Escenarios andaluces

Publicado: Lunes, 16 de Marzo de 2015 10:46 por Ernesto Milá en NACIONAL
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Info|krisis.- Hemos sentido vergüenza ajena al escuchar fragmentos de los mítines de los grandes partidos retransmitidos por TV. Nadie puede creer ninguna de las promesas de los grandes partidos, ni siquiera sonreír con las maldades que suelen decirse unos candidatos contra otros. En temporada de campaña el buen gusto, la sensibilidad, el rigor y la inteligencia son aparcados por todos los partidos. Lo que queda ahora es ver cuáles son los porcentajes electorales, el número de diputados por cada sigla, y cómo puede articularse un gobierno estable para un PSOE que se verá obligado a pactar. Sobre las distintas posibilidades que se abrirán dentro de siete días tratan estas líneas.

Lamento, denuncia y grito contra la “democracia formal”

Ningún partido en período electoral quiere definirse sobre con quién se entenderá tras conocerse los resultados. Todos apuestas por obtener la “mayoría absoluta”, a pesar de que todos saben, igualmente, que el período de las mayorías absolutas en la historia de España ya ha quedado atrás y lo que tenemos por delante es una creciente atomización del mapa político que hace inevitable la formación de bloques, coaliciones y entendimientos más o menos espurios. Excluyamos, de partida, una posibilidad: la formación de coaliciones por “motivos ideológicos”, “afinidades de programa” o “proximidades políticas”. Ya no existe partido alguno que defienda una doctrina irrenunciable y permanente; de hecho, cualquier cosa que suponga un “principio” queda fuera de las intenciones de la clase política, lo que existe, en cambio, son “tendencias” y, sobre todo, “look”. El “look” de un partido no es más que la proyección sobre la opinión pública de la imagen que éste quiere dar. Tiende a generar estímulos positivos (como si el elector fue un “perro de Paulov”) en un sector del electorado, obtener su confianza por métodos subliminales (esto es, apelando al inconsciente y a lo irracional). Para ello, basta un rostro, un color, una frase entresacada de un discurso, una línea de un programa, diez segundos de retransmisión de un discurso. Poco más. Cada grupo social vota en función de que tales estímulos sean lo suficientemente fuertes como para merecer su atención.

Únase  esto al ritual casi animista de la jornada electoral con su altar –la mesa electoral– con su sacerdote –el presidente de mesa–, con sus monaguillos –los vocales–, con su sagrario –la urna electoral–, con su “sagrada forma” y su “misterio” –el sobre con la papeleta electoral que transmiten la “voluntad personal”–, con su liturgia –entregar el carné al presidente, esperar que un vocal encuentre el nombre, oír el “ha votado”–, con la apoteosis mística –el recuento de votos en el que participan todos los oficiantes más los apoderados e interventores–, con la proclamación de los resultados mediante la transmutación de la “voluntad personal” en “voluntad popular” y, finalmente, con la “buena nueva de la gran revelación” que implica hipostatizar en el candidato más votado con el místico poder de la “voluntad popular”… si esto no es un ritual animista que venga un antropólogo especializado en pensamiento mágico y diga lo contrario. Esto es lo que se ha dado en llamar “democracia formal”. Una mera superstición moderna que sirve en tanto que nace del “consenso” de las élites dirigentes y de la “resignación” de la población, pero que, en cualquier caso, no resiste a la crítica.

Nadie en Andalucía tendrá mayoría. Hoy nadie duda de eso. Nadie, tampoco, dice con quién pactará. Pactar es algo normal en democracia; no así en España. En los últimos 78 años en la historia de España, solamente se han producido dos grandes pactos y siempre en el arranque de cada régimen (el Pacto de Unificación forzado por necesidades de vencer en la guerra civil y el Pacto de la Transición impuesto por fuerzas políticas y económicas internacionales). Poco más. Ambos regímenes, el de 1937 y el de 1978, generaron sistemas políticos cerrados a todos salvo a quienes los habían constituido. El de 1937 nació a la derecha. El de 1978 lo hizo en el centro. Pero ambos regímenes nacieron con vocación de eternizarse y ambos generaron en su interior fuerzas políticas que se encargaron de transformarlo. Ahora hemos llegado hasta al punto en el que el régimen de 1978 inicia su fase de descomposición. Ésta empezó en las elecciones europeas de 2014 (cuando los partidos mayoritarios entraron en pérdida), se confirmará en las andaluzas, alcanzará nivel nacional en las elecciones municipales y autonómicas de mayo y, finalmente, quedará confirmado entre las elecciones catalanas de septiembre y las generales siguientes. Luego, ya nada será igual en la política española. La inestabilidad se habrá instalado en la política española.

Veamos pues, los escenarios que pueden darse en Andalucía.

1. Gobierno del PSOE con la abstención del PP

El PSOE, siendo mayoritario, en todos los escenarios, quedará en la mejor de las hipótesis con 45 diputados, a 10 de la mayoría absoluta. Así pues, necesitará apoyos para gobernar. Pero, si hemos de creer las declaraciones realizadas por todos los partidos, nadie pactará con nadie… Así pues, una primera posibilidad sería que Susana Díaz presentara su programa en el Parlamento Andaluz y este no salga adelante en tres votaciones sucesivas con lo que deberían de convocarse nuevas elecciones… algo que ni el sistema autonómico, ni los partidos, ni la ciudadanía, podrían soportar. Así pues, excluyendo esta posibilidad, y teniendo en cuenta la cerrazón a formar gobiernos de coalición y pactos, la única salida sería que el PSOE pactara con el PP su abstención para que Susana Díaz pudiera gobernar. Esta salida tendría costes para los dos grandes partidos, especialmente para el PP cuyo electorado no entendería el silencio que sus siglas mantendrían en cuestiones esenciales. El hecho de que el parlamento andaluz que salga de estas elecciones esté más fraccionado que el anterior, facilitaría que en esa hipótesis, partidos como Podemos y Ciudadanos jugaran continuamente a la contra y mantuvieran su “virginidad”.

2. Gran Koalición PP y PSOE

Sería el acuerdo que hasta hace poco auspiciaba Felipe González y la vieja generación del PSOE, los restos de quienes hicieron la transición. Al percibir que el régimen que construyeron experimenta los primeros estertores agónicos, sus mentores son partidarios de reagrupar las fuerzas políticas y mediáticas que dieron origen a la transición para garantizar la supervivencia del régimen cuya amenaza consideran que no viene por desintegración interior, sino por efecto de la crisis económica y de las nuevas fuerzas políticas que emergen del desencanto. Una coalición de este tipo garantizaría la estabilidad en Andalucía pero tendría efectos deletéreos sobre los electorados de los dos partidos en toda España. Por lo demás, los odios y las rivalidades de ambos, así como su dimensión, los intereses y los niveles clientelares que arrastran, son excesivamente densos como para que pudieran “armonizarse”, especialmente con un PP que tocaría poder en Andalucía después de haberse visto excluido desde el nacimiento de aquella autonomía.

3. Coalición PSOE más Ciudadanos

Hará falta saber cuál va a ser el resultado que obtenga Ciudadanos para saber si puede estar en condiciones de aportar el tramo de diputados que precisaría el PSOE para poder gobernar. Es el pacto que más le gustaría suscribir a Susana Díaz. Por un lado, Ciudadanos tiene una imagen “constitucionalista”, moderada, moderna, agradable, dialogante y civilizada que cualquier otro. En tanto que cultiva una imagen centrista (de centro–izquierda si hay que creer a Rivera), Ciudadanos “encaja” en cualquier fórmula de coalición. Ahora bien… Ciudadanos solamente existe, realmente, en Cataluña. Fuera de Albert Rivera y de su equipo catalán, el resto del partido en otras regiones, está formado por oportunistas, nulidades, y, lo que es todavía peor, gentes que han llegado al partido por motivaciones muy diversas y que tienen respuestas divergentes entre sí a los mismos problemas. Nadie sabe lo que propone Ciudadanos, aparte de luchar contra la corrupción y estar contra la independencia catalana. Para Ciudadanos, una coalición de este tipo implicaría acostarse con el PSOE, esto es, perder definitivamente la “virginidad”, lo cual tendría un impacto extremadamente negativo en todo el resto del Estado. Por otra parte, el bajo perfil de Ciudadanos en Andalucía, convertiría a Ciudadanos en rehén de Susana Díaz y no solamente en Andalucía. Por otra parte: Rivera ya ha expuesto su exigencia (que el parlamento andaluz dé vistos buenos a los suplicatorios para levantar el aforamiento a Chávez y Griñán que es como enviarlos directamente a prisión), inaceptable para el PSOE andaluz.

4. Coalición PSOE + Podemos

Una coalición de este tipo sí que superaría con toda seguridad la barrera de los 55 diputados, pero supondría levantar una hipoteca muy gravosa para Susana Díaz y unas repercusiones negativas para Podemos en el resto de España. Coalición “de izquierdas”, pero no por ello, menos imposible. Podemos pretendería que se aplicaran unas medidas sociales que el PSOE ni puede, ni quiere, ni está en condiciones de aplicar, y lo que es peor para el PSOE, Podemos exigiría unas medidas anticorrupción que aumentarían la población penal andaluza provista con carnés con el puño y con la rosa. Por otra parte, sería absolutamente incomprensible para el electorado de Podemos, no solamente en Andalucía sino en toda España, el que el partido que ha hecho de la lucha contra la casta una bandera, terminara pactando con la fracción de la casta más corrupta de todo el Estado: el PSOE andaluz (que solamente encuentra rival en CiU en liderazgo en corrupción autonómica).

5. Resucitar la coalición PSOE + IU

La tendencia actual en todo el Estado va hacia la extinción de IU. La fuga por goteo que experimentó el PCE hacia el PSOE durante la transición, es la misma que en estos momentos está experimentando IU hacia Podemos. Los “segundas filas” de IU, en el fondo, constituyen el grupo más coherente que ha llegado a la formación de Pablo Iglesias. Los que se han visto excluidos del reparto de poder en la cúpula de IU (y, por tanto, de los cargos públicos y asesorías municipales, remuneradas) o han abandonado la coalición en dirección a Podemos, situándose en primera fila, o bien están en vías de abandonarlo mediante subterfugios temporales, como ha optado por hacer Tania Sánchez para salvar la “honestidad”. No parece que lo que resulte de las próximas elecciones andaluzas, IU obtenga el número de escaños suficientes como para compensar los que le falten a Susana Díaz. En cualquier caso, la experiencia de la anterior coalición de gobierno han sido lamentables para IU: no solamente quedaron contaminados con la corrupción que rodea a la sigla socialista andaluza, sino que, además, se vieron eliminados de un plumazo y sin explicación de la coalición. Con todo, en la situación de indigencia política en la que se encuentra IU, sus dirigentes podrían tragar sapos, serían capaces incluso de arrastrar carros y carretas para volver a suscribir una coalición que, no podría implicaría nada negativo para una sigla que ya está prácticamente liquidada en todo el territorio nacional.

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Estas son las cinco posibilidades. No hay ninguna más. Las hemos colocado en orden a las posibilidades que consideramos de que puedan convertirse en realidad. Queda algo, sin embargo, por decir: lo que salga de Andalucía va a indicar una línea de tendencia para el resto del Estado, nos dirá mucho sobre las preferencias de unos o de otros, y lo que ocurra en los meses siguientes –meses de endiabladas dinámicas electorales– y cómo reaccione la opinión pública, nos lo dirá todo sobre el futuro.

Ahora bien, ninguna de estas posibilidades aportará estabilidad y renovación a la política andaluza ni española. Todas ellas son coaliciones o fórmulas para impedir que lo existente termine por desplomarse. Ninguna, absolutamente ninguna de estas fórmulas es algo más que un “mal menor”. Ninguna implica resolución definitiva a los grandes problemas, ni de Andalucía ni del resto del Estado.

Vale la pena estar pendientes de lo que ocurre en Andalucía, no tanto durante la campaña que aburre hasta a quienes participan en ella, como en la noche electoral y en los tres días siguientes. Esperad cualquier cosa de lo que resulte. Esperadlo todo, menos soluciones drásticas y reales.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

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