2ª carta a un independentista

Publicado: Viernes, 14 de Julio de 2017 14:03 por Ernesto Milá en ORIENTACIONES
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El 23 de diciembre de 2013, hace ya casi cuatro años, te escribí una carta que venía ilustrada por una bandera independentista rota por los vientos y colocada en Calella. Desde entonces tus amigos han repuesto en tres ocasiones esa misma bandera que, inevitablemente, el tiempo castiga, como castiga también a tu ideal, la independencia de Cataluña.

Te escribo de nuevo cuando mis circunstancias personales han cambiado completamente: la política ha dejado de interesarme; es así de simple. La sensación de que España no tiene remedio y de que, a nivel mundial, las fuerzas que se oponen a los procesos de decadencia están irremisiblemente vencidas, especialmente en Europa y en los Estados Unidos, me induce a pensar que no vale la pena realizar esfuerzo alguno, al menos en mi patria, y en ningún sentido. Hace pocos días celebré no haber recibido a tiempo un mensaje que me hubiera casi obligado a asistir a una comida en Valencia en la que algunos “salvadores de España” llegados de Madrid propusieron la realización de acción para “reforzar la unidad nacional”… De haber asistido, les hubiera dicho algo tan simple como que la unidad nacional no está en peligro (lo cual no quiere decir que goce el patriotismo español atraviese su mejor momento). Ni tú ni los tuyos sois un peligro para el Estado Español. Más que tigres de papel, habéis demostrado ser gatos callejeros de peluche. “Gatos” porque apenas arañáis, en absoluto asestáis zarpazos; “callejeros” por vuestra falta de estilo; “de peluche” por lo inofensivo de vuestro accionar.

Oídme bien: las naciones no se construyen con declaraciones ni con referéndums, las naciones se construyen con proyectos que van más allá de acudir a una urna a depositar con expresión bovina un papelito; las naciones se construyen “tendiendo rieles de acero sobre ríos de sangre”. Claro está que vosotros, ni vuestros precedentes, habéis estado dispuestos a nada más que a acudir a manifestaciones con el bocata pagado, colocar en vuestros balcones banderolas subvencionadas o compradas en los todo a 1 euro (de las que se destiñen en quince días)  y poco más; vuestra lucha consiste, hoy, sobre todo, en convencer a convencidos. El hecho de que no haya ni siquiera funcionarios de la Generalitat dispuestos a firmar la compra de las urnas para la francachela del 1º de octubre o que la Generalitat siga absorbiendo dinero del Fondo de Garantía Autonómica para financiar el costoso “proceso”, es el síntoma de lo que tus jefes están dispuestos a arriesgar. Nada. Ninguno de ellos quiere que se lo coman los chinches de la Modelo o compartir celda con un carterista marroquí.

No sé si os dais cuenta de que hace mucho tiempo dejasteis de ser novedad: sois pesados, pelmazos y cansinos. Los que no somos independentistas, estamos tan hartos de vosotros que ya ni os hacemos caso. Ni habéis llegado muy lejos, ni habéis avanzado en vuestra independencia. Esa es la triste realidad que debéis forzosamente de reconocer. Y, lo que es peor, intuís que el 1º de octubre no ocurrirá nada que no haya ocurrido antes.

Si me apuras, tú y los tuyos estáis hoy mucho peor que hace cuatro años cuando perdí una hora de mí tiempo escribiéndote la anterior misiva. Hace cuatro año teníais un partido que aspiraba a ser el “pal de paller” de la política catalana y que ahora ya no existe o, más bien, es un despojo. Ni existe CiU, ni existe CDC y en su lugar, tienes a ese PDCat cubierto por la sombra de los abusos realizados por los Pujol y los Mas, o por la irrelevante mediocridad de Puigdemont.

No sé porqué insistís tanto en ese referéndum, por qué os empeñáis en una consulta que seguramente perderíais. No comparto, por supuesto, la opinión del PP o de Cs, que reducen su defensa del patriotismo español a una defensa de la “España constitucional”, ignorando lo esencial: que hace décadas que la constitución es un texto desgastado, promotor de la España actual, esto es, de la España de la corrupción, de la ruina del sistema educativo, del vacío de poder, de la centrifugación autonómica, del despilfarro o de la ley d’Hont, esa máquina de falsificación de los resultados electorales. Los del PP y de Cs se aferran a esa frase hueca de que “la soberanía reside en el pueblo español” que no deja de ser retórica… Hace mucho tiempo estoy convencido de que “la justicia es como el timón: hacia donde se le da, gira”. Si esta es la trinchera de la derecha unitarista, poco es, desde luego: las leyes y las constituciones se crean, se destruyen y se interpretan con la facilidad con la que uno se cambia de calzoncillos.  La frase es de Lao-Tsé y puede aplicarse a la letra de las leyes. Por eso no creo en la constitución, ni considero que sea de recibo cerrarse en banda y atrincherarse detrás de su articulado, especialmente, cuando el desgaste del texto de 1978 es extremo.

Soy de los que creen que una nación no se crea ni se destruye por un referéndum, salvo que no esté creada ni destruida previamente. Un referéndum es solamente una fotografía instantánea del estado de la opinión pública en un momento dado. Una nación, por el contrario, se forma a lo largo de siglos de historia, y cristaliza como resultado del esfuerzo de generaciones. Y, lo lamento, pero cada vez que repaso algún extremo de la historia me convenzo de que Cataluña nunca ha sido una “nación”. Fueron condados, fue marca (“hispánica”, para colmo), fue casa condal de Barcelona, fue parte del Reino de Aragón, del que formaban también parte el Reino de Valencia y el Reino de Mallorca, pero nunca fue ni reino, ni siquiera condado, ni formó parte de una “federación catalano-aragonesa” que jamás existió.

Podéis alegar que en 1714 Barcelona cayó en poder de las tropas borbónicas. Si me preguntáis, os diría que, de haber vivido en aquella época, estoy seguro de haber militado junto al Conseller en Cap, Rafael de Casanova. Me veo como un menestral de la época, acaso miembro del gremio de carpinteros, humilde miembro de “la coronela”, defensor de los paños de Muralla de la Ribera. Entre borbones y austriacistas, sin duda hubiera optado por los que tenían una idea de la España tradicional y resultaban ajenos a los influjos de la Ilustración, las Luces y el Absolutismo llegados de Francia. Si te han dicho que “Cataluña” resultó derrotada el 11 de septiembre de 1714, te han engañado, lo que resultó derrotado fue una idea de España, o más bien de “las Españas”. Aquello no fue ni el “nacimiento de una nación”, ni había defensor alguno de Barcelona, ni el propio Casanova, que creyera que actuaba en nombre de la “nación catalana”. Esto es tan elemental que, el hecho de que no se enseñe en las escuelas catalanas es signo de la mala fe del nacionalismo que las ha gestionado desde la transición.

Créeme que si me siento lejos del independentismo es porque los “héroes” que me presentas como tales, son sin excepción malos actores secundarios de un peor guión. Pienso en el pobre Pau Clarís; para ti un “héroe”, para mí un traidor irresponsable. No se puede proclamar la “independencia catalana” y luego entregarse a Francia, sin que el título de traidor planee sobre ti. Brillante Pau Clarís… cuya aventura costó a Cataluña y a las Españas, la pérdida del condado del Rosellón y de la mitad de la Cerdaña. Pienso en el abuelo Macià, tu otro héroe histórico, capaz de planificar la “invasión de Cataluña” (los “hechos de Prats de Molló”) con 140 aventureros italianos ácratas, parte de los cuales vendían confidencias a la policía francesa, a la embajada española, a la policía italiana, o al propio Mussolini que estaba puntualmente informado de todo por el mismísimo Riciotti Garibaldi el hombre en el que Macià había confiado; genial el “avi” pactando primero con la CNT y luego pidiendo ayuda en Moscú a Zinoviev el día antes de que éste cayera en desgracia (lo que, de paso, costó la ruptura del pacto con la CNT), geniales los “bonos catalanes” (que nadie compró) que lanzó para financiar la empresa y genial su proyecto de invadir con 140 exiliados italianos Cataluña tratando de ocupar OIot. El “avi”, en su optimismo olvidaba que la localidad fronteriza contaba con cuartel del ejército, de la guardia civil y de la guardia de asalto, para proclamar desde allí la “República Catalana” y la huelga general… aun cuando la CNT, sindicato mayoritario, jamás la hubiera apoyado y el apoyo obrero al proyecto era, simplemente, igual a cero. Fue el abogado de Maciá en París el que transformó aquella chusca insensatez en algo presentable, gracias a lo cual Macià se erigió como presidente de la Generalitat restaurada en 1931. Pienso en Companys, un hombre pusilánime, mezclado en asuntos sucios durante su tránsito como diputado por Madrid (sus relaciones con el estafador Bloch, o el asesinato de los hermanos Badía, o la misma aventura del octubre de 1934, su pérdida absoluta de control a partir del 17 de julio de 1936 y su impotencia ante la situación, no hacen de él una figura, precisamente ejemplar). Solamente su fusilamiento lo ha hecho incuestionable, pero si descendemos a todo lo que ocurrió antes, veremos que la mediocridad de Companys, como lo insensato de la aventura de Macià en Prats de Molló o la traición pura y simple Pau Clarís, resultan difícilmente defendibles. Te diría incluso más: tiene algo de bochornoso.

Claro está que tú y los tuyos demostráis el más absoluto desprecio por la historia. Solamente así puede entenderse que un chalado de pocas luces, beneficiario de algunas subvenciones de la Generalitat, vaya por ahí explicando que Leonardo de Vinci, Cristóbal Colón, Teresa de Ávila, Miguel de Cervantes, son catalanes. Y el individuo en cuestión lo dice con sonrisa de suficiencia y aires de catedrático emérito, ante un público predispuesto para reírle las gracias o simplemente ignorante en historia e, incluso, en sentido común. Ese, a fin de cuentas, es el perfil del independentismo: haber aprobado la asignatura de historia según el programa de la Generalitat, carecer de inquietudes culturales, tener unas aspiraciones al conocimiento más simples que el mecanismo de un chupete y, sobre todo, tener mucha emotividad. Porque el nacionalismo y el independentismo son, especialmente, exabruptos de la emotividad cuando la razón y el conocimiento no pueden ofrecer respuestas simples.

Lleváis casi 150 años con la cantinela de “la construcción nacional de Cataluña”. Veamos: mientras el PP esté en el poder, éste partido os seguirá bloqueando el camino al referéndum. Éste solamente lo abriría un gobierno de izquierdas. Pero no está del todo claro que en esta materia, los restos del PSOE y Podemos lograran llegar a un acuerdo. El PSOE está preso con el PP de la constitución de 1979. Por otra parte, no os engañéis: la izquierda radical está a favor del referéndum porque cree que es “progre” que se consulte a la población, pero no es tan evidente que esté a favor de la independencia. Así que, ir despertando de vuestro sueño: hoy, entre un 30 y un 35% de la población de Cataluña se expresa habitualmente en catalán, el resto, hasta un 95% conoce el catalán pero apenas lo utiliza. El techo de vuestro independentismo es ese: entre el 30 y el 35%, no más. Os quedaría conquistar entre un 21 y un 16% del electorado para que vuestro proyecto independentista saliera adelante. Incluso, en el caso de que el referéndum se convocara legalmente, estáis muy lejos de ser que saliera el Si a la independencia.

Conste que si me interesara algo la política, sería de los partidarios de que se celebrara el referéndum. A ver si así calláis para siempre con esta cantinela reiterativa y cargante. Ahora bien, para que un referéndum pudiera celebrarse en igualdad de condiciones habría que rectificar muchas cosas: en primer lugar, los planes educativos.

La historia de Cataluña debería enseñarse tal como fue, no idealizada en una perspectiva nacionalista. Llevamos entre 35 y 40 años con la enseñanza nacionalista y eso ha determinado automáticamente el criterio de dos generaciones de catalanes que tienen una visión estrábica de su propia historia que predispone a creer que Cataluña fue en algún momento independiente, que es algo radicalmente diferente al resto de España y que fue una “nación”.

En segundo lugar, haría falta que los medios de comunicación de la Generalitat de Cataluña fueran medios de comunicación independientes: desde hace décadas, desde finales de los 70, estos medios, subvencionados por la Generalitat han creado un estado de ánimo favorable a las tesis nacionalistas (para algo se dan las subvenciones…) y han falseado el estado de ánimo de la opinión pública.

Luego, haría falta que, de la misma forma que desde hace ya siete años, el independentismo está en campaña electoral a favor del Sí a la independencia, pasaran otros siete años en los que se pudiera expresar en medios de comunicación subvencionados, el No a la independencia, sus argumentos y sus razones…

Dicho de otra manera: los mismos millones de euros que han sido inyectados en defensa de la independencia de Cataluña, deberían inyectarse en sentido contrario. Eso o el referéndum estaría falseado por años de condicionamiento de la opinión pública… ¿Jugamos a eso? Los referéndums solamente son admisibles en igualdad de condiciones: por eso el referéndum sobre la Ley Orgánica del Estado de 1967 es considerado ilegítimo, porque los partidarios del No, no se pudieron expresar en los medios de comunicación y en la televisión franquista…

Lo que vamos a ver el 1º de octubre es otro simulacro de referéndum: el tercero, que sigue a aquel de hace un par de años convocado por la Generalitat y a aquellos otros simulacros que se iniciaron en 2009 con aquel referéndum en Arenys de Munt. Lo sabes también como yo y lo saben sus promotores. El hecho de que cuando quedan tres meses se hayan solicitado “voluntarios” (¡como si en los referéndums los “voluntarios” pudieran sustituir a los “funcionarios”!) es síntoma de las “garantías” que va a existir en la consulta.

No me cabe la menor duda que Puigdemont es un tipo que se ha visto arrastrado a las posiciones que defiende hoy. Tampoco tengo la menor duda sobre que Junqueras no tiene ni la más remota idea de qué hacer a partir del 1º de octubre, ni sobre el bajo nivel intelectual y cultural de la CUP que su propia dirección se encarga a diario de recordarnos. Tampoco albergo la menor duda de que Puigdemont resiste en el cargo, simplemente, porque de convocar elecciones anticipadas (y rectificar la posición que ha mantenido hasta ahora CDC), supondría el reconocimiento de que el PDCat se ha empequeñecido hasta las dimensiones del PP catalán. Pero una cosa es que resista y otra muy distinta que esté en condiciones de gobernar: todo en Cataluña desde hace más de una década de supedita al fantasma del referéndum independentista.

Hace cuatro años pensaba que todo este baile aburrido y cansino del referéndum terminaría con una simple negociación entre Artur Mas y Mariano Rajoy: el “do ut es” (yo te doy, tú me das”. Hubiera sido lo razonable. ¿Qué ha ocurrido? En 1989, el entonces director de Avui, Albert Viladot, un buen amigo que aspiraba a ser director de medios de la Generalitat y que un inoportuno cáncer se llevó por delante, me comentaba que el problema del independentismo es que es endogámico. Solamente hablan entre sí, solamente se juntan entre ellos mismos, solamente discuten en sus círculos y estos son cerrados para cualquier otra realidad. Así, poco a poco se van mentalizando de una situación que tiene poco que ver con la realidad: es la que ellos mismos van creando en sus consideraciones endogámicas.

A fuerza de repetir que Cataluña es una nación y que el 11 de septiembre de 1714 Cataluña perdió la independencia, han terminado creyendo que esa es la única y sola realidad. Gentes como Pilar Rahola, por ejemplo, se niegan a discutir sobre esos puntos: no es que crean eso, es que no quieren dejar de creer en su simulacro de “historia nacional”, no es que se cierren al diálogo, es que solamente dialogan entre ellos, es que ellos mismos han construido un muro que hace imposible cualquier otra salida que no sea el referéndum y… la independencia. Porque, en su irrealidad extrema, están convencidos de que “referéndum”, equivale a “independencia”. Cualquier otro resultado no es concebido por ellos y ni siquiera se lo plantean.

Y sería cuestión de que lo fueran planteando. En primer lugar porque el tiempo en el que se creaban naciones como hongos ya ha quedado atrás en la historia. España no es Yugoslavia, ni siquiera Checoslovaquia, ni Cataluña es un país báltico o Balcánico. Ni estamos en 1850, ni el principio de las nacionalidades es cosa de ayer, ni siquiera estamos en el tiempo de la descolonización, ni cuando cayó el Muro de Berlín. Estamos en tiempos de la globalización que, por definición, excluye la creación de nuevas nacionalidades, sino que es más bien el tiempo de reaproximación entre naciones para formar frentes que permitan afrontar mejor los signos de los tiempos nuevos. El independentismo va contra la historia. Cada vez se presenta más como un arcaísmo provinciano que requiere un alto grado de aculturización y de banalización localista de la cultura para poder avanzar.

Así que, desengáñate: por muy progres que parezcan los alegres muchachos de la CUP, por mucho que Junqueras y los suyos quieran parecer “catalanes del siglo XXI” son meros arcaísmos, productos de otra época, apéndices excretados por el nacionalismo moderado que se hundió entre la corrupción, el 3% y una concepción burocrática de la autonomía catalana que no era sino la rentabilización en el último cuarto del siglo XX de los teóricos del nacionalismo catalán de finales del XIX. Y éste, por cierto, era la expresión de los intereses de algo que hoy ya no existe: la burguesía catalana. Porque los que ayer dirigían Cataluña e invertían en Cataluña, los nietos de las 200 familias que siempre han dirigido Cataluña desde principios de 1800, siguen haciéndolo, pero, para la mayoría de ellos, ni sus negocios ni sus inversiones están en Cataluña. Se realizan en las bolsas mundiales y en cualquier horizonte que tengan. Da incluso la sensación de que han renunciado a gestionar la Generalitat directamente y se la han entregado a los segundones, a los cuñados, a los hijos tontos y a los advenedizos y estos, con Puigdemont y antes con Mas, andan perdidos en su mediocridad.

Hace cuatro años te comentaba que en Cataluña hay un problema y que no es el nacionalismo, ni el independentismo, ni el españolismo, sino la inmigración masiva de carácter islamista. Te recordaba que la responsabilidad de esa inmigración se debe a Jordi Pujol y a Ángel Colom su “embajador” en Marruecos. Ellos fueron los que canalizaron la riada marroquí a Cataluña. Hoy, Cataluña tiene 7.750.000 de habitantes, de los que solamente 6.000.000 pueden considerase “población autóctona”. El resto, hasta 1.750.000 es población inmigrante o hijos de inmigrantes nacidos en Cataluña. Y no te engañes: no importa las cifras oficiales que te den, si te tomas la molestia de buscar en Internet datos por ti mismo, advertirás que en los últimos 20 años se han instalado 1.000.000 de musulmanes en Cataluña y que además tienen una tasa de reproducción cuatro veces superior a la autóctona. Te voy a explicar algo que la ceguera de las distintas direcciones independentistas te oculta.

Desde hace tres años, se han ido sucediendo de manera trepidante y sangrienta atentados yihadistas. Está claro que –afortunadamente- no todos los musulmanes que permanecen en Europa son yihadistas, pero también hay que reconocer que todos los yihadistas son musulmanes. Un 12% de la actual población catalana es islamista: nadie considerará absurdo que sostengamos que cuantos más islamistas hay, el porcentaje de yihadistas es mayor.

La Generalitat y, especialmente, el independentismo son conscientes de que el porcentaje de votos a favor de la independencia puede crecer solamente ganando a los islamistas y para ello ha invertido recursos económicos como en ninguna otra comunidad. La Generalitat, por supuesto, ignora lo que es el Islam. Cree que un musulmán por el hecho de decir “Bon dia” o “Bona nit” ya está integrado. Olvida que para un musulmán el árabe es la lengua sagrada en la que fue escrito el Corán, como lo sería el catalán si Mahoma hubiera recibido al dictado el libro en la lengua de Pompeu. Pero no ha sido (así a falta de que los “historiadores” catalanes nos digan que, además de Cervantes, Leonardo, Colón o Santa Teresa, Mahoma también era catalán). Creen que se puede integrar a los islamistas llegados del Magreb y del África Subsahariana o de Paquistán, con la misma facilidad con la que en los años 60 y 70 se integraron los llegados de otras zonas del Estado Español. Error fatal: mientras entre los distintos pueblos de España existe continuidad antropológica y cultural, con los islamistas existe una brecha insalvable. Desengáñate, pobre independentista: el Islam siempre será Islam, tú serás un kafir o un dimmi y vivirás no en Cataluña sino en har-al-Islam antes de pasar a dar-al-Islam

Cataluña tiene un problema: la Generalitat, gracias a ese despojo de constitución de 1978, ha conseguido que en Cataluña no existan unidades operativas del Ejército, que no haya prácticamente Guardia Civil y que, salvo en temas de extranjería, los Mossos d’Esquadra hayan sustituido a la Policía Nacional. Cataluña, te lo recuerdo, es el eslabón más débil, no sólo del Estado Español, sino de toda Europa, mucho más que las zonas más islamizadas de la Costa Azul francesa o del Reino Unido, no solo por el número de islamistas presentes en su territorio en relación al total de la población, sino por el débil nexo que une a Cataluña con el resto de España. Si existe un riesgo en un país europeo de que se declare una guerrilla yihadista digna de tal nombre, es precisamente en Cataluña. Romeva y otros “cerebros” de la Generalitat deberían de negociar con la Liga Árabe su reconocimiento a la independencia de Cataluña, antes que con la Unión Europea. Este es el verdadero riesgo: debilitando al Estado Español, estás debilitando las propias defensas de Cataluña que, hoy por hoy, corre el riesgo de convertirse en presa del fanatismo yihadista.

Yo te sugeriría que te preparas para lo que ocurrirá el día 1º de octubre. Disfruta del próximo 11 de septiembre: será la última vez en la que se convocará una manifestación preparatoria de un referéndum. Habrá menos gente que el año anterior y ya el año pasado hubo bastante menos gente que el anterior y así sucesivamente hasta remontarnos al 2014 que marcó el punto culminante de movilizaciones. El siguiente, no lo dudes, aún habrá menos y, por esta regla de tres, en diez años, el 11-S se terminará celebrando en un teatrito. Prepárate para un fracaso histórico y, sobre todo, prepárate para tener conciencia de que la clase política dirigente del independentismo es capaz de vociferar durante años, pero no de renunciar a las comodidades ni a los sueldazos y prebendas… ¿y así quieren construir una nación?   

El independentismo no desaparecerá el 1º de octubre, seguirá su inevitable proceso de empequeñecimiento y provincianización. Es el tributo de estar contra la historia. Los que han vivido de él en la última década carecen de tema de reemplazo, seguirán con lo suyo, erre que erre, cada vez más solos, cada vez más incomprendidos, cada vez más convencidos entre sí mismos de la justeza de sus propuestas, cada vez más ignorantes de la miseria histórica del independentismo. Seguirán con lo suyo e, incluso, aunque un día de estos, Podemos o cualquier formación de izquierdas llegue al poder y acceda al referéndum independentista, lo más probable es que el resultado de este supongo una amarga decepción para ti y para los tuyos.

A partir del 1º de octubre, podrás sumar una derrota más a la historia independentista de Cataluña hecha de derrota sobre derrota. Regocíjate: tendrás un buen motivo para victimizarte un poco más. ¿Sabes qué es lo peor? Que el patriotismo español no saldrá reforzado, se impondrá el “patriotismo constitucional”, sin alma, sin nervio, sin garra, otro gatito de peluche, conservador y conformista.

Me preguntarás ¿y tú qué diablos propones? Yo no soy cocinero, no tengo menús milagrosos que dar. Cuando militaba en política me debía a las propuestas de mi partido, ahora, en cambio me puedo permitir el lujo de ser sincero. Antes he dicho que yo hubiera sido “austriacista” en 1714. Luego hubiera militado en las filas del carlismo, sin ningún tipo de problema: en el fondo, el viejo carlismo recogía lo esencial de la concepción tradicional de la monarquía española, la organización foral. Un sistema foral es un sistema de libertades a cambio de lealtades. Hoy se ha perdido el sentido de este par de fuerzas. Pero creo, en cualquier caso, que valdría más que la clase política catalana y española, si todavía le queda algo de honestidad y rigor intelectual (algo de lo que, por cierto, no estoy muy seguro) empiece a mirar hacia nuestro pasado y hacia nuestra Tradición antes que a soluciones exóticas, excéntricas o lo que es peor, “progresistas”.

Pero no es mi problema: ya te he dicho que hace tiempo me he desinteresado por la política y me he convertido en ese apolítico en sentido clásico que, en el fondo, siempre fui: alguien que no toma partido pero que sigue desde lejos la evolución de los hechos.

Tuyo afectísimo.

 

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