Enseñanzas de 40 años de terrorismo convencional

Publicado: Sábado, 25 de Diciembre de 2004 21:52 por en TERRORISMO
090.jpgRedacción.- Presentamos un capítulo de la obra "La Gran Mentira" (2ª Edición) de Ernesto Milá, en la que se hace un seguimiento al terrorismo contemporáneo. En dicho capítulo se pasa revista a las enseñanzas (y al fracaso) del terrorismo convencional. Dicha obra puede ser adquirida en PYRE Libros

Al título de este capítulo puede resumirse diciendo que el terrorismo, considerado en la forma que ha revestido entre 1957 (inicio de la revuelta argelina) hasta el 11 de septiembre de 2001, ha constituido un rotundo fracaso. Las cárceles y los cementerios están llenos de antiguos terroristas. Si ha habido una enseñanza es que, salvo en situaciones de ocupación militar, en donde es fácil activar el ciclo provocación-acción-represión, el terrorismo ha fracasado completamente. Y sin embargo, sigue existiendo. En este capítulo pretendemos responder a este enigma: siendo la estrategia un fracaso ¿a qué se debe que sigan existiendo determinados focos de actividad terrorista?

LOS MOTIVOS DEL FRACASO: ESCASA CAPACIDAD DE ATRACCION

Insistimos, salvo en situaciones de ocupación militar flagrante, como pudo ser en su momento Vietnam o en la actualidad Irak o Afganistán, el terrorismo no ha logrado incorporar a las masas. Ha llamado siempre la atención el que los terroristas realizaran sus más horrorosas acciones en nombre del “pueblo”, pero eso pueblo, en la mayoría de los casos, no les ha apoyado. El pueblo es el terrorista, lo que el pez al agua. El pez se ha ahogado por falta de agua. Las Brigadas Rojas murieron sin suscitar ni un mínimo entusiasmo en la clase obrera italiana a la que pretendían liberar. Los dirigentes de la Fracción del Ejército Rojo fueron hallados muertos en sus celdas, sin que ni un solo exponente de la clase obrera alemana se conmoviera más allá de lo que puede conmover cualquier otra muerte de un ser humano. El GRAPO jamás ha contado con un apoyo popular mínimamente apreciable y, en cuanto a ETA, ni siquiera en su cuota del 15% del electorado radical abertzale existía unanimidad respecto a la justeza de su acción. Sin una puerta que se abra para albergar al terrorista una vez cometida su acción, o sin un baúl inofensivo en el que puedan guardarse las armas junto al resto del ajuar en un hogar a salvo de cualquier sospecha, la acción del terrorismo no es viable. Al menos tal como fue concebido en los años 50 y 60: como movimiento de liberación… es difícil liberar a quien no se considera oprimido y es mucho más difícil luchar contando con el apoyo de alguien que se siente ajeno al terrorismo.

En realidad, el terrorismo ha persistido en zonas en donde se han dado determinadas circunstancias:

1) Donde ha existido algo de apoyo popular, como en el caso vasco o irlandés, siendo ambos casos completamente diferentes o en el caso palestino por unas circunstancias muy concreta (60 años de ocupación israelí) o en situación de ocupación militar (Irak y Afganistán).

2) Allí donde ha existido inestabilidad política y debilidad para combatir el terrorismo. En el caso español, por ejemplo, el terrorismo pudo persistir mientras duró la transición y durante todo el tiempo que tardó la democracia en asentarse (entre 1976 y 1983) y a partir de entonces, logró sobrevivir en un clima de debilidad política en la que los socialistas no se sentían seguros con los antiguos funcionarios de la policía franquista y cometieron la estupidez de intentar arreglar las cosas “a la francesa”, tal como hicieron los “barbouzes” con la OAS, el GAL y aquello resultó un desastre. Pero, cuando el PP subió al poder y decidió terminar radicalmente con el problema, en cinco años logró arrinconar a la banda y sumirla en una agonía de la que en el momento de escribir estas líneas todavía no se ha zafado.

3) Cuando existen complicidades de altos vuelos. A nadie se les escapa –solamente a los portavoces oficiales del nacionalismo vasco- que ETA logró sobrevivir gracias a que el nacionalismo moderado jugó con ella el “juego de las partes”: los radicales golpeaban y, como dijo Arzallus en su famosa frase, otros recogían los frutos. Antes, ETA se había beneficiado de la complicidad francesa que entre principios de los años 60 y hasta mediados de los 80, es decir, durante un ciclo de 25 años, permitió que se albergara en su territorio el santuario etarra. De no haber existido tal santuario, ETA no habría podido prorrogar su acción ni siquiera hasta 1970.

4) Cobertura por parte de todo o de una parte de un Estado. Hemos sostenido en otros capítulos de este libro que el terrorismo, en muchas ocasiones, no siempre es autónomo, sino que muy frecuentemente pasa a ser un instrumento de política exterior de algún Estado, beneficiándose, por ello, de importantes coberturas, ayudas, información y complicidades. Entre 1972 y 1986, ETA contó con la ayuda y protección de las autoridades argelinas, los etarras pudieron establecer campos de entrenamiento en ese país y obtener fondos y armamentos. Otro tanto ocurrió con las guerrillas latinoamericanas hasta 1970, todas ellas tributarias del régimen castrista. Y en cuanto a regímenes como el libio o el sirio, apoyaron de manera bastante indecente, por lo demás, a los más variados grupos extremistas europeos y árabes.

Allí donde han aparecido uno o varios de estos elementos, el terrorismo ha podido mantener cierta iniciativa en algunos países. Ahora bien, en el momento en que la situación política o la coyuntura internacional cambiaron, y algunas de estas circunstancias dejaron de estar presentes, el terrorismo periclitó.

En España resulta evidente que, en primer lugar, el desmantelamiento de la URSS, derivó en que regímenes como el argelino fueron abandonados a su suerte y debieron cortar los vínculos con organizaciones terroristas, entre otras ETA, vínculos que anteriormente habían sido “recomendados” con todo el poder de sugestión que podía tener la KGB. Por lo demás, cuando terminó la transición, tras el período de debilidad y de errores protagonizado por Barrionuevo y su olvidable sucesor en el cargo, el Estado Español recuperó una solidez y una determinación que fue en detrimento de la actividad etarra y consiguió arrinconar a la banda. A partir de 1979, el gobierno francés, por otra parte, ya había comprendido que España iniciaba una marcha imparable hacia la convergencia con Europa y que sus socios del entonces “Mercado Común” no iban a permitir que el Estado galo albergara sobre su suelo a un grupo de aventureros sin escrúpulos. Francia, por lo demás, sentía que el problema vasco podía trasladarse a su territorio. Así pues, bruscamente a partir de principios de los años 80, el “santuario francés” dejó de ser tal. Finalmente, ETA consiguió prolongar su acción gracias al apoyo popular y a lo que hemos dado en llamar “complicidades de altos vuelos”. Pero cada vez estuvo más arrinconada, especialmente, desde la muerte de Miguel Angel Blanco y de la movilización de una parte sustancial de la sociedad vasco contra el terror: esta movilización dejó en evidencia que el apoyo popular a la banda era protagonizado por una minoría vociferante, pero en absoluto significativa. Y, por otra parte, el PNV empezó a valorar que los “muchachos de la gasolina”, empezaban a ser peligrosos y que era mayor cortejar a su electorado antes que tratarlos de igual a igual.

En otros lugares y a otras organizaciones les ha ido mucho peor. Salvo en Nicaragua y por razones de política exterior de la administración Carter, los sandinistas –un grupo “guerrillero” que en realidad no era sino una organización terrorista ampliada- lograron subir al poder, no tanto gracias a su capacidad militar, que nunca fue excesiva, sino gracias a la actitud de los EEUU que, en un momento dado decidieron cortar bruscamente su apoyo al gobierno de Anastasio Somoza. En pocos días, la Guardia Nacional somocista que, podía haber vencido en campo abierto a los insurgentes, se encontró sin municiones y cortada de cualquier apoyo político internacional. El régimen se desplomó en pocos días. En otros países en los que, con una situación igual o peor (Guatemala, El Salvador), existió una firme voluntad por parte del sucesor de Carter (Reagan) de combatir la insurgencia, ésta no pudo superar el umbral de un movimiento insurreccional perpetuamente acosado y que jamás estuvo en condiciones de provocar un vuelco político.
Peor situación se dio en España, en los distintos grupos nacionalistas-terroristas (Terra Lliure, el Front d’Alliberament de Catalunya antes, el Exercito Gallego do Pobo Ceibe) y media docena de grupos anarquistas (OLLA, GARI, MIL, grupos autónomos, etc.) y, los marxistas-leninistas (FRAP primero y GRAPO hasta hoy), no estuvieron en condiciones de reclutar el más mínimo apoyo popular. Es más, de hecho, perdieron todo apoyo popular en cuanto persistieron en sus tácticas terroristas, al margen de cualquier otra consideración razonable. A diferencia de la leyenda con que algunos ex miembros de estos grupos han pretendido aureolarse –pues no han faltado refundiciones de sus documentos y enumeración de sus acciones editados en forma de libros encomiásticos-, la verdad es que buena parte de sus integrantes respondían a las características de lo que unos han llamado “delincuentes lombrosianos” y otros como Julio Caro Baroja opinan que “entre los terroristas se da mucho tarado” (Terror y Terrorismo, Plaza&Janés, 1989). Más adelante insistiremos y desarrollaremos este punto.

UN PRODUCTO DE LA MODA

En 1965-73 la guerrilla estaba de moda. La experiencia castrista parecía haber enseñado que un foco guerrillero resuelto era capaz de crear las condiciones objetivas necesarias para provocar el hundimiento de un régimen. Regis Debray, impenitente admirador –y seguidor- en la época de Castro y del Ché, lo había dicho en su “Guerra de Guerrillas”: “No era preciso que existieran condiciones objetivas para la revolución, el foco guerrillero las creaba”. El espejismo en que cayó toda una generación de revolucionarios latinoamericanos, costó cientos de muertes. Finalmente, tras haber vivido su experiencia guerrillera de unos días, Debray fue capturado por los rangers bolivianos y no tuvo el menor empacho, primero en “cantar” todo lo que sabía de la guerrilla y en segundo lugar, una vez liberado y retornado al paraíso cartesiano francés, en convertirse en funcionarios socialista y culpar al pintor Ciro Bustos de haber delatado al Ché… Aún hoy, Debray se niega a entrar en el fondo de la cuestión. Pero, en el fondo, estos hijos de papá europeos, intelectuales cultivados, solamente estaban en condiciones de haber la guerra de guerrillas en una biblioteca dotada de aire acondicionado, no en el altiplano. Una vez vivida la experiencia, pasaban a “redimensionar” la teoría: Debray escribió su “Crítica de las Armas”, renunciando a sus ardores juveniles atemperados por un año de cárcel boliviana.

Pero en esa época, una parte de la Cuarta Internacional, animada por la experiencia del Partido Revolucionario de los Trabajadores argentino, había decretado la guerra de guerrillas. En Europa, la sección más influyente y la única que estaba en condiciones de realizar algo parecido era, con mucho, la Liga Comunista Revolucionaria francesa, que ya había tenido un papel importante (como Juventud Comunista Revolucionaria) en las jornadas de mayo de 1968. La LCR, Krivinne, Bensaind, Weber, empezaron a multiplicar los ataques contra la formación de extrema-derecha Ordre Nouveau como una forma de “gimnasia revolucionaria” que debería de servir de escuela de cuadros para el futuro movimiento guerrillero. Se trataba solo de ir amplificando la intensidad de las operaciones contra la extrema-derecha a todo el Estado. Otro sueño que se desvaneció cuando la magistratura decidió tomar cartas en el asunto y disolver la LCR. En ese período, el partido hermano del grupo de Krivinne, en España, del mismo nombre, se escindió en dos y una de las fracciones fue a converger con ETA(VI Asamblea), pero en esta organización, lo poco que quedaba de interés por la lucha armada se concentró en los atracos y las “expropiaciones” de material para elaborar propaganda política. Nada importante.

En cuanto a los marxistas-leninistas, los maoístas, ciertamente, su verbalismo revolucionario parecía prometedor para los que esperaban una “insurrección armadas de masas” y una “guerra popular prolongada”… pero todo terminaba ahí. Ni en Italia, Bélgica, Portugal o España en donde los maoístas arraigaron más y mejor, estuvieron en condiciones de realizar “operaciones militares”. Y las pocas que hicieron, aun no está claro desde donde se planificaron. Más adelante insistiremos en este extraño asunto. En cualquier caso, solamente el GRAPO siguió en su “mantenella y no enmendalla” que le llevó a las dimensiones de una pequeña secta de delincuentes comunes con alguna irisación política siempre declinante desde 1975.

Los estudios de la revista teórica de la IV Internacional –Imprecor- o las revistas doctrinales del PCE(m-l), eran francamente aburridas, sus debates bizantinos sobre las condiciones objetivas, la preparación del proletariado para la lucha y demás, suscitaban el bostezo y a distancia de treinta años, parece increíble, no sólo que alguien las leyera, sino que alguien se atreviera a escribir todo aquel cúmulo de insensateces. Pero ahí están para los estudiosos, con su carga ideológica y su capacidad para el autoengaño.
En el fondo, en aquella época el maoísmo y el trotskysmo estaban de moda en Europa y en América Latina, justo en un momento en que el castrismo parecía, aportar poco desde el punto de vista teórico… y ya se sabe que siempre hay muchos que se apuntan a la moda. Luego tuvieron toda la vida para arrepentirse.

Hacia 1975, ambas modas ya habían periclitado: el trotskysmo solamente parecía haber adquirido una dimensión considerable en Argentina (5000 tipos armados concentrados fundamentalmente en la provincia de Salta), pero en Europa, Alain Krivinne ya se había convencido de que la “gimnasia revolucionaria” generaba, sobre todo, agujetas, pero la lucha contra otros jóvenes de extrema-derecha mal armados y peor organizados, no preparaba para derribar al Estado. Esto sin contar con que la clase obrera francesa se configuraba como la más aburguesada de toda Europa. Por lo tanto, no había apoyo popular. En cuanto al maoísmo, se había disuelto como un azucarillo. El FRAP declaró la insurrección en enero de 1975 y en junio del mismo año ya había sido completamente desarticulado. Tan solo lograron asesinar a media docena de policías nacionales, elegidos al azar y sin ninguna tarea “represiva” específica. Y en cuanto a la OMLE; reconvertida en PCE(r) y su “sección técnica” en GRAPO pasó, en pocos meses, de ser un pequeño grupo perdido en una galaxia de pequeños grupos activistas, a ser una secta cuya violencia sorprendió en un primer momento para luego concentrar buena parte de las actividades policiales entre 1976-1979 y quedar esquelética en los años 80.

Claro que cuando esto ocurría, la moda había dejado ya de ser moda y los maoístas de ayer que seguían en activo, se preparaban para ser funcionarios socialistas, tanto en Francia, como en Italia, como en España, como en Portugal (ahí tenemos a Joao Barroso, actual presidente del Consejo de Europa, ex militante del Movimiento por la Reconstrucción del Partido del Proletariado…).

CUANDO EL ESTADO VA UN PASO POR DELANTE

Ya hemos trazado en otro lugar de esta pequeña obra un esbozo de la historia reciente del terrorismo, lo suficiente como para saber que a partir de 1980-83, el terrorismo político utilizaba las mismas tácticas que un siglo antes… solo que el enemigo –el Estado- era más fuerte. Con la introducción de las nuevas tecnologías en el trabajo policial, la distancia que separaba a los núcleos terroristas de sus enemigos, las fuerzas de seguridad del Estado, se fue ampliando, hasta hacerse completamente insalvable. Pero el problema no era solo tecnológico, estaba también el “factor humano”.

Las distintas fuerzas de seguridad del Estado estaban compuestos por una legión de funcionarios exentos de comportamientos y actitudes pequeño-burguesas, son sistemáticos en el cumplimiento de sus funciones, están extremadamente jerarquizados, reciben recompensas por resultados, además del salario base. Están ahí para cumplir con un cometido, que es su trabajo, su vocación y su medio de vida, el que han elegido y el que lo seguirá siendo durante toda su vida; no son coleccionistas de nada, no se llevan trabajo a casa, procuran no dejar cabos sueltos, les pagan por eso y constituyen una pequeña legión que actúa con todo el tiempo del mundo.

Frente a ellos se encuentran los terroristas: mentalidades extrañas, unos hiperintelectualizados, otros hombres de acción, pero no de pensamientos, caracteres broncos y radicales, a menudo pasionales, han ligado su vida a la “revolución”, pero esta carece de futuro, sus análisis son subjetivos, muchos de ellos albergan una profunda desconfianza hacia el futuro y no se sienten competitivos en esta sociedad que abominan por que no tienen lugar en ella, son marginados, a los que, para colmo se unen en muchos casos distintas psicopatías y en otras problemas de adicciones a drogas químicas; los hay, incluso, que subconscientemente, creen que el terrorismo que son capaces de desatar contribuirá a hacerles olvidar sus problemas y sus traumas personales. Además, el tiempo no les sobra; son pocos, los suficientes como para causar sobresaltos, pero no en número suficiente como para alterar el curso de las cosas. Frecuentemente, sus comportamientos registrar tics pequeño-burgueses. A unos les gusta alardear de sus acciones ante chicas o en el círculo de amigos de la infancia, a otros les encanta coleccionar trofeos, los hay incluso que anotan en diarios personales lo que hacen cada día y la mayoría deja datos sobre su vida y sus contactos demasiado visibles como para que si son detenidos puedan destruirlos u ocultarlos.

Para colmo, en el accionar de los terroristas todo es previsible. Las fuerza de seguridad del Estado lo tienen fácil: les basta con elaborar un patrón de actuación, así pueden adelantarse al episodio terrorista. Saben que precisarán alquilar pisos y que lo harán a nombre de parejas o de chicas que figuran como estudiantes. O bien que están tocando a grupos de ocupas, con lo cual no será un gran problema poner en marcha unos cuantos cientos de policías para que 365 días al año, durante un mínimo de ocho horas al día, cuarenta horas a la semana, realicen seguimientos sistemáticos, intervenciones de teléfonos o, interceptación de correspondencia, infiltración de agentes o mercenarios a sueldo, etc. Es una cuestión de tiempo el que logren identificar a los cabecillas, aislarlos, distribuir sus fotos en decenas de miles de ejemplares y a través de los medios y esperar resultados. Apenas una cuestión de tiempo que una célula terrorista sea desarticulada, sin recurrir a los sofisticado métodos de la policía científica que pueden acelerar incluso aún más el proceso.

Digámoslo ya: los medios con los que cuenta el Estado moderno son incomparablemente superiores a los medios con los que cuenta en la actualidad cualquier grupo terrorista. Y, para colmo, las gentes que de dedican al antiterrorismo tienen una dedicación full time a su tarea, mientras que para los terroristas se trata de una actividad más, entre otras, o bien su actividad central… pero obsesiva, mientras que para un funcionario, al terminar la jornada de 40 horas se “desconecta” del trabajo, se recargan baterías y al lunes siguiente se empieza con redoblado ímpetu. El terrorista profesional, jamás puede desconectar, por que la desconexión es susceptible de implicar un fallo en su seguridad, la caída y una o dos décadas de cárcel. O quizás la muerte.

No hay perspectivas de que un planteamiento como éste pueda cambiar. Todo lo contrario: la desproporción de medios tiende a ampliarse. El ciberespacio, el boom de las comunicaciones generan, efectivamente, nuevos canales por los que puede discurrir la acción terrorista… pero en ellos también, el dominio ejercido por los medios de comunicación del Estado es aún mayor. El sistema “Echelon” y las redes equivalentes europea y rusa, hacen que una palabra-objetivo sea retenida por procesadores excepcionalmente rápidos, el número desde el que se ha llamado sea aislado, sea donde sea desde donde se realiza la comunicación. Investigaciones como la desarrollada sobre los atentados del 11-M se realizaron casi completamente a partir de los listados y los datos ofrecidos por los operadores de telefonía móvil.
En el futuro, todo esto aumentará con bases de datos de ADN que permitirán descubrir muchas características de los terroristas, sistemas de reconocimiento de voz que permitirán seleccionar los tonos de voz buscados entre millones, documentos de identidad prácticamente imposibles de falsificar en los que se incluirán datos médicos imposibles de atribuir a otras personas fuera de los titulares, etc. La era de las nuevas tecnologías dista mucho de haber dado su última aportación a la lucha antiterrorista.

UNA CARRERA ABANDONADA POR LOS TERRORISTAS

Los debates que tuvieron lugar en los años 70 en el interior de las organizaciones terroristas, era absolutamente absurdo. De un lado se defendía el carácter popular de la “lucha armada” y su necesario “arraigo en las masas” y de otro se sostenía la contundencia de esa lucha. Algo incompatible: por que, o bien las células terroristas son cerradas y desvinculadas de cualquier “combate político”, y por tanto están al resguardo de la represión, o bien, realizan “trabajo de masas” y, por tanto, son fácilmente identificables por los cuerpos de seguridad del Estado.

Entre 1975 y 1976, en España este debate bizantino, propio de terroristas con mala conciencia, embargó las discusiones en el interior de ETA(p-m). El otro sector de la banda, desde 1973, tenía excepcionalmente claro que ETA debía ser una banda especializada en operaciones terroristas, y, solamente a nivel de cúpula debían de existir relaciones con el “frente político”. Tal era la concepción de José María Beñarán Ordeñaba (a) “Argala”, probablemente el cerebro más lúcido de ETA en toda su historia. Frente a él, fue tomando cuerpo las extrañas doctrinas elaboradas por Eduardo Moreno Bergareche (a) “Pertur” en la ponencia “Otsagabia” elaborada a finales de 1975. “Pertur” defendía una simbiosis en la que el terrorista debía evitar especializarse en la “acción militar” y procurar realizar “trabajo político”. Lo político y lo militar estaban unidos en la concepción de “Pertur”. En la de “Argala”, eran realidades completamente diferentes: una misma estrategia, pero solo relaciones en la cúpula. En la práctica, ETA(p-m) ha desaparecido y ETA(m) ha podido sobrevivirle veinte años más.

Pero, en cualquier caso, lo que era evidente es que, el terrorismo ha carecido de modelo organizativo adecuado a la realidad, al menos desde hace treinta años. Cuando el FLN argelino se puso en marcha, su estructura organizativa, formada por células triangulares de las que solo una de sus miembros tenía relación con el eslabón superior, constituía, globalmente una pirámide que, aparentemente, daba solidez y prevenía a la totalidad de la organización de las eventuales caídas de una parte de la misma. Ahora bien, eso valía en 1958-63, y quizás diez años después. Pero cuando, las fuerzas de seguridad fueron perfeccionando sus sistemas de investigación, esta estructura piramidal no estuvo en condiciones de introducir modificaciones que la capacitaran para resistir los envites policiales. De hecho, lo que ocurrió fue todo lo contrario.

Un exiliado español en Uruguay que, sin pertenecer a los “tupamaros”, si al menos les prestó sus teorizaciones, Abraham Guillén, ya había teorizado sobre la necesidad de “autonomía táctica” de las células terroristas, las cuales debían tener iniciativa propia, estar formadas por un mínimo de tres y un máximo de cinco personas, reclutadas para que fueran una unidad autosuficiente. Es muy difícil, incluso para una policía eficiente, identificar a cinco personas en una ciudad de dos millones de habitantes, si no intentan captar militantes, ponerse en contacto con otras células ni esperan órdenes. Guillén estaba en contra de que la organización tuviera “frentes fijos”, rechazaba que las armas y todo lo que se refiere a logística fuera almacenado en unos pocos depósitos o que existiera un “hospital” o una “cárcel del pueblo” a la que debieran recurrir todas las células. Era mejor que cada cual, por sí mismo, cada célula, creara su propia estructura. Si caía, se perdía solo una parte y nada más que una parte, pero el resto permanecía a salvo. De hecho, Guillén lo que estaba proponiendo es que al esquema del FLN argelino (que hico fortuna entre los terroristas europeos y latinoamericanos de los años 70) se le amputara de un extremo: la posibilidad de que cada célula triangulas conectara con la superior.

Pero en la práctica esto implicaba que todo el movimiento tenía un alto grado de conciencia política, sentido de la táctica y comprendía todos los elementos estratégicos al ciento por ciento. Lo cual no era así. En buena medida los terroristas, lejos de ser grupos de “cuadros”, son soldados de base, que precisan órdenes claras, precisas y extremadamente concretas. Para colmo, de tanto en tanto, se reúnen en asambleas para “decidir” lo que hay que hacer… Claro está que en esas reuniones, en aquella época, se iba con antifaz o máscara…, como los brasileños de la ALN que, tras permanecer unas horas con un calor sofocante, oculto el rostro bajo la máscara, se la quitaban para respirar y, de paso, verse unos a otros las caras.

Estas formas organizativas –que en España siguen practicando lo que queda de ETA y del GRAPO- se prestan extraordinariamente a la infiltración y, consiguientemente, exponen al movimiento terrorista a la represión.

Hoy las alternativas siguen siendo dos: o bien la “profesionalización” que implica una cierta fisonomía de secta, y un alejamiento de las masas, o bien la “apertura” que genera una estructura “movimentista” que, a la postre, es vulnerable. Solamente en las zonas de ocupación militar –como Irak y Afganistán o Palestina- es posible conjugar ambos tipos de organización terrorista. Pero nunca en zonas del mundo desarrollado, políticamente estables.

La aparición de Al Qaeda y de Bin Laden y el desarrollo por la RAND Corporation (un think-tank conservador norteamericano) de la idea de net-war, aportan algunos elementos nuevos, pero antes de entrar en este apasionante tema, vale la pena introducir un elemento importante. Las nuevas tecnologías y el terrorismo

UNA MIRADA HISTORICA: ALIANZA ANTIGUA Y DIVORCIO MODERNO

Lo más sorprendente del terrorismo es que –excepción hecha de Al Qaeda, sea lo que sea- las estrategias del terrorismo no han variado en absoluto en los últimos 150 años. Mejor dicho, si han variado en un sentido. Los primeros teóricos del terrorismo del siglo XIX eran decididos partidarios de introducir las nuevas tecnologías desarrolladas en la época en las tácticas terroristas. A partir de los años 70, se diría que la imaginación se ha secado en las mentes de los terroristas que apenas son capaces de concebir atentados a lo Ravachol.

Antes de la dinamita, el terrorista contaba con pocas armas. Los “assesins” ismaelitas del Viejo de la Montaña contaban con sus puñales y alfanjes, luego se añadió al arsenal la pistola y el revólver. Más tarde, la pólvora se utilizó en “máquinas infernales”. Era el precedente del “coche bomba”. Napoleón tuvo que sufrir varios atentados de este tipo, con carruajes bomba que contenían toneles rebosantes de pólvora negra. Luego vinieron las bombas Orsini, pesadas, características, difíciles de transportar, a base de pólvora y metal que debería convertirse en metralla. La dinamita y la gelignita aparecieron entre 1860 y 1870. Inmediatamente fueron incorporadas al arsenal del perfecto terrorista.

KarlHeinzen, un demócrata radical alemán (1809-1880) insertó algunas ideas interesantes en su folleto “Asesinato” y en su revista “La Evolución”. Decía Heinzen que la clave del éxito del terrorismo había que buscarla en las nuevas tecnologías. Aludía a los nuevos explosivos. Hasta entonces, el único explosivo conocido era la pólvora negra, pero entonces se empezaba a trabajar en las dinamitas. Y el detalle no pasó desapercibido a Heinzen. En su locura visionaria anticipó el atentado contra Carrero Blanco: había que crear bombas bajo el pavimento que estallaran al paso de los poderosos. También aludió a formas de guerra química: propuso envenenar alimentos. Y para colmo recomendó que las organizaciones internacionales terroristas concedieran “premios de investigación”. Todo ello lo decía con una seriedad pasmosa.

El año después de su muerte, en 1881, quedó claro que su mensaje no había caído en saco roto. Efectivamente, ese año tuvo lugar el Congreso Internacional Anarquista en el curso del cual uno de los delegados, un tal Ganz, propuso que se creara un grupo de expertos dependientes de la Internacional, especialistas en química y tecnología. En la revista “Le Révolté” de 23 de julio de 1881 se daba cuenta de la resolución final del congreso que incluía la aprobación de una moción en la que se mencionaba la aportación de la química “a la causa revolucionaria”, por lo que se hacía un llamamiento a los afiliados para que “se entregaran al estudio de estas ciencias”.

Poco después, Johann Most (n. 1846) dio una nueva vuelta de tuerca. Entró a trabajar en una fábrica de explosivos y advirtió lo que era elemental: que era más fácil y seguro robar el material manufacturado antes que dedicarse a fabricar la nitroglicerina por su cuenta. Varios de sus camaradas ya habían saltado por los aires, o bien el fruto de sus esfuerzos, a la hora de la verdad, se había resistido a estallar. A partir de Most, los grupos terroristas miran a los arsenales militares, a las fábricas de explosivos y a las minas u obras públicas donde puede haber almacenado material explosivo, detonantes y mechas. Pero Most hizo algo más: creó la carta-bomba y, puestos a elucubrar, imaginó que era posible bombardear, desde globos aerostáticos o dirigibles, comitivas de autoridades, desfiles militares o palacios. También a partir de la revolución de 1905, los revolucionarios rusos pensaron en el avión como útil terrorista para acercarse a sus objetivos.

Realmente poco, por que los primeros fenianos, también utilizaron la imaginación. En 1880 gastaron 60.000 dólares en EEUU para construir tres submarinos que jamás pasaron del nivel de proyecto. Pero era suficiente como para ver que su imaginación era fértil. O’Donovan Rossa, uno de los líderes fenianos irlandeses, proyectó bombardear el Parlamento Británico con gas de osmio. Intentó adquirir cerillas explosivas y estiletes envenenados, armas imposibles e inexistentes pero por las que pagó buenos dólares americanos. Había mucha imaginación en todo esto, tanto como inconsciencia, ingenuidad y un punto de locura.

En realidad, mucho de todo esto era mera palabrería. “Por la boca muere el pez” dice el viejo refrán y, evidentemente, en el momento en que un anarquista o un radical manifestaban claramente sus propósitos y los dejaban escritos en actas de congresos internacionales, antes o después llegaban a manos de la policía que inmediatamente se dedicaba a seguirlos, perseguirlos y desarticularlos. O bien a infiltrarlos. Esto hizo que, en buena medida, todos estos proyectos enloquecidos de incorporación de las nuevas tecnologías del siglo XIX a la actividad terrorista, quedaran en agua de borrajas. La mayor parte de los terroristas debían dedicar su tiempo a protegerse a sí mismos, en absoluto tenían capacidad para traducir su pensamiento en medidas prácticas.

Pasaron las décadas y, a medida que entramos en el siglo XX, se va perdiendo esa voluntad de incorporar las nuevas tecnologías a la iniciativa terrorista. A pesar de que durante la Primera Guerra Mundial se utilizaron millones de litros de gases tóxicos, y era posible robar alguna partida, en los años veinte, pródigos en operaciones terroristas, jamás se utilizaron gases. La máxima innovación correspondió a principios de los años 60 a los antifascistas portugueses dirigidos por el capitán Galvao que secuestraron un buque de pasajeros en alta mar. Algo que desde la piratería clásica no se había prodigado en aguas del Atlántico. Diez años después, palestinos y sus aliados izquierdistas alemanes y japoneses secuestraron decenas de aviones a partir de la guerra de los Seis Días entre Israel y los países árabes. Pero, en ocho años de secuestros continuos, al diario cairota Al Ahram debió reconocer el 28 de junio de 1976 que “lejos de haber dañado a Israel, los secuestros habían robustecido a este Estado y suscitado una hostilidad hacia los palestinos”. Ciertamente, este tipo de secuestros suponían una “innovación” táctica, pero no tecnológica y, de hecho, aportaron poco.

Pues bien, hoy la cosa no ha variado extraordinariamente. Lo que ha variado es el modelo organizativo, el modelo estratégico y el modelo táctico.

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"La Gran Mentira" (2ª Edición) de Ernesto Milá

PYRE Libros

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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