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Infokrisis.- Vale la pena recordar la cónica cercana del salvalismo. Los incidentes que tuvieron lugar en el "otoño francés" han constituido, sin duda, la revuelta urbana más graves que ha tenido lugar en Europa Occidental desde la posguerra. A su lado, el "mayo del 68" fue un juego de niños y el "otoño cálido" italiano una revuelta de guardería. Pero sobre todo fueel anticipo de la guerra civi, racial y social, que vendrá.

 

Las tres semanas de revuelta en los suburbios, puso a Francia ante el escenario de una guerra civil, étnica y social a la vez. Vale la pena pues seguir la cronología de los hechos para advertir que este tipo de violencia tiene la capacidad de extenderse como una mancha de aceita, no solamente sobre el hexágono francés, sino sobre toda Europa Occidental. De hecho, en aquellas tres semanas de odio, ya existió contagio a los países limítrofes.

A mediados de los años ochenta tuvieron lugar en Villeurban, una ciudad-dormitorio francesa, varias noches de incidentes que parecían el ensayo a pequeña escala de lo que veinte años después se extendería a nivel nacional. Solamente variaba la “táctica”. Los coches robados en otros barrios por las bandas de delincuentes, eran trasladados a su arrabal de residencia donde, ante la presencia de sus vecinos y amigos, los hacían derrapar en las plazas y, finalmente, los incendiaban cuando la policía llegaba. Solamente el Front National prestó atención a este primer estallido de violencia urbana. Diez años después nacían los primeros grupos de rap. Progresivamente, la sociedad francesa se fue habituando a que cada noche un centenar de automóviles fueran incendiados en los suburbios. Villeurban demostró que era “mejor” que la policía y los Compañías Republicanas de Seguridad no entraran en los barrios marginales poblados por inmigrantes o, de lo contrario, los incidentes exteriorizaban la existencia de un problema (con la consiguiente merma de réditos electorales) y la presencia policial parecía ser considerada como una provocación. Otro tanto empezó a ocurrir con representantes de otras instituciones republicanas. Era frecuente que en las carnicerías “halal”, trabajaran niños de 14 años, hijos de sus propietarios. La legislación republicana prohibía el trabajo de la infancia, pero detener o multar a uno de estos carniceros por explotar laboralmente a su hijo, vulneraba los hábitos antropológicos de la comunidad argelina, y, por tanto, provocar un nuevo foco de incidentes. Y ¿qué decir de la recaudación de impuestos? ¿Cómo iba a atreverse un inspector fiscal a penetrar en un barrio de mayoría argelina para solicitar los libros de contabilidad y extender una multa por impago de impuestos? Era otra provocación. Así que mejor no enviar a los inspectores fiscales a barrios conflictivos o se corría el riesgo de generar un nuevo foco de disturbios. La enseñanza, en cambio, funcionó bien en las escuelas republicanas de los suburbios. Pero, cuando el porcentaje de magrebíes se convirtió en asfixiante, la calidad de la enseñanza se resintió. La sociedad magrebí, tiene tendencia a minusvalorar la formación profesional y, no digamos, la universitaria. Para esta sociedad, lo esencial es convertir lo antes posible a los hijos en “fuerza productiva” y, para ello, no hacía falta estudiar literatura, historia, ciencias o filosofía. Entonces ¿para qué estudiar? ¿qué derecho podían tener los enseñantes a exigir un esfuerzo a los hijos de la inmigración magrebí? Al cabo de unos años de repetirse todos estos procesos, los distintos funcionarios comprendieron que los barrios con mayoría magrebí eran radicalmente diferentes al resto de la Francia republicana. Lo normal hubiera sido poner a la inmigración ante una disyuntiva sin fisuras: integración o repatriación, pero se optó por la más fácil, la política del avestruz y mirar hacia otra parte. Desde mediados de los años 80 los distintos gobiernos de izquierdas y derechas estaban persuadidos de lo importante era “no provocar incidentes”; el problema se solucionaría a medio plazo mediante inyecciones de fondos y subsidios, en el marco de ambiciosos planes de integración y promoción de las bolsas magrebíes. Pues bien, todos los fondos invertidos en la integración de los inmigrantes se han dilapidado y los proyectos de integración han fracasado. Pero entre el momento en que se percibió el problema (1985) y el instante en el que salió a la superficie (2005), el Estado Republicano se había evaporado de los suburbios con mayoría magrebí. Esos territorios, estaban en Francia… pero ya no eran Francia, ni sus habitantes se sentían franceses. En ese contexto se inicia la intifada de otoño.

El jueves 27 de octubre de 2005 dos jóvenes musulmanes de origen africano, Ziad Benna (17 años) y Baou Traeré (15 años), mueren electrocutados cuando huían de la policía en Cliché-sous-Bois, al noreste de París. Otro joven que los acompañaba Muhttin Altun (17 años) resultó herido. Los tres adolescentes huían de la policía y tras trepar a una subestación eléctrica se electrocutaron. La policía sostuvo que estaba persiguiendo a otros sujetos que habían eludido un control policial y los tres adolescentes creyeron que la movilización policial se dirigía contra ellos. A pesar de que no resultan claro los motivos de la huida de los jóvenes (¿por qué huían si no habían cometido ningún delito? ¿qué sentido puede tener huir de la policía para quien no tiene nada que ocultar?), por la noche, al extenderse la noticia, se desencadenaban los primeros incidentes que en las tres noches siguientes se limitarían al término de Clichy-sous-Bois. Ese mismo día, un varón blanco de 56 años fue golpeado hasta la muerte en Epinay por un grupo de magrebíes delante de su mujer e hija. Nadie, solamente una pequeña nota en Le Figaro, recordó este crimen.

Por la noche, decenas de jóvenes de origen magrebí y subsahariano atacan edificios públicos de la ciudad e incendian 23 vehículos. La policía y los bomberos que acudieron para sofocar los incidentes fueron recibidos con piedras y cócteles molotov. La “intifada de otoño” ha comenzado. El saldo de aquella primera noche de incidentes ascendió a 27 detenidos, 23 policías heridos.

El viernes 28 de octubre los incidentes continuaron con redoblado ímpetu. La noticia ya se había filtrado a los medios a causa de las dos muertes y de la violencia inusitada de los incidentes. El sábado 29, resultaron detenidos en Clichy, otros 14 alborotadores y 29 coches fueron incendiados. En torno a 500 personas habían participado ese día en una marcha de silencio en Clichy-sous-Bois, en memoria de los adolescentes muertos, con pancartas en las que se leía "muertos por nada". Los líderes religiosos de la comunidad musulmana llamaron a la calma. Pero, al día siguiente, el domingo 30, ellos mismos serían los primeros en excitar a la revuelta. En efecto, una granada lacrimógena cayó en las inmediaciones de una de las mezquitas de Cliché. La policía negó su responsabilidad, pero el hecho es que la granada era del mismo tipo a las utilizadas por los antidisturbios.  Ese día, otros 20 coches ardieron y 30 jóvenes fueron detenidos. Hasta ese momento no se habían disparado las alarmas; de hecho, incidentes como estos no eran una novedad en la sociedad francesa y cientos de episodios similares se habían reproducido desde los incidentes de Villeurban en 1985. Pero, al día siguiente, la novedad es que los incidentes habían dejado de ser un problema local de Cliché y se extendían al suburbio de Montfermeil, en Seine-Saint-Dennis. Las bandas magrebíes atacaron el cuartelillo de la policía municipal e incendiaron el garaje con una violencia inusitada y sin precedentes en los días anteriores. Parecía que se había llegado al límite de lo tolerable. Un miembro de “Action Police”, organización miembro de la Confederación Francesa de Trabajadores Cristianos, sindicato conservador, describió, por primera vez, los incidentes como “guerra civil” y pidió la intervención de las fuerzas armadas. Pero, en realidad, todavía quedaba mucho para alcanzar la cúspide de la violencia.

El 1 de noviembre los incidentes se habían extendido a otros nueve suburbios, especialmente en la región de Seine-Saint-Denis. En total esa noche 70 coches fueron incendiados. En Sevran una escuela fue incendiada por sus propios alumnos. En Aulnay se arrojaron cócteles molotov contra el cuartel de bomberos. Haciendo un esfuerzo, podría comprenderse que los adolescentes cuya vida era fronteriza con la delincuencia, albergasen resentimientos hacia la policía, pero ¿y hacia los bomberos? Por primera vez, empezaba a ser evidente que los incidentes se estaban transformando en una revuelta contra la sociedad y el Estado francés. La alcaldía también fue atacada y de nada sirvió que ese mismo día el primer ministro Villepinm se reuniera con los familiares de los tres adolescentes electrocutados en su huida de la policía. El llamamiento a la calma no hizo más que excitar los ánimos porque al día siguiente 177 vehículos fueron incendiados y en Hauts-de-Seine los revoltosos intentaron asaltar dos comisarías de policía. Otras dos escuelas, el edificio de correos, un centro comercial y varios establecimientos, resultaron así mismo incendiados y la policía y los bomberos hostigados. Mientras el presidente Chirac efectuaba otro llamamiento a la calma, Villepin convocaba al gobierno en reunión de urgencia. Todos intentaban serenar los ánimos y evitar la hostilidad del resto de la población hacia los magrebíes y subsaharianos de los suburbios, y no tanto por que desearan evitar una oleada de xenofobia y racismo, sino para no desdorar el porcentaje de respaldo popular. La opinión pública francesa pedía medidas enérgicas y el gobierno solamente acertaba a pedir calma. Además había que añadir la carrera iniciada entre Villepin y su ministro del Interior, Nicolás Sarkozy para lograr la nominación de su partido como candidato a las presidenciales del 2007. Así que si, Villepin pedía calma, Sarkozy –también para mejorar su imagen en las encuestas- lanzó una durísima alocución tratando a los alborotadores de “basura despreciable” y “escoria”, al tiempo que anunciaba “tolerancia cero” con la delincuencia. A partir de ese momento, los revoltosos ya tenían una excusa para sentirse “discriminados” y los disturbios se extendieron como una mancha de aceite el miércoles 2 de noviembre, cuando se cumplía una semana del inicio del conflicto.

El día 3 se demostró la capacidad de los revoltosos para interrumpir la red ferroviaria del país. En la mañana consiguieron cortar la vía férrea que conduce al aeropuerto Charles de Caulle, por la tarde atacaron dos convoyes en la estación Le Blanc-Mesnil. Un pasajero resultó herido a causa de un vidrio estallado. Un total de 27 autobuses fueron incendiados en las zonas en revuelta. También el tejido industrial francés empezó a resentirse: una fábrica de alfombras fue incendiada. En ese momento, las revueltas ya se habían extendido fuera de los suburbios situados en torno al Gran París. En Dijon, Ruán, Bouches-du-Rhone, se habían reproducido disturbios con los mismos protagonistas y la misma carga de violencia. Esa noche ardían 500 vehículos, nada realmente comparado con lo que se aproximaba. El día 4 los suburbios de los departamentos de Val d’Oise, Seine-et-Marne y nuevamente Seine-Saint-Denis registraban nuevos incidentes. En el entorno parisino volvieron a reproducirse las escenas de incendios, pillajes y saqueos. Pero habían ardido menos coches que en días anteriores –apenas medio centenar- así que las autoridades lanzaron un mensaje optimista. A pesar de que los incidentes habían alcanzado a Lille y Toulouse, se habían producido 150 incendios de coches menos que en la noche anterior, así que ¿por qué no ser optimistas? ¿Qué importaba si una sinagoga había sido atacada con cócteles molotov o si la pasajera de un bus incendiado había resultado con graves quemaduras? Y en cuanto a los apedreamientos de bomberos, ¿acaso no se habían visto ya en días anteriores? Las autoridades republicanas habían decidido transmitir optimismo: la situación estaba bajo control y entre las detenciones y el cansancio de los alborotadores, la crisis debía periclitar en breve. En realidad, todavía no había alcanzado su límite máximo.

En ese momento, la seguridad del Estado y la fiscalía de París ya tenían conocimiento de que los agitadores se coordinaban a través de Internet. El 28 de octubre ya se había creado el primer blog específico en solidaridad con los dos adolescentes muertos en el inicio de los distubios –Skyblog 93 Bouna- en el que los Internautas dejaban sus mensajes. Algunos eran condolencias, pero otros llamaban simplemente a profundizar la revuelta. Otro blog, Banlieue93.skyblog.com, recogía mensajes en los que se amenazaba a la sociedad francesa; pero también aparecían mensajes en los que aparecían actitudes hostiles contra los revoltosos. Uno de estos mensajes amenazaba con "coger el fusil y disparar a la cabeza contra quien pretenda quemar mi coche”. Si esto no era una pre-guerra civil, se parecía mucho. Algunos con pretensiones historicistas, se obstinaban en convocar para el día 12 de noviembre a una gigantesca manifestación insurgente en los Campos Elíseos para desescadenar "el mayor motín de la historia de Francia". Internet y los teléfonos móviles con sus mensajes SMS, se habían convertido en el elemento movilizador y coordinador de la guerrilla urbana. Había nacido la “organización espontánea”, el “swarming”. No existía un centro responsable de los incidentes, sino redes de “copains”, colegas, que se incitaban mutuamente a mantener la revuelta, se daban consejos sobre como hostigar más y mejor a los cuerpos de seguridad del Estado (y los “odiados” bomberos, por supuesto) e intentaban arrastrar a los jóvenes de otros suburbios a la violencia callejera. Pero el fiscal Yves Bot, terminó estropeando estas revelaciones, negando que existiera un trasfondo étnico en los incidentes. Total, el hecho de que estuvieran inevitablemente protagonizados por jóvenes de aspecto magrebí y subsahariano no quería decir nada, en opinión de las autoridades. Se trataba de defender, por todos los medios, el “modelo francés” de integración. Pero los fuegos de los suburbios habían evidenciado que ese modelo era una cáscara sin vida desde mediados de los años ochenta.

En la noche del 4 de noviembre se alcanzaron niveles de violencia inusitados hasta entonces. Era la noche del sábado al domingo, el punto álgido de los disturbios. Era noche fueron incendiados 1.295 vehículos y 312 personas resultaron arrestadas. Lo más espectacular de esa noche de los incendios fue que los revoltosos la emprendieron precisamente contra aquellas instituciones que habían sido creadas especialmente para ellos: en Grigny ardieron dos escuelas, otra en Vigneux, una guardería fue incendiada en Acheres, mientras que los puestos de policía de zonas tan distantes como Soissons, Nantes, Avignon, Montauban, Lille, Torcy y media docena de ciudades más, resultaron atacados con cócteles molotov y apedreados. Era toda Francia la que se estaba viendo afectada por los revoltosos. Pero lo sorprendente fue que estos incidentes se reprodujeran incluso en zonas, como Normandía, en los que la población inmigrante era menor e incluso gozaba de mejores condiciones de vida. En Evreux, por ejemplo, ardieron dos escuelas, un centro comercial, una oficina de correos y medio centenal de automóviles. Y en la noche, los incidentes se trasladaron de la banlieu al centro de París. Los disturbios afectaron también al centro de París. Solamente en las inmediaciones de la Plaza de la República fueron incendiados 32 vehículos. Seis helicópteros provistos de equipos de visión nocturna empezaron a sobrevolar los suburbios conflictivos tratando de controlar a la insurgencia. Esa noche los incidentes alcanzaron el histórico Distrito III sin que los 2300 policías movilizados fueran capaces de detener la oleada de fuego. A lo largo del día diversos corresponsales de prensa resultaron agredidos sin que pudiera interpretarse muy bien porqué. A partir de entonces, los periodistas se convirtieron en objetivo de los revoltosos. No en vano, los corresponsales se mueven con preciosos objetos (cámaras de fotos, ordenadores portátiles, teléfonos móviles de gama alta, cámaras de víde, etc) que constituyeron uno de los botines más suculentos de la revuelta. Hasta ese momento, los corresponsales de guerra habían sido enviados a las guerras balcánicas, a Irak, Afganistán y a otros frentes de combate, pero no desde luego al centro de París. París se había convertido en “territorio comanche”. Habitualmente, la tendencia mayoritaria de los medios de comunicación franceses era hacia el progresismo. Los inmigrantes se veían como “víctimas” de un sistema injusto y de unos gobiernos que no realizaban esfuerzos suficientes por integrarlos en las mieles de la sociedad europea. Podemos imaginar el trauma sufrido por estos mismos medios, cuando la ira de los revoltosos apuntó contra ellos. El choque con la realidad, siempre es duro, y mucho más cuando un grupo de salvajes te persiguen por las calles intentando robarte la cámara y, de paso, darte una paliza. En las redacciones de los principales medios de comunicación, los reporteros de a pie, que habían visto el salvajismo de los revoltosos, confeccionaban artículos describiendo lo que habían visto y cómo se habían sentido presas de fieras completamente irracionales. Pero sus directores, sentados en los cómodos sillones de la redacción, consecuentes con su progresismo propio de la “izquierda divina” o de la “izquierda caviar”, se negaban a aceptar la realidad. En este sentido, los artículos que Le Monde publicó en aquella época son antológicos. Y en lo que se refiere a los medios visuales el drama era todavía mayor. La carga emocional de un artículo se puede reducir amputando unas cuantas frases y adjetivos, pero las imágenes no precisan comentario alguno y las imágenes que llegaban a las redacciones de los informativos de TV eran demasiado elocuentes. Además, sobre todo y por encima de todo, de lo que se trataba era de no dar la razón a lo que el Front National había estado augurando en los últimos 20 años, so pena de que en las siguientes elecciones los partidos tradicionales pudieran tambalearse. Bastante le está costando al Estado francés el que el Front, con un 18% de apoyo en las pasadas elecciones presidenciales, no tenga ni un solo diputado nacional. Un sistema electoral que beneficie solamente a los grandes partidos y que ha costado tanto de adaptar a los vaivenes electorales para que siempre los grandes sigan siendo grandes y nos “nuevos grandes” no puedan estar representados, no se puede poner en peligro por unos miles de coches ardiendo, unas cuantas decenas de colegios, comisarías, guarderías y librerías incendiadas y unos miles de bomberos apedrados… Paul Nahon, director de “France 3” lo expresó hiperbólicamente: "El problema es saber cuántos minutos de imágenes podemos emitir para no ser instrumentalizados", lo que traducido quería decir que el problema era cómo dar la información para que los partidos mayoritarios no se resintieran del fracaso de su política de inmigración e integración. "Mostramos lo mínimo indispensable ", añadió. Y era raro, por que cualquier incidente xenófobo hasta entonces había sido analizado minuciosamente y durante días por esa misma cadena. Pero también aquí existe lo “mínimo indispensable” ante unos problemas y lo “máximo posible” antes otros. La directora de “France 2” exhortaba a sus informativos a “no pisar demasiado el acelerador” con objeto de “no publicitar acciones evidentemente condenables”. Y el director de informativos de la cadena privada TF1 afirmaba que su cadena ponía especial énfasis en no enardecer a la opinión pública ante "unas situaciones que ya conllevan muchas dificultades y peligrosidad". Para Arlette Chabot, directora de información de la cadena pública France 2, es preciso "no pisar demasiado el acelerador para no publicitar acciones que son evidentemente condenables". Todo esto evidenciaba que los intereses de los medios coincidían con los de los partidos mayoritarios: no reconocer la verdadera naturaleza del problema. En Corbeil-Essones, en la periferia sur de París, decenas de jóvenes magrebíes lanzaron desde un paso elevado un coche contra un autobús de antidisturbios. Ellos si sabían perfectamente cuál era el problema: odio y rechazo.

En la noche del domingo, se oyeron disparos de pistola y de escopetas de caza que alcanzaron a 34 policías en Grigny. Según ha declarado un portavoz de la policía parisina, unos 200 jóvenes habían disparado con escopetas de caza contra los antidisturbios, dos de ellos graves por impacto de perdigones. Ambos han sido hospitalizados, uno con heridas en la garganta y otro en la rodilla. "Buscaban claramente hacernos daño", dijo uno de los agentes heridos. La utilización de armas de fuego era una innovación que trajo ese nefasto fin de semana. Pero no sería la única. Por primera vez, y de forma coordinada, se produjeron los primeros ataques contra iglesias católicas. Solo en París ardieron casi 500 vehículos y un millar más en la periferia. Otra novedad registrada fue la extensión de los disturbios a Bruselas, Berlín y Bremen. No es raro que los vecinos de los barrios atacados llamaran a la intervención de las Fuerzas Armadas y a la formación de Comités Cívicos de Autodefensa. El gobierno, visiblemente desbordado y desorientado, incapaz de afrontar el fracaso de las políticas de integración, volvió a pedir calma. La respuesta, como podía esperarse, vino al día siguiente.

Un vecino de Stains, resultó linchado cuando intentó apagar el fuego que había prendido en un contenedor de basura próximo a su domicilio. En efecto, Jean Jacques Le Chenadec, trabajador jubilado, fue golpeado hasta la agonía, por los mismos incendiarios, cuyo “trabajo” intenba sofocar. Los medios registraron la declaración de Mousssa Diallo, transitorio portavoz de los insurgentes: “esto es sólo el principio. No vamos a parar hasta que hayan dos policías muertos”. Al menos las intenciones estaban claras y era evidente que los mensajes pacificadores del gobierno habían caído en saco roto. Fue entonces cuando “TV France 3”, optó por autocensurar las informaciones sobre los incidentes. A partir de ahora no ofrecería cifras de los daños ocasionados por los insurgentes. Se creía que estos datos contribuirían a excitar la ira de los franceses de origen y daría alas al ascenso de la xenofobia y el racismo. Encomiable intento que, como cualquier medida bienpensante, llegaba con veinte años de retraso: toda Francia ya sabía lo que estaba ocurriendo. La cuestión no era saber si se habían incendiado tantos o cuantos automóviles, la cuestión era que para muchos franceses la guerra étnica había comenzado y Jean Jacques Le Chenadec era el primer caído. Es, en cualquier caso, significativo que “France 3” optara por autocensurar sus informaciones el día en que fue asesinado un trabajador francés. Pero el gobierno había optado por la política del avestruz. Ese mismo día se supo que la comunidad judía de Francia había sido contactada discretamente por el gobierno para que evitara realizar declaraciones alarmistas o condenas públicas a los actos antisemitas. El gobierno optaba por minimizar el problema y mostrar ante la opinión pública una fortaleza que no tenía. El despliegue de 20.000 policías más era, tan sólo un teatral gesto de fuerza de un Estado que durante veinte años había evidenciado debilidad y cobardía para encarar el problema de las bolsas magrebíes y subsaharianas. Había signos de desesperación en las filas gubernamentales. Sarkozy pidió –y obtuvo- de la Unión de Organizaciones Francesas Islámicas una fattwa condenando la violencia. En realidad, esta unión había sido el hijo predilecto del ministro del interior, no sólo contribuyó a impulsarla, sino que la subvencionó con una generosidad dadivosa. A esas alturas, una parte importante de la sociedad francesa, empezaba a pensar que no existían organizaciones “francesas islámicas”, y que los incidentes demostraban la contradicción esencial entre Francia y el Islam. Uno de los que primero lo comprendieron fue el alcalde de Raincy, una de las ciudades en donde los disturbios habían alcanzado los más altos límites de violencia. Fue la primera ciudad en la que su alcalde decretó el toque de queda para menores de 15 años. En los días siguientes, otros muchos municipios adoptaron la misma medida, autorizados por el primer ministro a la vista de la situación.

En la noche del 7 de noviembre, 50 manifestantes detuvieron e incendiaron un autobús público en Toulouse. El conductor se salvó por los pelos de convertirse en una tea. Dos escuelas fueron incendiadas en Lille Sud y Bruay-su-Escaut, un gimnasio quemado en Villepinte. Incluso en Alsacia y Lorena, con bajas tasas de inmigración, estallaron violentos incidentes, lo que demuestra que no son las condiciones sociológicas de hacinamiento en el suburbio las que generan violencia, sino que los factores hay que buscarlos en el causas mucho más concretas. Hay agitación porque hay agitadores y hay agitadores porque existe odio y resentimiento contra Francia, la República y el pueblo francés. A lo largo del día los incidentes habían sido tan violentos que por la noche el primer ministro anunció que "los alcaldes podrán decretar el toque de queda donde sea necesario". Su voz no fue tan enérgica cuando descartó la intervención de las FFAA. En las primeras horas del 8 de noviembre, el presidente Chirac declaró el estado de emergencia y la legislación que permitía a las autoridades locales el estado de emergencia durante 12 días. Desde los peores momentos de la guerra de Argelia la República no había conocido esta situación, ni siquiera en los días de mayo del 68 –ese juego de niños- y cuando los peores momentos de la actividad terrorista de la OAS. Orleáns y Amiens decretaron el toque de queda esa misma noche. La novedad de la jornada fue que, por primera vez una iglesia protestante había sido atacada en Maulan. La segunda novedad fue comprobar la fragilidad de los sistemas de transporte públicos. Un simple cóctel molotov bastó para colapsar el nudo ferroviario de Lyon. La parte positiva de la jornada fue que “solamente” se incendiaron 617 vehículos y apenas habían estallado disturbios en 116 puntos… más o menos, la mitad que la noche anterior. Sin embargo, los incidentes se prolongarían por espacio de 10 días más.

El anuncio de los toques de queda y las medidas draconianas que los acompañaban, disuadió a muchos adolescentes de continuar con la revuelta. A fin de cuentas, a esas alturas ya se habían divertido lo suyo y estaban convencidos de haber hecho temblar a la República. Más o menos, era así. Pero cuando la República verdaderamente tembló fue cuando se pusieron de manifiesto las consecuencias económicas de la crisis. El euro había alcanzado en estos trece días de disturbios –desde la muerte de los dos adolescentes hasta el 9 de noviembre- su cotización más baja en los dos últimos años, en relación al dólar. Las empresas que estaban dispuestas a invertir en las zonas afectadas por los disturbios, pospusieron la decisión. Los comerciantes estuvieron a punto de perder las ventas de la temporada de invierno. Y, finalmente, se había producido una quiebra en la confianza que los inversores experimentaban hacia la capacidad de mantener el orden por parte de los gobernantes. Como se sabe, “el dinero” es cobarde y emigra a donde los riesgos son menores. Francia –y más en concreto, algunas zonas del país- se habían convertido en “zonas de riesgo” como podía serlo Haití, Colombia o la isla de Krakatoa horas antes de la explosión del volcán que la hizo célebre. Sarkozy, a todo esto, en plena campaña de promoción, jugando, una vez más, la carta de la pretendida dureza, comunicando que 120 extranjeros relacionados con los incidentes y en situación ilegal, iban a ser deportados. Y la campaña no le iba mal. Tras su alocución amenazando con “mano dura”, "Le Parisien", publicó una encuesta según la cual el 57% de los franceses apoyaban esta actitud.

Cuando el 9 de noviembre, se había decretado el toque de queda en 38 zonas (incluyendo Marsella, Niza, Cannes, Estrasburgo, Lyon, Toulouse y París), los actos de violencia disminuyeron hasta límites “razonables” lo que permitió decir al gobierno que “el problema se iba solucionando”. Efectivamente, esa noche solamente se produjeron 897 incendios de vehículos y 253 detenciones. Al mejorar la situación, Chirac adoptó aires de “padre de todos los franceses” y, magnánimo, reconoció los problemas de los suburbios y prometió “trabajar para solucionarlos”. "Sin importar nuestro origen –especificó- , somos todos hijos de la República y todos tenemos los mismo derechos". Y como para reforzar estas ideas e intentar tranquilizar a los suburbios, ocho policías fueron suspendidos por golpear a un joven magrebí. La decisión se acató, pero no gustó en los medios policiales galos. Además la situación distaba mucho de estar resuelta. Esa noche se quemaron 463 vehículos y el jefe de policía de París prohibió la venta de gasolina en latas. En Cannes y en otras siete poblaciones de los Alpes-Marítimos se decretó el toque de queda. La medida resultó, a la postre, de una eficacia radical. En todo el territorio francés, la vulneración de esta medida había sido mínima, casi anecdótica.

El 10 y 11 de noviembre tuvo lugar la XVIII Cumbre Hispano-Francesa, que reunió en la capital gala a Zapatero y Chirac. Inevitablemente, el comunicado final debía mencionar los incidentes étnicos. En la rueda de prensa, ambos manifestaron su voluntad de que no debía haber tregua a la delincuencia; "se ha de tener tolerancia cero", dijo expresamente Zapatero. Hacía solo cinco meses que el presidente español se había hecho acreedor de las peores críticas por parte de sus colegas europeos a causa de la irresponsable regularización masiva de inmigrantes iniciada en febrero y concluida en mayo, así que optó por justificar su postura. Explicó que la inmigración "no se trata de un fenómeno local", si no de "alcance europeo". Chirac añadió: "incluso mundial".

Las cifras indicaban una mejora, pero no la resolución del problema. El 12 de noviembre todavía, se quemaron 502 vehículos y resultaron detenidas 206 personas, al día siguiente las cifras se redujeron a 374 y 212 respectivamente. Lyon, Toulouse, Carpentras, Amiens y Grenoble, se veían todavía afectadas por los incidentes. Ese día disturbios de la misma naturaleza estallaron en Bélgica, Holanda y Grecia. En Bruselas ardieron 27 vehículos y en Liega uno de los alborotadores sufrió graves quemaduras graves al lanzar un cóctel molotov. Los incidentes de Atenas se concentraron en negocios de origen francés. El día 14 los disturbios seguían en Grenoble y Toulouse y se habían reproducido en Faches-Thumesnil y Halluin. En total ardieron esa noche 284 coches y 115 alborotadores fueron detenidos. Finalmente, el día 15, los incidentes remitieron sensiblemente. Se descendió a 215 vehículos quemados y 71 detenidos… casi las cifras habituales. En esta ocasión, los incidentes importantes se habían localizado en Bourges y Saint Chamond. Oficialmente la crisis había terminado. El balance final de los 19 días de crisis, había sido de 3.000 detenidos, de los cuales solamente 700 pasaron a la cárcel, casi 200 expulsados y 8700 vehículos carbonizados. Las autoridades esperaban que la aparición de los primeros fríos y las tormentas de nieve, disuadieran a los jóvenes de salir a la calle para promover nuevos incidentes.

La crisis se dio por concluida a mediados de noviembre, pero cuarenta y cinco días después se temió un nuevo repunte de los disturbios aprovechando la noche de fin de año. Desde hacía años, se había convertido en una odiosa tradición el que los jóvenes levantiscos de los suburbios incendiasen automóviles. Antes no se había dado excesiva importancia a estos acontecimientos, pero a mes y medio de la intifada, se temía que no fueran solo unos cientos, sino algunos miles de coches incendiados. Previendo lo que podía ocurrir en fin de año, el gobierno había decretado el “estado de emergencia” por tres meses, así pues esta situación debía concluir el 21 de febrero.

En realidad, la noche de fin de año era un indicativo para el gobierno de si los ánimos se habían calmado o no. Los puntos de referencia eran bastante claros: habitualmente, por increíble que parezca, las bandas de los suburbios queman una media de cien coches. Tal era el primer punto de referencia. El segundo lo constituían las cifras de coches quemados en las anteriores fiestas de Nochevieja. Por ejemplo, en la Nochevieja del 2004, ardieron 330, en las del 2003, 324 y en las del 2002, 379. Estas cifras no diferían mucho. Así pues, en Nochevieja resultaban incendiados entre 200 y 300 coches más que lo habitual cualquier otro día del año.

El gobierno francés se preparó para lo peor. Seis mil agentes suplementarios fueron movilizados esa noche. Se sometió a seguimiento los blogs conflictivos y los foros de discusión donde solían cruzarse mensajes los violentos. Finalmente las cifras de coches incendiados fueron superiores a otros años -425 calcinados totalmente- pero el aumento no fue espectacular y, desde luego, quedaba muy lejos de la media de 1000 siniestros que se había alcanzado en los incidentes de noviembre. Sin embargo, estos incidentes se habían producido en 267 municipios, mientras que el año anterior solamente habían estallado en la mitad. Así pues, las cifras podían interpretarse viendo la botella medio llena o medio vacía. Sea como fuere lo más dramático es que cuando amaneció el 1 de enero de 2006, Francia había concluido el año anterior con 40.000 vehículos calcinados a causa de la violencia de las bandas magrebíes y subsaharianas.

(c) Ernesto Milá Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es 11.05.06

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