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Infokrisis.- Uno de los escenarios posibles de Turquía en el futuro implica su desmembramiento. La zona europea de Turquía -Tracia- podría optar por "desengancharse" del resto del país en caso de que la UE rechace su candidatura. El pepale geopolítico de Turquía depende en gran medida de que Tracia está separada de Anatolia por los estrechos del Bósforo y los Dardanelos. ¿Siguen siendo geopolíticamente importantes?

 

 

El actual conflicto de Irak tiene una incidencia directa en Turquía. Dependerá del grado de independencia y autonomía que alcancen los kurdos que la minoría turca termine reivindicando los mismos derechos que la irakí. La creación de una entidad kurda independiente en Kirkuk terminaría generando una desestabilización irredentista sin precedentes en Turquía. Y, a partir de ahí, podría estallar una “crisis nacional”, especialmente si la UE no se compromete a admitir en el plazo más breve posible lo que quede de Turquía. En ese escenario, difícilmente la zona de Tracia aceptaría seguir pagando el subdesarrollo y el foco de islamismo radical que representa Anatolia. En ese escenario, el desmembramiento de Turquía estaría servido.

Tracia es radicalmente diferente al resto de Turquía: es, territorialmente, la parte europea del país, y su historia y peculiaridades son completamente diferentes al resto del país. Históricamente se extendía desde Macedonia hasta el Mar Negro y el Mar de Mármara, y desde el Egeo hasta el Danubio. Está situada en el sudeste de los Balcanes e incluye el Nordeste de Grecia, el sur de Bulgaria y la Turquía europea. El río Maritsa separa la Tracia turca de la griega.

Históricamente, los tracios, considerados bárbaros por los griegos, fueron dominados por éstos en el año 600 a.JC. Pero estos territorios se perdieron cuando se produjo la dominación persa en el 512 a.JC. Los romanos la conquistaron en el año 46, con el Emperador Claudio. La zona se volvió inestable con las invasiones bárbaras del siglo III, pasando en el VII a manos búlgaras y al Imperio Bizantino. Tras la caída de Constantinopla, toda Tracia quedó en manos turcas. Sería en el siglo XIX, con el desmembramiento del imperio turco, cuando una parte de la región quedó en manos búlgaras y el resto constituyó el territorio que hoy constituye el único de la Turquía europea.

Tracia está situada sobre los importantes puntos geopolíticos del Bósforo y los Dardanelos.

El estrecho de los Dardanelos era conocido en la antigua Grecia como el Helesponto que comunicaba el Egeo con el Mar de Mármara. Su nombre deriva de la antigua ciudad de Dardanus. En su parte más estrecha tiene 1600 metros entre una y otra orilla y llega a los 6.500 en la parte más ancha. Su profundidad está en torno a los 50 metros y se prolonga a lo largo de 71 kilómetros. Los Dardanelos separan a la península de Gallipoli de Asia y sus costas son poco accidentadas.

La historia antigua nos muestra la importancia estratégica que siempre han tenido los Dardanelos. Cerca de allí estuvo situada la mítica ciudad de Troya, y la costa asiática del estrecho fue el escenario de los combates histórico-homéricos por la ciudad. Jerjes y Alejandro Magno la cruzaron en direcciones opuestas y su pérdida supuso, en la práctica, el final de Imperio Bizantino y la caída de Constantinopla. Siglos después, también en esa zona se dirimió uno de los episodios más duros de la Primera Guerra Mundial, en la batalla de Gallipoli.

El Bósforo divide en dos partes a Estambul y está densamente poblado. Conecta el Mar de Mármara con el Mar Negro. En algunos puntos apenas tiene 750 metros (donde se encuentran fortificaciones otomanas) y en la parte más ancha 3.700. Su profundidad oscila entre los 36 y los 124 metros. En 1973 se construyó un puente que comunica las dos orillas del estrecho, y en 1988 un segundo, ambos de más de un kilómetro. En la actualidad está en construcción un túnel de comunicaciones a una profundidad de 55 metros. Todos estos elementos son de gran importancia estratégica que ya fue advertida por los primeros griegos que conocieron la zona y que la utilizaban para transportar ganado sobre odres de cuero. De hecho “Bosforo”, etimológicamente, quiere decir “transporte” (foros)  de bueyes (bos). La importancia estratégica del Bósforo radica en que supone el paso más fácil para cruzar el camino hacia Europa y del Mar Negro al Mediterráneo. Quien controlara el Bósforo controlaba el comercio con el mediterráneo oriental. Los atenienses ya advirtieron esa importancia estratégica, allí fundaron Megara y mantuvieron alianzas con las ciudades que controlaban el estrecho para asegurarse el suministro de alimentos procedentes de Escitia.

Los romanos intuyeron también la importancia del Bósforo, pero solamente Constantino el Grande se decidió a establecer allí la capital que llevaría su nombre.

En el siglo XIX, el aumento del tráfico naval elevó aún más la importancia estratégica de la zona. La guerra ruso-turca (1877-78) o el ataque a Gallipoli (1915) tuvieron como objetivo la conquista de estos puntos.

La obstinación con que los turcos defendieron Gallipoli costó al ejército combinado anglofrancés una derrota histórica y 250.000 muertos en ambos bandos. Con esta operación, impulsada por Winston Churchill, se pretendía restringir el acceso al Mediterráneo a los “Imperio Centrales” (Alemania, Austria-Hungría y Turquía) y facilitar un balón de oxígeno a la maltrecha Rusia. En esta batalla se ganó el prestigio, que luego utilizaría para presidir el país, Mustafá Kemal Ataturk.

Las cuestiones claves del papel geopolítico de Turquía derivan del Bósforo y los Dardanelos, y los interrogantes que se plantean son diversos: si bien es cierto que a lo largo de la historia ambos estrechos han sido enclaves geopolíticos de primera magnitud para asegurar rutas comerciales y obturar la salida de Rusia al Mediterráneo, ¿siguen manteniendo en la actualidad esta importancia geopolítica, al menos, para el destino de la UE? Esa es la cuestión.

Es evidente que el factor geográfico hace que Turquía haya tenido, desde la irrupción del Imperio Otomano, un papel fundamental en el dominio del Mediterráneo, especialmente oriental. Solamente cuando Turquía pudo contar con la ayuda de piratas berberiscos, o con la complicidad de los berberiscos de las Alpujarras, estuvo en condiciones de llevar su dominio naval hasta las puertas de Gibraltar. Pero, desde Lepanto, esa situación no ha vuelto a darse y, en la actualidad, nada induce a pensar que Turquía vuelva a ser algún día primera potencia naval. En cuanto a la importancia del Bósforo y de los Dardanelos, también es relativa en la actualidad.

Para la UE no tiene absolutamente ningún sentido impedir a Rusia el acceso al Mediterráneo. Una política exterior europea consciente debería actuar en sentido diametralmente opuesto, es decir, facilitar el acceso de Rusia al Mare Nostrum. En otras palabras y como ha dicho el politólogo Alexandre del Valle: “Antes Rusia que Turquía”. Realizar una aproximación entre la UE y Rusia implica, en la práctica, un alejamiento de Turquía de Europa. Con mucho más derecho los descendientes de los varegos pueden reclamar su condición de europeos, antes que los saqueadores de Constantinopla y los vencidos de Lepanto.

Poco importa quién es dueño actualmente del Bósforo y los Dardanelos. Existen puertos europeos en el Adriático y en el Egeo que pulverizarían la ventaja geopolítica turca en el Mar de Mármara. La utilización de estos puertos implicaría una alianza estratégica entre la UE y Rusia que daría un nuevo giro a la política mundial. El eje París-Berlín-Moscú, ampliado al eje horizontal Lisboa-Berlín-Moscú y al eje vertical Helsinki-Moscú-Atenas, en la práctica neutralizaría definitivamente las aspiraciones hegemónicas de EEUU sobre Europa. Un nuevo polo geopolítico habría nacido, el que durante dos siglos ha causado verdadero espanto a los estrategas anglosajones.

Por otra parte no hay que perder de vista el escenario que se produciría ante un eventual desplome del Estado turco, acribillado por el islamismo radical ante una posible agudización de la crisis kurda. En esa perspectiva, la rotura de Turquía sería una posibilidad a contemplar. Ante la posibilidad de quedar excluida de la UE, la región más occidental de Turquía, Tracia, advertiría que Anatolia, amputado el Kurdistán y, por tanto, alejada de los pozos de petróleo de Kirkuk, se convertiría en un lastre y podría optar por una independencia más prometedora. Insistimos en que las diferencias entre Tracia y Anatolia son, no solo a nivel económico, notables.

En el fondo de la cuestión, aún sin contemplar esta perspectiva, lo esencial para la UE es dar una oportunidad a Turquía (unida o desmembrada); y a este respecto solamente hay dos posibilidades: o bien Turquía se integra en la UE con todo lo que ello implica (el fin de la UE, sin ir más lejos, y el triunfo del proyecto del califato otomano del siglo XV con la ocupación pacífica de Europa Occidental) o bien la UE contribuye a ayudar a Turquía para que reoriente su política exterior. Y esta segunda posibilidad ya resulta mucho más interesante.

No es la primera vez que Europa se preocupa del destino de Turquía. A finales del siglo XIX, el Kaiser Guillermo II fue aclamado en su visita a Ankara en la inauguración de la vía férrea Berlín-Ankara. Sin embargo, no se trataba de orientar a Turquía en dirección a Europa, sino de orientar a este país en dirección al mundo árabe (con el que sus relaciones culturales, religiosas y antropológicas son mucho más fluidas y homogéneas). Esta orientación hubiera triunfado definitivamente si la Primera Guerra Mundial no hubiera entrañado la derrota de los Imperios Centrales y, con ellos, también de Turquía. Esa orientación hubiera hecho mucho más difícil la penetración de EEUU en el mundo árabe y, sin duda, el panorama de Oriente Medio sería hoy mucho más pacífico y estable.

Ese modelo de política en relación a Turquía está todavía vigente. Turquía no puede estar dentro de la UE, simplemente, porque no es Europa. Dentro de la UE, como máximo, solamente cabe un 5% de Turquía, la región de Tracia. De producirse la hipotética desmembración del país, esa zona sí tendría lugar en la UE, pero de soportar Turquía las tensiones que se le vienen encima en cuanto concluya el conflicto en Irak, la política más responsable desde el punto de vista europeo consistiría en orientar la política turca en dirección sur y sur-este. Mantener una de las orientaciones actuales de la política turca, la idea pan-otomana, tendría, como hemos visto, la consecuencia nefasta de agudizar los conflictos en el núcleo central de Eurasia, una idea a desestimar: la paz interior en el espacio euroasiático es garantía de la paz mundial. Cualquier elemento desestabilizador de Eurasia debería ser conjurado de la manera más enérgica.

Por otra parte, el eje euro-ruso precisa alejar al máximo los conflictos en sus fronteras. Además de las fricciones que puedan surgir entre Rusia y sus repúblicas ex soviéticas, la única posibilidad de que puedan aparecer nuevos frentes de fricción está en las zonas fronterizas con Turquía. Pero, en las actuales circunstancias, atañen solamente a las fronteras y a la seguridad turca; los problemas están alejados del territorio de la UE y sería absurdo que se intentara integrar a Turquía, consiguiendo así que un foco de tensión en las fuentes del Éufrates terminara afectando directamente a Lisboa o a Dublín…

Algunas conclusiones

Desde el punto de vista geopolítico, la adhesión de Turquía a la UE crea más problemas de los que resuelve. Desde el punto de vista de los intereses de la UE –los únicos que cuentan a nuestros efectos- el objetivo principal es asegurar la estabilidad del espacio euroasiático dentro de un mundo multipolar en el que tres de los cuatro actores principales estarían en este espacio (la UE, Rusia y China). Esa estabilidad pasa a través de forzar a Turquía a adoptar una política de expansión hacia el Sur, no hacia el Norte (Rusia), hacia el Este (china) o hacia el Oeste (Europa). Esa necesidad pasa por desactivar la pretensión de Turquía de generar un espacio turcófono en el territorio de las antiguas repúblicas soviéticas. La desmembración de Turquía y la integración de Tracia en la UE daría a esta federación el control de una orilla del Bósforo y de los Dardanelos, esto es, supondría una mano tendida hacia Rusia, una cooperación en su reconstrucción y una apertura al Mediterráneo.

Desde el punto de vista geopolítico, la penetración de la UE en Turquía tiene como ejemplo histórico y como precedente la expansión de la Grecia de Alejandro Magno hasta mucho más allá de su espacio geográfico propio: se expandió y fracasó. El ejemplo contrario es el Imperio Romano: Roma se configuró como una potencia Mediterránea… y triunfó. Ninguna potencia puede estirar excesivamente sus líneas, integrando territorios inmensos en su imperio, sin exceder su espacio geopolítico y, por tanto, sin diluir su influencia. Eso mismo aprendieron los norteamericanos cuando renunciaron a conquistar Nicaragua, México y Centroamérica a lo largo del siglo XIX. En efecto, los territorios conquistados y las poblaciones residentes en ellos, supondrían una excesiva extensión del territorio de los EEUU y, al mismo tiempo, hubieran roto su unidad lingüística. De ahí que, tras el fracaso de los “filibusteros” en Nicaragua, EEUU renunciara a extenderse más allá de lo que ya se había extendido. A partir de entonces tendría sólo protectorados, nunca más nuevos Estados. La lección histórica no debe jamás perderse de vista. Una Unión Europa que llegue desde Finisterre a las provincias islámicas del Oeste de China es impensable. La integración de Turquía (y del espacio panturco) en la UE supondría el aumento asindótico de los riesgos para nuestra seguridad. Turquía tiene frontera con las zonas más cálidas del planeta en estos momentos: Palestina-Siria-Israel e Irak. Nos introduciría en zonas de conflicto calientes y nos enfrentaría a nuestros dos parteners euroasiáticos.

Por todo ello, Turquía debe ser mantenida fuera de la UE

Europa no puede aceptar en su club a un país dirigido por islamistas. El islamismo es incompatible con los principios que hasta ahora han regido la construcción de Europa. Islamistas moderados e islamistas radicales coinciden en unir la esfera política a la religiosa. Tal y como hemos demostrado en el capítulo anterior, ambas esferas caminan juntas y forman un todo inseparable para cualquier islamista consecuente. Cada cual elige su confesión; no es nuestra intención juzgar a ninguna confesión, simplemente mostrar que, por digno que pueda considerarse política y religión como las dos caras de una misma moneda, ésta no es la idea que los europeos tenemos de nuestra Unión.

Turquía está en vías de “reislamización” y ha dejado atrás la herencia kemalista. Lo ocurrido durante los días previos a la invasión de Irak es suficientemente significativo. Ciertamente, amplias masas populares se opusieron a esta guerra, pero lo que nos interesa destacar no es el hecho en sí de la oposición, sino los motivos en los que se apoyaba la argumentación en contra del conflicto. No era lo mismo estar contra la guerra por pacifismo que por ser miembro de Al-Qaeda… El gobierno de Ankara no apoyó la invasión porque el objetivo era un país árabe. Diferente fue cuando se trató de invadir el Norte de Chipre.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

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