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Infokrisis.- Publicamos la III entrega de la serie "Rusia y el destino de Europa". En esta tercera parte abordamos una proyección geopolítica para el futuro. Las relaciones entre los principales actores geopolíticos euroasiáticos, la emergencia de potencias regionales nuevas en el ámbito euroasiático, los factores de desestabilización y, finalmente, el destino de los EEUU. En breves días publicaremos la II Entrega.

 

I. Los factores de la estabilidad en Eurasia.

Si nuestro espacio geopolítico “ampliado” es Eurasia, es evidente que todas las políticas exteriores de nuestros gobiernos deben tender a asegurar la estabilidad en ese marco geográfico. Falta saber ahora en qué deben basarse esas políticas y de qué manera pueden interactuar. Tales son los objetivos de esta III Parte de nuestro estudio.

Los factores de estabilidad euroasiática deben basarse en las relaciones de amistad y cooperación entre los tres actores principales que operan en ese marco geopolítico, a saber: la Unión Europea, Rusia y China. Estos tres países disponen de tecnología, élites científicas, peso militar y recursos energéticos (desigualmente distribuidos, pero en su conjunto suficientes).

Si bien es cierto que el consumo de petróleo aumenta anualmente en China a razón de un 15%, ése es un aliciente más para planificar a corto plazo nuevas políticas energéticas que, por una parte, atenúen el impacto de la escasez de petróleo y por otra, abran el camino a energías de sustitución. En el primer punto, Eurasia debe tender a reorganizar su agricultura, repoblar las zonas abandonadas y dedicarse lo antes posible a cultivos reconvertibles en etanol y biodiesel capaces de asegurar una parte sustancial del suministro energético y alcanzar niveles de autosuficiencia en esta materia. En el segundo punto, China, Rusia y la UE deben realizar inversiones e investigaciones conjuntas en materia de nuevas tecnologías energéticas, redoblando especialmente los trabajos en el campo de la energía de fusión nuclear.

El objetivo central de las políticas económicas debe ser el reconocimiento del fracaso de la globalización, de la economía globalizada y la planificación económica en el ámbito euroasiático. Se trata, no solamente de garantizar el abastecimiento de los mercados, sino dignas condiciones de vida a la población. No se trata solamente de producir en los lugares más baratos, ni donde existan menos derechos y coberturas sociales, sino de extender los derechos del Estado del Bienestar a todo el espacio euroasiático. Los principios del liberalismo a ultranza ya no sirven en esta nueva fase de la economía mundial. Se trata de orientar inversiones, planificar zonas de producción, lograr un desarrollo sostenible que evite zonas y clases sociales depauperadas, que asegure políticas demográficas y educativas, calidad de vida para espacios cada vez mayores de nuestro ámbito geopolítico máximo (Eurasia) y, finalmente, logre los tres objetivos de todo buen gobierno: distribución de la riqueza, prosperidad y seguridad.

II. Los actores emergentes

En el escenario euroasiático han ido apareciendo actores nuevos. Hay dos fundamentalmente: India e Irán.

La amplitud de la península indostánica, su población y sus recursos hacen de esta zona una superpotencia regional en ciernes. A ello contribuye también la pervivencia de viejas tradiciones y sistemas de meditación que convierten a las élites intelectuales hindúes en particularmente aptas para asumir las nuevas tecnologías y, en especial, lo abstracto de los lenguajes de programación. Todo esto juega a favor de la India, pero también quedan tres lastres a considerar que retrasarán la incorporación de éste país al pelotón de potencias regionales. El primero es el contencioso con Pakistán siempre abierto y siempre susceptible de reavivarse. El segundo es el mantenimiento de amplias bolsas de miseria (con todo lo que ello implica: arcaísmos y tradiciones imposibles de incorporar a la modernidad, supersticiones, analfabetismo) en el interior del país que no pueden ser eliminadas sino después de décadas de paciente labor social. El tercero es la desconfianza hindú hacia la República Popular China que, periódicamente, reaparece de la mano de distintos argumentos (apoyo indio a la disidencia tibetana, apoyo chino al enemigo secular: Pakistán…).

En lo que a Irán se refiere, vale la pena realizar algunas consideraciones. Étnicamente, Irán es radicalmente diferente a otros países islámicos, e incluso el islam iraní incorpora algunos elementos de la antigua religiosidad persa. La destrucción de Irak a raíz de las tres guerras del Golfo, la incapacidad de Afganistán (su otro vecino) para salir de la eterna guerra civil y el subdesarrollo, y sus recursos humanos, energéticos y militares, hacen de Irán otra futura potencia regional. De hecho, ya en los años 70 la administración norteamericana contemplaba ese papel para el Irán del Sha. Sin embargo, algunos factores han jugado en su contra: en primer lugar, a pesar de que el elemento étnico y antropológico, los recursos energéticos y la existencia de una élite científica e intelectual, jueguen a favor de la conversión de Irán en gran potencia regional, la omnipresencia del Islam Chiita impide que esa modernización se realice a la velocidad que sería posible. Por otra parte, mientras los dirigentes iraníes estén condicionados por la perspectiva religiosa en lugar de por un punto de vista geopolítico, pragmático y realista, serán “peligrosos” y en buena medida imprevisibles.

Por otra parte, no es de descartar convulsiones regionales que retrasen el ascenso de estos países a la “primera división” euroasiática. El contencioso entre Pakistán e India tiene una doble vertiente de rivalidad regional y antítesis religiosa. En cuanto a Irán no hay que descartar, en los próximos años, el ascenso de un movimiento de resistencia contra la omnipresencia de los ayatolahs, o bien un desplome social en el interior del que en la actualidad ya se perciben los primeros signos (aumento espectacular de la presencia de heroinómanos, brecha creciente entre el “país oficial” y el “país real”…).

La conclusión a la que llegamos es que, si bien es cierto que existen actores nuevos en la perspectiva euroasiática, estos tardarán aún, como mínimo, entre una y dos décadas en hacer notar su peso y eso dando por supuesto que serán capaces de superar sus problemas interiores, evitar guerras de destrucción con sus vecinos y concentrar esfuerzos en la modernización de sus estructuras. Todo lo cual no parece evidente que vaya a ser así. De ahí que en un escenario futuro los actores euroasiáticos seguirán siendo, durante al menos los próximos 20 años, los tres actuales: Rusia, China y la UE.

III. La dorsal islámica.           

Mucho más preocupante es la existencia de una franja islámica que recorre Eurasia y sus proximidades desde Siria (y por extensión, desde Marruecos), hasta Filipinas. Esta franja es conocida como la “dorsal islámica”. Se trata de una franja, por lo demás, extraordinariamente dotada de reservas estratégicas de combustible para  30 o 40 años. Pero este aspecto positivo viene unido a un aspecto catastrófico inseparable: la presencia del islamismo hace que cualquier esfuerzo por incorporar estos países a la modernidad sea absolutamente inviable y haya fracasado sistemáticamente.

Cuando en los años 60 se creía que el panarabismo o el “socialismo árabe” tenían un futuro, podía pensarse que el papel del islam dejaría de ser político para pasar a ser exclusivamente religioso y personal. Pero la reciente realidad ha demostrado que esto es imposible: la estructura teológica del Islam tiene una proyección sociológica: la umma, comunidad de los creyentes organizada según determinados principios políticos emanados del Corán. Esto es, inamovibles desde el siglo VII.

En la práctica, la “dorsal islámica” oscila entre el fundamentalismo enloquecido y el alineamiento proamericano (esto es, anti-euroasiático) y, en ocasiones, entre ambos al mismo tiempo (Arabia Saudí). Y lo peor es que, históricamente, esta “dorsal” ha sido utilizada por el mundo anglosajón para contener a Rusia e impedirle una salida a los mares cálidos del Sur. Es más, esta estrategia parece haberse ampliado incluso al Magreb,  donde la presencia de EEUU es cada vez más asfixiante y el acceso al Mediterráneo ya no depende solo de potencias europeas (Francia y España), sino cada vez más de Marruecos y Argelia. En otras palabras: el “Mare Nostrum” es cada vez menos Europeo, tanto en el Oeste (Alborán-Gibraltar), como en el Este (República Turca de Chipre-Turquía).

El entendimiento con el mundo árabe es extremadamente difícil y, a pesar de que los servicios de inteligencia de estos países hayan trabajado estrechamente con los norteamericanos en la creación de un “terrorismo bajo control” (Al Qaeda), que atrae a todos los incautos descontentos con esos regímenes y dispuestos a hacer algo, no hay que descartar que, en los próximos años, aparezcan movimientos terroristas autónomos y, sobre todo, movimientos políticos capaces de desestabilizar a la mayoría de estos regímenes y, en buena medida, teñidos por el islamismo radical como ya ha ocurrido en Marruecos, Argelia y Turquía.

Por otra parte, no hay que perder de vista el aumento de la presencia islamista en la UE. En el año 2050, de mantenerse los ritmos de crecimiento de la población de origen islámico en Europa, el Islam será la religión con mayor nivel de seguimiento en el Viejo Continente. Esto implica, no solamente que Europa se alejará de sus raíces clásicas, sino también una regresión social, científica y cultural. Tal situación es intolerable, insostenible y explosiva a corto y medio plazo. Se ha llegado a ella gracias a la mezcla de desidia, improvisación e ingenuidad, unido al oportunismo, con que los gobiernos europeos han tratado la cuestión de la inmigración. Y prevemos un estallido traumático del conflicto étnico, social y religioso en suelo europeo antes de 10 años. Los primeros chispazos ya se han visto en la insurrección de noviembre de 2005 en los arrabales franceses y en las exigencias puestas por los islamistas radicados en España para conservar su especificidad.

La “dorsal islámica” es un riesgo para Eurasia. Los intereses geopolíticos de Eurasia no tienen nada que ver con los de la “dorsal islámica”. Es más, son un riesgo para Eurasia.

IV. El espacio turcófono

El espacio turcófono está formado por el territorio de la actual Turquía (la península Anatolia, la Tracia europea y el Kurdistán), las ex-repúblicas soviéticas de Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguizistán, Kazajistán y Azerbaiján, y el oeste chino fronterizo con Mongolia, Kirguizistán y Kazajastán. Este formidable espacio sólo puede concretarse en base a los siguientes supuestos:

- Que el factor religioso sea determinante. Turquía nunca conseguirá realizar una política pan-turca si no es exportando el factor identitario que supone la religión. Eso le permitiría desplazar el eje del Islam del mundo árabe al mundo turcomano y disponer, como éste, de grandes riquezas petrolíferas. Si bien la pertenencia a una misma étnia y al uso de una misma lengua y de un pasado común suponen un cimiento necesario, no es suficiente: falta el factor emotivo, sentimental, galvanizador y fanatizante propio de una religión.

- Que la penetración cultural turca se adelante a la recuperación cultural rusa. Entre 1990 y 1999 Rusia vivió, posiblemente, la peor década de su historia. El período de Boris Eltsin supuso el mayor proceso de desvertebración acelerada que ha vivido un estado moderno. Sin embargo, con la llegada de Putin al Kremlin, la caída en picado se detiene y la recuperación permite considerar hoy a Rusia como la segunda superpotencia mundial; y no parece aventurado pensar en una futura reconstrucción de una entidad similar a la antigua Unión Soviética. Esta posibilidad bloquearía el ascenso de la pan-turquización de la zona.

- Que Turquía logre superar sus dificultades internas aún no resueltas: la estabilidad política interior, la cuestión kurda y asegurar su unidad nacional. Porque si la Unión Europea terminara considerando a Turquía como adversario geopolítico y se sintiera amenazada por la penetración turca en los Balcanes estaría tentada de favorecer el desmembramiento de Turquía en tres entidades completamente diferentes: la Tracia Europea que muy bien podría formar parte de la Unión, la Anatolia específicamente otomana, y la naciente república kurda, nacida de la crisis iraquí y que irradiaría a partir de ésta.

Si Turquía se decide por la exportación cultural a las repúblicas asiáticas (e incluso penetrar en el ámbito balcánico, forjando una alianza de intereses con el núcleo islámico de la Gran Albania con el cual ya está en relación, aunque solamente sea a nivel de las mafias que conducen heroína a través de la antigua ruta de la seda desde Afganistán hasta Turquía y, a partir de ahí, por el corredor de los Balcanes hasta Europa Occidental), el enfrentamiento histórico con Europa será un hecho irremediable y, así mismo, el choque con Rusia y China no se hará esperar.

Pero si Turquía decide actuar mediante un doble lenguaje y tener la tentación de beneficiarse de las mieles en forma de ayudas de la Unión Europea y de su mercado y, de otro lado, intentar colonizar culturalmente a las ex-repúblicas soviéticas y al oeste de China, esto supondría el riesgo de un enfrentamiento entre la Unión Europea y estos países, con la consiguiente desestabilización del espacio eurasiático. Una posibilidad que, por todos los medios, es preciso evitar: tanto la posibilidad de que aparezcan tensiones históricas entre la Unión Europea y la nueva Rusia o entre Rusia y China. No hay que perder de vista este axioma de la geopolítica del siglo XXI: cualquier desestabilización del espacio eurasiático es perjudicial para cualquiera de los tres principales actores: la Unión Europea, Rusia y China. Lo que implica que atenuar los riesgos de tensiones entre estas tres potencias euroasiáticas debe suponer el principal y fundamental empeño de cualquier gobierno. Y cualquier otra consideración pasa a segundo plano. Incluida la integración de Turquía en la UE, excesivamente peligrosa y comprometida, que puede enemistarnos con Rusia y con China y, al mismo tiempo, constituir un factor de desestabilización en Asia Central. E incluso si un eje panturco pudiera concretarse, a pesar de la común matriz religiosa este bloque terminaría por chocar con el mundo árabe en su búsqueda de una salida a los mares cálidos del Sur.

Desde el punto de vista geopolítico la Unión Europea debería realizar un análisis global de la situación. Turquía es importante geopolíticamente por tres factores:

- Con el Bósforo y los Dardanelos cierra el Mar Negro, que supone la salida del mundo ruso al mar Mediterráneo.

- La alianza con Turquía supone para cualquier potencia tener acceso a las fronteras con los países que disponen de las más importantes reservas petrolíferas: tanto con Irak como con la cuenca del Caspio.

- Turquía supone una cuña en el mundo árabe y permite, a través suyo, tutelar la situación en Oriente Medio, especialmente en los asuntos relativos al Estado de Israel y a su contencioso con Palestina.

Ahora bien, estos elementos son igualmente peligrosos: el primero porque se trata de abrir el Mediterráneo a Rusia; Rusia no debe tener la impresión de que la Unión Europea intentar obstaculizar su salida marítima por el sur, sino todo lo contrario. Puestos a elegir la amistad de Rusia o la de Turquía, es inevitable optar por la primera, especialmente por su vocación de convertirse en un factor de estabilidad mundial, una de las cuatro patas sobre las que deberá sostenerse el mundo multipolar del futuro.

V. ¿Y el mundo “Oceánico”?

Llamamos “mundo oceánico” a aquel cuyas costas están bañadas por las aguas de dos océanos. El “mundo atlántico” es, por excelencia, el continente americano. Este continente afronta dos contradicciones principales: por una parte, la contradicción a la que ya hemos aludido en la I Entrega de nuestro estudio, esto es, la antítesis entre Eurasia y América, entre “tierra” y “mar” y, por otra parte, la contradicción interior entre América del Norte y América del Sur. Esta segunda contradicción puede reducirse igualmente a términos antropológicos: América Anglosajona frente a América Hispana. En estas dos contradicciones se concentran todos los problemas que pueden aparecer en el continente americano.

El espacio es un elemento determinante de la geopolítica. Incluso en política internacional el espacio es una barrera insalvable. España e Inglaterra lo experimentaron cuando el Atlántico constituyó una barrera para el mantenimiento de sus imperios ultramarinos. El hecho de que ambas potencias europeas no pudieran mantener sus colonias más allá de 300 años (en realidad, la colonización solamente fue efectiva y tuvo importancia socio-económica en los últimos 200) se debió a una multiplicidad de causas, pero a ello contribuyeron también –y no en pequeña medida- causas geopolíticas.

Desde Alejandro Magno se sabe que un imperio es inviable cuando dilata excesivamente sus líneas de aprovisionamiento y sale de su “espacio geopolítico”. Entendemos por “espacio geopolítico” el marco territorial contiguo o del que depende. Las puertas de la India quedaban “demasiado alejadas” de los intereses de Macedonia y de las pequeñas ciudades griegas, no así Asia Menor o el Mediterráneo. Por tanto, las conquistas de Alejandro no podían ser sino efímeras. Otro tanto ocurrió con las conquistas españolas e inglesas en América.

El motor de la conquista fue, inicialmente, místico. Tanto en el norte como en el sur, ingleses y españoles buscaban nuevas “tierras de promisión” donde fuera posible reconstruir un “mundo nuevo”. Sobre este tema ya hemos aportado datos suficientes en nuestro estudio “Lo que está detrás de Bush” (en Zona de Descargas). En ese momento, ese impulso místico, especialmente compartido por disidentes religiosos (el Cardenal Cisneros encargó el grueso de la cristianización de las colonias a franciscanos disidentes en la misma línea que los “espirituales” y “fraticelli” medievales, y los navegantes del “May Flower” eran, asimismo, disidentes religiosos), se unió al afán de conquista de unos, al aventurerismo de otros y a la inadaptación de muchos a la vida en la Europa del siglo XVI y XVII. Todos estos elementos convergieron en el Norte en un pragmatismo extremo y en el Sur en una colonización mucho más humana en relación a los nativos y, por tanto, menos radical, enfatizando solamente el aspecto religioso e intentando que las colonias suplieran la pobreza de nuestro territorio en minerales estratégicos de la época.

Hacia mediados del siglo XVIII ya se había formado una burguesía local, es decir, el elemento sociológico que precipitó la “descolonización”. Era cuestión de tiempo que los condicionamientos geopolíticos (condición objetiva) se evidenciaran gracias a la acción de esa burguesía (condición subjetiva).

Después de la independencia destacó la multiplicidad del Sur frente a la unicidad del Norte. Era, asimismo, cuestión de tiempo que el Norte impusiera su poder sobre el Sur. Fue la “Doctrina Monroe”: “América para los americanos”, con su corolario “América para los americanos… del Norte”. Esta tosca doctrina, poco después, se sofisticó y ganó en esoterismo con la doctrina del “Destino Manifiesto” (América está llamada a “guiar” el mundo gracias a su sistema político superior a cualquier otro y bendecido por Dios). Estas dos doctrinas tienen elementos comunes y, en algún punto, contradictorios. En momentos de crisis de los EEUU, estas dos doctrinas siempre han reaparecido. Cuando EEUU tiene tendencia al aislacionismo acentúa su poder e influencia sobre el Sur del Río Grande y el Caribe. Es la “Doctrina Monroe” la que se impone. Por el contrario, en momentos de expansionismo, EEUU aspira a no limitarse solamente a intervenir en el Sur, sino en todo el mundo. En esos momentos, la clase dirigente norteamericana tiene en mente la doctrina del “Destino Manifiesto”.

Desde la Segunda Guerra del Golfo, ésta es la doctrina que fue asumida oficialmente por la administración norteamericana y que los “neocons” ilustraron, completaron y llevaron a la práctica en el primer mandato de George W. Bush. Pero las dificultades encontradas en Irak han hecho que esta corriente pierda terreno. Los EEUU han demostrado no estar en condiciones, ni de pacificar Afganistán, ni mucho menos de derrotar a la insurgencia iraquí. Eso ha restado credibilidad a los neocons cuando pedían más aventuras en Irán, Siria, Corea del Norte, etc., y ha hecho que los partidarios del realismo en política exterior ganaran puntos. Eso, en la práctica, implica una nueva oleada aislacionista para EEUU en los próximos años. O lo que va del “Destino Manifiesto” a la “Doctrina Monroe”.

América va a ser el teatro principal de operaciones de la política de EEUU a partir de 2008. Pero las circunstancias no van a ser las mismas que en el último tercio del siglo XIX. Hay circunstancias nuevas e inesperadas. De un lado, los EEUU son altamente tributarios del suministro de petróleo, especialmente del petróleo venezolano. De otro, los EEUU están dejando de ser una nación WASP (anglosajona, blanca y protestante) para incorporar a amplias comunidades hispanas.

Así como la comunidad afroamericana carecía de rasgos de identidad propios de valor, la comunidad hispana tiene lengua propia (el castellano), valores propios (opuestos a los anglosajones) y no se recluye en miserables guetos, sino que ha hecho suyas amplias zonas del sur de los EEUU. La diferencial demográfica hace que en las dos próximas décadas se reduzca la distancia entre ambas comunidades y la base de sustentación de los EEUU –la población y los valores WASP- quede a partir de entonces en entredicho.

En otras palabras: América del Sur mira hacia el Norte y se desplaza hacia el Norte. Por su parte, los EEUU dependen cada vez más del Sur en cuestión energética (en los años en los que Hugo Chávez ocupa el poder en Venezuela, las exportaciones de petróleo a EEUU se han multiplicado por cuatro). El escenario que va a generarse en los próximos años no puede ser contemplado sin tener en cuenta la situación económica de los EEUU y el aumento constante y asindótico de su deuda externa. El flujo de capitales exteriores a los EEUU (2.000 millones de dólares diarios) procedentes de la UE, Japón y mundo árabe, asegura el consumo interior norteamericano, pero ha provocado la mayor deuda exterior del planeta, sin ninguna posibilidad de disminuir. En otras palabras, a la debilidad neoeconómica, al debilitamiento del sustrato WASP, sigue la debilidad económica. Solamente en el terreno militar se sigue manteniendo una superioridad relativa que las dificultades en Afganistán e Irak están cuestionando en estos momentos.

Además existe otro factor a tener en cuenta. La lejanía geográfica hace que la UE no pueda aspirar a una situación hegemónica en el continente americano, ni siquiera que un eje eurosiberiano pueda asegurar una alianza estable y duradera con la América situada al Sur de Río Grande. Pero sí es cierto que los vínculos lingüísticos y antropológicos de España con ese bloque geográfico pueden hacer que nuestro país ocupe un papel de “puente” entre ambas orillas del océano, a partir de hoy. Y ese papel será tanto más importante en la medida en que vaya atenuándose progresivamente la influencia WASP en EEUU.

En otras palabras: la inevitable “hispanización” de los EEUU tendrá como consecuencia un cambio radical en los valores, las estrategias, los objetivos y las aspiraciones de este país. La lógica hace que el impulso hegemónico que los EEUU han vivido desde el final de la Guerra Fría quede liquidado, y los EEUU, inevitablemente, sean una “pata” -una “pata” más-, de un mundo multipolar que volverá a tener a Eurasia como eje central. Dependerá entonces de los actores euroasiáticos la posibilidad de imponer una coexistencia pacífica entre los pueblos y las naciones. Y, en ese contexto, el eje eurosiberiano será la garantía de un orden multipolar, estabilizado gracias al concurso del República China, por un lado, y de la América hispana por otro. Dentro de ese contexto, los EEUU, llevados por el realismo de su nueva situación interior, deberían reconocer que, como máximo, pueden aspirar a ser la cuarta “pata” del Nuevo Orden Multipolar (tras Rusia, la UE y China).

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 12.08.06

 

 


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