Al ritmo del Cosmo: la danza que conduce a la eternidad

Publicado: Jueves, 11 de Diciembre de 2008 14:32 por Ernesto Milá en ESOTERISMO

Infokrisis.- Hoy cientos de jóvenes se agitan en las discotecas al son de ritmos atronadores. Se danza más que nunca; sin embargo, la humanidad actual parece haber olvidado el sentido de la danza. En este tiempo de confusión vale la pena recordar lo que fue la danza y la música en períodos más luminosos de la humanidad. Dicen las antiguas tradiciones que, antes que voz, hubo música y que la palabra de Dios -el Verbo- fue antes que música, ritmo, armonía, medida y movimiento. Fue, danza.

La danza: movimiento y ritmo

El movimiento es apenas un cambio de lugar en el espacio. La danza, siendo esto, es algo más. Para que un movimiento se aproxime a una danza hay que realizarlo en función de un ritmo; y aún faltará que se produzca un cambio de actitudes y gestos en los protagonistas para que podamos hablar de danza. El mismo curso del Sol -que ha inspirado tantas danzas- tiene distintas actitudes a lo largo del año: se acerca a la tierra, se aleja, y una y otra postura genera las estaciones, frío, calor, viento...; otro tanto ocurre con la danza. Cambia el ritmo y los danzantes adoptan posturas más acordes con él. Así pues sus pasos que, aisladamente, no hubieran supuesto más que simples "movimientos", encadenados unos con otros y articulados en función de un ritmo, generan una secuencia continua: eso es la danza, un ajuste del movimiento al ritmo.

En la más remota antigüedad no había otro instrumento musical  que las palmas de las manos y los sonidos guturales. Solo después aparecieron los instrumentos de percusión y en ese punto, el ritmo no fue privativo de la danza; había aparecido una música en estado primitivo. La danza fue, pues, anterior a la música, pero terminó por integrarla.

La danza es un arte, pero a diferencia de la escultura -que no es sino un instante del movimiento materializado y fijado para la eternidad en un espacio concreto- la danza es una forma inestable para un espacio infinito. Uno y otro arte se sitúan en las antípodas. La danza existe solo momentáneamente, la escultura temporalmente.

El ritmo y el compás

La palabra ritmo deriva del término griego "ruthmós", cuya radical indica la sensación de fluir; el "mos" es el movimiento estudiado y preciso. Ambas palabras parecen contradictorias; sin embargo lo que nos indica la palabra ritmo es que no basta con que fluya el sonido o el movimiento, hace falta que lo haga sometido a unas constantes.

Pero nos equivocaríamos si considerásemos que el ritmo es algo frío, mecánico y repetitivo; no hay que confundir ritmo y compás. El ritmo tiene vida y calor, expresividad, en definitiva. El compás somete a la música y al movimiento a un patrón estricto; la danza es mucho más que eso. Por eso se dice que la verdadera danza "tiene vida" y que la vida late en esos movimientos que diferencian al animal del humano.

El mundo animal y el vegetal, aun sometidos a ciclos cósmicos, no conocen la naturaleza de la danza. No tienen ritmo, tan solo compás. Para que haya danza debe haber espíritu. El espíritu se inserta en el ritmo y lo depura: si hay una fuerza inmaterial que hace girar al cosmos, en el ser humano esa fuerza es el espíritu.

Creación y destrucción de los mundos

Casi todos los dioses han creado su obra mediante el sonido hecho Verbo o Música. Incluso cuando en nuestro siglo Tolkien recreó todo un sistema mitológico en su "Silmarillon" atribuyó la formación del mundo a un dios que tocaba una música diferente a la del dios del cosmos. En el ámbito judío, una palabra dio vida al Golem y millones de masones de todo el mundo han buscado, sin comprenderla, la "palabra sagrada". La salvación católica pasa a través del Verbo hecho Carne.

Pero así como los mundos se crean, también se destruyen. La humanidad pre-moderna simboliza este proceso mediante la danza de los dioses. Shiva es, al mismo tiempo, creador y destructor de mundos. En sus representaciones iconográficas se percibe el contraste entre su rostro sereno e inmutable y sus piernas sometidas a un ritmo frenético: mientras la serenidad construye mundos, Shiva "de los doscientos brazos", muestra sus piernas danzando en torbellino destructor, desintegrando los mundos. Las evoluciones de Shiva se realizan en el interior de un círculo de llamas. El fuego, por su parte, tiene el doble sentido de vida (calor) y muerte (cremación).

Siguiendo el mismo simbolismo, en China, el "Wu", es decir la no-manifestación y, por tanto, la destrucción, se concibió, inicialmente, como danza. La danza es al mundo tradicional lo que el Sol a la Luna; allí donde está uno se encuentra el otro y éste, a su vez, es reflejo de aquel. La danza quiere ser la dramatización en movimiento de los procesos del cosmos y en la humanidad antigua percibía en el Cosmos algo Sagrado.

La danza como ritual religioso

A poco de ser proclamado Rey de Israel, David danzó ante el Arca de la Alianza. La cultura hebrea había heredado de la egipcia, el gusto por la danza y su valoración como elemento cultual. Platón mismo estaba influenciado por las concepciones egipcias a este respecto cuando proclama que la danza para ser válida -y si no, no es danza- tiene que reproducir el movimiento divino. Así como los pitagóricos consideraban la danza solo como imagen misma de los ritmos cósmicos -la "música celestial"- Platón sostiene que es un ritual en el curso del cual los humanos reclaman la acción del dios. A distancia en el espacio y en el tiempo, los indios norteamericanos, las tribus africanas y los montagnards indochinos, danzaban para pedir a las divinidades de la naturaleza lluvia y fecundidad, y a los dioses del hogar, larga vida a los vivos y destino venturoso a los ancestros; ante los dioses de la guerra se danza solicitando victoria para el clan y valor para el guerrero. La danza se inserta así en la liturgia de los pueblos.

Este concepto de la danza tiene muy poco que ver con las danzas naturalistas practicadas en el Africa Subsahariana. El africano danza para expresar los propios sentimientos e imitar los movimientos de aquellos animales que se consideran más acordes con la propia personalidad del danzante. En la mayoría culturas tradicionales, por el contrario, se danza, principalmente, como acto ritual, para expresar y buscar la unión con lo que es superior a lo humano, no para imitar lo que le es inferior (el reino animal).

La unión con Dios

La danza es un elemento iniciático y religioso. Busca la participación del hombre en lo divino y la intervención de lo sobrenatural en los asuntos mundanos. El derviche, cuando inicia su trepidante danza, sabe que, mediante una técnica precisa, alcanzará el éxtasis; en otras palabras, inhibirá su consciente y se situará en la actitud más favorable para una apertura a estratos más profundos de la personalidad y, por tanto, más próximos a lo divino.

Aristóteles distinguía dos tipos de "operaciones": aquellas en las que el efecto es distinto de la operación en sí misma (la poesía es algo más que una secuencia de palabras, tanto como el resultado final de una edificación es distinto de cada una de las piezas empleadas en ella) y aquellas otras en las que las operaciones son idénticas al resultado que se busca. Poiesis y Praxis, respectivamente. Cualquier trabajo manual es poiesis; la danza, por el contrario, es praxis en tanto que, imita los ritmos cósmicos queridos por la divinidad y pretende que el danzante se abra hacia esa misma divinidad. El desencadenante de la danza es el viejo principio de la "magia simpática": "lo que está arriba es como lo que está abajo". 

Los sioux relacionan su danza de la lluvia con los movimientos de los astros y de las esferas planetarias; es circular por la misma razón que los astros se desplazan en torno a la Polar. Las danzas de duelo, paradójicamente, tienen un desarrollo vertical y muy poco que ver con el estado de postración horizontal que se asocia a la muerte; y es así para evocar el ascenso del alma del difunto al lugar de residencia de la divinidad, allá en lo alto. Amaterasu es la diosa del Sol en Japón, su movimiento es generado por Uzume, quien danza ante la caverna donde se oculta. Incluso en el rostro mismo de los derviches giróvagos, su sensación de abandono y serenidad, es el mismo que podemos contemplar en las representaciones de Shiva: el dios de los mundos parece manifestarse a través de suyo.

Danza que libera y danza que embota


Más del 75% de la actividad musical en Occidente tiene que ver con la música rock y sus derivados. Las nuevas generaciones están particularmente afectadas por el "virus" del rock. Pocos de ellos asisten a un concierto, muchos menos aun conocen las danzas tradicionales de sus respectivos pueblos, sin embargo, un porcentaje notable, danza al son de la música rock.

Hemos preguntado a jóvenes que viajaban en transportes públicos el motivo de que llevaran continuamente auriculares que les permitieran oír rock y derivados continuamente. Algunas respuestas son significativas de su estado de espíritu: "Así no pienso", "Para huir de los problemas", "Es lo que me gusta"... Algún disc-jokey nos lo ha confirmado: "De acuerdo que hay una momentánea pérdida de personalidad, pero así [el público] se olvidan de sus problemas".

La técnica de fuga de lo cotidiano consiste en boquear el cerebro mediante música atronadora y los fines de semana rendir el cuerpo en marathones discotequeros. Pero es en el cerebro donde anida el espíritu humano: bloquearlo implica algo más que dejar de pensar en lo cotidiano, supone taponar las posibilidades de acceso al mundo superior, abriendo las puertas al inferior. No es raro que buena parte de los líderes del rock hayan sucumbido al mundo de las drogas, al alcoholismo o a un estilo de vida desenfrenado. Los historiadores de la música han hablado, en rigor, de la "maldición del rock".

Para colmo, en el baile moderno el movimiento central es el de la cadera. Los estudios sobre anatomía "sutil" realizados en el marco de civilizaciones tradicionales -pero que han alumbrado técnicas tan eficaces actualmente como la acupuntura- insisten en que los bajos instintos y la animalidad radican en la zona del bajo vientre, justo aquel que es estimulado por el ritmo del rock. Paralelamente a esto, el ritmo atronador de las discotecas provoca el embotamiento y daño de los órganos y glándulas que anidan en la zona de la cabeza (hipófisis) y tras el esternón (pineal), justo donde más repercute la música atronadora.

En el interesante libro "La música de nuestra época", el anónimo autor resume los efectos de la música y del baile pop sobre el organismo: "la cadencia provoca aceleración en la respiración y en el ritmo cardíaco, agita el sistema nervioso, desordena el glandular, excita la producción hormonal, disminuye la oxigenación del cerebro, la conciencia se enquista y no reacciona, se abandona"... El autor concluye que las discotecas, con sus efectos lumínicos, crean un infierno de luz y sonido.

Estamos muy lejos de la danza concebida como recreación del proceso de formación del cosmos o como vía de tránsito a niveles superiores de conciencia; la danza practicada hoy en discotecas es justo su inversión demoníaca. Hoy, más que nunca, es preciso recuperar, para nosotros y para las generaciones que vendrán, el sentido originario de la danza.

[Recuadros fuera de texto]

[recuadro I]

El amor y la danza

Los neoplatónicos renacentistas consideraban el mundo como un ser viviente compuesto por distintas partes. Cada una estaba ligada a las demás mediante el "amor". Marsilio Ficino y sus discípulos consideraban al amor como el principio de afinidad universal. La "copula mundi" asegura la unidad del organismo cósmico.

En la imagen que se hacía del mundo, Dios estaba rodeado de cuatro círculos o esferas: la "mens mundana" compuesta por los seres angélicos, la "anima mundana" o mundo de las causas, el "reino de la naturaleza" y, finalmente, el "reino de la materia". El amor une a todas las esferas. La misma divinidad se siente impulsada por el principio amoroso a crear mundos en un arrebato de deseo.

La música aparece en este contexto como parte del alma del mundo ("anima mundana"). Las distintas esferas, al girar, producen la música de los cielos o del mundo. Primero, ésta música es solo sonido, pero, finalmente el sonido termina coagulándose en materia. Así se forma el reino de la Naturaleza.

A medida que las cosmogonías fueron racionalizándose, la interpretación musical perdió vigor y ganaron fuerza los temas sexuales (Adán y Eva, el Rebis hermético, la cópula filosofal, etc.) derivados del concepto de amor y atracción de los opuestos. Pico della Mirandola llega a decir que el mejor amante es el "Mago" en tanto que conoce los misterios de la Creación y la naturaleza de los Mundos.

[recuadro II]

Los cuatro estadios de la danza

La historia del género humano es la historia de la danza y de las castas que han sido hegemónicas a través de los tiempos. In illo tempore, en el período más cercano a los orígenes, la danza se concebía solo como un culto religioso. No era, ni un divertimento, ni un alarde de facultades físicas, sino un ritual religioso. Y fue así mientras la cata hegemónica en la sociedad era la casta sacerdotal.

El devenir de los tiempos trajo la hegemonía de una nueva casta, la guerrera, la segunda en el orden jerárquico de los pueblos indo-europeos; y esta casta dejó impresas en la sociedad las danzas que le eran propias: las danzas guerreras. En Europa este proceso tiene lugar durante la Edad Media. Las danzas sagradas se recluyen en los templos y, poco a poco, van desapareciendo. Se sabe que el obispo de Chartres guió las danzas que se celebraban en el interior de su catedral hasta principios del siglo XIV. En España han quedado rastros en los "entremeses" de algunas catedrales (Elche, Sevilla).

Tras el Renacimiento, con el ocaso de las sociedades feudales y el lento advenimiento de la burguesía, las danzas para el disfrute de la nueva clase se hicieron hegemónicas, especialmente a partir de finales del XVIII y durante el XIX. El vals puede ser considerado como el paradigma del concepto de danza burguesa. Finalmente, en pleno siglo XX, con la masificación de la sociedad aparecieron nuevos tipos de baile en nuevos locales: las macro-discotecas, al abrigo de la luz del sol, ofrecen una música bailable en el seno de la cual la personalidad se diluye. Es la más adecuada a un tiempo en el cual la masificación y la nivelación constituyen buena parte de nuestra cotidianeidad.

[recuadro III]

La tarantela: danza terapéutica

En el sur de Italia se baila una danza vertiginosa de gran belleza, la tarantela. Literalmente, "tarantella" es el baile de las arañas. El gran musicólogo heterodoxo alemán Marius Schneider le dedicó un ensayo en el que demuestra que este baile es una reedición del concepto de danza como dramatización de la creación y destrucción de los mundos.

La araña, en las culturas tradicionales está considerada como encarnación de los espíritus de los muertos. Cuando los antepasados están descontentos traen, a través de la araña-tarántula, muerte y enfermedad. En estas culturas la araña equivale al fuego y a la espada. Ya hemos visto el simbolismo doble del fuego (calor y cremación), los dos filos de la espada indican, a su vez, creación y destrucción, defensa y ataque. Una vez más estamos ante un símbolo de la dualidad. Mata y crea como el Shiva de la tradición brahamánica.

La tarantella tiene este mismo doble valor: si el movimiento de la araña o "tarántula" representa la ira de los antepasados descontentos con los hombres, igualmente su ritmo trepidante sana a los humanos. En efecto, el sudor provocado por el ritmo frenético, hacía que con él se expulsara el veneno de la tarántula... Se trata de una autocuración rítmica que los napolitanos picados por el veneno  utilizaban para exudarlo.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

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