Infokrisis.- Su figura ha sido tratada hasta la saciedad por novelistas y se han filmado incluso dos películas recordándole, los estudios históricos sobre su figura han proliferado y no se descarta que en el futuro genere nuevo interés pues, no en vano, no todos los días la historia alumbra de un Lope de Aguirre. Personaje nietzscheano por excelencia, megalómano, Caro Baroja dice de él que es un personaje de gran guiñol y añade que los Aguirres de Oñate frecuentemente ven relacionado su apellido con el lobo (lupo, Lope), que se asocia al apellido Lope. El lema que acompañaba al escudo “Omnia si perdideris, famam servare memento” (“Aunque pierdas, recuerda de mantener tu fama”). Cuando en el siglo XVI un animal estaba asociado al escudo nobiliario de una familia equivalía a que reconocer que ese animal iba a tener gran importancia en la vida de ese linaje. Se trataba de un resto de las antiguas creencias totémicas. Había en Lope de Aguirre mucho de lobo.

Que fue un guerrero no cabe duda. Como buena parte de la caballería y de la nobleza medievales, tenía cierta ilustración y había leído a los clásicos, él mismo en sus escritos –especialmente en su archifamosa carta a Felipe II- se expresaba con claridad y finura; incluso tenía buena letra y suele utilizar latinismos en sus escritos. Conocía así mismo, la política de Felipe II, lo que indica que estaba al cabo de la calle de la actualidad de su momento histórico. Pero, sobre todo, él se consideraba un guerrero y, como recuerda Caro Baroja, practicaba cierto desdén hacia los “ombres ceuiles”. En sus horas más sombrías seguía recordando ese linaje de guerreros al que pertenecía. Decía por ejemplo: “Yo bien sé que me tengo que condenar pero en el infierno no tengo yo de estar con la gente bahúna, sino con Alejandro Magno, con Julio César, con Pompeyo y otros príncipes del mundo”.

Cuando Lope de Aguirre nace (1510) estamos en pleno Renacimiento, pero en los altos valles de Guipúzcoa se viven todavía conceptos propios de la Edad Media. Lope de Aguirre es, ante todo, un guerrero impregnado por esos conceptos y especialmente por el deseo de demostrar su valor y temple. A esto se le llamaba “más valer”. El concepto de igualdad era completamente inexistente para la humanidad medieval y solamente existía un régimen estricto de jerarquías en función de méritos adquiridos. La aspiración de un guerrero era “valer más” que cualquier otro. Dice Lope de Aguirre en su carta a Felipe II: “En mi mocedad pasé el océano a las partes del Pirú, por valer más con la lanza en la mano y por cumplir con la deuda que debe todo hombre de bien”.

Un guerrero medieval no podía concebir ni el honor ni la jerarquía sino era en función del concepto de “más valer”. Cualquier hazaña se realiza para “valer más”, todo acto de heroísmo o de servicio no tiene otra justificación más que demostrar el propio temple. El propio Aguirre recalca este concepto en su carta a fra Francisco Montesinos: “… porque después de creer en Dios, el que no es más que otro, no vale nada”. En la cúspide de la pirámide jerárquica se encuentra el guerrero que vale más que cualquier otro, en la base el que no vale nada. Cuando se demuestra la propia valía, la cúspide de la jerarquía aceptar el acto de afirmación personal con su reconocimiento explícito.

Lope de Aguirre de había criado en este concepto que vivió intensamente por lo cual reaccionó de manera desaforada ante lo que juzgaba era la indiferencia y la falta de reconocimiento a su valía por parte del emperador Felipe II. Lope juzgaba que había sido tratado injustamente por el emperador que había desconocido su valor en las guerras del Perú. Desde 1531, Lope de Aguirre había puesto pie en el nuevo continente siguiendo a Rodrigo Buran, para enrolarse luego junto a Cristóbal Vaca de Castro y participar en algunos enfrentamientos cuando ya su fama de aguerrido, pendenciero y exaltado se había extendido por el virreinato. Se enfrentó a Gonzalo Pizarro para liberar al enviado de Felipe II y aplicar las Leyes Nuevas que debían liberar a los nativos. En los enfrentamientos, Lope resultó herido en el pie derecho y la explosión de un arcabuz defectuoso le quemó las manos. Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal, el Demonio de los Andes, fueron finalmente derrotados en 1546 cuando Lope de Aguirre era sargento mayor y se había desplazado a Nicaragua.

En 1551, al regresar a Potosí, cometió un abuso sobre unos indios lo que le valió ser procesado. En su defensa alegó que era “hidalgo de buena familia” lo que no impidió que fuera azotado públicamente por orden del juez Francisco de Esquivel al que perseguiría durante tres años y cuatro meses a lo largo de 6.000 km hasta matarlo, episodio por el cual fue declarado culpable en rebeldía.

Vázquez describe así a Lope de Aguirre: "Fue hombre de casi cincuenta años, muy pequeño y poca persona; mal agestado, la cara pequeña y chupada; los ojos que si miraban de hito le estaban bullendo en el casco, en especial cuando estaba enojado… Fue gran sufridor de trabajos, especialmente del sueño, que en todo el tiempo de su tiranía pocas veces le vieron dormir, sino era algún rato del día, que siempre le hallaban velando. Caminaba mucho a pie y cargado con mucho peso; sufría continuamente muchas armas a cuestas; muchas veces andaba con dos cotas bien pesadas, y espada y daga y celada de acero, y su arcabuz o lanza en la mano; otras veces un peto".

Es muy probable que fuera la sentencia del juez de Esquivel la que tendría un extraordinario impacto emocional en Lope de Aguirre mucho más que los azotes a los que fue sometido. A través de esa sentencia se demostraba que sus esfuerzos por “más valer” no habían sido tenidos en cuenta, sus méritos pasados no habían logrado borrar su culpa presente, ni sus múltiples heridas al servicio de la corona, ni siquiera su apoyo a la legalidad vigente frente a los nobles levantiscos.

Cuando en 1560, el virrey Andrés Hurtado de Mendoza organiza una expedición para buscar El Dorado, estaba claro que su intención era deshacerse de los antiguos combatientes curtidos en las guerras civiles, algunos empobrecidos y otros como Lope de Aguirre, simplemente resentidos por no haber sido reconocido su “más valer”. Las posibilidades eran dos, que encontraran la mítica ciudad y el brusco enriquecimiento les hiciera sentar la cabeza, o simplemente que todo fuera un mito y murieran en la aventura. Tal fue la innoble motivación que originó la famosa expedición de “los marañones”.

En total no llegaban a 1000 hombres de los que solamente 300 eran españoles siendo el resto esclavos negros y sirvientes indios. Cuando Lope de Aguirre sintió bajo sus pies las aguas del río Marañón ya era un hombre con el juicio enturbiado y un odio cerval hacia la autoridad imperial y cualquiera de sus servidores. Era inevitable que Pedro de Ursúa, que comandaba la expedición fuera el objeto inicial del odio de Lope. Ursúa, por lo demás, había llevado a la expedición a su amante mestiza y pronto Lope extendió el rumor de que Ursúa desatendía sus obligaciones y estaba completamente volcado a su amante (lo que, por otra parte, parece que era cierto). Lope de Aguirre entendía que él valía más que Ursúa para encabezar la expedición, juzgaba que sus méritos eran muy superiores y parece milagroso que tardara un año, desde que se inició la expedición, en derrocar y asesinar a Ursúa.

Pero El Dorado parecía huir de los “marañones” y estos respondían a las calabazas del destino causando estragos entre las poblaciones que recorrían. Quizás el resentimiento, la brutalidad y la sensación de ser desconsiderado, fuera larvando a lo largo de ese primer año, agravado por las privaciones, los accidentes, las enfermedades y los choques con los indígenas que poco a poco fueron mermando la expedición. Puede pensarse en un clima de progresiva pérdida del sentido de la realidad y de enrarecimiento de las relaciones personales que debió agravar la locura incipiente de Lope de Aguirre. Y fue así como se llegó a la jornada del 23 de marzo de 1561 cuando Aguirre reunió a 186 capitales y soldados y les instó a firmar una carta declarando la guerra al Imperio Español, carta que él mismo firmó con el nombre de “Lope de Aguirre, el traidor” y que se preocupó de hacer llegar al Emperador.

La carta es una pieza de megalomanía pero con destellos de lucidez. Básicamente, la carta explica al Emperador que él y los firmantes “hemos salido de tu obediencia, desnaturalizándonos”. No se trata de una expresión habitual en el lenguaje de las armas del siglo XVI, pero sí tenía un sentido preciso: indicaba la voluntad de los firmantes de dejar de estar sometidos a la corona imperial y renunciar a tener a Felipe II como Rey y Emperador ¿Era admisible que en tiempos de Felipe II, alguien se “desnaturalizara”? Era posible, en efecto, hacerlo y así lo preveían las leyes medievales empezaron por el código de las Siete Partidas en donde se dice que la “desnaturalización” puede sobrevenir en cuatro supuestos: por una traición del vasallo, por culpa del señor que practica excesos y obliga a cargas insoportables vasallo, cuando el señor deshonra a la mujer del vasallo y, finalmente cuando alguna de las partes no respeta una decisión superior. Lope de Aguirre estima que  es el segundo supuesto el que está justificado para romper con el Emperador de las Españas y es al que se acoge.

Caro Baroja ha demostrado que si bien la carta de Lope de Aguirre es un signo de desmesura y, por tanto, de locura megalomaníaca, la fundamentación jurídica y los argumentos que utiliza, no son los de un castellano del siglo XVI, pero sí los de un vasco del siglo XV, porque, nuestro guerrero era, un hombre de temperamento medieval, casi como alguien de otro tiempo perdido en un universo hostil que cada vez entendía menos y provisto de unos valores que cada vez quedaban más atrás en el tiempo y, por tanto, parecían más incomprendidos a la vista de todos.

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