Infokrisis.- A pesar del calor pegajoso e insoportable de estos días avanzamos en nuestras disquisiciones sobre conspiradores y conspiraciones. En esta entrega abordamos algunas de las características de conspiraciones muy distintas: veremos que nada de lo que ha aparecido en el atentado del 11-M -absolutamente nada- es nuevo, sino que todos los elementos han sido extraídos de conspiraciones anteriores suficientemente conocidas. Hemos aludido particularmente a dos: la conspiración del atentado de Canvis Nous en 1896 en Barcelona y el atentado a la estación de Bolonia en 18980.

 

En 1893 se inició un nuevo período de atentados anarquistas en España que duraría hasta 1897. La serie empieza con un atentado a la casa de Cánovas del Castillo en la que el anarquista que coloca la bomba intenta luego apagarla cuando ve que se acerca un grupo de niños, muriendo por la explosión. Luego se produce el famoso atentado del Liceo de Barcelona en respuesta a la ejecución de Paulino Pallás que había atentado contra el General Martínez Campos. En 1894, Ramón Murull atenta contra el gobernador civil Larroca. Pero el atentado que tiene más repercusiones se producirá en 1896 cuando una mano desconocida arroja una bomba sobre la procesión del Corpus en la barcelonesa calle de Canvis Nous. A diferencia de los anteriores atentados que el movimiento anarquista reivindicó como propio, en éste último caso negó su responsabilidad. Se habían producido doce muertos, la mayoría de ellos proletarios o gente modesta y la represión que se abatió sobre el anarquismo barcelonés en los meses siguientes llevó a 1.000 anarquistas al Castillo de Montjuich y, tras el proceso, al fusilamiento de cinco de ellos, del total de 28 condenas a muerte que obtuvo el fiscal junto con 59 cadenas perpetuas. Pero el atentado tendría una prolongación cuando el anarquista italiano Angiolillo asesinó al presidente del consejo de ministros, Canovas del Castillo y Ramón Sempau atentó contra el teniente Portas conocido como “el botxí de Montjuich” (el verdugo de Montjuich). La represión que siguió al atentado de Canvis Nous, de todas formas, hizo que en el período entre 1898 y 1903 el terrorismo anarquista descendiera extraordinariamente. El atentado tuvo repercusión internacional cuando uno de los procesados, el republicano y francmasón Tarrida del Mármol se expatrió a Francia desde donde publicó en la Revue Blanche las torturas de singular crueldad a la que habían sido sometidos los detenidos en Montjuich.

Es significativo que en un período de gran actividad terrorista, los anarquista se negaran a aceptar la responsabilidad del atentado de Canvis Nous. Lo hicieron con vehemencia e insistencia hasta el punto de que parecía imposible no creer en su sinceridad. La versión oficial indicó que el autor material del crimen había sido un anarquista francés que tras lanzar la bomba retornó a su país sin dejar rastros. Pero la cosa no era tan simple.

El verdadero enigma de todo el proceso era el papel desempeñado por Tomás Ascheri que algunas investigaciones anteriores han considerado como el verdadero autor material del atentado. Ahora bien, Ascheri era mucho más un confidente de la policía –está fuera de toda duda- que un verdadero anarquista. De hecho, durante el proceso fue el que denunció a más militantes anarquistas, basándose la acusación de buena parte de los procesados en las declaraciones de Ascheri de las que se dijo habían sido arrancadas mediante la tortura. Sea como fuere, Ascheri era el hombre de la policía en el movimiento anarquista. Se dijo también que actuó por su cuenta y que él mismo generaba terrorismo para hacer valer más sus confidencias: montaba células terroristas y las entregaba luego a la policía. Lo importante es que éste atentado enajenó las simpatías que tenía el movimiento anarquista entre intelectuales e incluso en algunos sectores de la pequeña burguesía. Personajes como Gaudí que hasta ese momento habían sido proclives a este sector político se desvincularon completamente tras el atentado del Liceo y tras este crimen. Lo esencial, de todas formas, es que el movimiento anarquista barcelonés quedo prácticamente desarticulado.

El atentado inauguraba el período de atentados opacos en los que aparecían mezclados individuos ambiguos que no se sabía bien para quien trabajaban. A medio camino entre el anarquismo y la delincuencia común, el caso de Ascheri no sería único sino que recuerda extraordinariamente el episodio que ocurrió en Barcelona, no muy lejos de la calle Canvis Nous… 70 años después. El paralelismo es increíble.

En 1978 el contexto no era tan diferente como el de 1896. En efecto, en ambos momentos el anarquismo constituía una gran fuerza social organizada. A pesar de que desde las huelgas de 1956 el anarquismo había sido casi completamente desarticulado en el interior, en los últimos años del franquismo y en los primeros de la transición, la CNT reverdeció y logró captar a miles y miles de jóvenes hasta el punto de que era el segundo sindicato implantado en Catalunya con 100.000 afiliados,  muy por delante de la UGT y rivalizando con CCOO. En esta situación, la CNT-FAI seguía haciendo gala de un radicalismo incompatible con la transición democrática que solamente era posible realizar, más o menos tranquilamente si los extremistas de derechas y de izquierdas quedaban reducidos a la mínima expresión. Si bien en 1896 el anarquismo tenía una influencia ampliamente mayoritaria en la clase obrera, setenta y dos años después volvía a disponer de una fuerte implantación. Y ocurrió exactamente lo mismo que en 1896: un atentado de dudosa factura que causó cuatro muertes (tres de los cuales estaban afiliados al sindicato) en el incendio de la sala de fiestas Scala en el curso de una manifestación convocada por la propia CNT- consiguió detener el crecimiento de la CNT e iniciar un proceso de desafiliaciones de la que el sindicato anarquista no se recuperó jamás.

En esta ocasión, el confidente no era Ascheri sino un tal Joaquín Gambín, recién llegado a la CNT y pequeño delincuente común. Y no se arrojó una bomba… sino un número indeterminado de cócteles molotov sobre el local, en el curso de una manifestación de protesta contra los Pactos de la Moncloa convocada por la CNT. Fueron detenidos en apenas 48 horas entre los 15.000 asistentes a la manifestación. Los cinco procesados pasaron una media de ocho años de prisión, sin embargo, el confidente que había preparado y ejecutado la operación no se sentó en el banquillo de los acusados.

Hubo que esperar a un segundo juicio para que Gambín compareciera ante el juez. Tras desaparecer de Barcelona una vez ejecutada la provocación, Gambín siguió vinculado a la delincuencia común siendo detenido en el curso de un atraco en Valencia en 1981. El juicio se vió en 1983, pero Gambín solamente fue condenado a 7 años de prisión por acudir a la manifestación provisto de armas y cócteles molotov, no como instigador. Y era el instigador. Las declaraciones de quienes lo conocieron en aquella época dentro de la CNT no dejan lugar a dudas. Él confidente no se limitaba solamente a informar de las actividades de los más radicales, también estimulaba acciones radicales ¿por iniciativa propia? ¿a las órdenes de alguien? Si tenemos en cuenta que en aquellos momentos se acababan de firmar los Pacos de la Moncloa y que solamente la CNT se oponía en el terreno sindical a esto, utilizando una estrategia que le estaba dando buenos resultados, se percibirá que en ese momento, más que nunca, era preciso para la estabilidad de un sistema político todavía en absoluto asentado, que la CNT desapareciera. A raíz de Scala desapareció para siempre.

En el primer proceso los abogados de los demás acusados solicitaron la presencia de Rodolfo Martín Villa como testigo a fin de argumentar que el episodio había sido una provocación policial orquestada por el entonces alcalde de Barcelona que en el momento del juicio ya era ministro del interior.

El caso de la calle Canvis Nous y su reiteración setenta y dos años después en el Caso Scala tienen tantos paralelismos que llama la atención como ni siquiera los propios anarquistas lo resaltaron en la época. Para nosotros no hay ninguna duda de que ambos episodios –por encima del tiempo- son hijos de la misma madre, la provocación y que el brazo ejecutor es en ambos casos un confidente policial. Dicho de otra manera, ambos episodios son conspiraciones en las que se pretende criminalizar a un ambiente político mediante una acción traumática que le hurte simpatías por parte de sus simpatizantes naturales, aislándolo y ejerciendo sobre él una pérdida de vigor. Los procesos celebrados con 75 años de diferencia no logran aclarar nada, se limitan a responsabilizar y condenar a los chivos expiatorios de turno. Ambos ejemplos son muestras una conspiración que solamente puede realizarse mediante el concurso de un infiltrado. Realmente poco, porque en el proceso del 11-M se demostró que buena parte de los acusados eran confidentes de los distintos servicios de seguridad del Estado.

El confidente es siempre el individuo más adecuado para situarse en el centro de una conspiración. Esta siempre dispuesto a hacer algo por dinero, en primer lugar; se fía de los policías a los que entrega sus confidencias pensando que ha establecido con ellos una situación de amistad y empatía; éstos, además, lo saben todo sobre él, sobre sus contactos, sobre los ambientes que frecuenta, sobre sus actividades; habitualmente tiene un pasado y se dedica a unas actividades que dejan pensar que, efectivamente, es capaz de hacer cualquier cosa por truculenta que sea; y, finalmente, carece de medios económicos y de relaciones sociales de interés como para asegurar su defensa y salir airoso del trance en el que se introduce y, por supuesto, tiene tendencia a fiarse de los abogados que la propia policía le envía una vez ha sido detenido. Sí, por que, frecuentemente, en cierto modelo conspirativo, el papel de chivo expiatoria corresponde directamente al confidente. El confidente nunca dispone de un proyecto propio, siempre está incluido en los proyectos de aquellos lugares donde está infiltrado o bien en los proyectos de aquellos a los que vende confidencias. Además, siempre se encuentra ante la tesitura de no poder revelar cuál es su juego: si, tras el desencadenamiento de una conspiración –en la que el confidente siempre, inevitablemente, se encuentra implicado en el episodio traumático para el que ha sido designado chivo expiatorio- termina en la cárcel, sabe que no puede precisar con mucho detalle cuñal ha sido su nivel de colaboración con la policía porque eso podría disgustar al resto de presos con los que tiene que compartir vida en los próximos años, además, él nunca dispone de pruebas: nunca ha grabado conversaciones con los policías que han sido sus contactos, nunca se ha preocupado de que algún amigo les siguiera ni de elaborar dossier alguno sobre quiénes eran sus interlocutores. En el momento de la detención, ni siquiera le basta con decir que es confidente de tal o cual servicio de seguridad del Estado… simplemente está incapacitado para demostrar la veracidad de su testimonio.

No siempre el chivo expiatorio responde a las mismas características. En ocasiones se trata de alguien suficientemente conocido por la seguridad del Estado porque sobre él se han realizado múltiples servicios de seguimiento y control, o quizás porque sobre esa persona se dispone de una fuente privilegiada de información cuando cerca suyo se encuentra un confidente de la policía que es capaz de advertir con anticipación cuáles van a ser sus movimientos. Es difícil explicar porqué alguien decide que tal persona va a ser el chivo expiatoria de esta o aquella operación. En ocasiones se debe a motivos banales (un policía sabe que el sujeto en cuestión lo desprecia, se mofa de él y lo tiene por un inútil redomado, solamente porque durante meses ha intervenido las comunicaciones del sujeto y sabe perfectamente lo que piensa y las frases concretas que comenta con otros amigos; el policía se siente herido en su amor propio y decide tener una ajuste de cuentas personal con el sujeto), en otras a motivos políticos (un individuo es particularmente peligroso para la seguridad del Estado, simplemente porque tiene una visión política y una integridad moral que pueden hacer de él un tipo peligroso, incluso alguien que en el futuro corra el riesgo de desequilibrar un status quo político arrastrando el nacimiento de nuevas opciones, en ese caso es preciso acallarlo, destruir su reputación e inhabilitarlo de por vida para que pueda dedicarse a la política activa), y en otras simplemente a casualidades (el individuo está en un lugar equivocado en el momento equivocado y eso le convierte en el chivo expiatorio perfecto sin necesidad de forzar mucho la situación). O también es posible que estas tres circunstancias estén presentes y la elección del individuo en cuestión como chivo expiatorio sea casi un producto de las circunstancias.

Durante casi veinte años, en Italia las “stragi” (masacres) han sido una constante. De hecho, casi se ha tratado de un “costumbre” típicamente italiana a partir de la masacre de la Portella delle Ginestre en la inmediata posguerra, el 1º de mayo de 1947, hasta la masacre de Bolonia el 2 de agosto de 1980. De hecho, el 11-M es hijo directo de las masacres cometidas en Italia por servicios especiales de la inteligencia italiana hasta el punto de que es posible sospechas en alguna connivencia entre servicios italianos (o personas que pertenecieron a estos servicios) y los autores operativos del 11-M: al igual que en el Tren Itálicus, al ogial que en la llamada “strage di Goia Tauro” cuyo objetivo fue hacer descarrilar al tren Flecia dal Sud, al igual que en la masacre de la estación de Bolonia, todo gira en torno a trenes y es de Italia desde donde llega la información –falsa por supuesto- sobre “El Egipcio” considerado fraudulentamente como “autor intelectual” de la masacre.

La connivencia entre medios españoles e italianos tuvo lugar en los primeros años de la transición cuando, como efecto de la situación anterior, todavía se encontraban en nuestro país exiliados italianos de extrema-derecha. Esta colaboración llegó al máximo entre 1976 y 78, cuando a través de iniciativas de intoxicación informativa, se exageró la presencia de estos italianos y se vertieron todo tipo de informaciones fraudulentas sobre sus actividades en nuestro país. A partir de ese momento los puentes están tendidos entre servicios especiales españoles e italianos. Es inevitable pensar que existe una “pista italiana” en el atentado del 11-M.

La diferencia entre los servicios italianos y la operación 11-M radicó en que mientras en el primer caso, inevitablemente, se culpaba a la extrema-derecha de los atentados, el 11-M el “culpable perfecto” fueron los medios islamistas. Ya hemos explicado el por qué y hemos añadido que eso solamente fue posible gracias a la política de seguridad de Aznar que contribuyó a crear el fantasma de que existían en España células de Al Qaeda. Aznar, pagó la ligereza en su propia piel. Ahora bien, en otros artículos en este blog ya hemos señalado que existen motivos y datos suficientes como para pensar que alguno de los autores operativos del 11-M pensó en crear una línea defensiva dejando la puerta abierta para una culpabilización de la extrema-derecha. Y este es otro elemento común entre el 11-M y la “práctica operativa” utilizada por los “servicios” italianos en los 20 años de ”stragi”.

En efecto, cualquier técnica conspirativa debe de tener en cuenta:

1.- la creación de pistas falsas: un año después del atentado a la estación de Bolonia cuando los investigadores se encontraban completamente perplejos, no por la ausencia de pistas sobre los criminales, sino por la superabundancia de pistas falsas, apareció una maleta en un compartimiento del tren Tarento-Milán, con explosivos del mismo tipo que los que habían detonado en la estación de Bolonia. Y si eran los mismos, es porque los “fascistas” preparaban una nueva masacre. Sin embargo, la pista era falsa. La maleta había sido colocada personalmente por dos oficiales del SISMI: el general Musumeci y el coronel Belmonte, el primero jefe de la Oficina de Control y Seguridad del SISMI (servicio de información del ejército). La operación hacía sido planeada en el ámbito de la Logia Propaganda 2 (a la que pertenecían los dos oficiales del SISMI) por Francesco Pazienza y el general Santovito. Dentro de la maleta se encontraron pasajes de avión a nombre de un francés, Rápale Legrante y de un alemán Dimitris Martín… de los que unos días antes el Sismo había “identificado” como terroristas de extrema derecha, sin especificar cuáles eran sus fuentes. Ambos oficiales fueron juzgados, condenados y degradados. Ahora bien…

El episodio recuerda extraordinariamente el de la “mochila de Vallecas”, la “prueba perfecta” dentro de la cual se encuentran todos los elementos que llevan al locutorio de Vallecas y de la que a pesar del juicio sigue sin estar claro de dónde salió y quién la puso allí.

Otro elemento que lleva a suponer que entre los autores operativos del 11-M se encontraba algún funcionario que había tenido cierta participación en los episodios de la transición española fue el extraño caso de la tarjeta de Gráficas Bilbaínas encontrada en la Renaul Kangoo. De las 2000 pequeñas imprentas que hay en Madrid, sólo una pertenece al secretario general de un pequeño partido de extrema-derecha, cuya delegación –de paso- en Alcalá –a 200 metros de la estación desde la que, al parecer, partieron algunas de las bombas, había recibido la visita de un provocador de nacionalidad siria días antes del atentado, y el partido al que pertenecía el autor de estas líneas… veinte años antes vinculado, especialmente por un servicio de seguridad del Estado, a la inexistente “Internacional Negra”. Bien, pero es que además, en la transición, se insistió mucho, a partir de la visita del coronel De Meer a Libia y a la proliferación de declaraciones de Antonio Assiego sobre sus vínculos –reales o supuestos o quizás mucho más supuestos que reales- con ese país. Así mismo, estaba reciente el tiempo en el que algunos militantes de la extrema-derecha –entre ellos el que suscribe- de los últimos años 70 y primeros de los 80, había tomado contacto con “estudiantes islámicos” y multiplicado sus contactos con el régimen de Khomeyni. Sin olvidar que Gullón Walker, Antonio Izquierdo y Jesús Palacios, compañeros de correrías en El Alcázar, habían llegado a viajar a Arabia Saudí vendiendo la idea de que querían lanzar un partido “antisionista” en España y buscaban, claro, financiación… Así mismo, eran los años en los que el Gran Mufti de Jerusalén había financiado la edición de un libro antisionista editado en España por un círculo cultural suficientemente conocido. Para colmo, uno de los jefes andaluces del mismo partido al que pertenecía el impresor de Gráficas Bilbaínas, había mantenido contacto con el régimen libio desde mediados de los años 80…

Todos estos elementos –y algunos más que la prudencia nos recomienda no revelar por el momento- crearon un fantasma entre 1982 y 1986: el que existía un vínculo preferencial entre la extrema-derecha española y determinados países árabes… Recuerdo que un buen día un conocido periodista de la Cadena Z me presentó a Martín Lee, periodista norteamericano, que venía de Manhattan para investigar tales vinculaciones…

Estaba claro que no había nada y que todos estos elementos que hemos enumerado eran accidentales y puntuales y no obedecían a ninguna estrategia predefinida sino que apenas eran iniciativas individuales e inconexas de militantes que intentaban buscas apoyos para llevar una iniciativa antisoviética y antiamericana en Europa Occidental en un momento concreto.

Es casi seguro que, al menos uno de los cerebros operativos del 11-M tuvo todos estos elementos en cuenta… seguramente porque los había seguido en los años 80. Sin embargo, el 11-M del 2004 ninguno de estos elementos seguía vigentes: el responsable andaluz de DN que había tenido relaciones con el gobierno libio ya estaba fuera del partido, los militantes de Alcalá que se habían entrevistado con el provocador sirio que les visitó estaban fuera de la organización desde poco después del 11-M, yo mismo del que se dijo que pertenecía a la Internacional Negra y que mantenía contactos en el mundo árabe incluido Irak, estaba también fuera de DN y, para colmo, me apresuré en escribir una de las primeras obras –sino la primera- que cuestionaron la “versión oficial” sobre el atentado y daba testimonio de que se trataba de una conspiración (ese libro hoy agotado es 11-M: los perros del infierno, subtitulado: En el terrorismo internaciona nada es lo que parece), todo lo cual indicaba que al menos en la “dirección operativa” del 11-M había, como mínimo, un elemento “de la vieja escuela” que conocía los dossier elaborados en los años 80… pero que no seguía diariamente a este sector.

En cualquier caso, por lo que a nosotros respecta, no nos cabe la menor duda de que todo el material contenido en la Renault Kangoo (y, por supuesto la tarjeta del pobre Luisito Mateos), en la mochila de Vallecas, en la casa de Morata, eran “pistas falsas” que permitían “avanzar” a las investigaciones policiales en la dirección prestablecida.

2.- la creación de “cortafuegos”: un cortafuegos es un procedimiento defensivo para limitar los destrozos que podrían ocurrir si alguna parte de la conspiración sale mal. Es evidente que los escalones “peligrosos” son los que señalan el tránsito de los ejecutores materiales a los directores operativos de la conspiración. Si uno de los asesinos del 11-M hubiera sido detenido en la estación por cualquier motivo, el único problema que se planteaba es como limitar la crisis a este escalón y evitar que una investigación, por concienzuda que fuera, pudiera entrever el escalón superior. No es algo particularmente difícil: basta con que el sujeto carezca completamente de información sobre el nivel superior. No deben existir ni pruebas, ni documentos, ni fotografías. Y si existen, solamente debe tratarse de relaciones “profesionales”… por eso, es habitual que se elijan a confidentes como chivos expiatorios. El “cortafuegos” no solamente sirve para detener las investigaciones en su nivel, también suele aportar falsos culpables.

3.- la creación de “falsos culpables” o “chivos expiatorios”. Más similitudes entre la conspiración del 11-M y el atentado a la estación de Bolonia. En ambos casos, lo esencial era encontrar falsos culpables que fueran señalados con el aval de pruebas fabricadas ad hoc como responsables de los atentados… porque está claro que crímenes como aquellos en los que desembocan algunas conspiraciones, la opinión pública va a exigir detenciones y conocer los rostros de los culpables. Que los culpables presentados como tales no pueden ser los verdaderos es algo que no se le escapa a nadie: si son los verdaderos, pueden llevar a pistas que permitan remontar la cadena y salvar la protección de los cortafuegos. Así pues deben ser falsos culpables y no importa si están vivos o muertos. Crear un falso culpable es fácil: basta con encontrar un testigo que se presta a reconocer que ha visto a tal o cual persona en el escenario de un crimen.

Véase el paralelismo entre la masacre de Bolonia y la del 11-M:

- el reconocimiento de “los autores materiales”: en el caso de la estación de Bolonia el testimonio de los “arrepentidos” fue esencial, uno de ellos identificó a Francesca Mambro y Valerio Fioravanti (de 23 años en la época) como autores materiales de la masacre. Nadie más los identificó, ni siquiera el “arrepentido” estuvo en condiciones de aportar un solo dato más. Eso no impidió que fueran condenados como autores materiales con la protesta de buena parte de la sociedad italiana y de sus intelectuales, perfectamente conscientes del papel de “chivos expiatorios” de la pareja. En el caso del 11-M dos de los presuntos autores materiales son identificados por pasajeros, cuando su foto ya había aparecido en todos los medios de comunicación como “culpables”. El testimonio contra uno de ellos es juzgado como insostenible por el tribunal, sin embargo, los dos que acusaban a Jamal Zougam si es aceptado a pesar de las incongruencias (fue visto en dos trenes prácticamente a la misma hora). En ciencias  se dice: “a grandes teorías, grandes demostraciones” que, al parecer no rige en la sentencia por las conspiraciones. Así pues basta un indicio extremadamente débil e inseguro para resolver una masacre y condenar a 40 cadenas perpetuas a un delincuente.

- los muertos siempre se “comen el marrón”: Un año después de la masacre de Bolonia la “versión oficial” sostenía que era una operación de la Internacional Negra y se lanzaron cinco órdenes de busca y captura contra los presuntos autores de la masacre: Stefano delle Chiaie, Adriano Tilgher, Carmine Palladino, Pier Luigi Pagliai y el frances Olivier Danet… Carmine Palladino fue asesinado en la cárcel por un loco homicida intoxicado (Piero Concutelli), Pier Luigi Pagliai fue asesinado por un comando del NOCS (núcleo operativo de los carabinieri) desplazado a Bolivia, se mismo comando intentó secuestrar a Stefano delle Chiaie, quien sin embargo había viajado un semana antes a Venezuela. Poco después se hizo pública la entrada de un ciudadano en EEUU con pasaporte a nombre de “Alfredo Modugno”, nombre utilizado por Della Chiaie en Sudamérica. Y sin embargo, él no había entrado en EEUU. Era evidente lo que ocurría: la falsa entrada en EEUU se realizó antes de que fracasara el intento de secuestro en Bolivia. Se trataba simplemente de hacer desaparecer a otro de los “presuntos implicados”, pero dejar constancia de que seguía con vida. En cuanto a Tilgher pasó 7 años en cárcel para ser exonerado por completo. La idea de quienes participaran en esa operación era simple: lanzar unos mandatos de captura avalados en testimonios más que dudosos y eliminar a cada uno de los imputados para evitar que se pudieran defender. Eso evitaría el juicio. El muerto se “comía –como siempre- el marrón”. Eso ocurría en septiembre 1983.

En España, 21 años después ocurría algo parecido: los muertos de Leganés volvían a “comerse el marrón”. Este es uno de los aspectos más controvertidos de la sentencia: el evitar pronunciar sobre la culpabilidad de los muertos en Laganés dado que “la muerte extingue sus responsabilidades”. Lo que en Italia no pudo realizarse, en España tuvo éxito: el atentado fue cometido… por los muertos de Leganés que, por cierto, ya no están en condiciones de opinar.

El paralelismo entre el atentado de la Estación de Bolonia y el atentado del 11-M son hasta tal punto evidentes que solamente hace falta encontrar nexos comunes con rostros, nombres y apellidos.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es  http://infokrisis.blogia.com

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