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Infokrisis.- Existe un equívoco en torno a la masonería. Habitualmente se suele criticar a la masonería sin conocerla. Realmente, sólo Marqués-Riviére fue capaz en los años 30 de estructurar una crítica a la institución masónica después de haberla conocido hasta la saciedad. En nuestro caso no hemos sido iniciados en logia pero sí tenemos el número suficiente de amigos de infancia y juventud que si lo han sido y que hoy son altos grados de la masonería. Eso nos permite cierto grado de objetividad personal. A esto se une el que nos definamos como “tradicionalistas” en la línea de Julius Evola y René Guénon. Como se sabe, mientras que Evola realizó una crítica en profundidad a la masonería –crítica que compartimos sin fisuras y que hoy no pretendemos otra cosa que ampliar–, Guénon adoptó una postura favorable a la masonería que hoy comparten muchos de sus seguidores. Hoy nos queremos distanciar de las críticas extremas y sin conocimiento excesivo de la materia (la que ha ejercido De la Cierva o César Vidal, tan brillantes en otros temas, pero con un conocimiento limitado en éste) y de las posiciones incondicionalmente masónicas. Como siempre, la verdad está en otro lugar.

1. Introducción

El auge de la masonería había empezado en el siglo XVIII cuando entraron en las logias una parte sustancial de las mentes más brillantes de aquella generación. Fue en las logias en donde se percibió que el absolutismo –última forma degradada de Estado Tradicional– estaba agotado y era preciso operar la sustitución. De la crisis del absolutismo centralista y nivelador, que había surgido como estadio degradado de las monarquías sagradas de la antigüedad, se abrió el camino las democracias modernas.

La masonería tuvo un papel central en esta sustitución, de la misma forma que la casta guerrera había tenido arte y parte en la constitución de las monarquías medievales. De hecho, cuando Julius Evola establece la pauta de la decadencia alude a la doctrina de la “regresión de las castas” que puede resumirse como el proceso de sustitución de la hegemonía de la monarquía sagrada a la casta sacerdotal, de ésta a la casta guerrera y de la casta guerrera al tercer Estado.

En la sociedad tradicional las castas se relacionan jerárquicamente teniendo cada una de ellas un propio sistema iniciático y unas estructuras organizativas propias: órdenes religiosas para la casta sacerdotal, órdenes militares y de caballería para la casta guerrera y gremios y hermandades artesanales para la función productiva. Es importante fijar este concepto: cuando se produce una caída de nivel, la hegemonía pasa de una casta a la inmediatamente inferior y en este sentido, el final de las monarquías absolutas supuso la liquidación de los residuos de poder de la casta guerrera y la entrada en el período hegemónico de la función productiva, la casta burguesa.

Vistas así las cosas, las democracias son aquellos estados de poder en los que la burguesía es la casta hegemónica y detenta la preeminencia social, instalando sus valores y sus ideales como arquetipos a seguir por toda la sociedad.

Las revoluciones burguesas, sin excepción, fueron inspiradas por la masonería, desde la revolución americana hasta la II República Española, pasando por la revolución francesa, la unificación de Italia, la independencia de las colonias españolas en América o la instalación de las democracias en Europa Central después de la II Guerra Mundial.

Cuando finalizó el último conflicto mundial, en 1945, los ideales masónicos se plasmaron en la creación de Naciones Unidas. Por otra parte, cuando estalló la Revolución Rusa en octubre de 1917, lo que irrumpió con el comunismo fue la revolución de la última casta, el proletariado (los que no poseen otra cosa mas que la fuerza de su trabajo). Y como tal, las revoluciones comunistas se configuraron como antiburguesas y liquidaron sin piedad a la masonería. Salvo en Cuba, en donde la masonería sigue existiendo bajo el castrismo, en el resto de revoluciones comunistas, la masonería fue perseguida y los masones alejados de las filas de los Partidos Comunistas desde 1923 siguiendo las órdenes del Komintern.

Todo el absurdo de la “conspiración judeo-masónica-bolchevique” fue una simplificación, a menudo ignorante, realizada con una ligereza y una falta de base documental sorprendente, insostenible desde el punto de vista histórico objetivo.

Entre principios del siglo XVIII y mediados del siglo XIX, la masonería lideró todos los procesos políticos democratizadores e incluso el proceso de unificación europea iniciado a principios de los años 50 puede ser considerado como la última manifestación de éste impulso creativo. Esta capacidad creativa hacía que algunos elementos problemáticos de la historia masónica (el affaire Stavisky en Francia, en affaire Strauss y Perle en España, el asesinato de un periodista antimasónico en los EEUU, etc.) pasaran a segundo plano en relación a la veta central del impulso masónico: el impulso a la creación de Estados democráticos.

Sin embargo, a mediados del siglo XX, el impulso creativo finaliza. La masonería deja de ser un laboratorio de ideas y, en ese momento, pasan a primer plano lo que hasta entonces había sido solamente el trasfondo bajamente humano de la historia masónica: el amiguismo, el tráfico de influencias, las corruptelas, el confundir fraternidad con complicidad, etc.

Desde ese período, la masonería no ha hecho otra cosa que aumentar su crisis y acentuar sus rasgos más problemáticos. Y es en esta situación como afronta el siglo XXI.

2. La cuestión iniciática, cuestión a resolver

La masonería tiene sentido como asociación iniciática. Diríamos más: solamente como asociación iniciática. Desprovista de su contenido iniciático, los rituales, los símbolos, la liturgia masónica carecen absolutamente de sentido. La iniciación es la piedra angular de la masonería y su razón de ser. Sin la iniciación la masonería no pasaría de ser un club social que podría prescindir de toda la superestructura ritual tal como han hecho los Rotary o cualquier otra asociación que agrupe a burgueses convencionales.

Cuando se pregunta qué es la masonería, la respuesta inevitable es: “Es una asociación que busca el perfeccionamiento del ser humano”. Si prescindimos del hecho iniciático, ese “perfeccionamiento” es puramente moral: ser “buenos”, ser “justos”, ser “tolerantes” y poco más. Una pura banalidad que puede acompañar a la personalidad, pero no ser su eje central. La antigua masonería cuando aludía a ese “perfeccionamiento” se refería a otra cosa muy diferente.

Vale la pena aclarar algunos puntos:

- Concepto tradicional del mundo: existen dos realidades, una física y otra metafísica; dos mundo: el mundo del devenir y el mundo del ser; dos realidades: una material y otra espiritual.

- Concepto tradicional de iniciación: desde la simbólica “Caída” adámica, el ser humano está preso del mundo de la materia y ha perdido la llave que da acceso al mundo del espíritu. La iniciación es el “puente” entre uno y otro mundo.

- Contenido de la iniciación: la iniciación es un ritual mediante el cual se inserta en el ser humano una “fuerza” (y unos conocimientos técnicos) que le permiten atravesar el “puente”. Ese tránsito no podría realizarse solamente con las meras fuerzas del ser humano, para ello hace falta un conocimiento y una energía que rebasan las meras dimensiones humanas.

- Condiciones para la iniciación: la condición central de todo proceso iniciático es que sea transmitido por una “organización regular” en la que esté clara que esa fuerza asumida por los fundadores se ha logrado transmitir de unas generaciones a otras de forma “regular”, esto es, conforme a los rituales y mediante individuos cualificados. Si estos elementos no están presentes, el ritual carece de eficacia y es una ceremonia vacía e inútil.

La iniciación masónica, al menos en principio, no es diferente a cualquier otro régimen iniciático. Incluso la Iglesia Católica muestra una eco de esta enseñanza en la doctrina de los sacramentos que son sólo válidos si se cumple la liturgia y son transmitidos por un sacerdote regularmente ordenado. Así pues no estamos hablando de algo desconocido en la tradición occidental. Ahora bien…

Los problemas que se plantean en la masonería son, por éste orden:

1) Si la iniciación masónica es “regular”, esto es, si ha sido transmitido a partir de una organización regular y con un origen indudablemente iniciático.

2) Si el ritual sigue conservando su “eficacia” y no ha sido alterado, en cuyo caso pierde su valor.

3) Si la transmisión masónica se ha mantenido desde la creación de la Gran Logia de Londres en la taberna del Ganso y la Parrilla en 1707.

La respuesta a estas tres cuestiones es negativa:

- La logia madre de todas las logias no se creó de acuerdo a los rituales de los antiguos gremios operativos.

- Los rituales de iniciación masónica han sufrido alteraciones muy profundas en la mayor parte de obediencias y ritos, e incluso extremadamente profundas en otras (el Derecho Humano, por ejemplo, o la co-Masonería).

- La iniciación masónica se ha transmitido muy frecuentemente por individuos que carecían de la más mínima cualificación reduciendo el hecho iniciático a una cáscara vacía y hueca.

Todo esto nos hace dudar del valor y de la eficacia iniciática de la masonería moderna por mucho que René Guénon haya intentado aludir a ella como una de las vías iniciáticas que están abiertas para occidentales.

Es importante recalcar por qué hemos negado el que la Gran Logia de Londres fuera fundada de manera regular. El asunto ha vertido mucha tinta, pero a estas alturas se disponen de datos incontrovertibles. Vamos a intentar resumirlos:

1) La fundación de la Gran Logia de Londres supuso una ruptura con la masonería operativa anterior de la que la masonería moderna se presenta como su legítima continuadora.

2) Para fundar la Gran Logia de Londres no se alcanzó el número de maestros suficiente requerido por las Old Charges de la vieja masonería operativa, eso implica que la logia fue irregular como todo lo que le siguió.

El misterio de la masonería moderna

A pesar de haber seguido el origen de la masonería, a pesar de conocer su evolución a lo largo del siglo XIX, a pesar de conocer, acaso mejor que los propios francmasones lo que fueron las hermandades gremiales de las que la masonería aspira a extraer su origen y legitimidad, debemos confesar nuestra absoluta perplejidad por las orientaciones de algunos sectores de la masonería moderna.

A decir verdad, el nacionalismo deriva de la revolución francesa y, a lo largo de todo el siglo XIX, allí donde hubo una logia masónica, allí tuvo su germen alguna forma de nacionalismo. Ahora bien… resulta significativo que para algunos francmasones la “era de la luz” se iniciara en 1946 con la creación de las Naciones Unidas. A nadie se le escapa lo banal de esta fecha.

Las esperanzas que pudo suscitar NNUU en la postguerra fueron similares a las que despertó la Sociedad de Naciones tras el anterior conflicto mundial. Ambas expectativas fueron desmesuradas y decepcionaron pronto a quienes las alumbraron. NNUU siempre ha tenido un papel irrelevante en la política internacional y apenas ha servido para otra cosa que para el absurdo a países prácticamente inexistentes como Lesotho o Senegal a potencias tecnológicas de primera magnitud como Suecia o Canadá, por citar a países que no tienen derecho de veto. El hecho de que en NNUU a cada país le corresponda un voto, al margen de su población, de su solvencia internacional, de su solidez y de su peso específico, es solamente el primer gran error en la concepción de NNUU

Por no hablar, desde luego, de que, a fin de cuentas, NNUU es un marco en el que las superpotencias se disputan el control sobre los pequeños países. Las loables intenciones de NNUU jamás han podido llevarse a cabo y todo ha quedado en notables fracasos (especialmente en Oriente Medio), en impulsar procesos catastróficos en su desarrollo y en sus consecuencias (como la independencia de las colonias africanas que ha llevado a África a estar retrasada 200 años en relación a los países occidentales y a perder definitivamente el ritmo del desarrollo), o simplemente en aprobar resoluciones que nadie ha respetado o que cada cual ha interpretado como le ha convenido (resoluciones en torno a Irak previas a la invasión americana).

Así pues, estamos hablando de una institución banal, frecuentemente rodeada del aroma del fracaso y cuya fundación tiene relativo interés histórico habiendo permanecido completamente al margen de los grandes movimientos de la segunda mitad del siglo XX. Si en 1946, la fundación de NNUU inicia la “era de la luz”, esa luz tiene muchas más sombras que radiaciones tranquilizantes.

Ahora bien, ¿de dónde procede esa idea que había estado ausente de toda la doctrina masónica anterior a la Segunda Guerra Mundial?

Repetimos: la masonería fue desde su fundación hasta los años 30 el principal impulsor de los nacionalismos jacobinos. Es solamente a partir de finales de los años 40 cuando aparecen en el acervo doctrinal masónico elementos “universalistas” que antes habían estado casi completamente ausentes de la ideología masónica.

En efecto, durante el último tercio del siglo XIX, elementos masónicos habían impulsado distintas iniciativas para alcanzar el “entendimiento universal”. Eventos como las “exposiciones internacionales” o los mismos “juegos olímpicos” estaban impregnados de este espíritu “universalista”, ajeno por completo a la doctrina masónica originaria y que solamente con el correr del último tercio del siglo XIX va haciéndose un hueco. Pero es a finales de los años 40 del siglo XX cuando un sector amplio de la masonería se ve ganado por estas ideas y abandona el nacionalismo de los “enfants de la patrie” del que habían sido sus primeros impulsores desde la revolución americana y la francesa.

Esta aparición del “universalismo” ¿es una mutación interior de la masonería, una mutación espontánea o bien el trabajo sistemático de algún sector que ha ido impregnando a la masonería de valores que, en rigor, no fueron nunca propiamente masónicos? Hoy creemos que ha habido algo de lo uno y de lo otro.

En principio, la introducción de elementos “universalistas” aparece en el tiempo en el período en el cual alcanzan su máxima difusión determinadas corrientes ocultistas, en especial la Sociedad Teosófica fundada por Helena Petrovna Blavatsky, que alcanzan su paroxismo con su sucesora, una conocida feminista y socialista inglesa, para desembocar por vía de la escisión en dos personajes extremadamente curiosos: Jiddu Khrisnamurti de un lado y Alice Ann Bailey de otro. En estos dos, el “universalismo” es un proyecto perfectamente definido. Khrisnamurti fue un gurú que entre los años 20 y los 70 tuvo cierto impacto en las élites cosmopolitas, especialmente norteamericanas. Su “producto espiritual” no era más que una forma de moralismo ingenuo sin mucho contenido, con alusiones frecuentes a la “armonía universal”. Mucho más contenidos tenía Ann Bailey a pesar de ser mucho menos conocida.

Es importante recordar que las sugestiones que declaró haber recibido la Bailey procedían de una “entidad” a la que la Blavatsky ya se había referido en alguna ocasión, “Dwjal Kull”. La doctrina de la Bailey hacía de NNUU el eje de la “nueva era” (ver en este mismo blog el artículo sobre “La sala de la meditación de las NNUU”). La idea es que la “humanidad” (Proudhom decía: “Atención quien dice ‘humanidad’ pretende engañar”) forma un todo por encima de pueblos, naciones, razas, culturas y diferencias. Así pues, si la “humanidad” es un todo, para que haya armonía universal deberá existir: una “religión mundial”, un “gobierno mundial”, un “sistema mundial” y, por supuesto, una “cultura mundial” y una “raza mundial”.

Todo esto haría sonreír por su ingenuidad e ignorancia de los problemas reales de la humanidad, como si se tratara de un idealismo extremo y planeante, excepcionalmente subjetivo en donde las propias sugestiones se confunden con la realidad, sino fuera porque esta doctrina ha ejercido una influencia visible en la primera generación de funcionarios de NNUU. Como muestra de ello allí, en el edificio de Nueva York, está la “Sala de la Meditación” a la que hemos aludido.

En ocasiones, las influencias ideológicas no son completamente visibles. Resulta muy difícil definir a través de qué canales, el “universalismo” se superpuso a la doctrina masónica, pero el único hecho seguro es que así ha ocurrido. Y, vale la pena recordar, que originariamente la masonería distaba mucho de ser “universalista”.

Lo más probable es que algunos sectores masónicos tuvieran una relación de ósmosis con los medios ocultistas procedentes del teosofismo, el entorno de Khrisnamurti y el movimiento fundado por Alice Ann Bailey. Es también posible que estos medios practicaran el “entrismo” en la masonería y que, al mismo tiempo, se tratara de una penetración “ideológica” en la que UNESCO debió ser uno de los vehículos. Insistimos: es difícil aportar datos objetivos sobre esta penetración ideológica que cambió las orientaciones de la masonería… lo cierto es que hoy, distintas obediencias masónicas y Grandes Logias comparten esta doctrina. En España, por ejemplo, esta influencia es bien visible y vamos a citar uno de sus consecuencias más extremas.

Zapatero y la masonería

El hecho de que la “ideología” de Zapatero responda más al universalismo masónico que a cualquier doctrina socialista conocida, no implica que él sujeto pertenezca a la masonería. Si pertenece a alguna logia, no es desde luego española y en ese caso sería probable que como otros políticos españoles –socialistas, nacionalistas vascos, democristianos catalanes o del PP, que de todo hay en las filas masónicas– no esté afiliado a una logia española, sino francesa o suiza. En este sentido, la Gran Logia Alpina, a la que pertenecen algunos socialistas de segunda fila, ha sido la obediencia más atrayente para españoles en tanto que garantiza confidencialidad y posibilidad de buenos negocios. O bien el Gran Oriente de Francia al que perteneció el malogrado Ernest Lluch, obediencia en la que también los ideales universalistas calaron hondo desde los años cuarenta.

Lo rigurosamente cierto es que detrás de la idea que Zapatero se hace de la sociedad española del futuro parece existir, una ideología que, desde luego, tiene poco que ver con el socialismo y mucho más que ver con los aspectos más desagradables del universalismo. Y uno de ellos es la inmigración.

Lo que Zapatero ha hecho en materia de inmigración es, simplemente, una salvajada. Zapatero, más que nadie, ha provocado el que la constitución étnica de nuestro país vaya a alterarse en profundidad en apenas una generación. Todas las medidas que ha aprobado en materia familiar tienen como denominador común liquidar al grupo étnico autóctono, cortando la posibilidad de que prolongue su descendencia, exista la estabilidad familiar necesaria para educar hijos de forma natural, ha creado un caos en el concepto mismo de “matrimonio” al equiparar las parejas homosexuales (y, por tanto, estériles), al matrimonio heterosexual, y, finalmente, si no se ha atrevido a liberalizar completamente el aborto es por las consecuencias electorales que en este momento podría acarrearle. Pero no sólo eso.

Gracias a la regularización masiva de 2005, se ha producido un efecto llamada –que ya se inició en 1999 con la reforma socialista del a Ley de Inmigración- que solamente aminorará la crisis económica que tenemos ante la vista. Las consecuencias de importar a 6.000.000 de inmigrantes en apenas 10 años, no se le escapan a ningún observador avisado. Los problemas sociales, étnicos y religiosos se van a acentuar hasta convertirse en insoportables y verdaderos focos de conflictividad como ya es hoy la delincuencia, el narcotráfico, la pulverización del sistema educativo y así sucesivamente (ver los distintos números de la revista IdentidaD, http://www.revistaidentidad.com).

Hemos hablado con varios masones de alto grado, de militancia socialista sobre la política de inmigración de ZP y nos ha llamado la atención el que estos amigos son suficientemente elásticos y dialogantes como para poder abordar temas espinosos impulsados por ZP (la Alianza de Civilizaciones, el problema autonómico, la situación económica catastrófica o el proceso de paz con ETA), y lo hacen con un grado total de apertura al diálogo… que concluye en el momento en el que se toca el tema de la inmigración, como si se tratara de un tabú, algo en el que, sin saber exactamente el motivo, debe compartirse cualquier iniciativa que tienda a una “religión universal”, a una “raza universal” o a un “mestizaje universal”… sin querer entrar –esto es, negándose a entrar– en el fondo de la cuestión y en las consecuencias de todo estos movimientos, a la vista de lo que la sociedad europea ha evidenciado en los últimos años (la imposibilidad de integrar a la inmigración y la absoluta negativa de los recién llegados, no ya al “mestizaje”, sino a la integración). Y esto resulta sorprendente.

Cuando Zapatero, la Rumi, Caldera o la Pajín hablan de inmigración, es evidente que desconocen completamente de lo que están hablando, más parece que repitan una cantinela aprendida no se sabe donde y en la que ni quieren pararse a pensar ni tienen intención de dar marcha atrás a pesar de que sus iniciativas tienen el aroma del fracaso y generan una evidente alarma social de la que el rostro tumefacto de José Luis Moreno es la enésima llamada de atención.

Es evidente que si la masonería reconducida por el universalismo es el mentor de esta doctrina, el fin de la masonería está próximo y difícilmente va a poder soportar el hundimiento de estas ensoñaciones ingenuas y el choque de tanta irresponsabilidad con el mundo real.

¿Hay un futuro para la masonería?

Hay vías muertas y vías en las que es posible la marcha atrás. El universalismo es una vía muerta porque lo ignora todo sobre todo: los factores étnicos, los factores culturales, los factores antropológicos, los factores históricos, los factores geopolíticos… ¿seguimos? En el fondo, el universalismo es la coreografía emotiva y sentimental de la globalización que, por paradojas de lo humano, ha terminado constituyendo el trasfondo doctrinal de los movimientos antiglobalización o de excrecencias del Partido Socialista como esa nueva formación presidida por Rosa Díez que combate al micronacionalismo vasco, no en nombre de la unidad del Estado y de la Nación, sino en nombre de un vago universalismo de bajos vuelos.

El universalismo es una vía muerta porque ignora la naturaleza humana y para imponerse debería de alterarla tan en profundidad que el ser humano perdería sus instintos, sus pulsiones y todo aquello que lo caracteriza en su grandeza y en su miseria. Debería, pues, de dejar de ser humano para convertirse en un robot o en un individuo domesticado, bastardizado, “normalizado” y sin personalidad propia, un ente anónimo similar a cualquier otro, sin rostro, un sujeto extraído del mundo feliz de Huxley o de la pesadilla orwelliana de 1984, cuyo lugar sería el Fahrenheit 451 descrito por Bradbury.

Si esa es la vía que elige el grueso de la masonería, mucho nos atrevemos a profetizar que en una generación habrá desaparecido como institución y de sus rituales y ceremonias no quedará sino el recuerdo. Pero hay otra vía: la marcha atrás. El “progresismo” es aquella doctrina que impide la marcha atrás porque parte de la ilusoria base de que la humanidad siempre avanza hacia estadios superior de desarrollo y felicidad. Así pues, desde el “progresismo” no hay marcha atrás posible, sino una eterna fuga hacia delante de la que el mismo Zapatero, en el momento de escribir estas líneas, a confirmado en su advertencia a la Iglesia Católica de que “la sociedad no dará marcha atrás”… pues sería bueno que la diera en materias como inmigración, enseñanza, etc.

La masonería sobrevivirá a condición de que dé marcha atrás y regrese a sus orígenes. Estos orígenes son gremiales, corporativos y, por tanto, formativos e iniciáticos. Dejando atrás cualquier veleidad universalista, cualquier ensoñación progresista, recuperando la pureza de las corporaciones de constructores de las catedrales, rescatando sus concepciones geométricas y el sentido de sus símbolos, la masonería tendría todavía una oportunidad de sobrevivir. Eso implica:

- necesidad de un mayor rigor en la selección de miembros

- elevación del nivel teórico de las logias, en la mayoría por los suelos

- reconvertir a la masonería en un centro de trabajo y de estudio del simbolismo y del mundo tradicional

- alejamiento de las corrientes universalistas y progresistas y retorno a los principios que inspiraron el gremialismo y las hermandades de constructores.

- Esfuerzo por retornar a los primitivos rituales gremiales, simplificación de la estructura de altos grados y retorno a los conceptos que fueron propios de los mejores momentos de la masonería del siglo XVIII

La cuestión es que, aun asumiendo estas tendencias, todavía no quedaría resuelto el problema iniciático del que hemos dicho que es el central para el presente y el futuro de la masonería. Esto tiene también solución.

Si una institución ha perdido o carece de “regularidad iniciática” eso no es óbice para que intente injertarla desde el exterior. Todavía hoy existen en Francia y en algunos países del norte de Europa, gremios de constructores que derivan de las hermandades medievales. El fenómeno del Compagnonage en Francia está todavía vivo y demuestra cierto dinamismo y una evidente fidelidad a los orígenes. Es de estas organizaciones “regulares” de donde la masonería debe vivificar su médula iniciática.

Mientras eso ocurre, la masonería es un marco muy adecuado para el estudio del simbolismo tradicional, para que el aspirante se familiarice con un sistema de símbolos y ritos que están en el mundo moderno, pero que no son del mundo moderno.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

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