Democracia aritmética y real. De la masa al pueblo

Publicado: Domingo, 13 de Marzo de 2005 20:18 por en ORIENTACIONES
giger3pd.jpgRedacción.- La democracia no es solo un sistema de aritmética electoral, es el reconocimiento de unos valores y libertades en función de los cuales ordenar la vida nacional. Nuestros sistemas democráticos sufrente hoy una profunda crisis que deriva de las dos derivadas degenerativas del sistema, la plutocracia y la partitocracia, que se extienden sobre el transfondo inquietante de un pueblo convertido en masa.

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La crítica que se formuló en los años 30 a la democracia desde todos los ángulos del sistema político, sigue siendo válida a condición de precisar que se trataba de una crítica a la democracia numérica. La cuestión es que la democracia no es solamente un sistema electoral, sino algo más. Lo que va de la democracia numérica a la democracia sin adjetivos es lo que va de la masa al pueblo.

Los puntos fuertes de la doctrina antidemocrática de los años 30.

A partir de la crisis del 29, la democracia fue objeto de críticas desde cuatro ángulos del sistema político:

1) desde la izquierda comunista
2) desde la extrema-derecha
3) desde los movimientos transversales
4) el tradicionalismo

La izquierda comunista surgida de la escisión de la II Internacional y polarizada en torno a los partidos que se declaraban seguidores del leninismo, se basaba en que la democracia “liberal” era un producto de la burguesía. Ciertamente, ese producto había surgido como una superación del feudalismo, pero, a su vez, había generado una contradicción en su interior. Esta contradicción se basaba en que la burguesía solamente podía mantenerse como clase hegemónica mediante un sistema productivo de tipo capitalista y mediante un sistema político de carácter demoliberal. Y eso implicaba, finalmente, que el sistema económico basado en la explotación del proletariado (los que carecían de la propiedad de los medios de producción), otorgaría por siempre jamás la hegemonía a uno u otro sector de la burguesía representado por los distintos partidos parlamentarios.

Por su parte, la extrema-derecha argumentaba tomaba como punto de referencia “la nación” y afirmaba que la unidad de los ciudadanos quedaba rota por los distintos partidos que tendían a anteponer su interés de parte al interés nacional. Por otra parte, no todos los valores podían someterse a votación: la existencia de Dios o la misma unidad de la nación, no dependían del estado de ánimo del electoral y la coyuntura, para afirmarse o desmentirse. Los fascismos de los años 30 consideraban que la “igualdad” era pura ficción: en la sociedad lo que rige es la ley de la desigualdad y, espontáneamente, se tiende a la formación de jerarquías naturales que no se afirman mediante votos, sino a través de su voluntad de poder y de su lucidez para reacciones de la forma que exigen las circunstancias aun en las situaciones de máximo riesgo.

Los movimientos transversales (que iban desde el “Ordre Nouveau” francés hasta los personalistas de cristianos de Mourier y, en la postguerra, abarcaban incluso el movimiento “Jeune Europe” de Jean Thiriart, al menos en determinados aspectos, realizaban una síntesis integradora entre las posiciones de extrema-izquierda y de extrema-derecha. El título del libro de Henri de Man, “Más allá del Marxismo” y de Thierry Maulnier “Más allá del nacionalismo”, son significativos del estado de ánimo que se vivía en ese movimiento imposible. Ahora bien, estos movimientos, en los años 30, tuvieron la suerte de no descender a la arena política y, por tanto, evitaron ser identificados con el fascismo o con el comunismo y es en este sector, en donde mejor puede evaluarse la solidez de sus argumentos contra la democracia liberal.

Finalmente el tradicionalismo representado por Julius Evola expresó sus puntos de vista en dos obras fundamentales: “Orientaciones” y “Los hombres y las ruinas”. Este sector, difería de los anteriores en sus críticas a la democracia: se trataba de un sector verdaderamente antidemocrático. El “demos” es, por definición, el “reino de la cantidad”, si la sociedad acepta estar dirigida por “los más”, tenderá a dar la espalda a la jerarquía y la jerarquía indica distintos escalones de competencia y preparación, no sólo técnica, sino también espiritual. Para dirigir una comunidad debe estar presente un poder carismático que se encarna solamente en “hombres superiores” en los que se manifiesta una fuerza sobrenatural, un poder que no pide reconocimiento de las masas, sino que se afirma sobre las masas y, frecuentemente, contra las masas.

Las dos primeras posiciones, terminaron chocando entre sí. Una realizaba la crítica a la democracia en nombre de la economía y de los derechos de las clases desfavorecidas y otra lo hacía en nombre de la Nación y de su interés superior. En cuanto a las otras dos corrientes, se trató de formulaciones, fundamentalmente, teóricas, que no tuvieron una incidencia en ningún movimiento de masas.

De la democracia adjetivada a la democracia en estado puro

Ahora bien, a decir verdad estos movimientos incurrían todos en el mismo error: considerar que la forma de democracia que conocieron en los años 30 era el único tipo concebible de democracia, cuando en realidad se trataba de una “democracia liberal”, “de una partitocracia” y, muy frecuentemente de una, pura y simple, oligarquía, vagamente democrática. A la postre, se terminaba no sabiendo exactamente qué significaba la “democracia”.

Amadeo Bordita, una de los teóricos del “consejismo” o del marxismo-revolucionario antileninista, definió, paradójicamente, al estalinismo como el régimen “democrático” por excelencia, pues, no en vano, en la constitución aprobada por Stalin se hablaba del Estado Soviético como el representante de “todo” el pueblo. Por lo demás, no hay que olvidar que en la misma época, los fascismos se pusieron en movimiento en nombre de la “comunidad nacional” entendida como una simbiosis de pueblo, Nación y Estado. La lucha de los fascismos contra la partitocracia, contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar y a lo que se difunde tendenciosamente, no era una lucha “contra la democracia”, sino contra la “partitocracia”; cuando los fascismos analizan las divisiones, los conflictos, las crisis recientes de sus Estados-Nación, concluyen que se han producido a causa de las luchas partidistas y de la pérdida de visión del Estado. Pero se están refiriendo a las “partitocracias”. De hecho, tanto Hitler como Mussolini aludieron siempre a que encarnaban las “sanas reacciones populares” y, a nadie se le escapa que adoptaron medidas paternalistas para defender la situación de los trabajadores; de la misma forma que es igualmente cierto que estos regímenes lograron un amplio apoyo de las clases trabajadoras y que su triunfo derivó, no de la aquiescencia de la burguesía (que siempre miró con desconfianza movimientos impulsados por excombatientes y jóvenes radicalizados) sino del hecho de que consiguieron sustraer a amplios sectores populares de la influencia de los partidos marxistas. Cuando esta penetración en las capas trabajadoras fue menor, la consistencia de estos regímenes fue, así mismo, menor: tal es el caso del “fascismo español” que puede ser más bien definido como una forma de paternalismo militar, con una fuerte componente católica, antes que como una fascismo en estado puro. Los regímenes de Franco, Salazar o Petain, entran dentro de este esquema, pero no así el fascismo italiano o el nazismo alemán y mucho menos los sectores alemanes que dieron vida a la “revolución conservadora”.

La partitocracia es una degeneración de la democracia en la que el poder de los partidos se extiende capitalmente en toda la sociedad, ahogando a la sociedad civil y no admitiendo más tipo de representatividad que a través de esos mismos partidos. No es la única degeneración, la plutocracia, frecuentemente va unidad a la degeneración partitocrática. La plutocracia es el poder del dinero: el dinero, en un sistema electoral, no puede influir directamente, pero lo hace a través de los partidos, que, finalmente, terminan no siendo más que instrumentos de tales o cuales grupos de presión.

Ahora bien, estas formas de democracia, no son toda la democracia, y, en realidad, se alejan del concepto mismo: “mando del pueblo”. Es evidente que “el pueblo” no puede “mandar”, esto es, dirigir los destinos de la Nación. Para elegir representantes de entre ese pueblo se recurre a las elecciones; el sufragio universal es –mientras no se invente otro sistema- el único que permite valorar que opciones logran obtener el favor popular y, en cualquier caso, muestra las simetrías electorales. Incluso en los regímenes totalitarios, siempre ha existido algún resquicio por el que se ha colado el sistema electoral. En la misma “democracia orgánica” española, del período franquista, existió un intento de que “el pueblo” estuviera representado “de otra manera”, no en función de los partidos, sino del lugar de nacimiento (del municipio), de la actividad (el sindicato y la corporación) o del estatus demográfico (la familia). Era la democracia “orgánica” tan legítima como cualquier otra… si se hubiera dado libre curso a la presentación de todas las opciones.

Y esta es la cuestión fundamental: el franquismo no puede ser considerado como una forma democrática, no por que no admitiera la democracia de partidos (la partitocracia), sino por que no reconoció otras libertades básicas que van indisolublemente unidas a un sistema “democrático” sin el cual no es concebible: libertad de reunión, manifestación y asociación. Y, ciertamente, el franquismo distó mucho de conceder estas libertades; incluso a sectores que, inicialmente, formaron parte del régimen surgido el 18 de Julio de 1936 (hubo falangistas y carlistas disidentes y hubo miembros de la derecha que, finalmente, se orientaron hacia formas democristianas o monárquicas liberales). Esto hizo que el sistema de “democracia orgánica” que, sobre el papel no era en absoluto absurdo, jamás pudiera llevarse a la práctica.

La democracia es un sistema de reconocimiento de valores, derechos y libertades, pero también de obligaciones y compromisos. Y, solo, en última instancia, un sistema electoral en el que la mayoría se impone a la minoría.

De la masa al pueblo: psicología de las multitudes

A principios de siglo Gustav Le Bon publicó su “Psicología de las Multitudes” sentando lo que luego serían las bases para la crítica de la democracia formulada por los fascismos y los movimientos transversales. Le Bon explicaba que las masas tienen una naturaleza femenina: se dejan seducir. Añadía que la media de inteligencia de una masa no era la media geométrica sino que se situaba en el nivel de inteligencia más bajo que estuviera presente. Y para argumentarlo aludía a los grandes espectáculos de masas. El libro de Le Bon sigue hoy, cien años después, manteniendo toda su frescura y vigor y explica el por qué la “telebasura”, la “comida basura” y la “cultura basura” siguen siendo los consumos preferidos por las masas.

Hay que fijarse atentamente en el título del libro de Le Bon “Psicología de las Multitudes”. Escrito en francés, utilizaba una palabra que quiere decir tanto “masas” como “multitudes”, de tal manera que el libro ha sido traducido de una forma u otra, indiferentemente. ¿Qué es la masa?

Jacques de Mahieu, escribió: “Una masa es un gran número de individuos dispersos, pero colocados con respecto a determinado problema en condiciones semejantes”. Y añadía “Los integrantes de una masa actúan, en cuanto tales, al margen de las estructuras orgánicas que por otra parte los puedan relacionar. Constituyen una mera yuxtaposición psíquica de individuos. De ahí que la masa se oponga al pueblo y se forme en la medida en que el pueblo se disocia, estructural o accidentalmente”. Lo esencial de nuestro tiempo es el fenómeno de la “masificación", esto es, de la transformación del “pueblo” en masa”.

Aparece la masificación cuando se debilitan las estructuras sociales. ¿Qué son las estructuras sociales? Es cada conjunto de relaciones constantes entre entes sociales (individuos, grupos, comunidades intermedias y Comunidades) de una misma naturaleza o de naturaleza distintas (por ejemplo, familias, talleres, asociaciones, etc., en el municipio). Hasta la revolución francesa, los regímenes se sostenían en base a un régimen de pactos entre las distintas estructuras sociales: se acata la autoridad del noble en la misma medida en que el noble está dispuesto a comprometer su hacienda y su vida en defensa de la vida y de los intereses de sus súbditos. La división social en castas hacía que cada casta tuviera sus estructuras sociales propias: las órdenes militares para la nobleza, las órdenes religiosas para la función sacerdotal y, finalmente, los gremios para la función productiva. Esta estructura trifuncional de la sociedad, propia de los pueblos indoeuropeos, estuvo presente desde la más remota antigüedad hasta la Revolución Francesa.

El problema fue que, en los inicios de la revolución francesa y, mucho más, en la Americana que le precedió, se era consciente de que al abolir la organización de la sociedad en función de sus estructuras, se iba a provocar un vacío. Para paliarlo se recurrió a la división de poderes y a un régimen de pesos y contrapesos, al mismo tiempo, los ciudadanos podrían agruparse en función de sus intereses y afinidades, en otro nuevo tipo de estructuras, basadas en la afinidad de sus miembros, los partidos políticos. Y, finalmente, se pensaba que la educación podría contribuir a insertar los valores democráticos en todas las capas de la población y, finalmente, todo el conjunto de sistema tendería a unos mayores niveles de justicia, equidad y libertad.

Esto no fue así: el poder político hizo que muy pronto, desde los orígenes mismos del sistema, el vacío de los antiguos gremios y de la antigua nobleza, fuera ocupado por el poder omnívoro del dinero. Pronto aparecieron grietas en los sistemas democráticos que, pasaron a ser plutocracias más o menos filantrópicas. A medida que la complejidad de la sociedad fue avanzando, las clases oligárquicas y sus “medianeros” con la sociedad (la partitocracia), vieron los riesgos que implicaba una “educación popular” digna de tal nombre. El aumento de medios de comunicación hizo que a través de ellos fuera posible realizar un gigantesco proceso de bastardización cultural de las masas, de embrutecimiento y abotargamiento mental que, en nuestros días, está alcanzando sus límites máximos.

Por que hoy, el gran drama de nuestras democracias, es que ya no hay pueblo que pueda ejercer su derecho al voto consciente y libremente, sino una masa que se deja seducir por unos o por otros y que en sectores creciente, vota según el dictado de sus vísceras… cuando un sistema democrático, derivado de una filosofía racional, debería tender a que la población (que no la masa) votara en función de su cerebro, no de su corazón, ni de sus intestinos. Lo sucedido el 14-M de 2004 es suficientemente elocuente de cómo un 8% del electorado se dejó influir unos mensajes enviados por SMS y, de todas las opciones posible, optó por la más inconsistente.

La crítica moderna a la democracia

En 1973, Lewis Tambs, uno de los redactores de los Documentos de Santa Fe y asesor en geopolítica de todos los presidentes republicanos, nos explicaba en Madrid: “la guerra del Vietnam enseña que la política exterior de los EEUU depende de su política interior”. En efecto, a partir de Vietnam, ningún presidente de los EEUU va a emprender una guerra de agresión, si tiene la certeza de que la opinión pública norteamericana –la que va a elegirlo- rechaza tal intervención. Tams, seguramente había leído las opiniones de Leo Strauss, inspirador del movimiento republicano neo-conservador. Para Strauss, la política tiene tal complejidad que no puede dejarse que las “masas” opinen, por que ni siquiera están en condiciones de reconocer la vía para defender sus propios intereses.

De hecho, hace falta ciertas dosis de honestidad intelectual para que el electoral afirme en un ejercicio de sinceridad: “mira, no tengo ni idea de cuál es la mejor orientación que debe tomar nuestra defensa nacional”, “no tengo absolutamente ni idea de economía, así que no puedo reconocer cuál es la política económica más justa que me proponen los partidos”, o esta: “bastante tengo con preocuparme del día a día para preocuparme de los problemas de la Nación”… De ahí que no cause una particular convulsión a la clase política el hecho de que cada vez acudan menos ciudadanos a votar. Desde hace décadas, en EEUU, nunca acuden a la votación más del 50% del cuerpo electoral, y ningún partido, realiza proposiciones para acabar con esta situación.

En realidad, las líneas políticas, en economía, en exteriores, en defensa, en derechos y libertades, para ser serias y eficaces, tienen que ser estables. Hemos visto que la pérdida de peso político de nuestro país en escenarios internacionales se debe a que los dos partidos mayoritarios han sido incapaces de pactar políticas de Estado y tienen la tendencia a cambiar la política impresa por su predecesor en cuanto tienen ocasión.

Así mismo, es rigurosamente cierto que la población tiene una tendencia a seguir las orientaciones dictadas por los grandes consorcios mediáticos: son ellos los que anuncian los peligros, los que informan de los riesgos, los que condicionan la formación de la “opinión pública” y, frecuentemente, quienes la manipulan. No es raro, por ejemplo que la opinión pública no tenga claras ni cuáles son sus necesidades, ni cuáles son los riesgos que le aquejan, ni cuáles son las soluciones. De hecho, los medios de comunicación son negocios, no ONGs, dependen de sus anunciantes y de sus fuentes, esto es de los partidos políticos, especialmente de los que tienen la llave de las arcas del Estado. Son los partidos los que pagan una publicidad no particularmente barata en períodos electorales, así pues, hay que estar a bien con ellos, especialmente, con quienes tienen más posibilidades de tener el poder. Por lo demás, en buena medida esos medios son la voz de su amo (grupos de presión) que precisan subvenciones y ayudas procedentes del Estado para que su negocio sea más rentable. ¿Nos tiene que extrañar que en el curso de la crisis del 3% y en los últimos 25 años, ningún periódico catalán haya hecho absolutamente nada por investigar la cuestión? En el fondo, esos medios no son otra cosa que la voz de su amo… pero es a través de esa voz que se hipnotiza y se condiciona a la opinión pública.

La crítica moderna a la democracia, se realiza, por primera vez, no desde círculos intelectuales o partidos de oposición, sino desde las esferas mismas del poder y se basa en lo siguiente: la política es demasiado seria y compleja para dejarla en manos de la opinión pública, de una opinión pública que se nutre de telebasura, información-basura, comida-basura y cultura-basura. La cuestión es que ese proceso de bastardización de las masas ha sido generado por los mismos que ahora critican la impreparación de las masas para definir su futuro. Se niegan a facilitar las vías para la convocatoria de referendums por vía popular, se niegan a aumentar los niveles representativos y a modificar la ley d’Hont o las listas cerradas, son capaces de asumir cualquier reforma del sistema para fortalecer el poder y el peso de esos organismos muertos que solamente existen a la hora de las elecciones, los partidos políticos, pero desganados para abordar el tema de alcanzar mayores niveles de representatividad y democracia. Y, particularmente, en materia cultural se muestran absolutamente negligentes: no solamente el sistema educativo es, literalmente, un cadáver en putrefacción, sino que cualquier canal para aumentar la cultura popular es mirado con desconfianza y recelo.

Pero, hoy, en 2004, ¿qué supone ser demócrata?

Si la madre de todas las degeneraciones de la democracia es el proceso de transformación del pueblo en masa, la recuperación de la democracia vendrá acompañada de un movimiento en sentido opuesto. En este sentido, el problema de nuestro país es doble:

- De un lado la vertebración nacional ante el proceso de centrifugación puesto en marcha por los nacionalismos y los independentismos y que encuentra el terreno allanado gracias a las ambigüedades del socialismo español.

- De otro lado, el proceso de vertebración socio-cultural que corte la trituración a que está siendo sometida nuestra comunidad y que reinvierta el proceso de masa a pueblo.

Este segundo problema tiene mucho que ver con la condición de “demócrata”: ser demócrata no es estar SOLO por unas elecciones que definan aritméticamente mayorías y minorías, sino, FUNDAMENTALMENTE hacer todo lo posible para que una masa deshilvanada y despersonalizada, recupere las características y los rasgos propios de un pueblo. En este sentido, para que un pueblo sea tal,

1) debe disponer de una vigorosa sociedad civil… que en estos momentos es absolutamente inexistente. Esa sociedad civil debe cumplir un papel similar a los cuerpos o estructuras intermedias de la sociedad que existieron en otro tiempo. Deben ser el contrapeso al poder omnívoro de los partidos.

2) debe disponer de una voluntad de educación popular capaz de insertar en la población valores y, fundamentalmente, estimular su capacidad crítica.

3) debe de limitarse el papel y el peso de los partidos políticos al hecho puramente temporal de presentación de candidaturas electorales; en este sentido, y en tanto que organizaciones de derecho privado, los partidos no pueden ser subvencionados con cargo a los fondos públicos, una ley de financiación de partidos debe poner coto a las “donaciones” procedentes del “racket” practicado sobre determinadas actividades.

4) debe de reformarse el sistema electoral para permitir que entren en el parlamento el mayor número de opciones posibles, que supongan en mayor número de matices y opiniones, al mismo tiempo, las listas deben ser abiertas y desbloqueadas y debe de facilitarse al máximo el control que el ciudadano debe tener de la clase política, y el acceso al referéndum vinculante.

5) los programas electorales son la tarjeta de visita de los partidos. Los sistemas digitales posibilitan el poner en marcha mecanismos de control que aseguren que cuando un partido se desvía el programa con el que ha sido elegido, ese mismo partido, carece de legitimidad para gobernar. Contrariamente a la tradición democrática española, los programas están hechos para ser cumplidos. Incumplir el programa debe equivaler al ostracismo político y la revocación por parte del cuerpo electoral.

6) los consensos en las áreas en las que son imprescindibles las “políticas de Estado” debe sustituir al eterno tira y afloja entre los partidos políticos. Política social, exteriores, economía, vivienda, defensa, inmigración, seguridad ciudadana y natalidad, exigen de la clase política, una postura unitaria.

7) no existe posibilidades de aplicar un “liberalismo absoluto” ni en política, ni en economía: en economía, a partir de un cierno nivel de acumulación de capital, es imposible pensar en el libre mercado, éste pasa a ser propiedad de un reducido número de empresas que actúen en régimen de monopolio o de oligopolio. Análogamente, en política es necesario evitar el que dos partidos actúen como los únicos árbitros. Ese sistema creado por los partidos mayoritarios jamás será reformado por esos mismos partidos, pero es nefasto para la comunidad que ve como dos fuerzas actúan en régimen de oligopolio. Esto implica que la reforma de las instituciones deberá realizarse mediante presión popular en la calle y a través de las instituciones: allí donde el sistema impida legalmente las reformas, deberá ser la movilización de los sectores de la población, sustraídos a la masificación, quienes presionen a los partidos mayoritarios

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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