Infokrisis.- La reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre el 11-M ha hecho, una vez más, hablar en demasía sobre la “teoría de la conspiración”. Mala cosa porque, en realidad no existe ninguna “teoría de la conspiración” sino, en realidad, una crítica a los agujeros negros de una versión oficial que, a partir de la sentencia del Supremo, se ha convertido toda ella en agujero negro. Por lo tanto, hemos pensado si no sería bueno dedicar una pequeña serie de comentarios a viviseccionar lo que se ha dado en llamar “conspiracionismo”, en todas sus variantes.

 

1. Introducción. El día en que un director me pidió un artículo conspiranoico.

Fue el último artículo que escribí para esa revista y no porque surgiera ningún problema con su director sino por la sencilla razón que desde hacia un año habían ido rebajando las tasaciones de los artículos hasta que llegó un momento en los pagos ni siquiera justificaban el trabajo que uno podía tomarse en elaborar el artículo. Pero lo que sí me llamó la atención es que en esa mi última relación con la revista el director, aficionado a largas conversaciones telefónicas (mientras que los años de clandestinidad me habituaron a un número mínimo de llamadas que, inevitablemente, debían ser breves, escuetas y casi telegráficas), tras explicarme cómo debía ser el artículo y los temas que debía tocar (era sobre las calamidades africanas) concluyó pidiéndome: “Que quede conspiranoico”. Nunca había utilizado esa palabra, ni siquiera la había oído en otros. Sabía, desde los atentados del 11-S que podía hablarse de “conspiración” pero nunca de “conspiranoicos”.

No había mucha materia para hacer de un reportaje sobre la tragedia africana, una piedra angular del conspiracionismo. A fin de cuentas, los africanos están experimentando hoy las consecuencias de lo que han sido capaces de hacer con su independencia. Llevamos casi medio siglo de independencia africana y ha sido inevitable que esos países que quisieron ser independientes –y que a menudo lo fueron masacrando a los antiguos colonizadores- asumieron su propio destino en sus manos con el resultado que todos conocemos. Quisieron ser independientes y la independencia –y nadie más que una independencia mal llevada- les quemó. Hoy de África quedan cenizas y problemas, pero no por conspiración alguna sino por la incapacidad del africano para organizarse y asumir un destino nacional y una correcta gestión de recursos.

Sin embargo, a partir de aquella conversación con el director de aquel medio (que cada vez sigue contando más con becarios para seguir apareciendo), empecé a dar vueltas al concepto de conspiracionismo, a sus desviaciones, a su patología y a sus rasgos esenciales.

Es necesario distinguir entre la conspiración en sentido estricto, es decir, la planificación consciente, responsable y orgánica de un efecto pernicioso para la sociedad pero que beneficia a sus impulsores, de lo conspiranoico (obsesión paranoica por descubrir un sentido oculto teleológico a determinados fenómenos sociales traumáticos o no). Si lo primero dará origen a la aparición de “teorías de la conspiración”, es decir, al conocimiento especulativo que explica determinados episodios históricos, lo segundo será la proyección interpretativa realizada sobre un determinado episodio realizada por una personalidad paranoica.

En ambos casos, el resultado está íntimamente ligado al carácter y a la persona de quien realiza el análisis: una persona racional e imaginativa podrá, si tiene los instrumentos y datos a su alcance, improvisar una teoría de la conspiración; pero si se trata de una mentalidad paranoica aun disponiendo de los mismos datos, los ordenará de manera diferente y necesaria para satisfacer su obsesión.

Las investigaciones llevadas a cabo en torno a los macroatentados del 11-S y del 11-M han evidenciado las interrelaciones entre ambas tendencias del espíritu. Es evidente en ambos casos que las “versiones oficiales” cojean desde el primer momento y para quien ha podido conocer mínimamente los métodos de trabajo de servicios de operaciones especiales públicos o privados, ambos macroatentados responden más a una operación típica de este tipo de organismos que a atentados cometidos por grupos terroristas casi inexistentes. Sí, en efecto, digamos de partida que consideramos que en torno a estos dos macroatentados han existido conspiraciones y a ello hemos dedicados dos libros: 11-S, la gran mentira y 11-M, los perros del infierno.

Ahora bien, conocemos la mentalidad conspiranoica, la hemos visto en nuestra generación encarnada en muchos de nuestros amigos o conocidos y sabemos perfectamente que el principal enemigo de las teorías de la conspiración son los conspiranoicos.

Así pues, las líneas maestras que nos proponemos en este trabajo van a ser:

- distinción entre las teorías de la conspiración y entre el universo conspiranoico.

- distinción entre la mentalidad conspiranoica y la mentalidad analítica.

- definir lo que es una teoría de la conspiración.

- demostrar que lo conspiranoico es una enfermedad del espíritu.

- establecer cómo se monta una conspiración.

- denunciar los mecanismos utilizados por los conspiradores.

- fijar la importancia de este debate en la política del siglo XXI y

- exponer la doctrina de Julius Evola y René Guénon sobre la contrainiciación

Esperamos poder aprovechar las vacaciones de agosto de 2008 para rematar esta temática que nos parece extremadamente importante y que creemos que reaparece ahora en Occidente, pero siempre, de una forma u otra, ha estado presente desde principios del siglo XIX. Ya habrá ocasión de ver por qué.

2. ¿Qué no es una conspiración?

En agosto de 2006 apareció una noticia que guardé como curiosidad: la estrella del pop Michael Jackson afirmaba que había sido víctima de una “conspiración” promovida por sus ex asesores, un grupo de abogados que buscaba su ruina financiera. La noticia apareció cuando el nombre del cantante estaba aún muy tocado por el escándalo de abusos sexuales a menores. Al parecer, según explicaba la “relaciones públicas” de Jackson, los antiguos asesores financieros del cantante habían intentado reclutar a individuos que lo demandarían y provocarían su bancarrota. La portavoz no dudó en proclamar que el asunto “podría ser una de las mayores conspiraciones en la historia de la industria del entretenimiento, los documentos enviados a Michael Jackson y sus representantes revelan un deliberado plan de algunos de sus ex abogados, así como previos asociados y antiguos asesores, para llevar al señor Jackson a una involuntaria bancarrota". Durante un juicio que duró cuatro meses por cargos de abuso de menores en 2005, la fiscalía afirmó que el músico estaba en dificultades económicas debido a una creciente deuda. Lamentablemente, la portavoz de Jackson no entregó los nombres de los conspiradores, pero dijo que Jackson ya había ordenado a su actual equipo legal que investigue la confabulación y presente las correspondientes demandas en múltiples jurisdicciones…

Hasta aquí la noticia que evidencia hasta qué punto la palabra “conspiración” se utiliza con extrema ligereza. Ahora bien, los datos contenidos en esta información podrían ser ciertos y, efectivamente, Jackson habría sido víctima de una vasta conspiración. Sin embargo, los hechos juegan en su contra:

- La portavoz de Jackson no cita los nombres de los abogados resentidos con el cantante.

- Dos años después, el tema no ha tenido continuación, se agotó en esa noticia, no hubo más en la misma dirección.

- El episodio tenía lugar cuando Jackson afirmaba que iba a grabar su primer disco desde 2001 y era posible que, a la postre, todo fuera una técnica promocional.

- Y, finalmente, el episodio está demasiado cerca del proceso que tuvo que soportar Jackson por abuso y corrupción de menores que dañó definitivamente su carrera.

Así pues, cabría más bien hablar de “maquinación” en la medida en que este concepto presupone un proyecto o asechanza artificiosa y oculta, dirigida regularmente a un mal fin. Esta palabra, derivada del latín,  machinatĭo, -ōnis, es mucho más oportuna que conspiración. Y, a fin de cuentas, todo induce a pensar que si hubo machinatĭo seguramente fue organizada y estructurada por el equipo de marketing y publicidad del propio cantante, decidido a relanzar su carrera. Habría que añadir que alguien que es capaz de hacerse en el cuerpo lo que ha hecho Michael Jackson es un pobre diablo enloquecido en manos de sus asesores.

Y si esta noticia no implica una conspiración, ¿no se trataría más bien de confabulación y ese podría ser el nombre que se le aplicara? No exactamente. La confabulación es otra cosa. La Real Academia lo define como “acción y afecto de confabular o confabularse” y, a su vez, “confabular” sería el acuerdo entre dos o más personas para acordar la realización de un plan generalmente ilícito. En España ocurría hasta hace poco todos los días cuando un concejal de urbanismo colocaba el expediente de un promotor amigo suyo y del que cobraba generosos estipendios ante cualquier otro expediente listo para resolverse. No es que fuera ilegal, era simplemente, ilícito. Se negaba a unos lo que se concedía a otros simplemente por que mediaba amistad o algún refuerzo económico cuya existencia era imposible de demostrar (si fuera posible demostrarlo de “ilícito” pasaría a “ilegal”).

Así pues, una conspiración ni es una confabulación, ni una maquinación. Tampoco es un complot, aunque frecuentemente vaya asociado con él. El complot –palabra de origen francés incorporada a nuestra lengua sin ninguna alteración- es una forma de confabulación en la que dos o más personas se ponen en contra de otra o de otras. Habitualmente toma la forma de una conjura de carácter político o social y por ello se sitúa muy cerca de la conspiración.

La conjura es otra cosa y tiene que ver mucho con pactos o juramentos. No es tanto la acción en sí misma como el hecho de juramentarse para realizarla. Se suele aludir a la existencia de grupos de “conjurados”, es decir, a cierto número de personas que se han puesto de acuerdo en algún fin y que ritualizan este acuerdo en el acto del “juramento”. Cada uno de los que lo han suscrito es un “juramentado” y la acción colectiva de todos ellos es la “conjura”. La conjura históricamente ha ido muy pareja al asesinato de algún líder político. Se dice que John Wilkies Booth y quienes conspiraron contra Abraham Lincoln se juramentaron antes de iniciar sus planes. Así mismo se sabe que un grupo de marinos se juramentaron para vengar el asesinato del Presidente del Gobierno Luís Carrero Blanco y consiguieron incluso ejecutar a Miguel Beñarán Ordeñana, el jefe del comando asesino de ETA.

3. Paréntesis sobre la conspiración (que no conjura) de los necios

Y luego está, por supuesto, la “conjura de los necios” a la que vale la pena dedicarle algún párrafo. Leí en unas circunstancias muy difíciles esta obra (que me prestó otro que estaba todavía en circunstancias más difíciles que yo) dos años después del 23-F que, como veremos en algún lugar, si fue algo, fue una conspiración en pleno sentido de la palabra. Ésta otra de los necios venía a cuento de la famosa frase de Jonathan Swift: “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. La aventura de Ignatius Reilly es, literalmente, desternillante y estrambótica, pero ¿es una “conjura”? A decir verdad, la palabra “conjura” aparece solamente en el título de la obra y luego dos veces más en el texto pero con el sentido de exorcisar, evitar. En el punto álgido de la “conjura” Ignatius Reilly interrumpe una fiesta y se dirige a los sorprendidos invitados:

—¡Silencio! —aulló Ignatius por encima del furioso parloteo—. Estoy aquí esta noche, amigos míos, para explicaros cómo podéis salvar al mundo y traer la paz.

No hay en lugar alguno de la obra ni juramento, ni nada parecido, elementos que como hemos visto son necesarios para que podamos hablar de conjura.

Por otra parte, el proyecto de Ignatius Reilly expresado de forma hiperbólica en cientos de cuadernos Gran Jefe escritos de su puño y letra y dispersados por su habitación a la espera de que un día decida compendiarlos en una obra que debería darle fama mundial, así pues existe pensamiento “político”, existe “acción política” y existen “conspiradores” e incluso existe un partido político “secreto”. Y, por haber, hay también una doctrina política que inspira la conspiración: Boecio y la filosofía medieval, pero no el Renacimiento ni la Ilustración, con lo cual su opción es tan evidente como arcaica.

Por tanto, estamos delante de una loca conspiración, pero conspiración al fin y al cabo, ingenua, deslabazada, triste en ocasiones, que remite a un clásico de la literatura como es el Quijote de Cervantes. Reilly como el Quijote aspiran a restaurar la Edad Media y si el segundo emprende locas aventuras, el primero tiene que atravesar por algo peor: trabajar para pagar una deuda. Así es la obra de John Kennedy Tool que seguramente pasará a la historia como el Quijote del último tercio del siglo XX.

La conjura de los necios es una caricatura de conspiración, pero conspiración al fin y al cabo y, desde luego, no más grotesca que algunas conspiraciones que se han producido en el siglo XX. Quizás sea por eso por lo que, tras toda la aureola de bufonadas sin fin, sucesión de absurdos y abracadabrantes proyectos de restauración del pensamiento de Boecio, el libro destile una irremediable tristeza. Golpes de Estado a la sudamericana, el golpe mismo del 23-F en España e, incluso, las conspiraciones del 11-M y del 11-S, tienen, como el diablo mismo, un aspecto innegablemente bufonesco y ridículo que sería el único en resaltar, de no haber sido por los miles de muertos que han costado, particularmente las dos últimos.

4. En positivo: que es una conspiración

Marilyn Ferguson autora de La Conspiración de Acuario (que sin embargo tiene poco que ve con conspiraciones propiamente dichas) afirma que “conspirar” es “respirar juntos”. Si este es su sentido etimológico no es desde luego el que tiene hoy y mucho menos el que le conceden los conspiranoicos. Pero la Ferguson tiene cierta razón cuando relaciona la palabra “conspiración” con hacer algo –respirar o cualquier otra cosa- en comunidad con otras personas. No hay conspiraciones unipersonales; la conspiración, incluso la más pequeña concebible, es hija de un acuerdo entre distintas personas, acuerdo que sigue a una conversación en la que se declaran las intenciones y se acepta plantear secretamente acciones que permitan obtener los resultados esperados que justifican y dan sentido a la conspiración.

Si conspirar no es solo “respirar juntos”, es, ante todo, “actuar junto a otros en función de un plan común aceptado por las partes”. Se conspira para derribar un gobierno, para acabar con una situación o desencadenar otra, para catapultar a una nueva clase política dirigente hacia el poder o, simplemente, para repartirse alguna prebenda, pero lo cierto en todos los casos, es que los conspiradores esperan obtener beneficios personales. Este es pues el primer elemento presente en toda conspiración: el afán por obtener un beneficio.

Tanto más grande sea el beneficio, tanto mayor será el secreto que envuelve a la conspiración. Y este –el secreto- es el segundo elemento presente en toda conspiración. Conspirar a la luz del día es imposible, de hecho obrar así no sería realizar una conspiración, sino llevar adelante un proyecto que sería gozaría del favor general en la medida en que todos los ciudadanos considerarían que pueden beneficiarse de él. Cuando un gobierno decide que el 5% de la energía producida en su país sea producido por fuentes alternativas, a pesar de los muchos intereses que entran en juego, nadie tendrá el derecho a pensar que se trata de una conspiración: todo se hace con luz y taquígrafos y si hay algún extremo que no está claro o bien en el proceso de adjudicación y en las concesiones se producen irregularidades, esto compete más a la corrupción que a la conspiración. En un organismo publico “corromperse” supone que los responsables del mismo utilizan sus funciones y medios a su alcance para aprovecharse. En un caso así, siempre, de lo que se trata es de obtener beneficios y no dejar que otros los obtengan, a diferencia de la conspiración en la que, inicialmente, de lo que se trata es de provocar un mal que, en una segunda fase, generará un beneficio a quien lo desencadena. Mientras que en los casos de corrupción el beneficio es el único fin que se persigue, en las conspiraciones suele ocurrir que un episodio traumático –véase el 11-S o el 11-M- sea el momento táctico necesario para alcanzar, indirectamente ese beneficio.

Además, en los episodios de corrupción concurren pocas circunstancias y siempre son las mismas: los individuos corruptos tienen la posibilidad de aprovecharse de su cargo para beneficiarse y lo hacen sin dudar. De no haber disfrutado de una posición de dominio en ese ámbito, no hubieran estado en condiciones de corromperse. Sin embargo, lo esencial en una conspiración es que concurren siempre una multiplicidad de factores e intereses. De ahí la dificultad para establecer “teorías de la conspiración”, porque no solamente se trata de reunir una serie de episodios anómalos e imposibles de comprender en sí mismos, sino de comprender bien los mecanismos a través de los cuales la conspiración ha sido posible: y siempre son los mismos. Nunca en una conspiración, uno solo de los beneficiarios tiene fuerza suficiente para desencadenarla. De hecho, una conspiración puede emerger en el momento en el que se cruzan distintos tipos de intereses, todos ellos con un peso real, con áreas de influencia perfectamente definidas, y con capacidad para entender que trabajando junto pueden desencadenar una situación que contribuya a mejorar sus expectativas. Entender cuáles son estos componentes, definirlos, describirlos en sus nombres y en sus límites, suponen un trabajo arduo a la hora de establecer una “teoría de la conspiración”. Y, por lo demás, jamás se estará completamente seguro de que, siendo beneficiarios objetivos, hayan participado realmente en la conspiración. Por ejemplo, es posible que parte de la dirección de ETA, algún sector de la policía, los industriales vascos, los cristaleros –pues no en vano, cada bomba de ETA “enriquece” a los cristaleros que bruscamente deben renovar un bien que, casi por definición, no es fungible- y la clase política, sean renuentes a desmantelar de una vez y para siempre a la organización terrorista… pero es evidente que algunos de los colectivos mencionados, si bien se benefician objetivamente de las acciones de ETA, ni están en condiciones, ni tienen interés en “conspirar” para que siempre el pulmón de ETA tenga un resuello que le permita alguna operación terrorista.

Se sabe, por ejemplo, que el complejo militar-industrial, Edgar Hoover entonces director del FBI, un importante sector del Pentágono, los amigos tejanos del vicepresidente Lyndon Baines Johnson, la mafia, los exiliados cubanos que no habían podido perdonar a Kennedy el fracaso de Bahía Cochinos, conspiraron para asesinar al presidente. Lo que se ignora es, si estos son todos los intereses que resultaban beneficiados con el cambio de administración y, sobre todo, cuál era el grado de participación de cada una de las partes implicadas.

Otro tanto cabría decir del 11-S o del 11-M. Dicho con otras palabras: se trata de “conspiraciones” de tal envergadura que no están sólo al alcance de “un” poder, sino que precisan de la acción coordinada de varios poderes, tanto en el momento mismo del desencadenamiento de la conspiración, con en la fase posterior (sin límite temporal) de investigación sobre la misma. No se trata solamente de encargar a un grupo de mercenarios contratados en el extranjero la comisión de tal o cual atentado mortífero para precipitar una determinada coyuntura, sino de contar luego con la complicidad de algunos medios de la seguridad del Estado, de la magistratura y de la fiscalía, y especialmente, con la colaboración de algunos medios de comunicación, para dar una versión de los hechos acorde con la “versión oficial” previamente establecida y que imbuya en la población la sensación de que esa es la única verdad indiscutible y dogmática hasta el punto de que se cierren las puertas a cualquier tipo de investigación posterior que aspire a profundizar más allá de los límites de la versión oficial.

En el caso del 11-M está claro que para todo aquel que tenga ojos y vea y oídos y oiga, los elementos probatorios sobre los que se ha basado la sentencia de la Audiencia Nacional, fueron de tal debilidad que ni siquiera se sostuvieron algunas de las peticiones fiscales. Finalmente, la sentencia en primera instancia fue tan ambigua que técnicamente podía ser descalificada con facilidad. Cuando llega a la casación, la sentencia es podada de los elementos más difícilmente sostenibles, pero sin ganar en concreción: si bien se excluye por completo que Al Qaeda haya tenido algo que ver y desaparece por completo cualquier condena a los imposibles “autores intelectuales”, no se dice gran cosa sobre los autores materiales que, al sostenerse que murieron en Leganés, extinguen su responsabilidad… Una sentencia así hubiera debido, al día siguiente, exigir de la policía y del Ministerio del Interior, una reapertura del caso a partir de cero y la apertura de otras pistas de investigación… Si no se ha hecho es, precisamente, porque determinados medios de comunicación y el partido en el gobierno, han sostenido ante la opinión pública –contra toda lógica y contra el sentido común- que la sentencia confirma la “versión oficial” y excluye por completo la participación de ETA… ¿y? Sí, esos mismos medios y ese mismo gobierno, durante cinco años han estado sosteniendo –sobre bases no del todo falsas al menos en lo que respecta al PP- que la única “teoría de la conspiración” sostenía que el atentado lo habían cometido los moros pero que había sido planificado y programado por ETA. Y es cierto que el PP pagó sus errores contenidos desde el 11-M hasta los dos años siguientes en donde se obstinó, por encima de toda lógica en defender la autoría de ETA, en lugar de reconocer: “nos han engañado desde el primer momento” y señalar a los autores del fraude que figuraban entre los propios medios de la seguridad del Estado, entre los medios de comunicación de determinada cadena y entre algunos representantes del único partido político que obtuvo un beneficio de las explosiones: el PSOE.

En un país en el que la prensa expresara las posiciones de los propios periodistas sin estar condicionados por los intereses del medio en el que trabajan, si no existieran “intocables” en los medios de comunicación, en la política y en la seguridad, y si el sistema político español no estuviera esclerotizado por la partitocracia y la plutocracia, nadie se habría atrevido a dar la orden de que se desguazaran los trenes, nadie se habría opuesto a realizar nuevas investigaciones hasta que no se llegara a esclarecer hasta el último extremo del crimen y, por supuesto, hubiera resultado imposible presentar a 9 cretinos, a cual mas incapaz, como “autores intelectuales del atentado”, todos, inevitablemente absueltos por la Audiencia Nacional o el Supremo.

Para “conspirar” hace falta disponer de un lugar privilegiado en la pirámide social. El conspirador –en realidad, los conspiradores- deben estar situados a una altura tal que permita mirar a lo lejos, eso da la posibilidad de planificar las consecuencias del acto, prever las reacciones y disponer de una red de silencios y complicidades con los escalones inferiores. No conspira quien quiere sino quien puede. Y hoy, las únicas conspiraciones posibles en los Estados occidentales construidos con una increíble complejidad, son las conspiraciones de los poderosos para ser todavía más poderosos o para alternarse en el poder con otra banda de poderosos. Una conspiración como la de los “sargentos” del siglo XIX, o pensar que el pronunciamiento de tal o cual espadón generará un cambio de gobierno, pertenece a una mentalidad anterior al último tercio del siglo XX. De hecho, la conspiración o lo que fuera de Tejero o a la que le indujeron a picar, solamente pudo realizarse desde el poder con la intención de asentar a ese mismo poder y “conjurar” de una vez por todas las amenazas golpistas.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

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