¿Qué es un progresista y como ve el mundo?

Publicado: Martes, 26 de Junio de 2007 12:52 por Ernesto Milá en CULTURA
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Infokrisis.- Progre” es el apócope de “progresista”, utilizado con voluntad denigratoria y resaltando las limitaciones de una ideología que no llega a tal, sino que más bien es una concepción del mundo. “Progresía”, por su parte, se utiliza como sinónimo de feligresía “progre”. El “progresismo” es tan limitado en lo ideológico que “progre” se adapta mejor a sus contenidos, de la misma forma que un dinosauro político indocumentado no es un “reaccionario” sino más bien un “regre”. Lo “progre” y lo “regre” son las dos caras de la misma moneda: la de la estupidez aplicada a la política y al día a día.

La naturaleza “progre” viviseccionada

El “progre” se quiere aureolado de tres rasgos que definen su médula:

1) De cara al sistema político es “renovador, reformista e innovador”

2) De cara a sí mismo es “tolerante, humanista y laico”

3) De cara a su ubicación es “de izquierdas”, “de centro izquierda” o “centrista” (y si es centrista, por supuesto, se reafirma diciendo que es “de centro “progresista” porque más acá de la izquierda hay que añadir la coletilla).

Es difícil no considerarse “progre”, porque, en principio los dos primeros rasgos no los puede negar nadie. Nadie con dos dedos de frente se encierra en un bunker político negando la necesidad de reformas y renovaciones. En tanto la sociedad avanza y evoluciona (o involuciona), siempre es preciso introducir correcciones al sistema. Así mismo, es difícil negar que “tolerante” y “humanista” son posiciones más agradecidas que “intolerante” e “inhumano”. Y lo laico siempre será más árido, pero más racionalista, que cualquier forma de pensamiento mágico.

El “progre” y su ubicación política

Pero lo más sorprendente es que todo “progre” se ubique del centro a la izquierda del panorama político. No hay “progres” de derecha o al menos no son creíbles ni tolerables por los “progres” con marchamo de autenticidad. Esto crea algún problema, a la vista de que ese espacio político es tan amplio como heterogéneo. En el fondo, uno de los motores del malhadado “proceso de paz” vasco fue la irracional creencia de ZP en que los “abertzales” se situaban a la izquierda del panorama político vasco, esto es, próximo a los socialistas y que solamente les hacía falta un pequeño impulso para que los chicos de la gasolina hicieran causa común con ellos. El razonamiento de ZP era más simple que el mecanismo de un botijo: “si se llaman a sí mismos “izquierda abertzale”, eso quiere decir que son “progres”, y si lo son, es que son buenos chicos. Así que accederán a pactar con otros “progres” como nosotros”. De ahí al fracaso de la lucha contra ETA no había más que un paso que ZP dio con una audacia propia de Zerolo reivindicando vaselina con cargo a la Seguridad Social.

El “progre” para serlo, debe ser de izquierdas. El “progre” centrista es un falso “progre” o un “progre” emboscado, y a éste se le define como “oportunista” (y seguramente lo es). El verdadero “progre”, como mínimo, está ubicado en el “centro-izquierda” y, a partir de ahí, llega su presencia hasta la extrema-izquierda. Esto explica muy a las claras por qué el “progre” es “antifascista”, pero no “anticomunista”. A decir verdad, si el “progre” fuera “tolerante, humanista y laico”, difícilmente podría encajar con una doctrina que, desde Marx hasta que fue arrojada a las letrinas de la historia, sus tres rasgos esenciales eran su intolerancia, sus contenidos inhumanos y su formulación con forma de religión laica. Pero a los “progres” de hoy les ocurre con los comunistas lo mismo que a ZP con los chicos de la gasolina: si ellos dicen que son “progres”, es que lo son, y poco importó que crearan el GULAG, las checas, el estalinismo, Pol Pot o, simplemente, propusieran esa lindeza de la dictadura del proletariado, quintaesencia del pensamiento mágico y mesiánico aplicado a la política.

Es curioso, porque hubo un tiempo en el que el marxismo (y su precedente, el socialismo utópico) era de una austeridad propia de los profetas del desierto. No es por casualidad que el sufraguismo feminista naciera en esos pagos. Era el tiempo en el que una parte de la “izquierda progresista” condenaba a la sexualidad como una manía pequeño-burguesa que alejaba de los verdaderos problemas del proletariado y creaba vicio y molicie en los militantes obreros. Esta doctrina duró en algunos sectores hasta finales del siglo XX. Los maoístas siempre sostuvieron que un maricón era alguien para el que el ano del amante era más importante que la “lucha del proletariado”, la “guerra popular prolongada” o la “insurrección armada de masas” y, por tanto, prescribían la abstención en materia sexual. En esa misma época y desde principios de los años 70, otra secta izquierdista, el “trotskysmo”, ya se dio cuenta del inmenso potencial que albergaban los movimientos de liberación sexual y constituyeron los primeros núcleos de los futuros “partidos arcoiris”.

El “progre” y el comunismo histórico

Lo realmente sorprendente es que, a poco que se examine lo que fueron los partidos comunistas, se percibe con facilidad que la mayor monstruosidad de la historia les pertenece como patrimonio inalienable y que nunca nadie como los partidos comunistas negaron justo lo que los “progresistas” afirman. Santiago Carrillo, en España, entendió que los crímenes de Stalin, la invasión de Checoslovaquia y la represión constante que se generaba allí donde un comunista había echado raíces, no convenía a sus intereses; así que creó –junto con Georges Marchais y Enrico Berlinguer– el “eurocomunismo” que era menos comunista y más “progresista” a efectos de imagen. Lo que no impidió que Carrillo y el PCE siguieran contando con subsidios, subvenciones, ayudas y mordidas de los países del Este. Ceaucescu fue el último en cancelar estas ayudas, y no voluntariamente, sino porque los ciudadanos rumanos se soliviantaron con él y terminaron fusilándolo.

El “progre”, para serlo, debe ser asimétrico en su forma de ver las cosas: antifascista por un lado, mirará con simpatía al comunismo y a la historia del movimiento comunista. Es de buen tono, por ejemplo, que cuando se examina el franquismo y la transición española, el “progre”, especialmente, destaque las cualidades de Santiago Carrillo para llevar al PCE por la senda democrática. Si Carrillo es algo es cualquier cosa menos un ejemplo de político con escrúpulos. No los tuvo durante la guerra civil (Paracuellos no fue un accidente en la vida de Carrillo, ni siquiera un pecadillo de juventud), no los tuvo cuando traicionó a su padre Wenceslao Carrillo, sustrayendo las juventudes socialistas al PSOE y llevándoselas enteritas al PCE, ni los tuvo cuando puso pies en polvorosa dejando a los “pringaos” (militantes) a que cubrieran su retirada; volvió a mostrarse tal cual era cuando liquidó a sus enemigos políticos lanzándolos a la loca aventura de la “invasión del Valle de Arán” por los maquis, en la que murieron o fueron capturados los elementos más disidentes de los que podía esperar una oposición cerrada a su política. Volvió a mostrar ese oportunismo y esa falta de escrúpulos cuando envió marcado a España a Julián Grimau que, como era de esperar, resultó detenido y fusilado. Volvió a mostrar más de lo mismo cuando en las proximidades del “proceso de Burgos” lanzó su llamamiento a “las fuerzas del trabajo y de la cultura” para que sellaran su “pacto por la libertad” (año y medio después de que los tanques de su benefactor, Breznev, aplastaran la primavera de Praga). Y por si eso fuera poco, viajó a EEUU tras las elecciones de 1977 para rendir pleitesía a los “amos del mundo”, en forma de diosecillos del CFR (Consejo de Relaciones Exteriores norteamericano) y, de regreso, iniciara la voladura controlada del PCE. Y, finalmente, pirueta de piruetas, después de haber pasado cincuenta años aguijoneando a la sigla PSOE, ingresó en ese partido con su último escuadrón de fieles tan despistados como cerriles. Ese es Santiago Carrillo, el “progresista”, hoy disputado por las emisoras de PRISA como comentarista y tertuliano de pro.

El “progre” y la guerra

El “progre”, en su decantación política, es pura contradicción e incoherencia galopante, reflejo especular de todo aquello que critica: alardeará de haber retirado a las tropas de Irak pero evitará reconocer que metió a nuestras tropas en lugares tan peligrosos como Irak (Afganistán, Líbano). Y, si se ve forzado a reconocerlo, sostendrá que fueron allí a repartir bocadillos y a morir por la democracia (que en Afganistán es como aquí morir en defensa de algo tan próximo como el tiranosaurus rex). Y, por tan loables intenciones, nuestros muchachos generaron la hostilidad del “terrorismo internacional”.

Si estalla una mina bajo su vehículo, si el helicóptero que los transporta es tiroteado y cae, si la base donde duermen las tropas recibe en la noche un pepinazo de mortero, todo ello no son “acciones de guerra”, sino del “terrorismo internacional” que la ha tomado con los que no aspiran más que a ayudar a la población. Cualquier cosa menos reconocer que nos encontramos en “estado de guerra” allí donde ZP ha llevado a nuestras tropas. Aunque lo ignore, el concepto áureo del “progre” es: “dos pesos, dos medidas”. La guerra es guerra cuando nos mete en ella la derecha, pero es cualquier cosa menos guerra si la asumen ellos.

El “progre”, la religión y el laicismo

Las relaciones del “progre” con la religión son particularmente sorprendentes. El “progre”, en sí mismo, suele definirse como laico, lo cual no está reñido con que algunos afinen un poco más y reconozcan que tienen fe religiosa, pero que ésta se aplica solamente a la esfera personal. Eso está bien. Les pierde la simpatía por los “movimientos apostólicos de base”, es decir, si les va algún tipo de religión es la religión de la no-religión, esto es, el cristianismo postconciliar. Un “progre” que se precie no albergará el menor problema en comulgar con una rosquilla que le tenderá el islamista que se sienta junto a él el día en que las cámaras de TV lo registren. Será de buen tono que considere esta “comunión” como “aproximación a los que sufren”, pero nunca –y esto es definitivo, nunca– como una liturgia y un ritual religioso (porque si para él la religión católica debe ser algo, debe ser desprovista de liturgia, rito y dogma, convirtiéndose en la ideología “progre” rotulada como religión).

El “progre” defenderá a capa y espada el laicismo del Estado y también en esto incurrirá en una curiosa contradicción. Poco importa que la religión católica sea la tradicional de España, y que difícilmente podría entenderse nuestra historia desconociendo el hecho católico, lo que realmente le interesa es que la enseñanza de la religión no se enseñe en las aulas y, si hay que hacerlo, sin duda el catolicismo debe estar en pie de igualdad con cualquier otra religión “para que el niño conozca y elija”… Resulta, en cualquier caso, chocante que toda la hostilidad indisimulada en relación a la Iglesia se transforme en una admiración desmesurada (y frecuentemente ignorante) hacia el Islam y todo lo que representa. Si en materia religiosa el “progre” alberga alguna simpatía es hacia el islamismo, hasta el punto de que en el mismo momento en el que defiende la desaparición de la asignatura de religión en la escuela, no tiene empacho en promover con cargo a los presupuestos generales del Estado la contratación de imanes y electroimanes para enseñar el islamismo en las aulas. ¿A qué se debe? Es simple entenderlo: en su particular visión histórica la “pérdida de España” en tiempos de Don Rodrigo no fue tal, sino apenas una colonización realizada por pacíficas gentes del desierto que llevó a la península a ser “el país de las tres culturas” hasta que los Reyes Católicos y los “grandes Austrias” dinamitaron este sueño dorado y convirtieron a nuestro país en el terreno abonado para el fanatismo religioso.

El “progre” tiene tendencia a ignorar que el ejercicio de la inquisición fue racionalista en España, mientras que las brujas eran quemadas a mansalva en el resto de Europa. Si la leyenda negra ha cuajado en alguien, ha sido en él, que la asumido acríticamente. De ahí que el “progre” no tenga inconveniente en “considerar” (ZP, sin ir más lejos) la propuesta de nacionalizar españoles a los descendientes de los moriscos expulsados (expulsados por pactar con el turco una nueva “pérdida” de España, por cierto).

La Alianza de Civilizaciones o el “progresismo” quintaesenciado

Esto nos sitúa en el centro de la nueva iniciativa “progre” por excelencia: la Alianza de Civilizaciones. Tras haber lanzado en NNUU su llamamiento, ZP fue apoyado entusiásticamente por Mongolia, pero ZP declinó educadamente tanto entusiasmo y se fue en busca de aliados más acordes con su proyecto. Le salieron dos de los llamados “países oportunistas”, Marruecos y Turquía, países ambos que aspiraban a los mercados y a los subsidios de la UE, únicos apoyos del peripatético proyecto. Así que ZP contrató a un “grupo de sabios” para que enunciaran las medidas más adecuadas para alcanzar la “armonía civilizacional” a la que aspiraba. Estos “sabios”, después de deliberar, dictaminaron que había que cuidar particularmente  la educación de la infancia e imbuirles desde pequeños estas loables ideas: por tanto habría que enseñar a los niños españoles el Islam y a los afganos el cristianismo. Les pagaron sus emolumentos y nadie volvió a acordarse del disparate. De la Alianza de Civilizaciones queda el sorprendente hecho de que parece unilateralmente orientada hacia el Islam, como si el hinduísmo, el confucianismo, el budismo y el sintoísmo o la cultura finesa no existieran. La Alianza de Civilizaciones mira al Islam como el torete bravo mira a la vaca tetona. Existe unanimidad en pensar que el día en el que ZP se ausente de La Moncloa sin dejar señas, si alguna de sus iniciativas va a irse con él es este proyecto tontorrón.

En el fondo, la inspiración de ZP viene de Catalunya. Fue gracias a Maragall por lo que pudo ser secretario general del PSOE. Gracias al Pacto del Tinell encontró una estrategia para aislar al PP durante unos años. Y fue también gracias al alcalde Joan Clos (hoy ministro) por lo que encontró un modelo a universalizar en forma de “Alianza de Civilizaciones”. Ese modelo fue el “Forum de las Culturas 2004”, una verdadera orgía “progre”.

El Forum 2004 surgió de la colusión de dos elementos: las ansias recalificadoras  inmobiliarias del Ayuntamiento de Barcelona (Barcelona, encerrada entre montañas y por otros términos municipales difícilmente puede expanderse si no es apurando la zona de Diagonal Mar donde se construyó el foro y se promocionó un nuevo sector urbano como 12 años antes se hizo con la Zona Olímpica, 80 años antes con la Exposición Internacional, la zona de Montjuich y ciento veinte años antes con la primera exposición de 1889 en la zona de Arco del Triunfo: Barcelona se expande a golpe de eventos) y el misticismo masónico presente siempre en el ayuntamiento de la ciudad condal, cuyas loables intenciones aportaron el contenido emotivo y sentimental a una operación que era, a la postre, inmobiliaria. Los masoncetes del ayuntamiento aportaron los principios que inspirarían al foro, y éstos serían “libertad, igualdad y fraternidad” (originalidad ante todo). De los tres términos, el tercero era el clave: “fraternidad”, no ya entre las personas, sino entre las culturas. Del Forum 2004 no quedó nada tras el día del cierre, salvo la operación inmobiliaria que había resultado triunfal para sus beneficiarios y la idea que, ampliada, terminó en Alianza de Civilizaciones.

El “progre” y el sentido de la historia

El “progre”, en este como en cualquier otro aspecto de su vida, suele confundir sus deseos con la realidad. Nadie niega la necesidad de reformar constantemente la sociedad, si no funcionan las reformas en una dirección habrá que hacerlas en otra. En esto de las reformas los dogmatismos huelgan. Eso es lo razonable, por tanto no es lo que cabe en la mentalidad de un “progre”. Para el “progre”, la historia es unidimensional, lineal y siempre ascendente. Existe un sentido de la historia para el “progre” y ese sentido es hacia delante y hacia arriba. Así pues, todo lo que vaya en esa dirección, esto es, que no se haya ensayado anteriormente, es positivo, saludable y lo que pide la situación. El “progre” nunca mira hacia atrás en busca de inspiración: si no es completamente ciego –que también puede ocurrir– mira sólo hacia delante en dirección siempre a las novedades nunca antes ensayadas y de eficacia indemostrable. Suele ocurrir que, con una frecuencia inusual, sea peor el remedio que la enfermedad.

En la enseñanza es, sin duda, donde los “progres” han hincado más sus garras, y es la enseñanza una de las instituciones que sufren una crisis más profunda en nuestro país. La enseñanza es, a decir verdad, la pira de las esperanzas “progresistas”. Ni una sola de sus intuiciones se ha demostrado eficaz y, a medida que se han ido aplicando unas y otras, el sistema de enseñanza ha ido decayendo hasta que, finalmente, ha ingresado en la UVI sin grandes esperanzas de recuperación. La fuga hacia la enseñanza privada de la población que se lo puede permitir evoca el momento en el que los náufragos del Titanic se abalanzaron hacia las lanchas.

El “progre” y la ecología

No es raro que, a la vista de lo visto, el “progre” se refugie en campos que, a primera vista, solamente él domina. En la ecología, por ejemplo, hay acumulación de “progres” como en lugar alguno. Nuevamente aquí, el “progre” se ha revestido de los rasgos apocalípticos, mesiánicos y escatológicos del profeta iracundo del Antiguo Testamento. También aquí se produce la paradoja de que los actos desmienten las palabras del “progre” que, una vez más, parece decir: “fijaros en lo que digo pero no en lo que hago”. Salvo honrosas excepciones, el “progre” de bulto no acompaña sus jeremiadas sobre el calentamiento climático, el agotamiento de recursos o lo insostenible del desarrollo, aplicándose el cuento y moderando su consumo energético, acudiendo a los transportes públicos y reciclando, sino que suele hacer una vida como el regre más regre del universo regre.

Salvo en sus palabras, el “progre” no hace nada por el medio ambiente. Además, conoce las necesidades de conservación (la palabra conservación produce estremecimientos en el “progre” salvo en materia ecológica) del medio de manera completamente aproximativa. Los campesinos son, además de la clase más conservadora, los que mejor conocen las necesidades ecológicas del medio. Raro es que un campesino haga algo contra el medio ambiente del que, necesariamente, vive. Pero el ecologismo tiene tanto que ver con los agricultores como el “progre” con el sentido común. Superficial entre los superficiales, el “progre” repetirá la necesidad de aplicar el protocolo de Kyoto sin tener una idea muy exacta de lo que es. Le bastará ver una mediocre y alarmista cinta de Al Gore para preocuparse por la tarde y volver a sus hábitos normales antiecologistas por la noche. Con todo esto su solidaridad con la naturaleza queda satisfecha. Acto seguido, abre la puerta de su automóvil y contamina como cualquier otro hijo de vecino, “progre”, regre o mediopensionista.

El finalismo “progre” y la negación de lo instrumental

El “progre” es fundamentalmente alguien que ejerce el noble arte de la solidaridad con una facilidad y una reiteración pasmosas: se solidariza con quien haga falta y donde haga falta. En su escala “finalista”, aquellos valores que contribuirán a hacer una sociedad ideal al final del camino son mucho más importantes que los valores “instrumentales” que nos ayudan en el día a día a llevar una vida mejor y a hacer más soportable la sociedad. Los valores finalistas a los que se apresta a transmitir la asignatura “Educación para la Ciudadania” son encomiables: pacifismo, solidaridad, humanismo, ecologismo, tolerancia… pero no dice nada de los valores instrumentales: jerarquía, fidelidad, rectitud, disciplina, autocontrol, espíritu de sacrificio, etc. Y así se da nuevamente la paradoja de que un chaval educado en los nobles valores finalistas, modelo de virtudes cívicas del universo “progre”, sea un perfecto borde en su casa y esté dispuesto a solidarizarse con las mariposas de Amazonia en trance de desaparecer por las talas sistemáticas de árboles, pero sea incapaz de facilitar la vida a sus padres o, simplemente, de tenerles un poco de respeto.

El “progre” y las “fuerzas de la cultura”

El “progre” sufriría mucho si fuera capaz de reflexionar sobre los problemas que genera su actividad. La política nacional e internacional, la educación, la ecología son terrenos en los que los fracasos “progres” se cuentan tanto como sus iniciativas. Pero siempre les queda la “cultura”. Porque el “progre” está convencido de que es una persona “culta”. Saber las cuatro reglas, habitualmente, las sabe, pero eso no le da necesariamente un marchamo de culturizado, aspira a algo más. La cultura “progre” es mediática, esto es, facilona: sus popes son Ramoncín para los más simplones y Saramago para los edulcorados. Si fallece el Fary o se nos va Juanito Valderrama, no tendrá ni una palabra de cariño, desconfiará de Tintín, y Schwarzeneger o Clint Easwood le generarán todo tipo de desconfianza. Porque el “progre” tiene sus preferencias: en música, por supuesto, Camarón. Sobre todo Camarón. Y en segundo lugar la “música étnica” y los sonidos “de fusión” o “mestizos”. En cine, arte y ensayo, por supuesto cuando lo había. Cine intimista, siempre (a la vista de que el cine de Pontecorvo desapareció), minimalista y si puede ser, llegado del Este. Y, luego, claro está, un tributo a la producción nacional: porque los actores y directores españoles son los niños mimados de las “fuerzas de la cultura” “progre”.

De hecho, si hay un colectivo trufado de “progres”, es el de los actores. Todos son y todos quieren ser “progres” sin excepción. ¿Cómo se puede explicar a un actor que realiza su cometido cuando repite textos que otros han escrito, que cuando habla por sí mismo, expresando su opinión, frecuentemente hace el ridículo? Cuando un actor expresa sus opiniones políticas lo hace con una simplicidad propia de parvulario, pero eso no impide que se considere un “trabajador de la cultura” y, por tanto, perteneciente a una élite privilegiada. Habitualmente, un actor expresa sus criterios políticos mediante una pegatina. Hubo un tiempo en que eran “panfletos parlantes”, hoy apenas son “percheros de pegatinas”. Su fiesta anual son los Goya, que viene a ser como un reparto de la miseria. Sector subvencionado en un 30 por ciento, el cine español muere de sobredosis “progre”. No es raro que los esperpentos  (a lo Torrente o a lo Mortadelo) generen más favor del público, puestos a elegir, la mayoría no “progre” se decanta hacia los productos no “progres” del sector.

El “progre” y las drogas

Hablando de sobredosis. El “progre” y las drogas constituyen otro capítulo sorprendente. La postura políticamente correcta del “progre” consiste en enfatizar sobre la despenalización de las drogas, de todas las drogas, menos del alcohol, del tabaco y de los toros que deberían de estar, no sólo prohibidos, sino castigados. En este terreno de las drogas, pensar en que un “progre” podría hacer realidad algún día su “proyecto” es, literalmente, aterrador. Miles de yonkis comprando heroína y cocaína en los supers y atracando al resto de clientes en la cola de la caja. Millones de chavales tirados por las calles consumiendo haschís a destajo y todos ellos –como los yonkis– con los vicios pagados por los caudales públicos. ¿En eso consiste la legalización de las drogas? Seguramente es la visión que más se aproxima. Por si no hubiera suficiente con un “efecto llamada” para delincuentes, otro para inmigrantes, otro para los transexuales en busca de operaciones gratis, ahora lo que la totalidad del universo “progre” plantea es un efecto llamada para los colgados de todo el mundo: “cuantos más seamos más nos colocaremos”.

Gracias a los “progres” celtibéricos hemos conseguido que, según NNUU, España sea el país del mundo que más drogas consume… mucho más que los EEUU. Finalmente, hemos logrado superar a los EEUU en algo. El mérito es para la “progresía” que, en 1983, subió de la mano del PSOE enarbolando, entre otras lindezas, el slogan de “despenalización del porro”. Aquellas aguas trajeron estos lodos.

El “progre” y la inmigración

Hemos dicho “efecto llamada”, y esto tiene que ver mucho con la inmigración. La posición tradicional del “progre” en esta materia es simple: “papeles para todos”. Lamentablemente, tanta solidaridad no se traduce, como es habitual, en un comportamiento diferente al resto de la población: el “progre” no pone un inmigrante en su vida, no le ofrece su hogar para que pueda eludir la repatriación, ni un puesto de trabajo remunerado dignamente: en el terreno de la inmigración, una vez más, el “progre” predica unas cosas que nada tienen que ver con su comportamiento real. No conozco ningún empresario “progre” que pague un salario digno a sus trabajadores inmigrantes.

Ahora bien, sobre este tema ¿para qué hablar? Si ha habido alguna medida que destile mejor el espíritu “progresista” es, sin duda, la reforma de la ley de inmigración que llevó a la regularización masiva de febrero-mayo de 2005. A partir de ahí ¿se pueden considerar con seriedad las posiciones “progres” en materia de inmigración?

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Hasta aquí no hemos caricaturizado. Como máximo frivolizado, y lo justo. Los “progres” son así. El “progre” es lo que es, una contracción risible y grotesca surgida del universo más simplón de la izquierda. Un hombre de izquierdas es un “progre” ilustrado; un “progre” a secas es un pobre individuo con déficit de conocimientos reales e inflación de tópicos.

 

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es 

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