El misterio de los harenes

Publicado: Martes, 29 de Marzo de 2005 12:21 por en VARIOS
000haren.jpgRedacción.- Nada que ver en la tradición y en la cultura occidental con los harenes; Occidente ha sido, en gran medida, monógamo. La institución del harén está muy arraigada en la mentalidad islámica. En Italia surgió una agria polémica en enero de 1996 cuando el gobierno de derechas endureció las normas contra la inmigración. Una de ellas era “la enmienda anti-harén”.

Las asociaciones anti-racistas condenaron esta iniciativa que impedía a los inmigrantes traer más de una mujer a Italia, incluso cuando procedieran de países en los que la poligamia está autorizada. En 1995 la editorial inglesa “Virgin” publicó una colección de novela erótica escrita por mujeres, “Black Lace” (Encaje Negro). Su éxito consistió en describir a la perfección las fantasías eróticas de la mujer occidental, la segunda de las cuales consistía en hacer el amor en condiciones de esclavitud o en un harén... ¿Qué tienen los harenes que suscitan un interés tan morboso incluso en un marco geográfico y cultural que no es el suyo?
En sentido estricto el harén es el recinto destinado a las mujeres situado dentro de palacios o grandes edificaciones. La vivienda musulmana consta de dos partes perfectamente diferenciadas: el “selamlik”, destinada a los hombres y el “harenlik”, zona donde las mujeres pasan su vida.

“Harén” significa a la vez “sagrado” e “inviolable”. El lugar está vedado a los visitantes del otro sexo y solo puede ser frecuentado por eunucos o por el dueño y señor de la casa. Traspasar el umbral del harén acarrea la decapitación inmediata del intruso.

La vida de la mujer islámica transcurre en el hogar, mientras que el varón recorre las calles, trabaja fuera, va a visitar a los amigos o simplemente conversa con ellos en el zoco. La mujer islámica es prácticamente desconocida incluso para los amigos más íntimos de su marido. Es la administradora y gobernanta de la casa. Dentro del harén comparte su vida con otras mujeres de su misma condición o bien sirvientas y esclavas, en una estructura piramidal, perfectamente jerarquizada en cuya cúspide se encuentra la primera mujer que ha dado a luz un hijo varón. Fuman, beben, duermen, reciben a amigas, cantan, bailan, realizan pequeños trabajos manuales y, sobre todo, siguen escrupulosamente los preceptos de la religión islámica.

El primer europeo que vio un harén fue Thomas Dallan, enviado a Constantinopla en 1599 para instalar un órgano que la reina Isabel regaló al sultán. Este se enfureció al saber que nadie entre sus súbditos sabía tocarlo y puso a disposición de Dallan dos concubinas, luego lo llamó a palacio mientras él estaba fuera para estimular su interés por las mujeres del harén. Lo que describió resulta extremadamente gráfico: “Cuando llegué ví que el muro exterior era muy ancho, pero a través de las rejas pude ver las treinta concubinas del Gran Señor que estaban jugando con una pelota. A primera vista los tomé por muchachos, pero cuando me di cuenta de que llevaban el pelo caído a la espalda, en trenzas, recogido con una sarta de perlitas y por otras señales muy evidentes, supe que se trataba de mujeres. En la cabeza no llevaban más que un gorrito de oro, algunas llevaban polainas y otras la pierna desnuda, con un arete de oro en el tobillo; calzaban zapatillas de terciopelo de ocho centímetros de alto”. Dallam decidió huir de la ciudad antes de que el sultán regresará temeroso de que el haber observado el harén le acarreara la muerte. Las concubinas del harén procedían todas del mercado de esclavos de Constantinopla, la mayoría capturadas y robadas de naciones extranjeras cuando eran vírgenes, aprendían buena conducta, a tocar y a bailar y eran entregadas luego al Sultán como regalo. Al entrar eran incorporadas simplemente con la fórmula tradicional “La Illahe illa Allah, Mohamet rasul Allah” (no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta). Otro viajero renacentista, el veneciano Ottaviano Bon definió así otro harén: “En los apartamentos de las mujeres viven como las monjas en los conventos” y más adelante añade “Las muchachas rompían toda relación con el pasado una vez entraban en el serrallo. Recibían nuevos nombres”.

Estos dos testimonios son suficientemente significativos: la entrada en el harén y su permanencia en él tienen una función religiosa. Como se sabe el Islam no conoce el monacato, ni para hombres ni para mujeres, sin embargo, el harén es el equivalente al monasterio católico de monjas. El hecho de recibir un nombre iniciático, de dejar atrás su vida anterior, la pureza virginal requerida para entrar en el harén y finalmente, el énfasis puesto por los tratadistas islámicos en la necesaria devoción a Dios que deben reunir las concubinas, son suficientes como para insertar el harén entre las instituciones religiosas llegadas al Islam desde otros horizontes geográficos, fundamentalmente hindúes y persas.

Así como el hombre encuentra la realización de su ser en sí mismo, entregándose a la meditación, a la guerra santa o a trabajos sacralizados, la mujer encuentra su realización renunciando a sí misma y entregándose a su hijo (como madre) o a su marido (como amante). En el caso del harén, las concubinas deben al dueño una devoción casi sobrehumana y una sumisión absoluta. La costumbre, por ejemplo, obliga a la concubina elegida para pasar la noche con el dueño del harén, a efectuar una entrada en las habitaciones reservadas, en la que haga gala de gran humildad, como símbolo de sometimiento dejará caer su camisón, entrar en la cama por los pies y avanzar así hasta su amo.

El hecho de que el porcentage de esclavas capturadas fuera muy alto, implicaba que la presencia en el harén con su aislamiento y su estricto régimen de vida, así como la entrega devocional a su dueño, supusieran una especie de redención. En la sociedad islámica medieval el esclavo era considerado culpable (de no haberlo sido Alá lo hubiera protegido y por tanto no habría caído en la esclavitud) y el cumplimiento de las funciones propias de las concubinas en el harén, era una forma de volver a ser querido a los ojos de Dios.

Galaleddîn Rumî, gran poeta islámico, había escrito que “Quien conoce la virtud de la danza vive en Dios, porque El sabe como el amor mata”. No es raro que la danza sea una de las distracciones más habituales practicadas en los harenes. La danza tiene una importancia particular en todo el ámbito islámico. En Turquía las cofradías de derviches practican ritualmente danzas sincompadas con fines extáticos. El movimiento circular de los danzantes hace que la sangre llegue a zonas del cerebro en donde habitualmente no suele llegar ; el esfuerzo, el cansancio y lo trepidante de la danza provocan una apertura extática caracterizada por un bloqueo del consciente que permite salir a la superficie estratos más profundos de la personalidad. Así el practicante pueda alcanzar la experiencia mística de fusión con lo Absoluto. Tal es el principio. En lo que concierne a la mujer islámica, practica dos danzas, suficientemente conocidas en Occidente, con fines iniciáticos: las danzas del vientre y de los siete velos.

En 1923 un explorador italiano que se había adentrado en Cirenaica y Tripolitania, entonces bajo dominación de Roma, pudo asistir a ceremonios secretas de carácter erótico, realizadas por cofradías iniciáticas musulmanas. “Gallus”, seudónimo utilizado por el explorador, estaba adherido a un círculo esotérico formado en torno a Julius Evola, el “Grupo de Ur”, y dió cuenta de sus experiencias en una monografía titulada “Experiencias entre los árabes”.

“Gallus” pudo asistir al rito de una auténtica danza del vientre. La ejecutaba una mujer miembro de la cofradía sufí y comprendía tres tiempos marcados por la altura de los movimientos de los brazos y por la expresión del rostro, que corresponden a los períodos de vita de la mujer. El último tiempo alude a la función erótica despertadora de la fuerza basal, durante la unión sexual, mediante el movimiento del vientre y del pubis. “Gallus” apuntaba que “la mujer que ejecuta la dnza sufre como en un parto. Y es que es un parto”. Una danzarina experimentada y conocedora de las prácticas sufíes alcanza el éxtasis en el curso de la danza y, lo que es más importante, genera en quienes la ven una especie de fascinación erótica que les conduce a una idéntica apertura de conciencia.

En cuanto a la danza de los siete velos su simbolismo esotérico y su intencionalidad erótica son palpables. La tradición refiere que Axum, rey de los axumitas, había conquistado el reino de Saba en el 532. Su favorita era la hermosa Aila Sah que fue sorprendida por un eunuco del harén en actitud de huir con un invitado a palacio. Aila para salvar al cabeza prometió al sultán bailarle la danza de los siete velos.

El velo había sido en las sociedades egipcia e hindú símbolo de castidad y pureza. El despojarse de cada uno de los velos suponía alcanzar la pureza del estado edénico primordial. Cada uno de los velos significaban los cuatro elementos (fuego, tierra, agua y aire) y los tres vehículos del Ser (cuerpo, alma y espíritu). Despojarse de ellos suponía, simbólicamente, alcanzar tanto la “quintaesencia” (superación del cuaternario) como la “unidad” (superación del ternario).

El harén, la danza y el ciclo de relatos de “Las mil y una noches”, tienen como denominador común, el erotismo y la sensualidad. Era difícil que una raza particularmente predispuesta al sensualismo, como la árabe, no penetrara en el terreno de la magia sexual. Aun en nuestras días estas prácticas se realizan habitualmente en el Magreb y en la Península Arábiga. El escritor Peter Bowles, refiere que su mujer mantuvo relación lésbicas con una bruja marroquí, la cual la controlaba mediante una planta en cuyas raíces había colocado un paño de seda en cuyo interior se encontraban restos de menstruación de la mujer junto con antimonio. Baste recordar que el antimonio es la materia prima utilizada por los alquimistas árabes para la obtención de la piedra filosofal.

En la base de la magia sexual árabe se encuentra el concepto de la unión sexual como medio empleado para poner en acción la “barakah” o influencia espiritual. Quienes desean acceder a este tipo de prácticas deben de superar una serie de pruebas. Se les exige que no puedan ser hipnotizados, sin duda para prevenir un estado de pasividad o fascinación inmovilizadora, cuando entran en contacto con la mujer.

Estas cofradías disponen de mujeres adiestradas para la celebración de ritos sexuales.

El Profeta reconoció, a pesar de inaugurar una tradición severamente masculina, que el dominio iniciático era accesible a la mujer. El Islam reconoce una desigualdad fundamental entre hombre y mujer, y más concretamente, una complementareidad. Mahoma había escrito: “Tres defectos en el hombre se convierten en cualidades en la mujer : avaricia, orgullo y timidez”, avara con los bienes del marido, orgullosa para no rebajarse a hablar con cualquiera y tímida para evitar los lugares sospechosos.

El espinoso problema de la poligamia es tratado en el Corán IV, 3. El musulmán puede tener hasta cuatro esposas, siempre y cuando mantenga la equidad con todas ellas y puede mantenerlas. La oferta coránica no está exenta de amenazas : “Aquel que tiene dos esposas y no se comporta equitativamente con ellas, tendrá el día del juicio la mitad del cuerpo desequilibrada en relación a la otra”.

La situación intermedia de la sociedad árabe entre el mundo bizantino, el persa y el hindú, hizo que se filtraran influencias de todas estas tradiciones en el esoterismo y en el exoterismo islámico y que se superpusieran al sustrato étnico y cultural árabe. El harén, por ejemplo, procede de la influencia bizantina. De otro lado, la jihad islámica, la guerra santa, fue el vehículo que facilitó la expansión del Islam y la creación de un flujo cultural de Oriente hacia Occidente. Y esto se tradujo en una renovación cultural: de la lejana arabia, los guerreros de Mahoma absorvieron la cultura griega en la periferia de Bizancio y entre las élites culturales de Asia Menor y Egipto. Desde España irradió a todo Occidente. Por otra parte, el flujo inverso generado por las cruzadas y la llegada de órdenes mendicantes y ordenes militares, operó un efecto de osmosis. Fue así como en algunas descripciones del ciclo del Grial, los palacios de las damas misteriosas a los que llega el caballero, revisten el carácter de verdaderos harenes y la influencia islámica es bien patente en algunos casos.
Todo esto no puede hacer ignorar la realidad social actual de los países árabes. No siempre los preceptos coránicos se cumplen y, por lo demás, el mundo árabe no ha sido impermeable a la influencia laica occidental.

Cuando las mujeres islámicas miran a Occidente, algunas de ellas ven un mundo diferente y ansiado. Tal es el caso de Fatima Mernissi, socióloga nacida a 500 metros de la universidad religiosa de la Qarauyin, “reserva espiritual” de Marruecos. La abuerla de Fátima, Lalla Yasmina, fue raptada en 1903 y vendida en Dar Benkirán, uno de los más importantes mercados de esclavos de la ciudad. Permaneció 15 años en un harén de Fez. Su nieta, Fatima Mernissi escribió en 1984 el libro “Marruecos contado por sus mujeres” y tres años después “El Harén Político” prohibido por la presión de los doctores en religión (“ulemas”). “El Harén Político” analiza toda al tradición transmitida con posterioridad a Mahoma con relación a la mujer y plantea la tesis de que el mensaje profético con respecto a la mujer fue falseado en el transcurso de los siglos para justificar la situación de permanente tutela en que se encuentra la mujer en las sociedades islámicas.

En 1989, Fatima fue incluida en una “lista negra” de 80 intelectuales indeseables para Jomeini...

Los harenes de Constantinopla, los de Arabia y aquellos otros vinculados a otros conceptos religiosos en la India y en Asia, fueron siempre custodiados por eunucos y solo a ellos cabía entrar en el recinto. Su utilización va más allá de una simple medida preventiva destinada a preservar el uso de las concubinas solo a su propietario.
Existen tres variedades de eunucos, el completo, al cual de niño se le extrae en órgano completo de la generación (Dekeur, el pene), el escroto y los testículos, el eunuco incompleto al que se le priva solo de los testículos tras la pubertad y, finalmente, el eunuco al que se le atrofian los testículos por frotamiento. El primer tipo es el adecuado para velar por la seguridad del harén, los otros dos son considerados “inseguros”, al haber conocido en el inicio de la pubertad el deseo sexual. Los primeros tras la castración cambian física y mentalmente, no tienen barba, la laringe es de pequeñas dimensiones y la voz resulta infantil y aniñada ; su carácter está próximo del sexo femenino. Entre los árabes se dice que viven poco tiempo y mueren antes de los treinta y cinco años.

La idea general es que el eunuco sexualmente es neutro, no tiene una polaridad femenina y se ha visto amputado de la masculina, de ahí que su presencia en el harén no suponga una interferencia para la pura vibración de la feminidad que luego, al entrar en contacto con el dueño del serrallo, estará íntegra y sin haber sido menoscabada.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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