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Infokrisis.- El que mujeres fuera del mercado sexual norteamericano, por razones de edad (o de sus propias neurosis), se vayan al Caribe al encuentro de gigolós negros de baratilo, es, en síntesis, el argumento de esta película que al cabo de media hora se convierte en un peñazo insoportable. Pero, afortunadamente, esta cinta, aburrida y ñoña, nos va a servir como excusa para realizar algunas reflexiones sobre la sociedad americana.

 
Un argumento simple, demasiado simple, casi simplón…

La película nos lleva al Haití de finales de los setenta. Allí han ido a coincidir un grupo de mujeres de más de 45 años, con la sana intención de realizar turismo sexual. Su único vínculo es un joven negro de apenas 18 años, un gigoló cuyos servicios se disputan. El gigoló es asesinado por los ton-ton macoutes, las fuerzas vivas del presidente François Duvalier, y las maduritas yankees o se buscan a otro amante o regresan a su país. Así de estúpido es el argumento de esta película franco-canadiense dirigida por Laurent Cantet y quizás cuyo único atractivo es ver a una avejentada Charlotte Rampling haciendo una memorable actuación

Puestas así las cosas, esta película ramplona, lenta y con argumento plano no va a ningún sitio, aburre hasta las piedras y ni destaca por la fotografía ni por el papel del reparto –la Rampling aparte- aun a pesar de que el gigoló recibió el Premio Mastroiani del Festival de Cannes.

Si nos atenemos a sus cualidades filmográficas la película merece un cero patatero, pero si vamos al fondo de la cuestión, la película, torpemente y casi sin pretenderlo, nos sitúa ante un drama mucho más profundo...

La tragedia sexual norteamericana

El que un grupo de norteamericanas blancas, de clase media, divorciadas todas, vayan al culo del mundo a procurarse un amante negro dice muy poco de ellas y mucho menos de la civilización que les ha obligado a ir allí. Esta película, en el fondo, no es sino la prolongación de la frivolidad y vacuidad de “Sexo en Nueva York” para mujeres fuera del mercado sexual por motivos de edad.

En EEUU, hacia mediados del siglo XX, nació un tipo de mujer muy particular cuyo arquetipo eran todas las Marilyn Monroe y Jane Mansfield de pacotilla que pretendieron imitar al modelo original: mujeres curvilíneas, de medidas y aspecto de pantera, huecas, de escasa cultura y menor estilo; pero, particularmente, de rápido envejecimiento. Las carnes, y todo lo que está hecho de carne, cae al poco tiempo por efecto de la gravedad. Hasta que no se generalizó la cirugía estética en las dos últimas décadas del siglo XX este tipo de mujeres tenían un límite “de uso”: los 40 años. Más allá de esa época, estaban gastadas y prematuramente avejentadas. Y lo sabían.

Además, la civilización americana practicó un culto a la perfección física y a la juventud que casaban mal con aquellas mujeres cuyo metabolismo cambiaba con el primer hijo o con el climaterio y tenían tendencia a engordar. Esas mujeres quedaban, empleando palabras de Evola, “fuera de uso” o “fuera del mercado” y eran sustituidas por otras más jóvenes con las que no podían competir.

Ese tipo de mujer, a lo Marilyn, es portadora de una contradicción sorprendente: su vistosidad y apariencia contrastan con su casi absoluta falta de capacidad para gozar. Habitualmente neurasténica, la mujer americana antepone la perfección física y el afán consumista a cualquier otro valor, incluido el placer. Conoce el orgasmo tanto como al extraterrestre de la esquina. Su frigidez y su absoluta incapacidad para gozar son el síntoma de una civilización que sigue siendo inmadura aun cuando esté en pleno declive.

El hombre americano se ha convertido en máquina de ganar dinero (si no lo hace puede dudarse incluso de su hombría y desde luego evidenciará su falta de competitividad, lo más importante para la civilización americana) y la mujer americana, instigada por las feminitudas, aspira solamente a competir con el hombre en ese mismo terreno: el del dinero. De hecho, las sufragistas del XIX nacieron, justamente, porque en la ideología calvinista la marca con la que Dios señala a sus elegidos es el triunfo económico, por tanto, la mujer quiso competir con el varón en este terreno. Y lo ha conseguido, aun a costa de multiplicar la inestabilidad familiar y, especialmente, aventurar su frigidez congénita.

¿Qué hacer cuándo se está fuera del “mercado sexual”?

Irse al Caribe, por supuesto. Allí uno se pega un polvo con la facilidad con que aquí se compra un bollo (con perdón) y casi por el mismo precio. Porque en el Caribe la mercancía más barata es el sexo.

Cuando no se liga ni con Araldit, lo mejor es buscar plan en la calidez del Caribe. Lo que el turista sexual encuentra allí es sexo fácil, casi adolescente, y a buen precio. Si quiere disfrutar de él debe tener la cabeza fría e inhibirse de todos los moscones que se acercarán a él en busca de ayuda. Sí, porque en el Caribe, cuando alguien accede a acostarse con un turista, no le vende sólo sexo, sino que lo que contempla es realizar una inversión a corto plazo: venir a Europa o a los EEUU.

Hemos conocido a demasiadas amigas divorciadas y menopáusicas acudir a las reservas de turismo sexual del Caribe o de Marruecos en busca de un polvo a buen precio y regresar con el gigoló de turno. El plan del gigoló se desarrolla en dos fases: la primera encontrar a alguien que por vía vaginal le ayude a salir de aquel infierno de humedad, tormentas tropicales, miseria y corrupción. La segunda fase es más ambiciosa: una vez en el Primer Mundo sobrevivir sin pegar ni clavo. Si pueden viajar hasta el Caribe es que son millonarias, y si son millonarias, los polvos en el Primer Mundo se revalorizan. Recuerdo una amiga que se trajo al consabido cuarterón de la ardiente Cuba. Ni la chica era multimillonaria ni estaba dispuesta a que el vibrador con patas estuviera todo el día sin dar un palo al agua. Así que, dado que tenía estudios de electricista, me pidió que le buscara trabajo. En el primer encuentro comprendí la naturaleza del problema: el chaval no tenía la más mínima intención de trabajar. Para eso ya estaba ella. Estas cosas, no solamente le pasan a Raquel Mosquera…

Pero también he conocido muchos casos inversos. Chico con poca experiencia en la aproximación al ligoteo vil, decide pasar unas vacaciones en el Caribe. Allí las chicas son tan pegajosas como el calor, y este tipo de hombres tiene tendencia a ligar con la primera que se le aproxima. Ella se curra la página de la pena: le cuenta lo mal que vive allí, que ni siquiera tienen papel para limpiarse el culo y que, aunque lo tuvieran, no podrían utilizarlo para no obstruir las cañerías. El hombre queda conmovido con argumentos de tal jaez y, una vez en el aeropuerto, jura y perjura que volverá a buscarla. Al cabo de seis meses se casan y medio año después, ella puede venir con papeles a España. Ha conseguido su primer objetivo: salir de aquel hoyo. Queda el segundo: vivir del cuento. Un divorcio a la española supone, como mínimo, 800 euros asegurados. Un fortunón para las economías caribeñas.

¿Que usted no liga? Le damos un consejo: no vea el Caribe como su salvación. Todo lo que hay en el Caribe, como todo lo barato, a la postre, termina saliendo caro.

Lo reprobable del turismo sexual

La gracia de “Hacia el Sur” es que plantea el tema del turismo sexual sin que aparezca la frase en lugar alguno. Y lo sorprendente es que ni el director, ni el guionista, censuran a las protagonistas en lugar alguno su actitud de perras en celo (la frase no es nuestra, en un momento dado de la película la Rampling se la dedica a su recién estrenada amiga, Brenda: “¿Quién iba a decir que Brenda se iba a convertir en una perra en celo?”).

Seguramente lo que hay es cierta discriminación positiva: si un varón va a Tailandia o a Barbados en busca de una rica hembra de carnes tan tostadas como prietas, es un infame turista sexual que merece la cárcel por acostarse con menores; pero si son mujeres las que van en busca de espigados negros, la cosa no solamente no es censurable sino que es, antes bien, una muestra de libertad sexual. Así de estúpido es el planteamiento.

No nos engañemos: las protagonistas de la película van en busca de turismo sexual y al director no le parece bochornoso que las únicas veces que follan al año sea en vacaciones y con negros de baratillo. Casi parece deducirse que, en el fondo, es lo que procede cuando no logran pareja en su tierra.

Esas mismas mujeres que se van al Caribe a tirarse al primer gigoló afro que aparece en su hotel son las mismas que en los EEUU se negarían a acostarse con un negro de Harlem o de Nueva Orleáns; no es una intuición, es otra frase de la película: “Brenda, con las ropas que le has regalado a Lenka, parece un negro de Harlem. No me gustan los negros de Harlem”. Frase de innegable contenido racista.

Por cierto que el papel encarnado por la Rampling no es el único racista. El director del hotel es un tipo genial: nacionalista negro cuyo abuelo se jactaba de no haber dado nunca la mano a un blanco y de que, cada vez que le presentaban a uno, daba una vuelta en torno suyo para asegurarse que no tenía cola, es un redomado racista con sus propios colegas étnicos. Es curioso este afinado racismo que subyace en la raza negra y que jamás he podido entender. En varias ocasiones, en África y en el Caribe, hablando con negros adinerados, me preguntaban cómo es que hablaba con otros negros. Me decían: “… son negros, guárdate de ellos”. Y yo no entendía nada: “Perdona, pero ¿tu no eres también negro?”. Y ellos me justificaban que no: bastaba un simple matiz del color de la piel, por pequeño que sea, para crear barreras mucho más profundas que las que puede existir entre un racista del Ku-Klux-Klan y un mandinga. El Caribe –y este es otro de los aspectos más desagradables de la zona- está jerarquizado al límite en función del color de la piel: si eres rubio triunfas en el Caribe, si eres negro textura azabache estás sumido en las profundidades de la escala social. El negro es un lobo para el negro, y todo por un quítame allá unas gotas de melanina.

Sobre las virtudes sexuales de la raza negra

La película subraya la ternura puesta por los gigolós negros al contactar con sus clientas anglosajonas. Se subraya la “belleza” de la raza negra. Hay gente para todo, como puede verse. Al parecer, en ambientes progres, estos tópicos son absolutamente intocables. Si osas cuestionarlos, la acusación de racismo es fulminante. Así que vamos a autofulminarnos.

No hay que descartar que, para gentes particularmente inexpertas en el arte del amor, cuyos parteners han sido completamente inhábiles para encarrilarlas por el camino del orgasmo, o cuyas facultades eróticas dejan mucho que desear, estallen en una cascada de orgasmos de pago en cuanto les dan lo que piden. Tampoco puede descartarse que el mito sobre la habilidad sexual de los negros aporte una especie de placebo, por si mismo. Y, por supuesto, no hay que descartar que haya degeneradas que si no follan con un negro no se entonen. De todo tiene que haber, que decía aquel.

Ahora bien, la sabiduría universal indica que “lo semejante se une a lo semejante”, casi inevitablemente. La raza negra es un producto del clima: el calor asfixiante y húmedo, incapacitante para la creación y la invención, que incita a la posición horizontal (solo o en compañía de otros), que genera una frondosidad tal que hace inútil los cultivos y sólo cuenta esperar la caída del fruto del árbol, explica el por qué amplias zonas de África se encuentran todavía en el neolítico; y de todas las áreas geográficas, sean las ocupadas por la raza negra las más refractarias a la modernidad. Me limito a constatar lo que hay.

En “mis viajes a lo largo y ancho del mundo” he pasado por países del África subsahariana y del Caribe. Dar un beso en una mejilla a una nativa es tomar contacto con una piel grasienta y sudorosa que no parece ser, desde luego, el mejor atractivo erótico. Para colmo, contrariamente a lo que opina el guionista de “Hacia el Sur”, la piel negra tiene un tacto completamente diferente al que estamos habituados. Ni mejor, ni peor, diferente. Y en lo que se refiere a habilidades sexuales, ¿qué quieren que les diga? Para colmo, uno termina empapado en el sudor de la otra persona y oliendo raro. Sí, porque los orientales dicen que los europeos olemos raro –y seguro que es cierto, para ellos- pero es que orientales y caucásicos coincidimos en que los afros tienen un olor demasiado fuerte como para que pueda eludirse. El ala de presos negros de la Santé era, ya a principios de los 80, famoso por su bouquét característico.

En el Caribe, los afros tienen dos aficiones únicas: la primera es hacer el amor a cualquier hora, la segunda bailar al ritmo de la percusión. El vudú y la macumba, el candomblé y los distintos “palos”, solamente podían haber nacido entre gentes con una tendencia acusada a la música de percusión, con una gama total esquelética y con un poder extático absoluto. La raza africana está mucho mejor dotada para el ritmo que para cualquier otra cosa. Los bongos, el rap, el reggae, la salsa, el regatón, son muestras de la música negra o mestiza: para algunos de nosotros insoportable, machacona y particularmente extática y, por ello, peligrosa. Parte de esa música es la que suena en nuestras discotecas. En “Hacia el sur”, basta con que una banda de salsa empiece a tocar los bongos para que Brenda, la protagonista, entre en trance como en el mejor rito vudú. En realidad, la percusión lo que logra es abolir el principio de la personalidad, pero no para alcanzar estadios superiores de la misma, sino para sumir al danzante en un estado subpersonal en el que los sentidos se embotan y el ser se disuelve en una especie de humus infrapersonal. Otro buen motivo para que a la protagonista le encante Haití.

Ese estadio infrapersonal es el más próximo al primitivismo que muy frecuentemente aparece en la raza africana y que ayer emanaba también en la película que comentábamos –“El señor de la guerra”- en las masacres organizadas por siniestros dictadores tribales.

Todo este planteamiento se completa con la droga (el gigoló negro es especialista en liar porros trompeteros de singulares dimensiones) y el bochorno ambiental. El Caribe no se olvida jamás. Personalmente, para mí el Caribe es una reiteración de la primera impresión que tuve cuando se abrió la puerta del avión en el aeropuerto de San Juan de Puerto Rico y una bocanada de aire húmedo y asfixiante me dio en la frente. Todo lo que el viajero puede encontrar en el Caribe atonta. Para colmo viene un huracán y se te lleva hasta la boina.

Una sola conclusión

Hubo un tiempo en el que la izquierda progresista experimentaba una especie de atracción insana e irracional por el sudor obrero. Chicos de clase media alta o alta altísima, “iban al pueblo” y no perdían ocasión de mostrar su solidaridad con las clases trabajadoras, a las que amaban como el amante ama a su amor: con esa voluntad de protección que sigue a la atracción admirativa hacia su ser. En el marxismo omnipresente de los años 60 y 70, en esta atracción casi erótica del intelectual progresista de izquierdas por la clase obrera se percibía una atracción insana como la que podría experimentar un ñu por una vaca.

Hoy, esa misma izquierda progresista ha cambiado sus gustos. La clase obrera europea es una fauna en extinción y ya no huele como antes. Se baña, se ducha y utiliza desodorantes. Los cuerpos de los trabajadores y las trabajadoras europeos son asépticos para la izquierda progre. Así que han buscado ese sabor diferente en la inmigración, en todo lo que no es como ellos. En el fondo, la izquierda progresista solamente se sentía viva y superior a algo, cuando se sentaba junto a obreros a los que enseñaba las lindezas del materialismo dialéctico y de la lucha de clases. Y hoy, sus herederos, o incluso ellos mismos, ya canosos y barrigones, solamente se sienten superiores cuando se sientan junto a los subdesarrollados. Y de entre todos ellos, los subsaharianos son, desde luego, los que dan más juego.

“Hacia el sur” es una película de contenido progresista. Su mensaje es: mujer blanca neurótica solo puede ser redimida por el amor de un gigoló afro. Y si la película acaba mal se debe, no a diferencias étnicas e identitarias, sino porque Papa Doc y sus “Ton Ton Macute” gobernaban en Haití. Una vez más resulta gracioso que cuando ya no están ni Papa Doc ni su bienamado hijo mastodóntico, el jovencito Duvalier, las cosas en Haití van peor que nunca.

Para resolver esa situación, nuestro gobierno formado por claros varones de España, destinó un regimiento que formó una unidad mix con militares marroquíes que, además, fueron los jefes. En el fondo, el gobierno ZP mira al Sur como las tres norteamericanas de esta malhadada película miraban a un negro que las consolara.

Aviados vamos con cine como éste y con un gobierno como el surgido del 11-M.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 22.08.06

 

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