Todo sobre el nacionalismo...

Publicado: Domingo, 23 de Junio de 2013 18:14 por Ernesto Milá en ORIENTACIONES
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Infokrisis.- Todo nacionalismo es producto de una burguesía que no solamente quiere tener hegemonía social y económica, sino también política. El nacionalismo (a no confundir siempre con Patriotismo, tema al que ya hemos dedicado otros artículos e incluso nuestra obra Identidad, patriotismo y arraigo en el siglo XXI) es un fenómeno relativamente reciente que nace con la revolución americana y con la francesa. Ambos episodios suponen la ruptura de la clase social que ha ido ascendiendo desde el Renacimiento, la burguesía, gracias al aumento del comercio y al tráfico de especies), con el “orden aristocrático” en el que primero la nobleza (feudalismo) y luego el rey absoluto y la corte, eran las fuerzas hegemónicas de la sociedad. Poco a poco, la burguesía ha ido creciendo y llega un momento en el que exige una situación hegemónica: quiere el poder político, porque gracias a él puede utilizar a su favor el poder económico.

Del reino a la nación y de la nación al nacionalismo

En ese proceso, los que hasta entonces eran “Reinos”, quedan convertidos en “Naciones”. Una “nación” es, históricamente, un territorio en el cual se han impuesto los valores de la burguesía expresados en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. El problema es que la burguesía no es una clase homogénea, sino fraccionada en intereses regionales, locales, incluso corporativos. De ahí que cuando en algunas zonas se constituyeron unas burguesías locales que, por algún motivo, tenían algún elemento de agregación común, allí apareciera un movimiento regionalista y/o secesionista.

La independencia de las colonias americanas sigue siempre a la formación de una burguesía criolla, de la misma forma que los nacionalismos catalán y vasco, van parejos a la industrialización de estas dos regiones que tiene lugar en la segunda mitad del siglo XIX (y especialmente en el último cuarto del siglo) al retornar muchos capitales invertidos hasta ese momento en las colonias americanas.

Si el nacionalismo andaluz o gallego tuvieron mucho menor calado que el catalán o el vasco, se debe sin duda, a los distintos niveles de desarrollo de todas estas regiones y, por tanto, a la mayor o menor importancia de sus burguesías locales. Por otra parte, los rasgos diferenciales de carácter antropológico, cultural y lingüístico, contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, en absoluto son determinantes, sino que, como máximo, constituyen los recursos emotivos y sentimentales sobre los que se edifica y “embellece” la construcción ideológica de la burguesía, cuyo interés es exclusivamente económico y mercantil. Esto explica el por qué en zonas como Mallorca o Menorca en las que existen rasgos “diferenciales”, o en el Valle de Arán, no haya existido nunca un nacionalismo: se debe, simplemente, a que el peso de la burguesía ha sido mucho menor que en Cataluña. De la misma forma que el caso del nacionalismo andaluz, Blas Infante realizó una fantasiosa construcción basada en la historia y en algunas peculiaridades lingüísticas, pero no pudo convertir su movimiento cultural en político precisamente por debilidad de la burguesía local.

La formación de todo movimiento nacionalista está precedida por una fase en la que la burguesía local va aumentando su poder pero todavía es débil en relación al conjunto de fuerzas políticas y sociales. En esa fase, el énfasis de su acción es “cultural”: se trata de “recuperar” y crear “factores diferenciales” que, juntos, configuren una “identidad” diferenciada del resto de identidades. El nacionalismo es, sobre todo, una sensibilidad emotiva basada en mitos y en construcciones reales o ficticias para las que sus teóricos utilizan distintos elementos: geografía, historia, lingüística, antropología, etc.

El nacionalismo catalán hijo de la alta burguesía regional

Así nació el nacionalismo catalán: la burguesía catalana en la segunda mitad del siglo XIX exigía “proteccionismo” para su industria textil. El bombardeo de Barcelona por Espartero fue el elemento emotivo sobre el que se apoyó la primera oleada pre-nacionalista, lo que se ha dado en llamar “la Renaixença”. Luego, esa misma burguesía, al sentirse más reforzada por el aumento de sus inversiones (tras el retorno del capital procedente de Cuba y antes de Maracaibo), no solamente financió la creación de un “nacionalismo cultural” (Verdaguer, Maragall, y toda una cohorte de escritores y artistas financiados por los Güell que, al mismo tiempo, pagaban a su costa los Juegos Florales, crearon con restos de leyendas tradicionales y arcaicas, toda una mitología catalana) sino que quiso disponer de instrumentos políticos para defender sus intereses económicos.

En los primeros años del siglo XX, el nacionalismo regionalista creció extraordinariamente en la misma medida en que la crisis del 98 ponía en crisis la idea de España y el nacionalismo español. Seguramente, antes del principio de los años 20 hubieran optado por la vía independentista de no ser porque la huelga general de 1909 demostraron que la clase obrera catalana tenía unos intereses antagónicos a los de la burguesía y estaba dispuesto a defenderlos por la vía insurreccional y a través de un fuerte movimiento sindicalista. La burguesía, tras la Semana Trágica, entendió que nada, salvo el ejército español, podía mantener sus intereses, renunció durante unas décadas a su independentista y se atrincheró en posiciones regionalistas que dieron como resultado la Mancomunitat primero y el Estatuto de Catalunya después. Mientras, los intereses mineros de los Romanones, de los Comillas y de los Güell, hicieron que se mantuviera la guerra con Marruecos a costa del sacrificio de miles de vidas de soldados de quintas salidos de las clases más humildes.

75 años de vida catalana

Durante la guerra civil el nacionalismo se difuminó completamente demostrando que su fuerte no era la defensa armada de sus intereses y que sus intereses estaban divididos entre una República dominada por la izquierda y, por tanto, anticapitalista, y un franquismo tolerante con el capitalismo pero furibundamente antiseparatista. Y si durante la guerra hubo catalanes en ambos bandos (Cambó y la Lliga apoyaron al franquismo, mientras ERC y Estat Catalá, más que apoyar a la República, apoyaban a la autonomía catalana legalizada por esta), en la postguerra, prácticamente toda la burguesía catalana, casi sin excepciones, decidió colaborar con el franquismo. Mientras duró, el nacionalismo nunca más volvió a ser un movimiento de masas, simplemente quedó reducido a unos cuantos apellidos famosos entre las “200 familias” que reivindicaban un “regionalismo” de fuerte contenido clerical. Fue la izquierda la que, fiel a la herencia republicana, situó la reivindicación de las instituciones creadas por esta junto a un programa político reivindicativo basado en tres puntos: “Libertad – Amnistía – Estatuto de Autonomía” que, luego, finalmente, con el desplome del franquismo en 1976-77, pudo hacerse efectivo.

Fue en esa situación en la que el nacionalismo catalán reapareció. En 1980 obtuvo, finalmente, el gobierno de Cataluña y un nuevo Estatuto de Autonomía con techo mucho más alto que el republicano. En los veinte años que siguieron se evidenció que la arquitectura del sistema constitucional español había diseñado un sistema de bipartidismo imperfecto en el cual las situaciones en las que un gobierno no gozaba de mayoría absoluta debían recurrir a un partido nacionalista periférico para poder ejercer la tarea de gobierno. Jordi Pujol aprovechó diestramente esta circunstancia convirtiéndose en la pieza irremplazable del centro-derecha y del centro-izquierda para esos momentos en que estaban abocados a gobernar en minoría.

A cambio, Pujol lo que exigió siempre fue “manos libres” en Cataluña y eso se tradujo de dos maneras: 1) con un aumento asindótico de la corrupción que hizo de esa autonomía la más corrupta de todo el Estado, gozando prácticamente de impunidad y 2) con un aumento de la concentración de capital en manos de las “200 familias”.

Cataluña en la globalización

Mientras se producían estos fenómenos en Cataluña, la situación del capitalismo internacional iba cambiando así como las circunstancias políticas internacionales. España entraba en la Unión Europea, “unión de Estados Nacionales”. Caía el Muro de Berlín y los EEUU vencían en la guerra de Kuwait (segunda guerra del Golfo) dando el pistoletazo de salida al “nuevo orden mundial” cuyas dos características esenciales eran 1) la globalización económica y 2) el tránsito del mundo “bipolar”, al mundo “unipolar”, cuyo leader eran los EEUU.

A pesar de su nacionalismo sentimental, las “200 familias” entendieron perfectamente al nueva situación y se adaptaron a ella: Cataluña abandonó pronto su tradicional estructura productiva, el textil dejó de ser la actividad preferencial de la región y se deslocalizó progresivamente, el tejido industrial se aligeró y los beneficios dejaron de llevar por el sector industrial, empezaron a obtenerse a través del sector servicios y, luego, a través de las inversiones especulativas. La novedad era que tales inversiones ya no eran realizadas en Cataluña: el nacionalismo dejaba de invertir en la propia tierra para hacerlo en cualquier otra en la que se pudieran obtener beneficios. En este sentido, la familia Pujol es el paradigma de las nuevas orientaciones de la alta burguesía catalana: mientras sus inversiones sobre territorio catalán van siendo abandonadas, aumentan sus inversiones en cualquier otro territorio del mundo, especialmente en Iberoamérica y en operaciones bursátiles especulativas.

Puede parecer una contradicción el que la alta burguesía catalana haya cambiado sus prioridades y estas hayan pasado a ser idénticas a las de cualquier capitalismo. La lógica obliga a pensar que su interés por el nacionalismo catalán habría disminuido y, sin embargo, no es así. Vale la pena preguntarse sobre los motivos del mantenimiento de este interés: es fácil entenderlo, la respuesta está en el techo autonómico obtenido por Cataluña que le permite, en la práctica, operar casi como un Estado independiente pero con todas las ventajas de estar asociado a una nación y no debiendo emplear parte de su presupuesto en costosas estructuras propios de un Estado moderno (defensa, especialmente, pero también diplomacia, etc.). Y lo que es más importante, gracias a la Generalitat de Cataluña se dispone de una fuente continua de ingresos que, una vez obtenidos en esta tierra, pueden invertirse en inversiones especulativas en cualquier lugar del planeta.

Cataluña en la actual crisis económica

Eso seguirá mientras el nacionalismo siga controlando los resortes de la Generalitat. Pero, el nacionalismo catalán siempre ha tenido un problema histórico: la división entre los que opinan que es preciso seguir “asociado” a España por tenue que sea el vínculo y aquellos otros que opinan que debe convertirse en una nación independiente.

En una situación como la actual, los segundos tienen la iniciativa. En efecto, la crisis económica iniciada en 2007 en EEUU y en España unos meses después, ha evidenciado el fracaso del modelo político-económico nacido en 1978. Desde esa época, la propaganda nacionalista ha tendido a culpabilizar de todas las desgracias a Cataluña a la actitud del “Estado Español”, de tal manera que cuando la crisis económica se ha convertido en asfixiante, una parte sustancial de la población catalana ha creído que, efectivamente, se debía a “Madrid”, esto es al Estado central donde residen los presidentes del gobierno incapaces o simplemente estúpidos. En estas circunstancias (y a medida que se prolonga la crisis y la falta de expectativas económicas se va haciendo cada vez más evidente) resulta fácil difundir el “Espanya ens roba” y generar al esperanza de que a Cataluña le iría mejor si “volara sola”.

Al igual que Pujol, Artur Mas ha seguido utilizando el arma del chantaje para que el gobierno de Madrid cuente con su apoyo, pero con una diferencia: Mas carece de la habilidad política y del prestigio que tuvo Pujol y, especialmente, cometió el error de financiar las actividades de los minúsculos grupos independentistas (diciendo a “Madrid”: “mirad, si no me dais lo que pido, os tendréis que entender con estos”) olvidando que estamos en plena crisis y que, de la misma forma que en Cataluña se responsabiliza a “Madrid” del mal gobierno, también es cierto que crece la opinión –especialmente a partir del momento en el que el gobierno a dado rienda suelta a las investigaciones judiciales por corrupción en el entorno nacionalista- de que CiU no es completamente inocente en este caos y que, a fin de cuentas, ha gobernado durante casi 30 años en el Palau de la Generalitat.

Artur Mas: salto al vacío

En estas circunstancia, el órdago de Mas el pasado 11 de septiembre fue un triple salto mortal que corre el riesgo de causarle la rotura del espinazo: no solamente, a partir de entonces, el gobierno de Madrid abrió decenas de procesos por corrupción contra altos funcionarios de CiU, el Supremo emitió sentencias pendientes durante años contra procesados de UDC y el mismo entorno familiar de los Pujol se vio asediado por las investigaciones. Y lo que es peor: en situaciones de crisis y de confusión política, solamente prosperan las opciones más nítidas, en el ámbito nacionalista, ERC que siempre ha sostenido un programa independentista y que, en el momento de escribir estas líneas está viviendo un histórico “surpasso” en intención de voto en relación a CiU, partido que, por lo demás, se ve desgarrado por sus tensiones internas, mientras que el gobierno catalán está paralizado y desorientado justo en el momento en el que la crisis se torna cada vez más aguda (la entrada en liquidación de la Seda de Barcelona ha supuesto el fin de la última gran empresa histórica dedicada al textil que todavía quedaba en  Cataluña, a modo de símbolo del final de una era).

La situación actual dista mucho de tener solución: una alta burguesía sigue demagógicamente difundiendo “nacionalismo” pero invirtiendo fuera de Cataluña y utilizando la Generalitat solamente como fuente de ingresos seguro (y agencia de colocaciones para sus segundones) para obtener unos ingresos que luego se insertan en los circuitos de la globalización. El nacionalismo que hasta ahora era patrimonio de la alta burguesía ha pasado a ser, en su forma más radical, el independentismo, consuelo de grupos sociales muy diversificados afectados por la crisis y cuyas actitudes políticas dependen, no ya de intereses de clase, sino de percepciones personales sobre como salir de la crisis (de ahí que sea posible percibir distintas tonalidades de nacionalismo e independentismo y que el frente independentista esté atomizado no solamente en siglas, sino que dentro de cada sigla exista una miríada de posiciones diferentes sobre problemas y estrategias).

La atomización de Cataluña

Esta situación, lejos de sorprendernos, entra perfectamente en la lógica de los hechos: cuando una “nación” deja de ser misión y destino y se convierte simplemente en una excusa emotiva y sentimental para justificar la hegemonía política de su alta burguesía, puede decirse que hemos entrado en un “materialismo nacionalista” y, como todo lo que es materia, mineral, puede fragmentarse hasta el infinito. Eso es lo que está ocurriendo en estos momentos.

La sociedad catalana está dividida verticalmente entre los “españolistas”, los “indiferentes” y los “catalanistas”. Los primeros, a su vez, están divididos entre los “unitaristas”, los “federalistas”, “moderados de derecha” y los “patriotas”. Los últimos, por su parte, están divididos entre “independentistas moderados”, “independentistas radicales”, “independentistas conservadores”, “independentistas de extrema-izquierda” y, por supuesto, “nacionalistas”. Mayoritariamente, la sociedad catalana sigue siendo indiferente y estando ajena a lo que ocurre. Sin embargo, en los últimos tiempos, los independentistas radicales (ERC) y de extrema-izquierda han ido experimentando un crecimiento a expensas del “nacionalismo” (CiU), mientras que los “unitaristas” del campo españolista (C’s) ganan protagonismo sobre los “moderados de derecha” (PP) y sobre los “federalistas” (PSC). Pero todos estos conjuntos “horizontales” están, a su vez, divididos en franjas horizontales, las clases y los grupos sociales. Hoy, ya ni siquiera la alta burguesía catalana opera como realidad social autónoma tal como demuestra el “españolismo” relativo de la patronal, ni lo que queda de clase obrera catalana está completamente divorciada del nacionalismo como lo estuvo hasta antes de desencadenarse la crisis.

El resultado de todo esto es un puzle inextricable, imprevisible y, sobre todo, completamente inestable: la peor de las situaciones que podrían darse en el peor momento de la historia de Cataluña. Porque la Cataluña de hoy no es una roca en el océano como quisieran los nacionalistas, sino un Titanic perdido en una tormenta y con los dos costados atravesados por la corrupción y la partidocracia, y una oficialidad al mando mucho más pendiente de sus inversiones en tierra que del gobierno del barco. Para colmo, con algunos pasajeros que no han pagado billete y que han entrado en número de 1.250.000, dotados de identidad propia e irreductibles al nacionalismo y a Cataluña. En efecto, la presencia de una inmigración masiva contribuye a agravar aún más el problema.

Y todos sabemos cuál es el fin de una nave en estas circunstancias. No hay tabla de salvación, ni botes suficientes. Cataluña tiene por delante un futuro mucho más negro que en cualquier otro momento de su historia.

© Ernesto Milá – ernesto.mila.rodri@gmail.com - infokrisis 

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