Infokrisis.- La televisión es hoy el primer medio de bastardización de las masas y la segunda apisonadora cultural, después del Ministerio de Educación. Cómo ha llegado a ser esto y solo esto es algo que corresponde a los sociólogos determinar. Quienes vivimos los primeros balbuceos de la televisión hace cincuenta años tenemos una extraña sensación que corresponde con nuestra visión de la historia: lejos de progresar, la historia camina hacia estadios progresivamente más degenerados. A la televisión le ocurre otro tanto. Y no siempre fue así.

A mediados de los años 60, Chicho Ibáñez Serrador emergió en el único canal de televisión de aquel momento: y muchos recordamos sus producciones, con la añoranza de que aquella televisión fue y ya no volverá a ser. Chicho no era un fenómeno único, existió toda una generación de realizadores de TV que en el tardofranquismo fueron capaces de realizar la mejor televisión que se ha visto en este país, la más creativa, e incluso, la más formativa.

No es que tengamos añoranza del franquismo. Tenemos añoranza de aquella televisión que intentó elevar el nivel cultural de la población. Tenemos añoranza del Estudio 1, tenemos añoranza de los programas protagonizados y dirigidos por Adolfo Marsillach, tenemos añoranza de las “telenovelas”, lejos de los culebrones repugnantes hechos para mayor gloria de la zafiedad y la ignorancia de hoy, que dramatizaban las grandes novelas de la literatura mundial, tenemos añoranza de los programas de divertimento de los que durante diez años fue dueño y señor Chicho Ibáñez Serrador.

Chicho el veterano hijo de veteranos

Chicho tiene hoy más de 70 años, pero antes de cumplir los 30 ya había alcanzado la fama. De casta le venía al galgo, porque papá y mamá eran, literalmente, figuras del teatro argentino. No tuvimos ocasión de ver en los escenarios a su madre, Pepita Serrador, prematuramente fallecida en 1964 con apenas cincuenta años. Pero sí recordamos a Narciso Ibáñez Menta como uno de los actores más geniales de la naciente televisión española.

La pareja se había casado en Buenos Aires en 1934. Ella era argentina y él asturiano. En la filmografía de ella se detallan dieciocho películas filmadas entre 1928 y 1960 de las que debemos confesar que no hemos tenido ocasión de ver ninguna. Con Ibáñez Menta es diferente. No lo pudimos ver como actor teatral en donde cimentó su fama, pero sí en varias series televisivas dirigidas por su hijo.

Los padres se conocieron en el teatro y a Ibáñez Menta siempre le gustó recordar que ocho días después del parto se subía por primera vez a las tablas en los brazos de la actriz Carola Ferrando. Sus padres se asentaron en Buenos Aires, contrariamente a lo que algunos han insinuado, no fue un exilio político. De hecho, Ibáñez Menta pasó su juventud viajando entre España e Hispanoamérica. Finalmente la familia se asentó en Buenos Aires.

Ibáñez Menta pasará a la fama en España como protagonista de bastantes episodios dirigidos por su hijo de la serie Historias para no dormir. Pero aunque esta serie era “de terror”, los registros de Ibáñez Menta eran múltiples. Interpretó el teatro de Sartre y de Miller y también a Goethe. Por lo demás, algunos episodios de Historias para no dormir estuvieron realizados en clave de humor.

Ibáñez Menta estaba más atraído por el teatro, pero eso no fue obstáculo para que protagonizara 45 películas en Argentina. No sólo interpretó sino que dirigió teatro. De regreso a España se incorporó como actor en distintas series de la naciente TVE de la que, sin duda, las dos más célebres fueron las citadas Historias para no dormir y Usted puede ser el asesino.

Apareció por última vez en 1991 en la comedia de Trueba Sal gorda (1991) y falleció en 2004 cuando contaba 91 años.

Una pequeña anécdota personal sobre Ibáñez Menta

Hay una anécdota personal que me gustaría contar para dar la medida de la calidad de Ibáñez Menta como actor. A finales de los años 60 recordamos nítidamente como vimos ante el monstruoso monitor Philips en blanco y negro un episodio de Historias para no dormir que nos llamó particularmente la atención a todos los miembros de la familia. El episodio se llamaba El pacto y estaba basado en la novela de Allan Poe El extraño caso del señor Valdemar. Ibáñez Menta asumía el papel de un psicólogo mesmerista que utilizaba la hipnosis con sus pacientes. En tres ocasiones, Ibáñez Menta hipnotizaba a un paciente, con un maquillaje que destacaba unos ojos particularmente inquietantes. Pues bien, en las tres ocasiones tanto mis padres como yo, experimentamos una indecible sensación de sopor (vale la pena decir que nunca nadie nos hipnotizó ni antes ni después), pero Ibáñez Menta estuvo a punto de lograrlo… Lo sorprendente no es esto que siempre podría ser interpretado como un recuerdo lejano e idealizado. Lo realmente curioso es que hace pocos meses, cuando volvimos a ver –tras bajarla mediante un programa de P2P- El pacto, tanto mi mujer como yo experimentamos esa indeleble sensación de estar siendo hipnotizados a distantancia… Hasta ese punto, Ibáñez Menta era un actor genial capaz de conseguir por TVE lo que un hipnotizador jamás ha podido conseguir en directo.

Una apretada biografía: Chicho ha envejecido entreteniéndonos

El jovencito con aires de suficiencia que aparecía en las presentaciones de Historias para no dormir al estilo de Hitchcock o Rod Serling, ya no es tan joven y según me cuentan tiene algún problema de salud. Está período de jubilación y hoy apenas se oye hablar de él. Quizás, solamente los nostálgicos de la televisión que pudo ser y no fue lo tengamos presente en el recuerdo. A decir verdad lo que experimentamos en relación a Chicho es simplemente agradecimiento por los buenos ratos que nos hizo pasar y, sobre todo, por haberse negado a participar en la degradación del medio televisivo.

Si es verdad como dicen sus biógrafos que nació el 4 de julio de 1935, eso implica que está a punto de tener 73 años. De nombre Narciso como su padre, utilizó el seudónimo de Luis Peñafiel para firmar sus guiones. Le acompaña un peculiar acento del que nunca ha logrado desprenderse y que sin duda es el resultado de haber pasado los doce primeros años de su vida en Argentina. A pesar de que pasará a la historia como realizador y director de televisión, también ha sido actor, director de teatro y de cine e incluso doblador. De hecho debutó doblando al conejo Tambor en la versión argentina de Bambi, esa cinta a la que los niños de mi generación recordamos con verdadero pánico y que, posiblemente, infundió en Chicho el interés por las historias de terror. Si non é vero e bene trovato. También se le suele añadir el oficio de guionista de radio que nosotros no hemos conocido.

Se inició en la TVE a finales de los cincuenta. El “ente” había nacido cinco años antes y sus primeras armas en él fueron las series Obras maestras del terror, Cuentos para mayores, Los premios Nobel y España y su teatro. Los que tenemos ahora 55 años recordamos tenuemente algunas de estas series que se emitían más allá de las 21:00 horas, barrera impenetrable para los niños de aquella época, educados en el madrugón.

Por esas fechas, Chicho inició su período de éxito. En 1959 había estrenado en el teatro Aprobado en inocencia, comedia de la que era autor, actor y director. En 1963 cuando se había asentado definitivamente en España, tras haber abordado la dirección de la serie Estudio 3 en donde se escenificaban piezas de teatro, comprobó que las de terror tenían gran aceptación. De esa intuición surgieron las series Mañana puede ser verdad (con adaptaciones de autores de ciencia ficción como Ray Bradbury) e Historias para no dormir.

Si estas series lo consagraron en España, con Historia de la frivolidad, realizada por él y escrita junto a Jaimé de Armiñán, su fama traspasó fronteras. Por primera vez en el España franquista la censura y el pacatismo fueron parodiados como merecían. El especial de humor recibió premios en distintos festivales europeos. Era 1968. Había nacido el erotismo en versión Chicho.

Era inevitable que con estos antecedentes realizara una película que debía ser el sincretismo entre erotismo y terror. Esa película fue La Residencia, el éxito de taquilla en 1969. A partir de ese momento, Chicho también tuvo lugar en la historia del cine español.

Debería llegar 1972 para que la televisión, convertida en vehículo de cultura de masas, tuviera su gran concurso: Un, dos, tres… responda otra vez. Concurso semanal aparatoso logró emitir 411 programas. España parecía paralizarse para verlo en los últimos años del franquismo y primeros de la transición.

En 1974, Chicho es considerado como una máquina de programar éxitos así que es nombrado director de programación. Un error. No se siente cómodo en el cargo y dimite a las pocas semanas. Prefiere el trabajo de creación. Poco después realiza el que considera su “episodio favorito”, El Televisor, que debió aparecer como un capítulo de Historias para no dormir, protagonizado por su padre Ibáñez Menta. En este programa denuncia los perniciosos efectos que puede tener la televisión en gente normal: ocupando espacios cada vez mayores en el cerebro, la televisión corre el riesgo de crear un mundo virtual que parece permitir el prescindir del mundo real. La sociedad del espectáculo termina no siendo más que espectáculo y renunciando a cualquier otra manifestación de la realidad. Este mensaje parece hoy asumido por muchos, pero en 1974 era una anticipación de los riesgos que podía acarrear la TV. Es preciso recordar que en aquel momento solamente había una televisión y dos canales y, así pues denunciar los riesgos de la televisión suponía denunciar los riesgos del mismo poder.

Chicho no fue nunca un franquista militante, de hecho siempre ha eludido hablar de política. La política y la honestidad creadora tienen pocos puntos de contacto. Aparentemente, pues, la muerte de Franco no tenía porque afectar ni a su obra, ni a su prestigio creativo, ni, por supuesto a su permanencia en televisión.

En 1976, su segunda película, ¿Quién puede matar a un niño? Fue también acogida con gran éxito. Poco después TVE rechaza el proyecto de una serie de suspense, pero le aceptan la serie antológica de terror presentada por él: Mis terrores favoritos. En 1982 realiza cuatro capítulos de unas nuevas Historias para no dormir que tienen gran aceptación por parte del público.

Su siguiente éxito tiene lugar cuando han irrumpido las televisiones privadas y, a pesar de la mayor competencia, el público le regala su apoyo. Es Waku-Waku en 1989, presentado por Consuelo Berlanga, Hablemos de sexo presentado por la doctora Elena Ochoa y luego El semáforo presentado por Jordi Estadella entre 1995 y 1997. En el 2000 vuelve al teatro con Aprobado en inocencia y El Águila y la Niebla.

Cuando consigue que un canal acepte su proyecto de reemprender el concurso Un, dos, tres… responda otra vez las cosas ya han cambiado demasiado en TV para que el programa vuelva a tener éxito. No solamente hay más canales, sino que los gustos del público han cambiado. Un concurso no puede competir con un programa del corazón o con una teleserie de humor de brocha gorda y si lo hace está llamado a perder la partida. Eso le ocurrió al programa de Chicho.

Cuando se cumplieron los 50 años de TVE él fue uno de los homenajeados. En realidad, él había sido el rey indiscutible de los primeros 25 años del medio.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com

 

 

 

Comentarios  Ir a formulario