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Infokrisis.- En esta segunda parte de nuestro estudio, abordamos los argumentos esgrimidos por aquellos que se dejaron seducir por la doctrina del "Fin de la Historia" y supusieron que tras la Guerra Fría desaparecerían las tensiones geopolíticas entre el Este y el Oeste en beneficio de un Nuevo Orden Mundial unipolar. Los argumentos eran excesivamente optimistas y voluntaristas y en pocos años se han disipado. Hoy, vale la pena recordarlos, como testimonio de una época en la que surgieron doctrinas inconsistentes y fatuas.


1. Cuando sentenciaron el final de la geopolítica

Si la guerra fría fue una clásica “guerra geopolítica”, parecía claro que concluida ésta la geopolítica entraría en crisis. No había lugar para los teóricos de lo que se ha llamado la “gran guerra de los continentes” en un mundo globalizado, sin Historia, y en el que la democracia y el capitalismo eran nuestro destino. Así que en esa época proliferaron las obras y los artículos sentenciando el ocaso de la geopolítica. Los argumentos de toda esta patulea de enterradores eran, básicamente, tres:

1) La geopolítica sostiene que el destino de los Estados está íntimamente relacionado con el territorio y los recursos geográficos. Pero esto parecía tener poco sentido en un mundo globalizado en el que la economía era nuestro destino. ¿A quién podía interesarle, a partir de entonces, una ciencia cuyo sujeto ya no era preeminente respecto a su momento histórico? La economía, y no la geografía, era lo que importaba a partir de ahora. En la era de la globalización, el territorio –objeto de estudio de la geopolítica- se devalúa y sólo importa la economía.

2) Desde las guerras del Peloponeso y las Guerras Púnicas, hasta las dos Guerras Mundiales e, incluso, durante la Guerra Fría, se enfrentaron dos modelos de Estado (el que daba prioridad a la política y el que lo daba a la economía), dos tipos de potencias (la terrestre y la marítima), dos concepciones del mundo. Pero las ideologías ya no tenían lugar en el mundo globalizado. La única ”lucha” será la comercial y, hablando con propiedad, no se trata de “lucha”, sino de “libre concurrencia”. La “competencia” ha sustituido a la guerra. Ya no hay geopolítica sino economía. Como máximo geoeconomía.

3) El espacio es el elemento sobre el que giran todas las reflexiones y los análisis geopolíticos. La geografía, en el fondo, es la ciencia de los espacios. La economía lo es de los beneficios. Pero a partir de 1997, el espacio físico fue desvalorizándose progresivamente para aparecer una nueva dimensión del “espacio”: el “ciberespacio”, forma virtual del espacio. La globalización sería incomprensible sin la aparición de este nuevo concepto. El “mercado” ya no es el centro de la vida de las ciudades donde se resuelven las compras-ventas, sino un espacio virtual en el que se resuelven todos los procesos de la economía. No existe, ni puede existir, una geopolítica del ciberespacio. Para que haya algo remotamente similar a la geopolítica debe existir espacio, sólo espacio y nada más que espacio.

Así pues, de la unión de estos tres factores emana el acta de defunción de la geopolítica. Y hay que reconocer que cada uno de estos factores es, en sí mismo, real y objetivo. Si Nietzsche había decretado hace cien años la muerte de Dios, ahora lo que se decretaba era la muerte del Espacio. Estas especulaciones se pusieron de moda en los últimos años del milenio. Por algún motivo siempre se ha tendido a pensar que el cambio de milenio supone una “renovación” y en 1999 se creía que en la noche del 31 de diciembre todo iba a cambiar. Pero cuando el 1 de enero de 2000 se disipó la resaca, todo seguía igual. Fue entonces cuando algunos empezamos a creer que, efectivamente, todas las especulaciones del nuevo milenio se estaban equivocando. Timothy Lukés, en el paroxismo de toda esta tendencia especulativa, decretó que las fronteras habían muerto, sólo había un nuevo tipo de frontera posible: "los lindes o las fronteras actuales son electrónicas y especialmente digitales en las comunicaciones del ciberespacio”. Era algo, como mínimo, exagerado, dado que los había permanentemente empeñados en trazar fronteras especialmente en esta nuestra España menguante, o en la docena de repúblicas que surgieron del estallido de la URSS, o incluso en la obstinación con que países absolutamente inviables y peripatéticos seguían defendiendo sus presuntas o reales “identidades nacionales”.

En el terreno de las revoluciones y los movimientos sociales, las cosas tampoco estaban tan claras. Los teóricos de la eliminación del espacio solían citar en esos años al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que de ser un cero absoluto, pasó a protagonizar unas pocas acciones simbólicas y a saltar al primer plano de la actualidad mundial gracias a la utilización de las nuevas redes informáticas que emergían en 1994. Incluso la RAND Corporation elaboró una teoría sobre la “netwar” y la “ciberwar” que aún no ha sido completamente desacreditada, según la cual, las grandes batallas serían batallas informáticas y los ejércitos en combate serían sustituidos por legiones de internautas que lucharían en red contra su adversario, intentando romper sus defensas digitales, destruyeron sus almacenes de información e imposibilitando la respuesta. Y no era necesario siquiera que se tratara de actores estatales: podrían chocar redes de cualquier tipo, delincuentes contra el Estado, extremistas contra el Estado o entre ellos mismos; cualquier posibilidad podía, en teoría, darse. Uno de los jefes de los paramilitares serbios, el comandante Arkan, al iniciarse los bombardeos de la OTAN, armó una red de cuarenta superordenadores de la época con los que aspiraba a destruir los sistemas informáticos de la Alianza Atlántica.

Mientras que los movimientos de liberación nacional o las guerrillas tercermundistas aspiraban a conquistar espacios, mientras que las guerras revolucionarias pretendían conquistar el corazón de las poblaciones, los movimientos de nuevo cuño nacidos en el “período de transición” se contentaban con hacerse con el control de “espacios virtuales”. La nueva “ruta Ho Chi Min” eran los miles de kilómetros de fibra óptica tendidos a lo largo de todo el mundo.

No había geopolítica posible en estos nuevos campos de operaciones virtuales. Así pues, la ciencia de Ratzel y McKinder, la de Kjellen y Haushoffer, no era más que una antigualla cuyos últimos mohicanos eran el Almirante Gorskhov y el Departamento de Estado Norteamericano. La geopolítica ha muerto. Que Plutarco la tenga en su seno.

Pero había en todo esto algo más profundo, casi esotérico, porque nada de todo esto se ha demostrado cierto, ni real. Lo que estaba en juego no era el fin de la geopolítica, sino otro problema: el conflicto entre civilizaciones del “espacio” y civilizaciones del “tiempo”. Y, por lo demás, la geopolítica iba a retornar.

 © Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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