Homenaje a Venner (III)

Publicado: Viernes, 31 de Mayo de 2013 03:38 por Ernesto Milá en TRADUCCIONES
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Info-krisis.- Nos hemos propuesto rendir homenaje a Dominique Venner, popularizando algunos de sus textos. Hoy hemos elegido la introducción de El blanco sol de los vencidos en que narra la historia de la Confederación de Estados Americanos y la epopeya de los hombres de Dixieland, un texto que traducimos hace cinco años y en el que el autor evidencia la simpatía por la causa del Sur. Históricamente, esta obra sigue a la de Baltikum, dedicada a la gesta de los Cuerpos Francos tras la Primera Guerra Mundial.

Dominique Venner

El blanco sol de los vencidos

La epopeya sudista y la guerra de secesión

1607-1865

AGRADECIMIENTOS

Expreso mi gratitud a los que me han prestado su concurso para reunir la documentación de esta obra y elaborarla. Mis agradecimientos se dirigen particularmente a Renée Lemaitre, del Centro Cultural Americano, a Jean Bourdier, Pierre Joannon y Albert Krebs, conservador en la Biblioteca Nacional, cuya ayuda y consejos me han resultado inestimables.

D.V.

“No han existido sobre la tierra dos naciones, que estuvieran separadas de forma distinta y hostil como nosotros. Ni Cartago y Roma, ni Francia e Inglaterra, en ningún momento”

James H. Hammond,

Gobernador de Carolina del Sur

“La guerra que emprendemos es diferente de las guerra ordinarias. No se trata de conquistar una paz o un tratado ventajosos, sino de golpear a una población suficientemente numerosa, inteligente y guerrera, para constituir una nación. El conflicto que empezó contra un partido, es ahora una lucha contra todo un pueblo”

General Mac Clellan,

Comandante en jefe de los ejércitos nordistas.

“El Sur era el pueblo mismo y combatía por su propia existencia como nación, por su independencia, por sus campos y sus hogares”.

Mayor Scheibert,

Oficial prusiano destacado en los ejércitos sudistas.

 

I

EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN

 

Después de tres días, la soñadora ciudad de Charleston se ve arrancada de la placidez sensual de sus jardines tropicales. Aquí, el invierno no es más que dulzura. Hay grupos reunidos en las calles. Los amplios sombreros panamá de los plantadores se lucen junto a los miriñaques. Jóvenes caballeros, con botas altas, recorren la ciudad al galope. Al caer la tarde, un rumor ardiente como la esperanza vuela entre los grupos. Los miembros de la legislatura han votado por unanimidad la independencia de Carolina del Sur.

La alegría de las masas estalla bruscamente. La ciudad más ampulosa del viejo Sur parece embriagada. Tras el Palmetto Frag, emblema de Carolina, se forman manifestaciones con respetables gentlemen, jóvenes gesticulantes y damas con las mejillas enrojecidas de exaltación.

A la mañana siguiente, el 21 de diciembre de 1860, los diarios de Charleston, la antigua Charles-Town de Carlos II Stuart, publican las informaciones de los demás Estados bajo la rúbrica “Noticias del extranjero”.

Otros diez Estados seguirán a Carolina del Sur y elegirán la aventura de la libertad. Abandonarán la Unión y constituirán la Confederación sudista. Mary Chesnut, esposa de un senador de Carolina del Sur, anotará en su diario: “Nos hemos separado por incompatibilidad de caracteres, nos odiábamos demasiado”. Una incompatibilidad y un odio tan antiguos como la colonización.

*          *          *

En 1763, dos agrimensores ingleses, Charles Mason y Jeremiah Dixon fueron comisionados para arbitrar una disputa de lindes entre los herederos del más ilustre de los cuáqueros, el almirante William Penn y los de lord Baltimore. El primero de estos personajes había fundado en 1630 la futura Pennsylvania. El segundo había recibido por donación real, dos años más tarde, un amplio territorio medianero más al sur. Este terreno se convertirá en Maryland, en homenaje a Enriqueta-María, mujer de Carlos I Estuardo.

Los dos geómetras trabajaron con aplicación durante tres años. Nada los detuvo, ni la intemperie, ni las enfermedades, ni los indios. Más de una vez, debieron cambiar sus teodolitos por el fusil de sílex. Habrían podido llegar hasta el Pacífico el trazado del paralelo 39, 42 minutos y 26 segundos y 3 décimas que limitaba sobre el mapa los territorios respectivos de Pensilvania y de Maryland. Se detuvieron sin embargo en las crestas de los Alleghanys, límites occidentales de las tierras reivindicadas en la época por la Corona.

Sin saberlo, los dos agrimensores acababan de determinar la línea oficial de partición entre el Norte y el Sur, entre Dixie Land y el país Yankee (1) [La palabra Dixie es de origen francés. Viene de Luisiana donde los primeros billetes de diez dólares llevaban la palabra “dix” en grandes caracteres. En cuando a Yankee, es una deformación de “John Cheese” (Juan Queso) sobre nombre que se dio en el pasado a los colonos holandeses de Nueva Ámsterdam (Nueva York)]. Su minucioso trazo abrió en el suelo de los Estados Unidos la más sangrienta herida de su historia. La cicatriz no está todavía curada.

El azar quiso en efecto que esta frontera arbitraria coincidiera con la de dos mundos ajenos el uno al otro. Apenas cien millas separaban Filadelfia, primera ciudad de Pensilvania, y Baltimore, capital de Maryland. Pero estas millas medían más de diez veces su anchura. “Tras haber caminado una o dos horas por Filadelfia -suspiraba Charles Dickens-, habría dado no importa qué para una calle que girase”. Filadelfia, la austera ciudad de los cuáqueros es lúgubre con sus sombrías avenidas en ángulo recto, mientras que Baltimore es reluciente con sus fuentes, sus casas de ladrillo rojo con columnas blancas y mármoles rutilantes.

En una fórmula que resaltaba su paradoja, a pesar de no ser completamente cierta, Pierre Belperron denunció en “la corriente fría del Labrador, los mares árticos descienden hacia el sur acariciando la costa americana, siendo la primera responsable de la guerra de Secesión. A la altura de la línea Mason-Dixon esta corriente fría llegada del norte se mezcla con las aguas cálidas del sur.

Nueva York está en la latitud de Madrid, con inviernos más rigurosos y veranos más duros que los de Berlín. Por el contrario, desde Maryland, se penetra en la dulzura mediterránea. Contra más se desciende hacia el sur, más el clima se calienta hasta convertirse en tropical. Tanto como el clima del norte es vivificante, el del sur es relajante. El uno conduce a un ritmo de vida precipitado, el otro invita a la distensión. Bajo el clima del Norte, se vive presionado por el tiempo. En el Sur, se utiliza el tiempo para vivir.

El clima y el suelo del Norte no ofrecerán a los primeros emigrantes más que recursos análogos a los de Inglaterra. Apenas recogerán los recursos justos para alimentar a su familia. En las colonias meridionales, los plantadores podrán entregarse a los cultivos exóticos intensivos, tabaco, arroz, caña de azúcar o algodón que marcarán tanto a la sociedad del Sur.

Esta oposición natural del clima y de la geografía se agravará con la de los hombres y de la historia.

*          *          *

Enrique IV reinaba aun sobre el trono de Francia cuando el capitán John Smith desembarca con ciento tres compañeros, los únicos supervivientes de una terrible tempestad, en la bahía de Chasepeake en Virginia, el 13 de mayo de 1607. Veinte años antes, Sir Walter Raleigh, favorito de la Corte, había fracasado en un primer intento de colonización de la costa americana. En honor de su soberanía, Isabel I, la “reina virgen”, había llamado a esta tierra Virginia.

Provisto de instrucciones precisas de la Compañía de Londres, futura Compañía de Virginia, John Smith edifica un fuerte triangular que bautiza con el nombre de Jamestown, en recuerdo a la gloria de Jacobo (James) I Estuardo. Con esta toma de posesión funda la primera colonia anglo-sajona de América. Será preciso esperar trece años más para que los “Padres Peregrinos” del Mayflower, plegaran las velas lejos de la bahía de Jamestown; en efecto, atracarán más al norte sobre la costa desolada del cabo Cod, tras haber sido desviados por una tempestad.

John Smith y sus colonos desbrozan el suelo, siembran trigo y cultivan los vientos. La tierra de Virginia es muy gruesa para el cereal europeo. La disentería, las enfermedades y algunas disputas devorarán a los efectivos. Al cabo de un año, la colonia se ha difuminado y el cementerio está poblado. Los treinta y ocho supervivientes serán salvados por la energía y la habilidad de John Smith que ha conquistado la amistad del jefe indio Powhatan. Entre dos pacíficos calumets [pipas de la paz], éste enseña a los blancos el cultivo del trigo indio o maíz, a partir de entonces bautizado trigo americano, corn.

En 1612, uno de los principales colonos, John Rolfe, que cultiva una planta medicinal contra la malaria, el tabaco, descubre un método para deshacerse de su gusto amargo. Este tabaco de Virginia suplantará rápidamente el tabaco español que sir Walter Raleigh había introducido en Inglaterra. Se convertirá en la principal riqueza de Virginia y de su hija, la colonia de Maryland.

Contrariamente a los puritanos del Mayflower que acaban de fundar en las Américas una nueva patria tolerante con su fanatismo, los primeros colonos se Virginia, son ante todo, aventureros. Buscan fortuna o en su defecto, una vida más agradable que la de una Inglaterra superpoblada. El cultivo intensivo del tabaco y sus fructuosos beneficios, encajan perfectamente con su personalidad. Sin embargo, exige una mano de obra importante. Los indios rechazan colaborar con estos cultivos, consideran que trabajar la tierra es algo degradante. No se trata, por lo demás, de reducirlos a la esclavitud, antes prefieren morir. A causa de esta prueba de orgullo, los sudistas del litoral albergarán siempre una gran estima por los indios a los que, a menudo, asociaron a su destino.

Una solución provisional se encuentra con el sistema de los indentured serventds, los engagistes [embarcados] de las Antillas francesas. Se trata de voluntarios para las colonias. Pagan su viaje mediante un contrato de trabajo de cuatro años que los transforma en esclavos temporales. Al desembarcar, estos hombres y mujeres son vendidos en las subastas por el capitán. Tras la expiración del contrato, se convierten en hombres libres, reciben un pequeño equipo y un lote de tierra para tentar la fortuna. Condenados por delitos comunes y convictos, pueden beneficiarse de las mismas “ventajas”, con la diferencia de que están ligados a sus dueños durante siete años.

Pero esto no es más que un paliativo insuficiente. Esta esclavitud momentánea es muy breve para ser verdaderamente rentable y demasiado débil para responder a las necesidades de las plantaciones. Estas no dejan de multiplicarse. Reclaman una mano de obra cada vez más considerable. La solución, escandalosa a nuestros ojos, normal en la época, es aportada en 1619. Este año, el secretario de la asamblea de Virginia anota sobre el diario de la colonia: “Un navío holandés nos ha entregado veinte negros de África”.

Con la llegada de estos primeros esclavos, se inicia una industria de la que América no ha terminado de pagar todavía los dividendos.

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La importación de “madera de ébano” es lenta hasta el final del siglo XVII. El tratado que hace la fortuna de Nantes, derrama prioritariamente sus cargamentos en las Antillas. En 1671, apenas se cuentan 2.000 negros en Virginia, donde residen tres veces más “servidores cristianos”. Todo cambiará cuando los armadores del Norte han evaluado los beneficios que pueden extraer de este odioso tráfico. El oro ocultará los escrúpulos. Los negreros puritanos alzarán los ojos al cielo. Olvidarán sus principios de universal igualdad y su creencia en el carácter redentor del trabajo en libertad. La argumentación calvinista tiene respuestas para todo. Propone el siguiente silogismo: el Señor bendice la riqueza. El tratado es el medio más rápido para asegurarse la riqueza. Por tanto, el Señor bendice el tratado.

En 1752, en Newport, un bonito barco de 40 toneladas cuesta de 24 a 27 libras la tonelada. Puede trasladas entre 120 y 150 negros que se venden a una media de 35 libras por cabeza. El beneficio es tanto mayor en tanto que se practica el “viaje triangular”. Los negreros van a las Antillas o en el Sur a adquirir melazas que son transformadas en ron por sus compatriotas, destiladores de Nueva Inglaterra [Nueva Inglaterra (New England) es el nombre dado a las cuatro primeras colonias establecidas en América del Norte y por debajo del río San Lorenzo: Massachussets, New Hampshire, Conneticut, Rhode Island, a los que se añadieron más adelante, Vermont y el Maine]. El cargamento de ron es intercambiado en las costas de Guinea por esclavos y estos son vendidos en las colonias del Sur o en las Antillas. Luego el ciclo comienza de nuevo.

En 1770, Rhode Island cuenta con 170 barcos negreros. Los puertos de esta colonia de Nueva Inglaterra aseguran el mayor volumen de tráfico, con Newport, Providence –un nombre preciso-, New Bedfort, luego Nueva York y Boston.

Ciertamente, los Justos de Nueva Inglaterra no son unos hipócritas, pero el espíritu puritano no se opone aún a la esclavitud de razas juzgadas inferiores. Hasta finales del siglo XVIII, la esclavitud aparece para todos como una institución legítima. No se suscita ningún rechazo y el Norte, por su parte, importa también esclavos negros. Si la esclavitud se desarrolla poco en comparación con el Sur, es a causa del clima riguroso, los cultivos y las costumbres de Nueva Inglaterra no son los apropiados para los negros. Sin embargo, se contarán 18.000 esclavos en el Nor-Este en el censo de 1820.

Por el contrario, bajo el cielo del Sur, la esclavitud prolifera y los colonos adoptan el modo de vida de los plantadores franceses de las Antillas.

Ante el flujo de esclavos en las aceras de Charleston, Savannah en Georgia o de Norfolk en Virginia, la mano de obra blanca desaparece. Los colonos más activos se convierten en plantadores. Los otros son relegados a la categoría inferior de “granjeros” cultivando la tierra con sus manos, o también “pequeños blancos” miserables, que sobreviven con la caza, la pesca y pequeños huertos.

Los emigrantes de Nueva Inglaterra viven prácticamente en autarquía. No piden al suelo más que su alimento, esperando hacer fortuna en los negocios, la manufactura o la trata de esclavos. A la inversa, los plantadores de Virginia no pueden pasar sin negociar. Venden sus pacas de tabaco a los navíos de Londres, luego a los de Nueva York, y les compran víveres, muebles, objetos manufacturados, también mujeres, sin hablar de esclavos. La noble explotación del suelo es su única fuente de beneficios. Así se forja en el Sur una tradición aristocrática y agraria, en oposición a la tradición burguesa y mercantil del Norte.

Estas diferencias se acentuaron a mediados del siglo XVII, con la llegada de nuevos emigrantes de noble cuna, los Cavaliers. Estos barones huían de Inglaterra tras la ejecución de Carlos I Estuardo. Los hugonotes franceses les siguieron de cerca, mientras que el Norte se enriqueció en el curso del decenio siguiente con los “Cabezas Redondas”, los “niveladores”, antiguos partidarios de Cromwell y adversarios de los Cavaliers que la restauración de los Estuardo sobre el trono de Inglaterra expulsó a su vez. Basta reemplazar a los Cavaliers por los carlistas y los Cabezas Redondas por los isabelinos para imaginar los sentimientos que los colonos del Sur podían alimentar respecto a los del Norte y recíprocamente.

Al plantador del Sur que cultiva tabaco y el arte de vivir, corresponden las moradas lujosas, las conversaciones ingeniosas y las diversiones elegantes, se opone el puritano de Nueva Inglaterra. Este hombre de Dios ha firmado un contrato con el Cielo para triunfar sobre la tierra. A cambio del rigorismo de su existencia, espera de Jehová que favorezca sus negocios.

Trabajador endurecido, espíritu emprendedor, ignorando los escrúpulos y la piedad, enérgico tanto como astuto, avanza con seguridad hacia la fortuna y el conflicto. Su aire digno y acompasado, su hábito negro, sus cabellos lacios, todo en él anuncia al feliz compañero. En Boston, el hecho de reír en domingo es castigado con prisión. La frivolidad de los puritanos se detiene con la lectura de la Biblia y con la perorata del predicador.

Los Estados de Nueva Inglaterra se ven sometidos a la tiranía de las sectas religiosas y de su clero. Se persigue a los disidentes. En Plymouth se les ejecuta. Se quema a los “brujos” o se les cuelga.

El asunto de las brujas de Salem, elevado a la celebridad por la famosa obra teatral de Arthur Miller, es la ilustración del clima de obsesiones que reina entre los puritanos. En 1629, estos últimos han fundado en la ciudad de Massachussets la primera Iglesia congregacionista de América. Su fanatismo alimentará la locura colectiva que se apropia de la aldea y las granjas en 1692. Del mes de mayo al mes de septiembre, diecinueve personas son colgadas como adeptos del Maligno, catorce mujeres y cinco hombres. La que hace veinte es muerta siguiendo un método más original, el del “prensado”, como si fuera un limón al que se le extrae el jugo. Otros dos mueren en prisión, sin duda no a causa de los buenos tratos, precisamente. Más de un centenar de desgraciados son encarcelados y, para no relajarse, los pastores congregacionistas inculpan a doscientas personas más por crimen de brujería. Sin la viva reacción que provoca la enormidad del asunto, una masacre general se habría producido en el mes de octubre. Las víctimas serán rehabilitadas en el curso de un contraproceso en buena y debida forma... dos siglos y medio después.

Los plantadores no tienen más que desprecio por el sectarismo y la intolerancia de estos puritanos, cuyos manejos en los negocios suele rozar la canallada. Un virginiano escribía en 1736: “Los santos de Nueva Inglaterra son muy hábiles en avalar a un perjuro hasta el punto de no quedarles mal gusto en la boca; ningún otro pueblo sabe deslizarse como ellos a través del código”.

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En el siglo XVIII, Jamestown es abandonado y la capital de la colonia es transferida a Williambsbourg, menos expuesta a las miasmas de las tierras bajas. Tal como aparece ante nuestros ojos, tras haber sido amorosamente restaurada, es una ciudad de gentilhombres. La arquitectura de las viejas mansiones está llena de encanto nostálgico. Pero una cierta rudeza recuerda que las pelucas y las ropas en cestas, debían componer con un país salvaje y peligroso, con las turbulencias y los conflictos de una colonia joven y violenta.

Incluso cuando llevan peluca, los plantadores siguen siendo hombres a caballo con costumbres y modos violentos. Maestros indiscutibles en su terreno, puntillosos en su honor, dispuestos a pedir reparación por las armas, no soportan ninguna contrariedad, ninguna autoridad. Si algunos se conducen como un sátrapa con un haren de jóvenes esclavas, la mayor parte tienen un agudo sentido de las obligaciones que les impone su aplastante superioridad. Sus esclavos son tratados sin brutalidad. Para éstos son patriarcas que dispensan el alimento, cuidados, techo y seguridad. Velan también sobre los granjeros y los “pequeños blancos” de su condado, administran justicia y socorren a los indigentes. Más aun que el squire inglés, entre sus granjeros, el plantador es el señor de su tierra. Un señor feudal sin soberano.

Estos hidalgos campesinos trabajan con el cuero, el tabaco y el alcohol rubio. No aman nada tanto como galopar a lo largo de sus tierras, perseguir al zorro, cazar patos, beber licores secos, disfrutar de la siesta y de las fiestas. La verdadera vida para un hombre bien nacido.

La sociedad virginiana se edificará contra esta rugosidad. Para matarla, civilizarse, establecerá una estricta jerarquía social y segregará convenciones tanto más astringentes en tanto que son hechas para apremiar el temperamento explosivo de los colonos. Un código mundano riguroso aleja a la mujer de toda esta rudeza. Es la reina en esta sociedad, en la que el plantador es el lord. Un respeto absoluto impuesto por una etiqueta minuciosa la protege del deseo de los hombres y de la mirada de los negros. Quien no quiere ser situado en el mismo nivel social que los plantadores debe poder controlar su violencia y dominar su grosería en presencia de una mujer.

La riqueza contribuirá a que el gentleman-farmer adquiera un gusto por los placeres y por un estilo de vida cada vez más refinado. A imagen de su contemporáneo europeo, se inicia en las Luces, se muestra orgulloso de su biblioteca, envía a sus hijos a estudiar a Oxford, se entusiasma por la Enciclopedia, saborea la Nueva Heloisa, se autotitula gustosamente deísta y filántropo. Las sectas protestantes pierden sus fieles en beneficio de las logias masónicas. Soñando el mundo tal como debería ser, los salones de Virginia elaboran la Declaración de los Derechos y la futura constitución de los Estados Unidos.

El feliz plantador George Washington, que reina sobre 8.000 acres de buena tierra para el tabaco y sobre los esclavos de Mount Vernon, es uno de los adeptos de las ideas nuevas. Este patricio tiene tanta afición por las disputas filosóficas como por las cosas militares. Ha luchado contra los franceses de Luisiana en Fort-Duquesne. Ha ganado el grado de coronel de la milicia de Virginia y ha adquirido una experiencia que pondrá pronto al servicio de la lucha contra Inglaterra.

Sin embargo, los gentilhombres de Virginia no son los primeros en tomar las armas contra la Corona, en 1776. Pero desde el día en que se decidieron por la insurrección, la dirigirán. El venerable Old Dominium Stade es el más poblado, el más rico, el más evolucionado de las trece colonias inglesas insurgentes. Tras haber dudado en comprometerse, Virginia facilitó al general en jefe, una buena parte de las tropas y lo esencial del tesoro de guerra.

Mientras que otras colonias pensaban abandonar la lucha, Virginia soportará durante cuatro años el esfuerzo principal de los combates contra los Casacas Rojas de Su Majestad, del Canadá a Georgia. Finalmente, el general Cornwallis se hará en la trampa tendida en Yorkstown por Washington y sus aliados, de Grasse, La Fayette y Rochambeau.

Menos de un siglo después, de 1861 a 1865, Virginia jugará un papel análogo en el seno de la Confederación sudista. Rechazando inicialmente la secesión, emprenderá finalmente la dirección e incluso la bisnieta de George Washington se casará con el primero de sus soldados, el general Robert E. Lee.

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La independencia de las colonias inglesas de América se adquiere en virtud del tratado firmado en Versalles en 1783, dos años después de la victoria militar de los insurgentes. Virginia quedará como piloto de los otros trece Estados constitutivos de la Unión [Maryland, Delaware, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia para el Sur. Massachussets, New Hampshire, Conneticut, Rhode Island, New Jersey, New York y Pennsylvania, por el norte]. Cuatro de los cinco primeros presidentes, Washington, Jefferson, Madison y Monroe, son virginianos, como lo serán el noveno, el décimo y el duocécimo, Harrison, Tyler y “Old Zach” Taylor. Los mercaderes y los armadores de Nueva Inglaterra se inclinan ante la superioridad intelectual de la aristocracia virginiana y ante su precisión en los asuntos políticos. Temiendo por encima todos los riesgos y la aventura, desconfían de la audacia de que dan muestra la élite de los plantadores, por ejemplo en la adquisición de Luisiana.

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Antiguo embajador de los Estados Unidos en Francia, convertido en secretario de Estado bajo George Washington, esperando acceder a la presidencia, el virginiano Thomas Jefferson concibe una política extranjera ambiciosa. Los burgueses del Norte, con la nariz sobre sus libros de caja, le serán completamente espantosos. Jefferson ha comprendido la importancia de la Luisiana francesa: un inmenso territorio que no tiene nada que ver con los límites del futuro Estado. Se extiende desde la frontera canadiense al golfo de México y engloba el fantástico valle del Mississippi. El Old man river, padre de las aguas, constituye la desembocadura natural de América del Norte hacia el Golfo de México.

Conquistada y colonizada por los franceses del caballero de la Salle bajo Luis XIV, devuelta a España por el tratado de París en 1763, Luisiana es recuperada por Napoleón en 1800. El Primer Cónsul intenta reforzar las posiciones francesas a fin de crear un poderoso conjunto colonial articulado en las Antillas. Pero una Francia fuertemente establecida en Luisiana representaría para los jóvenes Estados Unidos una amenaza mucho más seria que la de una España debilitada. Bonaparte no oculta por otra parte su intención de suprimir el privilegio de circulación sobre el Mississippi concedido por España a los Estados Unidos.

En el instante en que Jefferson se entera que Bonaparte envía un ejército bajo el mando del general Victor para ocupar la colonia, juega con audazmente. Sin ni siquiera consultar al Senado, propone comprar Luisiana. El Primer Cónsul rechaza primeramente la idea con energía. Luego, tras el fracaso de la expedición de Santo Domingo, y debiendo afrontar los costosos preparativos del campo de Boulogne, concluye en la imposibilidad de mantener estas tierras lejanas. El 30 de abril de 1803, cede Luisiana a los Estados Unidos por quince millones de dólares, es decir, por casi ochenta millones de francos-oro.

Jefferson acaba de conseguir el más fantástico éxito diplomático de la historia americana. Con la compra de Luisiana la Unión duplica su superficie. Acto seguido se constituirán trece Estados. La adquisición del gran río, de sus afluentes y de su desembocadura desplazará el conjunto de las actividades de la costa atlántica hacia el interior. Los amplios espacios y los inmensos recursos naturales del valle adelantarán la “frontera” lejos hacia el poniente, bajo el aflujo ininterrumpido de más y más inmigrantes.

Nueva Inglaterra manifiesta inmediatamente su hostilidad. Denuncia la política “ruinosa” de Jefferson. No percibe la amplitud y la importancia de la adquisición. Percibe, sobre todo, que la Babilonia sudista va a recibir con Nueva Orleáns un refuerzo de altura. No es necesario ver doble para convencerse de ello.

Nueva Orleáns, ciudad francesa y católica, es una colonia floreciente, un puerto en plena expansión y un núcleo de civilización, quizás sin equivalente fuera de Virginia. Los criollos –que son blancos de blancos y no mulatos como se cree en ocasiones con su gran cólera- se jactan de tener allí un segundo París. Antes de venir a Luisiana, estos colonos franceses han hecho a menudo sus primeras armas en las Antillas o en Santo Domingo de donde los ha expulsado la sangrienta revuelta de Toussaint Louverture. Sus tradiciones de cortesía, el lujo de sus moradas señoriales, el refinamiento de su mesa, la elegancia de su conversación, la libertad de sus costumbres, su tolerancia religiosa y filosófica, representan todo lo que Nueva Inglaterra detesta.

En cuanto los habitantes de Luisiana pidan su admisión con rango de Estado encontrarán la oposición vehemente del Norte. Por el contrario, los Estados del Sur los sostendrán activamente. A pesar de la obstrucción nordista, Luisiana será admitida en 1812 y se sentirá plenamente solidaria con el Sur. Le aportará numerosos soldados durante la guerra de Secesión. Uno de ellos, Pierre Toutant de Beaugerard, se convertirá en uno de los más célebres generales de la Confederación.

El esfuerzo criollo agrava la separación entre el Sur simbolizado por el virginiano y el norte representado por el yankee de Nueva Inglaterra. En el curso del siglo XIX, estas dos nacionalidades se enfrentarán en el seno de la Unión. “El yankee y el virginiano son dos seres muy dispares, señala Michel Chevalier en sus Lettres sur l’Amerique du Nord, publicadas por la Revue des Deux Mondes en 1836. Son los mismos hombres que se han rebanado las gargantas en Inglaterra bajo el nombre de Cavaliers y Cabezas Redondas. En América, donde no existe poder moderador, se devorarían entre sí, como antiguamente lo hicieron en la madre patria, si la Providencia no hubiera arrojado unos al Mediodía y los otros al Norte”. Michel Chevalier no podía prever que esta separación llevaría un día al Norte a devorar al Sur.

(c) Por la traducción: Ernesto Milà - prohibido reproducir sin indicar procedencia y utilizar esta traducción para fines comerciales.

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