Infokrisis.- La gravedad y profundidad de la crisis, legitima y da consistencia a la crítica al capitalismo. Difícilmente ésta podría ejercerse en momentos de euforia económica, en días de vino y rosas, abundancia, consumo y exceso. En los “tiempos fríos” de los que hablaba Guillaume Faye, si algo es criticable, lo es con mesura, ponderación y buen tino. Pero cuando se ha operado un brusco tránsito hacia los “tiempos calientes” en donde la incertidumbre, la sensación de provisionalidad e inseguridad, de desigualdad ya no creciente, sino abismal, entre quienes lo tienen todo y quienes no tienen nada, no es que todo se haga criticable, es que muy frecuentemente, el objeto de la crítica se convierte más bien en el objetivo a abatir y no faltan voluntarios para empuñar la piqueta de demolición.

Los “tiempos fríos” en los que nada pasa y todo puede esperar hasta el día siguiente, están quedando atrás. No lo percibimos por nuestra propia inercia. La naturaleza humana es conservadora y se resiste al cambio. Habitualmente no cambia por voluntad propia sino por presión externa y, sin duda, por necesidad; pocas veces por un intrínseco deseo de novedades profundas. En los “tiempos fríos” no se discute apenas, salvo en duelos parlamentarios versallescos (eso que llaman “cortesía parlamentaria”). Pero ese tiempo ha pasado. Estamos entrando, casi sin darnos cuenta, en tiempos calientes en los que todo es posible porque todo corre el riesgo de quedar desarzonado.

Mienten quienes afirman que estamos “en la fase dura de la crisis”. Estamos entrando en la crisis, queda aun entre año y medio y dos años para entrar en la fase dura, a la que seguirá un reajuste durísimo y quizás hacia el 2015-18 empecemos a salir del túnel. Tal es, al menos, la teoría con la que se mueve Santiago Niño que algo debe saber en tanto que catedrático de estructura económica de una universidad privada, y que ni parece tener complejos ni sometimiento a lo políticamente correcto. Nos queda mucho por saber cómo van a ser esos “tiempos calientes”, la virulencia que van a alcanzar y qué estructuras caerán para siempre. Y no serán pocas.

No es sólo el capitalismo lo que se trataría de refundar sino sobre todo el sistema político que ese mismo capitalismo ha degradado hasta convertirlo en una caricatura de “democracia”. Lo hemos dicho en muchas ocasiones: si democracia es votar cada cuatro años bajo la narcosis de las campañas electorales, si una bomba aquí o un muerto por allá, mecen a masas de electores como cañas al viento, si una mentirijilla por aquí y una promesa electoral por allá, sin explicar en qué consiste la letra pequeña o en donde está el truco (siempre, en todas las promesas electorales, hay truco), si democracia es libertad de expresión para quien no tiene nada que decir y mucho engaño que vender en el mercadillo electoral, se la pueden meter en el caca y que les vote su puta madre, por decirlo claro y pronto aplicando a las instituciones lo que está vigente en la calle, como decía Adolfo Suárez. Igual, utilizando un lenguaje descarnado, alguien se entera de que cualquier parecido entre el sistema político español y la democracia es como comparar un huevo a una castaña.

Vivimos una partitocracia tutelada por la plutocracia. Vale la pena explicar la concatenación de palabros. Partitocracia porque mandan los partidos que, ellos mismos, gracias a la ficción construida en 1978 por los “padres de la constitución” (que ya pertenecían a partidos y lógicamente buscaban beneficios para esos mismos partidos) se arrogaron el papel de pieza intermedia y factor de modulación entre la “voluntad popular” y el gobierno de la nación. Como si colocar un voto en una urna fuera una operación mágica de la que, en ese atanor electoral, saldría una voluntad colectiva, casi animista, que aureolase al político con las miasmas de la “soberanía” que ejerce cada ciudadano y, solo por ello, ya estuviera autorizado a ejercer los tres votos de la partitocracia: voto de lucro, voto de demagogia y voto de voto de nepotismo, equivalente a los de pobreza, castidad y obediencia para la clase política.

Los partidos hicieron su sistema… en el que lógicamente, ellos mismos son los únicos bien parados. Fueron jueces y parte. Partieron y repartieron la tarta... entre ellos. Leo Strauss decía que en la historia de la humanidad, desde el neolítico hasta la era de la nanotecnología, la criogenia y la ingeniería genética, no se ha visto todavía nunca a un político adoptar una medida que fuera perjudicial para él. Si, los procuradores franquistas, se hicieron el hara-kiri no fue para abrir lo que se suponía iba a ser la era de las libertades democráticas, sino porque en buena medida creyeron que podrían beneficiarse de la nueva situación. Así nació UCD y así se coaligaron los “siete magníficos” en lo que luego sería AP y luego el PP. Ningún político, mire usted por donde, adopta decisiones contrarias a sus intereses, pero igualmente no pestañea a la hora de adoptar decisiones contrarias a los intereses de otros.

La cuestionable "grandeza" de la partitocracia estriba en que “hoy por mí, mañana por ti”: “hoy estoy en el poder y buitreo hasta lo que no está escrito y mañana estarás tú y harás tres cuartos de lo mismo, así que no me saques hoy los colores, porque mañana cuando estés sentado en el machito, seré yo quien te rompa el culo”. La partitocracia es así de sutil y sus maneras son las de una prostituta de posguerra embrutecida, de carnes desparramadas y modales soeces, pero eso sí, con máscara de vampiresa.

Pero la partitocracia es una parte de ese todo que los optimistas antropológicos y los hemipléjicos mentales llaman “democracia”. Luego está la plutocracia. Del griego πλουτοκρατα, gobierno de los ricos, la plutocracia supone la preponderancia de las  élites adineradas en el gobierno de la nación. Los Estados modernos indican un alto grado de especialización: el que nace con dinero o logra acumular masas desproporcionadas de dinero, se dedica a acumular todavía más. Por algún motivo -incomprensible para quien esto escribe-, los primeros 1.000 millones no bastan para que fulano o mengano se retiren a vivir la vida en lugar de aspirar al infarto o al cáncer de estómago. Quieren más y, como el corrido mexicano, más y más y mucho más. Dicen que son humanos, pero hay que ponerlo en entredicho, son máquinas de acumular dinero hasta lo indecible, más allá de todo límite y de cualquier sentido de la medida. Y siguen. Como han educado a sus hijos en esa norma, el niño o la niña no saben hacer otra cosa que ganar más dinero. He conocido a muchos ricos e incluso he realizado trabajos para algunos, así que sé de qué hablo. Y hay algo sorprendente en ellos: el 95% de su tiempo lo dedican a obtener más beneficios. Me recordaban a los estafadores que he conocido en la cárcel como detenido político: seas quienes seas, preso de posibles o preso en la indigencia, boqueras o kie, cuando un estafador habla contigo sobre cualquier tema, te está midiendo: intenta saber por dónde te la puede meter doblada y como te va a quitar hasta el último céntimo. Vamos, como el banquero. O el agiotista.

Pero esta clase es demasiado buena –o se cree así- para dirigirse al pueblo y para pringarse en la gobernación de un pueblo. Para ello tiene a un intermediario: la clase política. La plutocracia gobierna a través de la partitocracia dando de comer en la mano a una clase política de pocos vuelos y en la que la figura del estadista se ha ausentado sin dejar señas. ¿Qué es, a fin de cuentas, el político? Es el ambicioso que no ha podido acceder a la élite económica, pero que de mayor, aspira a ser como ella. Se dedica a la política porque tiene la sensación –acertada, por lo demás- de que es a la sombra del poder como se hacen los buenos negocios.

Desde el punto de vista cuantitativo, los plutócratas gobiernan a través de la partitocracia en la medida en que tienen en sus garras una mayor acumulación de capital. Los políticos, por su parte, podrán en alguna rara ocasión criticarles y la crítica será tomada como una travesura: “no hay problema, ellos son así: precisan el aplauso de la plebe y para suscitarlo precisan atacar a los saben que la plebe odia”. Basta un leve tirón de orejas para poner al político en su lugar. ¿Os imagináis la entrevista entre Zapatero y los siete grandes de la Banca? ¿Qué le debió decir Botín? “Cuando yo diga “perro ladra”, entonces hablas”Si las palabras quizás no sean exactas –los banqueros también son duchos en el arte de la esgrima, el florete y el quiebro versallesco- el espíritu es, sin embargo, indudablemente éste.

Desde los primeros tiempos de Felipe González resultó obvio que lo que luego se llamaría “la jet” socialista tenía un complejo de inferioridad social demasiado evidente en la familia Guerra, con sus hermanos aprovechados, piruleros y mangantones, derramando demagogia entre su grey que llegó a decir aquello: “la derechona, fijarze zi è malage, que le quieren quitar el cortiho al zeñorito Guerra”. Estos buscaban un lugar bajo el sol del dinero, ellos que tanta hambre pasaron en su infancia. Luego estaban los “beautifoul people” que aspiraban a entrar en el club selecto de la banca y vieron en el imperio de RUMASA la forma de hacerse, al menos, con un cacho.Tras esa primera corruptela, vinieron todas las demás que hicieron del felipismo el paraíso del pelotazo y de la falta de escrúpulos.

La plutocracia sabe, fuera de toda retórica y de la épica desplegada por los partidos, por qué cada político está en su lugar: para pillar, medrar y enriquecerse sin necesidad de trabajar excesivamente. No es raro que los manejen y utilicen como el niño de la vecina maneja las piezas del Belén en Navidades. En todo Belén siempre tiene haber un caganer (esa máxima aportación de la cultura catalana a la navidad). En Catalunya los políticos están orgullosos cuando alguien aprovecha su imagen para modelar un caganer. Es significativo. En términos no tan simbólicos, el caganer es el que carece de escrúpulos para mostrar el culo en público, esto es, mostrarse  como lo que es: un aprovechado, oportunista de la peor especie, de la misma forma que el caganer no tiene inconveniente en figurar durante las semanas del pesebre, pantalón bajado y en funciones sobre la taza del retrete. Todo en torno suyo huele a defecación y apesta.

¿Hay que refundar algo? Refundemos: el sistema político, por ejemplo. Pobre concepto de la democracia se tiene cuando ésta no pasa de ser una plutocracia en la que los amos del dinero delegan el gobierno ordinario de las cosas a gente ordinaria, capaces de mentir sin pudor y sin recato: la clase política.

Es todo un mundo nuevo el que hay que construir. No solamente un nuevo modelo económico sino un nuevo modelo políticos. El mercado es –o debería serlo para el idealismo liberal- el libre juego de la oferta y la demanda, sin controles, autorregulado, sin obstáculos. La partitocracia es la traducción de este esquema al universo de la política, en el que todo está al albur del libre juego de los partidos.

 

3. ¿Cuál es el problema?

La democracia histórica aparece como resultado de la ideología burguesa basada en el afán de lucro y de usura. En un primer momento histórico estas tendencias fueron moduladas por la ética burguesa (nacida en cierta medida del poder gremial) que exigía cierta contención, mesura e, incluso, filantropía. Pero en las entreguerras, los valores más positivos de la burguesía se evaporaron. El trauma de la I Guerra Mundial pulverizó a la burguesía europea. El ascenso de América en la política económica internacional, en esa misma época, generó un nuevo modelo a imitar: el tipo que sólo vive para trabajar que sustituye al burgués medio de la época que trabajaba para vivir.

Además, inicialmente, la democracia fue una reacción contra el absolutismo de un solo hombre, el rey todopoderoso. Montesquieu elaboró una teoría sobre la división de poderes en la que la obsesión era establecer un sistema de pesos y contrapesos, de tal manera que nunca más un solo hombre, ni siquiera un ungido, ni un recomendado por Cristo Nuestro Señor, pudiera detentar todo el poder en una nación.

Pero algo fallaba en todo esto: a medida en que el burgués fue dejando atrás la mesura y la responsabilidad que habían caracterizado al poder gremial hasta principios del XIX, una nueva ética se superpuso a la burguesa: la ética del todo vale, del afán de lucro y del préstamo usurario que fueron desplazando a cualquier otro valor y muro ético de contención. Así pues, la democracia, el sistema político generado por la burguesía ascendente, terminó siendo solamente un sistema de valores basados en obtención de más beneficios en menos tiempo y con el menor esfuerzo… no para dedicar el tiempo restante a cultivar un poco la propia interioridad o entregarse a su familia, sino para disponer de mas tiempo para ganar más dinero en las mismas condiciones.

Las grandes acumulaciones de capital que se generaron así no podían dar lugar a engaño: quien disponía del dinero, creaba y destruía jefes políticos, ponía y deponía a su antojo. Llegó así el tiempo, al filo entre el XIX  el XX que la política fue completamente dominada por la economía, no sólo en el mundo anglosajón como hasta entonces, sino a toda Europa. Así, se llegó a la plutocracia lo que entrañó, que la democracia se convirtió en ficción y pasase a ser solamente el acompañamiento emotivo para cualquier ejercicio de demagogia.

Y así hasta hoy. Cuando, aquí y ahora, sabemos que un político como Zapatero es capaz de encaramarse sobre 192 cadáveres para llegar a la Moncloa y en los cuatro años siguientes cometer todo tipo de estupideces en cadena, para llegar a las siguientes elecciones y utilizar solamente un cadáver y una gran mentira para ser reelegidos por 12.000.000 de personas que creyeron sinceramente que no había crisis económica y que esta legislatura sería la del pleno empleo, como rezaban los eslóganes electorales del PSOE, es justo y necesario reconocer que en este país o hay mucho tonto de baba (en principio 12.000.000), o la clase política no duda en ejercer diariamente el recurso de la mentira a sabiendas de que le sale gratis.

Y esto nos lleva a la conferencia del G-20. Cuando se supo que Zapatero podría llevarse a Washington una silla plegable para ir de oyente, hasta el PP expresó su satisfacción. No era rara la alegría del PP. Durante 15 días Zapatero había entonado en todo el orbe el “Dame aaalgo paaayo…”, evidenciándose como el político mediocre, ignorante y bobalicón que es, y finalmente, sólo cuando ya estuvo sumido en la más absoluta miseria, obtuvo el permiso para poner su sillita plegable al lado de la poltrona francesa. El pedigüeño había quedado identificado como tal.

Gracias a Solbes supimos en el curso de su entrevista con Carlos Herrera que, en realidad, daba igual que Zapatero hubiera ido como que no hubiera ido. Fue espeluznante oir a “alguien que sabe”, como Solbes, decir que “En estas reuniones los grupos de trabajo llevan ya varios meses en acción, así que en Washington de lo único que se va a tratar es de cerrar una declaración conjunta”… Así pues, la presencia de ZP en Washington –sea lo que sea lo que ha costado- no iba a servir para nada, apenas era una operación cosmética y mediática, porque los equipos económicos del G-20 vienen trabajando desde hace tres meses preparando el encuentro… del que España solamente se ha enganchado a ultimísimo ahora y para realizar una declaración protocolaria.

Nada grande se dirimirá en Washington. Zapatero alardeará entre pasillos, con aquel mandatario que le haga caso y dado su natural habilidad para las lenguas, de la “solidez del sistema bancario español” que ha “evitado el contagio con los activos tóxicos llegados desde EEUU”. Solamente el “eje de la banana venida a más” (Ortega – Castro – Chávez – Morales – Correa) le harán caso para buitrear alguna que otra ayudita adicional. Pero si se cruza con Bush es probable que éste le espete: “Su sistema bancario será tan sólido como el acero Krupp, pero su sistema social peligra con 3.000.000 de parados ¿eso es lo que nos viene a proponer: un buen método para para fundir a 3.000.000 de parados? OK, entonces pase”.

Un pasmarote sin ideas invitado como convidado de piedra al G-20, eso es Zapatero en Washington; solamente se contará con “España” para cerrar una declaración final. No para reformar ni el capitalismo, ni siquiera el sistema monetario internacional, sino para establecer más mecanismo en caso de que la banca privada siga precisando ayudas estatales, lo cual es más que probable que ocurre: no va a haber inversores capaces de adquirir toda la emisión de deuda pública que los países desarrollados –y España el primero- pongan en circulación para pagar los desmanes de la banca y cubrir su exceso de ímpetu usurero.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

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