Recojamos firmas contra las bandas latinas

Publicado: Lunes, 16 de Mayo de 2005 10:20 por en INMIGRACION
Pueblo11.jpgRedacción.- Latin kings, ñetas, mara salvatruchas, rancutas, master y panteras negras, son algunas de las lindezas que nos han llegado con la inmigración. No los queremos entre nosotros. Y, además, podemos librarnos de ellos: bastaría apenas una ley emanada de los diputados, para repatriar por vía de urgencia a todo aquel extranjero adolescente miembro de una banda juvenil por el mero hecho de serlo… ¿atentado a los derechos humanos? No, el atentado es que esas bandas juveniles campen por nuestras ciudades. ¡Fuera con ellos!

Llegaron hace tres años a nuestra tierra: no los queremos entre nosotros

Llegaron hace tres años, pero salieron a la superficie hace dos. Son inconfundibles: adolescentes vestidos de forma llamativa, utilizando símbolos propios, llegados de la América andina. Caminan de manera displicente –si es estilo es la vida, el suyo evidencia lo que son: patanes-, están tatuados con los símbolos de sus hermandades que son, en realidad, mezclas de mafias, sectas y hermandades criminales. Visten con ropas anchas, gorras de béisbol, pañuelos llamativos y su actitud es siempre agresiva y violenta. Se cuelgan con haschís, pastillas, cocaína y crack. Cuando les falta, la litrona es su compañía. Salvo este último rasgo, el resto, los tipifica especialmente. Es como si un delincuente a la antigua, se paseara por la calle, con el antifaz y el saco a la espalda. Las bandas latinas, no engañan a nadie. De hecho, no quieren engañar. Prefieren provocar y que se les tema. Saben que la policía está atada de pies y manos y que la sociedad española está indefensa ante su brutalidad.

Tribus urbanas de importación, junto a las cuales las más salvajes tribus skins, son apenas colegiales desvalidos. Todo un regalo de las hijas de la madre patria. Odian, fundamentalmente, odian; odian todo lo que les rodea: nos odian a nosotros, odian a una sociedad que no les ha dado gratuitamente todo lo que quieren, odian su medio familiar, odian su cultura de origen, odian la cultura que los recibe. Rap, salsa, regeaton, son sus tirmos; discotecas enteras les dan la basura musical que piden. En realidad, odian la cultura, porque se alimentan de cultura basura, la única que son capaces de asimilar.

Dicen que en Barcelona son 500 y en Madrid 1000. Mienten. Multipliquen esta cifra por cinco y se aproximarán a la cantidad real. Dicen que se extienden solamente por algunos barrios, densos en población inmigrante de origen latino. Mienten. Están extendidos a todos los barrios, lo que ocurre es que solo algunos, constituyen sus “santuarios”. Hace un año asesinaron a un joven ecuatoriano –el “caso Ronny”- en la puerta de un instituto. Cualquiera que les mire mal o haga algo que no les gusta, se arriesga a ser asesinado por ellos. No bromean: matan para demostrar que son dignos de pertenecer a la banda.

Hace un año se les podía ver por Pueblo Seco y por la zona de Meridiana en Barcelona. En Madrid por la Latina y Villaverde. Hoy están extendidos por toda la ciudad y amplían sus bases. Han pulverizado la enseñanza pública en esos barrios. Resulta absolutamente imposible enseñar y aprender en unos centros dominados por la violencia irracional de estas bandas.

La sociedad española lo está expresando de manera muy clara: no ha salido ni una sola voz, ni una, en defensa del derecho de estas bandas juveniles latinas a realizar sus fechorías en nuestras ciudades. Incluso los etnocidas a lo Esteban Ibarra y las ministras Vogue y los ministros Zero, han callado vergonzantemente. Tampoco el PP ha hecho valer todo su peso como debía y podía, en el pasado debate sobre el estado de la nación. Pero basta escuchar las conversaciones en los barrios –¡en todos los barrios!- e incluso la opinión de los inmigrantes más veteranos, para saber a lo que aspira la sociedad española: ¡quiere que se vayan! ¡que se vayan ya! ¡que se vayan de una puñetera vez!

Si por la sociedad española fuera, todo integrante de una landa latina ya habría sido expulsado de nuestro territorio nacional, sino corrido, literalmente, a gorrazos. Pero el divorcio entre la España real y la España oficial, la de la clase política débil y anquilosada, se evidencia día a día en estas diferentes orientaciones. Atrincherada en sus barrios privilegiados, perpetuamente rodeada de guardaespaldas y servicios de seguridad privados, ignorando lo que ocurre en la sociedad, siguiendo la vida del país real desde los escaños de las instituciones irreales, la clase política no entiende las necesidades de un pueblo, solamente exterioriza su afán depredador (tras el que está todas las reformas de los estatutos), su ansia de pasar a la historia (Carod en Persignan y ZPlus en el Parlamento, aspiran a ser recordados como quienes desmovilizaron a ETA), o, simplemente de perpetuarse en la poltrona, hacen que su percepción de los problemas reales sea, simplemente, inexistente.

La reforma de la ley del menor: una exigencia social

La policía, por supuesto, con el arsenal legislativo actual, no puede operar contra estas bandas. Algunos imbéciles redactaron una “ley del menor” excepcionalmente proteccionista y permisiva que consideraba al delincuente menor como alguien igual al menos socialmente integrado y que, por lo tanto, merecía ser tratado, casi, de la misma forma. Error estúpido de estúpidos progres. Alguien que es mayor para asesinar y robar, debe ser también menor para sufrir las consecuencias.

El problema está en que, desde la transición, el modelo penal habilitado es el que se centra en la reinserción –es decir, en los derechos del delincuente sobre la víctima- cuando ese modelo ya ha demostrado su ineficacia y su estulticia. ¿Para cuándo regresamos al modelo de justifica ejemplificante, en el que el que hace daño a la sociedad paga ese daño, siendo, con el castigo del que es acreedor, ejemplo de lo que le puede ocurrir a otros si cometen el mismo delito. Además, claro está, de resarcir a la víctima. Cuando ello es posible, claro.

Estas bandan se escudan en su edad para eludir la cárcel y la justicia penal. Eso no es nuevo. Desde que se aprobó la ley del menor, la sociedad –no la clase política- ya ha ido advirtiendo de que es una ley que no funciona y que no responde a la realidad que se ha ido gestando a partir de la inmigración.

La creación de un comité para la reforma de la ley del menor, contactar con las víctimas de las bandas juveniles y de la delincuencia más criminal, asesina y violenta, procedente de menores, se muestran como una de las prioridades para la sociedad española… si es que quiere todavía defenderse y no permanecer inerme en la situación en la que le ha dejado su clase política, tan progresista como ciega e inepta.


Crónica de una expansión

Hace solo dos años, un ciudadano podía pasear hasta altas horas de la noche por Pueblo Seco y el Paralelo barcelonés. Hoy no. En el momento en que el sol se pone, la zona aparece como muerta y deshabitada. Solamente, las bandas juveniles recorren el barrio. En centro de Barcelona, la Plaza de Catalunya, lugar de tránsito de turistas, es hoy, a partir de ciertas horas, coto privilegiado para las bandas lainas. Como la Estación del Norte o la Villa Olímpica hasta, prácticamente, la Diagonal Mar: es decir la “nueva Barcelona” ha sido entregada al dominio de las bandas latinas. No pase por la noche por el parque de la Sagrada Familia -¿tampoco Sagrada Familia? ¡tampoco!- o se las verá con los ñetas. También el Parque de la Pegaso y el del Clot, o el Parque de la Sedeta y el Campo del Arpa, también están en manos de las bandas latinas. No se arriesgue a pasear por su ciudad partir de que el sol se ponga. Usted, en su ciudad, se la juega.

Los medios gubernamentales, dicen que no hay motivo para la inquietud. Los imbéciles que constituyen los cargos políticos del ministerio del interior y de justicia (nos negamos a utilizar mayúsculas mientras persista la actual situación de apatía e ineficacia en esos dos ministerios) nos explican, con una seriedad pasmosa, que estas bandas “están en fase embrionaria”

Los policías de a pie saben que la cosa es muy distinta de lo que sostienen las cúpulas de los estos ministerios: saben que los dominicanos, colombianos y ecuatorianos forman lo esencial de las bandas. Pero también hay bandas de marroquíes, peruanos y brasileños.

El 12 de abril de 2004, Ronny Tapias, un joven ecuatoriano, ajeno por completo a la dinámica de las bandas juveniles, fue confundido con un pandillero y asesinado por un grupo de latin kings. ¿Cuántos muertos deben de producirse para considerar que las bandas ya han superado “la fase embrionaria”? Los responsables de interior sostienen que “a fecha de hoy no representan un grave problema de seguridad” ¿qué indicativos marcan el que pasen a ser un “grave problema de seguridad”? No desde luego, la percepción de la sociedad, a la que justicia e interior, permanecen de espaldas, anclados en sus tópicos progres

Ahora bien, si los “figuras” que dictan la política judicial y de interior en nuestro país, son capaces de decir estas incongruencias se debe a que han tomado como patrón comparativo… ¡la situación de las bandas latinas en EEUU! Hay que recordar que, desde los años 50, existen bandas portorriqueñas en EEUU y que, en la actualidad, constituyen verdaderos ejércitos organizados. En este momento –según publica La Vanguardia- existen en EEUU, 25.000 bandas juveniles organizadas que agrupan a 650.000 vándalos menores de 20 años. En Los Angeles, el 97% de los delitos violentos son atribuidos a las bandas. Las fuentes oficiales del tripartito catalán, además, manejan otro dato “definitivo”: en Honduras, con una población similar a Catalunya, existen 100.000 miembros de bandas juveniles (“mareros”)… así pues, si aquí solamente hay 500 o 2000 ¿para qué preocuparse?

Hay que recordar que en Los Angeles hay barrios en los que la policía se niega a entrar, sino es en tanquetas, masivamente y con armas automáticas en ristre. Lo sabemos por que nos lo dice Lluís Paradell, analista de los Mossos sobre el fenómeno de las bandas latinas. Evidentemente, la comparación con Los Angeles es desmesurada. Aquí no hemos llegado a esos niveles, pero no por ello no hay que preocuparse, al contrario: hay que prever que los niveles de Los Angeles pueden ser alcanzados en apenas uno o dos años. Esto, los “analistas” lo callan prudentemente. Hacerlo público, equivaldría a crear alarma social…

Pero el argumento más insidioso que hemos oído estos días sobre las bandas juveniles, nos dice que “Sin inmigración también existirían” (ver La Vanguardia de 16.05.05, “Vivir”, pág 2). Pero, a nadie se le escapa que ni los mods, ni los skinetes, ni los roqueros, ni los moteros, constituyen grupos mínimamente equiparables a las bandas latinas. Una “tribu urbana” es una agregación de jóvenes con las mismas aficiones. Una “banda latina”, es un agregado de delincuentes juveniles, nacida y agrupada para delinquir. En los esquinetes o en los roqueros y heavys, el delincuente es una excepción –por mucho que Esteban Ibarra se obstine en falsear cifras y adulterar la realidad-, pero en las bandas latinas, el hecho mismo de formar parte de ellas, ya supone un primer encuentro con la delincuencia.

Lo que está llegando a la “madre patria”

En la América andina, la “hispanidad” no se sabe ni qué es, ni lo que representa, ni se tiene una noción aproximada. Diferente es en el Cono Sur latinoamericano (Argentina, Chile y Uruguay), pero en el resto, de Bolivia a Panamá… la “hispanidad” es algo de lo que jamás se ha oído hablar. Allí las chicas se casan a los 16 y se divorcian a los 19, cuando su marido les ha pegado lo suficiente y ha llegado, inevitablemente, durante 3 años seguidos, borracho a casa. Es la “pesadilla andina”. Por lo general, a los 19 años, una chica andina, sabe más de la vida que una mujer española que le dobla en edad. En aquellas latitudes, todavía existe el mito de que si una mujer tiene un hijo con su amante, esto le obliga a casarse necesariamente. Así ocurre… para luego divorciarse a los pocos años. Por supuesto, esto no afecta a la totalidad de la población andina, pero si es la situación más habitual que se puede encontrar en esos países.

Este modelo de sociedad es el caldo de cultivo de tres fenómenos, no particularmente positivos: las familias desestructuradas, las familias monoparentales y la violencia doméstica. Estos fenómenos acompañan a los andinos, donde quiera que vayan, tanto en las calles de Guayaquil como en las de Madrid.

Si determinadas señales de alerta se han disparado en la sociedad española (violencia doméstica, familias monoparentales y familias desestructuradas) no se debe a que, bruscamente, la sociedad española se haya vuelto loca, sino a que se ha insertado en nuestra sociedad un fenómeno nuevo que los progres de turno, en su afán antidiscriminatorio, incluyen en las estadísticas como muestra de “integración” y liberalidad. Queremos saber, por ejemplo, por qué a partir de 2003, la inmigración con un 10% de presencia en la sociedad, proporciona el 50% de casos de asesinatos domésticos. Por ejemplo. La constitución de las poblaciones que están llegando explica el aumento desmesurado de las confesiones religiosas “exóticas” en los últimos tiempos. Grupos evangélicos, pentecostales, confesiones protestantes de todo tipo, cultos siniestros afrocaribeños, etc, han aumentado asindóticamente en los últimos años, gracias a la inmigración masiva. Se engañan quienes creen que todos los inmigrantes latinos que llegan son “católicos” y, por tanto, refuerzan al catolicismo español. Antes bien, lo cierto es justamente lo contrario: la llegada masiva de andinos, ha disparado la clientela de las confesiones más enloquecidas y supersticiosas.

Por lo demás, entre los andinos, ya en los países de origen, se suele cultivar el odio hacia la “madre patria”. Las diferencias sociales, la corrupción de las clases políticas, la miseria endémica de estos países, no lo atribuyen a la nula administración de recursos ni a la clase política local, inevitablemente degenerada y rapaz hasta extremos que harían enrojecer de vergüenza a nuestra clase política, sino que cualquier desgracia se interpreta asignando la culpabilidad a “los españoles”. España “nos cagó la vida por que macó al inca”… es una frase habitual en aquellas latitudes.

Como siempre, los padres han llegado aquí para trabajar, y frecuentemente, lo hacen en los empleos peor pagados y al margen de la seguridad social. Eso vale para los padres, pero no para los hijos que se agrupan en los centros de enseñanza pública, son conscientes de su inferioridad económica, no ven claro para qué estudiar, ni con qué perspectivas profesionales. Su cerebro está nublado por las drogas y las músicas alienantes y repetitivas, y por el rechazo a lo que les rodea. Es un mecanismo psicológico similar al de los magrebíes, cuya religión, hábitos alimentarios, hábitos étnicos y culturales, son inintegrables en la sociedad española. En todos estos casos, la sensación de inferioridad, se transforma en rechazo primero, odio después, y exacerba el sentimiento de hermandad y fraternidad que, finalmente, cristaliza en los rituales de las bandas urbanas.

¿Tiene solución el problema de las bandas latinas?

Hay problemas cuya complejidad es tal que resulta imposible encontrar una solución que satisfaga a la sociedad y mucho más difícil de aplicar; pero, luego, existen otros problemas de fácil solución, por poco interés que muestre un gobierno en resolverlo. El de las bandas latinas pertenece a este segundo tipo de problemas ante los cuales basta que exista voluntad política o presión social para que puedan resolverse.

El problema de las bandas latinas es muy simple de plantear: “¿Bandas juveniles latinas? Simplemente, no los queremos”. “¿Ley del menor? Si es joven para delinquir, es joven para ir a la cárcel” . ¿Hay “consenso” en torno a estos puntos? Lo suponemos. Son tan obvios que sólo un ministro de ZPlus podría ponerlo en duda. Así pues, tenemos objetivos a alcanzar, unos objetivos que comparte nuestra sociedad. ¡A por ellos!

Un proceso de recogida de firmas puede dinamizar una campaña política en torno a este tema. Las asociaciones de vecinos controladas por el PSOE o IU, por supuesto, van a considerar “xenófobas” las propuestas que seguirán. Vale la pena recordar que estas asociaciones, quizás fueran un instrumento ciudadano de estructuración de la sociedad civil en los últimos años del franquismo y durante la transición, pero hoy, están vacías y, en la práctica, son un apéndice de la política municipal de izquierdas. Muchas de estas asociaciones son la voz de su amo, quien paga las subvenciones y les exige silencio cómplice: hay que evidenciar esta actitud y denunciarle ante los ciudadanos. Por lo demás, no todas las asociaciones entrar en el juego del poder, muchos intentar, efectivamente, servir al vecindario y a los intereses de su barrio y no tienen, absolutamente ninguna reserva en denunciar los problemas del barrio. Es a ellos a los que debemos dirigirnos si queremos salvar a nuestros barrios. Quinientas mil firmas para poner en evidencia a la clase política. Quinientas mil firmas para pedir la reforma de la ley del menor y medidas enérgicas contra las bandas latinas.

¿Qué puede exigir la sociedad española a un Estado de Derecho, democrático y representativo?

1. Equiparación de la pertenencia a una banda latina a la pertenencia a una organización ilegal.

2. Equiparación del miembro de una banda juvenil latina a un delincuente adulto en el momento en que realiza un delito con violencia o un hurto.

3. Pena de expulsión a cualquier miembro de una banda latina por el mero hecho de serlo y pena de cárcel, seguida de expulsión, a cualquier miembro que cometa algún tipo de delito, con o sin violencia.

4. Cierre inmediato de los locales, discotecas, bares, pub que frecuenten las bandas latinas.

5. Reforma de la ley de extranjería y establecimiento de la figura de la “repatriación familiar”, de la misma forma que existe la figura de la “reagrupación familiar”, debe existir, justo la contraria, cuando se advierte que la desestructuración familiar, conduce a fenómenos indeseables en la sociedad de recepción.


La sociedad española se ha manifestado inorgánica, pero masivamente, contra la presencia de bandas latinas. Simplemente, no los queremos entre nosotros. Que se vayan. Que se vayan ya. Que se vayan de una puñetera vez. Y en este terreno, todo lo que sea debilidad, condescendencia, tolerancia y buen rollito (lo único que ZPlus save vender), engorda el fenómeno de la inseguridad ciudadana y las bandas latinas. ¡Fuera con ellos!

© Ernesto Milá – infokrsis – infokrisis@yahoo.es

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