Dalí entre Dios y el Diablo: I. Las raíces de la locura y del arte

Publicado: Lunes, 31 de Diciembre de 2007 16:35 por Ernesto Milá en CULTURA

Infokrisis.- El primer capítulo de la obra Dalí entre Dios y el Diablo está dedicado a estudiar las raíces del arte de Dalí. Estas raíces derivan de la procedencia del pintor: el Empordà (Ampurdán) bañado por el Mediterráneo y azotado por la tramontana. En ese ambiente nace el futuro pintor y es criado por una auténtica bruja, la famoso Lidia Nogués, una pescadora de Cadaqués a la que el destino le llevó a relacionarse con los más altos exponentes de la cultura catalana de la época. En este primer capítulo lo que se pretende es resaltar el arraigo de Dalí en su tierra natal.

 

 

I

LAS RAICES DE LA LOCURA

Y DEL ARTE

Se ha definido al Alt Empordà como el "corazón mágico de Catalunya". La definición no es excesiva atendiendo al paisaje. Viento y luz son las dos constantes que acompañan al viajero en el curso de su periplo ampurdanés: el viento que vuelve loco -capacidad atribuida, no sin razón, al Mestral y a la Tramontana- y la luz, vehículo de toda iluminación. Sobre estos dos elementos contradictorios, generadores de claridad y locura, transcurre desde milenios la vida en el Empordà.

Este libro muestra la peripecia de un pintor, nacido en Figueras y asentado en Port Lligat, tan arraigado en su tierra, que encarnó las contradicciones del paisaje que le vio nacer: locura y genio. De la combinación de estos dos elementos surgió su magia que, por lo demás, ya radicaba en aquella tierra desde milenios.

Un periodista preguntó a Dalí si creía que, de no ser español, habría triunfado en el mundo: "No, -respondió- una de las cosas más afortunadas que me han acontecido es eso de ser español; y mi tipo no puede producirse más que en España y, concretamente, en el Ampurdán". En su análisis sobre los grandes pintores flamencos y centroeuropeos, Dalí advierte en sus cuadros la falta de esa luminosidad que sólo puede dar el Sol reflejado en las aguas del Mediterráneo. Como pintor no podía prescindir del clima de su tierra; pasaba la primavera, el verano y parte del otoño creando en su estudio de Port Lligat; cuando el Sol declinaba, en noviembre y diciembre ocupaba la suite habitual en el “Hotel Meurice” de la rue de Rivoli, a pocos metros del Louvre; enero y febrero en Nueva York –“Hotel Saint Regis”, desde sus primeras visitas a la ciudad de los rascacielos- y unas semanas antes del inicio de la primavera, regresaba otra vez al “Meurice”. Tal fue el ciclo anual daliniano durante casi cuatro décadas: París, la tradición; Nueva York, el dólar; Port Lligat, las raíces y brotando de ellas, la creatividad.

EL EMPORDA MAGICO. PINCELADAS 

El Empordà es una tierra extraña y el Alt Empordà más extraña todavía. Las actuales modestas dimensiones de sus pueblos no nos indican que en otro tiempo fue una zona clave en acontecimientos estelares para la historia de la humanidad. Fue en esa zona donde se dirimieron los primeros enfrentamientos entre Roma y Cartago. Emporion -la actual Empuries- base romana de retaguardia, mostraba abigarrados muelles y calles salpicadas de prósperos comercios, en un tiempo en que la Colonia Julia Augusta Faventia Paterna Barcino (la actual Barcelona) o la Urbs Triunphalis Tarraco (Tarragona, capital imperial de la Hispaniae Romana) no pensaban siquiera en ser fundadas. Por el Empordà pasaron las legiones del Aguila y el León y, antes que ellos, los cartagineses, adoradores de la Diosa y, aun antes, los griegos y los focenses que acababan de fundar una ciudad de grandes navegantes y aventureros y hoy crisol de razas en torno a un puerto turbulento, Masalia (Marsella).

Pero antes que ellos, desde el 3500 hasta el 1800 a. de JC, un lapso de tiempo que abarca los períodos neolítico medio y final y el calcolítico, pueblos bastante difíciles de definir, acometieron en el Empordà la construcción de las mayores concentraciones megalíticas del Mediterráneo: dólmenes en Rosas (la Creu d’en Colestella), Espolla (Font del Roue y Cabana de l’Arqueta), Pau (Barraca d’en Robert), Viulajuïga (la Taula dels Lladres y el Mas de la Mata), Sescebes (Salt d’en Peió), en donde también alzaron un menhir (el de la Murtra) y otro que puede verse aun cerca de Agullana (en Palaus)... ¿cuántos más se habrán perdido? ¿Cuántos permanecen aún hoy cubiertos por espino o sedimentos? En aquellas centurias obscuras empieza la historia mágica del Empordà...

En nuestro libro "Guía de la Barcelona Mágica"[1] tuvimos ocasión de analizar siquiera brevemente los rasgos de los pueblos que se asentaron en el llano de Barcelona. Decíamos entonces que procedían de la zona del Norte de Africa y que llegaron a Europa en dos oleadas, hacia el 3000 y hacia el 1200 a. de JC, respectivamente. Narrábamos como estos pueblos se habían desparramado luego por todo el Mediterráneo, llegando hasta el Sur de la India y hasta Etiopía; comentábamos que un pequeño núcleo se desvió hacia el Norte y llegó a las Islas Británicas; finalmente aventurábamos la hipótesis -avalada en estudios pormenorizados de Herman Wirth y Julius Evola- de que estos pueblos constructores de megalitos fueran los supervivientes del continente perdido más allá de las columnas de Hércules, la Atlántida[2]. El matriarcado y la práctica de la magia telúrica fueron las características fundamentales de esa familia de pueblos que colonizó el Empordà y plantó allí sus megalitos. Desde que Emporion fue abandonada, tras la culminación victoriosa de la Segunda Guerra Púnica para las águilas romanas, el Empordà perdió su privilegiada posición y durante muchos siglos sus habitantes llevaron una plácida vida rural en el interior y marinera en la costa. A mediados del siglo XX, la explosión de la industria turística y los sucesivos ajustes económicos supusieron un trauma que operó un cambio completo de fisonomía.

Dalí tenía al Empordà -y con razón- como un paraíso matriarcal. Con los pescadores ganaban alta mar, solo quedaban en tierra sus mujeres, desmotivadas y temerosas de noticias terribles; ellas conducían el hogar y administraban el patrimonio familiar. Los cultos clásicos que arraigaron con más vigor fueron femeninos y afrodíticos, apoyados en las creencias del substrato racial originario. Cerca de Port Vendrés -en otro tiempo el Port Veneris, el “puerto de Venus”- existió un santuario a la Venus Pirenaica; en San Pedro de Roda, cenobio situado no lejos de allí, todavía pueden verse las columnas corintias de lo que presumiblemente fuera un templo clásico en honor de Venus Afrodita.

Poblado por constructores de megalitos, la magia telúrica se practicó en el Empordà desde la más remota antigüedad e incluso a principios del siglo XX quedaron elementos residuales de estas técnicas ancestrales. Costa Pau decía, describiendo el Empordà, que "Habéis de saber, amigos, que en el Empordà hay brujas. Hay que ser amigo de las brujas". Las historias sobre los manejos de las brujas corrían de boca en boca en tiempos en los que el vástago del notario de Figueras, Salvador Dalí, compartía pupitre con otros hijos de pescadores y proletarios en la Escuela Laica del Sr. Trayter. Salvo Dalí, estos niños se habían criado en un ambiente escasamente culturizado, proclive a aceptar las creencias ancestrales y tener por ciertas las historias de brujos y hechiceros. Muchos de ellos habían tenido como amas de cría a auténticas brujas locales; además, la familia del notario poseía una casa en Cadaqués, no lejos de donde vivía una última bruja de la comarca con cuya hija, Dalí, a su vez, se relacionará ampliamente. Se trataba de Lidia Noguer Costa, su amiga, pescadora y bruja, de quien decía Dalí decía de ella que "era una manifestación del sentido matriarcal ampurdanés".

Las brujas ampurdanesas tenían múltiples especializaciones: las había que leían el futuro observando las aberturas que la erosión combinada del viento y del mar había operado en las piedras; otras sabían interpretar los sueños; algunas lanzaban males de ojo por encargo y otras protegían de cualquier conjuro. En este ambiente de magia rural y supersticiones ancestrales bien arraigadas, se crió Salvador Dalí. Puede entenderse perfectamente que todo esto influyera ampliamente en la construcción de su personalidad.

LIDIA, BRUJA Y MAESTRA DE LOCURA 

Resultaba difícil que una mujer, pescadora y aislada en un pequeño pueblo como Cadaqués, tuviera el privilegio de conocer a grandes figuras del mundo de la cultura; y sin embargo, Lidia Nogués Costa fue obsequiada con ese afortunado destino y pudo codearse, de igual a igual, con Salvador Dalí, Josep Pla, Federico García Lorca, Luis Buñuel, Eugenio d’Ors, Xavier Montsalvatje y otros más.

Lorca quedó literalmente deslumbrado por Lidia y siempre que tenía ocasión preguntaba a Dalí novedades de la pescadora. En una curiosa foto remitida por Dalí a Lorca, se ve al pintor entre Lidia y dos amigas de ésta, igualmente brujas, llamadas por azar "la Filo" y "la Sofía". "Estoy contentísima de ustedes –Lidia, en su particular jerga, escribió a Dalí a propósito de esta foto- que no os avergonzáis de estar en medio de las brujas que muchos se dan vergüenza de tener relaciones con ellas por que tienen falta de cultura"; el pintor, a su vez, comentó a Lorca: "Que bien está la carta de Lidia cuando dice comentando la fotografía, que yo estaba en medio de la cultura o sea, a la derecha de la filosofía; a la izquierda de la mujer". En la mencionada carta, Lidia pedía a Dalí que le dijera a su amigo, el poeta Carles Fagés de Climent: "Dile que tiene que hacer un libro, que las brujas tienen que gastar sus perras". El libro -"Les Bruixes de Llers"- efectivamente apareció en una pequeña edición ilustrada por Dalí que hoy constituye una rareza bibliográfica. Lorca sentía atracción por la locura de Lidia que situaba como antítesis de la locura de Don Quijote: "La locura del Quijote es una locura seca, visionaria, del altiplano, una locura abstracta, sin imágenes. La locura de Lidia es una locura húmeda, suave, llena de gaviotas y langostas, una locura plástica. Don Quijote camina por los aires y Lidia por las orillas del Mediterráneo".

Xavier Montsalvatje fue otro de los artistas que se sintieron deslumbrados por la locura genial de Lidia hasta el punto de dedicarle una de sus composiciones: "La serenata de Lidia de Cadaqués". Josep Pla, por su parte, la conoció también en el curso de un paseo por el camino que va de Cadaqués a Port Lligat, acompañado por el doctor Víctor Rahola y unos amigos; se cruzaron a una mujer "con un cesto de pescado que saludó a Don Víctor con extraños y aparatosos cumplidos. Es evidente que parece una mujer del pueblo, pero por su vestido se ve que alberga la pretensión estrafalaria de parecer una señora: lleva un peinado aparatoso, una blusa hueca llena de lacitos, faldas a la moda de cinco años atrás, y unos pobres zapatos de torcidos tacones, de una irreparable tristeza. Adornada así parece una mezcla de alcahueta y bruja venida a menos", así describía el maestro de la narrativa catalana en sus "Crónicas del Ampurdán" a la pobre mujer.

"- Es Lidia, hija de Sabana, la última gran bruja que hubo en Cadaqués..." informó a Pla su acompañante, en una de sus excursiones ampurdanesas.

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