Notas sobre EEUU (II de II)

Publicado: Sábado, 19 de Septiembre de 2015 17:44 por Ernesto Milá en ORIENTACIONES
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La doctrina del «Destino Manifiesto»,
soporte místico de la dominación imperial

Cuando estalla la guerra de independencia de los EEUU, Francia y España apoyan a los colonos. La ayuda española existió pero no es tan conocida como la de Lafayette o Beaumarchais. En aquel momento, España controlaba Cuba y Luisiana (un espacio muy superior al actual Estado de ese nombre que abarcaba desde el Golfo de Méjico hasta el Canadá, entre el Mississippi y las Montañas Rocosas. España facilitó a la rebelión de las colonias armas, medicamentos y víveres. El General Gálvez estuvo en contacto con las tropas de Washington. A decir verdad, España alimentó a la hiena que finalmente la devoró. Ya en 1818 se produce la invasión de Florida, perteneciente a España, desde donde los indios semínolas, realizaban incursiones en el territorio de EEUU. El presidente Andrew Jackson aludió entonces a «esos odiosos caballeros españoles». España, que en aquel momento afrontaba la rebelión de las colonias sudamericanas, no pudo hacer nada para evitar la pérdida de Florida que, finalmente, fue vendida por cinco millones de dólares. En ese momento, esta expansión territorial respondía a un impulso mesiánico todavía no plasmado en declaraciones expresas. Aún habría que esperar casi treinta años para que las dos principales orientaciones de la política exterior norteamericana (todavía hoy en vigor) fueran enunciadas expresamente en la «Doctrina del Destino Manifiesto» y la «Doctrina Monroe».

En 1840, John Louis O’Sullivan publicó un grupo de artículos cuyo tema central era «El Destino Manifiesto». Se justificaba la expansión americana en todos los continentes basándose en la doctrina racista de la superioridad racial anglosajona. Esta expansión se produjo en distintas oleadas tras el triunfo de la rebelión de las 13 primeras colonias. Inicialmente, la expansión se orientó hacia el Oeste, entre Río Grande y Canadá. Fueron las «guerras indias» que abarcaron casi todo el siglo XIX norteamericano con distintos sobresaltos y con el paréntesis de la guerra civil en el que se formaron unidades indias, hecho significativo, que combatieron contra los nordistas. El procedimiento expansivo consistía en asentar colonos y luego provocar incidentes que terminaban con el exterminio o la expulsión de los indígenas.

Mayor importancia tuvo la guerra contra Méjico, con la caída de El Alamo permitida por el ejército norteamericano para justificar la intervención posterior contra el vecino país al grito de «Alamo Revenge» (vengar el Alamo) que supuso la pérdida de 1/3 de su territorio. A partir de ese momento, EEUU fue un país transoceánico que abarcaba desde el Atlántico al Pacífico y desde el Río Grande a la frontera canadiense. 

La segunda oleada expansiva partió de las tesis racistas de John Fiske, Strong, Burgess y Mahan, en las que se sostenía el supremacismo anglosajón. La «raza anglosajona» y su lengua eran consideradas superiores a las de sus vecinos y a cualquier otra. Estos escritos, descaradamente racistas y que harían palidecer a los xenófobos del siglo XXI, prepararon la intervención en Centro América y la aparición de la doctrina Monroe que, finalmente, fue el centro de esta segunda oleada expansiva. La Doctrina Monroe establecía que ninguna parte del territorio de "América", ni del Norte, ni del Centro, ni del Sur, podía ser colonizada por europeos. O dicho de otra manera: «América para los americanos… del Norte».

Durante este período el expansionismo tuvo como hitos principales los sucesivos intentos de invasión de Cuba a partir de mediados del XIX y la construcción del Canal de Panamá con el dominio efectivo sobre territorio panameño. En 1841, en pleno Segundo Despertar, ya se produjeron dos locos intentos de invadir Cuba por parte de 150 aventureros de EEUU que partieron desde Miami. Poco después, el presidente Quincey Adams  exponía que «Cuba caerá en manos de EEUU como fruta madura». Y en 1858, cuando se aproximaba la guerra civil, el «Manifiesto de Ostende», firmado por tres diplomáticos norteamericanos destinados en Europa, reiteraba el derecho de apoderarse de Cuba si España no accedía a vender la isla. Luego vino la guerra civil, el proceso de reconstrucción, un momento en el que España todavía poseía una flota eficiente y disuasiva y el nacimiento de un fuerte sentimiento nacionalista en Cuba que impedía que la venta pudiera realizarse sin que conllevara la interrupción del proceso independentista de la isla. Así pues, los norteamericanos optaron por avivar la rebelión cubana. La flota española mostró su eficacia a la hora de detener un alto número de buques norteamericanos que enviaban armas y municiones a los rebeldes. En cada episodio, EEUU denunciaba que suponía un atentado al «libre comercio». Luego, EEUU intentó imponer un tratado comercial humillante para España con la intención confesada de defender los derechos de los inversores norteamericanos en la isla.

A partir de 1887, EEUU decide que lo esencial de su expansión debe realizarse por vía marítima y, desde entonces, el poder naval de éste país empieza a superar al de España. En 1896, el presidente Cleveland dice ante el congreso que los EEUU deben intervenir en la isla, empleando argumentos tan absolutamente falsos y mendaces como los utilizados cien años después por George W. Bush y sus altos funcionarios para justificar las intervenciones en Irak y Afganistán. Cuando entrega las llaves de la Casa Blanca a su sucesor, McKinley, le dice textualmente: «Siento profundamente, Sr. Presidente, dejarle la herencia de una guerra con España, que llegará antes de que transcurran dos años». En efecto, llega 1898 y con él la explosión del Maine, tan extraña como cien años después ha resultado el atentado contra las Torres Gemelas.

Asegurado el control sobre el territorio norteamericano (nueva frontera hacia el Oeste y guerra contra México), asegurado el control sobre el «patio trasero» (el Caribe y Centro América), los EEUU miran hacia Europa donde se encuentra, en las primeras décadas del siglo XX, el centro del capitalismo mundial. EEUU no pararán hasta vencer las reticencias aislacionistas de su propia población e inmiscuirse en la «guerra europea» que, con ellos, pasa a ser mundial. Seguirán la intervención en la II Guerra Mundial, la victoria, la reconstrucción de Europa a cambio de eliminar aranceles y tener a los países vencidos por meros protectorados durante décadas.

Finalmente, la caída del comunismo suponía consagrar a la «hiperpotencia» norteamericana como un «garante de la paz y la estabilidad mundial». O tal era la pretensión que debía realizarse mediante la globalización económica. Pues bien, en todo este impulso expansivo la doctrina del «Destino Manifiesto» ha sido siempre el eje central de la política norteamericana en función de la cual se justificaban las operaciones intervencionistas. 

Esta tendencia hacia el «expansionismo» fue observado por Alexis de Tocqueville cuando escribió: «Mientras no tenga delante más que países desiertos o poco habitados, mientras no halle en su camino poblaciones numerosas a través de las cuales le sea imposible abrirse paso, se la verá extenderse sin cesar. No se detendrá en los límites trazados por los tratados, sino que desbordará por todas partes esos diques imaginarios. Tocqueville escribía estas líneas, influenciado por el «espíritu de la frontera» que extendía la colonización hacia el Oeste. Tocqueville no percibió que la importancia futura de los EEUU derivaría de que, por primera vez en la historia, aparecía una nación capaz de unir el desarrollo del capitalismo con la construcción nacional. Esa combinación hizo que la frontera no se detuviera cuando los colonos llegaron al Atlántico sino que prosiguiera en los cuatro círculos de expansión que hemos definido.

En 1777, John Jay aseguraba que el norteamericano era el primer pueblo favorecido por Dios al tener ocasión de elegir su forma de gobierno. Sólo tres años después, Samuel Cooper aludía a la «misión providencial de EEUU de transformar gran parte del globo en asiento del conocimiento y la libertad». El senador Albert Beveridge, en 1900, en un discurso explicaba: «Dios preparó al pueblo de los EEUU para ser dueños y organizadores del mundo (…) Dios ha elegido al pueblo norteamericano como nación elegida para iniciar la regeneración del mundo». El economista Johan Galting era de la misma opinión cuando escribía: «tenemos la obligación mesiánica de asumir aspectos divinos de omnipotencia, bondad y misericordia infinitas»…  Finalmente, el presidente Woodrod Wilson en 1902 expresó el mismo estado de espíritu con estas palabras: «En nuestro pueblo ha estado siempre presente una poderosa presión desplazándose continuamente en busca de nuevas fronteras y territorios, en la búsqueda de mayor poder, de total libertad de un mundo virgen. Es un destino divino que ha configurado nuestra política»… 

Hemos seguido declaraciones mesiánicas desde la fundación de los EEUU, de ahí que la última frase seleccionada fuera pronunciada el 8 de mayo de 1999 por el Fiscal General y Secretario de Justicia, John Ashcroft, hombre de nuestro tiempo, que alude a las ideas de siempre con estas palabras: «Única entre las naciones, los EEUU han reconocido la fuente de nuestro carácter como cosa divina y eterna, no cívica o temporal. Como nuestra fuente es eterna, somos diferentes. No tenemos otro rey que Jesús…». Ashcroft es un producto típico surgido de los medios evangélicos «renacidos» y del Tercer Gran Despertar. Es lo que los jefes de fila neo–conservadores llamarían un «gentil», pletórico de inocencia patriótica y fe religiosa.

Esta ideología ha estado siempre viva en la derecha estadounidense y ha sido evocada por los Bush, padre e hijo, al hacer referencia en muchas ocasiones a «nuestra superioridad moral» para justificar las intervenciones político–militares en cualquier parte del mundo.

De tal estado de espíritu deriva la doctrina del «Destino Manifiesto» formulada por el periodista John O’Sulivan justificando la anexión de Tejas, que llevó a la firma del Tratado de Guadalupe–Hidalgo. La idea es que los americanos tenían el derecho e incluso la obligación de expandir su dominio sobre el continente, ya que se consideraba que era la «voluntad de Dios». La formulación de O’Suivan venía en el momento adecuado: se trataba, por una parte, de justificar las «guerras indias» y el exterminio del pueblo  indígena. De otra parte, tenía mucho que ver con el proceso de los países sudamericanos y centroamericanos por su independencia. La Doctrina Monroe se había anticipado en 1823, dos años después de que España reconociera la independencia de México. El concepto de Destino Manifiesto es la siguiente vuelta de tuerca de la misma política. En apenas cuatro años, a partir de 1840, los EEUU duplicaron su territorio nacional. Este empuje fue considerado como parte de un proceso inexorable querido por «la Providencia» e impulsó a O’Sulivan a formular su teoría según la cual esta expansión territorial era el «destino manifiesto» que culminaba en la «dominación de todo el continente». Luego la «doctrina Monroe» consagraría esta tendencia.

No todos los norteamericanos, ni siquiera todas las fuerzas políticas, aun aceptando la idea del «destino manifiesto», coincidían con esta tendencia expansionista; algunos pedían que se definiera el territorio que debía adquirirse y cuando lo decían estaban pensando en compras territoriales. Pensaban que los territorios limítrofes, contiguos a los EEUU, terminarían uniéndose a ellos voluntariamente: «caerían como fruta madura», decían. Pero la tendencia general de quienes enunciaron la abusiva teoría del «destino manifiesto» era a pensar en una expansión rápida aunque fuera a costa de emprender guerras de conquista.

La «Doctrina Monroe» y la teoría del «Destino Manifiesto», surgidas ambas en pleno Segundo Despertar, contribuyeron, a la consolidación de la conciencia nacional y la coherencia interna de los EEUU. Mientras la primera excluía a Europa de cualquier veleidad de estar presente en Centro y Suramérica, la segunda contribuía a justificar el recurso a la guerra. En la práctica, ambos principios siguen en vigor en nuestros días y constituyen lo esencial de la política exterior norteamericana.

O’Sullivan, dio la definición de lo que entendía por «Destino Manifiesto»: «Es nuestro destino manifiesto esparcirnos por el continente que nos deparó la Providencia para que en libertad crezcan y se multipliquen anualmente millones y millones de norteamericanos». En esa época, la balanza entre los Estados que estaban a favor de la esclavitud y los que estaban a favor del trabajo asalariado, se mantenía en equilibrio, pero la incorporación de cualquier nuevo Estado podría romperlo a favor de una u otra opción.

Las dificultades de la invasión de Nicaragua convencieron a muchos norteamericanos de que era necesario descartar la idea de una república transcontinental. Percibieron que si se dilataban excesivamente las fronteras y se integraban en ella contingentes con otra lengua y otra raza, se debilitaría la cohesión de los EEUU. Pero a mediados del siglo XIX, las nuevas tecnologías de la época aplicadas al transporte (los barcos de vapor) y a las comunicaciones (el telégrafo) parecían espectaculares. Ambos avances fueron aplicados para mejorar la comunicación entre los distintos Estados de la Unión. En ese contexto cobró fuerza y peso la corriente «expansionista e intervencionista» que desde entonces siempre ha estado viva en los EEUU.

Ciertamente, los EEUU tenían tierras desocupadas y no era preciso conquistar otras lejanas para dar asiento a nuevos colonos. Aunque los inmigrantes afluían sin cesar desde Irlanda, Alemania e Italia, los contingentes llegados no eran suficientes. En ese contexto apareció la corriente «expansionista» que tomaba como referencia algunas frases del segundo presidente de los EEUU, Thomas Jefferson, y proponía la adquisición o conquista sin fin de nuevos territorios para cumplir su «destino». Esto, proseguían, serviría para que las generaciones futuras pudieran disponer de abundantes recursos económicos. Entre estos sectores se encontraban algunos teóricos del esclavismo de los Estados del Sur. Nuevos Estados, con nuevos esclavos, aumentarían el poder político de los Estados del Sur, pues, no en vano, tales Estados sólo podían situarse al Sur, es decir, más próximos al área de influencia de lo que luego sería la Confederación. Sólo así, los EEUU podrían competir con el comercio británico, especialmente por el control de los mercados asiáticos, algo que estaba en mente de los expansionistas desde que fue arrancado a México el territorio de California y se podía contar con el puerto de San Francisco como base para la expansión por el Pacífico hacia Asia.

La crisis económica de 1837 en la que un exceso de producción agrícola hundió los precios, dio nuevos argumentos a los expansionistas para que se buscaran nuevos mercados en el exterior y, para ello, había que disponer de bases en todo el mundo. Por esas fechas, Inglaterra era la pesadilla de la nueva nación, especialmente en los Estados del Sur. En 1843, el Sur denunció que Inglaterra estaba promoviendo la abolición de la esclavitud en EEUU; acto seguido proclamaron la necesidad de incorporar a la República de Texas para asegurar los intereses de los terratenientes algodoneros del Sur. Fue así, como, poco a poco, la doctrina del Destino Manifiesto se fue convirtiendo en cada vez más agresiva y haciendo del «brazo militar» y del recurso a la guerra, los elementos tácticos más habituales para su realización.

En 1823, el presidente James Monroe lanza la doctrina que llevaría su nombre en el curso de un mensaje al Congreso. El derrumbe del Imperio Español, la emancipación de las colonias en Sudamérica, había despertado las ambiciones inglesas. A continuación, EEUU intervino militarmente en 1824 en Puerto Rico, en 1845 y 1847 en México, en 1857 en Nicaragua, en 1860 en la provincia de Panamá y nuevamente en Nicaragua. La situación era tan alarmante que en 1847, Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia y Perú se reunieron en Lima alarmados por este intervencionismo. Al año siguiente, estalló la guerra contra México. Pero no fue sino hasta la conclusión de la guerra de secesión norteamericana que los EEUU tomaron conciencia de su inmensa poder.

En 1880, cuando la «conquista del Oeste» ya había concluido, el presidente Ulises Grant no ocultó su proyecto de controlar la totalidad del continente: fue la política del big stick (palo grande) que llevó a las intervenciones militares directas, a la anexión de nuevos territorios o a la formación de «protectorados». El 15 de febrero de 1898 el acorazado estadounidense US Maine explotó en La Habana, pretexto que el presidente William McKinley utilizó para declarar la guerra a España. La culminación de lo que Theodore Roosevelt llamó «espléndida pequeña guerra», fue la conquista de Puerto Rico. En el Tratado de París del 10 de diciembre de 1898, España renunció también a Cuba y a las Filipinas.

Cínicamente, en 1901, incorporó a su constitución la enmienda Platt, aprobada por el Senado estadounidense en 1901, en virtud de la cual Cuba debía aceptar el derecho de intervención de EEUU para «preservar la independencia cubana y mantener un gobierno que protegiera la vida, la propiedad y las libertades individuales». «Con el fin de cumplir con las condiciones requeridas por Estados Unidos para mantener la independencia de Cuba y proteger a su pueblo, así como para su propia defensa el gobierno de Cuba venderá o alquilará a Estados Unidos el territorio necesario para el establecimiento de depósitos de carbón o de estaciones navales en algunos puntos determinados». Algo más de un siglo después, la base de Guantánamo sigue siendo testimonio ignominioso de esta política. Cuba pasó de depender de España a depender de EEUU que intervino militarmente en la isla en 1906, 1912 y 1917, siendo hasta 1934 protectorado.

«En el hemisferio occidental, la adhesión de Estados Unidos a la doctrina Monroe puede obligarlo, en casos flagrantes donde se encuentre frente a determinada mala conducta o a determinada incapacidad, a ejercer, aunque se resistiera a hacerlo, un poder internacional de policía», tal era el corolario de la doctrina Monroe, enunciado en 1903 por Theodore Roosevelt. Con los mismos argumentos –el respeto a las «obligaciones internacionales» y «la justicia para con los extranjeros» (que enmascaraba intereses económicos e inversiones de EEUU), «aportar el progreso y la democracia a los pueblos atrasados», etc– los marines desembarcaron en México, Guatemala, Nicaragua, Colombia, Ecuador. En 1912, en un lapsus o quizás como muestra de la ebriedad que provoca el poder, el presidente Taft declaró: «Todo el hemisferio nos pertenecerá, como de hecho, ya nos pertenece moralmente, en virtud de la superioridad de nuestra raza», lo que traducido quería decir que la defensa de la soberanía nacional de territorios que entran dentro del campo de aplicación de la Doctrina Monroe o que, por algún motivo, obstaculizan la realización del Destino Manifiesto, se convierten en una rebelión contra la potencia elegida por Dios.

A partir de la primera concesión obtenida en Costa Rica en 1878, la United Fruit Company construyó un imperio bananero en la costa atlántica de América Central dotado con millones de hectáreas. La goodwill (buena voluntad) de EEUU (el Tío Sam, diseñado con sombrero de copa, chaleco de estrellas y pantalón confeccionado con las barras de la bandera de EEUU) no puede ponerse en duda, en tanto que pueblo aliado de Dios que interviene diplomática y militarmente, con autoridad propia, sin ningún control, en los asuntos internos de estas repúblicas, manifestando la voluntad divina que los guía, de la que la Doctrina Monroe y la teoría del Destino Manifiesto son su enunciado político. En Honduras, Estados Unidos interviene en cuatro ocasiones (1903, 1905, 1919 y 1924) para «restablecer el orden» (entendiendo por tal, la defensa de los intereses de la United Fruit y de las compañías forestales y mineras de EEUU). En 1915, le toca a Haití; una fuerza al mando del almirante William B. Caperton, desembarca en Puerto Príncipe e impone una administración norteamericana. Lo mismo había ocurrido ocho antes en la vecina República Dominicana. Esta política del big stick, tiránica e intervencionista, se prolongará con el mismo cinismo hasta 1934 cuando Franklin D. Roosevelt la reemplazará por la del good neighbourhood (buena vecindad) en lo constituía solamente un cambio semántico.

En los cuatro años siguientes, la Conferencia para el Mantenimiento de la Paz (1936) y la VIII Conferencia de los Estados Americanos (1938) reconocerán la soberanía de cada país del hemisferio Sur: Asegurado el dominio económico ¿para qué comprometerse a más? El pensamiento de la clase dirigente norteamericana, aspiraba en ese momento a una proyección, no sólo hemisférica, sino mundial.

Como hemos dicho, la rivalidad con Inglaterra para controlar los mercados asiáticos y el desenlace final de la guerra civil, hizo que los EEUU buscaran bases en el camino hacia el lejano Oriente. En 1893 reclamaron las Islas Hawaii. El almirante Belknap lo justificó con estas palabras: «Parecería que la naturaleza creó ese grupo de islas para que fuese ocupado como puesto avanzado, por así decirlo, de la Gran República». Y el congresista Henry expresó en la misma línea: «Las queremos porque se hallan más cerca de nuestro territorio que de cualquier otra nación». Reclamaron el archipiélago de Hawaii y lo obtuvieron. Una vez allí, miraron a Filipinas. El ex secretario Denby explicó: «Estamos extendiendo las manos para tomar lo que la naturaleza nos ha destinado». El problema era que Filipinas no tenía ninguna relación de contigüidad con el territorio de los EEUU. No era problema, el senador Beveridge añadió: «¡Nuestra Armada las hará contiguas!». Y de Filipinas a la masa continental China. El propio Beveridge añadió: «las islas Filipinas son nuestra puerta de acceso a China». Antes, el comodoro Perry había forzado la puerta de Japón.

En 1902, Woodrow Wilson intentaba justificar este impulso expansionista aludiendo de nuevo a la doctrina del Destino Manifiesto: «Esta poderosa presión ejercida por un pueblo que se desplaza constantemente hacia nuevas fronteras, en busca de nuevos territorios, de mayor poder, de la total libertad de un mundo virgen, ha gobernado nuestro curso y como un Destino ha plasmado nuestra política». La realidad era mucho más prosaica: los EEUU, tras haber enlazado los dos océanos mediante ferrocarril y a través de la construcción del Canal de Panamá, después de haber agotado las posibilidades de expansión en el territorio americano, buscaron plasmar su mesianismo en el exterior. Las grandes crisis de la historia del siglo XX no son otra cosa más que el producto de los desajustes internacionales provocados por el expansionismo norteamericano. Fue así como el tiempo pasó.

El «dios» de Bush: religiosidad a la carta 

Pocos presidentes como Reagan y Bush han encarnado de una manera tan clara los valores de un Gran Despertar. Tiende a decirse que Bush es un accidente en la historia de los EEUU y que, solo la fatalidad, la acción de grupos de presión minoritarios que se convierten en mayoritarios a causa del alto absentismo electoral de la población y los extraños ataques terroristas del 11–S, han beneficiado su proyección nacional e internacional. No es así. Bush, lejos de ser un accidente en la historia americana, fue la encarnación de las fuerzas socio–político–religiosas que han creado los EEUU y que, por tercera vez se han manifestado con los cambios sociales que siguieron a los años sesenta. Antes que con Bush esas mismas fuerzas emergieron con Reagan, pero incluso en personajes tan distintos como Roosevelt, Carter, Lincoln o Washington, afloraban temporalmente con mayor o menor intensidad. En todos ellos, el mesianismo como destino histórico y misión de la nación americana, la simplicidad extrema y maniquea en los razonamientos y la existencia de un enemigo presentado inevitablemente como «eje del mal», ha hecho que la misma línea política emergiera una y otra vez. Si no hubiera sido con Bush habría reaparecido con cualquier otro.

Ahora bien, hay que reconocer a George W. Bush la importancia histórica de haber “descubierto” un enemigo. Si bien el mérito no le corresponde a él, sino a sus analistas de seguridad y, seguramente, a sus servicios especiales, lo cierto es que, desde 1990, la hiperpotencia americana se había quedado sin enemigo. La caída del comunismo le sumió en una profunda desorientación que los Fukuyama y Huntington intentaron disipar, pero que contribuyeron a enmarañar un poco más las dudas del stablishment norteamericano sobre quién era y dónde estaba su enemigo. Los providenciales ataques del 11–S sirvieron para crear ese enemigo fantasma y, de manera aleatoria, para consolidar la presidencia de Bush que se basaba en una usurpación oligárquica y plutocrática, más que en la aritmética electoral.

En varias ocasiones, incluso en conversaciones privadas con dirigentes de distintos países, Bush ha reconocido que de no haber tenido su revelación personal de Cristo, en este momento estaría tirado sobre la barra de cualquier bar de Texas. Bush era un «cristiano renacido» y compartía absolutamente todos los postulados de esta corriente que ya conocemos.

Si se prescinde de la naturaleza de estas creencias político–religiosas, se corre el riesgo de no entender absolutamente nada de la política exterior norteamericana. Ahora, con todo el bagaje que ya tenemos sobre los cristianos renacidos, comprendemos el por qué de la insistencia de invadir el territorio bíblico de Irak y la irracional y pertinaz persistencia en negarse a solucionar el conflicto árabe–israelí mediante el apoyo y el estímulo constante a las provocaciones de Ariel Sharon desde su irrupción en la explanada de las mezquitas (septiembre de 2000) hasta el asesinato por miembros del Mosad de un dirigente de Hamas radicado en Damasco, es decir, terrorismo puro y duro, al margen de cualquier interpretación del derecho internacional.

Lo que ocurrió fue que la América que ha heredado George W. Bush era un país en quiebra en todos los terrenos. La sociedad americana está sufriendo un proceso de fragilización que daba la razón al antropólogo Melvin Harris cuando en 1982 afirmó que EEUU está entrando en una guerra civil que será a la vez, racial y social y que, probablemente, siga al desplome de su economía a causa del desequilibrio en la balanza comercial. En 2003 aumentó la pobreza por segundo año consecutivo.

La tasa en el 2001 era de 11’7, al año siguiente pasaría al 12’1, esto es 34,6 millones de pobres con un aumento de 800.000 en apenas un año, a los que había que sumar 14 millones más en condiciones de extrema pobreza. El 16’7% eran niños pobres, esto es 12 millones, 400.000 más que en el 2001. Pero esto no había sido lo peor. Desde el inicio del milenio se fue afianzando la distancia que separaba a ricos de pobres: en 1985 una quinta parte de la población detentaba el 45% de la riqueza; en el 2001, habían acumulado ya el 55% de la riqueza. Solamente entre 1998 y 2001 la diferencia entre el 10% más rico y el 20% más pobre, hubo aumentado un 70% ¡en apenas tres años! Después de la crisis económica iniciada en 2007 estas distancias aumentaron todavía más

A pesar de ser un ex alcohólico, Bush y su administración han ido liquidando progresivamente programas sociales. En 2001, el propio Bush anuncio que la rehabilitación de alcohólicos y toxicómanos se realizaría, a partir de ese momento, no a través de programas de desintoxicación y reinserción social… ¡sino mediante la oración! Es previsible la catástrofe social que tendrá lugar en los próximos cinco años si se persiste en este insensato programa. La debilidad de la sociedad americana (la que detenta el mayor índice de analfabetismo real y estructural de todo el «primer mundo») se hará todavía más evidente y peligrosa. Al final del camino lo que espera a una política social de tal estilo es el desplome social. Pero hay más.

La sociedad americana, se ha dicho y repetido hasta la saciedad, es una sociedad extremadamente violenta. Doscientos millones de armas en manos de particulares generan una violencia inigualable en el espacio occidental e incluso en zonas degradadas del Tercer Mundo. El 2002 volvió a aumentar la violencia y los delitos cometidos: 11’8 millones, un 2’1% más que el año anterior. La cifra de asesinatos es insoportable: 15.980 al año, 44 al día. El número de violaciones es igualmente significativo por lo extrema: 90.491 violaciones al año en 2007, 245 al día. Y esto en un país que se jacta de tener un sistema que enfatiza el castigo penal del delito… pues bien, ni aún así.

En 2002 existían en EEUU, 2’1 millones de presos que representan una tasa desmesurada del 10 por 1000, diez veces más que en Europa. Ciertamente los afroamericanos que apenas representan el 13% de la población, aportan el 60% de los reclusos, dato a tener en cuenta. También en las tasas de pobreza los afroamericanos (después de 40 años de integración racial sin tregua) suponen el doble de la media nacional. Y en cuanto a la vigencia y generalización de la pena de muerte, tampoco ha supuesto un freno para el aumento de la delincuencia. La relajación e impreparación de los tribunales con jurado popular ha hecho que desde 1973 hasta 2003, un mínimo de 100 inocentes hayan sido ejecutados. El propio Bush firmó en Texas, cuando era gobernador, 152 ejecuciones. Y, sin embargo, ahí está sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Está claro que EEUU está cambiando. Ya hemos visto que para que los dos Grades Despertares previos se han producido en situaciones de cambio acelerado. Ahora vuelve a aparecer uno de esos endiablados momentos de la historia en donde nada permanece por mucho tiempo sin mutar. El problema es si todas estas mutaciones van a ser «positivas» o «negativas» y si van a hacer avanzar a los EEUU, como ocurrió con los dos Despertares anteriores, o bien estos cambios van a debilitar al país y provocar un desplome interior (tal como pensamos).

Hasta la llegada de Reagan al poder, los presidentes de los EEUU, más o menos, tenían a gala mostrar sus convicciones religiosas. A nadie se le escapa que Clinton tenía muy poco de religioso y no lo habría demostrado de no haber sido por el caso Levinsky. Todos los presidentes de los EEUU, son sinceramente creyentes o simulan tener creencias religiosas. Habitualmente quienes si tenían tales criterios eran los ciudadanos de base. En contrapartida, la tensión religiosa estaba muy atenuada en la cúpula del stablishment, limitándose a ser una especie de atrezzo emotivo y sentimental en los discursos. Pero en las elecciones del 2000 todo esto cambia. Bush llega acompañado por una corte de intelectuales procedentes de la extrema–derecha conservadora ligada a los medios religiosos fundamentalistas y a los seguidores del filósofo y politólogo Leo Strauss. Estos núcleos confluyeron con otros grupos de presión tradicionales en la política norteamericana: el complejo militar–industrial, los petroleros y el lobby judío.

Mary Kaldor en su artículo Irak: una guerra sin igual (El País, 2 de abril, 2003)  indicaba que  «la Administración de EEUU ha sido secuestrada por un grupo de ideólogos mesiánicos, que creen que pueden organizar el mundo según los intereses norteamericanos. Esta gente se compone de cuatro grupos que se solapan: individuos que participaron en la Administración Reagan y que sienten nostalgia de la lucha maniquea entre buenos y malos; representantes del complejo militar–industrial que saldrán beneficiados de la guerra y que han adoptado la fe en el poder militar; fundamentalistas cristianos de derechas; y defensores a ultranza de Israel». El historiador Gabriel Jackson, a quien ya hemos citado, reconocía en su artículo «La religión en la cruzada de Bush contra Irak» (El País, 24 de marzo de 2003)  «la importancia de la cristiandad bíblica como factor más destacable de la opinión pública en los EEUU». No es que Bush careciera de ideas, es que tenía «malas ideas»…

La «ideología» política de Bush, como la de Reagan ayer, puede definirse en terminología europea como «reaccionaria». Intentaron seguir el camino marcado por Bill Graham y Jerry Falwell, inmediatamente después de los atentados del 11–S: revalidar la alianza entre Dios y su pueblo (EEUU) para que éste sitúe a los EEUU en el lugar que se merece como faro de las naciones. Volvemos a la doctrina del «destino manifiesto». Para ello, no es raro que el programa «social» que Bush propuso a la nación americana coincidiera en todo con el redactado por la Coalición Cristiana de Falwell: retorno de la religión a la escuela, protección a la familia, lucha contra el divorcio, el aborto, el feminismo y la homosexualidad. El gobierno Bush, evidentemente, no está formado «sólo» por fanáticos religiosos, pero estos si figuran entre sus rostros más conocidos. La revista El Viejo Topo recuerda que «La consejera de Seguridad Nacional, Condoleeza Rice, es hija de un predicador, el jefe de personal, A. Card, está casado con una ministra metodista, el secretario de Comercio, Don Evans, fue quien puso en contacto a Bush con la Biblia,  el fiscal general, John Ashcroft, pertenece a un grupo extremista cristiano, lo mismo que el asesor Karl Rove. Un teólogo, Mike Gerson, escribe los discursos de Bush». Y el propio Bush fue ganado por los «cristianos renacidos» tras su experiencia con el alcohol y la cocaína.

En realidad, George W. Bush no hizo otra cosa que exasperar la doctrina Reagan, volverla más agresiva y directa y realizar «simulacros teatrales» de lo que Emmanuel Todd llamó la «estrategia del borracho»: dar miedo, fanfarroneando ante actores muy secundarios frente a los cuales la victoria está asegurada (el régimen talibán, el Irak de Saddam, el gobierno coreano o castrista…). Diferente era la actitud de Reagan frente a la Unión Soviética que, efectivamente, tenía un potencial destructivo equiparable al de EEUU, un poder del que no disponen ni por asomo en los «estados fallidos» (Estados que han fracasado en su intención de organizar a la sociedad de una nación y han caído en manos de redes terroristas o de delincuentes) y «estados terroristas» (Estados controlados directamente por terroristas y que fomentan el terrorismo), integrados en el «eje del mal» tal como fue definido por Bush. Reagan hablaba del «Imperio del Mal» (el mundo comunista), Bush altera poco este concepto. El Viejo Topo terminaba su artículo explicando: «De la doctrina del eje del mal, con el cual no se negocia, derivan los rasgos característicos del equipo de la Casa Blanca: es dogmático en lo económico (ultraliberal) y en lo religioso (ultracristiano), inflexible con los enemigos, duro con los aliados si no son incondicionales (el odio a los tibios prescrito en la Biblia), prima la fuerza militar sobre la diplomacia (que cumple el secundario papel de arreglar los destrozos, no de evitarlos) y subordina la legalidad internacional a la estrategia nacional (sirve si es útil al proyecto de reforma moral y de expansión económica de la Casa Blanca; si no, es legal lo que lo favorece al Gobierno de EEUU). Inspirándose en la Biblia, la Casa Blanca reordena el mundo, dicta las nuevas prioridades, las nuevas normas, las nuevas jerarquías y las nuevas alianzas. Así parece que Dios es el artífice del nuevo orden mundial y que el Gobierno norteamericano es un simple instrumento de su voluntad». Con Obama no ha variado mucho estos planteamientos, tan solo han atenuado su carga fundamentalista, pero no sus contenidos, ni sus políticas.

Esta doctrina extraña y anómala, enloquecida, es una constante de la política norteamericana desde el período de los «Padres Fundadores».

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