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Infokrisis.- Dado el mes de vacaciones en que nos encontramos, hemos decidido publicar una serie de catorce artículos sobre el cine actual, nacional y extranjero. Las películas no han sido seleccionadas en función de ningún factor especial, salvo el estarse proyectando en estos momentos o haberse estrenado a lo largo de 2005. Empezamos con la opera prima de Carlos Iglesias, Un Franco, 14 Pesetas.


Opera Prima de un presunto impresentable

Si hubiera sido por su historia anterior, no hubiéramos ido a ver esta primera película dirigida por Carlos Iglesias. Para quienes no estén familiarizados con Iglesias, recordaremos que se labró una fama inmerecida a la sombra de Pepe Navarro y de su ominoso programa “La sonrisa del pelícano” de hace más de una década. Iglesias hacía un papel de mariquita inefable y cotilla que luego prosiguió Florentino Fernández con su nefando “Krispín Jander”… Acabada esta etapa, Iglesias volvió a TV travestido de pintor  junto a Ángel de Andrés jr., diciendo ser el introductor del gotelet en España. Aquella serie demostró que los guionistas son capaces de hacer productos absolutamente infumables y, sin embargo, el público puede aceptarlos. Me decía un profesor de marketing y publicidad que si se coloca una mierda bien aplanada en un escaparate, siempre habrá alguien que la compre. Aquella serie demostró que Iglesias tenía capacidades desconocidas como actor, pero la mediocre factura del guión hizo que su potencial interpretativo no se vislumbrara en aquella época en su dimensión real.

Así pues, ya saben de dónde procede Carlos Iglesias. Pues bien, Iglesias es, a partir de esta película, un buen actor, un muy buen director y un excelente guionista. Porque, en efecto, la película “Un Franco, 14 pesetas” es su opera prima en los tres niveles de dirección, guionista y representación. El resultado no es solamente bueno, es excelente.

Si hubiera que comparar a Iglesias con otros directores españoles, francamente, nos parece muy superior a Amenabar en su “Tesis” o al propio Trueba (Fernando) en “Soldados de Salamina”. El tiempo dirá cuál de estos tres directores logra consolidar su carrera. La “Tesis” de Amenabar tiene un mediocre casting, incoherencias de guión y fotografía mediocre. En cuanto a “Soldados de Salamina”, la película es superior a las que ha dirigido posteriormente. Veremos qué ocurre con Iglesias. Por el momento, cabe decir que esta primera película es superior a la de los otros dos directores que hemos mencionado al azar y que hoy están de moda en el panorama cinematográfico español. Así como Amenabar ha consolidado posteriormente su carrera, no ha ocurrido así con Fernando Trueba. Veremos si Iglesias logra mantenerse en el brillante camino emprendido en esta su primera obra.

Cuando el cine es “honesto”

El ambiente cinematográfico español está dominado por el progresismo de izquierdas, salvo honrosas excepciones. El cine progresista es un cine fundamentalmente demagógico y tópico, un cine hecho de odio, resentimiento y frecuentemente avinagrado. Siempre maniqueo y, por lo demás, pretencioso, torpe e ignorante. Especialmente cuando trata temas sociopolíticos.

La temática de “Un Franco, 14 pesetas” es, precisamente, sociopolítica. Trata de la emigración española de los años 50 y 60. Era fácil trazar un paralelismo demagógico y humanitarista entre aquella emigración y la inmigración masiva que llega a nuestro país. Como si una y otra migración tuviera algo que ver. No lo tiene. La totalidad de directores “progres” habría intentado recalcar estos paralelismos inexistentes. Iglesias no cae en la trampa y realiza una película fundamentalmente honesta (además de entretenida, descriptiva y realista).

Iglesias nos presenta a nuestra emigración de los años 50-60, tal como fue.

Hubiera sido demasiado fácil –e irresistible para un director “progre”- haber aprovechado que, cronológicamente, el argumento se situaba en los albores del desarrollismo franquista para realizar una crítica grosera al régimen de la época. Iglesias no cae en la tentación, pero hace algo mejor: pinta con unos pocos trazos la España de aquella época. Aquellos años en los que nosotros mismos éramos niños, no fueron ninguna ganga. Cuando cumplí los cinco años, todavía había restricciones de luz, cartilla de racionamiento y los empedrados de las calles estaban recorridos por carros tirados por caballos; los trenes seguían siendo de vapor y las calles estaban recorridas por un parque móvil en el que menudeaban los modelos de la preguerra. El color dominante en aquella época era el gris, gris oscuro, si se nos apura. Tiempos tristes, tiempos de miseria, tiempos de subdesarrollo y, paradójicamente, tiempos en los que la población española luchaba por la existencia con mucha más energía, humanidad y alegría que hoy.

Iglesias no carga las tintas, describe el tono gris que convenía a la España de la época. Está claro que el protagonista huye de la miseria, el subdesarrollo y la precariedad. Llega a Suiza y allí trabaja duro. Cuando regresa, aquella España le parece sucia, miserable, pobretona y nada en ella le recuerda la más mínima belleza ni calidad de vida. Eso mismo nos ocurrió a nosotros cuando empezamos a viajar por Europa de muy jóvenes y nos sorprendía la belleza y valor artístico de algunas ciudades y pueblos europeos, que no podíamos evitar comparar con aquella España en vías de desarrollo, urbanismo salvaje, mal gusto, casas baratas y ausencia de modelo urbanístico. Luego resultó que Auvervilliers o Bobigny eran tan infames como San Blas o Belvitge, pero entonces no lo sabíamos. Lo rigurosamente cierto es que, no ahora, sino desde hace dos siglos, la fealdad ha acompañado el crecimiento urbanístico, tanto en las grandes ciudades como en los pueblos olvidados de la piel de toro. Iglesias pinta este cuadro con singular habilidad, comparándolo con el entorno idílico de la Suiza germana.

La belleza intrínseca de los Alpes, con sus construcciones puntiagudas, la pulcritud de sus líneas y el nivel de educación de sus gentes, llamaba la atención de nuestros emigrantes. En aquella época apenas se conocía en España lo que era el rollo de papel de WC. En un momento dado, uno de los protagonistas de la película pregunta: “¿para qué sirven aquí los periódicos?”. En efecto, el uso del rollo de papel de WC se generalizó solamente en España a partir de los años 60. Antes, el papel de periódico servía tanto para envolver compras en el mercado o en una tienda de ultramarinos (el tradicional “cucurucho”) como para limpiarse el culo. Solamente a partir de los años 60 se instalaron papeleras en las calles. No puede extrañar que nuestros inmigrantes tiraran sus papeles al suelo ante el estupor y la mirada de censura de suizos, franceses, alemanes, belgas y holandeses. En aquel momento empezaban a sentirse los efectos de las “conquistas sociales” del régimen franquista: la Seguridad Social instituida por Girón de Velasco o la todavía limitada enseñanza pública gratuita. Cuando nuestros emigrantes cruzaban la frontera advertían que en Europa se vivía en pleno “Estado del Bienestar” mientras que en España era todavía un proyecto a décadas vista.

El sueldo de un año de un oficial primera en francos suizos permitía a un español comprar un piso en Madrid… El franco suizo, como indicaba el titulo de la película, se cotizaba entonces a 14 pesetas y un salario habitual en Suiza era diez veces el salario medio en España, en torno a 15.000 pesetas.

No hay exageración en ninguno de los planteamientos del guión, ni en las escenas filmadas por Iglesias. Si esta película es algo, es, fundamentalmente, una película realista y honesta con la verdad socioeconómica de aquellos años.

Nuestros emigrantes: una página honrosa de nuestra historia

Laboriosos, ingenuos, bienintencionados, esforzados y con capacidad de aprendizaje y adaptación. Tales pueden ser los adjetivos que definan a nuestra emigración de aquella época. Llegaron a Europa para reconstruir el continente asolado por las bombas de la Segunda Guerra Mundial o para contribuir al desarrollo económico de otros países como Suiza. Sus giros de fondos contribuyeron a que sus familias pudieran vivir algo mejor que la media en aquella España que vivía en la precariedad. Allí donde fueron, supieron ganarse el aprecio de los anfitriones. Como en toda migración, entre ellos hubieron vagos, vividores y estafadores, pero en número tan inapreciable que todo lo que se recuerda de ellos en Europa es positivo. En Suiza todavía quedan 90.000 de nuestros compatriotas, que se quedaron allí y allí se han ido jubilando.

Nada que ver aquella migración ordenada, escalonada y profesionalmente preparada, con la inmigración actual que estamos sufriendo: masiva, desordenada, anárquica, innecesaria y desestabilizadora en todos los sentidos. No creemos que Iglesias haya pretendido hacer una perífrasis simbólica entre las dos inmigraciones, pero la comparación es inevitable. Aquella emigración no tiene nada que ver con la actual inmigración que llega a nuestro país. Nuestros trabajadores contribuyeron a aumentar la productividad allí donde estuvieron. La inmigración que sufrimos está operando, por el contrario, una constante bajada en la productividad española. Los hijos de nuestros emigrantes estudiaron en escuelas de los países  donde sus padres radicaron y lograron buenos rendimientos escolares, muchos llegaron a la universidad y hoy ocupan puestos de responsabilidad en los países que los acogieron. No hay ni un solo caso de que los hijos de nuestros emigrantes causaran un perjuicio al sistema educativo del país que los acogió. Ni uno. Hoy, por el contrario, el sistema educativo español está pulverizado a causa de la inmigración masiva.

A pesar de que Iglesias no lo haya pretendido, la comparación entre las dos inmigraciones es inevitable. La inmensa mayoría de nuestros compatriotas fueron apreciados por sus anfitriones. Muchos se casaron con chicas de aquellos países y llevaron su alegría y su capacidad de animación allí donde estuvieron. Nadie les acusó nunca de haber vulnerado las costumbres y tradiciones locales: se adaptaron pronto a las costumbres de los países más desarrollados que les acogieron y ningún gobierno invirtió un solo dólar en promover la “integración” de nuestra gente. Podemos estar orgullosos de ellos y podemos estar orgullosos de que Iglesias haya convertido su película en el paradigma de lo que fue aquel movimiento social hacia Europa.

Un casting brillante para una película de ambiciones modestas

La película contó con el apoyo de varias instituciones oficiales, autonómicas y de varias televisiones. Siempre hemos estado tentados de pensar que cuantas más referencias a este tipo de entidades aparecen en los créditos, más riesgo hay de que la película sea literalmente un bodrio. Da la sensación de que la industria del cine español se ha habituado el régimen de subvenciones indiscriminadas que cubren la tercera parte del presupuesto. Eso explica el porqué se filman películas absolutamente deleznables del género de “Pocholo y Borja Mari”, por citar sólo una de las dos docenas de este tipo de productos de dudoso gusto y mínima calidad que se lanzan cada año en nuestro país y que explican la situación de crisis permanente del cine español. Si, porque habitualmente los presupuestos iniciales se hinchan de tal manera que la subvención cubre el 100% del coste real de la película. La taquilla, por baja que sea, supone desde el principio beneficios adicionales. Así está la industria española del cine… y así se explica el por qué vive una crisis permanente.

“Un franco, 14 pesetas”, ha recibido también subvenciones públicas, pero la cuestión es que existe una evidente desproporción entre los fondos inyectados y el resultado obtenido. La película, inicialmente, no tenía grandes ambiciones; muy pocos creían, por lo demás, en que Iglesias, lograría una obra maestra en su primera incursión en la dirección. Pero lo que logra es un triple acierto como actor, director y guionista. Raro, pero alguna vez tenía que ocurrir.

Uno de los factores del éxito de esta película es su casting. En efecto, tanto la selección de los papeles protagonistas como de los actores de reparto es magistral: desde la patrona suiza hasta los padres de la pareja protagonista suponen una paciente búsqueda de perfiles. Vale la pena mencionar a un actor al que ya hemos visto en otras películas españolas de los tres últimos años y al que auguramos un brillante porvenir en la escena. Se trata de Javier Gutierrez, el otro emigrante que acompaña a Suiza a Iglesias. Gutierrez tiene los rasgos del español característico de aquellos años: pequeño, con bigotillo, aspecto de macho español calentorro y permanentemente sorprendido por la marcha de las mujeres suizas y, finalmente, hábil operario salido del PPO (Promoción Profesional Obrera, la antigua formación profesional). En cuanto al rol protagonista, la interpretación de Iglesias está a tono con su papel como guionista y director: sencillamente sobria y genial, en extremo alejada del que conocimos en los tiempos de Pepe Navarro y el gotelet.

Resulta muy difícil que esta película, especialmente para los que rondamos los 50 años y también hemos tenido experiencias en la emigración forzada (a causa de nuestra militancia política hemos permanecido casi cuatro años en el exilio en distintos países extranjeros y vivido situaciones muy parecidas a las que narra esta película),  no nos haya hecho recordar vivencias personales.

En realidad, el cine es espectáculo. No es raro que las superproducciones alcancen las más altas cotas de taquilla. El “Código Da Vinci” hace dos meses, y en el momento en que escribimos estas líneas “El cofre del hombre muerto”, la esperada secuela de “Piratas del Caribe”. Esta película no es una superproducción, de hecho podríamos clasificarla en el género intimista o incluso en la denuncia social. Para que una película así no sea un verdadero peñazo demagógico o una sarta de estupideces que inducen al sueño, hace falta que el espectador encuentre un eco en su interior mientras el proyector va desgranando la película. En nuestro caso así ha sido. Nosotros no fuimos emigrantes económicos, sino exiliados políticos; pero unos y otros vivimos experiencias muy parecidas. En nuestro caso, la sorpresa por todo lo que veíamos en el extranjero y desconocíamos todavía en España (vi el primer ordenador personal en el escaparate de una tienda de la parisina calle de Gay-Lussac, cerca de los jardines de Luxemburgo y en Caracas pude visitar el primer centro comercial americanizado, cuando aún en España todavía faltarían cinco años para que irrumpieran).

Películas como ésta nos reconcilian con el cine español: no todo lo que se filma en nuestro país es un bodrio o una retahíla de tópicos demagógicos de la progresía amanerada. También en nuestro suelo hay un cine brillante que merece ser visto.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 13.08.06

 

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