Apuntes sobre la iniciación a la Caballería Medieval (I)

Publicado: Jueves, 02 de Febrero de 2006 15:42 por Ernesto Milá en CULTURA
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Infokrisis.- Presentamos la primera parte de unos apuntes sobre el tema de la iniciación caballeresca. El elemento central de esta serie es el acto de “armar al caballero”. El elemento de polémica es, ¿hasta qué punto se trataba de una ceremonia religiosa o era simplemente un acto de iniciación laico? Para poder dar una respuesta, estamos barajando un material procedente de muy distintos orígenes. Aun cuando nos falta algo de tiempo para ordenar estos apuntes, podemos concluir con Julius Evola cuando afirma que se trató de una ceremonia propia de la casta guerrera y ligada al Imperio, mucho más que al Papado.

La iniciación caballeresca.

No hay jornada más importante para el caballero que el día en que es armado como tal. Ramón Llull, que la ha descrito y explicado detalladamente en su libro sobre el “Orden de Caballería”, da pie al historiador Leon Gautier para describir esta ceremonia como el “octavo sacramento” que recibe el caballero a lo largo de su vida. Pero no es así: la caballería era una institución, ligada al Imperio, no a la Iglesia. En este sentido es Julius Evola quien tiene razón en sus apreciaciones, apoyadas por una abundante documentación.

Hay tres textos evolianos, en relación a esta materia, que no pueden perderse de vista y que cualquier interesado en ampliar detalles deberá recurrir: “El Misterio del Grial y la Tradición Gibelina del Imperio”, “Revuelta contra el Mundo Moderno” y “Espiritualidad Pagana en el seno de la Edad Media Católica”. Para nosotros, admiradores y seguidores de Evoca, resulta una satisfacción constatar que, fue él, antes que nadie, en reparar sobre lo que significó la caballería medieval, algo que setenta años después, medievalistas de la talla de Maurice Keen, han reconocido.

La caballería y la forma de “ser” caballero

La caballería es el núcleo interior, iniciático y combatiente, de la nobleza. Según un contemporáneo, "ser noble es mantenerse; ser caballero es superarse" (La Chevalerie por Ph. Du Puy de Clinchamps, París, 1973). La caballería es la flor y nata de la nobleza.

Vale la pena repasar el concepto que existía en el Medievo de “orden social”. La sociedad estaba dividida en “estamentos” o funciones. La primera función, la sacerdotal, define las finalidades espirituales de la sociedad, cuida de que las leyes de los hombres sean conformes con la ley de Dios y guía a las almas por el camino de las obras gratas a Dios. Simbólicamente, se asimilaba esta función a la cabeza en el cuerpo humano. La segunda función era la guerrera, y encarnada en la nobleza; estaba investida del poder temporal, su misión era hacer reinar la paz, defender a la comunidad en la guerra y, también, administrar justicia; debía velar por el mantenimiento de la sociedad. Simbólicamente era asimilada el corazón y a los miembros superiores. Finalmente, la tercera función, la productiva, formada por los artesanos, debía satisfacer las necesidades materiales de la comunidad y cuidar de su prosperidad material. Se asimilaba a los miembros inferiores.

La sociedad trifuncional estuvo presente en todos los lugares en los que se establecieron tribus indoeuropeas, de tal manera que, para Georges Dumezil, tal estructura era la que definía el mundo indoeuropeo, mejor que ninguna otra. En la edad media europea, la sociedad estamental hizo cristalizar distintas instituciones que nos son perfectamente conocidas. La casta sacerdotal fundó “órdenes religiosas”, la casta guerra “órdenes militares”, finalmente, la función productiva, estableció gremios y hermandades artesanales.

El caballero es el defensor del orden. Sirviendo a su señor, sirve al mantenimiento de la sociedad y de la paz; está obligado a hacer entrega de su vida en cuanto su misión lo requiera. No se pertenece a sí mismo, sino que está obligado a entregarse a la comunidad. Su misión le exige el sacrificio máximo. A los jóvenes pajes se les enseñaba que las tres virtudes básicas del caballero son el desinterés (“nada para nosotros Señor, sino para mayor gloria de Tu santo nombre”, decía el lema templario), la generosidad y la lealtad. Estas cualidades le llevan a asumir una objetividad en la forma de ver el mundo. En tanto que su honor evidencia que cumple su ley interior y que su visión del mundo es objetiva, es la persona más adecuada para impartir justicia; como hombre de armas, tiene fuerza coercitiva, pero también la modula mediante la asunción de valores superiores.

Hasta principios del siglo XIV, la caballería no era obligatoriamente conferida a la nobleza. No todos los nobles eran iniciados como caballeros. La nobleza se transmitía por herencia y dejaba presuponer unas cualidades y una dignidad. De ahí que la nobleza se convirtiera en el campo sobre el que florecían los caballeros; la dignidad de caballero no era hereditaria, sino personal. Existieron casos de caballeros que no eran de sangre noble, pero se habían destacado por algún hecho heroico.

En el siglo XIV se conocían tres tipos de caballería:

- la caballería del siglo.- gentilhombres que han demostrado nobleza y valor, disponen y administran sus feudos. Son hombres de armas y señores feudales. Sirven a su señor, imparten justicia en su feudo y están ligados por lazos jerárquicos de lealtad a otros señores, pero también comprometidos a la defensa e integridad de sus vasallos.

- la caballería errante.- jóvenes caballeros sin tierras o con ellas, pero que han elegido consagrarse a una búsqueda (por amor a la Dama, por amor a Dios, por el honor y la gloria de la caballería) y recorren el mundo en peregrinación solitaria. Algunos son trovadores. Han establecido su propia regla personal y sus propios votos. Son similares a los “nobles viajeros” de la antigüedad clásica y, posiblemente, estén inspirados por ellos.

- la caballería monástica.- los monjes-guerreros, organizados en órdenes ascético-militares, surgidas durante la conquista de Tierra Santa. Profesan votos monásticos (pobreza, castidad y obediencia), pero son, al mismo tiempo, soldados sometidos a una estricta disciplina militar. El ideal ascético y el guerrero, convergen en un estilo de vida.

Cada una de estas tres formas de caballería, implicaba distintas ceremonias de iniciación.

¿Octavo sacramento o iniciación caballeresca en estado puro?

Un examen superficial del fenómeno de la caballería indica que, aparentemente, existieron dos vías para alcanzar la iniciación caballeresca, es decir, el hecho de ser armado caballero. Una, no pasa por la Iglesia, la otra sí. No existe ninguna duda de que la ceremonia más antigua de la que se tiene constancia está descrita en un relato de Jean de Marnmoutier, cuando es armado caballero Godofredo de Anjou, en Rouan, en el año 1128. En ese momento, Godofredo de Anjou se preparaba para contraer matrimonio con la hija del rey de Inglaterra, Enrique I. Godofredo tomó, en primer lugar, su baño ritual, luego fue vestido con túnica dorada y manto de púrpura y llevado a presencia del Rey. Se le impuso las espuelas de oro, colgó en su cuello el escudo con leones rampantes y le ciñó la espada. Otros treinta escuderos fueron armados junto a Godofredo y a todos ellos el rey les regaló armas y caballos. Se añade que los festejos duraron una semana, pero en ningún momento se dice que participaran en la ceremonia clérigos o que tuviera lugar en el interior de iglesia alguna. Fue, una ceremonia, laica.

Solamente en el siglo XIV, aparecerá en el Pontifical Romano, la descripción de una ceremonia litúrgica para armar caballeros. En este ritual, el papel del clero es central. El aspirante a caballero, toma un baño de rosas y vela armas en el iglesia durante toda la noche previa a la ceremonia. Al día siguiente oirá misa. Será el sacerdote oficiante quien, al acabar el oficio, recordará al caballero arrodillado, cuáles son sus deberes y le dará el “espaldarazo” (que es descrito como un pequeño golpe dado por el sacerdote en el cogote o en el rostro) y le bendecirá en nombre de Dios. Será el sacerdote quien ceñirá la espada al caballero, después de que ésta permaneciera durante toda la noche ante el altar. Las espuelas de oro le serán ceñidas por otro caballero presente en la ceremonia.

Estos dos episodios nos indican que, entre 1128 y el siglo XIV, existe un tránsito de lo laico a lo religioso. En realidad, no deberíamos utilizar la palabra “laico”, so pena de confundirla con el sentido actual. La ceremonia de armar caballero era “laica”, solo en tanto no estaba guiada por un sacerdote o prelado. Pero, fuera el Rey, el Emperador u otro miembro de la jerarquía caballeresca de la época (barones, condes, marqueses, duques), lo importante era destacar –y este es el núcleo de la cuestión- que para la edad media gibelina, el Rey no era sólo el depositario del “poder material”, sino de un “doble poder”, a la vez material y espiritual. La idea “laica”, tal como se la considera hoy, era completamente inexistente en la Edad Media.

Hay que recordar, así mismo, que en los relatos del Grial, el elemento eclesiástico, está completamente ausente y, cabe la menor duda, de que nos encontramos ante un relato que desconsidera por completo a la Iglesia de Pedro. El hecho mismo de que el “Grial”, según esa leyenda, la copa utilizada en la Última Cena y que, luego, recogió la sangre de Cristo, no es custodiada por un linaje religioso, sino por un linaje de guerreros. Cabria aquí añadir que, en rigor, los relatos del Grial abarcan un período muy corto de la Edad Media. Evola, para situarlos, explica: “ninguno de ellos parece anterior al último cuarto del siglo XII y ninguno es posterior al primer cuarto del siglo XIII”, y añade: “este período corresponde también al apogeo de la tradición medieval, al período de oro del gibelinismo, de la alta caballería, de las Cruzadas y de los Templarios y, al mismo tiempo, del esfuerzo de síntesis metafísica desarrollado por el tomismo”. Ciertamente hubo relatos griálicos posteriores, pero estos fueron, siempre siguiendo a Evola, “en los siglos XIV y XV, reaparecen estos relatos, con formas ya cambiadas, a menudo estereotipadas, que entran en una rápida decadencia (...) La reanudación se produjo al cabo de un corto intervalo por la destrucción de la Orden de los Templarios, a la cual, especialmente en Francia y en Italia, y en parte, en Inglaterra, parece haber seguido el organizarse en forma más secreta los representantes de influencias afines”.

Pues bien, una vez fijada la orquilla de apenas 50 años en la que aparecen los “auténticos y genuinos” relatos del Grial, es preciso constatar de nuevo, que en ellos, la influencia eclesiástica está completamente ausente.

De Roma a los antiguos Germanos

El historiado romano Tácito, en su libro “Germania”, describe como los jefes de las partidas bárbaras de los bosques teutónicos, entregaban armas a los jóvenes cuando éstos llegaban a la mayoría de edad. Tal como lo describe Tácito se puede pensar que entregar armas era un “rito de tránsito” de la adolescencia a la madurez. En el Capítulo 13 de su obra, Tácito explica: “Cuando ese tiempo llega, uno de los jefes o el padre o un pariente, equipa al joven guerrero con escudo y lanza en consejo público. Entre los germanos, esto era el equivalente a nuestra toga, la primera distinción pública del joven”.

En la epopeya irlandesa “Boewulf”, Wiglanf cuenta que el héroe “dio armas, yelmos, lorigas y espadas a aquellos que eran admitidos en su banda para ir a la guerra”.

Todo lleva, en definitiva, al mundo bárbaro. De ahí que cuando Evola en “Revuelta contra el mundo moderno” y en su ensayo “Espiritualidad pagana...”, explique que la Edad Media fue la síntesis de la romanidad y el germanismo, tenga razón.

El espíritu de la romanidad, relajado por la llegada del cristianismo y decadente por casi 800 años de guerras continuas, a lo largo de las cuales se había realizado una selección a la inversa, muriendo los mejores espíritus romanos, ese espíritu, fue renovado con las invasiones “bárbaras”. De hecho, eran “bárbaros” solamente, en tanto en cuanto se situaban próximos a la pureza originaria. Los primitivos romanos, surgidos de tribus de los mismos troncos dóricos y aqueos, llegados del norte, no eran diferentes de los “bárbaros del Norte” que irrumpieron en las fronteras del Imperio a partir del siglo III.

Resulta evidente que el espíritu del “cristianismo primitivo”, se vio modificado en dos ocasiones: en primer lugar con la victoria de Constantino sobre Magencio en Puente Silvio, a partir de entonces, el cristianismo pasó a ser religión de Estado y, por tanto dejó atrás la veleidad de recomendar a los legionarios de esa religión que desertaran y se dejaran matar antes que matar ellos a su vez. En segundo lugar cuando los restos de la romanidad cristianizada, entraron en contacto con las tribus bárbaras y, por así decirlo, recuperaron el contacto con sus propios orígenes. De esta colusión entre germanismo y romanidad, surgió el feudalismo. No es raro que instituciones como la caballería tuvieran un sentido pagano, a pesar de que estuvieran recubiertos de una patina cristiana.

La ceremonia de “armar caballero”, tenía como precedente la ceremonia de la entrega de armas del jefe de la partida a sus guerreros.

La ceremonia de iniciación caballeresca

Solamente se podía recibir la iniciación caballeresca tras un largo período de preparación y prueba, de la que solamente se quedaba dispensado mediante una acción heroica que atestiguara el valor del aspirante. En el orden medieval de ideas, una proeza de tal estilo, sería la evidencia de un corazón caballeresco.

La formación del caballero empieza a los siete años, cuando el niño es confiado a un paje o a algún pariente de su padre. Se le sustrae del cuidado de su madre y, en los siete años siguientes, recibirá una educación física que le prepare para las artes de la caballería, pero, no por eso, se descuidará su educación intelectual y, sobre todo, la enseñanza en los principios que constituyen el alma ética de la caballería.

En este sentido, la educación caballeresca, es similar a la de los antiguos espartanos. También, los niños espartanos, empezaban su formación militar a la temprana edad de seis años y, sobre ellos podían aplicarse las leyes de Licurgo. Y también los jóvenes espartanos, eran educados en las artes del ingenio y la conversación. Se les adiestraba a evitar la palabrería inútil, a dar respuestas cortantes, breves, concisas, sin equívoco posible, como el filo de la espada, como la orden militar dada a los subordinados.

En la edad media, se trataba, sobre todo, de desarrollar:

- El amor a las damas, muy alejado del amor brutal o carnal, sino basado en el respeto debido en tanto que reflejo del aspecto femenino del cosmos. El joven paje, a esa edad, deberá elegir a una dama y entregarse a ella. Será a ella a la que brindará todos sus triunfos y por ello por la que realizará las más heroicas acciones. Será instruido en la cortesía y, como los antiguos espartanos, en el “bien decir y el bien hablar”.

- El amor a Dios, y el desapego a sí mismo. Esta instrucción se realizará mediante la lectura de la Biblia y las clases de historia sagrada, en el curso de las cuales, la vida de los héroes bíblicos será el espejo que le dé el reflejo de lo que debe ser su vida. El amor a Dios le enseñará que la vida no le pertenece, sino que le ha sido dada para que la ponga al servicio de los débiles y de la comunidad. Será digno de ella en tanto que siga el ejemplo de los héroes que le han precedido. Así llegará a asumir la idea de que el estilo caballeresco es la vida misma y ésta solamente puede vivirse dignamente si está presidida por el honor y la lealtad.

- Finalmente, la veneración a la Orden de Caballería. No se trata de una orden institucionalizada, sino de una entidad metafísica que une a todos aquellos que siguen las normas de la caballería. Todos ellos, están fundidos en un único ideal y comparten la idea de que la orden de caballería es la más alta dignidad que pueda conferirse sobre la tierra. Servir a su señor y entregarse a su dama, son las más altas tareas de la caballería.

La instrucción en estos tres puntos durará siete años. En ese período habrá progresado de criado a doncel, de doncel a paje y, cuando cumpla los catorce, se convertirá en escudero. En este punto tenía lugar una ceremonia solemne en la que el nuevo escudero confirmaba su vocación de caballero. Por la virtud de esta ceremonia, adquirirá el derecho a llevar armas, pero no a utilizarlas. Con ellas podrá realizar los ejercicios caballerescos, entrenarse y habituarse a su peso y a la técnica de su utilización; también podrá asistir con ellas a su señor en caso de necesidad.

El escudero no cesa en su preparación. A partir de ese momento, un maestro de equitación le enseña a gobernar el caballo en torneos y combates, en los que no podrá utilizar sus manos y deberá dominar la montura con las espuelas; un maestro de armas le instruirá en el manejo de los instrumentos de su oficio. Pero, en este período, también deberá hacerse digno de la enseñanza, mediante el trabajo. Deberá mantener las armas de su maestro, le vestirá en tiempo de guerra o en la caza y los torneos. Se cuidará de las sillas y los arneses de monta. Servirá en el interior de la casa de su señor y podrá asistir a las reuniones privadas de los caballeros. En las fiestas, asegurará el protocolo. Velará por el respeto debido a cada uno y sabrá tratar a cada grado de la jerarquía con la dignidad que merece.

En Francia, aparece una institución que está ausente en otras latitudes. De la misma forma que los “compagnons”, miembros de los gremios artesanos tradicionales, realizan un “tour de France” (vuelta a Francia), de ciudad en ciudad, aprendiendo las diferentes técnicas del oficio que se ejercen en cada una, el caballero puede convertirse en “pretendiente de armas”. Para ello viajará de castillo en castillo, siendo instruido en las diferentes técnicas utilizadas en el manejo de las armas, pero también en la heráldica y en la cortesía y la elegancia. Pero, al llegar a este punto, ya ha habido una criba: no todos los escuderos podrán realizar esta ruta. Para abordarla hará falta que su reputación esté limpia y sin mancha, que jamás haya hecho otra cosa que lo que se espera de él y, no solo en lo que se refiere al valor y al manejo de las armas, sino también a la educación y a la virtud. Sólo así podrá ser recibido en todas partes y adiestrado como uno del lugar.

La condición de escudero se prolongará hasta los 21 años. Cuando inicia el tercer ciclo de siete años de su vida, será el momento en que, si ha logrado llegar hasta ahí sin sombra de desdoro, podrá ser investido caballero. La iniciación caballeresca fue ganando complejidad a medida que avanzó la edad media. De la simplicidad inicial se pasó a un ritual dividido en dos momentos:

1) Una fase previa consistente en un ayuno de siete días. La última noche (o las tres últimas, en algunas latitudes), el aspirante a caballero deberá velar armas en la soledad, el silencio y la oscuridad de un recinto consagrado. Se habrá confesado y depositado su espada sobre el altar. Al despuntar el primer rayo de sol del día de la iniciación, deberá realizar un baño ritual, luego no tomará sus ropas antiguas, sino que se revestirá de una túnica blanca, capa púrpura y cinto blanco.

2) La ceremonia propiamente dicha comprende una misa en el curso de la cual permanecerá arrodillado con la espada colgada del cuello. Después de comulgar, el oficiante bendecirá sus armas. Le vestirán como caballero y le entregarán los objetos propios del oficio de las armas. Cada uno de estos objetos –espuela, yelmo, coraza, guantelete y espada- tiene una función simbólica que le explicarán mientras se la colocan. Luego recibirá el “espaldarazo”, un pequeño golpe en la nuca en unas épocas, o en los hombros en otras, con la espada, pronunciando la fórmula de consagración. El escudero ya se ha convertido en caballero, a partir de ese momento. Finalmente, se le entregaba la lanza, el escudo de armas con los colores heráldicos, el nombre simbólico elegido, y el caballo de batalla.

 

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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