Infokrisis.- Escribimos esta segunda parte de nuestro comentario sobre la obra de Neville justo después de haber visionado toda su filmografía accesible desde emule y sus dos últimas películas: El Baile y Mi Calle, a efectos de elaborar este comentario. Y si hay algo que nos haya llamado la atención puede resumirse en dos palabras: humanidad y ternura. Estas dos palabras –junto al casticismo al que nos referimos en el artículo anterior- forman la trilogía de valores que componen el ánima de la obra y de la vida de Neville. Esta es su vida.

Edgar Neville, los pasos y los días

¿Quién era Egar Neville y por qué un personaje tan castizo tenía un nombre que sugería el del policía de Scotland Yard que persigue impenitentemente a Fu Manchú? Responder a esto es viajar a los orígenes de este sorprenden intelectual que, por serlo, lo era hasta en el nombre.

Era Edgar por acuerdo unánime de sus padres. Neville por el verenable Edward Neville, ingeniero inglés que los azares de la vida llevaron a Madrid para supervisar una industria. Romrée, su segundo apellido, a causa, naturalmente de su madre, María de Romré de quien heredó el condado de Berlanga de Duero. Berlanga parece cuadrar a los cineastas españoles. Su educación esmerada se realizó en el colegio del Pilar, verdadera planta de montaje de intelectuales de la primera mitad del siglo XX español. Había nacido con la crisis finisecular, en 1899.

Si fue algo fue un tipo con un elevado sentido del humor. En 1917 conocerá a Tono, que con el tiempo se convertirá en alma de todas las publicaciones humorísticas españoles, empezando por La Ametralladora y terminando por La Codorniz. Neville colaborará con él en todas estas empresas. Pero si había algo que le interesaba en vida a Neville era el carnaval. Esta afición le llevará incluso a reproducir el cuadro de Goya El Entierro de la Sardina en una de las escenas de Mi Calle. Hay algo en Nevlle que remite al dionisismo desmesurado, a la carcajada incluso en las situaciones más trágicas y en las situaciones más desesperadas, donde cualquier rictus de sonrisa se agradece. En 1917, con apenas 18 años, estrenó La Vía Láctea con La Chelito, un vodeville en medio acto que ya entonces llamó la atención.

Sus padres casi le obligan a estudiar Derecho, de todas las carreras, sin duda la que por su formalismo se adaptaba menos a la ecuación personal de Neville. Acabó derecho aburrido de leyes, códigos y articulados soporíferos. Niño bien, podía haberse librado del servicio militar con que solamente papá y mamá realizara un pago en efectivo al Estado. Sin embargo, su primer desengaño amoroso le impulsó a alistarse en el ejército y no lo hizo en cualquier cuerpo con la esperanza de mantenerse “en palanca”, sino que se alistó en los húsares destinados a combatir en Marruecos. No fue, a decir verdad, un héroe, se comportó como los buenos en los pocos combates en los que participó y fue repatriado al sufrir una grave enfermedad. Repatriado y licenciado. A partir de entonces se convertiría en un asiduo a las tertulias literarias madrileñas.

Sus padres lo enviaron a Granada para terminar Derecho y lo hizo, pero allí se relacionó con Lorca y con Falla. Ambos le transmitieron la pasión que había aflorado en él en la guerra de Marruecos: el flamenco, que se unión a su gran pasión, las letras. Los años veinte fueron un buen momento para él. Lorca le presenta a Salvador Dalí y en las tertulias madrileñas conoce a Manolo Altoaguirre y demás exponentes del 27. Su error fue casarse con una malagueña de complejos apellidos y nobleza acrisolada. El matrimonio, como veremos, se juró amor eterno, pero no soportó el paso del tiempo.

Se licenció finalmente, pero juró que jamás ejercería el derecho, así que, por consejo paterno, ingresó en el cuerpo diplomático. Fue lo mejor que podía hacer. Exteriores le envió primero a Washington. Pero entonces ocurrió lo inesperado. En sus vacaciones se fue a Los Ángeles con su mujer e hijo. Es que le apasionaba el cine. Ese viaje determinaría su vida futura. Por allí estaba también Blasco Ibáñez. Chaplin le presentará a los grandes actores del Hollywood de la época: Mary Pickford, Douglas Fairbanks, Bebe Daniels, Loretta Young, Adolphe Menjou, Joan Crawford,... De todos ellos aprendió algo. Almacenaba conocimientos y técnicas, sabedor de que un día sería él quien haría grandes películas. Los Ángeles ya era en la época la Meca de la incipiente industria del cine. Seguramente fue el único diplomático que trabajó en una película de Chaplin con quien le unión una estrecha amistad a pesar de que solamente pudiera ofrecerle un papel secundario (sino cuaternario) en Luces de la Ciudad. Neville se aproximaba a lo que más le satisfacía: el mundo de la farándula. Lanza por los aires la carrera diplomática y se embarca como guionista en la Metro.

Fue contratado como guionista y adaptador de los filmes de la productora destinados al mundo hispano. Pero Neville se sentía solo en Hollywood. En concepto de ocio y diversión que practicaban aquellas máquinas de ganar dinero, no era el suyo. Así que empezó a llamar a sus amigos. Buñuel, a quien había conocido a través de Lorca y de Dalí, Tono, su amigo de siempre, Jardiel Poncela y otros acudieron a su cita en Hollywood. Seguramente este es el período más feliz de Neville y de tantos otros españoles inconscientes de que nuestro país se precipitaba a lo que fue el conflicto más sangriento del siglo XX.

A su regreso a España encuentra a la industria del cine española escuálida, esquelética y desnutrida. Nadie creía en ella ni existían medios suficientes para filmar algo de interés. No sería sino hasta el 35 cuando consiguiera filmar El malvado Carabel, con un juvenil y desgarbado Fernando Fernán Gómez como protagonista. Es una buena película basada en una novela de Fernández Flores. Carabel es un buen hombre al que la vida trata mal, así que un buen día decide vengarse de la sociedad y convertirse en un “gran malvado”. Fracasa, por supuesto. Nadie se convierte en un criminal sino lleva el crimen en el tuétano. La película es, a ratos brillante y esperpéntica, pero nos demuestra que en la preguerra el sector inmobiliario ya estaba formado por caraduras sin escrúpulos y a su calor se gestaban las fortunas más insultantes de la época. El éxito le acompañó. Primera película, primer éxito. Luego vino, La señorita de Trévelez, adaptación de una obra teatral de Arniches, tragicomedia casi costumbrista que años después Estudio 1 repuso para TV con grandes actores como intérpretes (José Bódalo, José María Cafarell, y tantos otros). La película de Neville es buena –y de hecho volvió a tener éxito– pero a nuestro juicio es inferior a la obra de teatro que, en el libreto de Arniches transcurre solamente en dos escenarios que se prestan poco al lucimiento cinematográfico.

Inaugura los treinta separándose de su mujer y conociendo a una mujer excepcional, Conchita Montes. Nosotros la conocemos por sus papeles cinematográficos que destilan una personalidad arrolladora. Afortunado él que la conoció en carne y hueso. Conchita Montes era aristócrata como él, intelectual como él y artista, como él, bien relacionada. No solo fue el amor de su vida, sino la mujer que le salvó la vida en los primeros momentos de la malhadada Guerra Civil. Pudo huir, primero a Londres y luego aproximarse a la patria, estableciéndose unas semanas en San Juan de Luz. A mediados de 1937 cruza el puente de Hendaya y se une como voluntario a las tropas de Franco. Su experiencia en Hollywood le servirá para filmar los mejores filmes propagandísticos del bando nacional: Ciudad Universitaria, donde describe el asedio de Madrid y la irrupción de las Brigadas Internacionales, Juventudes de España que muestra que hubo mucho de ideológico en nuestra Guerra Civil, Vivan los hombres libres, Carmen fra i rossi (en español Frente de Madrid) con arriesgadas tomas de la batalla de Brunete y de la toma de Bilbao, y finalmente La muchacha de Moscú. Ha asumido, entre tanto, las ideas falangistas, si, pero sobre todo no puede evitar la más absoluta náusea hacia la guerra y quienes la hicieron posible. Esta náusea, tamizada por su proverbial sentido del humor, se evidencia sobre todo en su testamento cinematográfico, Mi Calle.

De este cine bélico y de propaganda, la mejor pieza es, sin duda, Frente de Madrid, en buena medida película autobiográfica cuyo contenido enlaza perfectamente con las ideas estéticas y la vitalidad que dieron origen al primer fascismo. El narrador explica: "por un día de batalla hay muchos en que la guerra es una gigantesca excursión campestre, en la que todos son jóvenes y alegres. Hay el barro y las ratas, pero ¡qué elevación en el sentido de la camaradería! ¡Qué de situaciones pintorescas y cómicas! ¡Qué tipos...!". La camaradería de las trincheras fue para los movimientos fascista, la forja de un nuevo estilo fundamentalmente antiburgués que fue también el propio de Neville.

En efecto, Neville era un dando, a ratos encantador y a ratos canalla, humano y tierno siempre. En 1944 señala que "se acaba de triturar una civilización burguesa y falsa, que traía renqueando un siglo de cursilería y de convenciones, atado a los faldones del último chaqué" (El Español, nº 91, 22-VII-1944). Odiaba las visitas “de cumplido”, el convencionalismo burgués, y todo lo que era "cursi y contagioso". Todas sus películas tienen estos rasgos antiburgueses desde la primera hasta la última como si se tratara de una constante. Parece increíble que las temáticas de algunas cintas pasaran por la estricta censura franquista: en El Baile la trama gira en torno a un triángulo amoroso, si llevó al cine Nada de Carmen Laforet fue por que denuncia las taras de una familia burguesa; y en El Malvado Carabel es todo el modelo ético de sociedad burguesa la que cuestiona.

Maria de la Concepción Carro Alcaraz, que pasaría a la historia del cine con el nombre artístico de “Conchita Montes” colaboró con Neville en Frente de Madrid y como no podía ser de otra manera, ambos, de gran personalidad, inician su relación sentimental que se prolongará hasta que Neville muera prematuramente en 1967. La Montes colaborará en muchas de sus películas. Personalmente, aprecio su interpretación en Nada, basada en el primer premio Nadal, ganado por Carmen Laforet, pero destaca también en Domingo de Carnaval, El Último Caballo, Café de París o Correo de Indias, películas que un día se rescatarán y demostrarán que el cine español de posguerra fue mucho más que el producto acrítico y sumiso, anodino y ñoño de los vencedores. No tenemos la menor duda en afirmar que si hubo un alba radiante del cine español, su mejor época, esa fue la posguerra, Neville su portaestandarte y la Montes su musa. Su rostro podía alcanzar niveles de extraordinario dramatismo –en Nada, por ejemplo– pero también destacar por su comicidad –en Mi Calle–, no en vano era una de las colaboradoras femeninas de La Codorniz que, por sí misma, desdecía la patraña de que la mujer española solamente se liberó hace dos días. En el semanario, estaba a cargo de la sección: El damero maldito. ¡Qué mujer!

La guerra le había estimulado el apetito. A veces pasa en situaciones de máxima ansiedad. El problema con Neville es que el comer se convirtió para él en un verdadero vicio y las fotos nos lo muestran después de la guerra, progresivamente creciendo en volumen y peso. A cada tratamiento de adelgazamiento seguía un período de “recuperación”. Su salud se resintió, pero, aun así, la inmediata postguerra es teatro de sus mejores composiciones y obras.

Neville es, por fechas, miembro de la generación del 27, pero compuesta ésta por poetas gran medida republicanos, nunca se le ha incluido en ella, como tampoco a Tono, Jardiel Poncela, Mihura y al ex divisionario Álvaro de la Iglesia cuya engolada voz y sutil sentido del humor (evidenciado sobre todo en los títulos de sus novelas, Los hijos de Pu…, por ejemplo, era una delicada novela de humor en la que se aludía a los hijos de Pu-Yi, el último emperador del Japón) le llevaron a la dirección de La Codorniz y a distintos programas de humor de la proto Televisión Española.

Y era curioso porque todos estos humoristas, o mejor dicho, intelectuales y humoristas –porque eran ante todo la creme de la creme de las letras españolas de la época- aun a pesar de haber optado por el bando nacional, el de los vencedores, no quieren sino olvidar y superar la Guerra Civil ya en los años 40. Y si se nos apura, tienden a criticar especialmente las lacras y los vicios de la burguesía y, en especial, de los hijos de papá. Nada que ver con la consigna que lució los muros de la Sorbonne en mayo del 68: “Somos burgueses que quieren dejar de ser burgueses y no saben como hacerlo”. Ellos si sabían hacerlo: denunciando con humor y sutileza, estilo y nivel, las costumbres y los vicios de la burguesía bienpensante de la época. Todos ellos fundan, con ese fin –y no para apoyar acríticamente al régimen como algunos progres de hoy han supuesto– el semanario La Codorniz (“la revisa más audaz para el lector más inteligente”) sucesora de la revista de Mihura , La Ametralladora en la que ya había colaborado. Escribió una novela que gozó de gran éxito: Clorato de Potasa.

En la postguerra empieza a filmar sus primeras películas. La Vida en un hilo, será la primera. Primera película, primer éxito. Tema: alegato contra la burguesía detentadora de lo cursi y lo obtuso. Le sigue, El Baile –mañana nos referiremos a ella con más calma–. Otro éxito. Siete años en cartel. Mas tarde se dedicará al cine policíaco y a su afición, el flamenco (en Duende y misterio del flamenco, en 1952).

El listado de sus películas, tal como aparece en Wikipedia, es completo y nos limitamos a cortar y pegar sin más comentario:

  • El presidio (1930)
  • Yo quiero que me lleven a Hollywood (1931)
  • Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si, o La vida privada de un tenor (1934)
  • El malvado Carabel (1935)
  • La señorita de Trévelez (1936)
  • Juventudes de España (1938)
  • La Ciudad Universitaria (1938)
  • Vivan los hombres libres (1939)
  • Carmen fra i rossi (1939)
  • Santa Rogelia (1939)
  • Verbena (1941)
  • Sancta Maria (1942)
  • La parrala (1942)
  • Correo de Indias (1942)
  • Café de París (1943)
  • La torre de los siete jorobados (1944)
  • Domingo de carnaval (1945)
  • La vida en un hilo (1945)
  • El crimen de la calle Bordadores (1946)
  • El traje de luces (1946)
  • Nada (1947)
  • El marqués de Salamanca (1948)
  • El señor Esteve (1948)
  • El último caballo (1950)
  • Cuento de Hadas (1951)
  • El cerco del diablo (1951)
  • Duende y misterio del flamenco (1952)
  • La ironía del dinero (1955)
  • El baile (1959)
  • Mi calle (1960)

Mi calle, o 50 años en la historia de España

Mi Calle (1960) es el testamento cinematográfico de Neville. Nunca más hará cine y si hay alguna obra que resuma los ideales estéticos y políticos de Neville es, precisamente, esta película delicada y encantadora que resume cincuenta años de vida madrileña en menos de dos horas de proyección.

El Madrid que nos pinta Neville en esta película es el que recodaba en sus años de juventud e infancia. La trama se desarrolla en la calle Trujillos en donde pasó su infancia. La película rezuma la melancolía propia del hombre maduro que sabe que los mejores años de su vida han quedado atrás y los mira con simpatía y humanidad. En la película están comprendidos todos tipos posibles que se hubiera podido encontrar en el Madrid de finales del siglo XIX y el primer tercio del XX: el menestral conservador fabricante de acordeones y, en frente suyo, el menestral progresista y republicano fabricante de paraguas, los nobles llanos, alegres y confiados de los que Neville formaba parte, los entrañables mendigos, el anciano que conoció a Prim, la chacha amante del organillero, el carnicero, los vástagos de todos ellos que acabarán asumiendo ideas diversas antes de la guerra civil y que generará la gran tragedia española en la que quienes jugaron juntos en su infancia se mataron en su juventud. Y todos estos personajes, hábilmente movidos por Neville, desfilan sobre el trasfondo de la historia de España de esos años en un Madrid gris que, poco a poco, va ganando color.

Los toques humanos se alternan con los humorísticos, pero el regusto que deja la película es amargo y triste, mezcla de melancolía y dramatismo. Y, en efecto, en el fondo del cine de Neville, hombre vitalista y desmesurado, alegre y dado al humor, frecuentemente desmadrado, existe un fondo trágico propio de quien confía más en los seres humanos que en la propia vida que, a fin de cuentas, sabe que carece de sentido. Tal es el mensaje de El Baile o de Mi Calle y, por extensión de casi todas sus obras.

En cuenta a la historia de Madrid cuyas últimas etapas se dibujan en Mi Calle, parece evidente que los seres humanos son, para Neville, más importantes que los sucesos históricos y si estos son importantes es precisamente por las alteraciones que generan en la vida de las personas.

Las películas de Neville son, hasta cierto punto optimistas y, a partir de ese punto, moderadamente pesimistas. La botella está medio llena y medio vacía al mismo tiempo. Neville, se me antoja en este momento como un pesimista activo, un humanista que encubre su percepción de lo endeble de la concepción humana mediante el recurso al humor y al cinismo. En La Calle, esta impresión queda acentuada. Los hombres valen más que las ideas que defienden. La película, filmada en 1960, no podía ser sino un canto a la reconciliación nacional.

Pocos años después de hacer esta película, en 1967, fallecía de un ataque al corazón. Fue enterrado al día siguiente en la sacramental de San Isidro.

© Ernesto Milá – Infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

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