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Infokrisis.- El tiempo nos persigue, nos presiona y son va liquidando poco a poco. Por tanto no es de extrañar que dispongamos de poco tiempo para insertar artículos y comentarios en infokrisis. De todas formas, parafraseando el manifiesto por la muerte del espíritu que circula desde hace algún tiempo y sin ánimo de querer enmendarlo, hemos acometido de un tirón la redacción de la primera versión de este “Manifiesto por la Identidad y contra el Aburrimiento del Espíritu” que iremos limando en las próximas semanas.

MANIFIESTO POR LA IDENTIDAD

Y CONTRA EL ABURRIMIENTO DEL ESPÍRITU

Mi espíritu es tal cuando tiene rostro.
Un espíritu sin rostro es lo más parecido a una mierda bien aplanada;
es cualquier cosa menos espíritu.
No le pido a mi espíritu ni que sea brillante, ni siquiera que llame la atención.
Solamente que sea él mismo. Le pido honestidad hacía sí mismo y hacia el mundo
Que pueda decir: ”no hoy otro igual a mi, soy único en la creación”.
Cada espíritu libre es una estrella en el cielo diferente a todas las demás,
a distancias diferentes y con magnitudes originales.

Todas están hechas de la misma materia, pero cada una es única e irrepetible.
Cada espíritu aburrido o agónico es un grano de arena en un desierto
hecho de miles de millones de unidades individuales iguales en todo.
Quiero saber quién soy yo, cuál es mi identidad.
Quiero saber quiénes son como yo.

Quiere tener un destino común con ellos. Hacer grandes cosas.
Quiero reconocer en otros un sustrato común
lo suficientemente intenso como para poder decir “Somos hijos del mismo tronco”,
pero lo suficientemente diferenciados como para afirmar
“Yo tengo principio de razón suficiente”. Yo tengo identidad. Tengo rostro propio.

Vivimos los tiempos en los que el espíritu languidece y bosteza:

El tiempo del último hombre, productor alienado y consumidor integrado con el cerebro abotargado, la cabeza en la tierra y los pies en el cielo.

El último hombre es aquel cuyo espíritu bosteza.

1. La coberturas al nihilismo

El drama del hombre moderno es que carece de identidad o lo que es peor que asume falsas identidades. Lo sabe todo sobre la Pantoja, sobre las cotizaciones en bolsa o sobre quien ganará la liga, pero ignora fundamentalmente quién es, cuáles son sus raíces, y, como máximo le preocupa -en raros momentos de lucidez- cuál será su destino. De hecho, todas las pantojas y julianes mediáticos, todas las cifras de la bolsa y todas las ligas de cualquier deporte, no son más que coberturas que ayudan al hombre moderno a cubrir y enmascarar su nihilismo.

El nihilismo es esa certidumbre inconmensurable que emerge en los raros momentos de lucidez de que no hay nada que merezca la pena ser defendido, que no hay nada después de la muerte y la sensación de que tampoco hay vida antes de la muerte; que no hay nada más que un valle de lágrimas que convertimos en llevadero gracias a que nos olvidamos de él.

Política, instituciones, deporte, ocio, información, filosofía, sectas, valores, no son hoy más que coberturas al nihilismo, clavos ardiendo que nos ayudan a olvidar el hecho esencial: que no tenemos nada bajo los pies, que estamos en el vacío, que no tenemos nada sólido en lo que apoyarnos. Cualquier actividad social, política, emotiva, sentimental, cultural o espiritual, es inmediatamente transformada en una excusa y una justificación para desviarnos de la realidad.

Descubrir la naturaleza nihilista del mundo moderno en el que hay muy pocas cosas dignas de ser defendidas sin reservas mentales, es, sin duda, el elemento imprescincible hoy para asimilar la realidad de un mundo hecho por el ser humano que está terminando con lo que de humano hay en el ser.

2. Por un esfuerzo de objetividad

No vamos a sugerir nuevas coberturas al nihilismo. Sería demasiado fácil, indicar una dirección y decir, “por ahí está la ruta de la salvación, allí estaremos seguros en nuestro pesebre decorado con todo tipo de recursos tranquilizadores”. En este momento histórico no hay más alternativa ni más salida que percibir en un esfuerzo heroico, la realidad del mundo tal cual es. Y a esto llamamos: a un esfuerzo de objetividad.

No queremos aburrirnos, ni asumir la sonrisa estúpida del ingenuo satisfecho con su propia ignorancia: queremos llegar a conocer, hasta tocarlos con el dedo, los rasgos de nuestro mundo, nuestros propios rasgos y los rasgos de nuestra comunidad, percibirlos sin coberturas tranquilizadoras de ningún tipo. A eso llamamos “identidad”. Una identidad es la constancia de que somos así y no de otra forma.

Puede que lo que encontremos no nos guste. En ocasiones comprobamos que hay rasgos excesivamente odiosos en nosotros, en otros o en el mundo, como para que podemos admitirlos. Si en ese momento nos derrumbamos, es que somos débiles. Es preciso ayudar a los débiles, pero justo es reconocer que el mundo no es de ellos. Lo esencial es ver el rostro del mundo, de nosotros mismos y de los otros, tal cual es, como el rostro de Medusa y sobrevivir, sin quedarse petrificado. Eso nos hará fuertes. El mundo del futuro es para los fuertes y fuerte es aquel que decide seguir el pie tras haber percibido en toda su intensidad y mirándolo a los ojos, el rostro de Medusa.

3. Vivimos un mundo fundamentalmente injusto

No importa el orden en el que realicemos nuestras pesquisas, si realizamos un análisis pormenorizado, siempre advertiremos que el desorden, el caos, la patología, la injusticia y la oscuridad son las dominantes.

Cualquier campaña electoral es una aglomeración de mentiras en donde gente que ambiciona servirse del pueblo afirma, elección tras elección, que su deseo es servir al pueblo. Cualquier programa de gobierno está hecho para la defensa de los intereses de las clases dirigentes. ¿Sabéis de algún político que haya aprobado alguna ley que pueda ser lesiva para sí mismo?

No existe democracia, ni sombra de democracia, existe simplemente plutocracia, esto es, el poder del dinero. No existe representatividad sino dramatización de un psicodrama en el que los primeros actores son papá poder y mamá oposición, unidos ambos, hasta que las próximas elecciones los separen, en el reparto de los beneficios reportados por los grandes negocios que solamente se hacen a la sombra del poder.

Cualquier actividad lúdica, a fin de cuentas, no es más que el panen et circenses, la morfina tranquilizadora que precisan las masas. Al parecer, es de buena nota que un domingo de ocio, redima una semana de infelicidad.

4. Tengo rostro propio: tengo identidad.

Es preciso tener plena conciencia de uno mismo y del mundo. Sé quien soy, sé lo que soy. Sé de lo que soy y de dónde soy.

Tengo referencias, tengo identidad, tengo rostro. Mi rostro es mío y no me pertenece más que a mí.

Tengo identidad propia como persona diferenciada por que soy hijo de una familia, heredo los genes de mis antepasados, los rasgos propios de la cultura que desde la noche de los tiempos fue la nuestra.

Tengo identidad propia de la tierra en la que he nacido y con la que comparto unos rasgos comunes con la gente hija de esa misma tierra.

Tengo una identidad como ciudadano de una nación histórica que dispone de unos rasgos identitarios propios y de una lengua que figura entre las más utilizadas.

Tengo una identidad como miembro de una comunidad de naciones que comparten la misma cultura, Europa, cuyo proyecto debe ir mucho más allá de dar una nueva dimensión geopolítica a los Estados Nacionales que ya no están en condiciones de afrontar por si solos la era de la globalización.

Si tengo identidad, sé quien soy. Sé de dónde vengo. Sé a dónde voy. Todo lo demás me viene dado, de forma adicional.

Mi identidad es mi espíritu.

5. El espíritu no ha muerto. Simplemente se aburre.

No sabemos si el “espíritu” ha muerto, o simplemente, se aburre. El que muriera no sería, a fin de cuentas, más que la posibilidad de que resurgiera fortalecido. A veces, para conocer la luz del sol hace falta haber atravesado la noche oscura. Lo peor es que el espíritu no ha muerto: simplemente se aburre y bosteza, está sumido en la inacción, en la apatía, la abulia y la indolencia y en las mieles de lo confortable. Alguien a punto de perecer o un alma muerta, pueden reaccionar o resucitar. De un bostezo lo único que emana es la inacción y el hastío. Nuestro mundo vive en esa fase: la del bostezo del espíritu.

Esa fase tiene como denominador común la “basura”. Basura es aquello que no querríamos que nos acompañara y que, por tanto, se arroja a los estercoleros. La basura es lo desechado y lo desechable.

Una civilización normal jamás viviría de la basura sino que se recrearía en la excelencia. Hoy única excelencia concebible y comunicable es la basura. Como si el dicho bíblico de “no arrojéis perlas a los cerdos” fuera el leit-motiv de nuestro mundo nos alimentamos de comida-basura, nuestro ocio se nutre de ocio-basura, nuestra televisión es basura entre la basura, nuestros valores son valores-basura, e incluso nuestros puestos de trabajo están hechos de trabajo-basura y, lo que todavía es más angustioso, de salario-basura, legitimados por contratos-basura con el visto bueno de sindicatos-basura y de gobiernos-basura.

La representatividad de nuestras instituciones es cuestionable y todo lo que deriva de ellas: políticas fiscales, políticas sociales, políticas nacionales, políticas, energéticas, políticas antiterroristas, políticas de Estado, políticas de juventud, están tan cerca de la basura, si no son pura basura, que tienen su indudable hedor.

Si hemos aceptado un mundo construido a base del culto a la basura, es porque algo en nosotros sintoniza con la basura. Cuando se acusa al materialismo de ser el causante de todo esto, hace falta sonreír. Somos materia orgánica así que alguna atracción deberíamos tener hacia todo lo que es como nosotros.

El león de la selva ignora lo que es el materialismo pero sabe que si no come, muere, que su territorio es suyo y que si no se reproduce muere la especie.

Instinto de supervivencia, instinto territorial e instinto de perpetuación de la especie, derivan de la condición animal que compartimos. Nietzsche no ironizaba tanto cuando hacía decir a su Zaratustra: “Hemos recorrido el camino entre el gusano y el hombre, pero todavía queda en nosotros mucho de gusano”.

6. Afirmar los instintos. Ser como fieras

No podemos renunciar a nuestros instintos porque forman parte de nuestra herencia biológica. No seremos nosotros quienes los negaremos. Para eso ya está Zapatero y su increíble deseo de modelar a la sociedad y al ser humano a golpe de decreto ley. Pero la naturaleza siempre se ha obstinado en llevar la contraria a la izquierda, desde los falansterios utópicos del XIX hasta la Alianza de Civilizaciones del XXI. La izquierda ha trabajado sobre una idea del ser humano alambicada por intelectuales. Cuando estos intelectuales han dejado de elaborar ideas, la izquierda europea ha intentado gestionar el mundo del siglo XXI con las ideas de mediados del XVIII.

La izquierda es la primera interesada en que el espíritu bostece, tanto como la derecha está interesada en que el espíritu se recree en valores conservadores sin caer en la cuenta de que hoy hay poco que merezca ser conservado. Derecha e izquierda viven inmersas en una “libertad, igualdad, fraternidad” en distintas diluciones, desde la radical de la izquierda anarquista, hasta la atenuada de la derecha liberal. Los valores que inspiran a los “liberales” de la COPE, no son radicalmente diferentes de los valores que sostienen desde la SER.

Desde 1789, la izquierda no ha querido hacer otra cosa que llevar a la práctica esos ideales: en la revolución francesa, en la revolución soviética, en la revolución del 68, siempre, una y otra vez, se ha intentado retornar al paradigma “libertad, igualdad, fraternidad” y siempre, parajódicamente, se ha construido un mundo cada vez más alejado, en el que

- la libertad ha sido nominal pero no real,

- la igualdad real en el miseria y

- la fraternidad convertida en complicidad.

El GULAG ya estaba en Rousseau y no sólo en Marx.

Cuando a partir del siglo XVIII se empieza a negar la importancia del instinto en el ser humano y cuando en el XXI ya ni se considera, es que se parte de la base de un concepto erróneo del ser humano. Las cadenas de ADN todavía no pueden modificarse sustancialmente, un decreto ley no introduce alteraciones en los genes, un brillante discurso buenista a lo ZP puede satisfacer a los espíritus aburridos y si se rifa un piso al acabar el mitin, mucho mejor, pero difícilmente servirá la sacar al espíritu de sus bostezos.

Reconocer la instintividad es fundamental para despertar. El gran drama de la civilización es que pone riendas al instinto. Y contra más progresista se es, más gruesos son los eslabones de la cadena. Así pues, hay algo en la naturaleza humana que es puramente biológico, material e instintivo… así que cuidado con las críticas al materialismo porque equivaldrían al arquitecto que negara el valor de la arquitectura. No se puede vivir de espaldas a lo que somos. Y “somos” aquello con lo que hemos sido formados. Entra otras cosas, materia e instintividad, con todas las modulaciones que se quiere, pero con un sustrato de animalidad irremediable.

7. Grandeza y miseria de nuestras neuronas

Hay un elemento que nos permite ir más allá de nuestros instintos. De hecho, debemos ir más allá de nuestros instintos, pero no negarlos, ahogarlos o abolirlos. Para ello, el cerebro es nuestro aliado.

Somos materia biológica. Si somos algo más que mierda seca y algo menos que pura luz solar, se lo debemos a nuestro cerebro. Allí residen las células más evolucionadas de todo el universo. Células, hechas de materia orgánica, que, sin embargo, interrelacionadas en redes neuronales y animadas por una especie de chispa eléctrica, producen pensamiento. A fin de cuentas, la materia tan poco puede ser tan repelente, si de ella emanan las ideas. Y en raras ocasiones hasta buenas ideas.

Existe pues, un mundo biológico e instintivo que nos hace actuar como actuamos por fidelidad a nuestra naturaleza animal. Pero existe también un cerebro que nos permite elegir: bueno o malo, positivo o negativo, derecha e izquierda, arriba o abajo, abierto o cerrado. La gran ventaja del cerebro es que crea el pensamiento. Su gran desventaja: que ese pensamiento es dual. Admite el acierto en un 50% y en otro 50% el error. El ser humano puede ser un psicópata o un santo.

Los instintos son neutros: garantizan la supervivencia, pero cuando el cerebro influye demasiado en la instintividad puede ocurrir que la zona oscura del cerebro convierta a nuestros instintos en vías de perdición. Si bien no es cierto que el animal mate solo para sobrevivir (mis perros matan gallinas por el mero placer de hacerlo y seguramente lo hacen por aburrimiento como forma criminal de ocio), si es rigurosamente cierto que los instintos no tienen necesariamente una connotación negativa. Pero cuando la parte oscura del cerebro humano se superpone a un instinto y toma el control de una pulsión del espíritu, entonces se producen corrupción, psicopatías, obsesiones, abusos y crímenes. Nuestros habituales políticos corruptos están hecho de un exacerbado instinto de posesión, sin la sanción moral necesaria racionalizada por el cerebro. El instinto sexual está presente en todos los seres humanos incluso en los más asexuados, sin embargo, la obsesión sexual no es más que el instinto, desviado de su función originaria, y reconducido hacia donde un cerebro trastornado le lleva. En el cerebro radica la dualidad. Y la dualidad es una caída en relación a la unidad.

8. Nuestra síntesis intuitiva: el corazón.

La hermosura de una catedral gótica no puede ocultar algunas imágenes de hondo dramatismo. En Chartes, pero también la Catedral de Barcelona y en Amiens, en la fachada principal, existe una imagen paradójica: un santo luce sonriente su cabeza cortada bajo el brazo… Yo, de mayor, quiere ser como éste.

El origen biológico nos condiciona, el cerebro nos escinde pero también permite el pensamiento y la racionalidad, nos abre el camino a los valores positivos o nos hunde en las obsesiones y las perversiones. Pero luego está la imagen del guillotinado, perífrasis simbólica de un ser humano guiado por sus intuiciones. No es poesía afirmar que las intuiciones tienen su sede en el corazón.

Hace falta servirse del cerebro justo lo justo para no perder el contacto con la racionalidad. Pero es ahí, en ese órgano dual, en donde nuestro espíritu bosteza, allí donde languidece. Allí donde el cerebro dice: “no te arriesgues”, “en el fondo vives tranquilo”, “vive feliz, vive contento”, “¿eso y lo otro? ¡qué más te da!”, “¿los problemas del mundo? ¿los problemas de tu tiempo? ¡para qué te vas a preocupar! ¡preocúpate sólo de ti y de los tuyos! Al resto que les den…”, allí estamos librando una batalla que no puede resolverse por la racionalidad. A fin de cuentas, el cerebro tiene razón: “si, ¿para qué arriesgarse? ¿para qué comprometerse? ¿para que afirmar algo que no produzca bostezo?”. Es la actitud que Eugene Ionesco denunció en su inolvidable pieza teatral “El Rinoceronte”: “Puesto que no es pecado ser rinoceronte…, seámoslo; de hecho, todos los son”. El cerebro es el instrumento técnico para hacer avanzar al ser humano y a la civilización. Repetimos: el instrumento técnico. Poco más. Como todo instrumento técnico, funciona gracias a la racionalidad y a las leyes de la lógica conocidas, como mínimo, desde el siglo VI aC. A la hora de las grandes decisiones, si nos fiamos de nuestro cerebro, terminaremos, sin duda, bostezando. O, en cualquier caso, haciendo lo incorrecto.

Para “saber” qué es lo correcto está el “corazón”. Decir corazón es decir intuición. Si el instinto pertenece a nuestra naturaleza biológica garantía de la persistencia de la especie, la intuición está más allá del cerebro, es un pensamiento no basado en la racionalidad, sino en la intensidad, no en el proceso discursivo sino en la certidumbre de lo correcto, no en el análisis sino en la convicción brusca que irrumpe bruscamente en el núcleo de la personalidad sin pasar por los circuitos neuronales. La intuición es, a fin de cuentas, suprarracionalidad, de la misma manera que el instinto es infrarracionalidad.

Contra más cerebral es el ser humano, más reducida tiene su instintividad. Contra más bosteza el espíritu humano, más cierra la puerta al instinto. La intuición se cultiva haciendo confluir el noble arte de la objetividad (la obsesión por la realidad) y la práctica del vacío mental: es entonces cuando aparece esa lúcida fuerza suprarracional que nos indica el camino a seguir.

Si el instinto se sitúa en la esfera de lo biológico, la intuición se sitúa en un terreno alejado de la materia. Anida en el espacio del corazón, pero no es el corazón. Lo que sea que haya –si es que hay algo– más allá de la intuición –acaso estados de conciencia diferenciados de arrobamiento profundo situados en el sendero de la experiencia espiritual– no es objeto de este manifiesto. Dominar el arte de la intuición o insertarse en su atrio, suponen ya un primer nivel de sacudirse el aburrimiento.

8. Del cocinero al constructor, o la tarea del espíritu

El cocinero tiene recetas. El cantero modela la piedra con su mallete y su cincel. La tarea del primero es efímera y termina desembocando por el colom, el recto y las tuberías pestilentes. El cantero construye sobre lo sólido, la catedral eterna. Cuando coge una piedra para modelarla, su instintividad le dice que lo hace porque precisa un refugio, su racionalidad le dice que una piedra tallada colocada junto a otra crea un muro y sobre dos muros y sus contrafuertes se sostiene un bóveda; pero el cantero, coge una piedra y deshecha otra porque “intuye” en una las condiciones que no “percibe” en la otra. Instintividad, racionalidad e intuición, no pueden estar ausentes del oficio del cantero, como no pueden estar al margen de una vida plena. Hoy, las tres, están al margen de la modernidad.

La modernidad ha transformado:

- la intuición en superstición. La superstición es el culto a lo irracional.

- el instinto en animalidad. La animalidad está en las antípodas de lo humano.

- la racionalidad en conformismo. El conformismo es el bostezo profundo del espíritu.

Roto el conformismo, arrojada lejos la animalidad y desterrada la superstición, el bostezo, como la noche oscura, quedan atrás. Y se abre la tarea del constructor, esto es del ser humano consciente de que tiene que construirse a sí mismo si quiere construir el mundo, modulando su sistema de identidades.

© Ernesto Milà

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