Infokrisis.- Proseguimos en esta entrega el redondeo del análisis de la doctrina del movimiento estudiantil europeo de finales de los 60. Las reflexiones de aquel período –que no fue más allá de finales de 1967 al final del curso 1970-71- fueron muchas y muy ricas y, desde luego supusieron un soplo de aire fresco en la historia de las ideas políticas del siglo XX. Lamentablemente, la filtración desde el primer momento, de pinceladas marxistas y anarquistas contribuyó a la disolución de la ideología estudiantil y a su recuperación por formaciones marxistas clásicas. [se acompañan tres vídeos sobre la revolución y el ambiente de mayo 68]

Documentales:

Manifiestaciones en el barrio latino y declaraciones de líderes revuelta (francés con títulos en castellano)
La noche de las barricadas (con la voz en off en francés)
Animación en flash con las fotos más significativas de la revuelta
[pulsar los fotogramas]
 

5. Los tres principios de la ideología estudiantil

El movimiento estudiantil al reflexionar sobre su propia condición y sobre el papel de la universidad en la sociedad enunció tres principios indiscutibles que difícilmente admiten la crítica en su enunciado, aunque sí en su aplicación:

- La neutralidad de la ciencia: tradicionalmente se venía afirmando que la ciencia es neutral y que, por ejemplo, la teoría de gravitación universal de Newton no implicaba necesariamente aceptar tal o cual sistema ideológico. Y en realidad, ocurría justo lo contrario: ni la ciencia es neutral (la física newtoniana constituye la base del paradigma mecanicista que sustituye al paradigma tradicional hasta ese momento y precede al paradigma holísitco al que tiende la ciencia actual), ni lo es su aplicación. El ejemplo clásico es la investigación sobre microorganismos y virus. Aparentemente es neutral y carece de coloración política, pero en la medida en que ese hallazgo puede ser empleado por tal o cual país en armas de guerra biológicas, deja de ser neutral. Es, a fin de cuentas, la clase política, incluso en las democracias más avanzadas –que no es más que los “bonapartes” del poder económico- quien decide las prioridades, lo que hay que investigar y lo que pasa a segundo plano y, por supuesto, en qué se utilizan los hallazgos anticipados por la ciencia. Alejandro Nieto alude a “la aplicación irracional de los productos de la más exquisita racionalidad”. El investigador e inhibe de la utilización completamente irracional que pueda hacerse de su trabajo.

- La neutralidad de la enseñanza: huelga afirmar en estos momentos en los que la Educación por la Ciudadanía se ha convertido en el centro de la polémica sobre el sistema educativo que la enseñanza encierra siempre contenidos políticos. El mero hecho de sustituir la Formación del Espíritu Nacional franquista por la Educación para la Ciudadanía zapaterista implica ya la oscilación del péndulo ideológico de un extremo al otro. Decidir lo que debe o no debe enseñarse es ya, de por sí, una decisión política. Y no digamos la forma de transmitir esa enseñanza: enseñar jugando como hoy, o enseñar mediante sistemas memorísticos suponen dos formas contrapuestas de transmitir el saber desde la infancia en los que o se educa el ludismo o se educa la voluntad. En la práctica, la universidad tradicional defendía y afirmaba la libertad de cátedra y la plena libertad de los profesores para transmitir el tipo de enseñanza que creen oportuno. Sin embargo, en el movimiento de mayo la “libertad de cátedra” queda relegada a un principio que, poco a poco, fue ganando preeminencia: no hay libertad de cátedra para los catedráticos que son definidos como “siervos del capitalismo”, “cómplices de los crímenes cometidos en Vietnam” y “fascistas sin escrúpulos”. Para la óptica del movimiento estudiantil el catedrático intenta modelas la mentalidad del estudiante en función de unos presupuestos ideológicos que pueden ser o no aceptables para éste.

- La neutralidad del estudiante: en la universidad tradicional el estudiante debía limitarse a estudiar. Contrariamente a lo que ha sostuvo el movimiento estudiantil, éste modelo de universidad requería del estudiante un estado relativamente pasivo que facilitara la asimilación de los conocimientos transmitidos por el profesor, sí, pero también fomentaba un máximo de capacidad crítica. Fue la degradación de la universidad tradicional y su conversión en universidad burguesa la que trajo el conformismo y la relación en todos los niveles de la vida universitaria. Fue entonces cuando los profesores precisaban que sus alumnos fueran meras esponjas que aceptaran acríticamente cualquier filtración ideológica que les quisieran transmitir. El estudiante debía estudiar, pero ya no estaba en condiciones de juzgar lo que estudiaba, se debía limitar a aceptarlo. El movimiento estudiantil, muy influido por las corrientes hiperdemocratistas de la época fue mucho más lejos: “El estudiante debe estudiar, el obrero trabajas, el cura decir mira y el policía velar por el orden. Pero ¿Quién debe decidir lo que el estudiante debe estudiar, dónde debe trabajar el obrero, qué clase de misa ha de rezar el cura y qué clase de orden debe proteger el policía?”, comentaba Nieto. La respuesta era clara para algunos. Durante la ocupación de la facultad de arquitectura de Valle Giulia en Roma, los estudiantes de la organización estudiantil Caravella (de extrema-derecha, entonces muy implicada en las ocupaciones universitarias) sostenían que la única autoridad que debía regir en la universidad era la “autoridad científica”. Sin embargo, esta no era la opinión de la izquierda estudiantil que, precisamente cuestionaba el derecho de autoridad. En 1968 se llegó al absurdo de que los estudiantes recién llegados del bachillerato deliberaban y votaban lo que debía ser enseñado o no. Yo mismo, he visto a profesores preguntar a sus alumnos lo que querían o no querían aprender… Era “democrático”, lo que no implica que fuera absurdo: en el docente debe de existir “experiencia profesional”, además de cualificación científica; ambos elementos hacen que el docente vea a mayor distancia que el recién llegado a la universidad.

El principio del fin del movimiento estudiantil consistió en ejercer una crítica drástica al principio de autoridad, negando no solamente autoridad a los profesores mediocres o desenfocados por edad o incapacidad profesional, sino negando en sí misma TODA autoridad.

El razonamiento era el siguiente: la universidad está creada por un sistema político que no aspira a otra cosa más que a subsistir y sobrevivirse a sí mismo. Por tanto, la universidad reproduce los valores y modelos de la sociedad. Estos modelos y valores son transmitidos a través de un sistema autoritario en el que se exige obediencia pasiva a los alumnos. El principio enunciado por el movimiento de mayo era que toda forma de enseñanza que impida “la autorrealización personal o de grupo, presente o futura” en nombre de principios que el estudiante no asume como propios, debe ser rechazada como forma de opresión.

En cierta medida la ideología de mayo ha triunfado durante 40 años. Solamente hoy se percibe el efecto deletéreo de la negación de todo principio de autoridad. Una sociedad así concebida es una sociedad inorgánica en la que todo puede ser cuestionado por cualquiera. El 40 aniversario de mayo de 1968 se produce cuando el péndulo empieza a alejarse del extremo límite de ausencia de autoridad que empezó en 1968 y que alcanzó –al menos en España- sus más altas cotas durante la primera legislatura de Zapatero.

6. La interrelación entre universidad y sociedad

Cuando el movimiento estudiantil empieza a reflexionar sobre el papel de la universidad advierte que existen vasos comunicantes entre universidad y sociedad. La reflexión sobre la neutralidad de la ciencia, de la enseñanza y del estudiante les llevó a superar el concepto propio de la universidad tradicional que la consideraba como algo diferente de la sociedad. Estaba dentro de la sociedad pero era algo radicalmente diferente y aislado de ésta. Es más, desde la Edad Media, la universidad supo rodearse de altos muros que hacían de ella algo autónomo. Tal como definieron los estudiantes italianos este modelo, la universidad era un gueto de oro en un mundo de mierda.

Pero el movimiento estudiantil tiene algo de mesiánico. No se contenta con que la universidad funcione, esté adecuada al tiempo nuevo y cumpla su función de transmisión del saber, quiere, como Jesús el Galileo, redimir a toda la humanidad. Por tanto la reforma de la universidad que exigían los estudiantes contestatario, no era sino el primer paso para una reforma de la sociedad.

En sus sectores marxistas y en el pensamiento del “primer Marcusse”, la universidad constituía uno de los eslabones débiles de la sociedad capitalista. Allí había más energía, más juventud, más fuerza y más conciencia que en otros sectores de la sociedad, por tanto, el estudiantado pasaba a ser definido como “grupo objetivamente revolucionario”.

Hasta aquí no existirían grandes objeciones al razonamiento: la misión de los estudiantes no es reformar sólo la universidad, sino reformar a la sociedad en la medida en que ésta impone un modelo de enseñanza que contribuye a perpetuar las élites capitalistas. Dejando aparte lo cuestionable del razonamiento, está encadenado de manera sugerente. La reforma de la universidad sería un pilot plan para la reforma de la sociedad.

Pues bien, esta cadena de silogismos se convirtió en los años 60 en una polémica permanente entre los “revolucionarios estudiantiles químicamente puros” y los “revolucionarios marxistas presentes en la universidad”. Para los primeros la reforma de la universidad era prevalerte sobre la reforma de la sociedad, mientras que para los segundos, había que reformar la sociedad para reformar la universidad, o de lo contrario la reforma sería siempre limitada y superficial.

A medida que transcurrieron los cursos, la primera tendencia terminó desapareciendo por completo. En algunos textos de mayo de 1968, ya se  destilaba una completa sintonía con los clásicos del marxismo: la tarea de los estudiantes era ponerse del lado de los obreros considerados como la única clase capaz de cambiar a la sociedad. Los maoístas de la UJC-ML asumían en su vida personal la consigna de “media jornada de trabajo y media jornada de estudios”. Buscaban, por todos los medios, proletarizarse porque sería de allí de donde partiría la revolución.

A fuerza de analizar el medio estudiantil, habían olvidado hacer otro tanto con la condición obrera. Si lo hubiera hecho, o si en las mismas jornadas de mayo hubieran escuchado a los oradores de la CGT o de FO, hubieran sabido que en 1968 la clase obrera solamente tenía un anhelo: vivir como burgueses y que la conciencia de clase de los trabajadores no era sino la común aspiración a vivir como burgueses y aquí empezaba y terminaban todas sus posibilidades como clase “revolucionaria”. Todo lo que no fuera un alza salarial, una mejora en las condiciones de trabajo interesaba muy poco a los trabajadores. Ni siquiera habían reflexionado sobre el hecho de que esas mismas reivindicaciones limitaban los beneficios del capital y, por tanto, distanciaban las crisis de superproducción y, a la postre, contribuían a ser un contrapeso a la voracidad capitalista que, inevitablemente, generaba ciclos de crisis.

En este terreno, el movimiento estudiantil no tuvo margen de actuación: al afrontar la transformación de la sociedad lo hizo desde unos parámetros marxistas. Eso hubiera debido llevar a asumir un modelo de organización revolucionaria de matiz leninista… pero esta aspiración solamente estuvo presente en una ínfima minoría. La deriva antiautoritaria que había fomentado su análisis hizo que el modelo de organización que prevaleció en los momentos de crisis, durante las jornadas de mayo del 68 o en el otoño cálido italiano o en las jornadas de febrero-abril en Valle Giulia en Roma, el modelo adoptado fue el anarquista…

El resultado final fue pobre. En 1970 ya no quedaba nada del movimiento estudiantil. Quedaban grupúsculos y como tales permanecieron.

 

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

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