Nuevo curso político

Publicado: Martes, 13 de Septiembre de 2016 12:58 por Ernesto Milá en ORIENTACIONES
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El nuevo curso político ha comenzado.- Después del 11-S, el curso político puede darse por definitivamente iniciado. Seguimos sin gobierno y la convocatoria de nuevas elecciones para diciembre no hace sino aumentar la sensación de que esta broma ya pasa de castaño oscuro. Es el precio de haber criado al calor de la constitución una clase política que siempre fue mediocre y que, a fuerza de ir apareciendo como impresentable para la opinión pública, ha terminado en una selección a la inversa: en efecto, las personalidades brillantes se dedican a la empresa privada o, simplemente, se van al extranjero, los honestos a sobrevivir y, solamente los más oportunistas, corruptos, ambiciosos, pagados de sí mismos y psicópatas, siguen en ese escaparate público que es la política.

Los problemas de todos los partidos son siempre los mismos: ausencia de carisma de sus líderes (no hay más cera que la que arde), vacío doctrinal profundo (no sea que la doctrina no sea entendida por unos o por otros y redunde en mermas electorales), escándalos de corrupción inolvidables (y poco importa si hay más corruptos en el PP o en el PSOE), y falta de proyectos renovadores que puedan, como mínimo, revalorizar la política y dar a la población la sensación de que son una “comunidad real”, un “pueblo, en definitiva. Para eso haría falta que algún partido fuera capaz de señalar a la población una “misión y un destino”, algo que está mucho más allá de las posibilidades de las pobres siglas que pueblan la política española y en la que propuestas “alternativas” como “derecho a la okupación”, “gediátricos  y seguridad social para mascotas”, se unen a las que, en boca de la clase política, suenen como igualmente vacuas: “luchar contra el terrorismo yihadista”, “por el derecho de autodeterminación”, “crear cuatro millones de puestos de trabajo” y oras frases vacías que hace ya perdieron el sentido que pudieran tener para la inmensa mayoría de la población.

Iremos a unas terceras elecciones generales en menos de un año. Habituaros porque, desde que la crisis social se convirtió en crisis política y el bipartidismo imperfecto pasó a ser cosa del ayer, es lo que tendremos a partir de ahora: inestabilidad, en definitiva. O un partido saca mayoría absoluta o se verá obligado a gobernar en coaliciones inestables cuya supervivencia dependerá de la cocina de cualquier gabinete de demoscopia. Todos intuimos lo que pasará en diciembre: ganará el PP, por goleada. Cabría decir aquello de que “así se lo ponían el rey”. En efecto, un Rivera que jamás debió salir de Cataluña, aterrorizado por la posibilidad de quedar fuera de juego para siempre, se apresuró a pactar con el PP, para salvar lo salvable y tener al menos unos años de bonanza para que los miembros del neo-centrismo vayan haciéndose un patrimonio.

A la inversa, el “sostenella y no enmendalla” de Pedro Sánchez, sufrirá un castigo que acabará para siempre con su carrera política. Es posible, incluso, a la vista de los sondeos de intención de voto, que el PSOE no logre contener su crisis interna antes de que se conozca el batacazo decembrino que le aguarda. Pero así como el futuro de Cs está íntimamente ligado a la suerte personal de Rivera, los hay en el PSOE que quieren sobrevivir al pedrosanchizmo.

Las elecciones gallegas y vascas que están aquí, pero alterarán poco la situación política general: parece que en Galicia la victoria del PP está cantada y se encuentra próximo a la mayoría absoluta. Pero Galicia pesa, políticamente, poco. Ni ahí, ni en las elecciones vascas, Cs obtendrá –presumiblemente- diputados con lo que llegará a las generales debilitado y con pocas expectativas. Ganará, claro está el nacionalismo –a fin de cuentas, el electorado vasco es conservador y lo más conservador allí es el PNV- con una menor presencia abertzale, la izquierda dividida entre Podemos y el PSE, desaparición de UPyD y empequeñecimiento de PP y PSE.

Pero como decimos, Galicia pesa poco y la política vasca sin ETA interesa poco y ha perdido su capacidad para dictar agendas. Desde el varapalo que se llevó el Plan Ibarretxe, el PNV ha moderado su vocación independentista. Simplemente está a la espera de lo que ocurra en Cataluña.

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En lo que se refiere al soberanismo catalán, parece que sus mentores todavía no han aprendido las lecciones de las pasadas elecciones autonómicas que demostraron a las claras que no existía mayoría social suficiente como para aspirar a la independencia. En realidad, aquellas elecciones evidenciaron solo que existían dos opciones: independentistas y no independentistas, prácticamente igualadas. El tiempo no juega a favor de los independentistas: a medida que pasan los 11-S, muestran cada vez más sensación de cansancio y decepción. Aún así, su clase política sigue como si nada, en un sorprendente caso de autismo político y cerrazón en sí mismo: como si la independencia fuera para mañana, por no esperar a pasado, los discursos del 11-S han presentado esa manifestación como la “última” antes de la independencia. Los próximos pasos de la desconexión deberían ser convocatorio del RUI (Referéndum Unilateral de Independencia) y elecciones constituyentes de la República Catalana. Y se quedan tan anchos, aun cuando saben que dicha “hoja de ruta” es imposible. Pero es que ya no tienen ningún otro aliciente que presentar a su electorado.  

Este año se han visto muchas menos banderas en los balcones y las que lucen todavía especialmente en pueblos, están descoloridas unas y deshilachadas otras. El cansancio es evidente. La estrategia de la Generalitat consistía en esperar a que un gobierno de izquierdas, con fuerte presencia de Podemos, se estableciera en España y poder obtener la bendición para el referéndum soberanista por parte de un Pedro Sánchez elevado a la presidencia del gobierno. Pero ha pasado un año y todo induce a pensar que en 2017 Rajoy se sentará cómodamente en La Moncloa apoyado por los restos de Cs que tienen cuentas pendientes con el soberanismo. Y, por lo demás, a medida que pasan los días, la figura de Sánchez está cada vez más erosionada y parece poco probable que en los próximos cuatro años haya un gobierno de izquierda en España. Y, desde luego, cinco años de tensión independentista no lo soporta ni la sociedad catalana ni los propios partidos soberanistas. Especialmente cuando estos cinco años futuros vienen precedidos por cinco de movilizaciones y, a su vez, estos, por diez años de devaneos sobre el “nou Estatut”. Sumados, nos dará 20 años de paralización política de la Generalitat y de ensoñación independentista. Imposible mantenerlo ad infinitum.

La única esperanza soberanista es Ada Colau. Pero cada vez empieza a estar más claro que la ambición de ésta no tiene como techo la poltrona en el Ayuntamiento, sino la que luce en el edificio de enfrente, en la Generalitat. La Colau, además de no tener experiencia en gestión, carece también de experiencia política, es una “elementa” típica de la última hornada de la clase política: ambiciosos y oportunistas, sin más. Si la Colau cree que el soberanismo le dará votos, se hará soberanista; si percibe que le restará apoyos, lo denostará y es posible, incluso, que por la mañana apoye a una y por la tarde a otra sin que se ruborice su rostro marmóreo. Veremos hasta qué punto las costuras de su partido resisten los próximos meses. Su gestión, por lo demás, al frente del ayuntamiento de BCN es, seguramente, una de las más mediocres y mezquinas que se hayan visto jamás. Una muestra de la crisis del soberanismo es, precisamente, que su futuro dependa de la Colau, a la que le importa un higo la independencia de Cataluña y sus objetivos no van más allá de donde alcanza su ambición de poder.

Estos son los factores políticos que se pueden resumir así: pocos cambios en las elecciones autonómicas gallega y vasca de poco alcance nacional, gobierno de centro-derecha para 2017 y una progresiva pérdida de vigor del soberanismo catalán… que, con muchas probabilidades, puede generar algún sobresalto a la vista de que sus dirigentes no terminan de creerse que están muy lejos de tener “fuerza social” suficiente para obtener la independencia. Tampoco son héroes, así que cualquier pequeño gesto del gobierno central hará que el maximalismo soberanista se quede solamente en el capítulo del verbalismo y así hasta la próxima queda de una bandera española el próximo 11-S. Eso sí, Cataluña huele a elecciones anticipadas que, casi con toda seguridad, tendrán lugar también a lo largo de 2017.

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¿Y la economía? Tampoco aquí parece que vaya a producirse ninguna novedad. Estamos ante una ficción tan falaz como la que se dio en el período 1997-2007: el creer que el aumento del PIB suponía una mejora en la situación económica del país. Los medios publican que uno de los indicativos de que la situación “mejora” es que se están vendiendo más inmuebles que hace un año e incluso que en las grandes ciudades, su precio se ha elevado un 10%. Mentira. Esos inmuebles no los están comprando ciudadanos españoles, sino fondos de inversión extranjeros. Existe la suposición de que el sector inmobiliario garantiza una rentabilidad superior al 5%. Falso. Puede llegar a un 15% de revalorización anual, pero antes o después, llegan los ajustes y se produce el batacazo final con pérdidas que superan con mucho a los beneficios. Todavía hoy hay miles de familias que están pagando hipotecas por pisos que la tasación actual les da la mitad del valor. Así que, en el momento en el que los fondos de inversión tengan otras ofertas más tentadoras, el sector inmobiliario volverá a redimensionarse a la baja.

El año 2016 ha sido bueno para el turismo, monocultivo económico nacional. A poco que en Francia sigan produciéndose atentados yihadistas o que el mundo mediterráneo del sur siga como paradigma de la inestabilidad, los turistas seguirán llegando. Pero el turismo es una moda y, por lo demás, duros competidores en el Adriático, se están armando. El turismo no durará eternamente… sin embargo, el sector de la hostelería se ha convertido en el foco principal de las inversiones.

Sigue sin haber modelo económico más allá del turismo. Esta es la triste realidad a partir de 2007. Exportaremos a condición de que el Euro tienda a depreciarse o nosotros a rebajar los costes de producción (y esto solamente puede hacerse conteniendo salarios para lo cual, basta con abrir ligeramente la espita de la inmigración). Y, sobre todo, exportaremos si la coyuntura mundial se mantiene con cierta estabilidad, lo cual no está del todo claro. En primer lugar porque la tendencia general es una desaceleración del crecimiento mundial. Hoy se crece porque el precio del petróleo es bajo, como bajos son los tipos de interés y el precio de las materias primas tiende a decrecer ligeramente. Pero luego están las llamadas “tensiones geopolíticas” y, sobre todo, las elecciones en EEUU.

El aislacionismo de Trumb conduciría a un mayor fortalecimiento del dólar y, por tanto, a crear dificultades a las economías emergentes. Por el contrario, la victoria de Hillary Clinton, acentuaría las tensiones internacionales y el intervencionismo de los EEUU en todo el mundo. Solamente así se lograría enmascarar la debilidad estructural del dólar: mediante el recurso a los marines y a los misiles.

Los especialistas nos cuentan que España en 2017 adquirirá los niveles de PIB previos a la crisis. Hemos tardado, simplemente, 10 años en recuperarnos. La pregunta es ¿realmente nos hemos recuperado? Todo depende del color del cristal con que se mire. Si termina –como es de esperar- la situación de inestabilidad política, el gobierno podrá afrontar el problema capital de nuestro país: el elevado déficit del sector público. Por eso hubiera sido necesario un acuerdo entre los grandes partidos: para pactar un límite al gasto, especialmente en las comunidades autónomas, verdadera sangría de fondos públicos.

Luego está el impacto que pueda causar el Brexit y que los especialistas consideran que afectará negativamente a nuestro crecimiento económico. Generará menor inversión y descenso en las exportaciones. Sea como fuere, los especialistas auguran una desaceleración de la economía española. Los hay incluso que, a la vista de la desaceleración de la economía china, llegan a prever una nueva recesión económica en España. Por otra parte, el ciclo expansivo de la economía norteamericana está tocando a su fin y, dado su volumen, en el momento en el que entre en recesión, arrastrará, inevitablemente, a la economía mundial. En 2016, los beneficios de las empresas norteamericanas llevan más de cuatro trimestres cayendo, signo inequívoco del cambio de ciclo. Además, una pequeña subida de tipo de interés –que, antes o después, se producirá- tendrá como efecto situarnos más cerca de la recesión: cuando esto ocurre, suelen caer las bolsas, disminuyen los flujos de capitales procedentes de economías emergentes y, para colmo, un fenómeno casi oculto, pero de dimensiones impresionantes, son las tasas de morosidad de los bancos chinos que, antes o después, los pondrán en dificultades y harán necesarios procesos de recapitalización…

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¿Qué puede esperarse de todo esto? Gobierno de centro-derecha lleva directamente a austeridad pagadera por las clases medias. Un paso más en le merma de derechos laborales para alcanzar la ansiada “competitividad”. Aumento de las protestas sociales, especialmente por parte de la izquierda y en el momento en el que, como parece probable, las cifras del paro repunten (la nueva recesión prevista para 2017 no nos cogerá como la anterior en 2007, con un 8% de paro, sino con un 18-20%). La buena noticia es que viviremos los últimos sobresaltos independentistas en Cataluña antes de que el fenómeno remita definitivamente. La Unión Europea vivirá sus horas más bajas: el ascenso de fuerzas políticas identitarias y patrióticas, hace inevitable una reformulación, so pena de que algunas de las partes decida romper la baraja e imitar el ejemplo del Reino Unido. La falta de protestas populares en España, induce a pensar que la inmigración seguirá llegando y siendo esa bomba aspiradora de recursos sociales que es en todo el mundo. En zonas como Cataluña, la paz étnica solamente podrá mantenerse a costa de mayores esfuerzos presupuestarios y ayudas sociales. Un año más, la inmigración masiva seguirá siendo, junto al Estado de las Autonomías y los intereses de la deuda, el principal lastre de nuestra economía.

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¿Alguna alternativa renovadora a todo esto? ¿Puede aparecer algo parecido a la AfD, al FN, al PVV, o la Lega Nord, al FPÖ? Hay muchas razones para responder negativamente a esa pregunta y una de ellas es que faltan mimbres suficientes –incluso recurriendo a la unidad y rebañando en todas las partes- y ya ha habido demasiadas decepciones como para que de todos esos restos de serie pueda aparecer algo importante. Tampoco da la sensación de que en unas futuras elecciones municipales puedan mejorar notablemente las posiciones (sobre todo si tenemos en cuenta que ya ha pasado un tercio de legislatura; cuando quedan dos tercios hasta plantaremos en mayo de 2019, no da la sensación de que haya actividad de grupos locales capaces de obtener concejales). No hay pues que confundir deseos con realidades: y la realidad es que los grupos alternativos, identitarios y euroescépticos seguirán estando ausentes en las elecciones de diciembre de 2016, prueba del nueve de su inexistencia en la realidad política. En democracia, quien no se presenta a las elecciones, simplemente, no existe.

© Ernesto Milà – info|krisis – http://info-krisis.blogspot.com – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

 

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