BCN: chispas de guerra étnica

Publicado: Miércoles, 04 de Enero de 2012 14:29 por Ernesto Milá en INMIGRACION
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Infokrisis.- En la tarde ayer 3 de enero se produjo un extraño episodio en el barrio de Sant Martí de Provençals de Barcelona con el resultado de un subsahariano muerte. Poco después se iniciaban incidentes en toda la zona que, dependiendo de los medios de comunicación, eran o bien “muy graves” (incluso “gravísimos”) o bien se limitaban al vuelco de algunos contenedores. Ni la Delegación del Gobierno, ni, por supuesto, la Consellería de Interior dieron inicialmente grandes explicaciones sobre lo sucedido. Es más, se intentó ocultar tanto el origen étnico del muerto como el de los presuntos autores del crimen y no ha sido sino hasta primeras horas de hoy –después de una noche tensa en el barrio y de que los Mossos d’Esquadra tuvieran que rechazar varios ataques de las bandas étnicas- cuando ha sido imposible ocultar las dimensiones de lo sucedido.

Con la droga como problema

(Identitaria.es).- En realidad no se trata de nada nuevo. El problema de forma es la droga y la convivencia étnica, imposible a la vista de que gitanos y subsaharianos se disputan la misma clientela y comercian con los mismos productos, heroína en concreto. El problema de fondo es que en España, desde que el paro residual se vio que era imposible rebajarlo a menos del 8,00%, a fin de mantener la “paz social” se permitió que determinadas drogas con efectos analgésicos y sedantes (en especial haschisch y heroína) corriera casi libremente en determinados barrios marginales de las grandes ciudades. Decir esto no es demagogia, sino recordar que ya en el País Vasco se intentó esta política en un momento en el que el kale-borroka causaba estragos.

En otros países europeos vulnerables a estallidos de violencia juvenil (Italia especialmente) se produjeron similares iniciativas. Sin olvidar que uno de los motivos de la guerra de Afganistán fue restablecer la “ruta de la droga” que, contrariamente a lo que se ha dicho y repetido en los últimos diez años, había sido prácticamente reducida a la mínima expresión durante el período talibán y que solamente volvió a sus mejores tiempos cuando se produjo la invasión norteamericana. Gracias a la heroína y a la ruta que abarca desde Afganistán hasta el llamado “corredor turco de los Balcanes”, la heroína ha realizado una segunda penetración en profundidad en Europa (y, por supuesto en todos los países que recorre la ruta desde Afganistán, especialmente en el Irán de los ayatolás en donde 3.000.000 de heroinómanos en el norte del país dan cuenta de cómo se debilita a una sociedad.

Sí, porque los EEUU son culpables de haber utilizado esta forma de guerra irregular contra sus adversarios. En especial contra Europa. Una juventud abúlica, machacada, postrada y silenciosa, como la generada por la heroína y el haschisch, hacen que ese país nunca pueda levantar cabeza. De ahí, por ejemplo, que en los EEUU, sorprendentemente, no se considere al reino de Marruecos como “país narcotraficante” a pesar de que hoy casi 100.000 hectáreas del Rif están cultivando haschisch y existe en la zona plantas procesadores que harían envidiar a nuestros maltrechos polígonos industriales. La apatía y la dejadez de la juventud española sería incomprensible de no tenerse en cuenta los miles de toneladas de resina de haschisch que terminan fumándose a este lado del Estrecho.

¿Qué hacen los subsaharianos en la ciudad de BCN?

Y todo esto nos lleva a los incidentes étnicos de Barcelona. En Facebook he preguntado a los 4.000 “amigos” de mi perfil, si han visto a algún subsahariano trabajar en alguna empresa en Barcelona. Yo, por mi parte, no he visto ninguno en los últimos 15 años. Salvo, naturalmente, los miles y miles de Top Manta que machacan al pequeño comercio en las zonas más céntricas de la ciudad, precisamente allí en donde el Ayuntamiento exige tributos más fuertes a los comerciantes. A parte de estos trabajadores ilegales y en negro, no he visto a ningún subsahariano trabajar en lugar alguno de Barcelona-ciudad. Lo que no es óbice para que cada vez se vea deambular a más y más negros (y reivindico mi derecho a llamarlos negros a la vista del color de su piel y en absoluto por un prurito racista) por las calles de la ciudad en jornada laboral. ¿De qué viven? Es ocioso recordar que viven sin trabajar y que los estamos amamantando nosotros con nuestros impuestos. Lo sabemos todos y sería inútil recordarlo aquí. Pero hay algo más.

En Barcelona el tráfico de heroína está controlado por nigerianos desde principios del milenio. Antes había sido controlado por núcleos de la comunidad gitana que operaban desde el barrio de la Mina. Sin olvidar que la heroína apareció en Barcelona, por vez primera, en los primeros años 80 cuando el “tío Manolo”, un patriarca gitano,  empezó a pagar a los menores que le traían cadenas de oro y el producto de sus tirones, con heroína. Primero la regaló, luego, muchos de ellos empezaron a comerciar con ella, y, de paso a consumirla. Primero lamían el espejo tras hacer las particiones, luego empezaron a cortarla con no importa qué producto, para alimentar su vena y finalmente, terminaron comerciando para pagarse la heroína. El resultado ha sido que toda una generación de la comunidad gitana barcelonesa en los años 80 resultó muerta por sobredosis. Un ala nueva construida en el cementerio de Pueblo Nuevo, cerca de la playa del Somorrostro, da cuenta a quien quiera ir a visitarlo de la masacre que sufrió la comunidad gitana barcelonesa en aquellos años. Masacre, no lo olvidemos, propiciada por algunos de sus propios miembros.

Los nigerianos y el tío Manolo: así entró la heroína

Pero la globalización añadió un elemento más a todo este complicado paisaje barcelonés. A partir de finales de los 90 empezaron a llegar a Barcelona los primeros nigerianos que traían kilos y kilos de heroína entre sus pertenencias. A partir de esa época desembarcaron en España legiones de nigerianos, muchos de los cuales no estaban dispuestos a realizar largas jornadas de trabajo en los campos del Maresme o en las ciudades agrícolas bajo  el plástico de Roquetas y Almería. Unos venían con sus “cartas nigerianas”, ingenua y subdesarrollada forma de estafa. Otros venían para copar el comercio de la heroína en Barcelona. Y lo lograron en detrimento de la mermada comunidad gitana.

El hecho de que miles de subsaharianos se instalaran en zonas marginales de la ciudad (especialmente en el Raval y en La Mina) aumentó los riesgos  de enfrentamiento con otros grupos étnicos. Barcelona, a decir verdad, desde 1999 se ha convertido en escenario creciente de tensiones étnicas. Este fin de año dijimos, ironizando, que en la Plaza de Catalunya se producirían en la noche, choques entre miles de andinos borrachos y otros miles de magrebíes que les intentaban robar la cartera. Así ocurrió en efecto, y no es que hayamos mejorado nuestras dotes de profecía en los últimos años, es que eso mismo viene ocurriendo desde hace 12 años, de la misma forma que tampoco nos consideramos Nostradamus cuando profetizamos que los primeros recién nacidos en las cuatro provincias catalanas, pertenecerían a grupos étnicos foráneos. Así fue, porque así es desde hace once años. Es lo mismo que con los incidentes étnicos: Barcelona es una olla a presión étnica que estallará en cualquier momento en un todos contra todos, ante la sorpresa de las autoridades de la Generalitat que creen imposible que todos los miles de euros inyectados en integración no sirvan absolutamente para nada, tal como puede constatarse a lo largo de los años.

La normalidad anómala de las ciudades europeas también en BCN

Lo que ha ocurrido esta noche en Barcelona no es algo que no haya ocurrido antes en Liverpool o en Lyon, en París o en Milán. Los grupos étnicos tienen una solidaridad en los países de acogida que no tienen en el país de origen. Basta que un boby en Manchester intente detener a un negro o un gendarme haga otro tanto con un argelino pillados in fraganti, para que estalle una revuelta en tal o cual barrio. No es nada nuevo. Ya se conoce la frase aquella de “fulano es un hijoputa, pero es nuestro hijoputa”. Los grupos étnicos tienen tendencia a considerar que todo lo que les rodea es “racismo” al no lograr mediante el trabajo vivir con los estándares de las clases favorecidas europeas. Si no logran realizar el “sueño europeo”, consideran que es porque el racismo les hostiga. Olvidan, por supuesto, que en Europa en estos momentos hay millones de parados autóctonos y olvidar que la mayoría de los inmigrantes tienen una cualificación profesional muy bajo, o incluso nulo, que no les facilita insertarse en absoluto en el mercado laboral. Ignoran también que Europa no es África y que lo que se puede hacer en un escenario en el que el Estado es pura ficción y apenas exista, no puede hacerse en una Europa que tiene leyes e instrumentos judiciales para reprimir a la delincuencia.

No puede extrañar que algunos inmigrantes consideren una ocupación normal, un trabajo digno, el dedicarse al narcotráfico y consideran que si alguien intenta impedirles ese “derecho” (traficar y situarse en general fuera de los mecanismos fiscales del Estado como los top manta) se trata por el color de su piel.

Los gitanos que todavía hoy se dedican a la delincuencia, conocen mejor el terreno que pisan. Saben que están haciendo una actividad ilegal y que en cualquier momento, su enemigo, las fuerzas de seguridad del Estado pueden reprimirlos. A muy pocos se les ocurre al ser detenidos con “consumao” encima acusar de racistas a los policías. Sin embargo, tienen mucha más dificultad en entender que se está produciendo en estos momentos una mutación y que quienes ejercieron la hegemonía en los ambientes de la delincuencia hace unos años, ven su posición comprometida por el ascenso de nuevas mafias. Y de aquí sale una competencia para controlar territorios urbanos. De esa competencia aparecen incidentes como los de ayer noche en Barcelona.

Y los barceloneses deberán aprender a convivir con problemas como éste que se convertirán en cotidianos o bien a revelarse exigiendo la repatriación de todo inmigrante no productivo y amamantado por las ubres de las distintas administraciones. No hay una tercera opción. La “integración” no es la “gran opción” sino el gran fracaso.

Catálogo de responsabilidades

Hay algo más que decir: la Consellería de interior de la generalitat ha actuado de manera tan timorata como el Ayuntamiento. No solamente ocultó la naturaleza de los hechos, evitó que pareciera en las primeras informaciones el grupo étnico de pertenencia tanto del muerto como de los agresores y, finalmente, ocultó hasta que fue imposible hacerlo por más tiempo el origen del conflicto. Y lo que es peor: contra más próximo está un medio de comunicación catalán al gobierno de la Generalitat más hierro quitaba a los incidentes que, en el límite para La Vanguardia, ese diario de la burguesía catalana que siempre se decanta por el poder, esté quien esté, que afirmaba con una seriedad pasmosa que el incidente se produjo por una disputa sobre la utilización de un campo de fútbol…

Un último apunte. La Mina, Sant Martí de Provençals, son barrios y distritos en donde hay poca población catalana de origen. De hecho se trata de barrios que se fueron formando en los años 50 y 60 con la llegada de cientos de miles de inmigrantes de otras regiones del Estado. Ni la actual Generalitat, ni siquiera el franquismo, se interesaron mucho por esos barrios. Recordamos, por ejemplo, que el primer hundimiento del barrio de El Carmelo a causa de la construcción de un túnel no se produjo cuando gobernaban el primer tripartido, sino durante los últimos años del franquismo y que hasta bien entrados los años 50 en ese mismo barrio ni siquiera había un autobús de línea que lo enlazara con el resto de la ciudad. Hoy, la Generalitat nacionalista tampoco parece muy interesada en determinados barrios. El Raval, la Ribera, Sans, Hostafrancs, Nou Barris, el Carmelo, son barrios de progresiva presencia inmigrantes en donde ya se da por hecho que nada podrá contener el proceso de “gentrificación” (sustitución de una población por otra) y que de poco importa la situación de nuestros compatriotas en estos barrios dado que de ellos el nacionalismo apenas obtiene votos.

Desde el principio, este artículo es una recopilación de una larga cadena de errores, incluso monstruosos, que, finalmente tienen nombre y apellidos: Felip Puig, conseller de interior, Artur Mas president de la Generalitat, la propia Generalitat nacionalista que poco ha hecho por los autóctonos y mucho por sus intereses de clan (¿O es que alguien duda de que el nacionalismo catalán es solamente la expresión de los intereses de la alta burguesía local?), y, por supuesto, los mentores de la globalización.

De esta larga cadena de despropósitos debe surgir una iniciativa reivindicativa en defensa de nuestra comunidad. Eso, o Barcelona (y cualquier otra ciudad de nuestro territorio y de Europa) terminará convirtiéndose en pasto de la guerra étnica.

© Ernesto Milà – infokrisis@yahoo.es – Prohibida la reproducción del presente texto sin indicar origen.

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