Mare Nostrum y Siglo XXI

Publicado: Sábado, 05 de Marzo de 2011 11:35 por Ernesto Milá en GEOPOLITICA

Infokrisis.- El Mediterráneo es el primer mar que aparece en la Historia buena parte de la cual discurre entre sus orillas. En los últimos 4.000 años el Mediterráneo ha sido frontera natural para unos y escenario de intercambios comerciales para otros. Estas dos concepciones persisten en la modernidad, apenas sin variaciones. La única novedad, de hecho, es que a partir de 1945, un poder no europeo recorre desafiante sus aguas: la VI Flota de los EEUU. Este artículo aspira a revisar el papel geopolítico del Mediterráneo en el siglo XXI.

Sorprende saber que el nombre “Mediterráneo” es relativamente reciente. Desde Estrabón se había aludido al “mare nostrum” (nuestro mar), pero no fue sino hasta el siglo XVI cuando Jacques Amyot utiliza la expresión “mar Mediterráneo” que ocasionalmente algunos geógrafos medievales habían utilizado para definir el espacio marítimo situado “en medio de tierras” (y tal es la etimología del nombre). A partir del siglo XVII el nombre de Mediterráneo se convertirá en sustantivo y como tal aparecerá por primera vez en un mapa de 1737.

El esquematismo turco hizo que llamaran al Mediterráneo “mar Blanco” por contraposición al “mar Negro” cuyo acceso dominaban gracias al control sobre el Bósforo y los Dardanelos. Antes, los árabes le habían llamado “Bahr al Abiad al Mutawasat”, literalmente “mar Blanco de En medio” como oposición al Mar Rojo.

Entre el Estado y el Mercado

El hecho de que los romanos aludieran el Mediterráneo como “mare nostrum” indica cuál era la concepción geopolítica sobre la que se movía el Imperio Romano: formar una civilización imperio en torno al estanque mediterráneo. Las zonas que se alejaban del Mediterráneo parecían tener poco interés para los grandes emperadores romanos. Si se vieron obligados a conquistar Britania, el noroeste de las Galias Dacia o la parte más occidental de Hispania fue para completar el dominio de espacios geográficos en los que no existían fronteras naturales; pero siempre, Roma se atuvo a una proyección geopolítica sobre ambas orillas del Mediterráneo.

Mientras lo que podemos considerar como una “falta de experiencia imperial” o una “carencia de sentido geopolítico” propia de las ciudades griegas se evidenció en la aventura imperial de Alejandro Magno quien abandonó el espacio geopolítico propio de Helade llegando a las puertas de la India, Roma tuvo siempre claro –y especialmente con Augusto y en el período de los grandes emperadores– que su espacio geopolítico se circunscribía al Mediterráneo. Más allá del mismo se enfrentaba a pueblos demasiado diferentes como para poder imponer una pauta de civilización. Por otra parte, la seguridad de Roma dependía de que a través del Mediterráneo fuera posible establecer un tránsito de mercancías entre los puertos a los cuales iban a parar las Vías romanas.

Desde el principio de su andadura como Estado, Roma advirtió que entre su concepción antropológica y cultural y la de los pueblos “del sur” que se situaban en la otra orilla del Mediterráneo, existían unas diferencias fundamentales: Roma daba importancia al Estado y a la solidez de su construcción que era garantía de poder realizar una “misión histórica” centrada en la extensión de la civilización. Para poder “civilizar” era preciso disponer de un fuerte y sólido aparato estatal.

Inspirado en los cultos solares procedentes del mundo clásico y de los pueblos aqueos y dorios que dieron lugar a lo mejor del mundo griego, la concepción romana del Estado implicaba la existencia de un centro civilizador que poco a poco iba extendiendo sus dominios a otros pueblos similares.

Cuando se produjo el choque histórico con Cartago, fueron dos modelos de civilización los que se enfrentaron en el estanque mediterráneo: de un lado los pueblos de la diosa, seguidores del culto a Tanit y a Astarté, avatares de la “gran madre”, atrincherados en torno a Cartago, pueblos de comerciantes herederos de la vieja Fenicia; de otro, Roma que priorizaba la civilización y el Estado frente al comercio, el Imperio frente al Mercado, los cultos solares a los cultos telúricos y ginecocráticos. A lo largo de tres guerras púnicas, Roma impuso su concepción y liquidó durante todo un ciclo histórico el poder marítimo y comercial de la otra orilla del Mare Nostrum.

Este enfrentamiento histórico confirmó lo que ya se podía percibir con claridad desde el choque entre Atenas (potencia comercial y marítima) y Esparta (potencia guerrera y terrestre), algo que ha constituido la primera ley geopolítica: el enfrentamiento ineluctable entre potencias terrestres y marítimas que disputan el mismo espacio geopolítico.

Ayer fueron Cartago y Roma, antes se habían enfrentado Atenas y Esparta, hoy, finalmente, el Mediterráneo entre 1948 y 1989 fue el teatro del enfrentamiento entre la VI Flota de los EEUU y el Ejército Soviético en la última edición del choque entre potencias marítimas y terrestres, entre el Estado y el Mercado. Con la Pax Romana venció el Estado, con la Pax Americana ha vencido el Mercado. ¿Hasta cuándo?

Mediterráneo e Islam

Un esquematismo acaso excesivo, distingue entre la “orilla norte” del Mediterráneo y la “orilla sur”. También hubo una “orilla Este” (Fenicia) y una “orilla Oeste” (Tarsis), y en el siglo XVI el esquema volvió a repetirse en el enfrentamiento entre el Imperio Turco y el Imperio Español. Lepanto resolvió el conflicto durante dos siglos restando a los turcos el acceso al Oeste del Mediterráneo y debilitando extraordinariamente su poder naval.

Tras la caída del Imperio Romano, a la “orilla Norte” le había costado restablecer un poderío naval que solamente existió digno de tal nombre gracias a la Corona de Aragón, cuando al fracaso de su expansión geopolítica hacia el norte provenzal (con la derrota de Muret), siguió una expansión hacia el Mediterráneo Oriental que llevó a los estandartes aragoneses hasta el Adriático e incluso más allá en la aventura de los almogávares. 

Durante esos siglos, Occidente había intentado recuperar el dominio del Mediterráneo especialmente con las cruzadas haciendo de Chipre un bastión para el control de la orilla oriental de este mar. El poder naval de las órdenes militares, especialmente del Temple y de los Hospitalarios, permitió que durante dos siglos, las naves del Islam estuvieran en situación de inferioridad estratégica y tan solo pudieran operar sus incursiones piráticas (de hecho lo hicieron hasta mediados del siglo XVIII) desde Argelia. Más tarde, Lepanto hizo que el imperio otomano debiera renunciar a su proyección naval y abandonara toda esperanza de reunir las fuerzas de su flota con la de los piratas berberiscos que actuaban en el Oeste del Mediterráneo. A partir de Lepanto, el Imperio Otomano apenas dispuso de un vector terrestre –nunca más volvería a ser marítimo– que apuntaba hacia el corazón de Europa –Viena– y que, finalmente, al ser derrotado ante las puertas de esta ciudad, debió contentarse con una presencia inestable en los Balcanes cuyas consecuencias lamentables duran todavía hoy.

La experiencia histórica enseña que los marinos islámicos han sido inferiores en calidad a los europeos y las sucesivas derrotas les han inducido a presentar el Mediterráneo como un espacio para el “intercambio y las relaciones comerciales”. Y así aspiran a que siga siendo en la actualidad coincidiendo con los neoliberales europeos para los cuales el Estado es apenas un mal necesario y el Mercado el bien absoluto, milagroso, benéfico y mirífico. Si ésa es la causa del neoliberalismo, la causa de Europa dice otra cosa.

Hoy, el Mediterráneo, desde el punto de vista de la causa de la identidad europea es una frontera: la línea del frente más allá de la cual existen territorios hostiles y ante la que hay que prepararse para futuros enfrentamientos; sin embargo, para el Islam –apoyado por la potencia comercial de los EEUU– el Mediterráneo es un espacio de “libre comercio” y, por tanto, una zona de intercambios culturales y (como todo “mercado”) de… mestizaje.

Los matices del Mediterráneo

Sería demasiado esquemático admitir que una zona tan rica en matices puede reducirse apenas a dos conceptos: “orilla norte” y “orilla sur”, “Europa” e “Islam”. En realidad, puede hablarse con propiedad de seis orillas en el Mediterráneo si queremos ser más precisos.

La primera sería la orilla bajo control turco. Ese control ha quedado históricamente garantizado por la presencia turca en la Tracia europea y por el control de los estrechos que cierran la salida del Mar Negro a la potencia Rusa. El “Este islámico” (Turquía) cierra el paso del Mediterráneo al “Este europeo” (Rusia). Es importante recordar que esta “orilla” es solo turca tras la conquista de Constantinopla y la destrucción del Imperio Bizantino, pero que anteriormente era una de las zonas más genuinamente europeas en la medida en que allí había florecido la civilización clásica (en Asia Menor) y se había implantado la romanidad. La invasión de Chipre por el ejército turco en 1974 se realizó precisamente para reforzar la presencia de esta potencia en el Mediterráneo oriental. Sin embargo, esta odiosa iniciativa que supuso la marginación y la liquidación de miles y miles de greco–chipriotas, no debe oscurecer el hecho esencial: el Egeo no es un mar turco, es un mar europeo desde los albores de la historia y es Europa quien debe seguir teniendo la primacía en el Mediterráneo oriental. Una Europa libre y que se haya sacudido la tutela que los EEUU siguen ejerciendo a través de la OTAN, reivindicaría (e impondría) su presencia naval masiva en el Egeo recordando a Turquía que su área de expansión no puede ser hacia Europa (de donde ya ha sido rechazada una vez) sino hacia el mundo árabe (tal como el káiser Guillermo II convenció a las autoridades turcas antes del desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial: buenas relaciones… a cambio de que el eje de expansión de Turquía se desplazada hacia el mundo árabe).

Próxima a esta zona e indudablemente en sinergia con ella se encuentra lo que podríamos llamar “orilla asiática del sur”, históricamente lugar propio de los pueblos fenicio y hebreo, teatro de enfrentamientos desde 1948 que han justificado la presencia masiva de la VI Flota de los EEUU en todo el Mediterráneo. Este conflicto está desplazado fuera del área geopolítica europea. Sus protagonistas no son pueblos europeos, ni sus aliados lo son tampoco (EEUU para Israel y el mundo árabe para los palestinos), por tanto, se trata de un conflicto que hay que alejar lo más posible de Europa. Europa no puede ni debe recibir salpicaduras del conflicto de Oriente Medio. Un dominio europeo sobre el Egeo y una presión euro–rusa sobre Turquía obrarían a modo de un cortafuegos que recluiría el conflicto judío–palestino dentro de Oriente Medio y le restarían la proyección mediterráneo que los EEUU esgrimen como excusa para estar presentes en la zona.

Más acá existe lo que podíamos llamar una zona sudoccidental africana con personalidad propia y presencia histórica desde el tiempo de los faraones. Egipto es, con mucho, el Imperio más antiguo del mundo y constituye en la actualidad uno de los estados árabes más poblados, al tiempo que ejerce un papel geopolítico fundamental: es la bisagra entre el Magreb y el Mashreq (el “levante” o la parte del mundo árabe más al Este que Libia). Mientras duró la experiencia del nacionalismo árabe laico con la figura extraordinaria de Gamal Adbel Nasser, existió la posibilidad de que Egipto liderara la respuesta de los países árabes contra el intervencionismo norteamericano. Tras el fracaso de la experiencia nasserista (y la destrucción del baasismo iraquí con la derrota de Saddam Hussein), Egipto pasó a ser un país árabe más, sin una proyección geopolítica bien definida, alineada con los EEUU y con una fuerte componente de desestabilización interior (los Hermanos Musulmanes, la primera organización fundamentalista tuvo allí su origen y su puntal más poderoso aún en la actualidad). Egipto ni siquiera ha estado en condiciones de explotar su papel estratégico otorgado por el Canal de Suez. La inestabilidad egipcia desde los años 70 ha generado el que las flotas petroleras se dotaran de buques de gran calado capaces de contornear la “ruta del petróleo” desde el Golfo Pérsico hasta el Atlántico, eludiendo el problemático paso de Suez que hoy tiene su importancia estratégica muy disminuida.

En cuarto lugar estaría la orilla magrebí del Mediterráneo, la más próxima a Europa Occidental y, por tanto, la más sensible y conflictiva. Esta orilla en los últimos 20 años se ha visto convertida en la zona preferencial del tránsito de pateras: de Marruecos a España y de Libia a Italia. Se trata de una zona de predominio bereber que ha sido arabizada e islamizada. El poder petrolero de Libia y Argelia (y el creciente poder de Marruecos debido a su amistad y alianza con los EEUU) hizo creer hace treinta años que el Magreb podía evolucionar rápidamente a niveles del Primer Mundo. Esta expectativa se ha visto frustrada y en la actualidad, el Magreb es más bien una olla a presión en donde se produce el aumento de la presión del islamismo radical convertido en la válvula de escapa del resentimiento y del odio social. Europa, ante el Magreb debe de abandonar la política que ha adoptado en la última década (abrirse a los productos agrícolas y comerciales del sur, de ínfima calidad y que acarrean la ruina de la agricultura europea y más avances de la deslocalización especialmente en la industria textil) y adoptar una política de contención de riadas migratorias, de repatriación de las vanguardias inmigrantes que ya han llegado y un rearme arancelario que defienda al Norte contra la competencia desleal del Sur.

Ya en el Norte, la orilla europea tiene dos “áreas” perfectamente diferenciadas: el llamado “Arco Latino” y el “Área Balcánica” al Oeste y al Este respectivamente. Nada que decir, sobre la primera: es la nuestra. Es aquí en donde vivimos y esta es la zona que debemos proteger del “enemigo del sur” y de cualquier otro adversario geopolítico. La otra es, sin duda, la más conflictiva de Europa. Esa conflictividad es una herencia de los tiempos en los que el Imperio Otomano estuvo presente en la zona y dejó comunidades islámicas que hoy se han configurado como los principales factores de inestabilidad en Europa: Albania, Bosnia, y el llamado “corredor turco de los Balcanes” que comunica la Tracia europea con el Adriático y cuyo pilar es la ficción geopolítica que atiende al nombre de Gran Albania y que agruparía a todos los territorio islámicos de los Balcanes. El factor religioso es aquí esencial y explica por sí mismo, porque estas zonas situadas en una parte de Europa viven un atraso de 200–300 años en relación al resto del continente e incluso de las zonas distantes apenas unas decenas de kilómetros.

En la actualidad, solamente dos países del Norte, Albania y Bosnia–Herzegovina, tienen ingresos inferiores a los países de la orilla Sur: no es por casualidad que se trate de países de mayoría islámica. Albania tuvo en 1998 un PIB de 750 dólares per cápita y Bosnia 820 dólares. Luego, gracias a las ayudas de la UE lograron aumentar en 2005 hasta los 1.200 dólares… mucho más cerca de Marruecos (1.000 dólares) que de Francia (23.000 dólares). Siempre, inevitablemente, el Islam tiene estos efectos deletéreos sobre el progreso económico.

Estas zonas son “zonas de combate” en donde Europa, lastrada por la OTAN y por la intención norteamericana de debilitar al Viejo Continente, ha permitido a bandas de delincuentes islámicos establecer “zonas liberadas” en los Balcanes. Es imprescindible que mientras el Islam esté presente en estas zonas, Europa habilite muros de contención y “fronteras” antropológicas y culturales ante este núcleo, establezca como un “casus belli” el intento de potencias no europeas de aumentar su peso y condicione su incorporación a Europa a una laicización total de estas sociedades, a retornar al período anterior a las limpiezas étnicas operadas por los islamistas en los territorios de la antigua Yugoslavia y a una libertad religiosa que permita restituir en esas zonas el espíritu y la tradición europea, desterrando de una vez y para siempre lo que llegó con las invasiones turcas de los siglo XV y XVII.

Norte y sur: cielo e infierno

A medida que discurre la historia, la brecha que separa a la orilla Norte del Mediterráneo de la orilla Sur se va ampliando y nada impide pensar que ambas orillas dejaran de distanciarse cada vez más en algún momento.

En 1950, en torno al Mediterráneo vivían 212.000.000 de personas que treinta y cinco años después habían ascendido a 360.000.000  y en la actualidad han pasado a ser 475 millones. En apenas 60 años la población, simplemente, se ha duplicado. Para colmo, en ese tiempo, la zona se ha convertido en el principal destino turístico del mundo que acoge al 40% del turismo mundial. En 1971 llegaban a las costas mediterráneas del Norte y del Sur 86.000.000 de viajeros… pero en 2004 eran ya 250.000.000 y se prevé que en apenas veinte años hayan llegado a 600.000.000.

Tales flujos humanos y turísticos no pueden realizarse sin un alto coste para el medio ambiente y el hábitat natural de la zona que afectan especialmente a los países del Norte. El paisaje de las costas ha variado extraordinariamente. De vivir de la pesca, y el comercio, estos pueblos han pasado a tener una economía que depende casi exclusivamente del turismo. Masificación, contaminación medioambiental, escasez de agua, se van afirmando como los grandes problemas de la zona, mientras que en el Sur la aparición del fundamentalismo islámico ha hecho que el crecimiento económico–turístico de la región se haya visto limitado.

La constatación más espectacular, con todo, no es ésta, sino el desequilibrio demográfico entre Norte y Sur. Si en 1950 dos tercios de la población se situaba en el Norte, en 1985 se distribuía por igual y en 2025, el Sur dispondrá de dos tercios de los habitantes. La conclusión que demográfica que se impone es obvia: el Norte envejece mientras que en el Sur bullen pueblos “jóvenes”. La constatación es todavía más escalofriante si se tiene en cuenta que en los países del Sur del Mediterráneo los menores de 30 años suponen ¡entre el 60 y el 75% de la población!

Engañados por los medios de comunicación, esta inmensa masa de jóvenes del Sur, sin cultura ni educación, ni futuro en su tierra, ven en los escaparates de consumo europeos su gran objetivo a alcanzar, para ellos su ídolo, imagen e icono es Zinedine Zidane (de la misma forma que todo africano cree que podrá llegar a ser un Samuel Etóo…). Si a esto unimos la imagen de la mujer europea en contraste con la mujer islámica envuelta en velos y enmascarada, se entenderá que entre los jóvenes del Magreb se mire a Europa como tierra de promisión. Además no hay que olvidar el papel de los predicadores islámicos fanáticos que perciben la debilidad europea (injertada por el progresismo y el liberalismo) e incluso consideran que la presencia islámica hasta Poitiers hace que los territorios de la Península Ibérica y el Mediodía francés sean considerados como “tierra islámica usurpada por cruzados e infieles”.

Cortar en seco esta riada migratoria (sí, se pueden poner puertas al campo…) y repatriar a los excedentes de inmigración que se hayan negado a integrarse en la sociedad europea o que no hayan respetado la legislación europeo, es prioritario para restablecer la normalidad en la orilla Norte del Mediterráneo.

Es cierto que el Mediterráneo es hoy, preferentemente, una zona de intercambios comerciales. Más del 50% de los flujos comerciales de los países del Sur se realizan con la orilla Norte e incluso Argelia, Marruecos y Túnez destinan el 75% de sus exportaciones a la Unión Europea. Sin embargo, el intercambio comercial de los países del Sur con otros de su entorno cultural es bajo, muy bajo o bajísimo. Marruecos apenas tiene un volumen del 5% de intercambios con Siria a pesar de que la Liga Árabe desde hace décadas pone especial énfasis en promover el aumento del intercambio comercial entre países islámicos.

Si bien el Sur del Mediterráneo está políticamente colonizado por los EEUU desde finales del siglo XX (la instalación del Mando de África del Pentágono en Marruecos solamente ha sido la última confirmación de esta tendencia) la UE es el primer inversor directo en la zona (con un 39% del total) y la primera fuente de asistencia y medios de financiación (todos los años concede 3.000.000.000 de euros en préstamos y ayudas no reembolsables))). Esta política también es insostenible: se ayuda a la orilla Sur (aunque la corrupción y la mala gestión generan que buena parte de esa ayuda se pierda) mientras aumentan las deslocalizaciones del Norte y aumenta el flujo migratorio de Sur a Norte. Difícilmente en la historia se ha visto una iniciativa de este tipo que perjudique tanto a un pueblo y que siga de manera suicida: el Norte invierte para que el Sur desarrolle una industria propia… en detrimento del Norte de donde se deslocalizan industrias en dirección al Sur y, paralelamente, se permite el establecimiento sin límites en el Norte de inmigrantes procedentes del Sur. Para colmo, los inmigrantes magrebíes residentes en Europa han hecho que la primera fuente de ingresos del Magreb no sea ni el petróleo, ni el turismo, ni la industria… sino las remesas enviadas por los inmigrantes: una verdadera fuga de capital institucionalizada y aceptada por todos.

La brecha cultural

Pero donde las cifras son más espeluznantes en relación a las diferencias de desarrollo entre el Norte y el Sur es en lo relativo a los ámbitos culturales. En 2005, el 50% de las mujeres y el 30% de los hombres de la orilla sur eran analfabetos. Esta situación es inseparable del fatalismo insertado por la religiosidad islámica (“Alá es dueño de todo, Alá es todopoderoso, todo lo que vale la pena conocer está escrito en el Corán”…, una frase que todavía repiten de manera monocorde miles de imanes analfabetos en el norte de África).

No es raro que  las inversiones en materia de “Investigación + Desarrollo” sean completamente inexistentes en el Sur. ¿Para qué invertir algo si la UE ya aporta los fondos para cubrir esa partida presupuestaria? En efecto, en 2003, los países de la UE se fijaron como objetivo alcanzar una inversión del 3% del PIB en materia de I+D. Mientras, Egipto dedica apenas el 0’5% y Túnez el 0’4, siendo los dos países árabes más avanzados en esta materia.

¿Libros? En el Norte es una industria pujante y si bien los libros impresos disminuyen sus tiradas (aunque aumenta el número de títulos editados…), ha irrumpido el e–book que garantiza la buena salud del libro en el Norte. En el sur, en cambio, es una industria cultural agónica: los libros publicados en todo el mundo árabe apenas representan el 1,1% de la producción mundial, lo que da una idea de cómo es el desierto árabe en materia de edición.

En el capítulo de las nuevas tecnologías las cifras son igualmente lamentables para la orilla sur: en todo el mundo hay un promedio de 80 ordenadores por cada mil personas, pero en los países árabes apenas hay 22 por cada mil y apenas el 1,6% de la población tiene acceso a Internet.

Políticamente la situación es aun más desastrosa para el Sur: las democracias del Norte (con todas las limitaciones y los procesos degenerativos que se quiera) tienen como contrapartida gobiernos autoritarios cuando no teocráticos (o una mezcla de ambos), regímenes de partido único y no hay absolutamente ningún rastro de alternancia real.

El fracaso político del Sur

Europa vive una situación de estabilidad política desde 65 años una situación de estabilidad política creciente que cobró un nuevo aspecto en la primera mitad de los 70 cuando desaparecieron los regímenes autoritarios de los países mediterráneos y cuando cayó el Muro de Berlín en 1989. Sin embargo, en la orilla Sur del Mediterráneo hemos asistido a procesos políticos caracterizados siempre por un aumento de la inestabilidad. La presencia del Islam es inseparable de esta inestabilidad. El Islam siempre ha demostrado una increíble falta de adaptación y una imposibilidad para aplicar fórmulas modernas de pluralismo político. Presos de la “obsesión religiosa”, la orilla Sur del Mediterráneo ha vivido crisis cíclicas y en los últimos 60 años ha sido incapaz de prescindir de regímenes dictatoriales y autoritarios.

Lo mejor que ha dado la orilla Sur después de la Segunda Guerra Mundial ha sido, indudablemente, lo que podríamos definir como regímenes populistas laicos cuya primera manifestación fue el kemalismo turco implantado a partir de 1924 y que tuvo similitudes con el régimen tunecino de Habib Burguiba. En ambos casos de trataba de regímenes laicos que ponían el énfasis en el desarrollo económico y en la occidentalización que obtuvieron buenos resultados. Experiencias relativamente parecidas tuvieron lugar en Egipto (con Nasser), Siria e Irak (con el Baas) y Libia (con Ghadaffi). Sin embargo, aquí los resultados han sido más modestos.

El nacionalismo árabe que prendió en 1952 en Egipto se tradujo en un régimen autoritario que reprimió a islamistas, comunistas, comerciantes y terratenientes y cuyo modelo estuvo más cerca del fascismo italiano que de cualquier otro régimen (existe una famosa foto de Nasser inaugurando la sede del Movimiento Social Italiano, el partido neofascista, en El Cairo poco después de llegar al poder). Durante su primera época, Nasser obtuvo unas tasas de crecimiento económico excepcionalmente buenas, lo que hizo que su prestigio internacional aumentara y pasara a ser uno de los puntales del Movimiento de Países de Alineados. Sin embargo, la intervención anglo–francesa en Suez (1956) y la derrota de Egipto ante Israel en la Guerra de los Seis Días (1967) comprometieron definitivamente la viabilidad del régimen que, finalmente periclitó con la muerte de Nasser y el final de la guerra del Yonkipur (1973).

En Argelia se produjo una situación similar cuando accedió al poder Houari Boumediene tras el largo y sangriento proceso independentista que situó a Francia al borde de la guerra civil y generó una oleada de terrorismo independentista así como una respuesta por parte de la OAS (resistencia francesa en Argelia). En su afán anticolonialista, tanto Nasser como Boumediene terminaron acercándose a la Unión Soviética y desembocando como los gobiernos baasistas de Siria e Irak en regímenes policiales. Desde el punto de vista económica el resultado de todos estos regímenes no fue malo, pero el deslome de la URSS se produjo una nueva situación en la que se demostró que ninguno de estos regímenes había sido capaz de demoler la estructura social basada en clanes procedentes de la Edad Media.

Lo mismo ocurrió con los regímenes semiparlamentarios y semiautoritarios que aparecieron en la orilla sur desde los años 50. Se trataba de monarquías que, como la marroquí o la jordana (e incluso como la libia hasta el golpe de Ghadaffi en 1971) se presentaban como regímenes “más europeos” y declaraban incluso tener rasgos “liberales y reformistas”. En realidad, ninguno de estos regímenes ha tenido éxitos económicos notables, y han desembocado en sistemas difícilmente definibles a medio camino entre la democracia y el stalinismo, con una tendencia más acusada a este último que al primero.

La aparición del Islam en la escena se produjo cuando los regímenes de populistas laicos o nacional–populistas empezaron a ofrecer malos resultados económicos y fracasos político–militares ante el Estado de Israel. En la orilla Sur sigue incólume la llamada “economía de renta”  (de tipo tributario, basada en la posesión de bienes raíces y en una fiscalidad aberrante sobre las clases medias que siempre impedirá su ascenso y que no tiene nada que ver con la producción de riqueza y mucho menos con su distribución). Ese modelo económico, además, requiere altos niveles de autoritarismo y corrupción y es inseparable de ambos fenómenos. Si a éstos unimos la presencia del Islam y su innata incapacidad para paralizar el desarrollo económico, así como la presión demográfica, veremos que la situación del sur del Mediterráneo es, en estos momentos, explosiva y es normal que los regímenes de la zona encomienden su futuro a los buenos oficios de los marines y del Departamento de Estado Norteamericano.

La orilla Sur ha fracaso económicamente, políticamente es un hervidero de resentimientos y de corruptelas y socialmente está anclada en la edad media y en el modelo económico rentista que hace imposible la cristalización de una burguesía media con capacidad suficiente como para que pueda desempeñar algún papel democratizador o “ilustrado”.  Los problemas sociales no se traducen en un aumento de los movimientos sociales laicos de protesta, ni por un aumento en la filiación de los sindicatos, ni por un radicalismo de los partidos políticos o de los grupos obreros, sino… por un aumento del apoyo a los partidos islamistas que con sus promesas de “justicia social” y de “redistribución caritativa de la riqueza”, lanzan un mensaje que indudablemente cala cada vez más en las masas desheredadas que sólo contemplan una salida en la inmigración a Europa.

Las estructuras autoritarias y represivas de los Estados de la orilla Sur han conseguido momentáneamente detener el ascenso del islamismo radical en algunos países (como Argelia), desviarlo hacia actividades extraparlamentarias (como en Marruecos con Caridad y Justicia que se inhibe de participar en procesos electorales) o simplemente reprimiéndolas brutalmente (como en Egipto que todavía no ha cesado la presión sobre los Hermanos Musulmanes). No es raro que estos regímenes se hayan arrojado en manos de los EEUU en un intento de garantizar el trueque de garantizar la seguridad de sus estructuras dirigentes a cambio de colaborar con el Pentágono, es decir, un intento de extender a todo el mundo árabe el pacto que dura ya casi un siglo de los EEUU con la dinastía de los Saud en Arabia Saudí. Pero así como en Arabia es fácil garantizar el orden y controlar a la población, en el Magreb todo esto resulta mucho más difícil, casi imposible, a la vista de las extraordinarias aglomeraciones humanas que han aparecido en torno a las grandes ciudades y que hoy son un semillero de radicalismo.

En la actualidad, la opción de emprender el camino de la inmigración es una válvula de escape para los jóvenes magrebíes: pero no durará siempre. La mayor parte de Europa está imponiendo restricciones a estos flujos masivos. Es cuestión de tiempo que esos flujos (los que ya están instalados en Europa y los que no pueden acceder a Europa) generen un resentimiento antieuropeo que se traducirá en unos mayores índices de conflictividad tanto en política internacional en el área mediterránea como en el interior de los países de la orilla Norte y de la orilla Sur. Europa debe estar preparada para ese momento porque el resultado de unas masas desesperadas galvanizadas por imanes analfabetos y aventureros puede dar como resultado el que el desequilibrio entre la orilla Norte y la orilla Sur se traduzca en un enfrentamiento “caliente” en la zona. Y si bien Europa es hoy incapaz de mantener fuerzas militares ofensivas, deberá por lo menos asegurar su defensa interior y de su estilo de vida. Si no mediante las fuerzas armadas y de orden público, sí al menos mediante fuerzas paramilitares organizadas por como fuerzas de autodefensa de la ciudadanía.

Éste va a ser el precio a pagar por no reconocer durante 60 años las diferencias entre la orilla Norte y la orilla Sur. Cuando las diferencias existen y son de la magnitud que hemos expuesto, ni las buenas palabras ni el humanismo angelical sirven para detener el conflicto: el Sur está dispuesto a “tomar” lo que el Norte tiene ante la incapacidad de alcanzar su nivel de vida. Cuando la brecha es tal como la existente en la actualidad, el único principio que cabe aplicar en el Norte es el de “precaución” en relación al Sur. No se trata de poner un puente de plata, ni de ayudar al Sur, tanto como de establecer una divisoria: al Norte los territorios libres del Islam y al Sur los territorios islámicos, al Sur la barbarie y al Norte la civilización, ¿y los islamistas presentes en el Norte? Es simple: deben ser repatriados o diluirse –en caso de que puedan- en las sociedades de la orilla Norte.

Hace 400 años, la expulsión de los moriscos marca el modelo a adoptar: la quinta columna del imperio otomano fue expulsada tras intentar la insurrección. El “principio de precaución” ante el Sur sitúa este modelo histórico nuevamente en primer lugar…

[recuadro fuera de texto]

El Proceso de Barcelona y la Unión por el Mediterráneo

Crónica del fracaso del irrealismo político

Los días 27 y 28 de noviembre de 1995 se celebró en Barcelona la llamada Conferencia Euro–Mediterránea que incluyó a todos los países de la UE (incluidos aquellos del Este aún no integrados pero con los que se habían iniciado conversaciones para su integración) y todos los países de la orilla Sur (salvo Libia). La conferencia intentó ser un proyecto geopolítico elaborado en las postrimerías del felipismo a fin de realzar el papel internacional de España y para reforzar los procesos de relanzamiento iniciados con los “eventos del 92” (Olimpiadas de Barcelona, V Centenario del Descubrimiento y Exposición Mundial de Sevilla) y que fue asumido por la UE.

La declaración final propuso una “asociación con el fin de crear en el Mediterráneo “un espacio de paz, estabilidad, seguridad y prosperidad compartida”, lo que implicaba trabajar en tres direcciones: asociación política (definiendo un espacio de paz y seguridad), asociación económica (medidas para una “prosperidad compartida”) y asociación cultural (“favorecer los intercambios entre culturas y entre las sociedades civiles”). Se trataba, por supuesto, de un cúmulo de buenas intenciones que sedujo a la izquierda europea y que ignoraba por completo los hechos esenciales: diferencias abismales y brechas entre el Sur y el Norte y reforzamiento en el Sur del peligro islamista. Quince años después de su fundación el llamado “Proceso de Barcelona” y la “Unión para el Mediterráneo” que le sucedió en 2008 no han servido absolutamente para nada constituyendo uno de los fracasos más notorios de la UE y, en particular del gobierno español y al francés que tomó el relevo.

Cuando Nicolás Sarkozy ocupó la presidencia francesa relanzó (y rectificó) el Proceso de Barcelona en una iniciativa que fue criticada por la Unión Europea e incluso por Turquía. Inicialmente sólo Zapatero y Romano Prodi aceptaron la propuesta y en la cumbre de Ministros mantenida en Marsella el noviembre de 2008, se acordó crear este organismo (con sede en Barcelona) con una intención de participar en el proceso de paz de Oriente Medio.

A la creación de este organismo siguió pocos meses después el estallido de la gran crisis económica en la que todavía nos encontramos y por eso, el proyecto fue aparcado completamente por todos sus integrantes. Francia intentaba con este proyecto recuperar el protagonismo perdido en el Norte de África y participar en las conversaciones de paz en Oriente Medio. El propio Estado de Israel se ha desinteresado por la iniciativa (que él mismo suscribió) y otro tanto ha ocurrido con la Liga Árabe a la que pertenecen todos los países de la orilla Sur.

Francia no ha contado con fuerza suficiente ni capacidad de arrastre ni en el Norte ni en el Sur como para comprometer profundamente a las cancillerías en su proyecto. En el Sur se da como una tendencia ya consumada el aumento de la presencia político–militar de los EEUU en detrimento de Francia, potencia hasta principios del milenio hegemónica en la zona. Por si esto fuera poco, la República Popular China también ha iniciado un proceso de penetración en África que hace que las posibilidades francesas de recupera protagonismo en la zona se reduzcan a cero.

Resulta significativo que la celebración de la Cumbre Francia–África en Niza a principios de junio de 2010 haya pasado casi completamente desapercibida a pesar de haber sido convocada por Sarkozy y Hosni Mubarack y contar con el apoyo del presidente en funciones de la UE, Zapatero. La aspiración de este último de celebrar en Barcelona el pasado 7 de junio la prevista cumbre de la Unión para el Mediterráneo, se vio coronada por un nuevo fracaso que deslucía todavía más si cabe el “semestre español” al frente de la UE.

Sarkozy ha cometido el mismo error que cometió Francia y Alemania en los años 90 subordinando la “profundización” de la UE a la “extensión” de la misma. Se ganó en superficie pero se perdió en cohesión y en coherencia. Con la Cumbre Francia–África o con iniciativas como la Unión por el Mediterráneo, la dispersión geográfica y la multiplicidad de objetivos cierran posibilidades reales para que puedan establecerse áreas en las que la cooperación resulte verdaderamente eficaz. Ni siquiera, por otra parte, se establecieron áreas de prioridad y todo adquirió la forma de una maraña inextricable en donde se hablaba de “derechos humanos”, “democracia”, “libre comercio”, “cerrar el paso al terrorismo” , “cooperación económica y desarrollo”, etc, pero sin indicar cuales eran los objetivos prioritarios. Marruecos, por ejemplo, entendió que lo prioritario era el “desarrollo” y puso la mano para pedir subsidios y subvenciones de la UE y para que Europa abriera las puertas a sus productos agrícolas de ínfima calidad. A Marruecos, indudablemente, no le interesaban ni regular los flujos migratorios (primera fuente de ingresos de su economía vía remesas), ni por supuesto obstaculizar el tráfico de drogas (su segunda fuente de ingresos). Los intereses del Norte y del Sur eran completamente diferentes sin posibilidades de establecer acuerdos que beneficiaran simétricamente a las dos partes.

El aplazamiento de esta cumbre supone enterrar prácticamente de manera definitiva la Unión por el Mediterráneo y el Proceso de Barcelona. Difícilmente una “proceso” puede asentarse sobre bases tan “buenistas” y ambiguas como esta iniciativa. A partir de aquí los estrategas de la orilla Norte deben empezar a plantearse otra perspectiva: si la “cooperación” no ha hecho que ni el tráfico de drogas, ni el de inmigrantes, ni la deslocalización industrial, ni siquiera la industrialización del Sur, hayan avanzado mínimamente, será cuestión de empezar a pensar en políticas enérgicas de contención y de puertas cerradas o de lo contrario el desgaste que están sufriendo los países de la orilla Norte no podrá prolongarse durante mucho tiempo.

Por el momento el Proceso de Barcelona nunca logró despegar y la Unión por el Mediterráneo siempre ha volado muy bajo. Las cancillerías europeas deben revisar sus métodos, apuestas, perspectiva e instrumentos para actuar en la zona. Quizás el realismo sea la carta con la que haya que sustituir al “buenismo” que irrumpió en 1995 y que ha llevado a Europa al más estrepitoso fracaso en sus relaciones con la orilla Sur y a permitir que EEUU  e incluso China la sustituyeran en la zona.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.comhttp://info-krisis.blogspot.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

 

 



 

 

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