Urdangarín y la crisis política

Publicado: Martes, 13 de Diciembre de 2011 14:56 por Ernesto Milá en NACIONAL
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[Infokrisis] Se sabe la teoría que hemos ido defendiendo a lo largo de estos últimos cuatro años, a saber: que la crisis económica, al persistir, se transformará en crisis social (¿de qué otra manera hay que llamar a los 5.000.000 de parados que en 2012 habrán subido a 5.500.000 o incluso 6.000.000 según los más pesimistas?) y esta terminará generando una crisis política de envergadura que dará al traste con el régimen surgido en 1978.

Hasta las elecciones municipales y autonómicas de mayo pasado todavía no se había cruzado la delgada línea roja que separa la crisis social de la política, pero era previsible que se atravesara a la vista de que 5.000.000 de parados, necesariamente, debían responsabilizar a los grandes partidos de su situación de miseria, sin olvidar –dato esencial- que sobre esos dos grandes partidos se asienta el sistema político español de bipartidismo imperfecto.

Primer rasgo de la crisis política: el 15-M

El primer elemento que dejaba pensar en que se estaba entrando en la etapa de “crisis política” era precisamente la aparición del movimiento de “los indignados”. Es cierto que este movimiento es multiforme y contradictorio y que, a fin de cuentas, quién ha terminado definiéndolo (y si se nos apura, limitándolo) ha sido la izquierda alternativa. Es cierto, igualmente, que el tiempo de ese movimiento parece haber pasado y que, a fin de cuentas, era la última expresión de una extrema-izquierda radicalizada pero con un discurso simplista y superficial. Sin embargo, el impacto que logró en los días antes de las elecciones municipales y autonómicas y en los que siguieron fue enorme: por primera vez, un grupo social –“los indignados”- llamaban a la huelga de “votos caídos” y especialmente llamaban a no votar ni al PP ni al PSOE considerados como responsables de la actual situación (diagnóstico correcto), se ejercía una crítica a la partidocracia y se consideraba que la corrupción es el rasgo determinante de la actual situación política.

Tanto en las elecciones de mayo como en las del 20-N el número de votos en blanco y de votos nulos creció extraordinariamente y la abstención abarcó a un tercio del electorado. Tales eran los principales rasgos de la primera fase de la crisis política. Pero, desde entonces se han sucedido otros.

Segundo rasgo de la crisis política: la quiebra del PSOE

Es evidente que el desplome electoral del PSOE ha sido algo más que un simple vaivén de votos: el PSOE, la columna de centro-izquierda del régimen español está en este momento desarbolado, desmadejado, abatido y sin esperanzas de poderse reconstruir a falta de un liderazgo indiscutible y, sobre todo, de unos principios sobre los que asentar su trayectoria futura: la línea socialdemócrata, a la hora de la verdad, se ha configurado como una máquina de ayudar al capital, repartir comisiones y corruptelas y adoptar, una tras otra, medidas erróneas que han perjudicado especialmente a las clases trabajadoras y a la burguesía media. Ahora la socialdemocracia encuentra no solo dificultades para sustituir el liderazgo perdido de ZP, sino para afirmar principios. Y ambos hándicaps tardará en superarlos.

En otras palabras: la columna de centro-izquierda costará tiempo reconstruirla (si es que se logra en algún momento), estabilizarla y convertirla en caballo ganador. Es presumible, incluso, que asistamos a una especie de centrifugación del PSOE o acaso de una voladura controlada de varias de sus partes.

Tercer rasgo de la crisis política: el fin del bipartidismo imperfecto

Los resultados electorales, además, han introducido un nuevo elemento de desestabilización en el sistema político español. Hasta ahora, los partidos que “contaban” en el parlamento de la Nación eran 4: PP, PSOE, PNV y CiU, ahora existen 13 formaciones políticas algunas de ellas con tanto peso como Amaiur e IU.

Si la ley de hierro del sistema político español era el “bipartidismo imperfecto”, ahora, con el resultado del 20-N, han aparecido otros actores nuevos en el hemiciclo con los que, a la vista, de su importancia numérica habrá que contar. Y esto es solamente el principio. El hecho de que algunas fuerzas políticas de izquierdas y derechas se hayan quedado en las puertas del Congreso de los Diputados indican hasta qué punto esta ley de hierro ha saltado por los aires. Tal es otro de los rasgos de la crisis política que se está abriendo.

Cuarto rasgo de la crisis política: el caso Urdangarín

Quedaba un último rasgo a tener en cuenta. Como se sabe, la monarquía ha intentado situarse siempre por encima de las luchas de los partidos y configurarse como el representante de “toda la Nación”. Esta intencionalidad se ha diluido frecuentemente por la escasa capacidad e interés de Juan Carlos I por definir sus posiciones: una cosa es convertirse en el moderador de posiciones y otra muy distinta utilizar esto como excusa para no tener posición propia ante ningún problema por grave que sea. Los destrozos del zapaterismo o la increíble tendencia de Aznar de hipotecar la soberanía nacional para seguir en las aventuras coloniales de su amigo Bush, hubieran sido atenuados si el Rey hubiera alzado su voz. Pero nunca lo ha hecho. No es raro de que la institución se configure como un ente tan costoso como inútil, una mera figura decorativa que muy bien hubiera podido desempeñar un muñeco o cualquiera capaz de ejercer el dontrancredismo sin inmutarse.

Sin embargo, la monarquía, mal que bien, ha logrado sobrevivir a costa de no enfrentarse a ninguna de las columnas del  sistema político y de resignarse a desempeñar un costoso papel de figurón del que se sabía más por la prensa del colorín que por las noticias políticas.

Y entonces llegó el caso Urdangarín. El hecho de que la pareja hubiera cambiado inesperadamente su residencia de Barcelona a Washington no hizo sospechar lo que ahora ya se sabe: que existían sospechas de que el “yernísimo” estaba realizando operaciones que entraban dentro del tráfico de influencias utilizando el nombre y los recursos de la Casa Real. En el momento en que escribimos estas líneas, todo induce a pensar que el Caso Urdangarín va para largo y que erosionará la imagen d la monarquía mucho más que los escarceos amorosos de Juan Carlos en Suiza con una periodista o el hecho de saberse que las leyes y los decretos-ley los firmaba un plotter y no el puño de su majestad…

Siempre hemos sostenido que uno de los rasgos del sistema político español nacido en la transición fue, desde 1983, la corrupción que se generalizó con la llegada de los socialistas al poder y que, desde entonces, no ha parado de extenderse como una mancha de aceite. Solamente una institución decía poder estar fuera de toda sospecha: la Casa Real. En realidad no era así: Luis Prado y Colón de Carvajal estuvo allí para recordarnos que el Rey reinaba pero no gobernaba y que él no hacía negocios, pero lo hacía su valido, el bueno de don Luis Prado. Ahora, no. Ahora, con el caso Urdangarín, un miembro de la Casa Real –del núcleo familiar o de la periferia, poco importa- está directamente implicado en una retahíla de casos de corrupción de los que mucho nos tememos que alguien, incluso la propia Casa Real, estaba informada como mínimo desde la partida de la infanta y su marido con destino Washington. Pero cuando eso ocurría el destrozo ya estaba hecho.

Quinto rasgo de la crisis política: la corrupción. Del rey abajo, todos

Para algunos se tratará solamente de un caso de corrupción que afecta a un miembro periférico de la familia real. Para otro será el principio del fin de la monarquía. Y algunos lo consideramos como una reiteración que da que pensar sobre los niveles de corrupción anidados bajo la constitución de 1978. Pero es eso y mucho más: es, sobre todo, la muestra de que la crisis política ha llegado también a la cúspide del Estado y a la monarquía. Y la constitución de 1978 definió a España como una “monarquía social y democrática”…

Así pues, lo que el caso Urdangarín está poniendo de manifiesto es que también la cúspide del Estado se encuentra en crisis y esa crisis viene en un momento en el que la crisis económica está preparando la temperatura para un estallido social (que se producirá en cuanto el nuevo ministro de economía de Rajoy anuncie e intente aplicar medidas que no se confesaron durante la campaña electoral, pero que son exigidas por la UE y por la alta finanza apalancada en eso que se llama “los mercado”) y es una parte sustancial de la crisis política.

O si lo queremos de otra manera: no falta tanto como podría pensarse para que la constitución de 1978 esté completamente desahuciada. El Caso Urdangarín no es más que un elemento que introduce un nuevo factor de desestabilización en el régimen. Fatalmente, el régimen de 1978 no sobrevivirá a tantos elementos desestabilizadores. Es hora de pensar en qué vendrá después porque el régimen se está agotando ante nuestra mirada incrédula y escéptica.  No sabemos lo que vendrá luego, lo que ya podemos intuir es que hemos entrado en la primera parte de la desintegración política del régimen. Y no seremos nosotros quienes lo vamos a llorar.

© Ernesto Milà

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