Infokrisis.- No es por casualidad que el "Tour de Francia", la más famosa prueba ciclista de los tiempos modernos, arraigó inmediatamente en el país vecino. En efecto, el concepto de "tour" (vuelta), hundía sus raíces en lo más profundo de la sociedad francesa. En otro tiempo, desde finales de la edad media, el "tour"  se realizaba a pié; no estaba abierto a todo aquel que quisiera participar, era, por el contrario, patrimonio de los llamados "compagnons", encuadrados en los gremios artesanos. No era una competición deportiva, sino una escuela de vida. Hoy todavía, a menos de un lustro del siglo XXI, los supervivientes de estas organizaciones conservan celosamente sus tradiciones y ritos secretos y aun algunos realizan su "tour" alejados de las metas, los maillots amarillos y los besos dispensados por las starlets a los vencedores.

DESDE EL SIGLO XV AL TERCER MILENIO

Los historiadores que han intentado reconstruir la trayectoria del movimiento gremial francés se han encontrado con dificultades insuperables. Todavía hoy los gremios tienen muy arraigada la tradición de quemar sus archivos al final de cada año; esta prudente medida adoptada tras las primeras persecuciones contra ellos en la Baja Edad Media, supone un obstáculo insuperable para fijar fechas con certidumbre absoluta.

Gracias a otros registros, documentos y archivos, se sabe que la Francia de finales del siglo XV, era recorrida por artesanos ambulantes que ejercitaban su oficio en las ciudades que visitaban. El recorrido se cerraba sobre sí mismo: terminaba en Lyon, allí donde se había iniciado años atrás. El joven que había abordado la ruta, en el curso de la misma se había convertido en un hábil y maduro artesano.

El circuito, del que se empiezan a tener más datos a partir del siglo XVII, disponía de una serie de etapas fijas -Lyon, Marsella, Burdeos, Nantes y Orleans- y a lo largo del recorrido se visitaban otras en las que no era obligatorio detenerse: Nimes, Tolosa, Agen, Rochefort, Angers, Tours, París, Auxerre y Dijon. En estas ciudades los gremios contaban con fuertes implantación que les permitían acoger a los recién llegados y emplearlos en los talleres de sus maestros artesanos. La ausencia de etapas al norte del Sena, en Alta Savoia, Franco Condado y Lorena, se debe a la debilidad del movimiento gremial en esas zonas. Débil también fue la presencia en el Macizo Central, Normandía y Bretaña, con algunas excepciones. Pero esta distribución geográfica nos indica también el origen de la costumbre del "tour de Francia": éste debió aparecer necesariamente en el antiguo "País d’Oc".

Las etapas que hemos definido corresponden casi completamente con las que seguían los distintos caminos de otra peregrinación que gozó de gran fervor popular: el Camino de Santiago. Es posible que existiera una relación entre ambas tradiciones. Resulta evidente pensar que aquellas ciudades por donde pasaba el camino francés de Santiago, tenían una mayor prosperidad y vida comercial que el resto, y de ahí que los gremios fueran más poderosos. Pero esto no lo explica todo.

El Pais d’Oc recibió la influencia de los visigodos que conservaron relativamente puras las tradiciones gremiales romanas. Los visigodos establecieron la capital de su reino en Tolosa hasta que, vencidos en Vouillé, perdieron toda influencia al Norte de los Pirineos e hicieron de Toledo el centro de su poder. Mientras, en el Norte, las convulsiones políticas que precedieron y siguieron a la caída del imperio romano, hicieron que existiera un verdadero vacío de poder en varios momentos.

LA VIDA DE UN JOVEN ARTESANO

La duración de todo el "tour" no era inferior a dos años, ni superior a siete; en 1581 se fijó en tres, pero la prescripción se mantuvo poco tiempo y finalmente volvió a ser variable en el siglo XVIII.
Durante el "tour" los artesanos no podían casarse, si lo hacían debían abandonarlo y establecer un taller. Quienes emprendían esta aventura, debían haber superado el aprendizaje del oficio; no eran aun maestros, pero disponían ya de un cierto dominio de la profesión. Tenían entre 17 y 25 años. Todos ellos, antes de afrontar los polvorientos caminos de Francia, habían ejercido de aprendices en talleres; era frecuente entre los siglos XIII-XVII que los aprendices entraran en los talleres a partir de los 10 años. No recibían dinero alguno por su trabajo, tan solo cama, comida y ropa; a cambio, el aprendizaje era gratuito. Instalados en la trastienda de los talleres o en los altillos, los aprendices estaban completamente integrados en la familia del maestro o dueño del taller.

En su etapa de aprendizaje tenían la obligación de ayudar en las tareas domésticas, limpiar el taller y las habitaciones de la vivienda que generalmente estaba situada encima. Su vida no era fácil ni cómoda, frecuentemente eran sobreexplotados y vivían en condiciones precarias. Durante el siglo XVIII los abusos que los maestros cometían con sus aprendices dio lugar a conflictos que terminaron con el establecimiento de tribunales de seguimiento y verificación de las quejas presentadas.

LA AVENTURA INICIATICA Y PROFESIONAL

Cuando el aprendiz gozaba de un cierto dominio de la técnica, el gremio podía autorizarle a emprender la "vuelta a Francia". El joven artesano debería disponer de algunos pequeños ahorros que le permitieran abordar la aventura. Dado que iba a convivir durante años y por cortos períodos de tiempo con gente muy diversa, se requería de él que fuera "prudente y leal", su historial profesional debía de carecer de manchas, era necesario que un maestro consumado avalase su petición; el interesado se comprometía sobre los Evangelios a respetar los ritos y los estatutos de la corporación.

El joven artesano evidenciaba su capacidad profesional a través de la "obra maestra" que debía someter a juicio de los prohombres del gremio. Algunas de estas obras se conservan todavía en los distintos museos del "compagnonage" abiertos a lo largo de este siglo. Se trata de verdaderas maravillas cuya meticulosidad y precisión, atestiguan los óptimos resultados de este tipo de enseñanza. Catedrales góticas en miniatura, labradas en maderas nobles, estatuas finamente talladas, relojes y cerraduras cuyos mecanismos eran tan perfectos como sus presentaciones, todo ello era realizado por muchachos que apenas superaban los 20 años

LOS ATRIBUTOS DEL PEREGRINO ARTESANO

El recorrido se cubría siempre a pié y siguiendo el sentido de las agujas del reloj. El único bagaje que portaba el joven artesano era su bastón adornado con cintas cuyos colores y nudos eran indicativos de su gremio y de la ciudad que procedía. Un pañuelo grande con los emblemas de su profesión, y cerrado con cuatro nudos, contenía todas sus pertenencias. Este pañuelo se conocía como "baluchon de trimandeur" y aun cuando no existe palabra equivalente en castellano, "trimard" significa carretera y camino real y "trimarder", vagabundear. En cuanto a "baluchon" significa lío de ropa, hatillo.

El bastón no era solo un punto de apoyo, podía convertirse en un arma terrible y existían dieciséis maneras de llevarlo, cada una de las cuales encerraba un sentido diferente. Arrastrarlo ante alguien suponía despreciarlo, mostrar el mango era signo de respeto y deseo de paz; alzarlo a la altura de la frente, implicaba buena disposición y ofrecimiento de colaboración; pavonearse con el bastón, manteniéndolo adelantado respecto al cuerpo era signo de provocación y desafío, mientras que caminar, manteniéndolo al paso demostraba confianza.

En los museos gremiales se exponen muchos de estos bastones que lucen los emblemas corporativos; en buena medida se trata de bastones ceremoniales, utilizados en los ritos -frecuentemente secretos- gremiales; estos, finamente adornados, en sí mismos, constituían verdaderas obras maestras que tenían poco que ver con los utilizados por los artesanos en su viaje a través de Francia; estos, por su parte, más recios y largos, denotan su doble funcionalidad de punto de apoyo y arma defensiva.

EL "TOUR", UNA ESCUELA DE VIDA

¿Por qué esta extraña costumbre que descubrimos tan solo entre los artesanos franceses y, en menor medida, entre los "Zimmerman", sus equivalentes alemanes? A decir verdad, el "tour de Francia" constituyó una institución de gran valor pedagógico y formativo.

En los siglos en que fue concebida y hasta la revolución industrial del XIX, los sistemas de producción y las técnicas artesanales, variaban mucho de unas localidades a otras; mediante su desplazamiento por la geografía francesa, el artesano, y tenía la posibilidad de aprender trucos del oficio propios de cada región que completarían su formación práctica.

En un tiempo en el que viajar era un lujo, el joven artesano, a los veinte años, podía tener un conocimiento completo de todo el reino, sus viajes le permitirían relacionarse con gentes muy diferentes, conocer otros caracteres, adquirir, en una palabra, experiencia humana.

En efecto, para el gremialismo que nació en la Edad Media europea, lo importante no era solo que el joven aprendiera el perfecto dominio de su profesión, sino además que adquiriera formación humana integral. Los maestros que lo empleaban le exigían limpieza en su aseo personal y en el desempeño de su trabajo, educación y cortesía en el trato con sus superiores y en las relaciones con sus clientes. El tuteo estaba prohibido en las relaciones de un aprendiz con un maestro y con la familia de este. Una falta de respeto hacia los prohombres del gremio o sus esposas, podía ser castigada con la expulsión. Pero los gremios eran muy tolerantes respecto a otros exabruptos del carácter y para cuidar los problemas psicológicos de los  "paseantes" -así se llamaba a los artesanos que marchaban de una ciudad a otra- había creado una institución de singular arraigo: "La Madre".

"LA MADRE" DE LOS COMPAÑEROS ARTESANOS

Cada logia artesanal -"cayenna"- elegía en asamblea una "madre". Se exigía que las candidatas estuvieran legítimamente casadas, su vida debía ser un espejo de virtudes. Habitualmente eran esposas o familiares de agremiados. Pero sobre todo debían disponer de las "cuatro cualidades" imprescindibles: bondad, justicia, entrega y paciencia.

Una vez elegida era "recibida solemnemente y reconocida según los ritos". En el curso de esta ceremonia se le entregaba el brazalete que constituía el signo distintivo de "la madre"; la joya, no necesariamente de metal noble, debía ser restituida al gremio tras la muerte o dimisión de "la madre". Hemos podido ver el brazalete de una "madre" parisina actual, compuesto por anillos de metal de los que colgaban 12 medallones representando los 12 gremios de la obediencia "Compagnons du Devoir".

Cuando un "paseante" llegaba a una ciudad debía presentarse de inmediato en la sede del gremio, frecuentemente instalada en una posada o una taberna. Allí conocía al "rouleur", palabra que no tiene traducción pero que define a quien encontraba trabajo a los "paseantes", siempre en los talleres de maestros afiliados al gremio. Si un artesano llegaba a una ciudad y allí no había trabajo para él, el gremio le facilitaba un viático hasta la siguiente ciudad del recorrido. A su vez, el "rouleur" le presentaba a "la madre".

La "madre" consolaba a los artesanos de paso aquejados de nostalgia o recibían la noticia de la pérdida de algún familiar. Si tenían algún problema procuraba solucionarlo. No era extraño que jóvenes artesanos terminasen alguna francachela en prisión; allí debía acudir la "madre" para mejorar las condiciones de encarcelamiento. En caso de accidente o enfermedad era a la "madre" a quien correspondían los cuidados. Algunas "madres" dejaron honda huella, por su bondad y abnegación, en el movimiento gremial francés, como la "Madre Jacob", en los "Compañeros del Deber" de Tours la cual permaneció 43 años atendiendo a los artesanos peregrinos.

RITOS DE ADMISION Y DESPEDIDA

El recién llegado solamente era reconocido como miembro de la hermandad después de haber presentado su "pasaporte gremial" a la "madre". El documento era totalmente ilegible para los profanos; constaba del nombre del sujeto y una serie de iniciales seguidas de puntos que representaban frases y signos de reconocimiento, incomprensibles para los no afiliados al gremio. La "madre" comprobaba la manera de saludar, le pedía las palabras de paso y los signos de reconocimiento, entablaba con él un diálogo estereotipado a base de preguntas y respuestas rígidamente codificadas destinadas a comprobar la personalidad del visitante.
Después de ser reconocido por la "madre" como un miembro del gremio, el visitante "entraba en cámara", según la jerga "compañónica". La ceremonia fue siempre secreta y, hasta ahora, todos los que han pasado por ella, han guardado fielmente su voto de silencio. Tras esta ceremonia de recepción el recién llegado quedaba integrado en el gremio de esa localidad y podía beneficiarse de los servicios de la "madre" y del "rouleur". Era función del "rouleur" darle a conocer las costumbres del gremio y hacerlas respetar; cualquier infracción se castigaba con una multa.

Al concluir su período de formación y pasar a la etapa siguiente del "tour", tenía lugar otra ceremonia de despedida. El "lavage d’acquit", literalmente "lavado de descarga", consistía en comprobar que las relaciones entre el artesano peregrino y su maestro, habían concluido felizmente y sin dejar nada pendiente. Se comprobaba que nadie tenía una deuda para con el otro; en caso de que fuera así se procedía al "blancage" (blanqueo), con fondos propios o del gremio. Una vez estaban de acuerdo las dos partes en saldar felizmente la relación, los agremiados acompañaban al artesano peregrino hasta el confín de la ciudad entonando himnos gremiales. Los prohombres del gremio le regalaban objetos imprescindibles para acometer la nueva etapa y tenían lugar ritos secretos que aun hoy, siguen siendo desconocidos. El peregrino debía seguir el camino sin volver la vista atrás tal como requería la tradición gremial.

EL "TOPAGE" EN LOS CAMINOS

Entre los siglos XVI y XIX era muy frecuente que dos artesanos se cruzaran en los polvorientos caminos de Francia. Si se trataba de artesanos pertenecientes a gremios distintos y enemigos, el encuentro podía terminar -como de hecho ocurría- en combate singular. Las rivalidades gremiales eran proverbiales; los Compañeros del Deber y los Carpinteros del Deber de la Libertad, conocidos como "gavots", habían chocado en infinitud de ocasiones. Los primeros popularizaron una canción cuyas estrofas decían:

                En el año ochocientos veinte
                un domingo en Burdeos
                hicimos morcillas
                con la sangre de los "gavots"

Una extrema codificación debía seguirse cuando dos artesanos se cruzaban en los caminos. Al acto de cruzarse se le llamaba "topage" (palabra intraducible que, por aproximación, significaría acto de encontrarse o topar). Se reconocían por su bastón y por las cintas que colgaban de él; algunos gremios utilizaban prendas especiales y otros aretes en la oreja.

Al estar uno frente a otro ambos repetían la palabra "Tope!" y se preguntaban su "vocación" (el gremio al que pertenecían), tras responderse mutuamente concluía uno diciendo "Compagnon?", "compagnon" respondía el otro. Acto seguido se "hacían los honores" preguntándose datos sobre sus gremios respectivos.

Con la popularización de los ferrocarriles hacia el último cuarto del siglo pasado, esta costumbre fue desapareciendo progresivamente y hoy solo encontramos referencias en los estudios sobre el folklore del siglo pasado o en los archivos de los museos gremiales.

DEL MUNDO ROMANTICO AL SIGLO XXI

Sin embargo a mediados del siglo pasado el gremialismo estaba todavía vivo y activo en Francia. Si hemos de creer a Agrícola Perdiguier, uno de los grandes reformadores del gremialismo francés -a su vez peregrino del "tour de Francia"- hacia 1850, cada tres años doscientos mil jóvenes artesanos recorrían los caminos del país, poniendo en práctica sus conocimientos en busca de una notable experiencia profesional.

La personalidad de Agrícola Perdiguier fascinó a George Sand que lo convirtió en "Agricol Baudoin", protagonistas de su novela "Compagnon du Tour de France". En esta obra George Sand escribió:

"El Tour de Francia, es la fase poética, es el peregrinaje venturoso, la caballería errante del artesano. Aquel que no posee ni casa, ni patrimonio, va por los caminos a buscar una patria bajo la égida de una familia adoptiva que no lo abandona ni durante la vida, ni después de la muerte. Aquel mismo que aspira a una posición honorable y segura en su país, quiere al menos dispensar el vigor de sus mejores años y conocerá las agitaciones de la vida activa...".

En la actualidad, el Tour de Francia de los artesanos es casi un recuerdo. Si bien es cierto que en las últimas décadas las hermandades gremiales se han convertido en centros de formación profesional de los que salen promociones de artesanos excepcionalmente cualificados, esto se ha hecho a costa de perder algunas de sus más bellas tradiciones. El "tour" es hoy un recuerdo histórico en un país que asocia este nombre a una competición ciclista. Los jóvenes aprendices de la Federación "Compagnonnique" de Oficios de la Construcción, deben acudir en el tercer año de estudios a su sede central en París -en la avenida Jean Jaures de París- para asistir a cursos de especialización impartidos por técnicos e ingenieros iniciados en la hermandad gremial. Este último curso se realiza con el mismo espíritu que tuvo la peregrinación de otro tiempo.
Hoy como ayer, los artesanos formados en estas escuelas tienen una cualificación excepcionalmente alta; ayer los requirió Eiffel cuando se trató de elevar su torre emblemática del París de la "belle epoque", hoy son llamados para trabajar en todas las obras de restauración de edificios antiguos; su habilidad como carpinteros y albañiles, orfebres y picapedreros, se reconoce unánimemente. En la encomienda templaria de Figeac, reconstruida durante los años 80 por los distintos gremios de "compagnons", hemos podido ver como se utilizaban las mismas técnicas de carpintería y albañilería que en el siglo XII. No puede extrañar que la restauración haya sido perfecta, en su forma y en su espíritu.

Los "compagnons" de fines del siglo XX, constituyen una verdadera fraternidad en un mundo profundamente insolidario e individualista; entre ellos se percibe lo que es el un sano espíritu de hermandad. Al compartir veladas con los "compagnons" nos ha sorprendido su alegría y orgullo profesional, reflejado en canciones como esta:

                "Vivan los artesanos
                que hacen el "Tour de France"
                pues si el Rey supiera la vida que llevamos
                abandonaría su palacio
                y se haría  artesano".

El espíritu del viejo "tour de Francia", sigue vivo, más allá de la competición deportiva; los "compagnons" son hoy el último grito de la Europa ancestral. Honor a quienes transformaron el trabajo en un medio de realización de su personalidad. Honor a los descendientes de quienes alzaron las más hermosas catedrales...

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@blogia.com – http://infokrisis.blogia.com

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