Antropología de la Vieja España (IX): La Boda

Publicado: Lunes, 13 de Diciembre de 2004 19:36 por en CULTURA
00000boda.gifRedacción.- La novena entrega de esta serie está dedicada a analizar las costumbres de boda y las partes integrantes de los rituales de unión, tal como fueron entendidos y concebidos en la España tradicional. Después de haber pasado revista en anteriores entregas a los ritos de conocimiento y cortejo, abordamos ahora la formalización de dichos encuentros en el "hasta que la muerte" los separe...

Antes de Trento el matrimonio católico consistía en una simple bendición que el sacerdote impartía a los novios. Después de Trento se convirtió en un sacramento. Menos mal, por que anteriormente hemos podido hablar del “odio teológico hacia el sexo” que practicaba el cristianismo y que se evidencia en los escritos de los primeros cristianos. San Ciricio papa escribía a los obispos de Hispania describiendo al sexo como “inmundicia y polución de la carne” y otro teólogo medieval, Alejandro de Oettingen consideraba el matrimonio como una forma de prostitución. Hay que imaginar el efecto que debió tener la predicación cristiana de la castidad entre las familias de la Roma patricia a tenor del concepto que tenían de la sociedad y la religión. Luego estaban los gnósticos cristianos que prohibían incluso a los esposos bendecidos mantener relaciones sexuales; el límite extremo lo encontramos en los saturnilianos, una forma de gnosis cristiana que consideraba el matrimonio y la procreación como obras de Satán ¿o acaso no era éste quien había creado el mundo? Y el mundo ¿no era malvado? Luego, todo lo que había sobre el mundo y lo que tendía a perpetuarlo, eran obras de Satán. Como el sexo, por ejemplo. Nunca se vio tanta lógica en tanta locura. Afortunadamente, tras el Edicto de Constantino, el Emperador fue el primero en desear que estas excentricidades desaparecieran y así se inició la larga marcha que culminó en la formación de la catolicidad medieval y en la superación de los rasgos más problemáticas del cristianismo primitivo.

Pero, a decir verdad, aunque el sexo, canalizado por el matrimonio, fuera elevado a la categoría de sacramento, no hizo que desapareciera completamente el “odio teológico” del que hablábamos antes. En una boda a la que asistimos no hace mucho, el sacerdote en la homilía tuvo la excentricidad de solicitar de los novios la práctica de la “castidad matrimonial”, como forma de respeto el uno para el otro. ¡A ellos que llevaban tres años de noviazgo, que estaban en los años de fogosidad y pasión, y que precisamente querían la bendición para poder “folgar” con sanción eclesiástica! Hay que poner las cosas en su lugar: la castidad es aceptable solamente para aquellos que han elegido una vía sacerdotal que, como cualquier elección, implica una renuncia: el consagrarse al servicio de Dios implica la renuncia a la sexualidad. Pero el cristianismo comete el error de extender a toda la feligresía algo que solamente es necesario para la vida sacerdotal. Desde los primeros cristianos hasta Juan Pablo II, los mentores de la Iglesia no han dejado de evidenciar una desconfianza hacia el sexo que incluso está presente en las imposiciones que el papado mantiene incluso en nuestros días: no a la utilización de cualquier forma de anticonceptivos, no a las relaciones sexuales fuera del matrimonio y no a las relaciones sexuales con otro fin diferente a la procreación. ¿Conclusión? Si lo que la Iglesia pretendió algún día fue el evitar razonablemente que las buenas gentes no se obsesionaran con el sexo (algo aceptable), lo que consiguió es transmitir una moral sacerdotal a una población no llamada para esa vía de castidad y celibato. Ni las alusiones de San Pablo al matrimonio como “misterio” (idea romana), ni la elevación de algo proscrito a sacramento en Trento, sirvieron para normalizar la desconfianza del catolicismo hacia el sexo que todavía persiste en el siglo XXI. Y no había para tanto, francamente.

A lo que vamos. El catolicismo arraigó en nuestro país con el episodio de la conversión de Recaredo en donde, según la historiografía católica, España empieza a ser tal, lo que implica desconocer que los romanos otorgaban a la Península una personalidad unitaria –Hispaniae- y los griegos veían en nuestro suelo el País de las Hespérides –Hesperia-. España en aquellas centurias, propiamente no era “España”, pero ya era una unidad geopolítica para quien tuviera dos dedos de frente. La historiografía católica une catolicidad a España, lo que implica en la práctica que ahora que España “ha dejado de ser católica” (y no cuando Azaña lo sentenció hace setenta años), España por eso mismo ha dejado también de ser España. En fin, que cuando se adopta como patrón de análisis historiográfico a la religión, uno se arriesga a perderse en el mundo de la subjetividad y lo tautológico.

Sorprende que en estos momentos, cuando el 18% de la población española, más de la mitad de los matrimonios son religiosos (en torno al 65%), lo que implica que hay un 47% de casados por la Iglesia que no volverán a pisar un templo quizás hasta el bautizo de su primer hijo y luego no volverán a hacerlo hasta su primera comunión . El resto son matrimonios civiles. Dado que el matrimonio civil ha ido imponiéndose a partir de 1976 (en 1977 era preciso todavía pedir el descorazonador “certificado de apostasía” para contraer matrimonio civil) y que ha ocupado buena parte de la historia de España, vamos a realizar un repaso rápido a las tradiciones y costumbres que se conservaron de estas ceremonias hasta no hace mucho y que están muy atenuadas en los matrimonios civiles, o simplemente ha desaparecido en ellos todo rastro.

LA BENDICIÓN SACERDOTAL

Hubo un tiempo en que casarse implicaba anunciarlo a bombo y platillo. No solamente se enviaba participación de bodas, sino que incluso se anunciaba el próximo matrimonio. Luego estaban las llamadas “amonestaciones” que sustituían al proverbial “que hable ahora o calle para siempre” de las actuales ceremonias nupciales. La costumbre fue iniciada, nos cuentan, por el emperador Carlomagno. En aquella época, se producían muchos matrimonios consanguíneos, con lo que el emperador obligó a los novios a comunicar su compromiso una semana antes de la boda. El cura, desde el púlpito proclamaba la próxima unión de los novios y preguntaba si alguien tenía algo que oponer. Lo hacía en tres domingos o fiestas de guardar sucesivas anteriores a la celebración del matrimonio. El sacerdote lee las “amonestaciones” y la feligresía en algunos pueblos del Norte contestaba “Que Dios les ayude”. En la actualidad son el anuncio público de la futura boda, para que si hay alguien que crea que no debe celebrarse dicha boda pueda impedirlo. Las amonestaciones o avisos públicos se colgaban en la puerta de la iglesia accesibles a toda la feligresía.

También hay que situar previamente a la celebración de la boda la tradición de llevar huevos a Santa Clara, a alguna imagen suya o a algún monasterio de clarisas el mismo día de la boda o unos días antes. Los huevos representan el embrión de todas las cosas, lo que va a nacer (con el huevo de Pascua se inicia de la primavera) y el alejamiento de la desgracia. Cuando se llevan a Santa Clara es para rogar que haga buen tiempo el día de la Boda, un buen augurio para la futura vida de casados.

Luego los novios se encargaban de mostrar mediante gestos simbólicos su próxima unión ante sus convecinos. Fue costumbre que en muchos pueblos de la Península, los novios acudieran juntos y a caballo en la romería o en la fiesta mayor. En algunas zonas de gran dispersión de la población, como Asturias, existió la costumbre de que la novia iba caserío por caserío comunicando a todos el evento. Al hacerlo ofrecía a los caseros picadura de tabaco que llevaba dentro de una caja de plata. Si los caseros aceptaban podían darse por invitados y, al mismo tiempo, quedaban obligados a aportar un regalo. El correo y el teléfono vinieron a arruinar estas tradiciones.

El día de la boda ni los asistentes acudían a la iglesia en sus medios de locomoción, ni los novios lo hacían en una pretenciosa y hortera limusina. Para acudir al templo la tradición imponía el cortejo nupcial. La tradición procedía, como casi siempre en lo que a las bodas se refiere, de la antigua Roma. El cortejo acompañaba a los novios al lugar de la ceremonia. Habitualmente los varones acompañaban al novio y las mujeres a la novia. Los iban a buscar a sus respectivos hogares paternos. Como muestra del “tanto monta”, en algunos pueblos, ambos cortejos se unían en un punto del recorrido, a la ida va el cortejo de mujeres delante y a la vuelta detrás. De todas formas hubo múltiples variantes en el protocolo de estos cortejos. Sólo en algunas zonas (Albarracín), el cura los acompaña.

Capítulo aparte –y Casas, así lo constata- es la costumbre que se daba en algunas poblaciones catalanas de contar entre los miembros del cortejo con un animador ataviado con capa larga y barretina, collar de tenedores y cucharas y cinto de cencerros y campanillas, tocando la flauta dulce y precediendo el cortejo. Se trata del último muchacho casado el año anterior en la comunidad, que ejercía de “abate de los locos”, papel que emerge en las tradiciones de varias comunidades fronterizas con Francia en donde tiene su origen hasta el punto de haber inspirado un ciclo de cuentos populares (“cuentos de mi madre la oca”, esto es, “cuentos de mi madre loca”) y en donde existen las “fiestas de los locos” en distintos períodos del año. En la noche de navidad, el “abate de los locos” transfiere su cargo al sucesor entregándole un cuerno.

Lo importante, por cercano que esté el domicilio de la novia del templo, es que ésta no pise el suelo. Ayer la novia se dirigía en montura (noble bruto o pollino, según bolsillo) y hoy lo hace en automóvil de postín, lo importante es que a través del suelo no se le transmitan malas influencias. Podrá poner pie a tierra en el suelo sagrado del templo, no antes. El origen de la costumbre se pierde en la noche de los tiempos. Al parecer, ya las novias íberas acudían a contraer matrimonio en carroza. Casas cuenta que la cosa, lejos de variar, se acentuó con la presencia romana hasta el punto de que si la novia fallecía camino del templo y, por tanto, caía al suelo, la dote volvía a la casa del novio. Durante la Edad Media, ni en Castilla, ni en León, ni en Aragón o Cataluña, se modificaron estas costumbres que incluso estuvieron recogidas en los compendios legislativos. En algunas regiones de Asturias el camino hacia el altar se despejaba mediante el recurso a la pólvora. Los amigos y familiares de los novios, manejando trabucos y petardos a tutiplé, ahuyentaban a los malos espíritus.

El cortejo discurría por calles engalanadas. Si es que ha acudido en carroza o en montura, aquella va ornada con flores y ésta enjaezada de lujo. Al llegar al templo y al salir de él, era frecuente que un pasillo de flores o de ramas formado por los mozos y las mozas, a uno y otro lado del camino, cerrasen un arco sobre ellos. En zonas de fuerte tradición gremial, el arco está formado por los instrumentos del oficio, ruecas entre los tejedores, azadas entre los agricultores, etc.

El cortejo no discurría libre de problemas. De hecho, los vecinos solían colocar a lo largo del camino cintas o cuerdas que solamente eran levantadas cuando la novia entregaba un presente. En Lérida ocurría al revés, la cinta cerraba el paso a los novios al salir de la Iglesia y solamente era entregada a la novia cuando ésta daba unas monedas. En Menorca son jóvenes los que intentaban obstaculizar el paso a los novios. Y no ahorran en poner dificultades inimaginables que amargan el camino a la pareja. Sin embargo, en los balcones y colgando de los edificios los vecinos han colocado flores y cintas de colores. El mensaje es claro: por un lado aparecen las dificultades –en el suelo-, por otro las venturas –en lo alto-. Otra explicación atribuiría las dificultades a un residuo simbólico de la arcaica costumbre de secuestrar a la novia por parte de quien será su compañero, que la sustrae al hogar paterno no sin que aparezcan dificultades y retos que deberá superar. En cuanto a las flores y a las cintas serían un rito de abundancia y fertilidad. Es posible que ambas explicaciones sean ciertas.

Para recargar los cortejos en algunas zonas de la Península se añadían los presentes que los novios habían recibido de sus amigos y familiares. Incluso en Catalunya se añadían los colchones del tálamo y sobre ellos cabalgaba la novia. Como los de Bilbao siempre han tenido fama de exagerados, allí no bastaba con los colchones, era toda la cama la que se mostraba sobre un carromato. En el País Vasco los regalos se trasladaban en carro de bueyes, con los ejes sin engrasar y cencerros al cuelo de los mansos para que el estruendo fuera mayor y la expectación creciera también.

Tras superar todos estos conflictos y observar las tradiciones de acceso al templo, llegaban al pie del altar. Era el momento cumbre. Se sabe en qué consiste un casamiento religioso así que no insistiremos mucho en su desarrollo, pero si enfatizaremos algunos particulares.

Desde el período visigótico se conocen las tradiciones relativas a la bendición sacerdotal e incluso lo que tenían que pagar los novios para obtener el pasaporte que les impediría ser considerados como muestra de indeseable concubinato. Eloy Montero en un erudito y exhaustivo estudio sobre la “Evolución de la institución matrimonial en la legislación española” explica que en los primeros siglos, dado que la Iglesia consideraba el celibato como el estado ideal de la perfección cristiana, descuidó establecer fórmulas específicas de bendición. Luego se estableció la necesidad de que la unión fuera bendecida por un sacerdote, pero siguieron existiendo matrimonios “civiles” que gozaban de igualdad jurídica con la “parejas de hecho”. Trento lo cambió todo: el matrimonio solo sería válido si había sido bendecido. Pero Trento no logró abolir completamente las costumbres populares. Casas escribe que “De aquellos tiempos laicos quedan algunos vestigios”. Y los cita: “en algunos pueblos españoles se lee la Epístola y se colocan los anillos en el porche de la Iglesia: Villarramiel (Palencia), Valle de Burunda (Navarra), Navahermosa (Toledo), La Alberca (Burgos) y pueblecitos de Segovia, León y Santander. En otros en el atrio: Viana del Bollo, Maragatos y Lagartera. En Navarra en la sacristía. En Oropesa, ni dentro ni fuera de la iglesia: el novio se coloca en la puerta de modo que está en la calle y medio dentro de la iglesia, y después de entrar las arras y colocado el anillo, penetra en la iglesia y oye la misa de desposorios”. Todas estas costumbres periclitaron con el ocaso de la vida rural y del mundo tradicional.

La ceremonia hoy se celebra en los juzgados o en la Iglesia. El altar está decorado con flores -preferentemente blancas- y los novios, arrodillados ante el altar. Ella a la izquierda, costumbre que deriva del secuestro de que era objeto in illo tempore; se temía que los familiares de ésta vinieran a rescatarla, con lo que el novio debía tener la mano derecha libre por si tenía que empuñar la espada. En un momento dado, el oficiante les requiere para que den su consentimiento. Una vez hecho les imparte la bendición. Están unidos a partir de ese momento, pero queda la bendición de los anillos (antes éste acto precedía a la bendición del matrimonio). Mientras los novios se colocan uno al otro el anillo, el sacerdote hace la señal de la cruz. Antiguamente el novio siempre acompañado de algún amigo iba a secuestrar a la novia. Actualmente, en algunas regiones existe la costumbre de que el padrino recite un verso a la novia. También suele ser el padrino el que regala el ramo a la novia.

Antes quedaban otras bendiciones que realizar: la de la cama era fundamental y se practicaba sobre todo en Galicia, tierra de marisco y recalentones. La importancia de este acto deriva de que hubo un tiempo que, como residuo de las costumbres romanas, el matrimonio no podía reconocerse como tal si no se consumaba en la cama. Aun hacía falta la bendición paterna para concluir la ceremonia. También éste es otro residuo de las costumbres romanas. El paterfamilias era, a la postre, el gran sacerdote del culto doméstico y por tanto era lógico que bendijera a la pareja, tanto como el cura. La costumbre se mantuvo en algunos núcleos rurales de la Península en la mitad norte, hasta Toledo. En la áspera meseta castellana, los novios leoneses se arrodillaban sobre un tapiz ante el padre, él, le besaba la mano, mientras recibía la bendición realizada con la otra mano. Al leer el relato de esta ceremonia no hemos podido más que sentir un estremecimiento como si ésta ceremonia nos pusiera en contacto con nuestro pasado clásico. Somos hijos de la vieja raza de Roma por mucho que algunos hablen de la Península como el “país de las tres culturas”.

La apoteosis tiene lugar tras cruzar el umbral del templo. Entonces la euforia contenida se desborda. La pareja es agasajada con invocaciones a la felicidad y a la salud. Es el momento en el que cae sobre el nuevo matrimonio arroz u otras semillas. Ambas costumbres derivan de rituales propiciatorios específicamente mágicos para llamar a la fecundidad y la prosperidad. Luego, el cortejo abandona el atrio del lugar sagrado para acudir al convite. Ayer los carros y hoy los automóviles ven como los invitados atan ayer zapatos y hoy latas. La tradición deriva de una costumbre de los Tudor. Los invitados arrojaban zapatos a la nueva pareja y se consideraba buena suerte si uno de ellos golpeaba en el carruaje.
Así terminaba la ceremonia, pero vale la pena examinar de cerca algunos elementos y objetos utilizados.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

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