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Redacción.- Hace cien años, algunos políticos catalanistas creyeron poder alcanzar la independencia. Luego, percibió la imposibilidad del proyecto. ¿Vamos por el mismo camino? Vale la pena bucear en la historia del catalanismo político para convencerse de que no hay nada nuevo bajo el sol. El ejemplo histórico demuestra que hasta los más catalanistas son capaces de dar marcha atrás cuando su ideal puede afectar a sus negocios. “Pagant, Sant Pere canta” (Pagando, San Pedro canta) es un refrán típicamente catalán.


En los orígenes del nacionalismo catalán
A mediados del siglo XIX, “Jove Catalunya”, fue la primera asociación que propuso reivindicaciones catalanistas. El entonces joven, Eusebio Güell Bacigalupi, conde de Güell, la financió generosamente y su apoderado, el poeta Picó y Campanar, fue su presidente. Güell, financiaba todo lo que olía a catalán. De él, Jordi Pujol aprendió que primero era necesario “fer país” (hacer tarea cultural catalanista) para luego poder “fer politica” (alcanzar un peso político decisivo). Güell fue un precursor a la hora de financiar la lengua y la cultura catalana: asiduo del Liceo barcelonés, no le gustaba el neopaganismo germanizante de Wagner, así que intentó promover una ópera genuinamente catalana. Afortunadamente le fue mejor con el cemento Asland y con los textiles, por que la ópera “Garraf”, vanguardia de lo que hubiera debido ser la “ópera nacional catanala” fue un tostón insoportable. Allí murió el proyecto.
Güell, financió las construcciones más osadas de Gaudí que junto con Elías Rogent, Puig i Cadafalch y Doménech i Montaner, intentaron establecer una “arquitectura nacional de Catalunya”. Promovió la poesía de Joan Maragall y de Jacinto Verdaguer quienes crearon en el entramado legendario y romántico que dieron al naciente nacionalismo catalán un contenido emotivo y sentimental.
Las originalidades del Conde de Güell
Güell viajó con Verdaguer a los Alpes Rethios, en la Suiza Romanche. Allí, se habla una lengua que recuerda vagamente al catalán. En el acto inagural de los Juegos Florales de 1901, Güell explicó que el catalán no derivaba del latín, sino del rethio. Con una seriedad pasmosa, sostuvo que el catalán era más antiguo que el latín... Ni uno sólo de los representantes de la crema y de la intelectualidad catalana que estaban presentes, se levantó para objetar lo obvio. Güell financiaba los Juegos Florales. Quien paga, manda.
El conde de Güell había quedado decepcionado cuando se desechó el proyecto de Doménech i Montaner para la fachada de la Catedral de Barcelona (hasta finales del siglo XIX, la catedral careció de fachada y mostraba una tapia encalada). El proyecto entraba dentro del concepto de “arquitectura nacional de Catalunya”. Doménech i Montaner  diseñó la fachada y Gaudí lo rotuló; pero, la construcción, financiada por el empresario Manel Girona, se hizo de espaldas al catalanismo político.
A partir de ese momento, los medios catalanistas, tomaron al asalto, el entonces incipiente proyecto del templo de la Sagrada Familia y lo recondujeron hacia sus planteamientos. Güell, Gaudí y los demás prohombres del nacionalismo catalán de la época, quisieron hacer del barrio de la Sagrada Familia, el centro de la “Catalunya nova”, desplazar el Ayuntamiento y los demás servicios centrales de la ciudad, en torno a un templo que fuera la encarnación de las virtudes catalanistas.
Cuando el nacionalismo catalán renuncia al nacionalismo

En sus estancias en Barcelona, Franco y Alfonso XIII, residían en la antigua finca de los Güell en Pedralbes. Allí, en 1968, el catedrático Joan Bassegoda, descubrió una fuente perdida entre la maleza. La fuente, diseñada por Gaudí, tenía un caño con forma de dragón del que manaba agua sobre una pileta de mármol decorada con las cuatro barras catalanas. La pileta estaba destruida...


 

 

Güell, había impulsado la formación de los grupos políticos catalanistas, en especial la Lliga. En 1902, la Lliga creía que Catalunya podía ser independiente y venturosa. Olvidaban a la clase obrera catalana. Ésta manifestó su fuerza durante la “Semana Trágica” de 1908. Mientras en Barcelona estallaba la huelga general en Barcelona, 2000 soldaditos españoles morían en las laderas del Gurugú defendiendo intereses, en gran medida, ligados a los Güell.


 

 

Todo esto convenció a Eusebio Güell de que el nacionalismo catalán, debía dar marcha atrás: la clase obrera catalana suponía un peligro para sus intereses, y el único que podía conjurarla era… el Ejército Español.


 Los Güell, en señal de buena voluntad, cedieron el Palacio de Pedralbes a la corona, pero, antes, se cuidaron de eliminar el único signo catalanista del lugar: la pileta con las cuatro barras catalanas, diseñada por Gaudí.
La historia vuelve a repetirse

Si los negocios peligran, la patronal catalana se resfría y la fiebre llega hasta el Palau de la Generalitat. Los grandes negocios de La Caixa, dependen de la política del Estado Español. Gas Natural apenas es un gaseoducto de alto riesgo cuyo origen está en Argel y su final en Sevilla; Repsol, realiza prospecciones en el mar de Alborán, en el Estrecho y en Canarias, muy lejos del domicilio fiscal de La Caixa, uno de sus accionistas mayoritarios. El principal consumidor de cava catalán es la población del resto del Estado.


 

 

Hoy no hay fuerzas armadas en Catalunya. El movimiento obrero catalán es una sombra de lo que fue hace cien años. Pero hay un factor nuevo: el consumidor español.


 

 

El consumidor español tiene en sus manos la posibilidad de presionar a la patronal y al electorado, e inducirle a reflexionar sobre hasta dónde puede llegar y advertirles cuándo se ha franqueado un límite. El límite es la unidad del Estado y la igualdad de derechos entre todas las “regiones” y “nacionalidades” del Estado.


 

 

Catalunya está aquejada de una sífilis ideológica (el nacionalismo) que interactúa con la perspectiva del botín (la autonomía fiscal). De esa sinergia de intereses, no puede salir nada bueno, ni para España, ni para Catalunya. El boicot es una forma, perfectamente legítima, de corregir tendencias. No toda la política se hace en el Parlamento y en tenidas íntimas de élites exquisitas. La calle también tiene algo que decir.


 

 

Nadie discute el derecho de Carod a defender su opción. Pero, tampoco nadie puede impedir el derecho del consumidor español a presionar a la sociedad catalana. Lo que se pide a la clase política catalana no es precisamente que rompa a martillazos sus cuatro barras, como hicieron los Güell en Pedralbes, sino que encaje esas cuatro barras en España. Para eso, ya existe un Estatut y una Constitución.


 

 

A los 25 años, un joven sigue siendo joven. Y nuestros documentos básicos de convivencia, tienen esa edad. ¿Para qué jubilarlos? Es, más bien, Maragall quien tendría que ir pensando en su jubilación. Sobran razones para ello.


 © Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es
 
 

 

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