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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Aribau: buceando en los orígenes de la Renaixença (III de IV). IV. Gaspar de Remisa y el encargo

Las biografías más sucintas cuentas que Gaspar de Remisa era un financiero español nacido en Sant Hipolit de Voltregá en 1784 que hizo fortuna como asentista del ejército y empresario de obras públicas pasando a ser el banquero de Isabel II (38). Poco más. Habrá que profundizar un poco más para saber que Remisa era un individuo avanzado para su tiempo y trajo de París el primer daguerrotipo que se vio en España, regalado luego en 1840 al Liceo Artístico (39) del que el propio banquero sería presidente. En 1839 fundó el diario El Corresponsal, que se editó hasta 1844 (40) y en el que colaboró Aribau asiduamente. Isabel II distinguió a su banquero con los títulos de Marqués de Remisa y Vizconde de Casa Sanz (41). Remisa creo la bolsa de Madrid en 1831 (42) y fue Director General del Tesoro.

No es ningún misterio que los banqueros no tienen patria y Remisa tampoco la tenía. Sin embargo, sus subordinados se pusieron de acuerdo en obsequiarle en uno de sus aniversarios con un libro de poesías escritas por ellos mismos en distintos idiomas. Aribau era uno de sus empleados más destacados y le tocó escribir un poema en catalán.

Después del desastre del trienio liberal y de la brusca entrada de los “Cien mil hijos de San Luis”, Aribau se moderó un poco más. Los artículos que va publicando en El Europeo, nos lo muestran como una persona que sigue manteniendo sus ideas pero que ya ha perdido la fe exaltada de unos años antes. El riesgo de represión ejerce para él un peso decisivo a la hora de atenuar sus posiciones de juventud. Esa moderación le permite ser nombra el 8 de marzo de 1822 “juez de hecho” de la Diputación de Barcelona, pasar en el 23 a ocupar el cargo de Secretario de la Diputación de Lleida. En ese punto, irrumpen los “Cien mil hijos de San Luis”. Aribau se encierra en su casa. Solamente le sacarán para editar El Europeo. Cuando desaparece la revista, la Junta del Comercio le encarga su representación ante el gobierno de Madrid en donde tiene múltiples y buenas amistades. Se desplaza a Madrid y el 1826 entra a trabar con Gaspar de Remisa. La colaboración durará 20 años, hasta la fecha de fallecimiento del marqués en 1847. A Aribau le corresponderá redactar y leer el elogio fúnebre (43).

La muerte de Remisa coincide con otro período de inestabilidad política. El gobierno Pacheco lo nombra vocal del Consejo de Agricultura y Comercio y luego Director General del Tesoro. Su gestión al frente de estos organismos, fue eficaz, pero breve. Pacheco duró poco en el cargo y su caída arrastró la de Aribau. Pacheco pertenecía a los liberales moderados con los que Aribau había terminado identificándose. Tenía ambiciones literarias y escribió algunas obrillas que no pasarán a la historia literaria de España. Aribau, en esa época, debía haber moderado todavía más sus posiciones, hasta caer casi en el conservadurismo del que Pacheco estuvo próximo.

La Oda a Patria es una de las cuatro composiciones poéticas atribuidas a Aribau y redactadas en lengua catalana. Las otras son, una Carta dirigida desde Madrid al General Prim, Compte de Reus (1843) y un par de poemas. Sin embargo, será por la Oda a la Patria por la que Aribau pasará a la historia de la literatura en tanto que se considera que su publicación en El Vapor dio el pistoletazo de salida para la Renaixença. La obra fue escriba unos meses antes de su publicación. Los subordinados de Remisa pidieron a sus colaboradores más inmediatos que escribieran un poema, recopilados en un volumen que le regalaron el día de 1832. Más de un año después, el 24 de agosto de 1833, fueron publicados en El Vapor (44) que empezó a publicarse ese mismo año. 

La única intención de Aribau al escribir esto versos fue acceder a un encargo ideado para halagar a su jefe (45). No está, ni motivada por un fervor patriótico-lingüístico, ni siquiera por un interés cultural, sino solamente para acceder a un encargo que no podía rechazar, pero del que hay rastros que tampoco le hizo especial ilusión el realizar. Así, por ejemplo, cuando escribe a su amigo, Francesc Renart i Arús el 10 de noviembre de 1832, lo hace en estos términos (respetamos la ortografía de la época): “Recibe con paciencia mis pegigueras y disimula si sólo cuando las hay, tomo la pluma para escribirte. Necesito de ti de veras. Para el día de San Gaspar presentamos al Gefe unas composiciones en varias lenguas. A mí me ha tocado el catalán y he forjado estos informes alejandrinos que te incluyo para que los revises y taches y enmiendes lo que juzgares, pues yo en mi vida las vi más gordas” (46). El texto de la carta no demuestra ni un interés excesivo, ni siquiera la conciencia de que estaba haciendo una composición que pasaría a la historia. El tono es de un encargo fastidioso que aborda sin mucho interés y como “una pegiguera”. Si falta algo en la carta es, precisamente, el fervor patriótico que otros han querido ver en la obra de Aribau. Se evidencia, en particular, que a Aribau le ha tocado escribir en catalán, no lo ha elegido él, ni mucho menos parece tener interés en hacerlo. Y además, pide ayuda a su amigo catalán, en castellano. De hecho, Aribau parece tener en muy escasa consideración al catalán que ni siquiera menciona en el poema, aludiendo sólo (como más tarde hará Verdaguer en alguno de sus poemas) al “llemosí” (47).

V. Una vida de liberal ajeno al catalanismo

El Vapor fue uno de los canales a través de los que se difundió el romanticismo en Catalunya a partir de 1833. Se tradujeron en dicha revista muchos textos de procedencia alemana (pero traducidos de su versión francesa) que, junto con las obras de los socialistas utópicos Owen y Fourier (48), influirían decisivamente en los años siguientes en Catalunya. Esta revista, habitualmente –y para aumentar la sensación de contradicción- publicaba invectivas contra lo que calificaba de “provincianismo” (49), reivindicador del terruño frente a la Nación, idea propiamente liberal a la que se adscribía la revista.

El problema para los mentores de la Renaixença que centraron en Aribau su arranque es que nada, absolutamente nada en esta composición, en la vida de Aribau y en su entorno y en sus escritos, denota la más mínima “conciencia nacional catalana”. Esto ha llegado a preocupar a algunos catalanistas intermitentemente. Por ejemplo, a poco de establecerse la II República, el diario regionalista La Veu de Catalunya publicó estas consideraciones de Rubió i Lluch: “La manca d’intencionalitat de l’autor d’aquesta composició ha estat moltes vegades recordada. No cal, doncs, insistir en aquest punt, ni en faré retret al nostre celebrat poeta, a qui es podría aplicar aquella frase de Goethe: “A vegades cal recordar a l’autor la separa propia intenció”, però sí que li faré retret de l’absoluta indiefrència amb què ell contempla l’estela lluminosa que havia aixecat amb la seva noble inspiració” (50). Rovira i Virgili y Valentí Almirall se expresaron en idénticos términos (51).

Así mismo, Manuel de Montoliu comenta el caso anómalo de un “precursor” que no toma parte en el movimiento por él iniciado, concluyendo: “No podem parlar, malauradament, del catalanisme d’Aribau, ni solamente en la forma més atenuada” (52). Se puede, pues, poner en duda seriamente que Aribau fuera más que un funcionario nacido en Catalunya, que escribió sólo en contadas ocasiones, en catalán y que jamás atribuyó a estas cuatro poemas ningún interés particular. Los historiadores nacionalistas se las han visto y deseado para hacer de Aribau una “eminencia catalana”, de la misma forma que también la Renaixença hico de Domingo Badía (a) “Ali Bey”, otro “catalán ilustre” (su retrato figura entre los de los “catalanes ilustres” de la sala de reuniones del Centre Excursionista de Catalunya), nacido en Barcelona, francmasón y aventurero… que incluso ocultaba que era catalán (53). Dicho de otra manera: en ambos casos, tanto por lo que se refiere a Aribau como a Domingo Badía, la historiografía catalanista ha realizado una tarea de recuperación que se disuelve como una tela de araña ante la luz, a poco que se realice un examen crítico de los hechos.

En Aribau, esta “recuperación” ha llegado hasta extremos lamentables. Es frecuente en los escritos publicados sobre él en Catalunya, especialmente en los últimos tiempos, que no se aborde nunca su situación familiar. Se ha dicho que permaneció soltero o que no tuvo hijos, cuando la realidad es muy diferente. No solamente se casó, sino que lo hizo con una mujer de muy noble familia castellana, Juana López de la Torre Ayllon (54). Y además tuvo dos hijos. Nada que ver con la imagen melancólica de Aribau, paseándose como un extraño por las calles de un Madrid que consideraba ajeno completamente a él, meditabundo y muerto de añoranza por la tierra natal. En absoluto. No hay nada de eso. Es más: es justamente lo contrario. Aribau fue a Madrid por voluntad propia, jamás dio muestras de añoranza, rasgo del alma que, abusivamente, Verdaguer consideraba como parte del ser catalán (“Parléssiu el català, sabríeu què es l’enyorança”, que equivale a “Si hablarais catalán, sabríais lo que es la añoranza”). No solamente va a Madrid voluntariamente, sino que además, hace allí una brillante carrera que, posiblemente en Barcelona no habría pasado de ser la de un oficinista y contable. Salvo en el encargo de la Oda a la Patria (en donde de lo que se trataba no era tanto de loar a Catalunya sino de que la composición gustara y halagara –como cualquier regalo- a su jefe, Remisa) en donde hay atisbos de esa añoranza (pero es imposible deducir si era real o inducida por la necesidad de cumplir con el encargo), no hay ni un solo escrito de Aribau en donde evidenciara un mínimo arraigo a su tierra natal e incluso un mínimo interés por contemplarla como realidad cultural autónoma. Para colmo, por si esto fuera poco, la carrera político-funcionarial de Aribau se realiza a la sombra del liberalismo moderado español y Aribau se considera a sí mismo como un probo funcionario del Estado Español, en calidad del que en 1855 se traslada a Barcelona como comisario regio para el derribo de las murallas de la ciudad, después de lo cual será nombrado secretario de la Intendencia General de la Real Casa  Patrimonio.

De todo esto se puede deducir que es completamente falsa e indefendible la visión que Milá i Fontanals dio en su discurso necrológioc del Ateneo Barcelonés, precisando que “Lo que realmente le inspiró [a Aribau], lo que le dictó desusados y mágicos acentos fue el amor al país, convertido en mal uso de ausencia. Aribau era muy catalán y debió vivir fuera de Cataluña” (55)… No hubo nada de eso. Aribau como antes Domingo Badia, fueron catalanes de nacimiento pero nunca de convicción o de sentimiento. Y lo tiene muy difícil sino imposible quien aspire a demostrar lo contrario. A pesar de tener un reconocido prestigio literario, Aribau, que conoció en vida cuatro sesiones de los Juegos Florales restaurados, jamás se interesó por ellos y vuele a ser falsa, gratuita y menzas la opinión de Pere Coll i Vehí, según la cual “Aribau somniava d’obtenir l’Englantina d’or dels Jocs Florals de Barcelona, premi que ningú come ell no havia merescut” (56)… encomiables palabras que otros testimonios niegan completamente. Por ejemplo, Josep Miracle en su obra La Restauración dels Jocs Florals proclama “la indiferencia  amb què va veure el restabliment dels Jocs Florals, els quals, a desgrat de tenir Aribau en la categoría de capità i la seva obra en la de brúixola, mai, en els Quatre anys que es van celebrar en vida d’ell, no van rebre un mot d’encoratjinament de simpatía o de simple salutació” (57)… como para que Milà i Fontanals repitiera que Aribau merecía más que nadie la Englantina de Oro…

El día 26 de septiembre de 1882 el retrato de Aribau se colocó en la galería de catalanes ilustres del Ayuntamiento de Barcelona y dos años después se inauguraba el monumento con su imagen en el Parque de la Ciudadela. El mito estaba en marcha y aún sigue.

Queda un misterio por desentrañar. ¿Por qué Aribau fue elegido como portaestandarte y arranque de la Renaixença cultural catalana, si su papel en ella fue irrelevante y jamás tuvo interés en este movimiento? Sobre esto vale la pena decir algo.


Notas

(38) http://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/remisa.htm

(39) José Martínez Ruiz, “Azorín”, en su obra Doña Inés, historia de amor (Ediciones de Elena Cadena, Clásicos Castalia, Madrid 1973), cita a Remisa en la página 74. Dice de él que en el museo romántico de Madrid existe un retrato suyo firmado por el pintor Vicente López. En cuanto al daguerrotipo, recuerda que el Liceo Artístico y Literario fue generosamente subvencionado por Gaspar de Remisa y José de Salamanca. A su vez, Azorín, extrae todos los datos que cita sobre Remisa de la obra de Ramón de San Pedro, El marqués de Remisa. Un banquero de la época romántica. Publicaciones del Banco Atlántico. Barcelona 1953.

(40) Citado en http://www.iberofotografia.es/index2.php?option=com_content&do_pdf=1&id=67

(41) http://www.raco.cat/index.php/ausa/article/view/39374/39248

(42) Citado, entre otros, en Historia de España contemporánea, José Luis Comellas, Rialp, Madrid, 1972  pág. 115.

(43) Datos biográficos extraídos de Josep Mª Poblet, op cit., pág. 21-24 que, a su vez, han sido extraídos completamente de la obra de Manuel de Montoliu.

(44) http://www.xtec.cat/~aribas4/literatura/comentari%20P%E0tria.htm

(45) Tal es la opinión de Josep María Miquel i Vergés en un comentario sobre la obra de Antinoi Puigblanch, lamentando su olvido y que cita Josep María Poblet, op. cit., pág. 31.

(46) Josep Mª Poblet, op. cit., pág 38.

(47) Se trataba de un error lingüístico habitual en la época: se consideró, hasta que los estudios filológicos lo desmintieron completamente que el catalán procedía de una lengua galo-romance, el llemosí, hablada por los habitantes de la Provenza. Inicialmente esta consideración se debía a la mala calidad de los estudios filológicos de la época, ciencia que experimentó un brusco desarrollo en la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, cuando se sabía a ciencia cierta que el catalán era una lengua hispano-romance, los sectores catalanistas seguían insistiendo en que era un derivado del llemosí y, por tanto, galo-romance. A nadie se le escapa que si optaron por esta vía interpretativa sobre el origen del catalán se debía a consideraciones políticas. En efecto, era un intento de desenganchar a la lengua catalana de cualquier tributo que tuviera en relación a otras lenguas hispano-romances y a enlazar con las de un Estado, el francés, que no tenía nada que ver con Catalunya. Así mismo, se trataba de resaltar una historia de Catalunya que tuviera que ver con el Norte, mucho más que con el resto de la Península, a despecho de que después de la batalla de Muret en el siglo XIII, terminó la influencia de la corona de Aragón en el sur de las Galias y en la mayor parte de la Septimania (salvo en el Vallespir, Conflent y la Cerdaña).

(48)  La música, entre France et Espagne, Interactions stylistiques 1870-1939. Textos reunidos por Louis Jambou. Presses Universitaires de Paris, 2001. pág. 109. Esta obra recoge las actas del Coloquio Internacional celebrado en París en la Sorbona-Paris IV y en el Instituto Cervantes de la capital francesa.

(49) Véase a este respecto al texto de Josep Ramon Segarra i Estalleres, Provincianismo y proyecto liberal de Nación en la España del siglo XIX. http://www.ahistcon.org/docs/Santiago/pdfs/s2u.pdf, página 12.

(50) La Veu de Catalunya, En el primer centenari de la Oda, Rubió i Lluch, 24 de agosto de 1933. Traducción: “La falta de intencionalidad del autor de esta composición ha sido recordada en muchas ocasiones. No hace falta, pues, insistir en este punto, ni se lo reprocharé a nuestro celebrado poeta, a quien se le podría aplicar aquella frase de Goethe: “A veces  hace falta recordar al autor su propia intención”, pero si que le reprocharé la absoluta indiferencia con que contempló la estrella luminosa que había alzado con su noble inspiración”.

(51) Josep Mª Poblet, op. cit., pag 32.

(52) Manuel de Montoliu, op. cit., pág 124. Traducción: “No podemos hablar, desgraciadamente, del catalanismo de Aribau, ni siquiera en su manifestación más atenuada”.

(53) “Otro testimonio de su paso por Segovia es elucidador. Estuvieron con él [con “Alí Bey”] dos catalanes, Jaime Amat y su sobrino, Torres Amat, el primero siendo Tesorero de Intendencia y Administrador de Bienes Nacionales, el cual escribe en sus memorias: "A pesar de tratarle familiarmente y de no poder ignorar que estábamos allí, jamás supimos que fuera catalán" (...) "oíamos, si, la voz popular de que era judío, que estaba circuncidado, que había sido musulmán y otras mil especies con que el pueblo se complacía en presentarle, no solo como afrancesado, sino como masón e impío"... pues bien, es posible que todas estas acusaciones tuvieran un poso de realidad.”, fragmento de nuestro artículo Ali Bey: aventurero y descendiente del profeta. http://infokrisis.blogia.com/2009/021304-ali-bey-aventurero-y-descendiente-del-profeta.php

(54) Josep Mª Poblet atribuye a Elias de Molins la visión de un Aribau soltero y muerto por la melancolía, en su Diccionari d’escriptors i artistas catalans. Op. cit., pág. 25.

(55) Citado por Josep Mª Poblet, op. cit., pág. 26

(56) La referencia a Coll i Vehí está extraída del Diario de Barcelona de fecha 9 de octubre, poco después del fallecimiento de Aribau y citada por Josep Mª Poblet, op. cit., pág 27. Traducción: “Aribau soñana con obtener la Englantina de Oro de los Juegos Florales, premio que nadie mejor que él hubiera merecido”.

(57) Citado por Josep Mª Poblet, op. cit., pág. 31: Traducción: “La indiferencia con que vio el restablecimiento de los Juegos Florales, los cuales, a pesar de tener Aribau en la categoría de capitán y su obra en la de brújula, nunca, en los cuatro años que se celebraron con él vivo, recibieron una palabra de ánimo, de simpatía o simplemente de saludo”.

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