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Infokrisis.- El mal tiempo ha acompañado a lo largo de toda la Semana Santa. No es la primera vez que la climatología ha amargado a los sufridos españoles que se han desplazado a zonas turísticas. La novedad era que el Instituto Meteorológico Nacional había augurado un tiempo esplendoroso a partir del martes… Y resulta que no. El pronóstico ha sido deliberadamente erróneo. Cuando no nos podemos fiar ni del IMN es que la quiebra del Estado es total y el ciudadano de a pie está, literalmente, abandonado a su suerte y a la merced de los mecanismos publicitarios.

SÍ, porque el pronóstico del IMN para la Semana Santa ha sido más bien una campaña publicitaria en beneficio de los hosteleros instalados en las zonas turísticas que una actividad profesional realizada con todos los medios tecnológicos a disposición de la predicción atmosférica. Y luego, algún payaso todavía se atreve a hablar del cambio climático de aquí a veinte años, cuando ni siquiera se es capaz de decir si mañana lloverá o hará sol (por cierto, en 1970, recuerdo perfectamente que los medios preocupados por la entonces reciente ecología, aseguraban que nos dirigíamos hacia una nueva era glaciar…).

Una escandalosa previsión del tiempo… en absoluto inocente

De escandalosos se pueden calificar los partes de previsión atmosférica del Instituto Meteorológico Nacional, previos a la Semana Santa. Cuando el mal tiempo se había iniciado cinco días antes (en ese período hemos podido constatar mediante nuestro pluviómetro particular –el único del que, tal como están las cosas- podemos fiarnos-, la caída de 100 litros de agua de lluvia por metro cuadrado en ese período), todos los españoles que deseaban desplazarse en busca de una semana de descanso estaban pendientes de la previsión atmosférica. Y el IMN fue claro: “a partir del martes, la inestabilidad desaparecerá”. Y parecía raro. Raro porque, para los que estamos pendientes, en razón de nuestra actividad agrícola, de la lectura de los mapas de isobaras y estamos suscritos a los partes de distintos servicios meteorológicos, no había muchas dudas: iba a hacer una Semana Santa de infierno. Además, los viejos del lugar, simplemente mirando los cielos, nos lo habían confirmado: “siembra ahora y no tendrás que regar”… así que sembramos y, efectivamente, desde hace 10 días no regamos.

La cuestión es grave: ¿por qué el IMN no informó de forma veraz sobre cuál iba a ser la climatología? Si un simple ciudadano atento puede recibir información meteorológica de organismos internacionales y la experiencia empírica de muchos ancianos indica que va a hacer un tiempo infernal… ¿cómo es posible que una institución que cuenta con el mejor material de previsión climática del mundo, que posee en propiedad satélites de observación atmosférica, que cuenta –en principio- con la colaboración de los mejores especialistas de este país y que se beneficia del concurso de tablas estadísticas que rebasan la observación empírica; cómo es posible, decimos, que no sea capaz de prever el tiempo que va a hacer en los próximos siete días?

Algunas explicaciones

La respuesta es muy simple: nos han engañado deliberadamente. Quien paga, manda. Y a los funcionarios del INM los paga el Estado, esto es, el poder político que lleva las riendas del Estado. Pero el poder político no es autónomo. Si lo fuera, estaríamos viviendo una situación democrática. Y tal situación no existe. Existe una democracia atenuada, o con mucho más rigor, una plutocracia en la que el verdadero poder es el del dinero.

Efectivamente, hemos llegado al núcleo de la cuestión de lo que ha ocurrido esta Semana Santa. Un Estado que vive solamente de cara a servir con fidelidad perruna a los poseedores del dinero y que vive volcado únicamente a la economía, no podía reconocer que en Semana Santa, lo más prudente para el ciudadano era permanecer en casa leyendo, viendo la tele, proyectando vídeos, surfeando por Internet o, simplemente, tomando unas copas con los amigos en el bar de siempre. Los funcionarios del PSOE que gestionan el Estado tenían la obligación hacia sus amos –las distintas patronales, especialmente, la poderosa patronal de hostelería- de anunciar un tiempo esplendoroso que incitara a los españoles a desplazarse a zonas turísticas para generar un enloquecido consumo que reflejaran las estadísticas del próximo mes… mes electoral, por cierto.

Si cinco millones de españoles hubieran permanecido en sus casas durante toda la Semana Santa, la patronal de hostelería hubiera visto menguados sustancialmente sus ingresos. Además, la patronal de hostelería no hubiera sido la única perjudicada: el descenso en la venta del carburante y, en general, el descenso del consumo turístico, hubiera disminuido la previsión de ingresos. Y, para colmo, las cifras del paro que se hubieran dado en el mes de mayo, el mes de las elecciones, hubieran sido extremadamente negativas.

Así pues, era preciso que “hiciera bueno”. Dado que la climatología era adversa, los “técnicos” del INM maquillaron el pronóstico. Estamos convencidos de que a los profesionales de esta institución les da igual anunciar sirimiri, tormenta, tornado o sol esplendoroso. Si anunciaron algo contrario a las previsiones fue, sin duda, porque alguien lo sugirió así. El que paga, manda.

El ciudadano frente al Estado.

No albergamos la menor duda de que el PP callará ante este enésimo abuso y esta estafa a las ilusiones de millones de ciudadanos que, tras kilómetros de atascos en las salidas y otro tanto al retorno, entre tanto, han vivido un tiempo endiablado. No en vano, dentro del PP, la patronal de hostelería es omnipotente y no se trata de atentar contra el “amo”. Y en cuanto a Izquierda Unida, el rostro y la expresión de Llamazares son suficientemente elocuentes de que sus neuronas se recalientan peligrosamente cada vez que alude a la recuperación de la “memoria histórica” y a otras lindezas. Así que de todo esto no puede esperarse gran cosa.

El ciudadano está solo y debe tomar conciencia de su soledad: si atracan su casa deberá defenderla con uñas y dientes; y debe asumir que lo hará solo, porque no hay ni policía con capacidad para perseguir delincuentes, ni magistratura que castigue amparada en un arsenal legal eficaz. Si desea desplazarse en períodos críticos, deberá informarse a través de fuentes independientes, porque los organismos del Estado mienten: desde el Instituto Nacional de Estadística, hasta la estadística del coste de la vida, pasando por las estadísticas de delincuencia o, de lo contrario, palmará horas y horas en atascos, total para seguir amargándose al llegar a su destino. Si desea que su hijo tenga una educación deberá tomar conciencia de que la escuela pública no se la va a dar, es más, es que es probable que más que formar a su vástago, simplemente, lo deforme; así que deberá enviarlo a un centro privado, o bien educarlo con esmero él mismo. Si desea sanidad, mejor que se la pague él mismo, porque ese Estado, capaz de pagar las operaciones y tratamientos –no precisamente baratas- de cambio de sexo, es absolutamente incapaz de pagar las plantillas, las gafas para los miopes y los servicios dentales de los peques. Si desea cobrar una jubilación, deberá recurrir a su propia inteligencia económica y habilidad, mucho antes que fiarse del racket que el Estado practica sobre su salario y, desde luego, mucho antes que fiarse de los chiringuitos financieros que ni siquiera garantizan el retorno de los planes de pensión. Créame: pagar impuestos es hoy, más que nunca, financiar los caprichos de la banda de desaprensivos que controlan las llaves de la caja del Estado y, sobre todo, alimentar a los parásitos que realizan buenos negocios a la sombra del poder. Así que usted verá… Sí, Hacienda somos todos, sólo que unos pagan y otros gastan.

El ciudadano en su soledad y en su exilio interior

El ciudadano está solo. No puede recurrir a instituciones, no tiene partidos que le apoyen: los partidos mayoritarios y los que aspiran a serlo buscan solamente trincar y trincar sin medida, límite, ni contención: y la forma de hacerlo es con el dinero público. ¿Hay alguien que lo dude? Si hubiera alguien, póngasele inmediatamente la etiqueta de “julay” y, al arroyo con él. La ingenuidad de ese tipo no tiene remedio. Igual el agua helada le espabila.

La plutocracia funciona porque el ciudadano tiene una increíble tendencia a la sumisión al poder, sea cual sea. Lo tuvo durante el franquismo y lo tiene ahora. Lo tiene aquí, en los EEUU, en China y en Ruritania si existiera. Desde el punto de vista formal, existen diferencias entre una plutocracia y una dictadura. La dictadura es un régimen de hecho, apoyada en el episodio puntual de un plebiscito. El franquismo realizó cuatro plebiscitos a lo largo de su historia y los ganó, faltaría más. Luego vino la democracia con una parafernalia de “valores cívicos” mucho más florida que los toscos valores de la dictadura, pero que, en la práctica, equivalía a lo mismo, especialmente, porque desde que España firmó los acuerdos con los EEUU en 1956 e inició con 9 años de retraso en relación a la Europa del Plan Marshall su período desarrollista, el poder económico no ha cambiado de manos.

A decir verdad, si debemos a alguien la existencia de una democracia atenuada es al poder económico. En efecto, el franquismo creó un régimen en el que las libertades públicas quedaban supeditadas al desarrollo económico. Cuando el desarrollo económico –liberal y capitalista- alcanzó cierto nivel de desarrollo (esto es, a principios de los años 70), impuso la democratización del Estado: a una economía capitalista, correspondía un régimen político democrático. China va hoy por un camino similar y acabará como España, después de indecibles convulsiones. No fue la “oposición democrática” que siempre careció de fuerza social suficiente como para operar el cambio hacia la democracia, sino el poder económico, coligado con el aparato franquista que comía de su mano y con la oposición democrática que estaba dispuesta a venderse a bajo precio.

El resultado, es que hoy vivimos un simulacro de democracia, donde nunca tan pocos trincaron tanto de tantos…

Al ciudadano le quedan pocas posibilidades: o bien una situación resignada de exilio interior en el que quien no puede hacer nada para cambiar las cosas, procure que las cosas no tengan gran poder sobre él; o bien una situación de revuelta cívica, con objeción fiscal y autodefensa frente al Estado dirigido por la neodelincuencia, que se lucra con el dinero público utilizando la retórica y la épica del “Estado de Derecho” y la “profundización democrática” y frente a la paleodelincuencia, llegada del exterior, mucho más tosca, de navaja y recortada. Ambas delincuencias, esencialmente, son idénticas, aunque sustancialmente varíen (si bien los modales de Rubalcaba recuerdan a los de un mafioso siciliano y el rostro torvo de la vicepresidenta, por algún motivo, me recuerda al de un atracador bonaerense que conocí).

Lo dicho: aunque algunos hayan aludido a la “rebelión cívica” en relación a la grotesca política antiterrorista de ZP, circunscribirla a esa área sería un error: esa táctica puede y debe extenderse a todos los campos de la sociedad. “Rebelión cívica”, porque las clases medias están hartas de pagar cada vez más y obtener cada vez menos, porque las clases trabajadoras ven como sus salarios ven cada vez más recortada su capacidad adquisitiva. Hoy, ya no se trabaja para ganarse la vida, sino apenas para sobrevivir; lo cual no sería tan injusto, sino fuera poque la “ley de Coase”, tan simple como lúcida, indica que para que unos ganen otros tienen que perder… no es un problema de plusvalías, ni siquiera de explotación: es simplemente un problema de estafa. La plutocracia nos estafa. La plutocracia gana, utilizando el poder recaudador y coactivo del Estado: el ciudadano pierde. La plutocracia ha tomado las riendas del Estado y lo utiliza como método para hacer a su sombra los buenos negocios. La mayoría, perdemos. Y perdemos cada vez más, porque la ambición de la plutocracia es cada vez más exasperante.

Dado que la plutocracia controla la información y la difusión de noticias, difícilmente el ciudadano medio repara en que la prosperidad de unos pocos depende de que a la mayoría nos estén robando la vida. A fuerza de trabajar para “ganarnos la vida”, la estamos perdiendo. Las máquinas de amasar dinero nunca tendrán suficientemente saciada su ambición. El capital inmovilizado no rinde beneficios y, por tanto, la inflación lo desvaloriza, así que hay que poner a trabajar el dinero, no para rotarlo simplemente, sino para obtener mayores acumulaciones de capital. El mecanismo monstruoso gira solo y puñetera la falta que hacen los propietarios del capital. El monstruo ha adquirido vida propia desde hace décadas.

Afortunadamente, siempre nos quedará Internet y la posibilidad de difundir, a través de ese medio, informaciones libres y promover movilizaciones de protesta.

¿Entienden ahora por qué la telebasura se enseñorea de todo? Un ciudadano educado en el razonamiento lógico, dueño y señor de sus neuronas, limpias de polvo y paja, y en perfecto estado de revista, hábil para interconectarlas, es un peligro: puede, incluso, intuir el tiempo que hará mañana, levantando sus ojos y mirando al cielo, o recordando que cuando las isobaras indican que el anticiclón de las Azores se retira ante una potente borrasca venida del Atlántico Norte, va a hacer mal tiempo en los próximos días, de la misma forma que cuando alguien ve una colilla, puede intuir que alguien ha fumado, sin ser Sherlock Holmes. O, simplemente, escuchando al abuelo del pueblo que sabe más del tiempo que el INM y su puta madre.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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