El modelo histórico del 11 de septiembre

Publicado: Jueves, 29 de Enero de 2009 20:49 por Ernesto Milá en CONSPIRACION

Infokrisis.- Este artículo forma parte de nuestra obra "La Gran Mentira" dedicada a desmontar la versión oficial de los atentados del 11-M. dicha obra fue publicada solo unos meses después de los ataques. Desde entonces la versión oficial ha sido apuntillada y rematada por distintos trabajos desarrollados en los EEUU. Sin embargo, en estos trabajos está completamente ausente la perspectiva histórica. A fin de cuentas, son norteamericanos, poco dispuestos a realizar un examen crítico sobre su historia pasada. Nuestra tesis, en cambio, sostiene algo diferente: el "auto-atentado", la provocación que va a costar vidas al pueblo norteamericano, pero que va a servir como "casus belli" para un conflicto en el que los EEUU obtendrán buenos beneficios, no es una novedad en la historia de este país, sino una constante. Desarrollamos esta idea en las páginas que siguen extraídas de la citada obra.

¿Cómo podemos sostener que un sector de la administración americana haya podido planificar o colaborar en la ejecución de un atentado que haya costado la vida de 3000 americanos? ¿No es acaso una monstruosidad sólo pensarlo? ¿no es escandaloso el mero hecho de enunciar esta hipótesis de trabajo? ¿no es una afrenta para los muertos y para el gobierno de su país que los ha llorado y vengado?

Pues bien, si los opositores a la tesis oficial tenemos legitimidad moral para exponer una hipótesis alternativa, es por la sencilla razón, de que operaciones de este tipo han sido una constante en la historia americana.

En esta parte de la obra vamos a ver someramente algunos “modelos históricos” del 11-S. No son pocos. No son desdeñables en la historia de los Estados Unidos.

PROVOCACIONES DE LA CIA: UN PEQUEÑO EJEMPLO

El 10 de octubre de 2001 se publicó uno noticia que demostraba el estilo de trabajo de los servicios secretos norteamericanos. La noticia se generó en Brasil en los años setenta. En aquella época, los militares ocupaban tranquilamente el poder y abordaban cómodamente la creación de infraestructuras en todo el país. La guerrilla urbana de Carlos Marighela había sido completamente liquidada en la década anterior y el gobierno militar tenía ideas propias. Quería convertirse en “potencia continental”. Para ello tenía recursos naturales, tecnología, población y territorio; era, en efecto, una nación “transoceánica”,  concepto geopolítico según el cual resulta imprescindible para alcanzar la hegemonía en un espacio geográfico el que las costas de un país sean bañadas por las aguas de dos océanos. Ciertamente las aguas brasileñas sólo dan al Atlántico, pero los militares se las habían ingeniado para ampliar su área de influencia hacia el Pacífico; en la parte Este de Bolivia los intercambios comerciales se hacían en aquella época en cruceiros, la moneda brasileña; los militares cariocas habían abordado la construcción de carreteras transamazónicas que cruzarían horizontalmente el país y los fronterizos hasta el Pacífico; y, finalmente, el Servicio Nacional de Inteligencia brasileño había tenido mucho más peso en el golpe de Chile de Pinochet que la propia CIA, contrariamente a lo que se ha dicho y lo que se tiene tendencia a creer. Baste recordar que el propio Pinochet se había formado en la escuela geopolítica brasileña... a la que pertenecía todo este orden de ideas que acabamos de exponer.

Pues bien, en esta balsa de aceite, la CIA planeó realizar atentados terroristas en Brasil cuya responsabilidad sería atribuida a organizaciones de izquierda. Estas revelaciones fueron realizadas por un antiguo colaborador de la inteligencia americana, actualmente ingeniero químico estadounidense, Robert Muller Hayes. Trabajó para la CIA en Brasil entre 1972 y 1976 y recibió la orden de preparar un atentado terrorista contra el Consulado americano en Sao Paulo que sería atribuido a la izquierda. Hayes no era un cualquiera en la CIA; en 1987 investigó la participación de colaboradores de la agencia en el contrabando de armas y presentó sus conclusiones al Senado. A decir verdad, Hayes había sido en los años 60 y 70, un asesino de la CIA, tal como él mismo reconoció. No sólo cosechó informaciones comprometedoras sobre el gobierno brasileño de la época, sino que además asesinó a militantes de izquierda latinoamericanos refugiados en aquel país. En un momento dado, se arrepintió: “Yo seguía una regla sencilla; solo mataba a personas malas. Nada de inocentes, mujeres y niños. Es necesario mantener ciertos principios.  Cuando me negué a participar en el plan, pasé a ser perseguido y amenazado de muerte”. Fue entonces cuando sus superiores le pidieron que atentara contra el consulado americano en Sao Paolo para responsabilizar a la izquierda.

La historia de Hayes es significativa del estilo de trabajo de la inteligencia americana: todo vale –incluso la muerte de los propios ciudadanos- para conseguir un objetivo. En el episodio revelado por Hayes Hayes, sorprende que esos atentados contra el consulado americano eran completamente inútiles: la izquierda había sido derrotada en Brasil y el país era extremadamente estable, acaso demasiado estable para los intereses americanos. La muerte de unos cuantos americanos lejos de su patria iba a servir de muy poco... sin embargo se programó.

Y es que este accionar ha sido una constante en la historia americana.

De hecho, la gran expansión comercial de ese país está directamente ligada a diversos episodios bélicos (la guerra de Cuba, la Primera, la Segunda Guerra Mundial, etc.). La opinión pública americana nunca ha estado predispuesta para entrar en estos conflictos, pero siempre su resistencia ha sido vencida mediante un episodio traumático –un “casus belli”- que ha despertado el patriotismo y el deseo de “revenge” (venganza) entre la población. Estados Unidos no es el único país que ha utilizado esta estrategia para arrastrar a la opinión pública a conflictos, pero si desde luego es el que ha llegado más lejos en cinismo y frialdad. Véase.

I. EL EXTAÑO CASO DE EL ALAMO

El 6 de mayo de 1836, con ocasión de la guerra con Tejas, el Ejército mexicano del general Santa Ana, decidió poner fin a los asentamientos de colonos en Texas, en esa época territorio mexicano. Santa Ana decidió poner sitio al fuerte El Alamo que, doce días después, fue asaltado, muriendo la mayoría de sus defensores; a pesar de que el General Sam Huston se hallaba en las proximidades con unos destacamentos militares tan fuertes como el ejército de Santa Ana, no se mivió para auxiliar a los sitiados. La cuestión es todavía más sorprendente si tenemos en cuenta que pocas semanas después, ese mismo ejército combatió y venció a Santa Ana en la batalla de San Jacinto. El resultado fue la anexión de 1/3 del territorio mexicano a EE.UU., incluyendo los extensos territorios de Texas al grito de "Remember the Alamo" (Recuerda El Alamo). El Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848) confirmó la anexión de California, Arizona  y el resto de Texas a los EE.UU.

El Alamo podía haber sido salvado. Desde el punto de vista militar era perfectamente factible que el enfrentamiento de San Jacinto se hubiera adelantado sólo unas semanas. Pero, entonces, se hubiera perdido el factor emotivo que permitió la impresionante movilización nacional contra México que le amputó un tercio de su territorio nacional.

II. EL EXTRAÑO CASO DE LA VOLADURA DEL “MAINE”

Cincuenta años después del episodio de El Alamo, en la noche del 15 de febrero de 1898 una enorme explosión destruyó la proa del acorazado Maine, uno de los más poderosos de la marina estadounidense. Perecieron 286 tripulantes de su dotación, abrasados o ahogados, mientras el buque se hundía en la bahía de La Habana. Los grupos imperialistas de Washington y la prensa amarilla de Nueva York aprovecharon el suceso para azuzar a la opinión pública contra España. Dos meses más tarde, Estados Unidos declaraba la guerra a la vieja potencia colonial. Tras la agresión a México, seguía la guerra contra España cuyo objetivo era convertir el Caribe en una zona de influencia indiscutiblemente americana.

EE.UU. ya había liquidado la pomposamente llamada "conquista del Oeste". En esa época ya estaban definitivamente enlazados los territorios del Este y del Oeste de los EE.UU. Claro que para ello hizo falta eliminar a las poblaciones indígenas en el genocidio más brutal y planificado de la historia. En ese tiempo ya se había desarrollado el embrión del poderío industrial norteamericano; el país estaba gobernado por la oligarquía industrial y financiera anglosajona, blanca y protestante enormemente enriquecida. Y uno de los sectores más pujantes y, políticamente, más comprometidos en toda esta aventura era la prensa. Decir “prensa” a fines del siglo XIX equivalía a pronunciar el nombre de John Randolph Hearts.
Gracias a Hearts la población ignoraba el genocidio de la población indígena y se sentía orgullosa del robo a México de extensos territorios. En este contexto ocurre el incidente de El Maine.

Las investigaciones revelaron que la explosión había sido interna, pero en EEUU nadie quiso escuchar. El gobierno español pidió un informe a la Royal Navy británica que concluyó que la explosión no era culpa de España, pero nadie en EEUU quiso escuchar. Hoy, incluso en Norteamérica, se reconoce que España no fue responsable de la voladura del Maine y se sostiene que se trató de una explosión fortuita en las calderas.

A raíz de esta guerra, España perdió Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam y Wake que pasaron a entrar en la zona de influencia americana. Y también se despertó sin Marina. Sigsbee, capitán del Maine, recibió un mensaje cuyo contenido completo nunca se ha conocido y se dirigió hacia el puerto de La Habana. Amarró a pocos metros del crucero español Alfonso XII, que apenas sufrió pequeños daños en la arboladura como efecto de la explosión; si se hubiera tratado de una explosión exterior estos daños hubieran sido extremadamente mayores. Y otro tanto hubiera ocurrido con el crucero español Legazpi, y el americano Ciudad de Washington, anclados en las proximidades.

Desde el principio, el debate consistía en establecer si el Maine se hundió a causa de una explosión accidental o bien de una explosión voluntaria provocada en el interior del propio buque. El Jefe de Policía de La Habana aludía directamente a la colocación de un artefacto explosivo dentro del barco por alguien de la tripulación o por un visitante. Jamás se sabrá a ciencia cierta por quien. Pero hay algún elemento que vale la pena tenerse en cuenta. Menos de cien horas antes de la explosión, el yate de John Randolh Hearst –con el evocador nombre de “Bucanero”- estuvo anclado a muy poca distancia de donde amarró el Maine. Se sabe que hizo numerosas flotas del Maine y luego levó anclas. Hearts, sin duda, fue el más belicista de los magnates norteamericanos. Había escrito: “Mi lema es que mientras otros hablan mi Journal actúa”. Y se conoce otra de sus frases “geniales”: "denme un incidente y yo ocasionaré una guerra".

Sea como fuera, todas las versiones apuntaban a una explosión en una de las calderas que generaban energía eléctrica; el incendio se comunicó a la Santa Bárbara del buque y a los torpedos y dinamita almacenada. Una explosión exterior inicial y con autoría humana, pudo provocar la siguiente y más grave en el pañol.

Clara Barton, fundadora de la Cruz Roja americana, se hallaba en La Habana, lamentaba aquella hecatombre a la que no pudo dar explicación razonable. Añade que desde el puerto los cubanos gritaban "traen dinamita para volar barcos españoles pero les explota a ellos". Los propios americanos reconocieron que los españoles habían reaccionado inmediatamente prestando ayuda a los heridos y náufragos. Toda la prensa europea e incluso algunos diarios norteamericanos negaban que España tuviera algún tipo de implicación con la deflagración. Edwin Lawrence Gogki, director y propietario del Evening Post, fue una excepción. Días después del siniestro escribió "nada tan desgraciado como el comportamiento de estos diarios [se refería a los de Hearst y al Word] se ha conocido jamás en la historia del periodismo de este país, con reproducción falseada de hechos, invención deliberada de cuentos calculados para excitar al público, a lo que se añade una temeridad desenfrenada en la composición de titulares. Es una vergüenza pública que los hombres puedan hacer tanto daño con el objeto de vender más periódicos".

EE.UU. no aceptaron la solicitud de arbitraje internacional. Apoyado por el grupo de Hearts, el gobierno americano incitaba al odio contra España y se negaba a reconocer cualquier argumento exculpatorio... una situación que tiene extraordinario paralelismo con lo ocurrido tras el 11-S. A poco que se examine con objetividad y serenidad los hechos, se advertirá que las declaraciones del portavoz talibán en Afganistán en el sentido de que Bin Laden sería entregado en cuanto se presentaran pruebas fehacientes de su culpabilidad en los atentados del 11 de septiembre, no fue tenido en cuenta, a pesar de que parece una oferta extremadamente sensata. Sólo que, desde el primer momento, EE.UU. ya había decidido que Bin Laden era culpable y que había que intervenir en Afganistán. En el caso del Maine era evidente que España no quería la guerra. Estados Unidos sí. Gracias a esa guerra, EE.UU. sustituyó a España en el Caribe y el Pacífico en lo que supuso la primera vuelta de tuerca de su expansión internacional.

III. EL EXTRAÑO CASO DEL “LUSITANIA”

Veinte años después, cuando la Doctrina Monroe (“América para los americanos... del Norte”) ya se había afianzado y el desarrollo industrial del país le permitía aspirar a nuevos mercados, la Primera Guerra Mundial le brindó una oportunidad de ampliar sus horizontes comerciales. Como era habitual con el pueblo americano, tampoco en esta ocasión existía una opinión pública belicista interesada en implicarse en lo que hasta ese momento se conocía como la “Guerra Europea”. Sin embargo, en Europa, especialmente en Inglaterra, se deseaba ardientemente que EE.UU. entrara en guerra al lado de las potencias aliadas. Todos los combatientes europeos estaban desgastados por tres años de guerra de desgaste y parecía que ninguno de los dos bandos pudiera alcanzar una hegemonía decisiva sobre el otro. Fue entonces cuando ocurrió el misterioso episodio del Lusitania y, una vez más, EE.UU. encontró el medio para convencer a su opinión pública de que había que entrar en guerra para satisfacer ese primitivo afán de venganza estimulado artificialmente: una vez más el esquema del Maine, de El Alamo, volvía a repetirse. No sería la última vez.

Hundido en la costa meridional de Irlanda, el 7 de mayo de 1915, a las 14:11, a veinte kilómetros de distancia, en la Old Head Kinsale, el Lusitania arrastró consigo a 1198 personas, 124 de las cuales eran americanas. Sabemos que el Lusitania fue hundido por un submarino alemán. Sin embargo se ha debatido hasta la saciedad los motivos por los que fue torpedeado. ¿Era el Lusitania un barco de pasajeros o era un buque artillado? ¿Es cierto que transportaba armas? Hoy no es posible dudar de que el trasatlántico fue sacrificado intencionadamente, a fin de inducir a la opinión pública americana a aceptar la intervención en la Guerra Europea.

El último viaje del trasatlántico -de Nueva York a Liverpool- comenzó el 1 de mayo de 1915. Los alemanes advirtieron a los pasajeros que pensaban viajar en el Lusitania que desistieran de su propósito y cancelaran sus reservas. Recordaron que todo barco de pasajeros perteneciente a un país enemigo que entrara en aguas de la zona de guerra se exponía a ser atacado.

La embajada alemana en Washington llegó incluso a publicar en los periódicos americanos anuncios que advertían: “A los viajeros que proyecten embarcarse en una travesía por el Atlántico, se les recuerda que existe estado de guerra entre Alemania y Gran Bretaña, y que los barcos de bandera británica pueden ser destruidos. Los pasajeros que viajen por la zona de guerra en barcos de Gran Bretaña o de sus países aliados, lo harán bajo su propia responsabilidad”.
 
A pesar de todo, 188 americanos reservaron pasajes a bordo del Lusitania, en cuya “inocente” declaración de carga no figuraban las más de 4000 cajas de municiones que transportaba, destinadas a contribuir al esfuerzo de guerra de los aliados.
 
El capitán William Tumer, recibió un mensaje del vicealmirante sir Henry Coke: “Submarinos en actividad a la altura de la costa meridional de Irlanda”. Uno de esos submarinos, el U-20, al mando del comandante Walter Schwiege, avistó al Lusitania. El barco iba armado por lo menos con doce cañones de 6 pulgadas y transportaba municiones y explosivos. En 1913, fue modificado para ser dotado de artillería pesada en caso necesario, quedando transformado en un crucero de guerra auxiliar. Una de las calderas del buque fue convertida en un depósito de municiones dotado de montacargas que podían elevar los proyectiles hasta la cubierta. ¿Por qué el Lusitania se hundió tan rápidamente? El torpedo disparado por el submarino alemán era del tipo “G”, cuyo poder de destrucción y de penetración era moderado. Fue el único impacto que recibió y bastó para lanzarlo al fondo del mar en apenas 18 minutos. Es casi seguro que la explosión hizo estallar las 4000 cajas de municiones que, como se admitió más tarde, viajaban clandestinamente a bordo? Todo induce a pensar que el Lusitania era en realidad un transporte de material bélico, camuflado como transporte de pasaje. El Almirantazgo inglés atrajo el buque hacia una zona infestada de submarinos alemanes. Era una trampa.

Después del desastre, norteamericanos y británicos se pusieron de acuerdo para encubrir lo ocurrido. Hoy se reconoce que la declaración de carga del buque fue falsificada; además, en los partes oficiales de sir Henry Coke, tanto como en el registro de señales del almirantazgo, faltan las entradas correspondientes al 7 de mayo: son las únicas páginas perdidas de los documentos oficiales en todo el periodo de la guerra. Los 188 pasajeros americanos muertos fueron la excusa para entrar entrar en la Guerra Europea y transformarla en Mundial.

Este conflicto, históricamente, sirvió para debilitar las potencias europeas, provocar la mayor alteración de fronteras de todo el siglo XX, y consagrar la supremacía del capitalismo americano. Mientras que las potencias continentales sufrieron altos niveles de destrucción material, especialmente Francia y Alemania, EE.UU., situado fuera del radio de acción de las bombas, pudo poner en marcha una ingente producción industrial al servicio del esfuerzo bélico. Este esquema se repetiría en la Segunda Guerra Mundial.

Cuando ocurría el incidente del Lusitania, algo había cambiado en relación al del Maine. Se había creado un eje anglosajón que dura hasta nuestros días y que consagró a Inglaterra como el principal ayuda de cámara de la política expansionista americana.

IV. EL EXTRAÑO ATAQUE A PEARL HARBOUR

Se suele pensar que EE.UU. entraron en las dos guerras mundiales con el fin de defender la democracia y la libertad, frente a gobiernos oscurantistas o totalitarios. Nada más lejos de la realidad. EE.UU. no han entrado jamás en una guerra por motivos ideológicos y mucho menos en defensa de unos derechos humanos que ellos mismos son los primeros en conculcar incluso en su propio territorio. EE.UU. sólo ha entrado en guerra –como potencia oceánica que es- allí donde ha querido ampliar sus mercados o para asegurarse el control de zonas ricas en reservas estratégicas. Cuando sus magnates económicos perciben una posibilidad de obtener buenos beneficios presentes o futuros deciden irrumpir en una zona. Frecuentemente bajo la forma de una intervención militar. Y si la opinión pública no es proclive a esta intervención, basta generar una situación de indudable dramatismo, poner en marcha los mecanismos de guerra psicológica (siempre hay un Hearst o una CNN dispuestos a hacer esa parte del trabajo sucio) para conseguir que todo un pueblo clame al unísono “¡venganza!”. Afán de lucro, cinismo criminal, provocación y doble lenguaje, son las armas empleadas habitualmente en este tipo de operaciones. La entrada de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial engloba, una vez más, todas estas técnicas.

Cuando el 7 de diciembre de 1941 los japoneses atacaron Pearl Harbour, los dos principales portaaviones norteamericanos habían abandonado la rada del puerto unos días antes. Este hecho ha permitido sospechar sobre si realmente se trató de un ataque por sorpresa. Cada vez con más insistencia se sostiene que, efectivamente, se trató de una maniobra de Roosevelt para justificar la entrada en guerra de su país. Con el ataque a Pearl Harbour los japoneses no sólo brindaron a los norteamericanos los pretextos necesarios para entrar en guerra contra las potencias del Eje, sino que además se embarcaron en una guerra desigual contra una nación pródiga en recursos humanos y en extensión territorial.

La invasión alemana de Polonia en 1 de septiembre de 1939, supuso el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El día 3 de septiembre, Francia e Inglaterra declararon la guerra a Alemania. Hitler no tenía concepciones geopolíticas excesivamente claras. Como hombre visceral que era, se guiaba por impulsos, fue tensando una cuerda que finalmente se rompió. Se podía haber roto dos o tres años antes, al producirse la anexión de Austria o con la invasión del Checoslovaquia. Pero ocurrió con la intervención en Polonia. Esta ocurrió cuando la diplomacia alemana había sellado el Pacto Germano-Soviético, el cual implicaba algo más que manos libres en Polonia. Si bien, con el acuerdo, no había razón suficiente para la existencia de un Estado-tapón entre ambas potencias –Polonia-, los mentores del Pacto lo consideraron un acuerdo de alcance histórico que lograría crear un espacio euro-asiático continental, hegemónico frente a las potencias oceánicas anglosajonas. Las victorias alemanas en el Oeste, el episodio de Dunkerque y el vuelo de Hess a Inglaterra, demostró que una parte del régimen nazi deseaba la paz con Inglaterra precisamente para tener las manos libres en Rusia. Otros miembros del régimen nazi –Rosemberg, Bormann- tenían la concepción opuesta: querían vencer al mundo anglosajón y pactar con el mundo eslavo.

En cualquiera de los dos casos, EE.UU. permanecía alerta. Percibía que, sea cual fuera la orientación del conflicto, una vez más, Europa quedaría literalmente arrasada (a medida que los medios de destrucción eran cada vez mayores) y el esfuerzo bélico generaría un nuevo impulso para la industria norteamericana, incluyendo la posibilidad de penetrar en los mercados europeos hasta entonces vedados por medidas proteccionistas.

La cuestión era que el lobby pacifista norteamericano contaba con personajes extremadamente conocidos de la vida pública americana. El hecho de que Alemania hubiera terminado atacando a la meca del bolchevismo, implicaba que sectores conservadores, católicos y anticomunistas norteamericanos, miraron con simpatía esa operación. El famoso aviador Charles Limberg era uno de los antibelicistas más conocidos. Era imposible que cualquier presidente de los EE.UU. que quisiera ser reelegido, pudiera obtener del Congreso plenos poderes para declarar la guerra en esas condiciones. La tradicional amistad con Gran Bretaña no era suficiente como para arrastrar al país a la guerra. Así pues era necesario generar, una vez más, un “casus belli” capaz de vencer las resistencias y generar un estado de cólera en la opinión pública. Así se forjó la “operación Peard Harbour”.

En el verano de 1940 el Presidente Roosevelt ordenó la movilización de la flota del Pacífico y su concentración en Pearl Harbour. Cuando su comandante, el Almirante Richardson, protestó porque dicho puerto ofrecía protección inadecuada contra ataques aéreos y torpedos, fue relevado del cargo. El 7 de octubre de 1940 el analista de inteligencia naval McCollum, mandó a Roosevelt un memorando detallando cómo se podría forzar a Japón a una guerra contra Estados Unidos, proponiendo, entre las opciones, un embargo de petróleo a los nipones. Todo lo propuesto en ese memorando fue sistemáticamente llevado a la práctica.

Luego, el 23 de junio de 1941, un día después que Hitler atacase a la URSS, el Secretario del Interior y consejero del presidente, Harold Ickes, escribió otro memorando a Roosevelt en el que reafirmaba que “..se podría generar a raíz del embargo de petróleo contra Japón, una situación tal que haría no sólo posible sino sencillo el involucramiento en esta guerra de un modo efectivo. Y si de esta forma ingresamos indirectamente, nos evitaremos las críticas de haber entrado como un aliado de la Rusia comunista”. El propio Ickes hizo la siguiente anotación en su diario: “Por mucho tiempo he creído que nuestra mejor entrada en la guerra sería por el lado de Japón”.

Actualmente, a más de medio Siglo de ocurrido el ataque, el gobierno norteamericano se sigue negando a identificar y desclasificar muchos documentos japoneses descifrados antes del ataque, bajo la excusa de poner en peligro su “seguridad nacional”.

El 1 de agosto de 1.941, los EE.UU. impusieron el embargo de petróleo a Japón. Esto significaba apretar el cuello a esta nación que recibía de Norteamérica el 90% de su combustible. Los especialistas cifraban las reservas de petróleo de Japón en 65 millones de hectolitros. Como mucho daban para año y medio. Ahogando a Japón con el embargo de petróleo, y presentando propuestas inadmisibles para los nipones en términos geoestratégicos y militares, los Estados Unidos empujaron al Japón hacia la única salida posible: la guerra. Roosevelt había incitado directamente a los japoneses a entrar en guerra planteando un ultimátum el 26 de noviembre de 1941. En él exigía la retirada de todas las tropas japonesas de Indochina y Manchuria. Este ultimátum sólo fue comunicado al Congreso después del ataque a Pearl Harbour. Hasta ese momento los japoneses habían hecho todo lo posible para evitar la guerra, a partir del ultimátum no tenían otra posibilidad más que declararla. El príncipe Kenoye, embajador del Japón en los Estados Unidos había solicitado en varias ocasiones entrevistarse con Roosevelt para encontrar la solución. Roosevelt rechazó siempre el encuentro. Hoy se sabe que el gobierno de los Estados Unidos preparaba desde hacía años la guerra contra Alemania y Japón. La población norteamericana, sin embargo, no quería comprometerse en aventuras de este tipo y se mostraba francamente antibelicista e incluso, algunos sectores, especialmente tras el ataque alemán a la URSS, se mostraban abiertamente partidarios del Eje. Haciéndose eco de tal estado de ánimo, Roosevelt hacía declarado solemnemente, con un cinismo habitual en los presidentes americanos: “Me dirijo a todas las madres y padres para hacerles una promesa formal. Lo he dicho antes y lo repetiré sin cesar: vuestros hijos no serán enviados a la guerra en el extranjero”. Pero, junto a estas palabras tranquilizadoras, se negaba a entrevistarse con Kenoye, aumentando progresivamente la tensión.

Existen pruebas más que suficientes de que el Ejército Norteamericano estaba informado de que se iba a producir el ataque a Pearl Harbour. El embajador de los EE.UU. en Tokyo, Joseph Grew, informó en una carta dirigida a Roosevelt (27.01.1941) que, en caso de guerra, Pearl Harbour sería el primer objetivo japonés. El senador Dies, no solamente indicó al presidente (03.08.1941) que Pearl Harbour sería el objetivo preferencial japonés. Fue condenado al silencio. El 1941, la inteligencia americana consiguió decodificar las claves militares y diplomáticas de los japoneses. Esto permitía a Roosevelt conocer la fecha exacta, la hora y el lugar del ataque.

Al día siguiente, el presidente Roosevelt anunció en el Congreso que se había implantado el estado de guerra entre los Estados Unidos de América y el Imperio de Japón. La cifra oficial de bajas quedó fijada en 2.086 muertos, 749 heridos y 22 desaparecidos. La Armada perdió 92 aviones, y el Ejército, 96. La flota perdió 8 acorazados, 3 cruceros y varios buques menores de apoyo.

Desde la campaña japonesa en China, el gobierno norteamericano presionaba a Japón tensando la cuerda hasta el límite del enfrentamiento armado. Las Fuerzas Armadas de los EE.UU., conscientes de los riesgos que implicaba esta tensión, desde 1932 habían realizado ejercicios de simulación sobre ataques aéreos a Pearl Harbour, con aviones que despegaron desde portaaviones norteamericanos, y así pudo constatarse lo insuficientes de las defensas.
Además, criptógrafos estadounidenses lograron descifrar el código secreto de transmisiones de Japón y tenían conocimiento, desde 1.940, del creciente interés japonés sobre Pearl Harbour. A partir de septiembre de 1.941, los informes interceptados se referían no sólo a los movimientos de buques, sino a la posición exacta de los mismos en la rada del puerto así como de la posición de las baterías antiaéreas y frecuencia de los vuelos de reconocimiento en torno a las islas Hawaii, lo que sólo podía indicar que se estaba preparando un ataque.

A principios de 1.941, el General Martin y el Contralmirante Bellinger, jefes de las fuerzas aéreas del ejercito y de la aviación naval en Pearl Harbour, habían manifestado su preocupación por la pocas defensas de la base y anunciaban la posibilidad de un ataque japonés previendo la ruta, la intensidad y el número de portaaviones. No se equivocaron en nada.

Días antes de la operación, los norteamericanos habían interceptado y descifrado la orden dada a consulados y embajadas japonesas en los países hostiles (Holanda, Inglaterra y EE.UU., básicamente) de destruir los códigos secretos y documentos comprometedores ante el riesgo de conflicto, lo que sólo podía suponer que el Japón iba a entrar en guerra con ellos de forma inminente. Pese a todo no se adoptaron medidas preventivas. Pocas horas antes del ataque, los norteamericanos habían interceptado el mensaje cifrado, dirigido por el Ministerio de Asuntos Exteriores japonés a la embajada en Washington, que había de ser presentado al Secretario de Estado norteamericano: contenía la declaración de guerra. De todo lo anterior se desprende que los EE.UU. sabían dónde, cómo y cuándo se iba a producir el ataque japonés.

La pregunta es: ¿por qué no se adoptaron las medidas de seguridad oportunas? La explicación más probable se encuentra en el deseo del gobierno estadounidense de entrar en guerra, al encontrarse amenazados sus intereses económicos en el Pacífico y China, y con el riesgo de perder las millonarias inversiones efectuadas en Gran Bretaña, si ésta sucumbía ante Alemania.

Tras haberse pasado años abogando por la neutralidad, el gobierno estadounidense no podía esperar que sus ciudadanos aceptaran una entrada en la guerra de forma voluntaria, por lo que había que encontrar la manera de presentar la guerra como algo no deseado por el gobierno, pero necesario, como una guerra patriótica librada para vengar una agresión previa. Sólo un deseo calculado de entrar en guerra por parte del gobierno estadounidense explicaría la ausencia de medidas defensivas apropiadas, o por qué se retiraron las redes antitorpedos a los acorazados, se desistió de colocar globos cautivos de defensa antiaérea en la base, o por qué se retiraron aquel día los portaaviones norteamericanos de la rada de Pearl Harbour, dejando en su lugar acorazados obsoletos de la I Guerra Mundial. El valor militar de estos viejos buques frente a unidades japonesas del mismo porte era escaso.

A causa de retrasos en el descifrado del mensaje en la Embajada japonesa, la nota fue presentada a las dos y veinte de la tarde. En ese momento, la Flota del Pacífico ya había sido virtualmente aniquilada en Pearl Harbour. El efecto de su destrucción ante la opinión pública estadounidense determinó la decisión de vengar con sangre la afrenta. Sabemos lo que ocurrió después; lo que empezó en Pearl Harbour, terminó en Hiroshima y Nagasaki.

V. EL EXTRAÑO “INCIDENTE DE TONKIN”

Veintitrés años después, llegamos a Vietnam. El 2 de Agosto del 1964, siete meses después del asesinato de Kennedy, barcos aparentemente norvietnamitas atacaban al destructor “Madox” en el Golfo de Tonkín “sin mediar provocación alguna”. Dos días después, en la misma zona, en medio de una tormenta, dos lanchas presuntamente norvietnamitas lanzaron 43 torpedos contra dos barcos norteamericanos. En medio de un clima emocional extremadamente excitado, el Congreso norteamericano no pudo negarse a la petición de guerra abierta contra Vietnam del Norte, formulada por el presidente Johnson.

Inmediatamente fueron bombardeadas instalaciones militares de Hanoi. A partir del 5 de febrero de 1965, estos bombardeos fueron diarios. Casi cuarenta años después, nadie ha podido demostrar que este ataque alguna vez se produjera. Los barcos norvietnamitas eran invisibles y los presuntos torpedos no provocaron daño alguno en los navíos americanos. El segundo ataque jamás existió y en cuanto al primero, Murrey Marder, reportero que cubrió la noticia para el Washington Post, reconoció años después que la información publicada era falsa y que “jamás hubo retractación”. Marder recordó haber visto con sus propios ojos como la marina de Vietnam del Sur “respaldada por EE.UU., había estado bombardeando las islas costeras de Vietnam del Norte, justo antes de los ataques “no provocados” contra los barcos de EE.UU. en el golfo de Tonkín. Pero la máquina de propaganda del Pentágono estaba acelerando: Antes de que pudiera hacer algo como reportero, el Washington Post había apoyado la Resolución de Tonkín”. Marder añadió: “Si la prensa estadounidense hubiera estado haciendo su trabajo correctamente y el Congreso hubiera hecho lo mismo, no nos hubiéramos implicado en la guerra de Vietnam”. Raldolph Hearst había muerto, pero su espíritu seguía vivo entre los magnates de la prensa americana...

La llamada Resolución del Golfo de Tonkin, entregaba al presidente poderes para intervenir directamente en el conflicto. Fue el inicio de la guerra del Vietnam. Hoy se sabe que el primer ataque norvietnamita, de haber ocurrido –y no existe seguridad de que así fuera- fue provocado por Estados Unidos y el segundo nunca existió. Con posterioridad, se revelaron las conversaciones telefónicas entre el Presidente y el Secretario de Defensa McNamara; se supo entonces que Johnson había engañado al Congreso, ocultando que habían ordenado operaciones secretas para provocar a las fuerzas de Hanoi, previamente al episodio de Tonkín.

Es imposible separar en el tiempo y en la lógica de los hechos, el asesinato de Kennedy del episodio de Tonkín. La única diferencia entre la presidencia de JFK y la de Johnson consistía en que, el primero se negaba a implicar más al país en Indochina, mientras que el segundo –comprometido con sus amigos tejanos representantes del consorcio militar-industrial- no perdió la ocasión para intervenir en Vietnam. Pero existían limitaciones legislativas y la opinión pública no se sentía excesivamente atraída por la intervención. Fue necesario un episodio de alto voltaje dramático para sacudir –una vez más- la conciencia americana. Y esa fue la función del “incidente de Tonkín”. Si bien en ese episodio no se produjeron muertos ni heridos, sino solo una afrenta al orgullo norteamericano, lo que seguiría en los diez años siguientes costaría casi 50.000 muertos y el hundimiento moral de los EE.UU. Además, por su puesto, de cuantiosos dividendos para la industria de armamento.

Todavía hoy, cuando las relaciones entre EE.UU. y Vietnam se han normalizado, éste país sigue negando cualquier implicación en el “incidente” y, ni ayer ni hoy, el Pentágono ha podido demostrar fehacientemente que el ataque se produjera, aun a pesar de que los torpedos disparados deberían haber dejado rastros físicos. No fue así. Hoy puede intuirse que se trató de una nueva provocación a fin de formar un “casus belli”.

VI. EL MISTERIO DEL PRIMER ATENTADO CONTRA EL WTC

Una bomba cargada con 600 kilos de dinamita, oculta en una rampa de acceso al aparcamiento subterráneo, estalló en el WTC de Nueva York. Era el 26 de febrero de 1993. La explosión provocó un cráter de 30 metros de diámetro y unos 60 de profundidad, desatando un incendio. También destruyó los seis niveles de subsuelo del centro y, poco después, por efecto de la onda expansiva, se derrumbó el techo de la estación de trenes que cubren el trayecto entre Nueva York y Nueva Jersey. Fallecieron seis personas y otras mil resultaron heridas. El atentado anticipó lo que ocurriría ocho años después en el mismo lugar y a una escala mucho mayor y no sólo por que anticipó las escenas de dramatismo y terror, sino por los puntos oscuros que salieron a la superficie durante la investigación.

Rápidamente, las investigaciones se dirigieron hacia los medios islámicos y el FBI no tardó en identificar a los culpables. En mayo de 1994 cuatro activistas islámicos integristas fueron condenados a un total de 240 años de cárcel por ese atentado, que luego fue imputado a la red terrorista que supuestamente dirigida por el jeque Omar Abdel Rahman, guía espiritual de una organización clandestina integrista egipcia.
 
Pero no todo estaba tan claro como el jurado pretendía. Empecemos por el “jeque ciego”. No era un desconocido. Predicador islámico y líder religioso abogaba por el derrocamiento violento del Gobierno egipcio, lo que no fue obstáculo para que obtuviera en 1990 un visado para EEUU. Abdel Rahman predicaba en una mezquita de Nueva Jersey que frecuentaban varios de los sospechosos detenidos por el atentado de 1993. El líder islámico religioso obtuvo un visado para EEUU en Jartum, “gracias a un error informático” y después de que los consulados norteamericanos en Cairo y Londres se lo denegaran. Al saberse este dato, se difundió el rumor entre los medios de información de que “Hubo una serie de mensajes frenéticos de Washington y El Cairo a la Embajada para cancelar el visado, pero el líder islámico ya había partido para EEUU y pasó sin problemas el control de pasaportes en el aeropuerto J.F. Kennedy de Nueva York”. Esta noticia, como veremos, resultó ser completamente falsa. Estaba claro que se le había ayudado a entrar en EE.UU. por los servicios prestados en anteriores episodios, sin duda, el más notorio de los cuales fue su apoyo a las guerrillas antisoviéticas afganas.
El 22 de julio se supo que el “error informático” al que se aludió en un principio era falso. Ese día, The New York Times reveló que los servicios secretos de Estados Unidos estuvieron más implicados de lo que se creía en la concesión de visados de entrada en el país al Omar Abdel Rhaman. El diario había obtenido documentos secretos del Departamento de Estado. Entre 1986 y 1990, el Servicio Central de Información estadounidense (CIA) aprobó seis veces la concesión de visado a su nombre.

La última vez que Abdel Rahman obtuvo un visado de entrada en EEUU fue en la embajada estadounidense en Sudán en 1990, donde se lo concedió un empleado de la CIA destacado en dicha representación diplomática. Pero en esa época, el líder integrista ya tenía un amplio historial relacionado con episodios de terrorismo. En 1981 fue procesado y absuelto en Egipto de los cargos de participar en la conspiración para el asesinato del presidente Anwar Sadat. Ocho años después las autoridades egipcias le acusaron de incitar a la violencia entre sus fieles. Pero sus extremadas buenas relaciones con la CIA derivaban de su contribución al reclutamiento de integristas musulmanes para luchar en las filas de la guerrilla afgana. Fuentes gubernamentales egipcias aseguraron que incluso trabajó para la inteligencia americana.

Hosni Mubarak, presidente egipcio, afirmó dos meses después del primer atentado al WTC, que había enviado informaciones al FBI sobre la red de integristas islámicos en EEUU. En una entrevista publicada hoy por el The New York Times, el líder egipcio declaró que “el atentado podría haberse evitado si hubierais escuchado nuestros consejos". Mubarak echó la culpa por la ola de violencia en Egipto y otros países de Oriente Próximo a los guerrilleros afganos que, apoyados por EEUU, combatieron al Ejército Soviético en la década de los años 80. Altos funcionarios egipcios dijeron a ese diario norteamericano que meses antes habían alertado a EEUU sobre las actividades y los discursos incendiarios del líder religioso integrista Omar Abdel Rahman y sus predicaciones en Nueva Jersey y en las mezquitas de Brooklyn.

Así pues, el principal instigador del crimen –o presentado como tal- había entrado sin problemas en EE.UU. de la mano de la CIA. Pero lo más sorprendente es que el resto de acusados, con anterioridad, ya había sido investigado por el FBI. El 10 de junio de 1993, se supo que el FBI tenía la sospecha de que estaban programando un “acto criminal”, se habló incluso del intento de asesinato del secretario general de la ONU, Butros Gali. Sorprendentemente, seis semanas antes del atentado al WTC, los agentes de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) desistieron de sus pesquisas que se habían prolongado por espacio de cinco meses, al no encontrar pruebas que confirmaran sus sospechas, según el periódico neoyorquino US News and World Report.

Entre la veintena de investigados estaba el egipcio Mahmud Abuhalima, de 33 años, considerado el "cerebro" del atentado. Era la cuarta vez que el FBI le investigaba, y en enero de 1993, los agentes concluyeron que las sospechas de que planeaba el asesinato de Gali eran infundadas. Sin embargo, cuando se decidía concluir esta investigación, su célula ya estaba planificando el atentado contra el WTC.

Todo esto es bastante preocupante, pero mucho más lo es recordar la noticia publicada el 28 de octubre de 1993 y difundida en España por EFE, según la cual: “El FBI no sólo sabía que se estaba preparando un atentado contra el World Trade Center de Nueva York sino que anuló unos planes para hacerlo fracasar, según cintas grabadas en secreto por un confidente”. Algunos extractos, fueron publicadas por el diario The New York Times, y revelan que las autoridades fueron alertadas sobre los preparativos de un atentado. La noticia proseguía explicando que, ante las advertencias del confidente, los investigadores prepararon un plan para cambiar los explosivos que iban a utilizar los presuntos terroristas por una sustancia inofensiva. Pero el plan fue cancelado por un supervisor del FBI, cuya identidad no ha sido facilitada, “quien tenía diferentes ideas de cómo utilizar los servicios y los datos que ofrecía el confidente, el ex militar egipcio Edmad Salem”. Las transcripciones de las cintas fueron facilitadas a la defensa de los 15 acusados de formar parte de un complot que presuntamente planeaba asesinar al presidente egipcio, Hosni Mubarak, en una visita a Nueva York y cometer un atentado contra la sede de la ONU y dos túneles muy transitados de esta ciudad.

Sin embargo, las grabaciones contienen también conversaciones en las que Salem se queja a agentes del FBI de que si hubieran hecho caso a sus advertencias se hubiera podido evitar el atentado contra el WTC. Después del atentado, Salem estaba tan furioso que quería quejarse a los máximos representantes del FBI en Washington, pero agentes de dicho organismo en Nueva York le disuadieron, según The New York Times, que cita un fragmento en el que el informante afirma que "desde el atentado me siento horrible ... siento que aquí (FBI) hay gente que no me escucha". En la misma conversación la agente del FBI Nancy Floyd intenta animar a Salem al declarar que "no fue porque usted no lo intentó y yo lo intenté" y agregó que "no se puede forzar a la gente a hacer lo apropiado". En otro fragmento Salem comenta una conversación que tuvo con el agente del FBI, John Anticev, al que le dijo que "ahora han visto el atentado y ustedes dos saben que hubiéramos podido evitarlo (...) a ustedes se les paga para prevenir que ocurran estos problemas". "Manejábamos el caso perfectamente hasta que llegó el supervisor que lo enredó todo", declaró Salem en una conversación con Anticev, quien no puso objeciones a dicha afirmación. En otros extractos de las cintas filtradas a la prensa, el líder integrista musulmán Omar Abdel Rahman declaró a Salem que no quería tomar parte en el atentado contra la ONU.

Aunque el director del FBI, Louis Freech, afirmó que no podía comentar el asunto, fuentes no identificadas de esa agencia federal confirmaron al diario The New York Times la apertura de una investigación sobre el tratamiento que se dio a las informaciones y advertencias hechas por Emad Salem. Las informaciones de Salem, quien supuestamente recibió un millón de dólares del Gobierno de EEUU por sus servicios, permitieron la detención de los presuntos miembros del complot. Salem empezó a trabajar como confidente del FBI antes del atentado e incluso se infiltró en los círculos más cercanos a Omar Abdel Arman, en 1991, a raíz de la investigación sobre el asesinato en Nueva York del líder radical judío Meir Kahane.

La información transmitida por Salem permitió al FBI vigilar durante más de seis semanas y detener finalmente a los ocho presuntos terroristas, de los que se dijo que planeaban volar la ONU, dos túneles bajo el río Hudson por donde transitan decenas de miles de personas al día, y la sede del FBI en Nueva York. La banda también preparaba, según las autoridades, el asesinato del secretario general de la ONU, el egipcio Butros Gali, del presidente de Egipto Hosni Mubarak, y de dos políticos neoyorquinos. Sus motivos para cooperar con el FBI eran "altruistas y mercenarios", dijo una fuente, mientras otra explicó que el ex militar egipcio, musulmán convencido, consideraba que los conspiradores habían pervertido el Islam.

Recapitulemos.

-    Así pues, el inspirador del atentado era un antiguo colaborador de la CIA en Afganistán, al que la CIA introdujo en EE.UU.;

-    la célula terrorista había sido investigada por el FBI, existían informes procedentes de Egipto en los que se detallaban los episodios de terrorismo en los que estaban implicados los miembros de la célula y su inspirador;

-    la célula estaba infiltrada por el FBI que seguía sus pasos con uno de sus confidentes inmejorablemente situado en su interior.
Pero aún hay algo más grave que todo esto. La “infiltración” de Salem no fue tangencial o exterior al centro que planificó el atentado. De hecho fue él mismo quien fabricó la bomba. La afirmación se encuentra en la trascripción judicial de las conversaciones grabadas secretamente por el informante y que revelan que la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) estaba presuntamente al tanto de la fabricación de la bomba. En una conversación tenida en abril de 1993 con el agente del FBI, John Anticev, Salem justificó la nota de gastos que le presentó al señalar que los costes eran más elevados, debido “a la fabricación de la bomba”. Salem afirmó también que la bomba fue construida "con la supervisión de la Oficina" (el FBI). En un fragmento de la conversación, Salem dijo: "sabemos que la bomba empieza a ser construida. ¿Por quien? por vuestro informante confidencial".

Uno de los abogados de la defensa, Ronald Kuby, afirmó: "creemos que Emad Salem puso la bomba en el World Trade Center". Kuby explicó que debido a que se encontraba cerca del lugar del suceso cuando ocurrió la explosión, Salem sufrió una afección de oído, por la que fue hospitalizado. Según la hipótesis de la defensa, Salem se habría ofrecido para fabricar la bomba con el fin de ganarse la confianza de los acusados y al mismo tiempo obtener un lucrativo beneficio por su colaboración con el FBI.

Con los datos de que disponemos es posible afirmar que:

-    los servicios de inteligencia americanos, no sólo sabían que se iba a producir un atentado en el WTC, sino que además lo estimularon,

-    no hicieron nada sustancial para impedirlo e incluso puede pensarse si no lo instigaron y

-    el celo de la CIA en introducir en EE.UU. al jeque Abdel Rhaman parece una maniobra para crear un falso responsable intelectual del crimen.
La CIA sospechaba que el jefe del comando, Ramiz Ahmed Yousef, que logró huir -¡tras ser interrogado por el FBI!- se ocultaba en Iraq, a pesar de que sus pistas se perdían en Jordania. El presidente Clinton, ordenó un nuevo bombardeo de Bagdad...

VII. CONCLUSIONES

-    Gracias al Motín del Te de Boston, se inició la guerra de la independencia de Gran Bretaña.

-    Gracias a la caída de El Alamo, EE.UU. arrebató e incorporó 1/3 del territorio mexicano.

-    Gracias a la explosión del Maine se hizo con el control económico del comercio en el Caribe.

-    Gracias al hundimiento de Lusitania logró entrar en la guerra europea y dar salida a enormes excedentes de producción.

-    Gracias a Pearl Harbour, consiguió entrar en la guerra europeoa y obtener un espacio preferencia en los mercados europeos en la postguerra.

-    Gracias al incidente de Tonkin el conplejo militar-industrial se enriqueció como nunca había hecho, gracias a la entrada en la guerra del Vietnam.

El llamado “motín del té de Boston” fue el pistoletazo de salida de la independencia americana. Y no se trató de un episodio misterioso. Hoy se sabe que los “indios” que asaltaron el buque inglés en el puerto de Boston y arrojaron toda la carga al mar, eran colonos pintarrajeados y disfrazados de indios, todos los cuales pertenecían a la logia masónica local. El “motín del té” es el primer episodio en la historia de los EE.UU. en el que lo que se ve es muy diferente de la realidad en sí misma. Nada es lo que parece en la historia de los EE.UU. Ese mismo esquema basado en la falsedad, la mentira, la provocación y el cinismo, han sido una constante en la historia americana que ha afectado, como hemos visto, de manera muy directa a España. Pero los pueblos y sus gobiernos eluden extraer consecuencias de la historia.

Gracias a esa ignorancia histórica, EE.UU. puede permitirse el lujo de crear un “casus belli” capaz de generar un nuevo conflicto del que sus intereses salgan reforzados. Cuenta para ellos con 26 servicios de inteligencia dotados globalmente de un presupuesto anual de 30.000 millones de dólares. La red de complicidades de estos servicios con los medios de comunicación es hoy, proporcionalmente tan importante como lo era en tiempos del Maine.
El pueblo americano, celoso de sus libertades, contrario a las intervenciones estatales, opuesto tradicionalmente a los dispendios de los organismos federales, desconfía de todo lo que supongan aventuras exteriores. La oposición a la guerra de Vietnam, a pesar de ser protagonizada por movimientos pacifistas, nueva izquierda y grupos contestatarios, fue una iniciativa muy propia del pueblo americano. De la misma forma que justificar los bombardeos de Vietnam del Norte en función del prefabricado “incidente de Tonkín” era una argucia, también muy propia, de la Administración...

Los Presidentes de los EE.UU. saben que sus posibilidades de reelección están muy disminuidas en caso en embarcarse en aventuras exteriores. Y es que las decisiones en política exterior pesan mucho en la política interior americana. Por lo demás, no resulta demagógico recordar que en las guerras cuyo desarrollo aumenta inevitablemente el poder del consorcio militar-industrial, los que mueren son los hijos de los norteamericanos medios, no los vástagos de las dinastías locales.

El único procedimiento mediante el cual las administraciones americanas han logrado salvar la resistencia de la población a implicarse en conflictos fuera de su territorio, ha sido la creación de episodios de inusitado dramatismo que han suscitado un impulso emocional en busca de venganza, ante el cual, el aislacionismo en política exterior pasa a un plano muy secundario.

Pero el impulso de venganza dura poco; cuando está agotado, o bien es necesario ofrecer victorias al pueblo americano (como ocurrió con las dos Guerras Mundiales), o bien se trate de una guerra de corta duración que termine con una rápida e incuestionable victoria (guerra contra México, guerra contra España, Segunda Guerra del Golfo, ataque a Afganistán). El riesgo consiste en que el deseo de venganza se disipe antes de haber podido ofrecer victorias. En ese caso, el pueblo americano genera redobladas resistencias a proseguir el conflicto. Tal fue lo que ocurrió en Vietnam.
Sea como fuere el modelo histórico es siempre el mismo a expensas del resultado final del conflicto iniciado. Lo verdaderamente importante es establecer el mecanismo mediante el cual se genera un conflicto a partir del interés de una parte por adquirir una posición preponderante en una zona geográfica o en una competencia comercial.

EE.UU. es, como hemos visto, lo que geopolíticamente es una “potencia oceánica” y, por tanto, sus intereses son, ante todo y sobre todo, comerciales. Es la “nueva Cartago”. Y para defender esos intereses, cualquier procedimiento es bueno. No puede decirse que, para las administraciones americanas “el fin justifique los medios”, sino más bien que “un solo fin –la hegemonía- justifica todos los medios”. Y uno de estos medios es el terrorismo entendido como provocación.

Desde el punto de vista operativo, contra más extremista es un grupo político, más fácilmente es manipularlo. Muy frecuentemente determinados grupos terroristas –o sus cúpulas- han aceptado fácilmente su manipulación a fin de aumentar su radio de acción o su capacidad para cometer atentados. Tal es el caso de Bin Laden durante su período de colaboración con la CIA en la lucha contra los soviéticos en Afganistán.

Puede establecerse el siguiente axioma: allí donde existe extremismo político, no hay reflexión estratégica en profundidad y, por tanto, hay una inmadurez política susceptible de ser manipulada. Entendemos por “inmadurez política” el desfase existente entre el proyecto político que se pretende poner en práctica y las posibilidades reales de hacerlo recurriendo a la violencia. El tipo de activista que ingresa en un grupo terrorista une a su convencimiento ideológico un impulso irrefrenable a la violencia que puede surgir de factores muy diversos: sexualidad anómala, frustraciones existenciales, psicopatías, una energía vital mal encauzada, presiones socio-culturales del medio en el que vive, etc. Sea como fuere, la inmadurez política está siempre presente. Y eso facilita la manipulación, la provocación y la infiltración.

Como ya hemos visto, otra estrategia muy habitual en los servicios de inteligencia es dejar actuar a un grupo terrorista, sin interferir en su acción, ni desarticularlo, así puede ir cometiendo pequeñas acciones terroristas, hasta que, finalmente, “alguien” comete un macroatentado que es endosado en la cuenta del grupo terrorista en cuestión. Dado que ese grupo se ha mostrado capaz de cometer acciones terroristas, nada impide pensar que, bruscamente, haya dado un salto cualitativo, y cometido una acción mucho más importante... a pesar de que, en realidad, no haya tenido nada que ver con ella. Es la estrategia de la manipulación y la provocación.


Otra estrategia habitualmente utilizada en la historia americana es la del arrinconamiento del adversario hasta que se le pone en situación de responder (así ocurrió con los japoneses en Pearl Harbour y en el caso del Lusitania). En el momento en que se ha atraído al adversario a la trampa, cuesta poco sacrificar unos cuantos cientos o miles de peones si, a cambio, el beneficio que se va a obtener es extraordinariamente alto. Colóquese a un lado lo que significan los 3.500 muertos en los atentados del 11-S, junto a los extraordinarios beneficios que reporta adelantar las líneas hasta las puertas del Caspio, custodiando las terceras reservas petrolíferas mundiales. Piénsese en los 2.500 americanos muertos en Pearl Harbour junto a los extraordinarios beneficios que reportó el vencer las barreras arancelarias europeas y crear mercados mundiales como consecuencia del conflicto desencadenado con un ataque que, era impactante para la opinión pública, pero estaba muy lejos de aportar una victoria completa para los japoneses.

Finalmente, otra estrategia concurrente consiste en achacar al adversario justamente aquello que uno mismo está realizando. El doble lenguaje ha sido utilizado por los totalitarismos de todos los tiempos. El caso del 11 de septiembre es extremadamente significativo: EE.UU. ha mentido, intoxicado, falseado y manipulado pruebas, lanzado acusaciones falsas, decretado medidas totalitarias en Intertnet, realizado bombardeos de terror sobre las ciudades afganas, apoyado y armado a bandas de asesinos, como mínimo tan desaprensivas como los talibanes, tratado a los prisioneros en Guantánamo con una crueldad difícilmente imaginable para un Estado occidental moderno, todo ello para concluir que se ha actuado en nombre de la libertad, los derechos humanos y la democracia que estaban en peligro por la acción de los terroristas. O como dice el refranero español “te lo digo para que no me lo digas”.
 
El misterio que rodea al atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono no es sino la reedición de un modelo histórico repetido en innumerables ocasiones y con pocas variaciones, en la historia de los EE.UU. En el momento de escribir estas líneas lo obtenido por la política exterior americana bien vale la humillación de ver el WTC convertido en un amasijo de ruinas flameantes. Al calor de esas ruinas, el pueblo americano elevó un grito de venganza. Y George W. Bush, el presidente no refrendado en las urnas, “escuchó” ese grito y aprovechó para matar varios pájaros de un tiro: con la presión psicológicas de los atentados y estimulado el deseo de venganza, nadie se opuso a sus medidas limitadoras de las libertades en el interior del país, nadie condenó los bombardeos de Afganistán, nadie denunció que toda la farsa olía a petróleo y que se aprovechaba para intervenir en zonas distantes del foco del conflicto (Filipinas) y amenazar a otras (Irán, Iraq, Corea, Siria); finalmente, Bush alcanzó el liderazgo que no tenía al alcanzar fraudulentamente la Presidencia y borró su imagen de patán ignorante y zafio.

(c) Ernesto Milà - infokrisis  infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar procedencia.

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