegando que el pendón de Castilla era de ese mismo color, los carbonarios el verde. En una primera fase masones y comuneros hicieron causa comun contra los carbonarios. Luego se modifican las alianzas y los comuneros se ven combatidos por la alianza de los otros dos rivales.
En las elecciones de 1823 masones y carbonarios pactan áreas de influencia. Al año siguiente vuelven a cambiar las alianzas y los comuneros exigen a los masones la destrucción del carbonarismo, para ello cuentan con la ayuda del geberal Guglielmo Pepé, italiano exiliado, disidente del carbonarismo que presentó al Gran Oriente liberal un "Plan para Regenerar Europa". Rechazado, Pepé dejó a sus peones en Madrid mientras que él viajó a Londres y Lisboa, estos constituyeron en los locales de “La Fontana de Oro”, la "Sociedad Europea", germen de lo que década y media más tarde sería la "Joven España".
 
En 1834 Giuseppe Mazzini, se había separado del cabonarismo italiano achacándole debilidad y lasitud en la obra de reunificación de la península itálica y había lanzado el periódico "Giovane Italia", pronto se transofrmó en movimiento político y aparecieron otras formaciones similares en distintos países: Joven Polonia, Joven Alemania (sociedad a la que se afilió Enrique Heine, el gran poeta), Joven Inglaterra (donde encontramos a un imberbe que luego daría mucho que hablar: Benjamín Diaraeli), Joven Hungría, Joven Bohemia, Joven Croacia. Federados todos estos grupos dieron como resultante la breve experiencia de "Joven Europa", disuelta pronto por las rivalidades y desconfianzas nacionales de cada sección. En el momento más álgido del Madrid conspirativo, "Joven España", junto con los restos de la comunería ("Vengadores de Alivaud") y dos grupos menores ("Unitarios" y "Derechos del Hombre") surgidos también de ramas disidentes de la comunería, dieron lugar a "La Federación", el último grupo conspirativo y romántico del Madrid dicomonónico.

Mientras que el carbonarismo se extinguíó con la llegada de los "Cien Mil Hijos de San Luis", la comunería aun dió que hablar, por si misma o gracias a sus disidencias. Históricamente la primera que afecto a 10 "torres" tuvo lugar tras unos desgraciados incidentes frente al Palacio Real el 30 de junio de 1922. Al cerrarse las Cortes, varios paisanos instigados por los comuneros insultaron a la Guardia Real. Estos, por su parte, vitorearon al Rey. Hubo choque y menuadearon los golpes, palos y caídas. Un oficial de la Guardia Real, Mamerto Landaburu, mal visto por sus hombres y por el resto de la oficialidad, presumiblemente comunero, intentó contener sable en mano a sus soldados en cuyos oidos retumbaban los insultos y oprobios verbales de los paisanos. Al alzar el sable contra el grupo de soldados más exaltados, lo derribaron unos disparon. Al día siguiente nacía en el Café de Malta, la Sociedad Landaburiana compuesta a partes iguales por masones y comuneros dirigidos por Romero Alpuente y Asensio Nebot, el primero con el título de "Moderador del Orden". El primer acto de la sociedad fue exigir una "víctima expiatoria a los manes de Landaburu". Resultó ahorcado un oficial francés, Teodoro Goiffeux, detenido cuando se encaminaba a Francia disfrazado de civil y que, no parece muy claro que tuviera algo que ver con el episodio. Poco duró la "landaburiana", cuyos elementos fueron a engordar otras disidencias de la comunería que enseguida se produjeron y a fusionarse con masones de las cuatro obediencias que operaban en aquel momento, en una inextricable secuencia de fusiones y disidencias que se nos antoja caprichosa, opaca y seguramente con cierto aire chusco.

En 1823 la comunería se partió en dos y aparecieron los Comuneros Españoles y los Comuneros Españoles Constitucionales, estos últimos pasaron a la masonería; ambos grupos comuneros eran llamados respectivamente "descalzos" y "calzados", según tuvieran cargo oficial en el Concejo de Madrid o no lo tuvieran. La palabra "calzado" equivalía a "ponerse las botas" con el usufructo del cargo público. Juan Palarea, un antiguo landaburiano, dirigió la disidencia que engordó a las logias y que posibilitó los estallidos de 1834 y 1835 con las subsiguientes matanzas de frailes.

1834 : LA QUEMA DE CONVENTOS. COMUNERIA AL ATAQUE

Muchos autores contemporáneos que vivieron los sucesos madrileños de 1834 no albergaron en su momento la menor duda que el degüello había sido inspirado por las sectas conspirativas, con la masonería y la comnería al frente. Parece ser que tres días antes de los sucesos, circulaban rumores por Madrid de lo que iba a pasar, hasta el punto de que  en algunos conventos e iglesias habían puesto a buen recaudo piezas de arte y joyas sacras, igualmente algunos liberales cuyos hijos asistían a colegios religiosos, fueron advertidos de la conveniencia de quedarse en casa.
La noche del 16 de julio ded 1834, que los cronistas madrileños recuerdan como lluviosa, en la calle de Toledo y de los Estudios, un desconocido cantaba una lúgubre canción, presagio de lo que se avecinaba:

                Muera Cristo
                Viva Luzbel
                Muera Don Carlos
                Viva Isabel


Un mes antes el cólera había atacado en Vallecas. Un regimiento de ingenieros acordonó el pueblo pero no pudo evitar que la epidemia se transmitiera. Las sectas conspirativas difundieron el rumor de la implicación del clero en la transmisiòn de la epidemia. Similares rumores sobre la implicación del clero en envenenamientos de aguas corrieron por las mismas fechas en toda Europa y es impensable que se tratara de un reflejo anticlerical expontáneo; se impone el considerar que existió un centro conspirativo difusor de rumores.

A las 12 un crío había resultado linchado tras ser sorprendido arrojando arena o inmundicias en la cuba de un aguador, en una travesura muy común en la época. El ambiente estaba muy sensibilizado respecto a la manipulación del agua, considerado como vehículo del cólera morbo y el pobre niño pagó caro su broma. Perseguido por los aguadores en la loca carrera estos gritaban que "echaba cosas malas al agua". En este mismo momento se gritó que otro muchacho, cómplice del infortunado, había conseguido huir al Colegio de los Jesuitas, el llamado Colegio Imperial de la calle del duque de Alba. El tumulto agrupó a varios cientos de personas que a las 3 de la tarde lo asaltaron. Era jueves, no había clases, allí mismo cayó asesinado el padre Francisco Sauri, luego, en el mismo punto, otros tres sacerdotes sufrieron degüello, entre ellos el padre Artigas, distinguido orientalista.  Los cadáveres de los jesuitas más jóvenes que intentaron huir disfrazados de colegiales, reconocidos por la tonsura, fueron arrastrados hasta la parroquia de San Millán en la plaza de la Cebada.  En las proximidades de la misma parroquia resultó asesinado en esos mismos momentos un lego que se dirigía desde el antiguo convento de la La Latina hasta una cerería próxima. En un paño llevaba los restos de cera antigua para cambiarla por cirios nuevos. Detenido por los revoltosos fue apuñalado con saña al grito de "!ese que lleva el veneno!". Puede juzgarse la psicosis colectiva que reinaba en Madrid. Los incidentes se trasladaron al convento de San Francisco el Grande donde los asesinatos revistieron rasgos de particular iniquidad. Aun a las 12 de la noche las turbas asaltaban el convento de la Meced en la plaza del Progreso.

La secuencia de los actos violentos se inició como hemos visto a las 3 de la tarde, hasta las cinco se asedió el convento de San Isidro, de cinco a siete la matanza en Santo Tomás, de siete a nueve un piquete de corazceros impidió el asalto al convento del Carmen Descalzo. De 9 a 11 horas los insidentes de desplazaron a San Francisco el Grande, en las dos horas siguientes cayó el convento de la Merced y a las cuatro de la mañana el convento de Atocha sufrió el mismo destino. Cuarenta y ocho personas fueron apaleadas, acuchilladas o degolladas, la mayoría de ellos clérigos y monjes o personas de servicio en los conventos. Otros muchos conventos sufrieron daños e intentos de asalto; pero todo induce a pensar que se trató de un grupo no excesivamente numeroso de agitadores que se fueron desplazando de uno a otro lugar, amparado por expontáneos que arropaban a los agitadores. En los meses siguientes, pareció como si los liberales más exaltados hubieran levantado la veda del clérigo y los incidentes y linchamientos se sucedieron por toda España, revistgiendo particular violencia en las bullangas barcelonesas de 1835.

LA RESPUESTA : SOCIEDADES SECRETAS CATOLICAS

Las consecuencias de esta campaña anticlerical, verosímilmente orquestada por las sociedades secretas y conspirativas, tuvo como primera consecuencia el encono de los sectores católicos contra la masonería y el liberalismo. A partir de 1820 los monárquicos legitimistas y católicos ultramontanos quisieron organizarse siguiendo las mismas pautas del enemigo y fue así como florecieron las sociedades secretas opuestas al liberalismo: jovellanistas, Junta Apostólica, el Angel Exterminador, los concepcionistas, aparecen después de 1824. Se tienen pocos datos sobre estos grupos aunque se intuye que tuvieron importancia en el apoyo que recibió en los primeros momentos Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, en sus aspiraciones al trono. El Angel Exterminador, fundada por el obispo de Osuna en 1827, contó entre sus filas a un buen número de prelados; los concepcionistas por su parte luchaban por el restablecimiento de la santa Inquisición, estos se vieron engrosados por los miembros de la Sociedad Defensora de la Fe, fundada en 1825.
 
Se contaba que buena parte de estos grupos fueron inspirador por Calomarde, uno de los válidos de Fernando VII; poco se sabe de cierto sobre estos grupos, pero si es rigurosamente histórico que los tradicionalistas monárquicos se sublevaron en 3 ocasiones contra Fernando VII entre 1824 y 1827 y que, estas experiencias -aunque limitadas- les situarían en óptimas condiciones para los alzamientos carlistas posteriores.

Hacia 1845 el carbonarismo y la comunería habían desaparecido completamente. Sus militantes pasaron a engrosar los partidos políticos republicanos que, poco a poco, fueron emergien a medida que cambiaba la situación política. Otros, fundaron organizaciones socialistas y comunistas utópicas. Una parte de la historia de España había concluido ; el entendimiento entre organizaciones ocultistas y política cotidiana sería, a partir de entonces, mucho menor y protagonizada fundamentalmente por las distintas obediencias masónicas... así hasta el advenimiento de la Segunda República.

© Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Se prohíbe la reproducción de este artículo sin indicar procedencia

 

 

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