Infokrisis.-Llevamos demasiadas legislaturas aplazando el necesario encuentro con la reforma de la constitución. Esta nueva legislatura que se inicia ahora ¿abrirá las puertas a esa reforma o la Constitución actual sobrevivirá otros cuatro años? No hay nada que permita pensar en reformas y si estas se producen nos tememos que serán sobre aspectos secundarios y parciales de nuestro sistema político. Muy pocos tienen intención de suscitar una discusión sobre la forma del Estado. Nosotros entre ellos. Éste es nuestro análisis.

La alternativa: dejar las cosas como están o cambiar la forma del Estado

El Partido Popular se declara tibiamente monárquico y afirma serlo solamente porque es la forma de gobierno descrito en la Constitución. El PSOE, por su parte, es tibiamente republicano. De tanto en tanto, alguno de sus dirigentes protagonizan algún exabrupto republicano, pero a quienes les corresponde un republicanismo militante es a los últimos mohicanos de Izquierda Unida. Aparte, naturalmente, de ERC que lleva la “república” implícita en su sigla. A nacionalistas catalanes y vascos el tema ni les va ni les viene, lo consideran “cosa de españoles”. Y en cierto sentido tienen razón. Sólo que si miraran su DNI verían que ellos también son españoles. De todas formas, los resultados obtenidos por ambas formaciones en las pasadas elecciones son un índice del interés de los españoles por la república.

El origen de la monarquía actual

Los Borbones no han constituido jamás una dinastía excesivamente popular, ni mucho menos brillante en España. La cosa empezó mal con Felipe V y su proceso de nivelación, y siguió mucho peor con algunos de sus sucesores: Carlos IV cedió simplemente España al Imperio Napoleónico y a Fernando VII a lo largo de su vida no le quedó nadie a quien traicionar. Isabel II tenía fama, solamente, de ser ligera de cascos. De Alfonso XII se recuerda especialmente su melancolía. Alfonso XIII, por su parte, en cuanto oteó problemas se fue a Roma dejando aquí un proceso caótico que culminó en la guerra civil. De Don Juan, Conde de Barcelona y Almirante de Castilla, sus exegetas se las vieron y se las desearon para demostrar que en algún momento, durante los 40 años de franquismo, se preocupó algo por su país.

Y es así como llegamos a 1967 con la aprobación de la Ley Orgánica del Estado. Franco lo dijo en las Cortes cuando el príncipe Juan Carlos fue nombrado sucesor: “Esto no es una restauración, es una instauración”. No era para menos. Históricamente, los Borbones habían dejado el peor de los recuerdos.

La supervivencia de la monarquía

En noviembre de 1975, la mayoría de españoles no dábamos un duro por la continuidad de la monarquía. Y son embargo 33 años después la monarquía sigue gozando de buena salud. Esto se ha debido a las circunstancias particulares en las que se operaron los consensos de la transición.

En noviembre de 1975 la oposición democrática carecía de fuerza social suficiente como para desencadenar un proceso de lo que entonces se llamaba “ruptura”. Por su parte, el franquismo político aislado internacionalmente y necesitado del balón de oxígeno europeo, precisaba un cambio en las formas. Era evidente que, antes o después, ambas “Españas” iban a tener que entenderse.

De esta situación surgió el “consenso” que permitió la transición democrática. La derecha franquista cedería en el punto esencial (legalización de todos los partidos y convocatoria de elecciones libres) y la izquierda daría su brazo a torcer en el tema de la monarquía para que el cambio tuviera la forma de una evolución más que de una ruptura.

La monarquía quedó salvada aunque fuera lo único que quedó del antiguo régimen.

La monarquía en la transición

A pesar de presentarse como un “anhelo popular” (ciertamente había algo de eso, pero no era, en modo alguno lo esencial) la transición no fue más que un acuerdo entre las cúpulas de estos dos sectores. A partir de las elecciones de 1977 se trataba de ver cómo podía hacerse digerir el proyecto a la población.

En aquella época, tanto la extrema-derecha como la extrema-izquierda tenían un peso político muy real. Así pues, otro de los acuerdos de la Transición fue desmantelar a ambos sectores políticos. Se hizo de muchas maneras y, habitualmente, mediante la vía de la provocación. Ahí las alcantarillas del Estado se esmeraron. Después del incendio del local barcelonés Scala, el anarcosindicalismo entró definitivamente en la historia de España y tras los distintos episodios de violencia en los que se vio envuelta la extrema-derecha, tanto por sus errores como por las provocaciones de que fue objeto, ubicarse en ese ambiente suponía un suicidio político que muchos ultraderechistas de pro evitaron optando por salidas más aceptables.

Quedaban, claro está, las Fuerzas Armadas como expresión del continuismo franquista que tenían como única referencia política a la monarquía (ese fue otro buen motivo para conservar la institución). Aún queda por escribir la historia exacta de lo que ocurrió en la conspiración del 23-F, pero básicamente puede decirse que fue un señuelo: los militares comprometidos con el sector ultra salieron a la superficie en la tarde en que Tejero ejecutó su fantasmal y absurda entrada en el Congreso de los Diputados y fueron liquidados para siempre. Gracias Tejero, porque alejaste el golpismo por siempre jamás.

Entre la madrugada del 20-N de 1975 (muerte de Franco) y las 24:00 del 23-F de 1981 (intentona golpista), la monarquía no vivió un momento particularmente brillante. Parecía difícil que pudiera perpetuarse. La intervención del Rey –aunque fuera tardíamente- ante las cámaras de TV en la noche del 23-F constituyó un punto de inflexión que salvó la monarquía.

Con su acción Tejero, Milans y demás, lograron muchas cosas, aunque ninguna fuera la que se habían propuesto: lograron que el golpismo desapareciera de las FFAA, lograron que una vez desaparecido el golpismo nada impidiera el acceso al poder de la izquierda, lograron, así mismo, que en aquella España dividida anterior al 23-F, sumida en la crisis política y en el caos económico, terminaran desfilando Carrillo, Fraga, González y los sindicalistas, codo a codo por la Castellana, restituyendo la confianza de la población en la clase política. Lograron, en definitiva, asentar el sistema democrático y, con él la monarquía “instaurada” por Franco pasó a ser la monarquía democrática.

¿Ha funcionado la monarquía?

Si la mejor forma de demostrar la eficacia de un monarca es que pasara completamente desapercibido, hay que decir que Juan Carlos I ha sido un gran monarca: no ha intervenido absolutamente nada en la vida política del país, limitándose estrictamente a su papel constitucional. Es decir a muy poco. Mejor dicho: a nada.

En el fondo alguien tenía que representar a España en los foros internacionales y alguien también tenía que estar por encima de los partidos y de sus luchas, aunque fuera para dar mensajes de Navidad tan bienintencionados como asépticos.

La monarquía ha funcionado, sencillamente porque su margen de actuación era tan escaso, limitado y sin poder real, que no había lugar a que fracasara. Bastaba con que un ploter estampara la firma del monarca cada mañana en las leyes que aparecerían al día siguiente publicadas en el BOE para que cumpliera con su trabajo.

La popularidad de la monarquía se ha mantenido especialmente gracias a una prensa del corazón que durante años ha ocultado las vergüenzas de la institución a cambio de obtener exclusivas y posados preferenciales.

Solamente en raros momentos, el monarca ha asumido su papel de tal y ha hecho que los españoles se sintieran “orgullosos” de tenerlo como máximo representante del Estado.

La corrupción galopante de la clase política ha hecho olvidar que el entorno de la familia real y los “cuñados” se habían convertido en una clase parasitaria habituada a los buenos negocios con el mínimo esfuerzo. Algunos personajes surgidos al calor de la Casa Real han revestido rasgos particularmente siniestros y un olor a corrupción similar a cualquier otra institución del Estado.

Es difícil realizar un balance objetivo de la monarquía en estos años. Lo que generalmente se pone en su haber es, sin duda, el resultado de haberse abstenido de descender al ruego de la política, haber evitado polémicas políticas e incluso haberse callado cuando la situación de corrupción de la clase política clamaba al cielo.

Tampoco las culpas de la monarquía juancarlista han sido excesivas: se ha limitado a sobrevivir, tal como aprendió en sus seis primeros años de corona. Sobrevivir implica plegarse a las reglas del juego. Y Juan Carlos I ha desarrollado un sexto sentido para realizar esos equilibrios.

A fin de cuentas, ese también ha sido el problema de la monarquía: a fuerza de pretender estar por encima de la política y de sus vaivenes, Juan Carlos I se ha situado lejos de la sociedad. La prensa del corazón era el único vínculo que mantiene un relativo interés de la sociedad por la familia real. Más divorcios más interés; más bodas más interés. Sólo eso

Una polémica fuera de la sociedad

¿Valdría la pena elegir cada cinco años un Jefe del Estado republicano cuyas atribuciones fueran las mismas que las de un monarca constitucional? ¿Otro circo electoral a añadir a los ya existentes? ¿llevar la lucha de partidos a la primera institución del Estado? No parecen desde luego las ofertas más tentadoras por muy republicanas que sean. Ciertamente sería elegido en las urnas… pero eso supondría trasladar la lucha de partidos a un nuevo terreno. Y este país, precisamente, lo que precisa es una desintoxicación de luchas entre partidos políticos, no de la apertura de nuevos frentes de conflicto.

Ni monarquía ni república son objeto de una demanda social evidente, ni suscitan un clamor popular extendido ni a favor ni en contra. Así pues, si bien es necesario reformar al Estado, lo es en aspectos muchos más próximos a los ciudadanos y que tienen muchos más que ver con la representatividad, la separación de poderes, la legislación electoral o la vertebración del Estado.

Salvo que se aprobara una futura constitución presidencialista como la francesa, el problema de monarquía o república no tendría ni interés, ni vigencia. Hoy la monarquía es una institución gris e irrelevante. No es la única: el senado, los parlamentos autonómicos o las diputaciones provinciales existen, pero, como la monarquía o no tienen unas funciones particularmente brillantes y bien definidas, o simplemente apenas tienen funciones aun cuando tengan sueldos no precisamente mínimos.

En el modelo francés, el presidente de la república tiene atribuciones que envidiaría un monarca absoluto, mientras que en Alemania e Italia es completamente irrelevante. La vida de los italianos o de los alemanes no cambiaría mucho si en lugar de un presidente de la república tuvieran a un Saboya o a un Hohenzollern al frente del Estado.

¿Debemos preocuparnos por la monarquía? ¿vale la pena luchar por una república? Ninguna de estas dos cuestiones suscita el más mínimo entusiasmo en la sociedad; son, por tanto, irrelevantes. Cuestión irrelevante, cuestión liquidada.

El problema de la monarquía o república no es la primera cuestión que debe abordarse a la hora de reformar al Estado. En el contexto de una reforma sería la monarquía quien debiera presentar su proyecto y sus ideas -alguna debería tener- y, en función de eso, plantearse su continuidad o su sustitución por otra forma de gobierno. Mientras esas ideas no estén claras y la monarquía se esfuerce en pasar desapercibida, es inútil pronunciarse sobre ella. Es como si no existiera.

Anexo

¿Monarquía o república?

Salvo para la redacción de ABC y para los últimos afiliados a Izquierda Unida y a ERC, nadie en España es “excesivamente” monárquico o republicano. Existe el consenso tácito de no cuestionar la monarquía, simplemente por lo desapercibido que pasa. Si no fuera por la prensa del corazón, apenas sabríamos de su existencia.

El problema no es elegir entre monarquía o república, sino entre qué tipo de monarquía y qué tipo de república.

Históricamente, las razones para inclinar la balanza a favor de la monarquía son históricas: España ha sido a lo largo de su historia y salvo breves paréntesis, una monarquía. Sin embargo, resulta imposible pronunciarse sobre la monarquía en función de sus actuales representantes.

Por otra parte, la monarquía de los Austrias y la de los Borbones fueron extremadamente distintas: es lo que va de “las Españas” (lo que hoy sería la “España plural”, a la que debería unirse el calificativo de “imperial”) a la “monarquía absoluta” (precedente del jacobinismo uniformizador). Juan Carlos I, siendo Borbón, es la cabeza de una monarquía liberal a la que Zapatero ha podido tildar “parajódicamente” de “monarquía republicana”…

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com

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