La última frontera de la “liberación sexual”

Publicado: Sábado, 28 de Mayo de 2005 01:29 por en VARIOS
bebe.jpgRedacción.- Ni es comprensible, ni existe justificación alguna para la red de violadores de bebés desarticulada por la policía. No estamos ante un episodio extraño: en lo que va de año se han desarticulado 6 redes de pornografía infantil. Lo que empezó con la “revolución sexual” de los 60, está alcanzando sus últimas consecuencias extremas gracias a Internet.


El huidizo e inaprensible límite de la pornografía

La función de la pornografía es, según el diccionario "producir excitación erótico-sexual y, actuar como forma de liberación ante sociedades represivas de la sexualidad". Pero es difícil de aceptar este criterio: es precisamente en las sociedades más libres y desinhibidas en las que existe más pornografía. Ninguna sociedad tan liberada desde el punto de vista sexual como la nuestra, incluso en aquellos países tradicionalmente represivos. Pues bien, hoy, en la red, hay cuatro millones de webs, solamente de pornografía infantil; en cuanto a la pornografía en sentido amplio, resulta, sencillamente, incontable. A la vista de esto, es preciso rectificar la definición y convenir que la pornografía es todo aquello que provoca excitación erótico-sexual.

El ser humano se diferencia de las especies animales en que tiene conciencia de sí mismo y conoce el placer y la forma de obtenerlo. Esto hace que lo que en los animales es puramente biológico e instintivo, tenga en el ser humano una componente mental. La pornografía tiende a generar estímulos mentales que incorporen elementos nuevos a la búsqueda del placer. La pornografía opera en el cerebro el mismo efecto que una droga dura: tras un período en el que genera un placer nuevo, extremadamente satisfactorio, la mente, tiende a convertirlo en rutina. La misma película pornográfica visualizada por segunda vez produce un efecto menor y si la visualizamos unas cuantas veces más, lo que antes excitó, llega a cansar.

De ahí que la pornografía, requiera siempre mayores niveles de intensidad para mantener su eficacia. Hay en todo esto una necesidad de experimentar sensaciones nuevas, estímulos situados siempre en una nueva frontera, progresivamente más alejada, de la que se toma conciencia a medida que se ha ido superando etapas anteriores. El consumidor de pornografía precisa siempre emociones más fuertes. Lo que le excitó ayer, se convierte en una rutina hoy y le aburrirá mañana. La sexualidad se transforma de ejercicio de la capacidad de obtener placer, en persecución de un placer que siempre lleva a fantasías más audaces y lejanas.

Cuando la pornografía permanece en el terreno de la fantasía, el sujeto va experimentando una tensión una situación esquizofrénica en la que la sexualidad realmente experimentada, está cada vez más desvinculada de las fantasías eróticas que aparecen en la mente del sujeto. El ejercicio del sado-masoquismo es apenas un juego morboso… hasta cierto punto, más allá del cual se convierte en una mezcla de riesgo, perversión y neurosis obsesiva. Cuando esto ocurre, el sujeto deja de tener sexualidad social con su pareja, para tener solo fantasías irrealizables dentro del marco de su fantasía erótica. Al menos hasta ahora.

Ahora, Internet ha alterado todo esto. Internet ha permitido la formación de “redes” y grupos de afinidad. Esto ha operado dos innovaciones: de un lado, la moral cristiana que habitualmente el sujeto había asimilado en algún momento de su educación, salta por los aires. El sujeto, deja de tener conciencia de que sus fantasías perversas son “malas”, ve que hay muchos otros como él, en cualquier parte del mundo. El sentimiento de culpabilidad desaparece en el seno de una comunidad en la que todos comparten las mismas perversiones. De otro lado, las redes han salvado del aislamiento a elementos que compartían las más extrañas parafilias y perversiones. Los grupos de afinidad se han convertido en foros de intercambio de material pornográfico especializado, cada cual encuentra aquello que busca hoy y aquello otro más intenso y extremo que buscará mañana.

El fenómeno de la globalización, además, ha generado otro efecto perverso. La prostitución infantil, prácticamente ha sido desterrada de Europa, pero sigue en vigor en ciertas zonas del tercer mundo. En estos países, la oferta turística incluye la posibilidad de contactos sexuales con menores, para satisfacer cualquier tipo de fantasía erótica extrema, por apenas menos de 100 dólares.
Hay dos tipos de maníacos obsesivos por el sexo: aquellos que no tienen el valor ni la necesidad de llevar a la realidad sus fantasías eróticas extremas, y aquellos otros para los que el mero hecho de tener una fantasía por cruel y aberrante que puede ser, implica necesariamente el llevarla a la práctica.

Detrás de un crimen sexual, habitualmente lo que encontramos es un psicópata con un cromosoma de mas (el XYY) que le permite elevar un grado su peligrosidad en relación al psicópata integrado tan habitual en las sociedades occidentales. A partir del descubrimiento de este cromosoma XYY en los años sesenta, se sabe que entre los asesinos en serie, existe una predisposición genética. Es cierto que, el número de asesinos en serie es mucho menor que el de sujetos que tienen este excedente genético, pero, da la sensación de que, en condiciones normales, estos cromosomas, están contenidos y no se manifiestan, y que esto, por lo menos hasta ahora, solamente ocurría en una ínfima minoría. Pero algo ha cambiado desde los años sesenta.

Lorena Verdú y su factoría de impotentes y frígidas

En otro tiempo hubo parafilias, perversiones y prácticas sexuales enfermizas y aberrantes, pero el fenómeno nuevo es que en la modernidad todo esto ha adquirido un carácter masivo. Este carácter es, sin duda, previo a la irrupción de Internet, pero tiene mucho que ver con las nociones de libertad sexual que aparecieron con la revolución sexual de los años 60.

El error consistió en considerar cualquier límite a la sexualidad como una “represión”. Lo que se buscaba y se proponía era la “libertad sexual”. Hoy, esa libertad ha alcanzado un punto máximo y, paradójicamente, nunca la sociedad moderna ha estado ha registrado tantos casos de impotencia, disfunciones sexuales de todo tipo, parafilias, perversiones, obsesiones y neurosis con base sexual. A estas alturas, resulta evidente, es preciso revisar si todos los programas de “educación sexual” que se dan en los centros escolares, en la televisión y en cualquier otro medio de comunicación, tienen sentido, sirven para algo, o más bien sirven para espolear aquello que se pretende combatir.

Lorena Verdú es un ejemplo de lo que decimos. Probablemente no haya un programa que desencadene tantas neurosis sexuales como el que dirige esta supuesta “sexóloga”, que, programa a programa, demuestra saber muy poco de sexo. Antes que ella, otras “sexólogas”, lejos de educar sexualmente, lo que han hecho ha sido restar expontaneidad a los amantes. Y el sexo es, en gran medida instinto que no precisa ser canalizado por un programa de TV en prime time.

Imaginemos un par de adolescentes, “aconsejados” por la Verdú y el resto de “educadoras sexuales”. ¿Se los imaginan cronometrando el tiempo de precalentamiento? ¿o buscando con lupa el punto G? Hasta ahora, desde los literatos más depurados hasta las prostitutas más depravadas, todos, excepción, han considerado al sexo como algo extremadamente serio. Hasta la prostituta más insensibilizada, adopta una seriedad extrema en el momento de la penetración. El placer extremo no tiene nada que ver con la carcajada, existe una diferencia entre “divertirse” y “gozar”. Pues bien, nos hemos tenido que enterar por la Verdú que lo importante cuando se realiza el acto es “reir” como condición sine qua non para alcanzar el orgasmo. Es evidente que quien se expresa así no ha conocido jamás, ni por aproximación, lo que es el gozo erótico. El orgasmo puede compararse –como han hecho millones de personas que lo han vivido- con la muerte o la extinción… pero no con un chiste de Chiquito de la Calzada.

Lorena Verdú es, en el fondo, la quintaesencia de la revolución sexual de los años sesenta: lejos de liberar, ha encadenado a millones de personas a la confusión, a la impotencia o a la frigidez. Ahora hace falta preguntarnos si la búsqueda legítima es la “liberación sexual” o la “liberación del sexo”.

“Liberación sexual” o “liberación del sexo”

Nunca nos cansaremos de repetir que hay que releer a Julius Evola, que, en buena medida adaptó, tamizó y completó las tesis de Otto Weininger y Michelstädler. Hoy, cuando millones de libros-basura sobre sexualidad, invaden las estanterías de los comercios, haría falta enseñar en las escuelas las tesis centrales de su obra ”Metafísica del Sexo”. A pesar de que esta obra fuera escrita en los años 30, todavía hoy mantiene su vigor, plenitud y actualidad. Evola, a finales de los 60 y a la vista de los destrozos causados por la “revolución sexual”, escribió un pequeño ensayo que fue incluido en el volumen “El Arco y la Maza”, titulado “Libertad del sexo y libertad en el sexo”.

Evola, como se sabe, nunca experimentó ningún tipo de represión sexual. Sus referencias a la sexualidad son vividas, no son construcciones intelectuales. Sabe de lo que habla por que lo ha experimentado. Así pues, desde el punto de vista de la contestación y la contracultura de los años sesenta, Evola habría experimentado la “liberación sexual”, al no tener ningún tipo de represión. Ahora bien, Evola no atribuía ningún interés a este planteamiento. El verdadero problema era otro muy diferente.

La sociedad moderna se alimenta de unos valores surgidos con el humanismo, pero reformulados por la Ilustración y la revolución francesa. Así triunfó una idea de “libertad”, completamente ilusoria. Antes, la libertad no era otra cosa que la capacidad de dominio sobre los instintos, las pulsiones y todo lo que subyace de nuestra naturaleza animal, vida volitiva, instintiva, pasional. Todo, puede dominar al ser humano o… ser dominado y controlado por él. La libertad, en un sentido tradicional, es la capacidad de dominio sobre todo esto. Un ser humano en una isla desierta, no tendría leyes que lo limitaran, pero si ese hombre fuera esclavo de sus pasiones, distaría mucho de ser un hombre libre. Esta es la libertad absoluta, en sentido metafísico. Luego, naturalmente, cuando está libertad se proyecta sobre el mundo contingente (el mundo de la dualidad y el conflicto), rompe su unidad: y así surgen libertades “positivas” (como la de expresión) y libertades “negativas” (como la de matar al vecino). Toda sociedad para poder funcionar precisa limitar esas libertades negativas.

La sociedad moderna vive en plena confusión. El mero hecho de pensar que pueda existir una “libertad negativa” crea un conflicto terminológico. “La libertad nunca es negativa”, suele oirse. Pero lo es, como todo lo que existe sobre el mundo dual en el que vivimos: el espejo de Dios es el Diablo, el del Bien es el Mal, y así sucesivamente.

Concebir así la libertad implica la necesidad de liberarse de los pequeños tiranos de la mente. Y uno de estos puede llegar a ser –y frecuentemente es- el sexo. Así pues de lo que se trata es de situar el sexo en el contexto que es propio: elemento que permite experimentar un tipo de placer. Pero, a partir de la revolucion sexual y la contracultura de los sesenta, el sexo se ha absolutizado y vivimos una especia de pansualización de la vida. Desde la botella de Coca-Cola hasta el anuncio de un bombón helado, todo tiene que ver con la sexualidad y se procura generar estímulos sexuales que acompañen a cualquier producto de mercado.

Violación de recién nacidos: desembocadura de la revolución sexual

Si la revolución sexual de los sesenta enfatizó la necesidad de evitar cualquier tipo de represión, si se encargo de hacer saltar por los aires cualquier paradigma de normalidad e hizo imposible una definición de normalidad y eso gustó por que elevaba a la categoría de aceptable todo lo que hasta ese momento había sido una alteración de la normalidad instintiva y mental (homosexualidad, parafilias, variedades extremas de sexualidad), ahora estamos viviendo sus consecuencias más perversas: la noción de matrimonio ha saltado por los aires porque, en el fondo, la represión de la homosexualidad puede dañar la sociabilidad del colectivo gay (de un 3 a un 5% de la sociedad), en el ambiente gay se suele discutir sobre el tema de la pedofilia sin que nadie se escandalice (de hecho, según dicen unos, los niños de 14 años ya saben lo que quieren y no importa si tienen relaciones sexuales con “carrozotas”…), y así sucesivamente.

La falaz distinción entre erotismo y pornografía y el encarrilamiento de ambos en la más banal normalidad gracias a las lorenasverdú de turno, así como la sexualidad así concebida que siempre obliga a ir más allá y buscar fórmulas y situaciones más audaces porque esa sexualidad en perpetua huida hacia delante, como el capital quieto, no produce placer, todo eso ha llevado a que en nuestra época las neurosis sexuales se hayan disparado hasta extremos increíbles en otras épocas. Todo una sociedad mira hacia el sexo buscando la compensación en él a sus frustraciones cotidianas y la única recompensa a su triste y pobre cotidianeidad, y en lugar de considerar al sexo como algo grande, único, excepcional, han pasado a considerarlo como algo banal, que puede ejercitarse no importa donde con no importa quien en no importa que situación. El “Sábado sabadote” anhelado durante cinco días a la semana, unos cuantos polvetes de pago al mes o unos ahorrillos quemados en Cuba, Tailandia, Filipinas con adolescentes, el surfeo convertido en la masturbación cotidiana ante el monitor, la impersonalidad y la falsedad del chateo, los clubs de intercambio… todo esto suponen las formas de una sexualidad que se debate entre la rutina, la incapacidad para alcanzar el orgasmo cada vez más extendida y las prafilias progresivamente más desmadradas.

En EEUU triunfa aquel que hace aquello que no hace nadie más. Da la sensación de que esta mentalidad ha invadida también el mundo del sexo: entre los detenidos del jueves pasado por la red de violadores de bebés, el más importante era considerado “una leyenda” en el medio de pedófilos de todo el mundo. Una especie de “Unabomber” de la pedofilia. Los rasgos de su personalidad son habituales entre los pedófilos surgidos al calor de la era tecnotrónica: introvertido, asocial, incapaz para mantener relaciones sexuales con una mujer, cuyo mundo está contenido en el monitor del PC, de media o alta capacidad adquisitiva, aceptable nivel cultural y, finalmente, cuya vida se desarrolla fuera de cualquier consideración moral. No es evidente que se trata de psicópatas.

Ahora bien, sí parece evidente que estos sujetos han pasado por distintos grados de “experiencia pornográfica”: al haber saciado cada uno de los niveles iniciales, han pasado al siguiente más avanzado, y así hasta llegar al más extremo que parecía hasta solo hace 72 horas, absolutamente inconcebible: la violación de recién nacidos…

No hay que sorprenderse, como no hay que sorprenderse por la existencia de yonkis en la sociedad. Si todo yonki ha sido antes un consumidor de hierba y mentanfetaminas, todo pedófilo extremo, ha sido antes pedófilo a secas, antes consumidos de pornografía relacionada con alguna parafilia y antes, consumidor de pornografía convencional. Si se acepta el uso del porro, se llega, antes o después, a legiones de yonkis vagando por las calles o destruyéndose a sí mismos. Si se acepta, que la “libertad sexual”, es decir la “libertad en el sexo”, es un imperativo social –en lugar de anteponer la “libertad del sexo”- se está obligado, necesariamente, a aceptar cualquiera de sus consecuencias extremas. Incluida la violación de recién nacidos.

Este es un mal camino. Los 40 años de liberación sexual han conducido a un infierno, especialmente para los más desprotegidos de la sociedad, la infancia. Hay que desandar lo andado. Hay que explorar otros caminos, porque este ya se ve lo que da de sí. El emprendido por la contracultura de los sesenta, está alcanzando sus últimas consecuencias lógicas. La detención de la red de pedófilos violadores de bebés es la última muestra de sus efectos más deletéreos.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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